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domingo, 25 de noviembre de 2012

Bestias, de Federigo Tozzi





Bestias, de Federigo Tozzi, está editado por Barataria y publicado en 2010 con una ayuda de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía. La semana pasado lo saqué de la biblioteca pública “Narciso Díaz Escovar” o lo que es lo mismo, la del Torcal, por el barrio.

Federico Tozzi (1882-1920) nació en Siena dentro de una familia de campesinos acomodados, pero tuvo una educación más bien autodidacta, puesto que su padre, al frente de una famosa trattoria, era un hombre autoritario que odiaba la afición de su hijo por las letras. Escribió Bestias en 1917 dentro de la “poética del fragmento” que propugnaba el grupo artístico del periódico La Voce, así el libro está compuesto por un total de 69 piezas, en todas las que aparece de una forma más o menos secundaria, inesperada a veces, un animal.

49
Sé que una víbora ha mordido a uno que me odia. Estamos en paz.

En el fragmento 57 Federigo Tozzi deja constancia de su plan con respecto a la materia que tiene entre manos en Bestias: “Pensaba entonces que de mayor escribiría un libro diferente de todos los que conocía, alguna historia ingenua y trágica parecida a la de uno de aquellos pámpanos que el viento dejaba caer entre mis rodillas; eso es, como existe este pámpano, existirá mi libro.”

En Bestias aparecen elementos biográficos:
 “De niño me compraban pocos libros. Mi padre no quería que yo leyera, y con la excusa de que me estropearía la vista, no se gastaba un real.”
“Siempre recordaré los ocho meses que precedieron a mi boda en Siena, quizá porque nunca me pasaba nada y todos los días escribía dos veces a mi novia.”

También hay evocaciones nostálgicas:
“Siempre recordaré los preciosos prados verdes que empezaban en mi alma o en mis pies y acababan casi en el horizonte.”

Estampas que trascienden el costumbrismo:
“Envidio a ese remendón que toca tan bien la guitarra cuando ya no tiene ganas de lastimarse con la lezna. Una veintena de años, una sola pierna y pocas ganas de trabajar.”

La muerte siempre presente:
“A los diecinueve años se me metió en la cabeza que moriría en pocos meses. No sé por qué; ni estaba enfermo ni había tosido nunca. Me había convencido y ya está.”
“Cuando se está muerto no se habla y entonces lo que hemos dicho lo repiten los demás.
También un ataúd es un juguete que se pone bajo tierra.”
“Busco en el bosque el árbol que, cortado para un ataúd, se pudrirá bajo tierra conmigo”

Según el crítico Giacomo Debenedetti, a través de la solapa del libro, en Tozzi hay una innegable voluntad narrativa que “forzaba al fragmento a convertirse en piedra y ladrillo de un edificio”, “a la construcción orgánica de un texto hecho de teselas que forman un mosaico, en sintonía con otros autores de su tiempo como Luigi Pirandello o Italo Svevo”.

En Bestias se persigue el alma de un hombre, pero también el alma de la ciudad de Siena y el alma de la naturaleza que la rodea. La belleza, pero también la crueldad.

Para todos los entusiastas de lo breve.
Para todos los lectores.
Para ver que no estamos inventando nada con el fragmentarismo postmoderno.
Para abordar el microrrelato desde otras perspectivas.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Acantilados de Howth, de David Pérez Vega.





Tenía curiosidad por este libro desde hace tiempo, porque conozco el blog del autor y me parece que hace unas reseñas muy juiciosas y bien razonadas, lejos de esa tendencia amarillista que se está instalando en la crítica literaria de la red. Comentaristas de libros que se convierten en los protagonistas de sus críticas, como esos periodistas del corazón que rellenan con sus cuitas programas enteros de basura televisiva. La basura no está mal, a mí me gusta la basura, pero no si todo es basura. El blog de Desde la ciudad sin cines es un remanso de cordura en mitad de un panorama lleno de apreciaciones que salen de las malas tripas antes que del sentido común. Por otra parte, no coincido demasiado con las lecturas de David. Coincido con él, creo, en la pasión por la literatura. Me sirve además para informarme sobre autores  hispanoamericanos y americanos, y aquellos de ciencia ficción que no he leído. En alguna ocasión he tenido en cuenta sus recomendaciones, pero soy un lector mucho más indisciplinado que David. Algunas veces ha escrito sobre  su plan de lecturas pendientes y me lo he imaginado abordándolo con rigor y orden. Lo que quiero decir es que da esa impresión, no que sea como yo digo. Por eso, cuando me enteré de la lectura conjunta sobre su novela Acantilados de Howth me apunté enseguida, estando como estaba mi plan de lectura algo desmotivado. Pues bien, para mí leer con un compromiso posterior no es lo ideal. La lectura conjunta te compromete a hacer una reseña. ¿Y si la novela no me motivaba demasiado a escribirla? No ha sido el caso. 
Acantilados de Howth tiene un protagonista en el que el autor ha volcado experiencias más o menos cercanas, sin que sea una novela autobiográfica, según él mismo dice. La biografía de Ricardo es representativa de un tipo de personas, una vida común. Nacido como el autor a mediados de los setenta, es doblemente licenciado y aficionado a la literatura, lector curioso y con deslices poéticos que le llevan a quedar finalista en un concurso provincial. A los veinticinco se traslada a Dublín para perfeccionar su inglés y se queda allí más tiempo del que tenía previsto, hasta el punto de que su estancia y, en concreto, un paisaje, el de los acantilados de Howth, se convierten años después, cuando ya es contable de una empresa en Madrid, en el paraíso perdido. 
Ricardo es hijo de una época, la actual, donde todos queremos nadar y guardar la ropa: se droga, pero con cuidado; es estudioso, trabajador, responsable, tiene inquietudes literarias, pero no se vuelca en ellas, con alguna que otra dificultad de vez en cuando liga, pero pierde a la única chica que de verdad le ha gustado, una polaca que conoció en Dublín, más tarde se casa y fracasa en su matrimonio en poco menos de un año. Sale con sus amigos: de la empresa, del barrio, de los curros en Dublín. 
Ricardo anda desorientado, pero no cae ni en la apatía ni en la rabia, le domina la sutil desilusión de una época tibia, y con su carácter mesurado demuestra tener las terribles y enormes tragaderas de una generación que ha tenido las ventajas de la educación, de la comodidad doméstica y de esas expectativas pequeñoburguesas que proponen la maduración personal a través del trabajo, la familia y una hipoteca.
Terrible. 
Y eso lo cuenta el autor de un modo muy amable, sin aspavientos estilísticos, con gran elegancia natural en el fraseo. El gran acierto de esta novela, a mi modo de entender, no es el retrato de un individuo, sino de la mentalidad de una época.
Muchas veces al acabar un relato o una novela hago un experimento: elimino el último párrafo o la última frase. Y es ahí donde yo encuentro la palabra fin. 
En este caso para mí la historia acaba aquí:
Mi madre me dice que ha visto un piso que está muy bien: cincuenta metros, sólo treinta y un millones de pesetas, en Móstoles, a reformar.
El párrafo siguiente va más con esas ganas de acabar con cierta trascendencia, un vicio que todos los escritores han de combatir. Porque la principal virtud de esta magnífica novela es que la trascendencia está desterrada.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Carta abierta a Agustín Martínez Valderrama sobre su Sentido sin alguno






Señor Agustín Martínez Valderrama es usted un plagiador literario.
En primer lugar se llama usted casi como yo, Antonio Báez Rodríguez.  Podría usted haber elegido otro nombre. Son varias las coincidencias nada más empezar.  Tal como yo decidí nacer en Antequera para 1964, usted no se tomó la molestia de disimular al nacer en 1976 para Gavá.
He leído su libro Sentido sin alguno. No disimule.
Lo he leído y me ha gustado, claro, cómo no iba a gustarme si ese libro lo voy a publicar yo mismo en breve. Claro que ya le he cambiado el título.Y más cosas.
Veamos, usted no es yo, ni yo seré usted, y poco nos parecemos, pero si, como dicen, los hábitos hacen al monje, tiene usted costumbres malsanas como las que yo tengo, que enseguida nos irán igualando y un día puede que sea usted, señor, quien soy yo ahora o yo llegue a ser quien usted fue.

