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domingo, 1 de marzo de 2026
Un cuento de terror
sábado, 29 de noviembre de 2025
Una azula que pasaba...
17620
lunes, 13 de octubre de 2025
Patrokla
miércoles, 24 de septiembre de 2025
Jitanjáfora
Rimski: Sherezade.- El príncipe y la `princesa
Alegría pintaba sus sueños con los colores que tomaba del amanecer y de su carácter dulce y generoso. Era feliz mientras soñaba, y melancólica al temer que la realidad no cambiara bajo el embrujo de su melodioso esfuerzo. Lo cierto es que la ciudad no se convertía en palacio por más que lo intentaba, ni aparecía el príncipe transfigurador de su vida cotidiana en paraíso. No era capaz de entender que las maravillas y las rosas florecían en su corazón y no en las calles por las que transitaba.
Su felicidad era un fragmento del pretérito que quería restaurar, una flor enmustiada que no reflorecería fuera de su corazón y de sus ensoñaciones. Creía que podía resucitar el pasado y convertirlo en futuro. Pero todo lo arrasa el tiempo con su furia. Porque en el país del tiempo solo existe el ahora.
Así fue como la tristeza invadió su existencia.
Su verdadero nombre era Jitanjáfora. Y otras veces Metáfora. Qué más da. Ella era quien creía ser. Ese es el gran error.
jueves, 26 de junio de 2025
Un cuento de terror
R. Strauss: Zaratustra (Transcripción órgano)
lunes, 16 de junio de 2025
Cinco - Valerio Calabrés
VALERIO CALABRÉS (1)
A la hora de pensar cómo sería mi libro me fue muy doloroso concretarlo. Tomé algunos apuntes:
Capítulo primero.- En el principio, el hombre era un ser desorientado. Todo le sorprendía y asustaba. Se defendía -involuntariamente- huyendo. Estaba enfrente de lo que no entendía sin saber afrontarlo. La reacción instintiva ante los sucesos repetidos desencadenó comportamientos, conclusiones de premisas que ni siquiera su conciencia había predispuesto. Y la relación entre la realidad y su actitud ante ella empezó a depender de él en muchos casos. Apareció en su mente el concepto de problema y su previsión: circunstancia exterior o conflicto interior que precisaba una decisión, una elección, una reducción de posibilidades, un azar controlado. El automatismo de su comportamiento empezó a ser observación reflexiva y surgió el pensamiento, el encadenamiento de las causas a sus consecuencias y su variabilidad, la filosofía, y, por ello, la intervención del objeto paciente convertido en sujeto agente comprendedor y activador de los hechos. El arca de la experiencia se enriqueció y no bastó la tradición oral. Y se escribió para que el presente fuese un pasado aleccionador del futuro. Nació el libro como resultado de la cristalización del pensamiento, como legado de los empirismos para aprender a no tropezar dos veces en la misma piedra y para que ésta, asegurada por generaciones de confirmadores, fuese el primer peldaño de la torre de la sabiduría. Lo que el hombre había resuelto durante milenios de observación y reflexión podía conocerlo un solo hombre, cualquier hombre, leyendo su pasado. Para vivir era preciso pensar, y quien quisiera vivir evitando caminos sin salida o tortuosos podía acudir a los libros, resumen del ayer, semilla del mañana. Quien leía engranaba en cada instante de su pensamiento milenios de filosofías.
Capítulo segundo.- Se levantaron edificios, culturas, civilizaciones. Se combatieron las inclemencias de la naturaleza y se aprovecharon cuantos bienes ésta engendra. El destino feroz se sustituyó por un determinismo cuyo artífice era el propio hombre. Y el hombre creó la libertad.
Capítulo tercero.- Puesto que el pensamiento es la causa que ennoblece la vida y la sabiduría se deposita en los libros, quien no lee desprecia a sus antecesores y no aprende a pensar idóneamente, con lo cual se equivoca o acierta menos en su vida. Quien no lee está más lejos que nadie para extraer conclusiones propias y es esclavo de las de los demás. Quien no lee es un suicida.
Capítulo cuatro.- Hay otra causa por la que existen los libros y por la que deben existir. En aquella aurora de su inteligencia, el hombre sintió la inmensa soledad ante los firmamentos de la vida y la muerte. Escribiendo hablaba consigo mismo; y escuchaba, leyendo, a los mejores conversadores que pudieran hallarse. Se decía y oía cuantos problemas y sus soluciones se habían dado hasta entonces. La soledad, la incomprensión, la indefensión se exorcizaban con la escritura y la lectura. Así, escribir y leer se constituyen en el mayor acto de solidaridad y consuelo frente al inmenso abismo de la noche interior. De unas divinidades necesarias para combatir el miedo a las fieras, al viento y a las lluvias, al rayo, el hambre, el propio miedo, se pasó a divinizar el libro, el arte, la ciencia, los talismanes de la mente, las hábiles respuestas de cuanto le es posible responderse al hombre. Sin embargo, los últimos tramos de la carrera de la Historia están matando esos dioses al considerar que las tecnologías son panaceas. Y no es así. Los libros no son, en verdad, dioses : pero son los seres más humanos de cuantos podemos encontrar en nuestras vidas.
