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14 de enero de 2019

Decálogo del espanto: los sofismas Vox


1. No aceptaré datos de instituciones públicas, obtenidos con un método lo más neutral posible, o provenientes de organismos con autoridad universalmente reconocida. Una fuente sólo es fiable si confirma mi ideología. 

2. Las mujeres no son violadas y asesinadas por ningún motivo relacionado con nuestra educación de género. El hecho de que mueran regularmente a manos de sus parejas masculinas, pero casi nunca viceversa, constituye un enigma estadístico.

3. Mis ideas patriarcales carecen de género, son libres y realistas. El feminismo en cambio se basa en apreciaciones subjetivas, autoritarias e ideológicas. Por esta misma regla, si un extranjero comete algún delito lo señalaré inmediatamente como extranjero, aunque los hombres que agreden a una mujer no deberán ser identificados por su sexo.

4. La bandera de un país es mucho más importante, urgente y defendible que sus recursos públicos, su industria, sus trabajadores o la distribución de su riqueza.

5. Los inmigrantes nos quitan empleo porque aceptan condiciones inaceptables para nuestros trabajadores. Si esas condiciones son legales, no exigiré una mejora de las leyes laborales. Y si son ilegales, tampoco exigiré mejores inspecciones. De hecho, los derechos laborales en mi país me preocupan bastante menos que el control violento de sus fronteras.

6. La inmigración representa una amenaza cada vez mayor, aunque siga descendiendo. Debemos defender a toda costa nuestra cultura occidental. El feminismo, el ecologismo o la diversidad sexual no son en absoluto occidentales.

7. Bajar los impuestos estimula la economía. De quienes luego podremos pagar por los servicios que dejen de ser públicos.

8. Los proyectos de memoria histórica impiden la convivencia, que sólo concibo cuando gobiernan partidos a los que voto yo. No hace ninguna falta repensar el pasado: ya lo narramos nosotros. De ahí que el independentismo sea golpista y el bando nacional, no. Que esté harto de la Guerra Civil, pero vea rojos por todas partes. Que el franquismo esté muy lejos y la Reconquista, menos.

9. La legalidad del aborto induce a las mujeres a abortar por gusto. Si pretenden decidir sobre su maternidad, lo decente es que paguen y se jueguen la vida. Por encima de todo defiendo la familia, siempre y cuando sea como la mía.

10. Lo que hasta ayer me daba cierta vergüenza decir, porque ofendía o humillaba al prójimo, hoy lo llamo incorrección política. Al fin soy libre para ofender y humillar. Adelante, valientes. 


5 de noviembre de 2018

Don para la diáspora

Cada vez que resuena el fatigado mantra de la marca España, no puedo evitar cierta perplejidad. Acaso un país sea lo contrario de una marca: una amalgama de contradicciones, matices y vidas imposibles de reducir a un producto uniforme. Igual que no podemos evaluar la educación pública con los criterios de un consejo de accionistas, la riqueza de una lengua y los balances de una empresa requieren diferentes instrumentos de análisis. Por supuesto, no se trata de omitir ingenuamente el factor económico de la vida cultural, ni sus efectos en nuestra experiencia lingüística. Sino de repensar el punto de partida de ese cruce. Sus –nunca mejor dicho– presupuestos. Si de negocios se tratase, estaríamos ante un comercio, un intercambio de riquezas; y no una multinacional pretendiendo dirigir a un puñado de sucursales. Antes de lanzarse a la febril conquista de mercados exteriores, convendría preguntarse por la naturaleza interna de esa presunta mercancía. La realidad de nuestro idioma se parece más a una comunidad sin centro, cuyos hablantes se expresan con horizontal plenitud. Todo intento de forzar esa dinámica (como le consta a cualquier persona familiarizada con Latinoamérica) está destinado al tropiezo, la tensión entre pares o ambas cosas. Si el trabajo conjunto que desempeñan las diversas academias resulta digno de encomio, el trasfondo colonial de su organización parece subsistir: España sería el centro lingüístico; y otros veinte países, paradójicos satélites mayores que su astro. Para comprobarlo, basta con aplicar el razonamiento inverso. A ningún país latinoamericano se le ocurriría considerar nuestro idioma como parte de su política exterior o sus estrategias de expansión. Quizá por mi formación filológica, aún considero que las academias tienen su sentido y utilidad. Pero, para nadar en las aguas del presente, necesitarán algo más que enumerar los americanismos que ingresan al diccionario como inmigrantes recibiendo la venia de una aduana. Necesitarán replantearse la estructura conceptual que las une, sus propias reglas de juego. Por lo demás, la pervivencia del término americanismo no deja de asombrarme. El diccionario no tilda de españolismos al resto de vocablos del idioma, que representa a menos del 10% de la población hispanófona. ¿Cómo hará la tecnocracia para sobreponerse a este dato, sencillo y abrumador como el Romancero? Mucho han cambiado las cosas desde que Américo Castro fuese objeto de una hilarante parodia de Borges, cuyo artículo “Las alarmas del doctor Castro” refutaba hasta el sonrojo unos prejuicios eurocéntricos que parecían presumir la existencia de un Primer Mundo lingüístico. La lengua es de quien la trabaja, la ama, la cuestiona. Es patrimonio de una multitud transatlántica, sin jerarquías impuestas, y ningún país tiene derecho a actuar como su dueño. Sería hora de asumir su indómita diversidad, su don para la diáspora. Y celebrar que, por encima de las luchas de poder, quinientos millones de curiosos podemos entendernos (y debatir) en esta hermosa lengua que balbuceó un genio mestizo llamado César Vallejo.

