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sábado, 4 de octubre de 2025

Pirámide teatral

La Diablesa

Pirámide fue su último título. El profesor José Guillén García lo recoge con su denominación de origen -Poema para un escenario- en su Antología de escritores oriolanos, en las páginas que en ella me dedica. Fue una de las pocas obras teatrales que conseguí escenificar -en Callosa, en Santa Pola y en Alicante- como consecuencia de diversos premios. Durante 65 minutos de actividad ininterrumpida e indivisible, 13 actores acompañados de músicas, diapositivas, luces y textos en off componen figuras, imágenes, retratos de la Historia en retrospección y prospección, desde el inicio hasta nuestros días, desde el edén a la masacre actual. Perseguía la obra total uniendo las diferentes artes. Contaba y expresaba abstractamente la Historia y mi historia. Sufría yo entonces persecución por la justicia con motivo, entre otras cosas, de La estatura del ansia. 

Antes, el mismo día en que iba a representarse en Orihuela, una reivindicación de la libertad de pensamiento titulada En algún lugar del reino de la justicia, para dos actores enfrentados durante más de una hora -junto a otras breves obrecillas- quedó prohibida por la censura. 

Solo conservo, en alguna ultratumba del ayer y algún cuévano síquico, además de textos, algunos audios, fotos y carteles de estreno, en 1971 y siguientes.

Años antes, a la sombra y luz del teatro áureo, desde los anaqueles de la Biblioteca Teodomiro -donde pasaba las tardes tras salir de las aulas de Santo Domingo-, y custodiado por la lujuriante Diablesa, media docena de títulos siguiendo los tres mil versos de Lope, que duermen en cuadernos de los de Debe-Haber-Saldo y Entradas y Salidas.

Esa ha sido toda mi incursión en el teatro. A veces, Atanasio, Carmelo -y otros- compartíamos la Glorieta. Uno creo que me apreciaba y otro me maldecía.


Una anécdota (In Memoriam ADM)

Un escenario es la Naturaleza, 
donde vivimos y donde morimos. 
La obra siempre trata del que fuimos, 
somos, seremos; y de nuevo empieza.

Su gran protagonista es la Belleza 
-la Verdad-. Aunque a veces la vestimos
con el mismo disfraz con que encubrimos
la mentira y la falta de nobleza.

Somos entonces los protagonistas
de una farsa de la tragedia humana 
hermoseada en un verbal gimnasio.

Tartufos son a veces los artistas.
¡Cuánta oriolana noche tertuliana 
renegábamos de ellos, Atanasio!

domingo, 17 de agosto de 2025

Premio Comunidad Valenciana.



Transcripción:

"No sé por qué escriben los demás. Yo escribo porque es la única forma de librarme de los monstruos que me acechan y de suplir las utopías. Hace 25 años ni la escritura conseguía librarme de esos monstruos, y mi vida síquica, y también la física, corrían peligro. Dejé de escribir. Y durante tres lustros me sometí a una introspección callada de la que salí con cierta serenidad y con la pequeña sabiduría del reconocimiento del fracaso como persona y como autor. Los monstruos habían perdido gran parte de su monstruosidad y yo había caído en la cuenta de que nuestra inteligencia tiene un techo que no podemos sobrepasar, y que es de necios desesperarse porque la naturaleza no haya sido más generosa con nosotros. 
     Hace una década, la compulsión verbal despertó de nuevo y me dije que era preciso orientar ese impulso hacia la luz. Ese ha sido mi último tramo: huir de la tradición judeocristiana, tan arraigada en la poesía española, del sufrimiento como fuerza para seguir viviendo, empeñarme en ser voluntarista, tratar de convertir en himno la elegía, relativizar las devastaciones y los sueños. Finalmente, todo concluyó en este viaje alrededor de la mismidad universal, la odisea en busca de la soledad consolatoria y de la dicha inquebrantable que hay en las simas del corazón que es, o creo que es, La urdimbre luminosa
     En los últimos años nada he escrito, y me alegro porque ya no me humilla no ser Petrarca o Lope y porque siempre creí y dije que alcanzaría la calma cuando no necesitase escribir. Este es un breve poema que ilustra cuanto digo: 

