Rodrigo: Fantasía para un gentilhombre
1.- Fue Antonio Machado un hombre
de su tiempo, con todo lo que eso significa de honesto para el hombre y, a veces, perverso para el arte. Siente como un romántico -es decir: como en todas las
épocas, según Rubén-, piensa como un
noventayochista y escribe al margen de lo que ocurre en la escritura del mundo
en el que vive. Esto, no obstante, no lo ancla en el pasado ni en su presente
porque su verbo sabe hallar el sentimiento universal contra el que no pueden
los academicismos creyentes ni las vanguardias descreídas.
2.- Todo autor, si no pretende
mitificarse -con lo que suele ridiculizarse- habla mejor de sí mismo que de
cualquier otro tema por la simple razón de que es el que mejor conoce. Esto le
ocurre a Machado: sus poemas mejores son aquellos en los que su amor doliente y
su soledad sufrida son paseados por su pluma por los senderos melancólicos.
Caminos y nostalgia suelen ir de la mano, sea esta de Leonor o de otra
abstracción venerada igualmente:
Yo voy
soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las
polvorientas encinas!...
¿A dónde el camino irá? (...)
En el corazón tenía
la espina de una
pasión;
logré arrancármela un día:
ya no siento el corazón.
Unos
caminos por los que dialogar consigo mismo para seguir siempre buscando a Dios entre la niebla. Y para recuperar a la
amada, pequeña diosa muerta apenas inmersa en la infancia del amor y apenas
anudada al corazón del solitario paseante:
Soñé
que tú me llevabas
por una blanca vereda,
sentí tu mano en la mía,
tu
mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
como una campana nueva...
¡Eran tu voz y tu mano,
en sueños, tan verdaderas!
Caminos que a veces
conducen inevitablemente al mismo lugar del que se partió, que es uno mismo,
porque nadie puede huir de lo vivido si no es reviviéndolo de nuevo para
matarlo con la misma espada con que intentó matarnos:
Yo contemplo la tarde silenciosa,
a solas con mi sombra y con mi
pena. (...)
Caminos de los campos ...
¡Ay, ya no puedo caminar con ella!
Paseos
expresados tan limpiamente y con tan claro estilo que parecen no haber sido
recreados por el estilista que negocia con su propio espíritu para arrojar los
fantasmas en las lindes de las sendas recorridas antes y después del hecho
exorcizado: un poema tan frágil y estremecedor, y de tan misteriosa claridad,
como el titulado “A José María Palacio” no desdeña la estructura férrea, a
pesar de su aparente espontaneidad -la naturaleza espontánea de una obra es el
resultado de la eficacia de su naturaleza cultural-, pues está construido sobre
un encadenamiento de pregunta-respuesta, precedido del encabezamiento cotidiano
de una carta que acaba insertándose a su término y dejando un zarpazo emocional
inesperado al hacer la muerte su incursión repentina en el texto y convertir el
paseo y la visión del paisaje en imprevista elegía:
Palacio, buen amigo:
¿Está la primavera
vistiendo ya las ramas de
los chopos
del río y los caminos? En la estepa
del alto Duero, Primavera
tarda,
pero ¡es tan bella y dulce cuando llega! (...)
Palacio, buen amigo:
con los primeros lirios
y las primeras rosas de las huertas,
en una tarde
azul, sube al Espino,
al alto espino donde está su tierra.
Sendas, senderos, caminos, álamos y
cipreses, bagajes en la pupila errante del paisaje interior que rutila en la
mente y que se reverbera sobre el horizonte hasta asolar, ascetizar, purificar,
desvanecer, mistificar:
Soledad, sequedad.
Tan pobre me estoy quedando
que ya ni siquiera estoy
conmigo, ni
sé si voy
conmigo a solas viajando.
Caminos que se vuelven efluvios
manriqueños, arroyos en el tiempo, imágenes que viven por sí mismas,
independientes ya de lo que representan. La vida es como un río que atraviesa
montañas, valles, años, que hurga entre la materia hasta encontrar su surco; y
cuando se devana entre las torrenteras y cae convulsa, acrisolada y terca, se
topa con los riscos, aunque al final su cauce se suaviza en la paz:
Caminante, no hay camino;
se hace camino
al andar.
Caminos por los que se llega al punto de partida, en donde se
divisa lo que en el alma truena desde que la andadura comenzó, porque ninguna
naturaleza divina puede sustituir lo que se ha vivido, sentido y aun sufrido
con la carne y la sangre de la naturaleza humana: ¿Y vio el rostro de Dios? Vio el de su amada.
No en vano se canta lo que se pierde.