Capítulo cinco.- ¿A dónde va una sociedad que destierra los libros (los cicerones de la libertad, las premisas para el autodeterminismo) y se atrinchera en los cientificismos deshumanizados (la aceptación robótica de lo que otros han concluido por nosotros)?
Nota: crear un personaje que hilvane los contenidos antedichos como un héroe vive sus aventuras. Por ejemplo: ...
viernes, 13 de junio de 2025
Calabrés, Valerio - 4
VALERIO CALABRÉS (1)
La civilización en la que sobrevivimos ha engendrado una naturaleza reprimida y una cultura represora. Es sumamente difícil librarse de ese determinismo. Empezar desde cero, regresar al comienzo y estructurar el universo nuevamente, construir otra vez los peldaños para subir, al fin, a una escalera de la que no podemos asegurar que no sea igualmente un error paralelo al que intentamos subsanar, una torre babélica e inútil. Sería imprescindible filtrar toda la historia, reconstruir los hechos y los libros, pensar genuinamente como si la virginidad de pensamiento fuera posible aún. Y no lo es. Aunque hay que intentarlo, tratar, en todo caso, de equivocarse por sí mismo pretendiendo acertar antes que asumir el error conclusivo como premisa de nuestro futuro pensamiento. No hay que tener miedo a equivocarse, sino a empeñarse en tener razón. He ahí los fanatismos y, por contra, la búsqueda perenne. Significa leer, leer, leer, desenhebrar en lo posible las subjetividades o aceptarlas como un azar imprescindible para el hallazgo de la verdad sincera. El sabio no es el que tiene muchas ideas, sino el que estructura una capaz de integrar y conciliar todas las otras. Hay que buscar la lógica que admita que el absurdo es otra lógica en apariencia inadmisible. Tiempo para pensar, leer, reflexionar, barajar, concluir, escribir. ¿De dónde tanto tiempo?
Mientras esperaba que acabase el sumario y concluyese el juicio, calculé desolado: “Es terrible. Aunque leyese diez horas diarias no podría sumar más de trescientos sesenta y cinco libros al año, y durante medio siglo de lectura sólo conocería menos de seis millones de páginas, es decir, ni siquiera veinte mil libros, o apenas un millón, dos millones, contando los que, nada más empezados, resolviese abandonar al advertir que son zarandajas. ¿Y cómo conseguiría quinientos millones de dineros para comprarlos? ¿Y de dónde sacaría las horas para escribir lo que aprendiese y dedujese de la vida de los libros y de mi propia existencia? Porque de nada sirve leer si no se sacan las propias conclusiones que eliminen las lecturas prescindibles y se suman las imprescindibles en otro nuevo libro. Tendría que abandonar el trabajo, toda tarea, para seguir leyendo, y dejar de leer para escribir. Y así, cuantos vengan detrás de mí con el mismo afán renovador. La vida es un libro interminable que vamos reescribiendo cada vez que leemos el que, existiendo, permanece siempre inacabado”.
Esta consideración me abatió durante una semana. Hasta que decidí del mal el menos: obligué a mi abogado a que, puesto que veía imposible evitar que me condenaran, se las arreglase como fuera, mintiendo, comprando, como fuera, para que, en vez de a la cárcel, en donde las posibilidades de acceder a una biblioteca eran ningunas, me redujesen de por vida a un manicomio; yo me declararía loco y firmaría lo que fuese necesario, y aun más; y no sería difícil conseguirlo: porque en un mundo de cuerdos tan poco lúcidos cualquier asomo de lucidez se entiende como súbita o crónica locura. Y vendería mi historia al mismo Periódico que me enjaulaba -con la amenaza de venderla a otros y comprometer su versión de los hechos. Y así fue. Y aquí estoy.
Hay miles de libros en esta loquería, antiguo monasterio o castillo desvencijado por el tiempo a las afueras de la urbe. Los que necesito y no están me los hago comprar. Leo durante catorce o quince horas diarias, con lo que mis previsiones crecen un cincuenta por ciento. Los médicos me tratan con respeto y afecto, porque les he hecho creer que soy un Alonso Quijano de los tiempos modernos. Si no fuese porque entorpecería mi estudio con las pesquisas que ello comportaría, ya hubiese matado a algunos cuantos que no saben ni dónde tienen la cabeza, y mucho menos el cerebro. De vez en cuando, durante las sesiones de terapia, les permito llevar las riendas del diálogo hasta hacerles creer que saben mucho y que juegan con mi mente; y de pronto los sorprendo en medio de una frase, revuelvo sus argumentaciones y las convierto en juicios contra sí mismos, dejándolos caer por el precipicio de sus convencionalismos sicológicos y mostrándolos caídos y burlados por el loco de los libros. Sé que algunos me odian y que de buena gana me mandarían a la silla eléctrica de sus electrochoques; pero yo me planteo sus sesiones como partidas de ajedrez y les dejo ganar una sí y otra no para que vuelvan y discutan entre ellos quién pierde o quién le gana más partidas al “empaginado”. Son unos necios, ellos son los verdaderos locos, como todos cuantos se aferran a una vida que exige prescindir de sí mismos para ser admitidos por la sociedad. Sin embargo llaman “loco” a quien tiene tan arraigada la conciencia de su individualismo que deserta de la colectividad por considerarla una enajenación. Es la nueva ciencia: la ciencia de la amputación de la personalidad que proporciona la naturaleza, con sus avatares, aciertos y fracasos, pero sin condicionamientos predeterministas en aras de un bienestar consistente en talar los sentimientos, las alegrías y tristezas. Estos personajillos, médicos cuadriculantes de la mente, los jefes de partidos, sindicatos, gobernantes, directivos de Prensa y de los organismos económicos, curas y represores de todos los estratos, son cirujanos de la monstruosidad, profanan la sustancia del ser llamado hombre, cosifican la verdadera ciencia, la vuelven contra sí, hacen de la maquinalogía y la igualdad malentendida furiosos enemigos de la ciencia real.
