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5 de marzo de 2012

Vivitos y discrepando

En el País PP todo es posible: recortar la inversión y continuar el déficit, rebobinar derechos a los años 80, absolver a corruptos y juzgar a sus jueces, apagar la televisión pública o abolir el ministerio de Cultura. Lo penúltimo ha sido la delirante idea de Esperanza Aguirre, a quien el Señor conserve la creatividad, de transformar el 11-M en 12-M. El objetivo, explica esperanzada, es evitar coincidir con las protestas por la reforma laboral. O sea: para que no haya política en la conmemoración de la tragedia, el aniversario se traslada por decisión política. Ni el mayor ingenio bolivariano se habría atrevido a tanto. ¿Quién manipula qué? Como observó Ignacio Escolar, un 11 de marzo puede haber fútbol, toros, misa, cine, periódicos o bares. Pero no, ¡qué deshonra!, iniciativas políticas pacíficas. Ya conocemos el enfrentamiento ideológico entre dos asociaciones de víctimas del terrorismo. Hay quienes se escandalizan ante esta discrepancia. Yo la encuentro saludable y hasta madura. Que todas las víctimas de una desgracia tengan la obligación de opinar lo mismo me parece un chantaje. Una fusión entre la exequia y el pensamiento único. Respetar a los muertos es también ser fieles a la complejidad de sus vidas. Sus pasiones. Sus ideas. Rehumanizarlos. No taparlos con una careta platónica. Los muertos, faltaría más, tuvieron ideología. Cada uno la suya. Igual que quienes hoy los lloran y discrepan. Porque siguen aquí.

30 de diciembre de 2010

Discrepo, luego apago

Cierra el canal CNN+ y el telespectador exigente (que, aunque parezca mentira, lo hay) mira el mando a distancia con perplejidad. Cuando la libertad de programación reduce la libertad de elección del espectador, es que algo va mal en nuestra democracia televisada. Escucho la entrevista de Gemma Nierga a Iñaki Gabilondo en el día de su despedida. Gabilondo habla del canal, del oficio periodístico y del brusco cambio de su imagen tras el atentado de 11-M. Ahora alguna gente lo insulta por la calle. «España», reflexiona, «es un país que no sabe discrepar». No sé si lo traicionamos dándole la razón.

16 de noviembre de 2010

Réquiem de Atocha

Mientras desciende la escalera mecánica, quieto y en movimiento, contemplo desde arriba la estación de Atocha. Su multitud en tránsito. Su vegetación interior. Todo parece en orden, o en armónico desorden. Hay algo de la música de las esferas en este ir y venir. La vida es un trajín de direcciones. Pero toda esta gente, todo lo que llamamos realidad, podría desintegrarse en un instante. No consigo pisar esta estación sin pensar en el atentado. Ha quedado algo en el aire. Un eco expandiéndose. Una inminencia retrospectiva. Como si cada mañana la catástrofe estuviera a punto de suceder. Más que un recuerdo, es un rebobinado. La escalera llega a la planta baja. Pongo un pie en este suelo.