Por prescripción facultativa, y como no tuve suficiente con el viaje a Burgos cuando la comida quijotesca, debo de tomar un par de semanas bajo la terapia de las individuas de la imagen en una playa de blancas y finas arenas. He de obedecerle: la salud es lo primero, no la afición ni el vicio.
Después de un tiempo que no publico, un poco por los motivos que esgrimió Cervantes en la prefación a su Primera Parte de don Quijote, “Muchas veces tomé la pluma para escribille, y muchas la dejé, por no saber lo que escribiría; y, estando una suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando lo que diría…” y otras porque, como también él dijo, soy poltrón y perezoso.
La verdad es que tengo poco tiempo y menos ganas de escribir, contagiado también al leer. Creo que mi situación se definiría bien con la expresión: "Toy apocao".
Supongo que será por el Apocard 100 con el que me estoy tratando la fibrilación auricular que me diagnosticaron en Noviembre (por lo visto de esto no se muere nadie, pero el cansancio –vagancia- se nota).
Le daba yo muchas vueltas a la cabeza al porqué no me atrapaba el 2º libro de Esquivias, si era por culpa del escritor que tanto nos quiso marear con las nieblas mentales que nos formaba al leerle, haciéndonos desfilar por un purgatorio que es un Burgos esperpéntico, o una parodia del Burgos Post-alzamiento ya instalado el mando golpista; o si todo se debería a la ingesta de las apocadoras pastillas: libro en las manos, tío durmiendo a los cinco minutos.¿ Aburrimiento, o flojerón por el fármaco? Excuso a Esquivias y a mi deficiente asimilación neuronal: como dice el anuncio de un establecimiento ¡YO NO SOY TONTO! (o al menos no mucho, porque algo de ello tenemos todos)
Así me consuelo, echándole la culpa a quienes no pueden replicar: las pirulas.
Me quedan 100 páginas para acabar La ciudad del gran Rey. No me gustaría quedarme descolgado, pero no me cunde ná la lectura. Apuntes sí que tengo tomados bastantes, tanto sobre la sexualidad (que traté en Inquietud en el paraíso) como por los textos interpolados que es de lo que más me gusta. El fin de semana que viene publicaré algo, si nada lo impide.
Ya os iré visitando poco a poco, tenerme un poco de la “pasensia”.
Saludos, abrazos, besos y achuchones varios
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domingo, 20 de febrero de 2011
domingo, 8 de agosto de 2010
La novela de la vida: por Antonio Muñoz Molina
La novela de la vida
ANTONIO MUÑOZ MOLINA, BABELIA EL PAÍS 31/07/2010
Podría seguir el hilo de mi vida si recordara las circunstancias de cada una de mis lecturas del Quijote, si tuviera a mano cada una de las ediciones en las que he ido leyéndolo. Me acuerdo del color amarillento y del tacto de la primera de todas, que estaba en mi casa por azar, junto a otros dos libros de aspecto rancio y con ilustraciones sombrías y por momentos pavorosas para una imaginación infantil: un Orlando Furioso ilustrado por Gustave Doré, una extraña novela que se titulaba Historia de un hombre contada por su esqueleto, de la que sólo recuerdo, aparte del título, una imagen de la que no podía apartar los ojos: una reunión de damas y caballeros en un salón del siglo XIX y, entre ellos, sentado en un sofá con las piernas cruzadas y sosteniendo un cigarrillo, un esqueleto humano. Casi no había otros libros en toda la casa. Hojearlos, mirar sus ilustraciones cuando aún no sabía leer, era adentrarse en esa penumbra de lejanía temporal que tenían los dormitorios y los armarios de los mayores cuando uno los exploraba en secreto, cuando abría cajones y levantaba tapas de baúles percibiendo olores como de otra época inexplicable, de las vidas que los adultos tenían cuando no estaban con nosotros, o más extrañamente aún, las que habían tenido antes de que nosotros naciéramos, según atestiguaban fotografías en las que nos costaba reconocerlos, de jóvenes que eran, y en las que a veces encontrábamos también las caras de esos desconocidos que eran los muertos.
