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miércoles, 2 de septiembre de 2009

Viajar es un flipe


El lunes pasado emprendí un largo viaje de dos días en coche-carromato. Lo llamo así porque cargamos el vehículo hasta los topes y éramos 4 pasajeros en sus respectivos asientos y uno cómodamente instalado en barriga. Una de esas estampas de comedia mediterránea con niños y calor, gritos y desorden. Teníamos que cruzar el país de noroeste a sureste y decidimos hacerlo por la Vía de la Plata, que no es el camino más corto, pero el que menos, por ese mismo motivo, hemos usado en los años que llevamos yendo y viniendo de norte a sur cada verano.

Hicimos la primera parada para almorzar en Zamora y hete aquí que mientras callejeaba a los mandos del carromato buscando el camino del río Duero, nos topamos de frente por una calle semipeatonal con la curiosa figura del señor don Agustín García Calvo con su tradicional mezcla de aires ahippiado, flamenco y decimonónico que suele usar. Caminaba tranquilamente, con la camisa violeta anudada a la barriga, en dirección a su casa en la Rúa de los Notarios, a cuya puerta nos dirigimos un rato después, donde tiene su sede la editorial Lucina, que prácticamente sólo edita sus libros.

Quise pensar dos cosas: primera; que el ilustre lingüista, poeta, cuentista y metrista vive rodeado de mujeres, porque en un corto intervalo entraron dos en su casa, una de las cuales tenía aspecto de duendecilla inquieta, pues llevaba unos zapatos con un lazo de tela deshecho, a punto de pisárselo, y segunda ; que me comportaba como cualquier mitómano que viaja a Manhattan con ganas de cruzarse con Woddy Allen en la 4ª Avenida, pero en suelo patrio y con una gloria (¿de pitarra?). He de decir que yo al señor don Agustín García Calvo lo he leído muy poquito, pero que la influencia de su modo de vestir ha sido considerable en mi persona, por lo que siempre me acuerdo de él cuando me superpongo camisas. Hay gente que te marca con sólo pasar por delante de tí. Entre ellos incluiría al polaco Gombrowicz (que sólo metafóricamente ha pasado ante mí), al que he leído algo más que al zamorano. Sus libros son talismanes, amuletos simbólicos de difícil comprensión.

Después de este paseo después de almorzar al borde del río seguimos nuestro camino. Hicimos noche en Zafra, provincia de Badajoz. La toponimia de mi itinerancia veraniega es una de las cosas más hermosas de este verano tan castizo, alejado completamente del exotismo. Los dos saltimbanquis que me acompañaban hicieron sus piruetas y cabriolas en las camas del hotel. Para eso sirven los hoteles, y para los baños de espuma. Mientras tanto éste servidor de ustedes y ella miraban, derrotados por el cansancio, el techo. El techo de una habitación de hotel puede ser una cosa muy triste, pero también muy prometedora. Cada día doy por mejor empleado todo el dinero que la troupe tiene que gastar en hoteles. No voy a dar detalles de lo hermosas que son las dos plazas de Zafra, la grande y la chica. Sobre todo por la mañana temprano, antes de que se monten las terrazas de los bares.

Mientras mis artistas dormían dí un largo paseo matutino, que me llevó hasta la biblioteca municipal y la churrería. Por lo que aquí nos trae: allí empecé a hojear el último número de la revista Quimera (Julio-Agosto 2009) con un dossier de cuentos quiméricos, entre los que hallé a algunos autores de la blogsfera letraherida y me detuve en uno de Antonio Jiménez Morato, que enseguida salí a la calle a fotocopiar. El cuento se titula "Recogida de equipajes" y cuenta en primera persona cómo el equipaje de un pasajero de avión se extravía y llega a un aeropuerto diferente que su dueño, o bien es el viajero quien está en el lugar erróneo.

A todos los escritores y a todos los lectores nos entusiasman los vasos comunicantes en el ámbito literario.
Primero: Ángel Petisme acaba de publicar en Hiperión el poemario titulado Cinta transportadora, VII premio Claudio Rodríguez, en el que en el poema con el mismo título dicen unos versos:
“Mi corazón es un fósil astral.
Una maleta no reclamada
que gira en la cinta transportadora.”
Ésta es la primera frase del cuento de Antonio Jiménez Morato: “Lo más parecido al abandono es contemplar cómo van saliendo todas las maletas del vuelo por la cinta de equipajes menos la tuya.”

Pero lo que más me gusta de todo esto es (vanidad) que en este asunto también me reconozco como escritor.

Me explico. Mi hijo pequeño, uno de los saltimanquis de antes y una de aquellas cuatro personas en su asiento, tiene ya tres años y medio y unos días antes de que naciera mi suegra voló de ese noroeste hasta este sureste para estar en esa circunstancia. Con tan buena fortuna para mí que le perdieron la maleta. Con esa anécdota como excusa escribí unos días después un relato que titulé "Extravíos", que colgaré en la próxima entrada. Porque a los escritores les pasa por la cabeza lo mismo que a cualquiera, que a cualquier escritor. ¿Cuántos cuentos no habrá por ahí con este asunto como argumento?