Nada más abrir su Sentido se corta usted una oreja. En eso, lo admito, ambos hemos plagiado a Vicente Van Gogh.
Yo, lo confesaré, también plagio descaradamente. Plagio lo que me da la gana y con alevosía. A lo mejor me puse Antonio por Agustín, sin ir más lejos.
Luego coge usted una bolsa de plástico y se la pone en la cabeza.  Menos mal que confiesa usted que todo el mundo por la calle lleva una con dos agujeritos para los ojos y uno para la boca.
A mí, señor, esas cosas me las hacen en privado, me gustan, no voy a negarlo. Y si he sido yo quien le ha plagiado a usted poco me importa a estas alturas. ¿Conoce usted a alguien original? Preséntemelo, dejará de serlo.
Tiene usted su estilo, yo el mío. Pero su estilo no sería nada, como nada sería el mío, de no llamarse usted Valderrama, como Juanito, y yo Báez, como Joan.
En Sentido la gente encima se le arroja al vacío, es gente que tiene ganas de volar, vaya. Como a mí. Los personajes se me van por las ventanas. Me está entrando el pánico, puede que sea yo quien le copié a usted, o mis seres arrojadizos a los suyos. Habrá que buscar un perito en materia que dictamine. Usted arroja a niños, a viejos. Yo una vez tiré un piano. ¿Tirará usted en el futuro uno?

Pasemos ahora a sin. Usted se hace amigo de los perros que no son perros, sino cachos de aire. Hasta aquí podríamos llegar, no le consiento que tome el nombre de los perros en vano. Señor, a mí los perros me dan compañía y charla. Pruebe usted con eso, ya que más da.
Y luego riza usted el rizo, como yo detesto el fútbol, para despistar, le da a usted por Maradona.
Bueno, tengo que reconocer que usted o yo mismo, tiene su personalidad, la tengo. Pero no va de eso el caso, lo que hay que dilucidar aquí son esas sutiles coincidencias que un día te confunden al punto de ya no saber si fue usted el primero, lo fui yo o lo primero fue algo que no viene a cuento.
Además en sin sale un puente. Voy a pasar quizás por la circunstancia de que usted como yo en persona carnal habrá cruzado más de uno. Los puentes están ahí para que cada uno los cruce como le de la gana. Pero no deja de ser otra coincidencia.
Sin embargo, tengo una prueba definitiva, escribe usted la palabra gintonic como la escribo yo, sin guioncito de marras o espacio. Hemos dado ese paso equivalente al del hombre en la luna.

En la última parte, titulada alguno, donde ya creía que ni usted ni yo nos habíamos robado ideas, poco antes de cerrar el libro, me mete usted cada día un dedo en un buzón. Al menos uno de tantos podría ser que me perteneciese, me lo arrancaron de un bocado cuando siendo muy joven salí una noche de juerga.

Señor Juanito Valderrama  Rodríguez Agustín, le recuerdo lo que usted mismo escribió:
Se miró en el espejo y se vio gorda como un palillo.

Me he asomado a su Sentido sin alguno y allí estaba Joan Báez Martínez Antonio. Sinceramente, no sé. Por un momento, pero ya sé que no. Le pido disculpas.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Historia de una anatomía, de Francisca Aguirre y Ovejas esquiladas, que temblaban de frío, de Gsús Bonilla







A ver. Volvamos a la poesía. Como se vuelve al lugar del crimen. El otro día saqué de la biblioteca dos libros. Uno: Ovejas esquiladas, que temblaban de frío, de Gsús Bonilla, en Bartleby Editores. Y otro: Historia de una anatomía, de Francisca Aguirre, en Hiperión. Dos edades, dos sexos, dos épocas y dos maneras de entender el poema. Y hete aquí un solo lector. Un libro de poesía se lee en el rato que dura una siesta. Y luego se sigue leyendo a lo largo de los días. Algunos libros se leen a lo largo de semanas, otros de meses. Y los hay que a lo largo de años. Para mí en la poesía lo más importante no es el poema ni el poeta, para mí en la poesía lo más importante es el lector, o sea, yo. Leer poesía no es fácil, a veces los poetas lo ponen muy difícil. No es el caso.

Francisca Aguirre cuenta en sus poemas aspectos y detalles muy comprensibles del envejecimiento y deterioro del cuerpo. Sus poemas son de verso libre, y con ellos va narrando y reflexionando sobre el esqueleto, las manos, la cabeza o la boca de una mujer, tomada como paciente de un reconocimiento médico, que dice haber nacido allá por el año 1930. El tono es estoico y en él tiene más espacio la indignación vitalista que la resignación, como puede verse en el poema Impotencias:


No sabéis lo que me gustaría
ser capaz de crear metáforas
como lo hicieron los surrealistas.
Lo que daría por poder decir
que el corazón es un cangrejo con alas
que va y viene a su antojo
siempre que la luna esté en cuarto creciente.
De verdad que me gustaría muchísimo
pero lo cierto es que a mí el corazón
cada día me pesa más me pesa tanto
que no hay quien lo mueva.
Qué más quisiera yo
que poder sacarlo a pasear un rato al sol
decirle que se quede tranquilo que todo marcha.
Pero no hay forma. El puto corazón
está ya de vuelta de todo
hasta de las metáforas. Y me dice que no
que ya no hay marcha atrás
que hemos ido de caos en caos
y que así no hay quien viva.

Y que a estas alturas
no está ya para metáforas.



Me ha gustado mucho el aire sencillo y doméstico de sus modos expresivos y también de los temas que aborda. Lo seguiré leyendo en los próximos días. El libro tiene un premio, pero ese ya me parece terreno pantanoso. Como en su día dijeron los chicos de Addison de Witt, “no entendemos por qué poetas buenos se meten en estos berenjenales cuando podrían publicar su obra sin ningún tipo de problema. Es incomprensible.”


Vamos ahora con Ovejas esquiladas, que tiemblan de frío, el poemario de Gsús Bonilla. El título procede de un maravilloso fragmento del Pinocho de Carlo Collodi y las diferentes partes del libro van encabezadas por otras tantas frases de dicho fragmento del capítulo XVIII. Los poemas repasan el itinerario de un hombre con conciencia social procedente de la zona desfavorecida. Formalmente renuncia a las mayúsculas después de los puntos. No es baladí. Los textos toman un aspecto diferente, que los aproxima al utensilio. La poesía sirve para mostrar también lo que la poesía oculta. Lo que no queremos ver cuando escribimos, cuando leemos. Ese volverse finos y cultos que en ocasiones nos deja en ridículo. Más vale vernos cómo somos y, sobre todo, cómo fuimos.

CUARTO DE EGB


nos despiojaban
cuando lo que teníamos
eran pulgas -malas pulgas-

aquellos tíos tan listos
desconocían por completo
que nuestra sangre era azul
puesto que éramos príncipes,
miserables, pero príncipes

y lo peor de todo,
aquellos tíos tan listos
tampoco sabían

que entre parásitos

siempre

hubo

clases.