El secreto (*)

Cuando sientas que el mundo te derrota,
no intentes combatirlo.
Edifica un castillo en tu interior
y cuelga terciopelos y templanza
en sus muros. Dispón un fuego manso
junto a la mesa de la biblioteca.
Mira el cielo brillar entre las llamas
y los libros. Inúndate de luz
en la frágil belleza de los cuadros.
Escucha el clavecín mientras tu pluma
persigue en la escritura algún sosiego. 
                                                 
     Agradezco que, al final de ese trayecto, una serie de lectores privilegiados, como son los críticos, reconozcan algún mérito en ese esfuerzo. Sobre todo a pesar de que mi nombre ha sido injuriado por unos maldicientes que confunden la sospecha con la culpa y condenan sin ni siquiera preguntarle al reo. Gracias a cuantos han hecho posible la edición de este libro y a quienes me han traído hasta aquí".
(*) Escuchar el poema: Escuchar el poema



martes, 15 de octubre de 2024

El mal ejemplo.

Webern: Bagatelas

Siempre fui un mal estudiante. Ansioso de saber y ajeno a cualquier obediencia. El día anterior al examen, por la noche, solía colocarme ante el libro de texto y fotografiar cada página con un flax de los ojos; durante el ejercicio examinístico me ensimismaba en un viaje interior y buscaba con el escáner de la mente el lugar del libro donde estaba la respuesta. Era una buena “chuleta”, e invisible. Siempre me decía cínicamente a mí mismo, para justificar el hastío -que otros llamarían vagancia-, que ningún mérito tenía aprobar estudiando. Además: en lugar de perder el tiempo con aquel material huero que de poco servía, me dedicaba a leer la fuente del saber: libros y libros, y más libros. 
El método daba tan buen resultado que seguí practicándolo en el palacio de Anaya salmantino: cuando me cansaba de molestar a mis compañeros, bromeándoles sin gracia en la biblioteca, empezaba la sesión fotográfica. Seguí dedicando mis días a luchar contra mis demonios y a leer las obras sobre las que los manuales teorizaban. Si algo aprendí en la Universidad fue que quien quiere aprender algo tiene que aprenderlo por sí mismo. 
Ahora creo que lo voy olvidando todo lentamente. La vida, como la memoria, es también un fraude. Solo por ser pasado se convierten en nostalgia las cosas. Hay tantas cosas convertidas en recuerdos que si no olvidásemos nos convertiríamos en galaxias que acabarían estallando. De modo que es como si la muerte, generosa, quisiera mitigar con el olvido el sufrimiento de la despedida. 


domingo, 28 de julio de 2024

El manantial.



Rachmaninov / Rachmaninov / Stokowsky: Concierto nº2


El manantial


Sentía yo que el mundo era un dolor agarrado a mi garganta. 
Aquel niño de once o doce años era empujado por los claustros del colegio de Santo Domingo hasta los bancos de la iglesia. Una mañana sintió que debía comulgar, aunque hacía millones de pecados que no se confesaba; o precisamente por eso. Recogió la redonda eucaristía y trepó por las destartaladas escaleras hasta la bóveda, donde los pájaros, al intentar huir de aquel cielo de vidrio al que entraban por turbios agujeros, se golpeaban contra los vitrales y morían. Se inclinó junto a uno de ellos, colocó la comunión sobre su mínimo cadáver y ordenó varias veces que volviera a la vida. Pero el pájaro incrédulo no obedecía a Dios, permanecía obstinadamente muerto. Fue de este modo como la magia que aún latía en aquel corazón adolescente murió también en el gris desafío que no pudo olvidar y lo marcó como un estigma. En adelante, siempre le acompañaría un doloroso sentimiento de desahuciado de la vida. 


El niño aquel oriundo de una infancia triste y sola, que vendía tebeos para comprarse libros, el niño aquel que todo lo leía porque aprendió a encontrarse entre las páginas, en las que se había desterrado como un buen robinsón para salvarse del íntimo naufragio, y a hablarse con la pluma en un cuaderno para decirse lo que tanto callaba a los demás, aquel que exorcizaba los pájaros y el viento, sentía, aunque no lo supiera, que la vida era un libro que debía leer pausadamente para añadir en sus márgenes las propias conclusiones. 

