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27 de agosto de 2014
Cortázar forastero (3)
Quiroga tanteó una división de su propia narrativa en cuentos de efecto y cuentos a puño limpio. Por anacrónicamente viril que hoy suene esta nomenclatura (casi tanto como la lamentable distinción en Rayuela entre lectores macho y hembra), el matiz parece pertinente: los textos de estructura clásica frente a los que salen sin brújula en busca de un impacto visceral. De manera análoga, resultaría factible agrupar los cuentos de Cortázar en función de dos conceptos mencionados por él: aquellos con la milimétrica vocación de converger en un golpe final, en un knock-out; y aquellos otros con preferencia por la improvisación musical a partir de un tema dado, es decir, por el take. Entre estos últimos podrían incluirse “Carta a una señorita en París”, “El perseguidor” y libros mucho menos transitados como Un tal Lucas. Tampoco los personajes femeninos de Cortázar escapan a esta suerte de amor dual. A un lado pululan diversas Magas y figuras más o menos influidas por la nouvelle vague. Pienso en la Alana de “Orientación de los gatos”, atrozmente alabada como «una maravillosa estatua mutilada», y cuyos encantos parecieran transcurrir sin ella saberlo, gracias a su becqueriano exégeta. Al otro lado sobresalen, por su capacidad de contradicción, retratos más complejos de personajes femeninos tradicionales. Así sucede con la madre de “La salud de los enfermos” o la prostituta de “Diario para un cuento”, cuya foto aparece como inquietante (¿y acaso irónico?) marcapáginas de una novela de Onetti.
5 de noviembre de 2012
Desordenar los manuales
Aunque ninguna etiqueta resume la realidad, algunas la mutilan hasta volverla incomprensible. De eso que llamamos Boom aprendí el abismo entre los rótulos y las obras. ¿Qué tiene que ver Lezama Lima con Onetti? ¿Por qué García Márquez (1927) y Vargas Llosa (1936) sí, pero Puig (1932) no? ¿Hasta cuándo maestros como Di Benedetto o Ribeyro seguirán fuera de la foto? ¿Por qué en el retrato generacional rara vez figuran poetas, habiéndolos brillantes? ¿No resulta sospechoso que Elena Garro, María Luisa Bombal, Rosario Castellanos o Clarice Lispector apenas aparezcan en las viriles listas de sus contemporáneos? De eso que llamamos Boom admiro su ambición estética, que me hace pensar en la infinitud de la escritura; y recelo de sus mesianismos políticos, que me hacen pensar en la patología del liderazgo. Y, en el centro de las generalizaciones, dos décadas de textos memorables: Zama, Balún Canán, Final del juego, El sueño de los héroes, El astillero, Pedro Páramo, El coronel no tiene quien le escriba, La ciudad y los perros, Las invitadas, Aura, El obsceno pájaro de la noche. Tanto que se merecen ser leídos como por primera vez, desordenando todos los manuales.
Microclaves:
Bombal,
Castellanos,
Di Benedetto,
escritura,
feminismo,
García Márquez,
Garro,
lectura,
Lezama Lima,
Lispector,
machismo,
Nobel,
Ocampo,
Onetti,
poesía,
política,
Puig,
Ribeyro,
Vargas Llosa
12 de abril de 2012
De la lectura como turismo sexual
Espío el siguiente diálogo entre un grupo de lectores anglófonos en twitter: «¿A esa lista de libros no le haría falta un toque sexy?». «Un par de autores sudamericanos estaría muy bien.» «No puedo estar más de acuerdo.» «¡Bien dicho, chicos, leamos algo caliente!». Me pregunto si estos entusiastas misioneros del peep-show meridional tendrían en mente (o pelvis) al siempre depravado Borges, al hirviente Onetti, al libidinoso Felisberto, a la ninfómana Mistral, al sátiro Ribeyro, a la babosa Lispector, al pornógrafo Piglia, al salvaje Saer. Quien no es capaz de fornicar en su propia lengua, no merece la lujuria de las traducciones. Sometimes you look so wet, TS Eliot, baby.
24 de noviembre de 2011
Farewell, Rome
Keats no viajó a Roma para salvarse, sino para agonizar con alguna armonía. Aparte de su clima (menos benévolo de lo que los ingleses sueñan), Roma era la ciudad de la poesía. De los amores secretos, como supo Goethe. Y de la permanencia de la memoria, consuelo que sólo la antigüedad clásica puede brindarnos. Allí Keats gozó de una primera semana de mejoría, logrando dar paseos casi póstumos. El resto del tiempo lo sufrió acostado. Iba con él Joseph Severn, pintor, viajero y, sospecho, algo más que fiel amigo. Suyo es aquel retrato del poeta leyendo, inclinado, en una silla. Cuando fue retratado, Keats había empezado a notar los primeros síntomas de la tuberculosis. En ese mismo período escribió la Oda a un ruiseñor. Esta coincidencia sugiere que el poema no le canta a lo eterno, sino más bien a su imposibilidad. Que levanta un monumento y lo desmonta. Desde la cama donde esperó su final, como un precoz Onetti, Keats escuchaba el trajín de la Piazza di Spagna. A través del ventanal, la música de la vida debió de parecerle tan inverosímil como la posteridad del ruiseñor.
Microclaves:
enfermedad,
Goethe,
Inglaterra,
Italia,
Joseph Severn,
Keats,
memoria,
muerte,
Onetti,
poesía,
tiempo,
viajes
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