(texto aparecido en el debate "El español y la marca España", convocado por El Cultural)

19 de febrero de 2018

Fractura, 5 (Carmen)


En el colegio crecí mucho por culpa de las monjas. Supe aguantar y arreglármelas sola. Con las chicas revoltosas como yo, alternaban sin parar castigos y recompensas. Era caricia y palo, caricia y palo. Hasta que te volvías capaz de cualquier cosa con tal de seguir recibiendo caricias. Hay que reconocer que las monjas fueron muy pedagógicas conmigo. Me apartaron de cualquier tentación religiosa. Al principio se hacían las buenas. Se te ponían dulces. Y en cuanto se ganaban tu confianza, empezaban a decirte qué debías hacer y con quién ir. No estoy segura de hasta qué punto me portaba mal. Sólo sé que me hacían la vida imposible. A mis hermanas no tanto, o eso cuentan ahora. Me dormía y me despertaba con culpa. Culpa de jugar. De reírme demasiado. De levantar la voz. De escuchar la radio. De no hacer los deberes. De hacerlos mal. De pintarme las uñas, porque era pecado. Y especialmente de mentirle a la hermana Gloria. Todo me daba culpa en el colegio. Por eso ahora nunca me arrepiento de nada.


[de la nueva novela Fractura (Alfaguara). Más información, aquí.]

17 de septiembre de 2017

Espuma y permanencia

Cuando conocí a Juan Casamayor y me confesó su inverosímil proyecto, de inmediato pensé: yo quiero fracasar con este tipo. Se proponía levantar una editorial íntegramente dedicada al cuento y al ensayo literario. Sin novelas, best-sellers ni celebridades. Cuyo catálogo fuese mitad latinoamericano, mitad ibérico. Lo miré a los ojos y me di cuenta de que hablaba solemnemente en serio. Juan medía metro y medio de sueños. Me dijo que de joven había escalado montañas. Nos fuimos a comer juntos a algún bar de Madrid. Él masticaba lento y digería rápido, lo cual me confirmó que estaba condenado a ser editor. Brindamos. Reímos. E hicimos toda clase de planes insensatos que, para mi sorpresa, fueron cumpliéndose puntualmente. Así funciona Página de Espuma: una mezcla de reloj germánico y familia de puertas abiertas. Tan indie en sus maneras como profesional en su orden. Por supuesto, la historia no estaría completa sin su coprotagonista, Encarnación Molina, que ha hecho de todo en todos los frentes: fundación, autores, edición, librerías y otras magias. Por no decir que incluso el nombre del sello, tomado del verso de un poeta amigo, fue idea suya. De aquel primer encuentro con Casamayor hace ya casi veinte años. Vertiginosos e intensos como un relato bien contado. Años de crecimiento, transformaciones y sobresaltos económicos, a su vez convertidos en ocasión de reafirmar las propias convicciones. Hoy el catálogo de Páginas de Espuma ofrece a muchos de los mejores narradores de ambas orillas. Y Juan acaba de recibir el premio al Mérito Editorial de la FIL de Guadalajara. Reconocimiento que, en vez de coronar una trayectoria, subraya una plenitud. La feria más grande del idioma celebra a la editorial con más cuento. No sé por qué, parece lógico.