En el 'Quijote' siempre es verano. Quizás por eso en el verano se disfruta más de su lectura, a la que yo he vuelto en un día como aquel que eligió el hidalgo para su primera salida
Con todo el peso de su erudición, que no le impide el disfrute gozoso de la literatura, el profesor Rico examina la novela como si estudiara al microscopio la textura de un lienzo
Así empecé a leer el Quijote, igual que leía cualquier cosa, aunque sean los papeles rotos de las calles, como dice Cervantes de sí mismo. La singularidad de su presencia, el enigma parcial de su origen, los graneros y desvanes de la casa campesina en los que me escondía para leer sin que nadie me molestara, formaban parte del atractivo de la lectura. El papel era áspero, amarillo por el paso del tiempo; en la portada había una fecha de edición que se me antojaba lejanísima, Casa Editorial Calleja, 1884. Siempre he asociado el tacto y el olor de aquel libro con el polvo picante que se levantaba de la trilla, con el del trigo recién almacenado en los graneros y la paja amarilla y seca en los pajares. El lenguaje altisonante de Don Quijote me parecía incomprensible, desde luego, pero el tono de la narración, la figura y el habla de Sancho, el vocabulario, los lugares, me resultaban muy cercanos, mucho más que los de los tebeos, las películas o las novelas de la radio, que eran los otros alimentos de mi imaginación. Yo conocía campesinos sentenciosos y rechonchos que iban montados en sus burros como dice Cervantes que iba Sancho, "como un patriarca". Los paisajes tórridos del verano en los que se recalienta la maltrecha armadura de Don Quijote se parecían mucho a los de mi tierra ya casi manchega; la sensación de oasis que da una umbría de álamos y el fresco de un arroyo o de una acequia eran los mismos en las veredas de las huertas por las que yo caminaba y en esas escenas de reposo y conversación que le gustaba tanto describir a Cervantes. Y también era idéntico el amor de los adultos por los refranes y las historias, que se contaban unas veces acompañando los trabajos del campo y otras durante el descanso para la comida, en verano a la sombra fragante de las higueras y los granados, en invierno junto al fuego, mientras llovía afuera y la tierra estaba demasiado embarrada para trabajar en ella.
Pero en el Quijote siempre es verano. Quizás por eso en el verano se disfruta más de su lectura, a la que yo he vuelto en un día como aquel que eligió el hidalgo demente para su primera salida, "que era uno de los calurosos del mes de julio". Leo desde el principio, a conciencia. Empiezo a leer como un experimento, queriendo limpiarme de ideas preconcebidas y de rutinas de lector, dispuesto a aceptar mis reacciones verdaderas ante cada página y cada línea, sin distracción ni reverencia, sin apresuramiento, con la atención y la lentitud necesarias, dispuesto a reconocer el tedio, si es que llega a presentarse, con esa actitud de honradez conmigo mismo sin la cual no hay lectura verdadera. Leería con un cuaderno y un lápiz a mano, si no fuera tan perezoso.
Al cabo de una semana el experimento se ha convertido en una ocupación gozosa que me llena las horas del día, que me mantiene en ese estado de lucidez ligeramente ebria que es también el que nos dan la música o la pintura cuando nos gustan mucho y las grandes caminatas y las buenas conversaciones con amigo del alma. En una época de presentismo atolondrado el Quijote puede parecer una antigualla, o peor todavía, un clásico, un monumento, una estatua a la que nadie se acerca. Pero es la novela más moderna, más original, más experimental que se ha escrito nunca, la más desvergonzada, la más llena de humanidad, de gente, de historias contadas en voz alta, imaginadas, leídas, de peripecias cómicas y reflexiones sobre la literatura, de ordinariez, de sutileza. Como Moby Dick, el Quijote es cada vez mucho más rara de lo que uno recordaba. Los detalles materiales tienen la precisión y el resplandor de los objetos en un cuadro de Caravaggio; pero la historia, el idioma en el que está escrita, se transforman casi en cada página, como si Cervantes hubiera querido abarcar todas las posibilidades de la facultad de contar y todas las hablas que caben en la lengua.
Por uno de esos azares inverosímiles que Cervantes no se tomaría la molestia de justificar me llega en plena lectura un libro de Francisco Rico, El texto del 'Quijote'. Con todo el peso de su erudición, que no le impide el disfrute pleno y gozoso de la literatura, como a tantos expertos, el profesor Rico examina la novela como si estudiara al microscopio la textura de un lienzo, el origen y la calidad de los pigmentos, los minuciosos procesos materiales sin los cuales no existiría una obra maestra. Y al revelar los caminos por los cuales el texto que leemos ha llegado hasta nosotros Francisco Rico nos hace más sensibles aún a la cualidad viva y urgente de la escritura del Quijote: "Un libro manifiesta y deliberadamente abierto, episódico, entreverado de núcleos que tuvieron o pudieron tener una vida previa más o menos independiente y que luego se integraron en un diseño mayor, al que por otro lado se fueron añadiendo todavía diversos complementos no previstos". Lo que Cervantes nos dio fue nada menos que la gran libertad de la novela, dice Rico: "El Quijote no se ha concebido con la trabazón y la linealidad de las obras impresas, sino con la libertad de una plática entre amigos, con los cambios de registro y los zigzagueos que conducen la conversación de un asunto a otro, de la sonrisa a la gravedad, de la noticia seria y la hipérbole a la mentira descarada".
Quién se atrevería a escribir hoy una novela así.
El texto del 'Quijote'. Francisco Rico. Destino. Barcelona, 2006. 568 páginas. 28 euros.
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jueves, 29 de abril de 2010
Visiones del Quijote: Por Francisco Navarro Ledesma
CÓMO SE HIZO EL QUIJOTE
Don Quijote entra en su casa, cae malo, vuelve a la razón, muere. Una imponderable y grandísima pena inunda nuestro ánimo. LLoramos la muerte de Don Quijote y el renacer de Alonso Quijano el bueno. Nos apesadumbra, no tanto el que Don Quijote muera, como el que muera convencido de que antes había estado loco.