Cuando se decidió a subir a la alta Biblioteca de Teodomiro encontró el paraíso que prometieran los profetas y no hallaban los hombres. Había allí estantes montañosos, habitaciones llenas de gigantescos textos, admirables volúmenes como frutos del árbol del Edén que podía alcanzar sin sufrir purgatorios ni infiernos. Y en aquel cielo estaban Cervantes y QuevedoGarcilaso y Fray Luis, y muchos más que el profesor enumeraba. 

Los paseos cotidianos, durante horas melancólicas, por los puentes y sus itinerarios, la entrada en las iglesias y en la catedral para gozar del silencio sagrado y mirar cara a cara a los dioses que pudieran hallarse en lo alto del púlpito, todo aquel ritual fue perdiendo sus éxtasis y era ahora la inmensa biblioteca, su escalinata gris, la densidad fulgente de sus mármoles, la oscura claridad de la lectura, lo que extasiaba sus tardes y crepúsculos. Héroes de verso y prosa saltaban de las estanterías para entrar en su vida y habitar en su espíritu. Procesiones desde los anaqueles llegaban a su mesa. Amadís, Parsifal, Don Quijote y tantas venturosas desventuras le recordaban las del andante Jesucristo de la Palestina, utópico y poeta. Y una tarde llegó Lope de Vega, el caballero que venciese en lujurial batalla a cien mil mujeres con cien mil sonetos. Llegó y lo enamoró; tanto, que quiso ser Lope de Vega; y tanto, que cuando cumpliera 51 años se ordenaría sacerdote, como él, para abrazar a una hermosa Amarilis y consumar la fusión entre literatura y vida. Pues -empezaba a considerar- la lectura determina la existencia y esta desemboca en la escritura de un hombre renacido en muchos hombres, en un proceso de milenios. 


Aquel verano leyó el Siglo de Oro, sobre todo a Lope y a los suyos, teniendo como escenario su imaginación, en la que cada obra cobraba la exacta escenografía de sus sueños y fue luego la causa de que odiara las recitaciones de los tramoyistas: porque nadie decía, ni actuaba, como lo habían hecho ya las sílfides y faunos de su mente. ¿Quién podría decir “A mis soledades voy, / de mis soledades vengo, / porque para hablar conmigo / me bastan mis pensamientos”, sino la voz sin voz de la tristeza? ¿Qué gesto encarnaría el rostro melibeico cuando Calixto cae por la muralla o doña Inés conoce la muerte del caballero de Olmedo, sino el mismo rostro de la melancolía? 


 La niña adolescente que lo despalpitaba con sus ojos de mózart y los pechos culpables de su enardecimiento se paseaba ajena a los seísmos de los que era la causa. Pero él no concibió su amor sino a la manera de Romeo y de Tristán, y el placer más que en la forma en que lo pintan Celestina, Salomón y otros muchos. Y sonaban como batanes obsesivos las palabras: “Perdido ando, señora, entre la gente / sin vos, sin mí, sin ser, sin Dios, sin vida...”.  Eso era ella para él: la plasmación de las palabras que iban configurando su personalidad. Pronto sabría que vivir es más que abrir un libro, pero que la vida también transita en ellos, a veces más enjuta y poderosa. 

Lo primero que aprendió aquel niño, cuando salía de su adolescencia y caminaba hacia el oficio de ser hombre, fue que la literatura no es un cementerio de cadáveres, sino un venero de existencia moldeable. Sintió que quienes escribían vencían a la muerte, pues permanecían vivos en sus obras; y vio en la escritura la forma de saciar sus ansias de inmortalidad. Primero halló consuelo en la lectura porque cuanto leía le ayudaba a comprenderse: encontraba dolor por todas partes, como en su corazón. Luego halló que también la palabra es un cadáver, aunque lo resucite quien la lee. Finalmente descubrió que, en vez de recrearse en el dolor, era posible escribir -para sí y, tal vez, para que otros lo leyesen- sobre “la joie de vivre”: que, si en lugar -o además- de dejar caer en la página sus penas, el hombre se esforzase por mostrar sus ilusiones sin llegar a lo iluso, probablemente la vida se contagiaría de la escritura, y en vez de golpearse el cráneo con tormentos se redimiría con el voluntarismo, hasta hallar la armonía de una vida en sosiego. 


