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14 de junio de 2016

Viajar de oído

Un Borges que me conmueve particularmente, y acaso no tan explorado, es el turista anciano que recorre medio mundo con su ceguera a cuestas. Ese que viaja de oído, a bordo de una elipsis permanente. Escuchando, palpando, oliéndolo todo. Deduciendo el lugar que visita. Ese que dicta breves, sagaces notas en los aviones hasta componer Atlas: un librito tan fragmentario en su escritura como unitario en su concepto, a caballo entre el poema en prosa y la crónica súbita. Ese Borges que entra en la Alhambra para descifrar el braille de las paredes. Que regresa a Ginebra para formular su teoría sobre las ciudades tímidas. Que pisa el desierto egipcio, se agacha trabajosamente para apretar un puñado de arena y, al dejarlo caer de nuevo, susurra: «Estoy modificando el Sahara». Ese último Borges que sintetiza el ínfimo, inconfundible rastro que dejamos al caminar.

29 de enero de 2014

Enérgicamente (2)

Experta en hacer del interés general un negocio privado, el período aznarista se caracterizó por convertir a sus cargos políticos en futuros consejeros, directivos o asesores de las mismas multinacionales que se hicieron con el control de los recursos públicos y se expandieron por el mundo, en especial por Latinoamérica. No casualmente, esa es la región que ahora se encuentra inmersa en un continuo conflicto con dichas empresas, a causa de la mala gestión de sus recursos naturales o infraestructuras básicas: el petróleo y la luz en Argentina; el gas en Bolivia; o el canal de Panamá, en reciente disputa con la constructora Sacyr. Según los cálculos históricos, durante los trabajos del canal murieron más de veinte mil obreros: se derramó tanta sangre como agua. Dentro de unos cuantos siglos, si los historiadores siguen ahí, quizás aquella monumental obra se narre igual que la construcción de las pirámides. Esclavos incluidos. La gran conquista estadounidense en Panamá no fue tanto técnica (pasando del canal a nivel con que fracasaban los franceses a un sistema de esclusas) como sanitaria. Erradicaron la malaria y la fiebre amarilla que transmitían los moquitos de la zona, diezmando sin remedio a los operarios franceses. En cierta forma, la grandeur perdue terminó de consumarse en Panamá, con la victoria de los mosquitos nacionales.

10 de febrero de 2011

Ofensa a la defensa

Antes de que se jugara la final del campeonato de fútbol americano, la aparente cantante Christina Aguilera cometió un interesante lapsus. Al comenzar a entonar el celebérrimo himno patrio, durante la primera estrofa, olvidó medio verso que dice: «O'er the ramparts we watched». O sea, «sobre las murallas que vimos». La señorita Aguilera no vio la muralla. «Llevo cantando ese himno desde los siete años», se excusó. Quizá por eso mismo, su olvido no me pareció raro. Mi diccionario inglés define ramparts como muro defensivo, barrera protectora. Y eso es justo lo que los occidentales llevamos omitiendo desde la escuela: la Gran Muralla Occidental, al otro lado de la cual supuestamente se ocultaba todo aquello que justificaba nuestras más miserables políticas internacionales. Pero la cantinela empieza a desafinarnos. Monsieur Sarkozy, Mister Obama, Frau Merkel, compañeros, ¿qué escondíamos al otro lado de la muralla? En Túnez y Egipto tienen unas cuantas respuestas.

7 de febrero de 2011

Revolución y emulación

También en Italia exigen la dimisión de Berlusconi, al que habían elegido varias veces. Primero lo votan, después lo botan. Es estupendo que intenten deshacerse de tan bochornoso personaje, aunque me inquieta que estas necesarias sublevaciones ciudadanas se estén produciendo de manera refleja por el mundo. Y que de pronto parezcan una eufórica moda global, más guiada por el contagio mediático que por la reacción política. Por la misma regla de tres, la próxima corriente de opinión mayoritaria alinearía al pueblo con una revolución, con una contrarrevolución, con el salvador de turno o con un concurso de la tele. Seguir a los demás no garantiza el cambio social, sino la supervivencia de los mecanismos de dominación. Lamento el escepticismo. Que ya es casi la única postura individual que nos queda.

31 de enero de 2011

Morid por nosotros, chicos

Toda mi empatía y esperanza para el pueblo egipcio que no sólo se ha levantado contra Mubarak, sino contra una manera de entender la opresión estatal y la sumisión ciudadana. Ahora bien, si todos los ideólogos de la reacción egipcia razonan como el novelista Alaa Al Aswany, entonces me temo lo peor. En un artículo al viejo estilo panfletario, con un enfoque tan simple como demagógico que renuncia a cualquier profundidad de análisis, Al Aswany elogia a esos miles de estudiantes «sin ninguna esperanza sobre su futuro», «que no encuentran trabajo» y «que actúan movidos por una ira indomable». O sea, a todos aquellos que no se encuentran en su privilegiada situación. Tras proclamar románticamente: «Siempre admiraré a estos revolucionarios» (cuya admirable desesperación dudo que él desee jamás para sus propios hijos), el exitoso autor aplaude su «deseo de libertad que desafía a la muerte». Cuando una sociedad llega a identificar el heroísmo con el suicidio, llega también a un punto donde la soluciones pueden ser tan trágicas como los problemas. Valentía, pensamiento y vida para Egipto.