sábado, 7 de junio de 2025
Capítulo tres.- Valerio Calabrés
Tres
"Tuve que matarla porque ella era también mi amante". Eso dijeron los periódicos. Y la misma policía lo creyó. Todo parecía muy simple. Una cuestión de celos. Pero es falso. Sin duda, ese crimen se perpetró con la exclusiva intención de apartarme del mundo y librarse de mí igual que de tantos otros como yo.
Las cosas ocurrieron de este modo: Yo había conocido a Mandorla en una fiesta de la Prensa. Todos los asistentes eran puras sonrisas desdentadas de alegría y espúreas de una felicidad estudiada como un gesto imprescindible para esas ocasiones. Estaba decidido a marcharme cuando vi a aquella mujer sola entre los babosos que acosaban su belleza y adulaban su juventud. Tenía una mirada lejana, oscura, densa, ajena a aquella tribu de odaliscas y faunos. Me acerqué y le tomé la mano arrastrando su cuerpo suavemente como si la salvase de los lobos.
- Mandorla. Mi nombre es Mandorla.
- Furiosa la jauría. Claro, que eres hermosa presa.
- Y ahora me dirás que me has salvado para ti.
- No soy un redentor. Odio a esos imbéciles.
- Y tú crees que eres mejor que ellos.
- No tienen derecho a devorarte.
- Y tú sí.
- En este mundo, quien no devora es devorado. Pero aún no me he comido a una mujer que no quisiera, también, comerme. Valerio. Mi nombre es Valerio.
Durante semanas nos vimos a menudo. Ella revisaba el correo, leía mis originales, censaba las censuras, era furia en el lecho. Pero no me interesa demasiado esta historia; así que la acabaré enseguida. La primera vez que la encontré con el Director fue en un concierto. Me aburrían las notas salidas del foso de la orquesta, los violines zarpullían exangües, las flautas eran ramas fruncidas por un viento sin norte; tomé los prismáticos de una oronda que flateaba a mi derecha y miré alrededor los palcos y la escena. La soprano moría en ese instante de manera increíble, porque nadie se muere mientras canta ni canta mientras muere si no es en el teatro de la vida, donde todos se mienten y disfrazan. De la coloratura mortuoria giré hacia un palco situado a la izquierda y allí estaban los dos, penumbrosos y ocultos, moviéndose agitados entre los cortinajes. Subí temiendo lo peor, abrí lento y despacio y miré las medias ropas, los cuerpos medios y húmedos, penetrados y entablando un dueto estrambótico entre la voz muriente y el jadeo sexual vibrando entre las sombras, en la espiral erótica del coito. Amasijo de carne y de la música, mi estupor y su cópula, los días en mis brazos, el aquelarre aquél, todo como un torrente se me agolpó en la mano y quise allí matarlos, desangrarlos, derrengarlos y echarlos a las gradas de aquel circo sonoro para que hubiese algo de vida que anotar aquel día que no fuese tedioso. Pero qué estupidez: alimentar las páginas de cotilleo social con un crimen por celos; quizá incluso era el Director el ofendido, tal vez ella lo engañaba a él conmigo y no al revés; qué más daba: el desprecio fue lo único que sentí y abandoné el lugar dejando mi tarjeta. No volví a verla más.
Hasta el día en que digo: Al abrir la puerta, el Director sudaba mientras quería aparentar tranquilidad. Fumaba y me ofreció un cigarro, y me acercó el encendedor de plata sobre soporte de alabastro, pesado como un mazo. Estaba como recién lavada su piedra veteada. (Es curioso: me gustaría quemar en este instante un buen tabaco). Alabó mis trabajos, lo mejor del Diario, decía entre fumarolas. Debo salir, sólo un instante, quiero que me aconsejes, dijo mientras salía. Y pasaron minutos; y yo, ante la sorpresa del halago, dudaba sobre mis conclusiones, tal vez precipitadas. Quizá él era ajeno a las censuras de mis escritos. Pasaban los minutos. Sentí que mis pies se mojaban y acudí tras el rastro del agua para cerrar el grifo del lavabo: allí encontré a Mandorla, con la cabeza rota y el cabello rojizo por la sangre. Salí despavorido y nadie me creyó. Naturalmente, mis huellas estaban en el encendedor, en el que se encontraron restos de sangre, hilazas de cabello.