Así fue como empezó a abandonar a quienes se recrean en mostrar la grandeza del cósmico estertor de las estrellas, y a buscar a quienes cantan su fulgor para investirse de su luz: EmersonThoreau y Whitman, por ejemplo. Tarde ya, descubriría en “La montaña mágica” el libro que, tal vez, amalgama mejor el vitalismo trágico de la carne metafísica y doliente que es el hombre. Supo, al fin, que la escritura es una gestación y la lectura una devoración, un canibalismo semejante -y superior- al de quienes desayunaban con la eucaristía.

Y sintió el mismo entusiasmo ante los cuadros y las partituras. Y consideró que todas las artes son el mismo arte: una indagación en la conciencia individual y colectiva, la búsqueda de un paraíso íntimo y social que satisfaga totalmente al “homo sapiens”, ese ser hecho de desengaños que ansían redimirse. Por eso la música, el cuadro y la escritura son la verdadera trinidad redentora del hombre, la única panacea universal. 

Comprendió que si Lope trasladaba a sus versos el autobiografismo síquico que es toda escritura, Shakespeare elevó la pintura sicológica hasta su excelsitud. Y comprendió que si Homero pintaba las guerras de los dioses y los hombres, Wagner escribió igualmente con pintura sonora esas luchas en la Tetralogía. Y que Beethoven había vencido en la Novena el ananké al que se enfrentaban los sófocles y eurípides, igual que Van Gogh exorcizaba su destino sin lograrlo inventariando pájaros -lo mismo que aquel niño en la bóveda triste de su adolescencia- días antes de dispararse sobre el pecho, vencido por el fátum. Con una diferencia: los hombres pintan desde el dolor, a veces superado, de saberse tan solamente carne convertida en ansiedad de espíritu. Y la tragicidad grandiosa de erguirse sobre las propias ruinas no puede superarla ningún dios.


Aquellas plumas, pinceles y pentagramas desembocaban en él, lo convertían en ellos, igual que otros que siguieran leyendo, escribiendo, pintando, componiendo, acogerían su identidad, enhebrada como signos rupestres y mutantes sobre un lienzo, una página o una partitura. Llegó a la conclusión de que leer es encontrarse con cada uno de los que había sido, estaba siendo y sería; y que él era también cada uno de los autores, personajes y lectores -puesto que todos en él desembocaban-. Descubrió que leer es recibir la más hermosa solidaridad, pues quien escribe ofrenda y lega sus experiencias a todos los hombres; y que, por eso, detrás de cada uno de nuestros actos siempre asoma un ejército de péñolas que nos enseña la estrategia adecuada para nuestras decisiones cuando afrontamos el vivir. Comprendió que la verdadera felicidad es el epicureísmo de la inteligencia. Aprendió que el presente no es lo que queda del pasado ni tampoco una semilla del futuro, sino lo que se vive en cada instante como si fuese el último, liberado este del terror de la caducidad y de la contumacia ante la eternidad. Halló un verso que resumía la voluntad como único destino y que tomó como divisa: “Soy el que anhelo ser más que el que fui”.