El libro me ha gustado mucho. Y comparto, lo que me he hecho una enorme ilusión, con su autor la calificación del graduado escolar: suficiente.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Edward Hopper y Thomas Wolfe


Edward Hopper. Office in a small city (1953) (Oficina en una pequeña ciudad)

"A lo largo de aquella primavera, el hombre permaneció sentado en su escritorio, asomándose a la calle a través de la ventana del edificio. Lo había visto cientos de veces y hasta el momento no me constaba que hiciera otra cosa que asomarse a la calle atento y abstraído. Al principio, aquel hombre parecía formar parte de su entorno de una manera tan natural y poco intrusiva que su personalidad había acabado por mimetizarse con el viejo edificio, con sus paredes de ladrillo y sus planchas oxidadas. (...) Con el paso de los días, sin embargo, dejamos de burlarnos de aquel hombre. Por increíble y cómica que resultara su indolencia, por oscuras y misteriosas que parecieran sus ocupaciones, había también algo inabarcable en su mirada absorta. Día tras día llegaban los grandes camiones y carros y un enjambre de conductores, empaquetadores y cargadores parecía hervir ante sus ojos, llenando el aire de gritos, con la urgencia y la irritación del trabajo en marcha. Pero la mirada absorta del hombre permanecía allí, inalterable en la ventana."

Thomas Wolfe (1900-1938) en Una puerta que nunca encontré (Editorial Periférica, 2012)

martes, 24 de julio de 2012

El niño perdido, de Thomas Wolfe

.





El niño perdido de Thomas Wolfe es una estupenda novela corta de corte autobiográfico en la que el autor entona una emotiva elegía por la muerte de su hermano Grover a la edad de 12 años. Tiene un argumento muy sutil, esquemático, y está dividida en cuatro partes diferenciadas por las voces que hablan.

En la primera parte un narrador en tercera persona nos sitúa a Grover en su escenario habitual, la plaza, por la que el chico pasea como si estuviese en el centro del tiempo, es descriptiva y enumera sobre todo las sensaciones que le producen los negocios que hay cerca del taller paterno, tiene así mismo un pequeño nudo o conflicto muy interesante, muy potente para resaltar la figura del tipo de niño apacible, maduro y distinto al nos vamos a acercar.

La segunda parte es la voz de la madre, que nos informa del trayecto que hizo con sus hijos en el año 1904 a la Exposición Universal celebrada en Saint Louis, es la evocación de una madre cariñosa, pero que conoce los dolores y dificultades de una vida dura, así que contiene en todo momento la emoción y no se deja caer en el tono melodramático. Cuando la mujer se dirige al autor del texto, hermano de Grover, el niño perdido, le dice: “Si puedes ganarte la vida haciendo ese trabajo tan liviano de dar clases, tienes mucha suerte, porque ninguno de los tuyos ha tenido semejante suerte. Todos han tenido que trabajar muy, muy duro para ganarse la vida.” (Pág. 52)

La tercera parte es el balbuceo de la hermana mayor (está llena de puntos suspensivos). Es una apelación al autor para intentar recuperar la memoria del hermano muerto. Contiene un episodio muy breve también, una aventura de hermanos, previa al fatídico desenlace.

La cuarta y última parte es el relato del autor en primera persona. La visita que muchísimos años después hace a la casa en la que todo sucedió.

En El niño perdido los elementos narrativos son muy sutiles. Quedan en un segundo plano a favor de la evocación y de la elegía. Pero los que hay son potentísimos. Tienen mayor fuerza que si fuesen insistentes o más explícitos. Grover Wolfe llegó desde Asheville hasta Saint Louis acompañando a su familia para abrir una casa de huéspedes con motivo de la Exposición Universal, allí trabajó en una atracción de feria. Al decir de todos el chico tenía una sensibilidad y comportamiento fuera de lo común, pero contrajo el tifus y a la edad de 12 años se perdió. Se perdió no es un eufemismo como con absoluta clarividencia podemos comprobar en las últimas líneas del texto:
“Y a través de la maraña de recuerdos de un hombre, desde el bosque encantado, el pobre niño de ojos oscuros y rostro sereno, extranjero en la vida, exiliado de la vida, hace mucho tiempo perdido como todos nosotros, una cifra de los laberintos ciegos, mi pariente, mi hermano y mi amigo, el niño perdido, se había marchado para siempre y no regresaría nunca jamás.”

La novela tiene 93 páginas y una fuerza que para sí querrían algunos mastodontes literarios con los que nos quieren entretener. Está editada por Periférica.

viernes, 13 de julio de 2012

Irse a Madrid y otras columnas, de Manuel Jabois



Nunca he conseguido mover un objeto con la mente, pero sí ciertos acontecimientos importantes, al menos para mí. Esto no puede ir uno diciéndolo a siniestro, porque podría interpretarse como síntoma de locura. Hace más de un año que se publicó Irse a Madrid y otras columnas. Y sin embargo, hoy, ahora mismo, he de confesar que esta reseña la empiezo a escribir un poco apresurado, porque de repente me da el pálpito de que en cualquier momento me doy de cara con Manuel Jabois, su autor, y no sé qué decirle. Todavía no he leído todos los textos del libro y ya estoy aquí tecla en mano. No es la primera vez y no será la última que empiezo la reseña cuando el libro todavía no está acabado de leer. Manuel Jabois es un escritor pontevedrés, en concreto de Sansenxo del año 78, que cultiva un periodismo literario, clásico me parece, apegado a la anécdota personal y a cierta pose cínica y maldita que combina muy bien con el humor. Le gusta mucho a las chicas. A los chicos también, pero a las chicas mucho más. Porque aparte de sus méritos con la pluma es guapo y deja ver que un poquito vacilón. Yo no leo a Jabois desde hace años, porque Jabois publica en los periódicos, en esas columnas de la última página del Diario de Pontevedra, por ejemplo, y en otros que no leo. Que veo. Me gusta ver los periódicos, los veo desde la última hoja hacia la primera, a la que muy pocas veces llego. Ahí he visto algunos columnistas insoportables. Ahí he visto muchos opinadores, ahí están con sus soluciones para casi todo y con sus análisis. Cuando veo a Manuel Jabois subido a una de esas columnas como Simón El Estilita sé que nada de eso me voy a encontrar, sé que voy a pasar unos minutos muy entretenido al hilo de alguna anécdota, quizás exagerada con irónica intención. Manuel Jabois no hace relatos en sus columnas, pero cuenta cosas. Cuando veo que alguien en un periódico cuenta yo me paro un ratito y me dejo sobar. Los analistas no me ponen la mano encima porque a mi no me da la gana. En las navidades del año 2008 estuve en la presentación de su novela, escrita en gallego, A estación violenta, Ed. Morgante, porque entonces yo ya había visto algunas de sus columnas en el Diario de Pontevedra y me habían gustado, pareciéndome que se salían de lo habitual. También porque en el año 2008 yo saqué mi libro de cuentos Mucha suerte y me apetecía aprovechar su presentación para imaginar cómo podría ser la mía que nunca fue. Me cayó simpático desde lejos, al tiempo que me obligaba a asumir que era más joven, más alto y más guapo que yo. Al parecer se le compara con Julio Camba, aunque también al parecer empezó a leer a Julio Camba después de leerse a sí mismo. Julio Camba tiene un lugar reservado en el corazón de los gallegos cultivados. A mí me regalaron una colección de artículos suyos, que sin duda ya voy a leer después de los de Jabois, que está consiguiendo un lugar también en el corazón de la prensa española. Tanto en el norte como en el sur los escritores venimos a hacer lo mismo. Lean los artículos de Jabois, porque lo cuenta todo con naturalidad, incluso esa inclinación que tenemos algunos a ponernos bragas. Lo he pasado muy bien leyendo los artículos que se recogen en este libro, tanto como antes mirándolos en el periódico. Uno de los grandes tópicos que puede atribuirse a un escritor es la precisión de sus textos. Pues no me da la gana, Jabois a veces divaga, la anécdota se le va y luego la recupera. A veces sale con una frase incomprensible, y para mí que miente, exagera y desenfoca. Cualquier día de estos me voy a dar de cara con él y no, no voy a saber qué decirle. Nunca hemos sido presentados, pero Pontevedra es tan…pequeña.

