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16 de agosto de 2013

Eso no es lo que yo quise decir (2)

El paciente, el hablante, se escribe en su habla. Su discurso no transcribe un texto dado de antemano, sino otro que existe solamente si avanza. El paciente sería entonces una especie de payador. Dijo el parlanchín Arreola: no pienso para hablar, hablo para pensar. La intimidad funciona literariamente como secreto y a la vez como exposición. El analista calla buena parte de lo que está viendo, a la manera del narrador-testigo de Chéjov. El paciente tiende a no ver eso mismo que busca, omitiendo el signo frente a sus ojos como la carta robada de Poe. Aplicando una distinción de Barthes, ese sátiro del matiz: las revelaciones de Poe generan placer, las elipsis de Chéjov generan goce. El psicoanálisis exagera el modelo de lectura entre líneas. Si visualizamos nuestro discurso como una página, el analista trabajaría anotando en los márgenes. Ahí donde es posible acotar, disentir, replicar, dudar de la palabra ajena. En este sentido, el analista se aproxima al lector de poesía. A alguien que, como Paul Klee, sabe que lo visible es tan sólo un ejemplo de lo real. Pero leer un poema no es igual que escucharlo. El analista se parecería entonces al oyente de poesía, para quien lo audible es tan sólo un ejemplo de lo dicho. Juarroz afirma que el poeta es un cultivador de grietas. El psicoanalista también. Lee un habla inconsciente y procura provocar otro texto. El hablante analizado no comprende del todo el idioma de esa reescritura. Ahí comienza una segunda, tortuosa traducción: la del autor interpretando la glosa de su propio texto. Como cuando un escritor recibe un comentario sobre su libro, y una parte de sí se esfuerza por reconocerse mientras otra parte, violentada, se resiste a la identificación: eso no es lo que yo quise decir.

4 de julio de 2013

Breve genealogía

Mi cuento preferido no existe, porque prefiero tantos que al final nunca sé cuál es mi preferencia. Después de semejante pleonasmo, me vienen de repente a la memoria tres ejemplos muy distintos: “Post Scriptum” de Juan José Arreola, “Vañka” de Anton Chéjov y “Gente así es la única que hay por aquí” de Lorrie Moore. El cuento de Arreola nos presenta a un suicida que aplaza su inminente disparo en la boca por culpa del rigor literario. Hasta que el personaje no encuentre la frase más indicada para su nota de despedida, no apretará al gatillo. Así es cómo el estilo te salva la vida. El cuento de Chéjov narra otra carta. La que el pequeño Vañka, Juancito en ruso, le escribe a su abuelo rogándole que venga a visitarlo. Su balbuceante misiva es introducida en un sobre en cuyo reverso el niño anota: «Para el abuelito, que está en la aldea». Después la deposita en el buzón del que nunca saldrá. ¿Quién no es un poco Vañka en su cabeza, escribiéndose cartas a uno mismo? Finalmente, el relato de Moore cuenta con brutal hondura la estancia de una madre en el más literal de los infiernos: la planta de oncología infantil. Si un bebé experimenta un sufrimiento anterior a lo verbal, aquí cada palabra remite a un sufrimiento quirúrgicamente nombrado. La voz de aquella madre supura la misma urgencia de quien tiene un arma en la boca. Y, ahora que lo pienso, se habría merecido proteger a un hijo como Vañka.

2 de septiembre de 2011

Torero Hemingway

A 50 años de su muerte, Hemingway resucita a diario en alguna leyenda, imagen o gesto relacionado con su figura pública. Ambiguo destino el de los escritores-personaje: ser más recordados que releídos. Entre sus novelas, El viejo y el mar sigue siendo mi preferida. Por quién doblan las campanas ha envejecido rápido, aunque sus mezclas entre inglés y español anticiparon la realidad de su propio país. Sus elusivos cuentos se postulan como eslabón perdido entre Chéjov y Carver, a veces asociados con demasiada ligereza. Más que 'Los asesinos', con su tramposa interrupción final, elegiría como modelo de elipsis 'Un lugar limpio y bien iluminado'. Pieza maestra que ilustra la potencia de la quietud, el misterio de la ausencia. Raro mérito en alguien tan movedizo y presente. Escribe sobre él Javier Reverte: «Vivió la Guerra Civil declarándose partidario de la República y comprendió el sentido trágico de la fiesta de los toros como muy pocos españoles. Si siguiera vivo, probablemente hubiera jurado no pisar Cataluña hasta que se levantase la prohibición de las corridas». Yo hubiera preferido que, en vida, jurase no volver de vacaciones a España hasta que se levantase el franquismo. O, por lo menos, la censura literaria.

12 de marzo de 2011

Reloj de arena, cronómetro

Hay autores a quienes su obra parece dispuesta a esperarlos pacientemente, como sabiendo que alcanzarán la senectud: Santa Teresa, Cervantes, Goethe, Wordsworth, Tolstói, Mann, Juan Ramón, Borges, Saramago, Doris Lessing. A todos ellos la juventud se les renovó por fases. Igual que un reloj de arena volteado muchas veces. Y hay otros autores cuya obra nace acelerada, como con la certeza previa de que morirán pronto: Garcilaso, Sor Juana, Novalis, Keats, Chéjov, Kafka, Lorca, Pessoa, O'Connor, Bolaño. A estos el tiempo los persiguió en cada página. Igual que un cronómetro en cuenta atrás. Al menos ahora son más jóvenes que antes.