Y dedicó casi toda su vida a enseñar ese conocimiento. Y, muy tarde, también se lo aplicó a sí mismo.




sábado, 4 de mayo de 2024

Antropofagia

Albinoni: Adagio


Como los libros no cabían en casa, saqué cuantos pude fuera, junto a la barbacoa y dentro de su albergue; y, aunque cubiertos para evitar la lluvia, el viento los lee cuando quiere, los desploma y los vendavaliza entre mis vecinos, cada día más sabios en protestar por el follaje libresco que diluvia sus jardines.
     En la parafernalia libreril hay volúmenes antiguos, algunos muy preciados, y otros tan viejos como mi adolescencia, aquellos que me hicieron como soy en gran medida, ya que canalizaron mi sentir.
     En veinte años, solo a cuatro o cinco personas he abierto mis puertas, y alguna de ellas ha protestado de que inutilice la barbacoa por guarecer los libros. 
     ¡Qué voy a hacer, si no me gusta más que la carne humana encuadernada! 
     ¡Antropofagia!, dirá alguno. 
     Exactamente. El hombre convertido en libro es el animal que mejor alimenta al hombre.
Reubicar 24-4-22

martes, 30 de abril de 2024

Una visita al origen: sicofonías


Strauss: Muerte de Don Quijote

Por fin lo he conseguido, tras muchas tentativas: voy a hablar con Cervantes. He quedado con él en Alcalá. Hasta ahora solo he sabido de él por su correspondencia literaria a través de los siglos. Percibiré sus vibraciones, su amor por sus semejantes, su dolor por saberlos sufrientes, su intento de comprender el mundo y hacérselo entender a quienes se niegan a admitir que es mejor hacer el bien que el mal, la ofrenda de una vida como íntimo legado: que la felicidad consiste solo en luchar por la utopía solidaria aunque sea inconquistable. No llevaré más armas que la palabra de Don Alonso El Bueno: un corazón sediento de bondad dispuesto a desbordarse como un manantial ebrio sobre otros corazones.
     Cuando vuelva seré otro: el que he querido ser, el que quise ser siempre.
                                                Reubicar 17-5-18

martes, 16 de enero de 2024

Seudónimos y estrategias

 

Myers: Cavatina

Debo confesar que algunas frases, versos y autores que cito son, si no alteregos, sí invenciones y atribuciones que me sirven para decir o apoyar lo que deseo: es más fácil inventar que encontrar lo que se necesita. Ningún daño hago al lector, a quien lo mismo da ciento que cien, y a mí me ayuda a ficcionar ahora que he perdido la memoria y no recuerdo siquiera dónde fue. Todo empezó en los exámenes universitarios y siguió en las oposiciones: ¿quién iba a comprobar si, en la revista Cual, Tal estudioso había escrito Equis o Zeta sobre Garcilaso, Mandolino o Aguakato? 

Ya lo escribió Leonardo con su caligrafía laberíntica: "¿Por qué no ser tu propio impostor si la existencia es una impostura?". Y Cyrano en su Viaje a la luna: "La verdad consiste en conseguir que la ficción no lo parezca".


lunes, 7 de agosto de 2023

El umbral


Ligeti: Lux Aeterna 


... Un estremecimiento surge desde un abismo y cruzo el umbral ... el que he temido durante toda mi vida ... el de una locura de la que no podía retornar porque mi cordura la sufría. 
 Es una tentativa de pronunciación y escritura que no consigo practicar; o mejor: que mis ojos leen y escriben mis dedos a su antojo, sin obedecerme. Lo intento varias veces, con cierta calma o como si yo estuviese ausente; y cuando empieza a desaparecer su imperio es cuando me sacude el miedo al no retorno, a la afasia, al silencio, a la prisión síquica, a que he entrado en una celda inexpugnable. 
Al otro lado están Van Gogh, Poe o Schumann, y tantos otros como yo que quieren que los acompañe para siempre y acompañarme para siempre. Todo cuanto de plácido o sereno había conseguido emerger en los últimos años descendió y dejó ver el iceberg que había vencido el cielo, y me encuentro de nuevo bajo el glaciar...


lunes, 17 de julio de 2023

Mientras enloquezco

Mussorgsky: Una noche en el monte Pelado

El poeta previsor 

Como el autor es un creador, todo poeta añade a la existencia; y como el instante privilegiado -el de la clarividencia, o "visita de las musas"- no siempre es previsible -porque es una operación síquica, híbrida de incordura y lucidez-, Heredia almacenó en su despensa escribitiva hipérboles, metáforas, epítetos, métricas obsoletas y novísimas, erotismos y mágicos cilicios ... priapismos y orgasmos castos, satiriasis, zoofilias, rosarios y oraciones, entelequias e intangibilidades, planetoides y efigies dinosáuricas... masturbaciones, felaciones y autoinsuficiencias (todo ello previniendo la probable secuencia de abstenciones y pecaminaduras de Principesa...), añadiendo toneladas de versos biensonantes por si fueran precisos en momentos de laxa inspiración. Así la Epopeya Genial era más asequible. 