domingo, 24 de junio de 2012

La miseria de las cosas, de Dimitri Verhulst, y Roy Orbison






"Roy era Roy, nadie estaba a la altura de su voz, y con eso estaba todo dicho. Y además nos gustaba su tragedia. Primero perdió a su mujer, Claudette, en un accidente de tráfico, y dos años después, dos de sus tres hijos fueron pasto del fuego que también redujo su casa a cenizas. Una vida perra la suya. Si dividieran la humanidad en dos grupos, seguro que nos tocaba en la categoría de Roy Orbison. Pero lo que hacía que el cantante fuese decididamente adorable era la forma en que llevaba su duelo, con tal convencimiento, que todo el mundo le perdonó que volviera a casarse con una mujerona alemana. Vestía de luto riguroso, gafas de sol incluidas, y jamás toleró otro color. Nadie sorprendía jamás a aquel hombre con una sonrisa en la boca. Su carrera se estancó y eso sólo pudo suceder por voluntad propia. Conocía el abismo que hay cavado para todos. Los demás nos resignamos a que se abra a nuestros pies, pero Roy saltó dentro." (Pág. 76)

"Cada vez que mi padre comparaba su eje cronológico con el de su ídolo, no hacía más que encontrar paralelismos. Los mejores momentos del cantante se correspondían con los puntos álgidos de mi padre, los dos se habían precipitado a la vez hacia el sótano de la vida y el hecho de que Roy resurgiera ahora de su propia muerte significaba, según la lógica del perdedor, que también se avecinaba un cambio para mi padre. El valor simbólico de aquella velada bien podía compararse al consuelo de las grandes metáforas." (Pág. 77)


"El coro, liderado por k.d. lang, abrió con la frase que ya es tenida por magistral: "Dum dum dum dumdy doo wah", y Roy empezó Only the lonly. Estábamos desencajados. Durante años habíamos escuchado infatigablemente sus discos, pero jamás lo habíamos visto cantando sus legendarias canciones. El momento había llegado. Y lo primero que nos llamó la atención fue que Roy apenas abría la boca. Lo justo para que uno pudiese constatar que tenía dientes. Era un milagro, con su caja de resonancia alcanzaba octavas sin esfuerzo mientras que cualquier otro se habría desgarrado la boca de tanto abrirla. El do mayor se lo sacaba de la nariz como si nada. Además, no estaba todo el rato moviendo las caderas afectadamente, ni hacía girar el micrófono por encima de sus cabeza como si fuera a echar el lazo. No. Ahí estaba él. Sobrio. Consciente del hecho de que en la vida y en el éxito ya era una estatua." (Pág. 84)





"Tío Potrel hizo un pequeño intento para reconfortar a mi padre ("no irás a pasarte toda la noche gimoteando porque esa cochina fulana esté gritando en estos momentos debajo de otro tío". Para acabarlo de rematar, después vino Crying, otro tema lacrimógeno de aquí te espero. Mis tíos lo dejaron tirado y siguieron bailando encima de la mesa cuando Candyman volvió a llevar el concierto por derroteros más alegres y swingueros." (Pág. 87)





"Bruce Springsteen no se alegraba de ser Bruce Springsteen, sino de tener la oportunidad de tocar con Roy Orbison y cumplir así el sueño de su niñez.Y lo mismo se apreciaba en el resto de los músicos. Tom Waits hacía gestos espásticos sobre su órgano, tenía la cabeza a la altura de los pies y daba la impresión de que había bajado el volumen de su instrumento porque no paraba de tocar los acordes equivocados y, para colmo, a destiempo. Sin embargo, Elvis Costello era un grandísmo cabrón, no había quien aguantara la jeta de aquel hombre....Era un concierto como pocos se ven en un siglo. Y hubiera sido único si Elvis Costello se hubiera largado" (Pág. 86)





miércoles, 20 de junio de 2012

Pistola y cuchillo, de Montero Glez





Me gusta muchísimo fumar. Mucha gente que fumaba mucho ya no fuma. Me gusta muchísimo beber. Mucha gente que bebía muchísimo ya no bebe. Ahora sólo fumamos y bebemos poco los que antes fumábamos y bebíamos poco. Ya sabéis: pasito a pasito.

Me gusta que en los libros y las películas la gente fume, beba y coma. En Pistola y cuchillo de Montero Glez se fuma y se bebe mucho y bien, y se come mucho y bien. En Pistola y cuchillo se nos narra un encuentro en la Venta Vargas entre José (Camarón), su productor-manager, El Viejales, trasunto de Ricardo Pachón, y el narrador-escritor, un entrenador de gallos, para concertar el amaño de una pelea en la que intervendrá el gallo rubio, la gran apuesta de José. Eso es todo, poco más se cuenta. Camarón, José, está ya enfermo y se supone que el dinero de la pelea lo quieren para el tratamiento de su enfermedad. El mérito del relato (novela corta, 120 páginas) está en poner en marcha la tragedia de un artista de pocas palabras, que sin embargo sabe imprimirles categoría de oráculo.

Durante la noche que nos ocupa el tabaco, el güisqui y la comida son los ejes esenciales en torno los que los personajes se mueven:
“Ahora José contaba la historia con el pitillo en la mano y un boquerón en la otra. De vez en cuando se lo arrima a la boca con exquisitez, alternando la sabiduría del frito en el paladar con el humo del contrabando. Decía que no tenía hambre. Justificaba su falta de apetito, contando que se había sentado a comer con el Viejales una cazuela de barro tan grande como una plaza de toros. Con pocas palabras, José conseguía un arroz caldoso con sus hebras de azafrán y todo el brillo de los lomos de un conejo bien dorado. Era un maestro en el arte de la falsificación, tanto que era posible imaginarlo, alcanzando cuatro o cinco granos de arroz con la punta del tenedor, con esa finura de la que siempre hacía gala y a continuación encender un cigarrillo, y ponerse a mirar el campo, mientras el Viejales llenaba la panza y movía el bigote.” (Pág. 75)

Camarón fuma de modo obsesivo, apenas come: “Enciende el cigarrillo y aspira el humo y, sin darle tiempo a salir, vuelve a llevárselo a la boca. Me fijo en los pómulos, comidos por la barba, en la cara acuchillada por las sombras.” (Pág.79)

El narrador bebe güisqui hasta la extenuación: “Juro que llevaba tal borrachera conmigo que la cabeza se me venía frágil, como un vidrio que peligra ante el peso muerto del cerebro. En uno de los vaivenes no pude contener por más tiempo la manada de culebras que recorrió mis tripas hasta la arcada. El chapoteo ruidoso de mi vómito partió en añicos la noche”. (Pág. 102)

El Viejales se lo jala todo: “se beneficiaba de las bandejas de jamón, una tras otra, así hasta que las dejó limpias” (pág.65), “la lengua se le movió como un bicho en cuanto atisbó la bandeja” (pág. 66), “se arranca primero, alcanzando tres boquerones con los dedos” (pág. 69)


María Picardo, al frente de la Venta Vargas, dispone la comida, le mete el bastón a José entre las costillas para amonestarlo por su delgadez y le recrimina que fume sin parar, mientras su sobrino Lolo sirve las raciones y atiende la barra.


Una pregunta intrascendente : ¿Cuánto tiempo se tarda desde Casa Postas, desde la entrada de Conil, hasta aquí? (Pág. 78) y un sueño que el propio José va contando para dilatar el tiempo se convierten en los motores para intentar explicar el sentido de lo jondo, del tiempo, de lo que hoy se convierte en el recuerdo de mañana, de esos versos de Lorca que al principio Camarón canta sin comprender.
El sueño va sobre el tiempo,
flotando como un velero,
flotando como un velero.

La historia se desarrolla como una tragedia en la que ya conocemos de antemano el destino de su protagonista. Por el camino aparecen momentos muy divertidos, como cuando Camarón empalma en un alarde de alquimia imposible el cable del televisor con el del teléfono y el del magnetofón, donde llevaba una cinta de Las grecas, a las que quería ver cantando “Te estoy amando locamente”. No sé si se estaba anticipando a toda esta era del facebook.