20 de abril de 2017

La lluvia en el desierto (y 2)

En sus últimos años, Eduardo García fue recuperando y resignificando su Brasil natal. La raíz casi olvidada, lugar de memoria inconsciente. La condición fronteriza no se limita al orden geográfico ni a los dogmas nacionales. Tiene algo de desubicación general, en su sentido más etimológico: sin dónde. De errancia emocional y estética. El regreso simbólico de Eduardo a su primera tierra se completó con el rescate del idioma portugués. Que, para asombro de sus amigos y acaso de sí mismo, había conservado prácticamente intacto tras cuatro décadas de vida en español. Si los duendes internautas no la han borrado, aún circula una filmación del diálogo que mantuvo en Brasilia con su traductor. Imposible evitar una ráfaga de emoción, y también de extrañeza, al escuchar su acento paulista. Aunque apenas hayamos reparado en ello, a Eduardo le tocó escribir en una lengua extranjera. Es probable que su exactitud verbal y escrupulosidad técnica tengan mucho que ver con esa vigilancia de los idiomas adquiridos. Repasando el borrador de sus notas inconclusas, me topé con un lapsus casi imperceptible: «Necesité atravesar un vasto proceso de aprendizaje, en árduo combate con las palabras». No puedo decir que me sorprendiera comprobar que justo así se escribe en portugués. Su querencia por la patria original y la música fue acentuándose con el tiempo. Como si el oído, órgano central de su sensibilidad, fuese el cordón umbilical que lo unía con su memoria. Conservé en mi teléfono todos los mensajes que Eduardo me envió durante los últimos meses. Me sentía incapaz de borrarlos. Como si desterrarlos del aparato equivaliera a despedir a su remitente. Me pregunto adónde van a parar los mensajes que eliminamos. A qué magma de signos, a qué limbo de datos. Mi intención era transcribirlos algún día. Pero eso también se me hacía demasiado árduo. Finalmente se perdieron de la peor manera: me robaron el teléfono ese mismo verano, en pleno duelo. Quizá la muerte sea una ladrona. Y nuestro pensamiento, el malogrado detective. Escribo sobre mi amigo con tapones de goma en los oídos. Así escucho más en mí su respiración, que me acompaña hasta el final del viaje.

(del prólogo al volumen La lluvia en el desierto. Poesía 1995-2016, obra reunida de Eduardo García que acaba de publicar la Fundación Lara en su colección Vandalia.)

21 de marzo de 2017

Le regalé una lupa a mi maestro


Era casi minúscula y gigante
como su colección de ojos.
En sus últimos años
—y to­dos fueron últimos—
no podía leer sin esa ayuda.
La ayuda es ilegible.

Movía su barriga entre paréntesis
arrastrando su máquina de oxígeno.
Fumaba sus hipérboles.
Tenía un surrealismo de víscera de campo.
De niño confundía caballo con papá.

Cierto día me dijo que soñó
con un hombre colgado de una soga:
un pie descalzo, el otro
con una media negra.
¿Por qué tenía pies que discrepaban?,
se preguntaba insomne mi maestro.

Cuando fui a dar el pésame
vi la lupa dormida
sobre una hoja en blanco,
aumentando el silencio.



(Poema inédito. En el Día Mundial de la Poesía
y en memoria de José Viñals, maestro en permanente aniversario)

14 de noviembre de 2016

El malestar en el sufragio: diez observaciones antes de saltar el muro (y III)


8. El panorama hasta aquí trazado nos conduce a un fenómeno que bien podríamos denominar el malestar en el sufragio. Venimos observándolo con creciente frecuencia: el Brexit en el Reino Unido, la negativa al proceso de paz en Colombia, la reelección de un gobierno corrupto en España, la victoria de Trump. En los últimos tiempos, en lugar de elegir la circunstancia en apariencia menos dañina para sus propios intereses, el electorado tiende a inclinarse por una especie de autosabotaje. De suicidio institucional. Como si, harto del espejismo representativo de sus instituciones, no pudiese resistir la tentación de atacarlas.