Necesitaba cumplir ese destino que él mismo se había impuesto. Se encaminó hacia Ella para iniciar la Aventura...

Y rubricó: El suicidio es sinónimo de felicidad: porque lo que busca el suicida es escapar del infierno de su vida. pero también recordó un breve poema de Informe pericial:
            
            Antes de decidirte a abandonar
            esta vida que odias o te duele,
            cerciórate de que hay otra existencia
            -o una nada- más digna a la que ir;
            no sea que el lugar en el que surjas
            aún te horrorice más que este que habitas.


domingo, 18 de diciembre de 2022

Antropofagia

Albinoni: Adagio



Como los libros no cabían en casa, saqué cuantos pude fuera, junto a la barbacoa y dentro de su albergue; y, aunque cubiertos para evitar la lluvia, el viento los lee cuando quiere, los desploma y los vendavaliza entre mis vecinos, cada día más sabios en protestar por el follaje libresco que diluvia sus jardines.
     En la parafernalia libreril hay volúmenes antiguos, algunos muy preciados, y otros tan viejos como mi adolescencia, aquellos que me hicieron como soy en gran medida, ya que canalizaron mi sentir.
     En veinte años, solo a cuatro o cinco personas he abierto mis puertas, y alguna de ellas ha protestado de que inutilice la barbacoa por guarecer los libros. 
     ¡Qué voy a hacer, si no me gusta más que la carne humana encuadernada! 
     ¡Antropofagia!, dirá alguno. 
     Exactamente. El hombre convertido en libro es el animal que mejor alimenta al hombre.

viernes, 11 de noviembre de 2022

Vírgula 2



LA PRODIGIOSA DÉCADA ORIOLANA

Apuntes de una educación sentimental1

Antonio Gracia

El despertar

Yo despertaba de mi adolescencia. Una peseta al día durante los veranos (era el salario que mi padre me regalaba por ayudarle en el almacén), más alguna que yo hurtaba, fueron mis primeros ahorros con los que empecé a autobibliotecarme. Yo tendría diez, doce años. Mi padre, inteligente intitulado, sabio y poco erudito, hablaba como un eco lejano de la calle, del hambre y de una guerra. Mi madre, hija de las supersticiones de aquel tiempo, trabajaba con él de sol a sol. No comprendía yo cómo a un niño le quitaban de pronto su lenguaje: nacemos y entendemos el mundo a través del contacto con las cosas; nuestra piel nos nutre nuestra mente; besos, arrullos, el pecho maternal, la infancia como un trozo de carne moldeable, la carne sensibilizada como único lenguaje para sentir y hacer sentir: y de pronto, cumples algunos años, te alejan de los cuerpos, te prohíben el tacto, lo que era puro amor pasa a llamarse sexo y quedas paralítico y mudo, manco y ciego, y con piernas para correr hacia una explicación del abandono. La adolescencia significa la muerte de la infancia: pero su asesinato. ¿En qué mundo había yo caído, donde todo era contrario de sí mismo? Tuve que refugiarme en otros seres humanos más humanos: los libros.

Para continuar leyendo pulsar 

La prodigiosa década oriolana

Vírgula. Revista del Grado en Español: 

Lengua y Literaturas 

Vírgula. Revista del Grado en Español: Lengua y Literaturas, 4 (2022)


domingo, 5 de junio de 2022

Retrato

Strauss: Muerte y transfiguración

     “Nací cuando necesité pensar para combatir la muerte. Pensar es ordenarnos en palabras. Así que escribir es convertir al animal quaerens que somos en homo scriptor.
    Siempre he escrito para saber quién es Antonio Gracia: ¿soy el que quiero ser más que el que fui? La poesía es una filosofía liberada del silogismo. Mi divisa: oponer al tragicismo existencial la voluntad hímnica hasta convertir en himno la elegía. 