¿Qué podía decir en mi defensa? Todo me condenaba. Se supo mi aventura, se publicó nuestra desavenencia, se perpetró aquel crimen para apartarme de la pluma y arrancarme la lengua. Todo estaba previsto. Mi pasado me declaraba un insumiso de las normas, un transgresor social, un enemigo público. Y se me dio el hachazo. Pero todo era falso: las pistas, su engranaje. Aunque, en verdad: no es eso lo importante, carece de interés el que me condenaran. Piensen solamente un instante en lo que significa, en lo que puede deducirse de un hecho como éste: Las experiencias vividas determinan las experiencias por vivir; de modo que el pasado es el dueño del presente y, por ello, del futuro, tanto el individual como el colectivo. Yo no puedo librarme de mí mismo en cuanto que lo que fui influye en lo que soy y que seré. Pero si suplanto un documento del pasado éste reescribirá el presente y también su devenir. De manera que la historia es lo que propone el historiador. Y éste no tiene por qué ser fiel al pasado que hereda porque no tiene certeza de que éste no fuese ya alterado por quien se lo legó. Así que la verdad histórica no existe más que en la mente de quien quiere creerla. Estamos en la constatación del nihilismo.
Para qué seguir con esta historia. ¿Acaso quien me lea resolverá algún problema definitivo de su vida si le descubro algún misterio? Tal vez deba volver a ella más adelante. Pero ahora no me importa. Yo voy buscando en la memoria lo que sé que me busca y me define, aunque lo desconozco. Sé que entre las palabras que brotan sin nombrarlas hay una que se esconde y que, al cabo, saldrá de los sargazos de la mente: la reconoceré, ya no podrá escapar. Sabré quién soy.
Valerio Calabrés (Dos)
En fin: Cierto día bajé a protestarle al Director y a renunciar a mi trabajo porque me habían censurado varias líneas de un artículo. Estaba furioso. Entré en su despacho sin llamar y lo sorprendí con su amante. Tuve que matarla: Ella era también mi amante.
viernes, 6 de junio de 2025
Valerio Calabrés
Uno
Me llamo Valerio Calabrés. Naturalmente, es un nombre fingido. No hablo con muchos seres humanos porque a mi alrededor hay demasiados seres y casi todos inhumanos. Conozco bien a algunos, sobre todo a aquellos que aparentan ser otros. Observo que cada vez que aplauden o desprecian mis escritos es porque mi opinión coincide con la suya o la contradice, no porque mis argumentos o expresiones les parezcan razonables o bellas. Es como si al leerme escucharan: “tienes razón”, o “te equivocas”. Eso los alegra o los pone furiosos. Lo cual me lleva a pensar que a ninguno le interesa mi criterio, o la de cualquier otro, sino exclusivamente el suyo. No intentan contrastar puntos de vista para llegar a la conclusión menos incierta, sino que, autistamente, fortifican el propio, la propia, con las palabras que sintonizan y apoyan sus creencias. Son conformistas, han encerrado confortablemente el mundo en su cabeza y creen que su cabeza es el mundo y todo debe regirse según sus silogismos sin lógica y ebrios de contumacia. Son, éstos, los depredadores de las relaciones humanas, los mistificadores de la vida, los intolerantes, los dictatoriales. Y, no obstante, creen ser liberales y libres, porque, de tan fanatizados, no ven su fanatismo. Así es como he terminado por hablar sólo conmigo mismo; y con los libros.
Tales ignorantes de la sabiduría y sabios de la incultura han conducido la existencia a tal degradación que, cada vez más, proyectan un tipo de hombre para su sociedad en vez de construir una sociedad para el hombre. Amputan la naturaleza y la socializan desde sus estrabismos mentales. Cuando un individuo se resiste a integrarse en esa cárcel lo llaman inadaptado y loco, lo empujan al circo de la cirujía mental y lo reconstruyen con siquiatras y drogas hasta convertirlo en uno más de sus huestes vandálicas cabalgadoras hacia los abismos del progreso sin futuro. Sin embargo, son ellos los locos constructores de este manicomio universal en que vivimos. Creen haber encontrado la panacea de la revolución humana esclavizando al hombre a un bienestar que contraviene su sensibilidad aunque, tal vez, acaricie y halague su intelecto, no su inteligencia sensorial. Han hecho una revolución desde fuera consistente en aplicar los beneficios de las máquinas al cuerpo: pero la auténtica revolución debe venir desde dentro hacia afuera, como una explosión o un estallido que contagie de corazón el firmamento.
miércoles, 7 de mayo de 2025
Historia de la Humanidad
Prokofiev: Alexander Nevsky
lunes, 18 de noviembre de 2024
Érase una vez un crimen lánguido ...