9. Por supuesto, este comportamiento electoral no se explica sin otros factores, no menos decisivos, que se suman a las negligencias de los propios gobiernos. La agonía final del sistema bipartidista, encarnada en todos esos ciudadanos progresistas que le negaron sus votos a Hillary, aun a sabiendas del peligro que ello implicaba. La desideologización general del electorado, consumada a través de las campañas en formato showbusiness: la macropolítica como entretenimiento público. El reemplazo de las convicciones políticas por las filias y fobias del espectador, los leaks interesados y los cisnes negros. El perverso circuito de retroalimentación de los grandes medios, que se lanzan a informar sobre aquello que provocan, que denuncian a las mismas figuras que alimentan. La enfermedad de las encuestas, su proliferación y manipulación como recurso para movilizar el voto conservador. (En este sentido, acaso haya llegado la hora de identificar a las encuestas como lo que son: verdaderas enemigas de la democracia.) Y, muy en particular, el sigiloso papel golpista de los servicios de inteligencia. Que en Estados Unidos (igual que en Argentina o en España) se han dedicado recientemente, con el mayor de los descaros, a influir en la opinión pública para condicionar los resultados en las urnas. 

y 10. La tenaz reiteración de ciertas falacias fascistas supone, por desgracia, una eficaz forma de pedagogía. Hace un par de semanas, en Nueva Jersey, la universidad pública de Rutgers, de tradición mestiza y progresista, amaneció con pintadas xenófobas tales como «Viva la deportation» o «Deport force coming». Al final de esta histórica campaña, en pleno discurso sobre ese muro imaginario que simboliza el atropello de la dignidad humana y el oprobio de su propia patria, los seguidores de Trump rompieron a gritar con salvaje entusiasmo: Build that wall! Build that wall! Pienso en eso mientras miro la grieta que recorre la ventana de mi habitación en Nueva York, que ha amanecido repentinamente lluviosa. Esa grieta por la que escapar de este día, saltar el muro e intervenir en el presente.

27 de junio de 2016

Penúltima derrota frente al mar del sur


Después de que los bárbaros llegasen
rompiendo cerraduras al unísono,
confiscando los ojos del padre labrador
y de la madre experta en cultivar su espalda
y los pies de sus hijos despeinados,
volcando nuestros lechos como botes,
arrancando las parras luminosas,
trazando con la espada la frontera,


después de que los bárbaros entrasen
acampando en las bocas,
llenando de monedas los zapatos,
cortándonos los dedos por la mecha,
apagando las velas tartamudas
que titilan al sur pero no alcanzan,
empuñando su lengua

y todo un diccionario de silencio, 

después de que los bárbaros, en fin, 
fuesen nuestros vecinos que saludan,
nuestra gente educada en traicionarse,
los niños partidarios del pedrusco,
los hermanos en bíblico negocio,
los abuelos a punto de exiliar a sus nietos,
el panadero horneando hambre,
el carpintero en manos del martillo,

nadar en este mar es una acción política.


14 de junio de 2016

Viajar de oído

Un Borges que me conmueve particularmente, y acaso no tan explorado, es el turista anciano que recorre medio mundo con su ceguera a cuestas. Ese que viaja de oído, a bordo de una elipsis permanente. Escuchando, palpando, oliéndolo todo. Deduciendo el lugar que visita. Ese que dicta breves, sagaces notas en los aviones hasta componer Atlas: un librito tan fragmentario en su escritura como unitario en su concepto, a caballo entre el poema en prosa y la crónica súbita. Ese Borges que entra en la Alhambra para descifrar el braille de las paredes. Que regresa a Ginebra para formular su teoría sobre las ciudades tímidas. Que pisa el desierto egipcio, se agacha trabajosamente para apretar un puñado de arena y, al dejarlo caer de nuevo, susurra: «Estoy modificando el Sahara». Ese último Borges que sintetiza el ínfimo, inconfundible rastro que dejamos al caminar.