Nos parece un nuevo engaño su desengaño, una nueva ilusión la pérdida de todas sus ilusiones: y viéndole morir y oyendo sus palabras, a las que ningunas otras igualan en grandeza y sencillez, a no ser las del Evangelio (Nota obvia y revulsiva: el hecho de que yo copie esta comparación no siginifica que la comparta), pensamos todos en nuestra muerte y recorremos nuestra vida y reconocemos nuestro error, y tememos que aún nos queden nuevos retoños de ilusiones en el alma, los cuales, con acerbo dolor nuestro, han de ser arrancados o destruidos. A este íntimo arrancamiento de todo nuestro ser que la muerte de Don Quijote nos causa, no ha llegado ningún otro escritor conocido. Aquí Homero cede, calla Dante, Goethe se esconde avergonzado en su clásico egoismo. Sölo Shakespeare puede mirar con ojos serenos esta gloria superior a las demás humanas, porque sólo él, como Cervantes, supo convertir una lágrima en sonrisa y una sonrisa en carcajada, al final, y trocar la carcajada en sonrisa y hacer que la sonrisa vuelva a ser sollozo.
Y Cervantes, luego que tal hizo, como Dios, vio que era bueno.
De la conferencia pronunciada en el Ateneo de madrid , abril, 1905, por Francisco Navarro Ledesma
Nota Revulsiva (y ya, casi "cansina"):
Tenía el texto que precede a estas palabras escrito de hace un tiempo, y como ahora "ando como ando", aprovecho para publicarlo. Con ello pretendo no olvidar del todo al Quijote.
Pues la verdad es que sí, que ando algo agobiadillo, y me sabe mal tener tanta faena atrasada; no sólo ya las visitas a los blogs de los colegas, sino incluso varios email sin contestar. Quien me lea, que me tenga un poco de paciencia.
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martes, 22 de diciembre de 2009
FELICES FIESTAS AMIGOS
Mi amigo Carlos Alberto, sabedor de mi pasiòn quijotesca, me felicita con la postal que os muestro (gracias amigo). Yo aprovecho la ocasión para felicitaros con ella (hacer economía es importante):
También os invito a visitar la interesante colección de Quijotes que muestra en su blog mi cuate Juan T. LLamas "De Sin Tierra".
FELICES FIESTAS A TODOS
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viernes, 22 de mayo de 2009
A LOS LETRAHERIDOS Y AQUEJADOS DEL MAL DE FILOQUIJOTIMIA
Hola Pedro y demás amigos afectados de filoquijotimia:
Os transcribo un fragmento que he leído en un libro titulado "Creadores" (ensayos seleccionados), de E.L.Doctorow hace un par de días.
Dice así:
" Antaño, cuando los únicos autores eran Dios y sus profetas, se daba por sentado que las historias eran ciertas sólo por el hecho de contarse. Ahora ya no es así. En un mundo moderno al que el racionalismo y la ciencia privaron de un universo concebido por Dios, se reconoce el carácter mortal de todos los autores. Nadie se cree sus historias automáticamente. Eso plantea un problema que nunca tuvieron los autores que escribían en nombre de Dios. Y así, desde la aparición de las primeras novelas, los autores se han visto obligados a defender la autoridad de su arte mediante tretas.
Cervantes nos cuenta en la primera parte del Quijote que encontró el manucristo de las aventuras del hidalgo en un mercado de Toledo: tal y como las escribió un historiador árabe.
Cervantes defiende la autoridad de sus narraciones -en tanto relato histórico, en tanto biografía, en tanto verdad- negando su propia autoría".
NOTITA REVULSIVA:
Amigos, me ha parecido esta reflexión, bastante interesante e ilustrativa.
Espero disponer de más tiempo en el fin de semana. Salgo, ya tarde, de viaje por esos lugares de la Andalucía.
Os transcribo un fragmento que he leído en un libro titulado "Creadores" (ensayos seleccionados), de E.L.Doctorow hace un par de días.
Dice así:
" Antaño, cuando los únicos autores eran Dios y sus profetas, se daba por sentado que las historias eran ciertas sólo por el hecho de contarse. Ahora ya no es así. En un mundo moderno al que el racionalismo y la ciencia privaron de un universo concebido por Dios, se reconoce el carácter mortal de todos los autores. Nadie se cree sus historias automáticamente. Eso plantea un problema que nunca tuvieron los autores que escribían en nombre de Dios. Y así, desde la aparición de las primeras novelas, los autores se han visto obligados a defender la autoridad de su arte mediante tretas.
Cervantes nos cuenta en la primera parte del Quijote que encontró el manucristo de las aventuras del hidalgo en un mercado de Toledo: tal y como las escribió un historiador árabe.
Cervantes defiende la autoridad de sus narraciones -en tanto relato histórico, en tanto biografía, en tanto verdad- negando su propia autoría".
NOTITA REVULSIVA:
Amigos, me ha parecido esta reflexión, bastante interesante e ilustrativa.
Espero disponer de más tiempo en el fin de semana. Salgo, ya tarde, de viaje por esos lugares de la Andalucía.
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