Érase una vez un crimen lánguido
Leer original:
PULSAR
ÉRASE UNA VEZ UN CRIMEN LÁNGUIDO
Érase una vez un crimen lánguido
Escenario en el que aparece el cadáver. Escasa luz. Sombras. Más sombras. Lugar sombrío. Sume el lector los tópicos. Lo que yo vi fue esto:
Junto a la cama estaba el escritorio. La mujer yacía entre una y otro. Estaba desnuda, el cabello revuelto, como para una sesión de pornografía fotográfica. Un racimo de rosas había caído desde donde estuviera y esparcía sus pétalos sobre su seno izquierdo, ocultándolo casi completamente. Era necesario mirar el otro para tener una imagen del oculto, hermosa geometría que para sí Pitágoras hubiera deseado. Las piernas descendían paralelamente desde el vértice púbico como unas tijeras en un ángulo mágico, como si acabasen de cortar el deseo más lascivo o el mayor espejismo del sueño realizable; los brazos arqueando la cabeza, saliendo de un abrazo cadencioso; un ojo inmenso abierto y del color del sueño, sumido ahora en una pesadilla o emergiendo al más sereno lago, junto al otro horadado, destruido, sajado, envainado por una espada oscura, un agudo estilete o un fálico atributo, un pene ajibarado; la sangre aproximándose a la boca de labios entreabiertos en el último beso, y hasta el perlado ombligo llegaba o descendía una sustancia negra extensa por el pubis y venus, las ingles y el misterio. Todo era silencioso como en una caverna deshabitada hace muchos milenios porque el homínido descubrió su poder para reconstruir viviendas en medio de los llanos y lejos de las rocas, junto a ríos y bosques donde saciar su sed y evitar el peligro de la noche y lo oscuro. La luz intermitente de los faros lejanos iluminaba las paredes, la estancia, el sangriento paisaje. Tal vez un pitecántropus destrozó entre sus brazos a la hembra estrechada en la cópula loca y la mató de sexo, de amor o de violencia. Cuántas veces se habría repetido esa historia de caverna en caverna, de ciudad en ciudad, siglo tras siglo, errante hasta llegar a aquella habitación donde la hermosa bestia desnuda y siglo veinte yacía muerta ahora.
X
Detective explicó:
Mi método es muy simple. Baso mi causa en el conocimiento de la consecuencia. Esta la conozco: el crimen. De modo que solo tengo que recorrer inversamente los caminos que condujeron o pudieron conducir a ella. El que no se interrumpa es el bueno; y su comienzo es la causa: el culpable, el asesino. En realidad es lo que han debido de hacer todos los investigadores que actuasen con lógica. Basta un pequeño dato cierto para que, convertido en premisa, lleguemos a la conclusión: a la solución. Porque cada parte forma una partícula de un todo; y lo mismo que el paleontólogo reconstruye un esqueleto partiendo del hallazgo de un solo hueso, o el análisis de unas líneas nos permiten averiguar el nombre de su autor, el investigador conoce finalmente al asesino si sabe descifrar y estructurar a la inversa la premisa del crimen. Todo es un puzle, y una casilla contiene las demás. Inventemos los hechos,
Detective explicó:
pongamos las premisas que aún no conocemos. Veamos: un hombre ama a una mujer. La mujer también lo ama. Pero ella no sabe que no es la única en la vida amorosa de ese hombre. Un día lo descubre. Y el hombre descubre a su vez que lo han descubierto porque recibe una anónima nota amenazante. Poco después, una mujer ha muerto. ¿Quién es el asesino, el hombre o una de las mujeres? ¿Una de ellas, para librarse de la rival? ¿El hombre, para evitar que la que conoce su secreto lo descubra ante la otra y se quede sin ambas? El hombre no sabe cuál de las dos es la autora del anónimo. Tendría que matarlas a las dos. No, no es ese el buen camino. Veamos de otro modo. Si una de las mujeres asesina a la otra después de hacer saber al hombre que ha descubierto su secreto, el hecho de permanecer viva supone tanto como una confesión de culpabilidad. Si así fuera, la hubiese asesinado sin dejar la carta, la huella de su crimen. Lógica, señores, lógica. Pero lógica sicológica: que es tanto como decir irracionalidad lógica, lógica irracional o absurda.
Y
Continuó Detective:
El hombre pudo enviarse a sí mismo la nota para que le sirviera de coartada y hacer su crimen impune. Porque ¿qué pruebas hay de la existencia de otra mujer más que las palabras del anónimo? Es decir: que un hombre planea el asesinato de una mujer y finge que existe otra para desorientar con la probable inculpación de esta. ¿O acaso una mujer quiere matar a otra y se esconde en un anónimo a un desconocido para librarse de sospecha y llamar la atención sobre el hombre? Lógica, señores, irracionalidad, señores. ¿Por qué iba a escribir alguien una nota si el mero hecho de escribirla, más que despistar, daba una pista sobre la existencia de un tercero, el propio asesino, que además pudiera ser mujer? ¿O acaso el criminal es tan retorcidamente inteligente que se vale de todas estas argucias para despistarnos con tanto laberinto y cúmulo de probabilidades cuyo desmadejamiento parece irresoluble? ¿Van ustedes comprendiendo o intuyendo? En resumen: ha sido necesario todo este despliegue de razonamiento para poder llegar a la conclusión incuestionable de que no sabemos nada. De otra manera no tendríamos la certeza de que todo es dudoso. ¿Comprenden? Ahora bien: ¿Cómo no íbamos a saber algo después de la conclusión de que nada sabemos? ¿Recuerdan ustedes a Sócrates? Pues el asesino, sea quien sea, no nos ha dicho su nombre, pero sí algo casi tan importante, porque un crimen resuelto es un tedio adquirido. El asesino nos ha reducido el número de sospechosos: nos está diciendo que es muy inteligente; y ustedes saben que esta especie de homínidos no abunda entre los hombres, tampoco entre mujeres. De manera que, si es de este condado, basta con poner la lupa sobre media docena de personas. Mejor dicho: cinco, porque yo no he sido.