Un hombre que habla muy poco, cuya figura ya en vida fue pasada a efigie estatuaria. Un mito, un mito que fumaba mucho y que se carteó con el Cordobés cuando el Cordobés todavía no sabía escribir. “Lo que pasa es que la felicidad de las gentes descansa sobre completas mentiras” (Pág. 101).

Y una gran ventaja: la novela va al grano, sin que haya el grano de a lo que ir.


lunes, 9 de enero de 2012

Olmos y Gopegui


Alberto Olmos, Ejército enemigo, Mondadori, 2011


Belén Gopegui, El padre de Blancanieves, Editorial Anagrama, 2007

Estas dos novelas se ocupan de asuntos contiguos, tales como la solidaridad, el compromiso, la transformación de la sociedad, las acciones concretas de la lucha, el activismo y la justicia social. En Ejército enemigo aparece un lema,“la solidaridad ha fracasado”, que desencadena parte de la acción y es el resumen de la tesis que desarrolla; sin embargo, en El padre de Blancanieves las fisuras sobre la posibilidad de la transformación de los esquemas sociales y políticos no son más que objeciones de actitudes personales de algún personaje que está en minoría. Las reflexiones que cruzan los caminos de una y otra novela tienen alcances bien diferentes, aunque a veces comparten puntos de partida, e incluso recorrido:

En Ejército enemigo uno de los personajes hace la siguiente reflexión:
“la mayoría de los profesores de instituto son hijos de profesores de instituto. Mis padres daban clase de Lengua y de Ciencias Sociales. Te dirán que lo llevan en la sangre, cualquier profesor, que tenían vocación y demás estupideces. Nadie lleva nada en la sangre, ¿entiendes?, ninguna vocación. Uno hace lo que hacían sus padres porque es lo fácil; lo fácil. Si tu padre es director de cine, te metes en el mundo del cine; si tiene un bar, lo heredas y sigues con él; y si es profesor de Lengua pues opositas, que ya sabes cómo se hace y qué esperan de ti. En realidad seguimos siendo una sociedad gremial.
(…)
-¿Tu padre qué hace?
-Está jubilado, fue repartidor toda la vida. De bebidas.
-Hostia, pues felicidades. Tú has dado un salto en lateral que muchos no son capaces de dar. Aunque trabajes en esa mierda de la publicidad. (...)”(pág. 122)


En El padre de Blancanieves, Manuela, profesora de instituto, sufre una crisis debido a un incidente en el que por su culpa despiden al repartidor inmigrante de un supermercado. El caso es que a imitación de lo que hiciera Simone Weil (1909-1943), autora de los Ensayos sobre la condición obrera, deja temporalmente su trabajo, su casa, su familia y se muda a un barrio popular, donde ingresa a trabajar en una tintorería: “salvando las distancias, a Simone Weil le pasó algo parecido. Ella buscaba conocer lo que piensa un obrero, lo que siente, lo que le pasa a un obrero, algo así, pero a donde ella y yo, salvando, digo, las distancias, hemos podido llegar es a conocer lo que le pasa a Simone Weil o a mí cuando nos ponemos a trabajar en una fábrica o en una tintorería.” (pág. 142)

Me llamó mucho la atención el proceder del personaje de Manuela en El padre de Blancanieves, pues su comportamiento, a estas alturas del siglo XXI, no sé todavía si resulta inverosímil o ingenuo. Me cuesta creer que una profesora de instituto no sea consciente de la realidad obrera de su entorno. Es evidente que ella misma procede de una clase media de profesión liberal, pero que no haya tenido un contacto mínimo con los modos de vida de las clases populares se me hace difícil de creer.

Yo mismo me dedico a la enseñanza en un instituto y procedo de una familia obrera, así que cuanto menos su actitud no deja de parecerme frívola, que es como la propia Manuela se describe en más de una ocasión:
"Me gustaría decirle simplemente esto: que para ser revolucionaria hay que ser un poco frívola. Bueno sí, es que tengo una hija revolucionaria. Ya sé que parece algo del siglo pasado, pero resulta que en Madrid, en una zona céntrica, arbolada, y a principios del siglo XXI, a mí va y me sale una hija revolucionaria. Creo que no es moda, como cuando dijo que quería esquiar, le compramos las botas, los esquíes, las gafas, todo, y a los tres meses se hartó" (pág. 97)

Quizás no nos cueste mucho ver en la fotografía que ilustra la portada de Ejército enemigo esa descripción que hace Manuela de su hija y que es una de las cosas contra las que arremete Alberto Olmos, aunque Belén Gopegui se toma muy en serio el activismo social y político de madre e hija.

En Ejército enemigo se sostiene la siguiente tesis:
“Ya no se hacen las cosas para que cambie la realidad, sino para que se sepa que se hacen cosas. Es como el gobierno. El gobierno no quiere que las mujeres dejen de morir asesinadas, quiere, sobre todo, principalmente, que se sepa que está haciendo algo para que no mueran asesinadas. La campaña social-publicitaria emite este mensaje: nos preocupamos...pero no hacemos nada efectivo. Quien entiende que el mundo es así consigue el éxito. Mira los cantantes, los putos artistas solidarios.” (pág.124);

“la solidaridad, (…), debe iniciar el camino hacia la intimidad, es decir, debe ser una acción que a uno le cueste algo, no sólo hacer clic en una de esas payasadas de red social o ir a un concierto. No se puede cambiar el mundo haciendo fiestas.” (pág. 125)

En El padre de Blancanieves hay un episodio en el que la solidaridad se concreta cuando Rodrigo, estudiante de la ESO, se mete en una pelea en el patio de su instituto para defender a una compañera: “Rodrigo no empezó la pelea porque tú le cuentes cosas sino porque lo que vio le pareció humillante. Y si tú le has ayudado a verlo así, sólo podemos estarte agradecidos. Además, tienes razón, la realidad de hoy, desaprensiva, cínica, está ahí fuera, nosotros hemos vivido pensando que podríamos librarnos, pero seguramente sea mejor así. Es muy angustioso estar todo el día pendiente de no abrir la puerta, por si es la realidad, de no coger el teléfono, por si es la realidad.(...) resulta que amenazar y pegar y abusar son cosas habituales, y no sólo, ni mucho menos, en los colegios: me refiero a nuestra sociedad, a nuestro modo de vida encantador.” (pág. 297)

Los lemas de El padre de Blancanieves podrían resumirse en estas frases, que no descartan las posibilidades del cambio político y personal:
“Antes de saber cómo hacer las cosas hay que saber lo que se quiere, y elegir lo que se quiere supone haber imaginado la vida.” (pág. 81)
“Imaginar lo que no existe es fácil, en cambio imaginar lo que existe exige conocer.” (pág. 288)

“La solidaridad ha fracasado”, es, por el contrario, el lema de Ejército enemigo, que funciona también como motor narrativo. En este sentido se afirma lo siguiente: “No nos engañemos, la solidaridad es una forma de ocio, una ficción para el puro entretenimiento de personas con mucho tiempo libre. Los jóvenes, sobre todo. Espera diez años, y verás a todos esos amigos tuyos solidarios dejar en la estacada a todos los pobres del mundo. Como mucho, reciclarán su basura correctamente, pero en cuanto tengan una hipoteca y un par de mocosos, verás tú lo que aportan” (pág. 77)

En El padre de Blancanieves hay una visión mucho más ideal del asunto:
“Dicen que la mayoría de los que empezaron luego cambian, ya sabes, que cuando envejeces te haces conservador y de derechas, y vas contando lo ingenuo que eras cuando de joven querías transformar el mundo. Pero no es verdad (…)
No están en los telediarios. Hay que ir a sus lugares de trabajo, de reunión, hay que conocer sus vidas. Puede que muchos de los que siguen no estén organizados. Puede que muchos ya no voten. Sin embargo siguen.” (pág. 281)