12 de abril de 2016

Algunas perplejidades democráticas (4)


4. La unanimidad interna como falsa virtud: la democracia española no sólo está acostumbrada al bipartidismo, sino también a que los partidos rocen la disciplina militar a la hora de posicionarse en público. Más allá de su imagen, resulta sencillo percibir las diferencias entre ellos por el modo de seguir a sus líderes, cuestionar la línea oficial y fomentar u ocultar sus propios debates. Resulta paradójico que quienes acusan a Podemos de personalismo o autoritarismo populista critiquen, al mismo tiempo, las transparentes discrepancias públicas entre sus miembros. El hecho de que Errejón declare simultáneamente algunos desacuerdos con Iglesias y su compromiso con el movimiento que ambos fundaron, ¿no supone un insólito signo de madurez en la política nacional? ¿Sería un número dos de Ciudadanos, PP o PSOE capaz de un gesto similar? ¿Se lo permitiría su partido? Que un anterior adversario interno de la cúpula de Podemos como Echenique haya sido incorporado a la misma no hace más, en términos ideológicos, que confirmar la vitalidad del proyecto. No parece que pueda decirse lo mismo de los socialistas con respecto a Madina o Pérez Tapias, ambos postergados dentro de un partido al que tanto contribuyeron. El caso de Ciudadanos es aún más drástico, ya que desconocemos incluso si uno solo de sus miembros relevantes ha discrepado alguna vez en su vida, aunque sea sin querer, de su omnipresente líder. Lo que el poder llama unión suele ser una representación de la verticalidad, así como la división suele equivaler a la libertad para discutir entre pares. ¿Por qué no nos parecen democráticamente más fiables los partidos capaces de evolucionar desde la discrepancia interior y la autocrítica? Acaso la respuesta a este interrogante nos representaría más que nuestro voto en las urnas.

11 de abril de 2016

Algunas perplejidades democráticas (3)


3. La escenificación del diálogo como precampaña electoral: más allá de las simpatías y preferencias de cada cual, el pacto entre PSOE y Ciudadanos no parece un acuerdo verdaderamente concebido para formar un Gobierno. Que ninguno de los dos haya puesto demasiado interés en alcanzar primero un acuerdo con sus respectivos interlocutores naturales (PSOE con Podemos e IU, Ciudadanos con el PP) delata una voluntad más estratégica que parlamentaria. El PSOE sabía desde el principio que Podemos jamás apoyaría una coalición con Ciudadanos, pero que podría vender esta resistencia como una negación del diálogo. Y Ciudadanos sabía de antemano que el PP jamás aceptaría que los socialistas los desplazasen del Gobierno. Ambas partes han preferido, por tanto, formular una propuesta con las mínimas opciones posibles de prosperar. Por eso su alianza tiene todo el aspecto de un calculado callejón sin salida, cuya consecuencia sería una repetición electoral de la que a su vez responsabilizarían a otros partidos, con la expectativa de mejorar sus decepcionantes resultados de diciembre. Que una táctica de esta naturaleza fuese capaz de confundir al electorado sentaría un peligroso precedente.

8 de abril de 2016

Algunas perplejidades democráticas (1-2)


1. La encuesta como virus dirigido, más que como termómetro ciudadano: no se trata en absoluto de una tendencia nueva, pero los últimos años de política nacional la han agudizado hasta límites insólitos. Los conglomerados mediáticos han adquirido la mala costumbre de preguntarnos una y otra vez lo mismo, con breves intervalos de un asfixiante bombardeo informativo en la dirección deseada, hasta que la encuesta finalmente arroje los resultados que se perseguían desde un principio. Llegados a ese punto, por supuesto, procederán a ilustrarnos acerca de la voluntad popular, aplaudiéndola con democrático entusiasmo. 

2. El mito conservador de la estabilidad: en una democracia digna de ese nombre, la dinámica parlamentaria precisa ser mucho más compleja y dialéctica que la mera alternancia entre mayorías absolutas, limitadas a aplicar la disciplina de voto e ignorar sistemáticamente el resto de opiniones y propuestas. En plena cuarta década de democracia en España, no parece precipitado empezar a introducir los matices, el debate continuo y la negociación multilateral (con sus consustanciales dificultades) como práctica normalizada, y no como incómoda excepcionalidad. En este sentido, cabría afirmar que el país no está viviendo una grave crisis institucional, sino que acaso esté encaminándose hacia la madurez de sus órganos representativos. Conviene mantenerse alerta frente a la nostalgia de los absolutismos parlamentarios, transmutados en eufemismos tales como gobierno fuerte, estabilidad, gobernabilidad y otras yerbas contrarreformistas. Una autoridad obligada a pactar cada decisión nunca será débil, sino sencillamente saludable.