Z
Prosiguió Detective:
Ahora bien: ¿por qué alguien inteligente iba a matar sabiendo que no hay crimen perfecto? Si encontrada la causa se encuentra al asesino, significa que aquí no existe causa. Pero tampoco: esa ausencia de causa es una causa fuera de lo convencional. ¿Por qué una mente poderosa iba a inventar una causa para un crimen? Sin duda: porque hay algo en él aún más poderoso que su inteligencia: su ansia de perfeccionamiento, su vocación de dios, su necesidad de demostrar que es superior a cualquier hombre, su empeño en desafiar las leyes: y eso es tanto como desafiarse a sí mismo. ¿Y por qué razón un ser inteligente, perfeccionista y sin escrúpulos levanta este edificio de efectos sin motivos, de probabilidades e imposibilidades, de azar y gratuidad, sino porque quiere ser el mejor y teme no serlo? ¿Por qué juega a un ajedrez de sangre sabiendo que ha de ganar pero sintiendo que ya es un perdedor, por qué nos invita a que le descubramos creyendo que es imposible, sino porque en el fondo quiere ser descubierto? Así que además de inteligente es un culpable de no sabemos qué que no es capaz de castigarse o perdonarse y recurre a nosotros para que le juzguemos, lo condenemos o salvemos. Es decir: en realidad es nuestro aliado: tanto si es descubierto como si no, él es el vencedor, pues nos ayuda a encontrarlo, y no hallarlo no significaría más que nuestra insignificancia ante su inteligencia. Si es descubierto es él quien se descubre, con lo que sacia su superioridad y divinización y calma su culpabilidad. Si no lo descubrimos somos unos ineptos y le obligamos a que siga ayudándonos, a que nos dé más pistas: ¡a cometer más crímenes! ¡Le voilá!
Detective dijo:
Pero no debemos olvidar ciertos hechos: a) el cadáver tenía clavada una estilográfica en el ojo derecho; b): el cadáver tenía derramada la tinta, de varios tinteros diría yo a juzgar por la cantidad, sobre el pubis; c) cerca del cadáver se encontró una nota apenas legible... Bien, bien... ¿Qué podemos deducir de todo ello? No lo olviden: yo, cualquiera, hace una reflexión, hago un razonamiento; basta poner una premisa, una cláusula, y el silogismo o el filosofisma se elucubra a sí mismo. Ni siquiera tengo que estar de acuerdo con la conclusión, el resultado deducible. El cerebro es una máquina incansable: y si no se le echa algún tipo de trigo que moler, se muele a sí mismo, se tritura. El escritor le echa palabras como otros le ofrecen un deporte o el enfermo le sacrifica pesadillas. Yo le coloco causas o consecuencias causales, porque no hay causa que no sea una consecuencia ni consecuencia que no se convierta en causa. Todo efecto es un motivo. Es un monstruo, un dragón, el cerebro: te devora, te devasta, te enloquece si no distraes su furia. Pero no es necesario creer en los propios razonamientos, como tampoco repudiar sin más los ajenos. La lógica solo es un camino que nos parece inevitable porque es el único transitable. Pero todo es contingencia. Vivimos en un mundo de apariencias y simulaciones. Incluso el que cree ser auténtico e íntegro, incapaz de venderse, se da cuenta al cabo, o muere sin saberlo, de que su verdad es otra mentira en la que creía como única certeza. Así que en un mundo en el que la realidad es la apariencia, todo es su contrario, cada gesto representa su envés, cada palabra es su reverso. Quien dice amar está huyendo del odio que siente por sí mismo; quien mata, lejos de ser una bestia, ama lo que destruye porque representa su propia necesidad insatisfecha. Todos nos buscamos a nosotros mismos a través de los otros, y cuando los odiamos o amamos a nosotros nos amamos u odiamos. ¿Comprenden lo difícil que resulta dar con la verdad, cualquier verdad, cuántas verdades hay en cada verdad, cuántas verdades hay que desnudar como un guante al revés hasta hallar la verdad verdadera, que siempre será una verdad supuesta? ¿Quién es culpable, entonces, quién inocente, quién? Y no obstante, señores, todos debemos colaborar con la justicia y, por lo tanto, ser jueces, o jurados al menos, decidir que el error está en nuestras verdades y que la injusticia alimenta la justicia. Todos somos |
jueces de los otros: por eso todos somos culpables ante los demás. Pero, ¿quién se abstiene de juzgar, a pesar de todo, sin considerarse poseedor y poseso de la verdad? |
X-Y
Detective dijo:
Te amo porque no sé quién eres y podrías ser tú. Eso es todo lo que podía leerse en la nota encontrada junto al cadáver. ¿Qué podemos deducir de esto? ¿Por qué la nota allí y qué significa esa frase? Señores, he investigado el asunto, he consultado libros e interrogado a profesores doctos en la materia. Quien quiera que sea el autor de esas palabras es un ser sofisticado, culto y conocedor de los asuntos literarios relacionados con el amor, tanto que ya siente, piensa y se comporta como un elemento más de la literatura amorosa que he estado indagando, igual que un ingrediente de esa ensalada erótica. Y tengo una teoría. Estudiemos esa frase: Te amo porque no sé quién eres y podrías ser tú. El que así ama no tiene tanto en cuenta a quien ama o va a amar como al propio sentimiento que le empuja a dirigirse a la persona escogida para depositar en ella su energía amorosa. Vive esperando encontrar el amor y cree encontrarlo cuando alguien materializa sus deseos o ideales, un rostro, un gesto, un cuerpo. En otras palabras: cuando encuentra una mujer hermosa cree estar ante su ángel salvador o la bella durmiente que él va a despertar. Por eso, aunque no sé quién eres, podrías ser tú. Ama la posibilidad de encontrar lo que busca en lo que parece que va a ser lo que ansía encontrar. Una desconocida puede ser, es sin duda, el objeto de ese impulso. Así pues, si el asesino escribió esta nota, no conocía a su víctima, quería conocerla y la escribió como estrategia para el conocimiento. La conoció, algo pasó: y la mató. Pero la muerte no fue premeditada, no olvidemos el podrías ser tú.Probablemente, cuando nuestro hombre va tras su dama está dispuesto a convertirla en una diosa, no solo no tiene intenciones homicidas, sino que daría su vida para que esa mujer fuera el ser que busca. Luego, tal vez, la realidad le demuestra que sus sueños sueños son. Y para mantener el sueño vivo mata a quien, sin saberlo, pudiera destruírselo con su presencia, su existencia. No se sorprendan de lo que estoy diciendo. Escuchen el resultado de mis investigaciones: tal autor en tal época escribió... y tales otros... pero léanlo ustedes mismos, si es que saben leer algo que no sean sólo informes... Sumen esas frases y sus conceptos y tendremos el retrato mental de nuestro hombre. Disculpen la apariencia enrevesada de lo que les digo, pero deben admitir su |
aplastante e implacable verosimilitud: el amor es una autohipnosis inconsciente; es tanta la necesidad de autoestima que todos padecemos que, cuando alguien nos halaga o nos mira con los ojos enredados en esa |
extraña materia de la que están hechos los sueños, nos hace soñar, soñamos, levantamos una mitología en la que el observador y el observado beben el bebedizo de los cuentos y las hadas; y quien observa de esa forma convierte en realidad lo que ha soñado; es decir: que cuando eso nos pasa, nos autoenamoramos, proyectamos nuestra necesidad de amor y nos la devolvemos como si fuese el otro quien nos la enviase en mutua ensoñación. Por eso desenamorarnos es repudiarnos. ¿Y quién admite odiarse; es decir: que no es digno de despertar la gran pasión, el sueño eterno? Como les digo: el asesino mata por amor. Por un amor que no puede encontrar fuera de sí mismo. Por un amor que cree encontrar en la idea que se ha forjado de la mujer y que no encuentra en el objeto carnal y mental que es la mujer. Y para no ver su propio fracaso destruye la prueba del mismo. Mata. El caso del asesino enamorado: así lo llamarían los autorcillos de novelas de estúpidos policías o los periodistillas de páginas inútiles. Juntemos a tales elucubraciones el denominador común de la estilográfica en el ojo y la tinta en el sexo. Hoy nadie escribe con estilográfica, ni siquiera con bolígrafo. El ordenador es la pluma actual. ¿Por qué una pluma entonces, y la tinta? Alguien que considera la pluma como un símbolo, la tinta como una sangre intelectual, es el asesino. Un escritor tal vez. La pluma es su escritura y el ojo el observador de lo que escribe. Si no le satisfacen sus palabras tacha el ojo que las lee para que no quede constancia del fracaso. Y si enamora con palabras, si es profundamente verbal, si fascina con su escritura y ya no lo consigue, derrama los tinteros sobre el sexo, los fecunda con tinta, otro símbolo fálico, el semen del amor que ya no puede dar o que les niega porque de él sólo piden lujuria y no idealismo, platonismo amoroso. ¿Alguien piensa que nuestro hombre es impotente? Se equivoca. Las mata porque buscan en él a un hombre de carne y hueso y no a un asceta sexual, él busca amor y ellas le piden sexo. El les da la palabra, quiere darles solo palabras, la esencia de su mente, de su inteligencia, y ellas no las comprenden. La tinta es todo el esperma que les puede entregar, preso en la cárcel de su amor sin sexo. Él busca en ellas diosas y encuentra unas mujeres que ven en él a un hombre. No puede soportar la realidad, lo cotidiano, lo que él entiende como frivolidad o efímero. Y quisiera matarse, castigar sus errores: pero mata, como les digo, las pruebas de su fiasco para seguir soñando, creyendo que es posible lograr lo que esos autores le han hecho concebir. Mata para borrar las huellas del fracaso, para suplantar |
la realidad, para poder seguir creyendo en la utopía. A un idealista solo lo convence y lo vence la muerte. Pero él no es capaz de matarse, ni de |