Lo que Olmos analiza como estado general de las cosas, Gopegui se lo adjudica al personaje que argumenta contra la transformación social desde un punto de vista socialdemócrata:

“Pensé que no tenían ni puta idea de la realidad, que la realidad estaba esperándolos con los brazos cruzados y riéndose a carcajadas. Que cambiar el mundo era el mejor eslogan de todos los tiempos, que debería habérseme ocurrido a mí para no estar en el último casillero de la vida. Pensé que todo era publicidad, que todos éramos imbéciles, que unos compraban zapatillas deportivas y otros compraban compromiso social (…) que ninguno de esos chicos y chicas, ni el profe Eduardo, dedicaban ni un solo minuto de su vida a pensar en el conductor de autobús que les llevaba a casa, ni en el camarero que les ponía las cervezas, ni en el repartidor que aprovisionaba de bebidas el bar; que todo era ridículo y un poco miserable.”
(Ejército enemigo, pág. 252)

“¿Voy yo a recordarles que si hay cincuenta sitios de la web de eso que llamas prensa alternativa, hay cincuenta millones de sitios pornográficos? ¿Que antes se inundará la tierra que habrá en Europa una revolución? ¿Que mientras cuatro personas leen a Marx en Madrid, dos o tres millones leen el Marca, las revistas femeninas, etcétera?”
Estas son palabras de Enrique, marido de Manuela, en El padre de Blancanieves, pág. 192., que no puede evitar que sus hijos y su mujer deriven hacia el compromiso y la lucha social.

Lo que nos parece, en definitiva, y a modo de resumen, es que frente a la actitud programática y marxista de Belén Gopegui, Alberto Olmos contrapone una lectura pesimista y cínica de los movimientos de lucha social.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Belén Gopegui: El lado frío de la almohada



He de empezar diciendo que yo de las tramas de espionaje político no me entero, si no me las explican muy bien. Belén Gopegui no se preocupa de explicar su trama, de ser didáctica. Por eso hasta que la novela no va acabando uno no empieza a comprender más o menos el alcance de la historia, aunque por el camino los detalles le hayan resultado confusos. Esta novela tiene espías, historia de amor, muerte, ideología marxista y visiones del mundo. Ahí es donde Belén Gopegui se preocupa de ser didáctica, pero no fácil, a través de unas cartas más o menos inverosímiles, literarias, fingidas para una novela, a pesar de todo: “Porque le tengo miedo a la literatura, señor director.” (pág. 233) Como novela la peripecia no es demasiado original; agente joven cubana y diplomático maduro norteamericano se enamoran al tiempo que se sumergen en una complicada negociación en la que las bazas de cada uno se van descubriendo poco a poco. La Historia, con mayúsculas, se cuela en la historia personal de esos personajes. Lo que destaca en la propuesta es precisamente eso: “ Con todo, publicar novelas, producir películas, poner letra a la música no bastaría para acumular otra imaginación. Porque no se imagina en el aire. Porque imaginar tiene que ver con hacer, con poder hacer.” (pág. 234) Cuba cruza toda la historia como esa posibilidad: “Algunos pueden, y no es que sean mejores, es que tienen más imaginación. Son capaces de ver lo que sería una sociedad en donde la escapatoria y el vuelo solitario y el sentimiento de admiración por uno mismo a solas, de vanidad herida, no hicieran falta a nadie. Se preguntan cuánta escasez pero también cuánto de extraordinario y bonancible habría en un tiempo sin miseria y sin lujo para todos.” (pág 226) El fracaso y caída de los gobiernos comunistas ha dejado huérfanos a quienes no se conforman con el capitalismo como único modelo de vida. Cuba es la última oportunidad. “Las personas en España, por ejemplo, nunca dicen: en Cuba funcionan mal los autobuses, convendría… y llene usted los puntos suspensivos. (…) Nunca dicen convendría, sólo dicen: por tanto la revolución cubana no tiene sentido y debe dejar de existir. La parte por el todo. Quiero decir que nadie dice de España, o de Francia o de Inglaterra: la sanidad pública no funciona bien, por lo tanto la democracia representativa debe dejar de existir.” (Pág. 189) Esta es, en líneas generales, la tesis de la novela, quizás seca en ocasiones y con pocas concesiones, aunque los personajes finalmente consigan la cercanía y simpatía del lector.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Plop y Frío


Rafael Pinedo (1954-2006)




Pues todavía me han gustado más, mucho más, estas dos novelas de Rafael Pinedo.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Ocio


Me ha gustado mucho una novelita corta titulada Ocio, de Fabián Casas.

La novelita va seguida de un relato que se llama Veteranos del pánico, introducido por un proverbio japonés que dice:

Si te cruzás con Buda, matá a Buda.
Si te cruzás con un discípulo de Buda,
matá al discípulo de Buda.
Si te cruzás con tu padre,
matá a tu padre.
Si te cruzás con tu madre,
matá a tu madre.
Sólo así te liberarás de los apegos
y serás libre.

Ahora me da mucha pereza hablar de ella, incluso elegir un párrafo y copiarlo aquí. Pero me ha gustado mucho.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Seísmos, de Javier Puche


38 x 6 hace un total de 228. Esas son las palabras que tiene Seísmos, el libro de Javier Puche (Málaga, 1974), editado por thule con ilustraciones de Riki Blanco.

Seísmos son los cuentos de seis palabras que Javier escribe a partir de aquel de Hemingway que decía Vendo zapatos de bebé, sin estrenar ( For sale, baby shoes, never worn).

Javier lleva mucho tiempo ejercitándose en esa parafilia literaria. De hecho a sus textos los llama también temblores. La autoimpuesta y arbitraria regla de que tengan exactamente seis palabras es un corsé que acaba siendo exquisito, un cilicio perverso que muerde la carne del lector provocando ese temblor y dejando una marca o cardenal, testimonio de la mordida.

Es muy difícil comentar un libro de 228 palabras, quizás porque hay muy pocos libros tan breves. O yo he leído muy pocos. Se puede hablar de intensidad, de belleza y adecuación entre las ilustraciones y los textos. Se puede decir también que nos permite volver a él una y otra vez, leyendo y contemplando los dibujos en blanco y negro, sin que el texto o las imágenes se agoten.

No quería nacer. Lo obligaron vilmente lleva una ilustración con unas sombras que tiran de una cuerda como si fuese el arrastre de un copo de perfiles africanos más que malagueños.

Asoma un periscopio en mi consomé tiene un malencarado capitán de fragata de aire soviético.

Quizás uno de mis favoritos sea Este laberinto ni siquiera tiene baño. Tanto de texto como de ilustración, en la que una figura humana anda perdida entre brochazos que son como un nudo intestinal.

También me gusta mucho el esqueleto que tacha palitos en Le aburre al muerto la eternidad.
Y esa maciza que aparece en Por imprevista resurrección, vendo mi tumba.

Javier echa mano del humor y de la poesía sin perder nunca de vista el carácter narrativo:

Mi sombra flirtea con otro cuerpo
.

He de decir finalmente que conozco desde hace tiempo su trabajo y que nunca cae en la facilidad o en el chiste. Personalmente nunca se lo hubiera perdonado.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Rectificación sobre el comentario de Tangram


En el comentario sobre Tangram de Juan Carlos Márquez escribí el siguiente párrafo:

"La falsa pista final de que puede haber sido él el asesino del actor Gaetano Iabichino es un truco que no podemos perdonar a estas alturas, aunque para eso está la cara dura del autor, para hacer lo que le de la gana."

Quiero puntualizar:

Mi impericia lectora me llevó a pensar que se trataba de una falsa pista. Y no es así, como bien me ha hecho ver su autor: "el asesino de Reikiavik es el asesino de Iabichino".