    Cuatro recopilaciones antologan mis libros: Fragmentos de identidad (1993) es la extroversión de mis infiernos; Fragmentos de inmensidad (2009) ayunta mis paraísos; El mausoleo y los pájaros y Devastaciones, sueños (2011) dan fe de mi biografía verbovital, el “escribivir" que es mi existencia. El título que mejor me identifica es La urdimbre luminosa

viernes, 11 de marzo de 2022

Respuestas para un lector.

Ives: Pregunta sin respuesta


¿Qué puedo decir de mí sino que me desconozco más que me conozco y que por eso escribo?
    No sé por qué escriben los demás. Yo empecé a escribir porque necesitaba hablar con alguien y no tenía con quién; así que hablaba conmigo mismo a través de la página en blanco, lo cual me suponía un sosiego, un consuelo, un autoconocimiento. 
     A través de mi escritura he sabido que el corazón es el centro del universo, que la carne tiende hacia la inmensidad, buscada o palpada en los cuerpos, las cosas, los libros, y que toda mi vida ha sido una persecución de la infinitud, sentida o inventada en la infancia, porque en ese tiempo sin tiempo anclado al corazón se desconoce el concepto de frontera y nada tiene límites. Allí crecen los sueños interminablemente, y germinan, también, los desengaños. Al salir de ella uno se siente hijo de la eternidad y padre de la propia muerte.
     Por eso podría escalonar mi vida en numerosos peldaños que a nadie interesarán si no son afines, siquiera mínimamente, a cualquier lector. Porque un poema publicado solo empieza a justificarse cuando encuentra un ser que se identifica o se reconoce en él. Es decir: cuando se consigue la universalidad de la intimidad. Lo demás es literatura, abracadabra del verbo.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Una elegía airada.



El cráneo tiene, extrañamente, forma de gruta cavernícola. Tal vez es eso lo que hace que algunos hombres y mujeres continúen viviendo en las cavernas y, además, cultiven la contumacia respecto de la renovación y actualización de la sensibilidad y las ideas: de la Humanidad. 
     Digo esto por si el sufrido lector quiere ojear las entradas de los últimos días y decirme qué delito cometí sobre poesía escribiendo -o difundiendo, más bien-; tan grande como para que se me impida hacerlo y se me amenace con desenredarme de las redes -electrónicas-. Como ya son varias las advertencias y tachaduras con las que los guardianes de la santidad me han tijereteado en otras ocasiones, me gustaría procurar dejar de ser necio para inteligenciarme al menos hasta el cociente intelectual de tales y geniales lectorales, que no sé si de tanto estar en el cielo están verdaderamente en las nubes -aquellas que originaron el diluvio-. Si hubiera sabido que hay tanta podredumbre mental en el paraíso hubiese hecho oposiciones para una cátedra en el averno.
       Por otra parte: ¡Con lo fácil que es irse a otro lugar, a otros blogs, a leer y permitir que cada uno sea libre de confinarse en los infiernos! ¡Y con lo nefasto que resulta no darse cuenta de que lo mejor para silenciar algo es no vocearlo! ¡Y con lo honesto que sería el denunciante o marsupial firmando su denuncia, que es sin duda su marsupio!
     Dígaseme diciéndome qué contiene este poema para que se me conmine a que lo silencie; y discúlpeseme la afonía: 



lunes, 14 de junio de 2021

La catedral del agua.