aceptar la realidad, que significa tanto como matar los ideales. Así que mata todo cuanto le recuerda el final de la utopía, la esterilidad de sus sueños, la constatación de su pesadilla. Les diré más: es un ser reflexivo, y por tanto pasivo. Su única actividad se reduce a planificar su actuación. Ahora algún estímulo, probablemente el que digo, le empuja a alterar su conducta. Su esencialidad contemplativa necesita ser preservada y para eso precisa actuar malgré lui: destruir lo que, de seguir siendo real, tangible, acabaría con su ensoñación, su contemplatividad, evidenciaría la irrealidad de su existencia. Y más les digo: tal espécimen es inactivo en su vida cotidiana porque solo las mentes poco dotadas y primarias se ejercitan en actuar por cualquier motivo, sin prever la intensidad de su actuación. Los seres poco dotados hallan motivo de actividad, o sea, de abandono de la observación, la contemplación, la reflexión, en lo primero con que topan y distrae la atención de su frágil, escaso o nulo mundo interior. En tanto que los seres inteligentes y sensibles especulan con la probabilidad de que tal movimiento mental sea más conveniente que el otro, y su dinamismo intelectual baraja tantas posibilidades y combinaciones que acaba deviniendo inercia en la pasividad, detenimiento en la reflexividad, anquilosamiento del movimiento físico por asfixia de la reacción corporal. Nuestro hombre es un buscador de sueños realizables; pero es también, cada vez más, un escéptico de su búsqueda. Sus hallazgos no se corresponden con sus ilusiones. Por lo tanto es un buscador que odia encontrar. No puede sustraerse a la necesidad de seguir hurgando en la esperanza; pero destruye cada hallazgo para que el espejismo no le destruya su sueño. Créanme, señores. Pueden variar algunos ingredientes, algunos datos: pero no duden ustedes de que ahí, en estas mal hilvanadas intuiciones, está gran parte de la verdad de todo esto. La intuición siempre ha sido la mejor lupa, y los filósofos no han hecho sino corfirmarla como la mejor vía de conocimiento al constatarla con sus empirismos, silogismos y cientifismos. Lo increíble lo parece porque lo juzgamos desde nuestras creencias: juzgamos que algo es increíble porque lo prejuzgamos como imposible, y consideramos que algo es imposible porque desborda nuestra capacidad de asombro, nuestro cupo de probabilidad de posibilidades. Pero la historia nos recuerda que casi todo lo imposible se ha ido convirtiendo en probable y, finalmente, en un hecho común. |
X, Y, Z
Acabó Detective:
¿Cuál es la mujer que nunca nos defraudaría, que siempre nos amaría, que no envejecería, que siempre permanecería tan hermosa y angelical como cuando la conocimos o, incluso, cuando la inventamos? La respuesta es muy simple: aquella que vive en nuestra mente y nuestro cuerpo no consigue tocar, no consigue mirar, aquella que el tiempo no logra destruir porque existe sin tiempo, vive fuera del tiempo, ni el tiempo la marchita ni la ofende. Imagínense ustedes a un hombre enamoradamente ebrio de un sentimiento al que damos el nombre del amor; imaginemos que ese hombre busca la amada inmarchitable y la encuentra o no consigue hallarla. Si la amada muriese nada más encontrada o si fuese inventada, tendrían en común su imposible marchitabilidad, su existencia de angélica armonía en la mente del hombre buscador y amoroso. No descarten esta teoría, señores. Si me equivoco encontraremos otro cadáver pronto. Será el definitivo. Tal vez le preceda alguna otra mujer muerta. Pero pronto, muy pronto, será un hombre el que hallemos; probablemente habrá sido un suicidio horrible o tal vez será una muerte dulce, como si pretendiera preservarse de la putrefacción para que su amada lo encuentre digno de ser amado. Tendrá a su alrededor tinteros, plumas estilográficas, música, y amargura. Se perderá un gran hombre equivocado. Yo hubiese querido conocerlo: todos los hombres inteligentes nos encontramos muy solos en el mundo. Pero no podrá ser: aunque me parece conocerlo tanto como si yo mismo fuese el hombre a quien busco. Algunas inteligencias se utilizan a sí mismas para ahondarse en una soledad más incomunicada todavía. !Ah¡ Y si ocurre finalmente cuanto les he dicho y les digo, no me pregunten cómo lo sabía. No sé por qué lo sé. Pero lo sé. Si alguno de ustedes llega a una conclusión inalterable tenga en cuenta, nada más, que, por ejemplo, también Colón se equivocó acertando. |
Ecceterá
El relator comenta su relato:
https://elcuadernodigital.com/2021/01/14/erase-una-vez-un-crimen-languido/
Tienes razón, lector: el desenlace que has deducido es cierto. No voy a menospreciar tu inteligencia confirmando lo que tú ya sabes. ¿Y quién soy yo, después de todo, sino alguien que, como tú, cree haber acertado?
martes, 19 de marzo de 2024
El abrazo perdido.
sábado, 16 de marzo de 2024
El rostro de nuestro tiempo.
Retazos de impunidad