En las historias en las que todos los detalles de la trama son importantes para el desarrollo de los acontecimientos posteriores no es la primera vez que me pierdo, y supongo que no será tampoco la última. No me enteré pues. Pido disculpas desde aquí a su autor y a los lectores de la reseña.

Al hablar de la cara dura del autor no quise ser, obviamente, ofensivo, sino expresivo.

En la fotografía Juan Carlos Márquez

viernes, 18 de noviembre de 2011

Tangram, de Juan Carlos Márquez


Tengo mis dudas sobre que Tangram sea una novela. No me cabe ninguna de que el título de la obra es potente y adecuado a las siete historias que se cuentan y que más o menos se acaban cruzando entre sí. Supongo que una novela se podría definir por el hecho de que las intenciones de la narración vayan dirigidas hacia la profundidad o los márgenes de un personaje o de un argumento. La literatura fragmentaria no se contradice con la esencia novelística, pues los diferentes fragmentos pueden ir ahondando, o rodeando, la materia que se haya elegido como asunto novelable. Novelar es hurgar en la herida. Groseramente se podría decir que remover la mierda con un palito. Tangram se descompone en siete relatos distintos de asunto criminal. El primero es muy intenso, a mí me ha gustado mucho. Dos estudiantes de psicología son encerrados en un sótano por una inmensa, gordísima exactriz, y allí, en la oscuridad, no les quedará otra que alimentarse de la carne embalada que contiene un arcón frigorífico. La narración es densa y envolvente, atrapa. Sitúa el comienzo de las historias en un nivel muy alto de expectación. La segunda historia, sin embargo, me ha parecido mucho más floja. La recreación del detective clásico, a lo Sam Spade o Marlowe, aunque se diga explícitamente que el que nos ocupa es diferente, no cuaja. El pasthiche no es literariamente todo lo gamberro que desearíamos. Porque uno de los puntos a su favor en este libro es cierto aire de poca vergüenza, de cinismo, con el que el escritor aborda, según me parece, su labor. La tercera historia, contada por un asesino "ocasional y selectivo", me parece también impostada, porque el humor se le queda a medio gas. La falsa pista final de que puede haber sido él el asesino del actor Gaetano Iabichino es un truco que no podemos perdonar a estas alturas, aunque para eso está la cara dura del autor, para hacer lo que le de la gana. La cuarta historia es otro homenaje poco encubierto, descarado, siendo aquí sus protagonistas unos adolescentes que con la crueldad esencial de ese periodo de la vida le gritan a sus víctimas a la cara los defectos que han de corregir. Le sirve al autor esta historia para introducir a dos coristas, en el sentido de coro de la tragedia griega, que en la historia final se ocuparán de cerrar y explicar los diferentes nudos que han quedado sin resolver por el camino. Ahí es donde flaquea la estructura de la obra, porque las tramas se cruzan en sus flecos, pero ni evolucionan ni se resuelven desde ellas mismas, sino que son explicadas en el relato final, que funciona a modo de epílogo concluyente. Los homenajes cinematográficos en los diferentes episodios son más o menos explícitos, pero constantes. La quinta historia titulada "Un millón de libras" evoca varias películas de género, con botín enterrado del que se quiere apoderar el ladrón. Más allá de que el autor haya pensado en ella o no, quiero mencionar La noche del cazador como referencia. Tiene, no obstante, aquí, su gracia y su novedad: el ladrón es un buenazo. La narración titulada Crotone nos sitúa en un ambiente de mafia calabresa muy creíble, llevada con pulso firme hasta el tramo final, en el que aparece el gancho que cruza esta con las demás historias, donde resulta forzada.
Me han gustado muchas cosas de este libro, principalmente su descaro y una fresca propuesta pulp. Sin embargo, en la preocupación del autor por no dejar flecos sueltos y por acabar en novela, creo, que es donde residen sus carencias.

martes, 16 de agosto de 2011

Las cuatro esquinas, de Manuel Longares


La fotografía de Manuel Longares es de José R. Ladra

De Manuel Longares, que nació en Madrid en 1943, y que ha publicado seis novelas y tres libros de cuentos hasta la fecha, leí hace ya unos años Romanticismo (2001), que obtuvo el Premio Nacional de la Crítica, una novela espléndida, y ahora Las cuatro esquinas (2011), compuesto por cuatro relatos que representan cuatro momentos de nuestra historia contemporánea trazados sobre el mapa de un Madrid muy representativo de la sociedad que quiere dibujar: Chamberí y el barrio de Salamanca como exponentes máximos. Desde la posguerra de los años cuarenta y su mundo de ruindades para sobrevivir o simplemente para ejecutar venganzas personales, en la primera historia, luego el ambiente durante los años sesenta en la facultad de Derecho de la Universidad Complutense, con la toma de conciencia de aquellos niños de papá que buscaban respiraderos personales a partir del desarrollo económico, y de veinte en veinte años, la tercera historia cuenta la obsesiva persecución de un policía secreta a un joven católico desafecto del régimen, metidos ya en los primeros años de la transición democrática. El último cuento tiene lugar en nuestros días y narra la muerte de un compositor y la reacción de sus amigos de tertulia, músicos jubilados, y su criada, que es la única persona con la que convive, después de haber enviudado y haber perdido a su hija en un accidente. Los protagonistas de los cuatro cuentos son producto de la historia de España, pero también de esa geografía madrileña que habitan y que pasean. Esa es la propuesta que a mí más me ha interesado de este autor en lo que le he leído. No hay nadie innominado ni deslocalizado ni desubicado, lo que contribuye al análisis de la naturaleza y los comportamientos de los individuos, según un momento y un lugar concretos, perfectamente trazados en sus coordenadas.
“Cuando tocan a diana en el cuartel del Conde Duque, los enfrentados en la guerra civil se cruzan en la glorieta de Bilbao. Los vencidos se trasladan en metro al andamio de Tetuán o a la fábrica del Puente de Vallecas y los vencedores, después de un paseo triunfal por los bulevares de Alberto Aguilera y Carranza, aparcan el coche en la bodega de la calle Churruca.”
Este es el arranque de El principal de Eguílaz, el primer cuento, una historia que nos muestra la guerra después de la guerra, la crueldad del que sobrevive y la humillación y el miedo del condenado. Lo que somos en la actualidad social e individualmente está cocinado sobre ese fuego de odio.
En El silencio elocuente, que es la segunda narración, encontramos este párrafo: “Gemma me contó que sus padres no compraban libros ni discos, aunque sí cuadros para inversión, y que se ponían de morros cuando la sorprendían con los textos ciclostilados que le prestaba Héctor para que adquiriese conciencia de proletaria.” Los hijos de aquellos vencedores, lectores del diario Arriba, coquetean ahora con las ideas políticas, mientras tienen que resolver una sexualidad reprimida por el ambiente opresivo de la moral católica. Este relato tiene un final poderoso, un largo último párrafo que disecciona las contradicciones de esa juventud hipócrita e incapaz de escapar del nido confortable que le ha fabricado la historia. Lo que somos en la actualidad social e individualmente está cocinado sobre este lecho de miedo.
“Ninguno de los que le aplaudieron aquella tarde –esa fauna de antiguos melenudos ahora con tripita cervecera, esa fauna de damas venerables que extraviaron en ensoñaciones su juventud- sabía mi aportación a su éxito. Que nadie me menospreciase porque, ¿existiría el torturado sin su verdugo?”, afirma un policía secreta en Delicado, el tercer cuento, refiriéndose a quien vigiló desde los años de la represión franquista en las universidades hasta más allá de la instauración de la democracia. Lo que somos en la actualidad social e individualmente está cocinado con las especias de todas estas contradicciones.
Años cuarenta, sesenta y ochenta del siglo pasado, siglo XX. Tres relatos espléndidos en los que el autor maneja la tradición nacional de narradores que hacen de Madrid escenario y protagonista de sus historias, con situaciones de sainete y un fraseo castizo, quizás muy poco moderno o muy poco contaminado por el lenguaje neutro de los lectores de traducciones. Tres lecciones sobre la perversidad de la historia, sobre las paradojas dialécticas del discurrir de los acontecimientos y sobre cómo el hombre es un resultado de imposturas personales e históricas.
El último cuento, Terminal, nos parece el más flojo con una enorme diferencia sobre los otros tres, ya que la peripecia no pasa de ser una situación de sainete, en la que quizás por la falta de distancia no se consigue ni un análisis de la actualidad ni siquiera una aproximación a la altura de las historias que la han precedido. Esto es, después de probar el guiso con el que hemos sido cocinados, nadie parece capaz de decirnos si somos carne o pescado. Desde un punto de vista social y personal, me refiero. Un libro de cuentos excelente con tres lecciones que deberían tener en cuenta muchos guionistas de cine y televisión.