Monasterio de Piedra

Contaba yo algunos más de veinte años y sentía la muerte como única salida. Creía que "el suicidio es la única forma de libertad que existe".
     Como el que nada teme porque ya todo lo ha perdido, me jugaba la vida, sin saberlo, en retos sin sentido, como el ningún sentido que tenía la existencia. (No siento hoy lo que sufrí ayer, sino lo que tal vez sufrieran quienes, por quererme, me sufrían).
    Era julio y salí con un amigo -el noble y gran Miguel- camino de un cualquier lugar que fuese algún lugar en el que descansar de la tortura. Y descubrí la catedral del agua -o así la archivé en mi memoria-. Aquellos breves ríos, cascadas, piedras y árboles fueron un gran consuelo: como si el manantial de la vida, cegado para mí, fluyera para el mundo y saciase su sed, la que me desgarraba las entrañas y no sabía yo saciar.
     Nuestro vehículo de viaje era el autoestopismo. Seguimos el camino por el Ebro, como quijotes bajo el sol de agosto: nuestras viandas fueron un poco de pan y muchas pipas en Soria, bocadillos de hambre en Burgos, algunos farinatos salmantinos, zarzamoras en Ávila y Toledo, cartujas en Sevilla, misteriosas columnas en Córdoba, agua y hojas en El Generalife, donde burlamos a los guardas para dormir al pairo de la noche... 
     Tras una caminata de unos doce kilómetros, saliendo de Granada, más muertos que cadáveres, iniciamos la vuelta tras un mes de joven trashumancia por la vida... 
     Pensar en ti llena de lluvia el mundo, escribí alguna vez... (No tiene nada que ver con esto; pero algo tiene que ver con esto...).



miércoles, 13 de enero de 2021

jueves, 13 de agosto de 2020

Una elegía airada (El virus de la inquisición)


El cráneo tiene, extrañamente, forma de gruta cavernícola. Tal vez es eso lo que hace que algunos hombres y mujeres continúen viviendo en las cavernas y, además, cultiven la contumacia respecto de la renovación y actualización de la sensibilidad y las ideas: de la Humanidad. 
     Digo esto por si el sufrido lector quiere ojear las entradas de los dos últimos días y decirme qué delito cometí sobre poesía escribiendo -o difundiendo, más bien-; tan grande como para que se me impida hacerlo y se me amenace con desenredarme de las redes -electrónicas-. Como ya son varias las advertencias y tachaduras con las que los guardianes de la santidad me han tijereteado en otras ocasiones, me gustaría procurar dejar de ser necio para inteligenciarme al menos hasta el cociente intelectual de tales y geniales lectorales, que no sé si de tanto estar en el cielo están verdaderamente en las nubes -aquellas que originaron el diluvio-. Si hubiera sabido que hay tanta podredumbre mental en el paraíso hubiese hecho oposiciones para una cátedra en el averno.
       Por otra parte: ¡Con lo fácil que es irse a otro lugar, a otros blogs, a leer y permitir que cada uno sea libre de confinarse en los infiernos! ¡Y con lo nefasto que resulta no darse cuenta de que lo mejor para silenciar algo es no vocearlo! ¡Y con lo honesto que sería el denunciante o marsupial firmando su denuncia, que es sin duda su marsupio!
     Dígaseme diciéndome qué contiene este poema, expuesto ayer, para que se me conmine a que lo silencie; y discúlpeseme la afonía: 


Después de atravesar muchos pueblos y mares
    he llegado hasta aquí, hermano, a tus exequias
para ofrecerte el último homenaje debido
    a los muertos y hablar, aunque resulte inútil,
con tus cenizas mudas. Una fatalidad
    se te ha llevado lejos, ¡ay pobre hermano mío!, 
y me has sido robado indecorosamente.
    Con todo, acepta ahora esta ofrenda de donde
manan aún las lágrimas del llanto de tu hermano
    y que la tradición acostumbra a ofrecer
en todo funeral. ¡Hermano, te saludo
    y de ti me despido hasta la eternidad!

Catulo. Poema 101
Traducción de Luis T. Bonmatí

sábado, 1 de agosto de 2020

El infinito número de máculas...


Offenbach: Orfeo en los infiernos

Siempre he estado en guerra con los dioses. Y, en verdad, debo reconocer que he perdido todas las batallas. 
Aunque no es extraño: pues, a pesar de que dios dice ser solamente uno, es siempre, trinitariamente, tres; si bien, si dios y dios son cuatro, juntando el otro dios ya suma seis. Y son demasiados dioses contra tan solo un hombre.
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Antonio Gracia en los infiernos