lunes, 1 de agosto de 2011

Lois Pereiro


Lois Perereiro en A Coruña

Desde el año 1963 cada 17 de mayo la Real Academia Galega celebra, al principio casi desde la clandestinidad, el día de las letras galegas, consistente en un homenaje que honra la vida y la obra de un autor que por fuerza ha de llevar como poco diez años muerto y por supuesto haber escrito su obra en gallego. Se trata no sólo de un día festivo oficial, sino también de un encuentro cultural, editorial y social con el autor elegido. Durante los meses siguientes el homenajeado tiene una presencia mediática a través de su obra y su imagen comparable a la de cualquier estrella de cine que estuviera promocionando una película post-mortem. Este año el designado ha sido el poeta Lois Pereiro. Las librerías de toda Galicia se han llenado de ediciones de su breve obra, de biografías, estudios, ediciones bilingües, traducción al inglés, afiches y fotografías de quien en vida sólo había publicado un par de libros, brevísimos: Poemas 1981-1991, Ediciones Positivas, 1992, y Poesía última de amor e enfermidade, Ediciones Positivas, 1995, con gran éxito de ventas y repercusión en el mundo contracultural gallego, entre escritores jóvenes y grupos de pop y rock. Las redes sociales se han encargado también de difundir sus versos y sus ideas. Para desarrollar este artículo utilizo dos fuentes fundamentales: La edición bilingüe de su Obra Completa en Libros del Silencio, mayo de 2011, y el cómic de Jacobo Fernández Serrano titulado Lois Pereiro. Breve encontro, un achegamento comiqueiro á biografía e á obra do poeta, Edicions Xerais de Galicia, mayo de 2011.

Lois Pereiro nació el 16 de febrero de 1958 en Monforte de Lemos, provincia de Lugo, y murió el 24 de mayo de 1996. Unos muy cortos 38 años que estuvieron dominados fundamentalmente por dos fuerzas que él mismo menciona en el título de su segundo y último libro publicado: el amor y la enfermedad. Lois Pereiro era el segundo de tres hermanos, hijo de una maestra y un abogado metido a cristalero, aficionado a la lectura desde niño, al cine y a la música en una pequeña ciudad que había sufrido la crisis de una reconversión ferroviaria, pertenecía a una generación posterior a la del compromiso político, sobre todo del nacionalismo de izquierdas, así que buscaba los rastros de esa cultura que existía más allá de las autárquicas fronteras franquistas. Sin embargo, por encima de las aspiraciones universalistas y libertarias, Lois nunca se planteó escribir en otra lengua que no fuese el gallego. En el año 1975 se marchó a Madrid a estudiar Sociología, que enseguida abandonó para matricularse de francés, inglés y alemán en la Escuela Oficial de Idiomas. En 1981 resultó envenenado por la adulteración de aceite de colza para hacerlo pasar como si fuese de oliva, que afectó a sesenta mil personas y mató de cuatrocientas a mil, según sean las estimaciones, de lo cual quedó afectado para siempre en lo físico y en lo anímico. En el año 1994 después de haberse encontrado al borde de la muerte fue diagnosticado de sida. La vida de Lois Pereiro tiene todos los hitos del maldito poeta maldito. Una única novia, Piedad Cabo, a la que había conocido en el instituto, a los dieciséis años, a la cual más allá la ruptura, producida en 1984, siguió teniendo como referencia de la comunicación amorosa. Declaraciones que acabarían siendo premonitorias, como la que le hace a Piedad nada más conocerla: “Nunca escribiré en castellano. Publicaré un libro y moriré joven, como Manuel Antonio”. Trabajos esporádicos como traductor para la televisión autonómica, en espisodios de Kung Fu, de Dallas, o de pelis porno si no había otra cosa. Los amigos, los bares, los viajes por Europa en tren tras las huellas de sus referentes míticos: Joyce, Beckett, Dylan Thomas, Thomas Bernhard. Su desapego de los círculos literarios. Las huellas de la enfermedad en su porte físico, su aire de dandy entre el suburbio y el rural. Pero sobre todo su acierto con las palabras: “Soy un relato breve. El final está escrito, y todo lo que veo está sentenciado a sobrevivirme.”

Es muy interesante acercarse a este poeta, maldito poeta maldito, y la edición bilingüe de su Obra completa en Libros del Silencio nos lo permite con toda comodidad, así como el fabuloso cómic, que hemos mencionado arriba, donde la historia personal, la propia obra y los referentes culturales quedan magníficamente dibujados, fijados en una iconografía que llegará a ser canónica. No os lo perdáis.

viernes, 13 de mayo de 2011

Andar por el aire, de Julio Jurado


Medardo Fraile, el gran maestro del cuento en español, hace una muy acertada descripción de Julio Jurado cuando en las notas sobre el autor y el libro que nos ocupa dice que los escultores de la Grecia clásica se hubiesen disputado su perfil grecorromano de Vallekas, así con K. Julio Jurado, que nació en Madrid en 1958 y allí ejerce en la actualidad como profesor de escritura creativa en la Escuela de Escritores, publicó en diciembre de 2010 en la editorial Gens un libro de relatos titulado Andar por el aire, en el que se incluyen también aquellos que habían sido su debut editorial dentro de la antología llamada Parábola de los talentos en la misma editorial en el año 2007. Su formación como escritor estuvo muy ligada al grupo “La llave de los campos”, que publicó en su momento 22 dogmas en torno al cuento breve con cierta repercusión entre aficionados y practicantes del género. Andar por el aire está dividido en tres partes o secciones con un total de diecinueve cuentos y uno más a modo de prefacio. En general las historias destilan humor, también amor, ciertas dosis de crueldad y gran gusto por los apetitos de la vida, no sólo por los físicos. La extensión de los textos es variable: hay historias de una sóla página, microrrelatos, muy conseguidos; de dos hojas, como El constructor que no se queda a cenar, un relato muy eficaz, y otros más o menos largos, sobre la decena de páginas. Con la misma generosidad que destilan sus cuentos, Julio Jurado está dispuesto a contestar las preguntas de una pequeña entrevista que aparecerá próximamente en este espacio. Mientras tanto dejo aquí una muestra de su quehacer en el siguiente relatillo:



PROVISIONES


Aquella mañana, el cebo que utilizaba por primera vez el pescador le trajo una agradable sorpresa.
Una sirena de ojos coralinos y todavía adolescente llevaba el anzuelo como un adorno, atravesando sus labios amoratados. Seducido por el canturreo lastimoso de la sirena, la subió a su pequeña embarcación y, tras arroparla con mucha delicadeza con su chaquetón marinero, enfiló la proa en dirección al puerto. Ardía en deseos de llegar a casa, y en esta ocasión no echó un trago en la taberna.
Cuando el pescador rebasó la puerta con su trofeo, se sintió el hombre con más suerte del mundo, pues en los días que siguieran su familia podría elegir, sin penurias, qué llevarse a la boca. Casi todos comieron carne hasta hartarse. Sólo la hija más pequeña no quiso modificar sus costumbres, y pedía, cada vez que le preguntaban: ¡De la parte que es pescado!