Finalmente llegamos a nuestro destino, unos más cansados que otros. El de dentro de la barriga imagino que flotando a su rollo, todavía más flipado que yo mismo, que flipaba por los prodigios que había tenido la oportunidad de contemplar en ese viaje.

domingo, 9 de diciembre de 2007

El terrorista bueno


Hace ya unos meses intenté subirme a un avión con un explosivo camuflado como mermelada. Me confiscaron los cuatro botes y una vez en el avión decidí que aplazaba su secuestro para otra ocasión. Por fin ésta llegó el viernes pasado. Pasé un alambre en forma de percha y las instrucciones bajadas de internet para convertirlo en un arma convincente. Una parte importante de mi mundo fantasioso se gestó con el personaje de McGuiver, que era capaz de transformar un clip en una llave maestra. Sin embargo, de nuevo fracasé. Me tocó ir en el asiento de enmedio, y en el del pasillo una de esas ancianas francesas hincó la frente sobre sus rodillas y no fui capaz de saltarla por encima e ir a buscar la percha, con la que pretendía desviar el vuelo a un lugar quizás más exótico que los castizos madriles, adonde, si nadie lo remediaba, me dirigía para asistir a una boda.
Las medidas de seguridad para acceder a los aeropuertos no son capaces de intimidar a los terroristas buenos como yo. Me paso los vuelos imaginando distintas formas de dirigirme a mis compañeros de pasaje para anunciarles que mejor que el destino al que nos dirigimos sería, por ejemplo, aterrizar en Atenas. En fin que llegué con mi señora a Barajas. Si soy bueno no es por otra cosa que porque el 90% de lo que pienso no lo practico. La bondad en mi caso es una elección, que, por otra parte, no sé si va a durar mucho.
He dicho mi señora porque ya tengo edad para ello. Lo que no tengo es cabeza para tener una señora. Bueno, sea como sea, ella y yo cogimos el metro y llegamos adonde teníamos que llegar para cambiarnos de ropa. Yo me puse un traje negro y adopté perfil de enterrador, de asesino eficaz. Ella se puso uno de esos vestidos globo, que luego camufló bajo un abrigo. En la recepción parecían estar acostumbrados a todo, así que nadie se sorprendió por nuestras pintas. Fuimos a comer a una de esas tabernas en las que siempre hay oreja y torreznos. Y después ya casi que era la hora. Teníamos que llegar a la iglesia de San Antonio de la Florida. Por el camino mi señora, digo, ella, y yo nos preguntábamos si veríamos las pinturas de Goya.
El metro es un lugar en el que un terrorista bueno lo primero que hace es comprobar si las papeleras han sido selladas. Luego estudia con disimulo la disposición de las cámaras de seguridad. En el metro, ella y yo. A mi señora le prestaron un abrigo de otra época. Para cuando hacía más frío en Madrid. Así que se echó a sudar en el metro. Ella porque tenía calor y yo porque, aunque sea bueno, los terroristas siempre sudamos en las ratoneras.
La celebración fue en un hotel con un portero vestido de lacayo del 19. Es de agradecer encontrar de vez en cuando manifestaciones así de elocuentes de lo que significan las categorías. Lo refuerzan a uno en ese mundo interior de absoluto terrorista. Ni bueno ni malo.
Muchas amigas de la novia eran azafatas y estaban muy buenas, así que el terrorista bueno se reconcilió con el mundo y sus disparidades, diferencias y desigualdades. Le ayudó además el whisky.
De vuelta al albergue, donde ella y yo compartíamos habitación con cuatro muchachos ahippiados, nos reímos un buen rato de todo y de todos. Pero sobre todo de nuestros aspectos, a la par que nos encontrábamos muy guapos y muy buenos, ella como ella y yo como terrorista.
Las pinturas de Goya representan el milagro de San Antonio de Padua, en el que el santo resucita a un muerto en Lisboa. Alrededor de este motivo una serie de personajes de la época con trazos más o menos gruesos, muchos abocetados: le gente corriente y moliente, los tipos de la calle. De ese modo, ir a Madrid volvió a ser un curioso placer. La cola para comprar lotería en Doña Manolita tenía una cuantas decenas de metros. Al lado, en la casa del libro, dí con otra historia que seguramente no leeré nunca: Manual del perfecto terrorista de Mathias Enard. Sonreí con suficiencia.

domingo, 2 de diciembre de 2007

La cocina al público


Hace unos años me gustaba un restaurante de especialidades asiáticas, con abundancia en las filipinas, en el que los cocineros preparaban los platos a la vista de los comensales. Te aupabas a un taburete y te asomabas a una barra circular que servía de mesa, dentro de la cual había unos tipos ágiles y sudorosos, barbilampiños, muy morenos, que con aire de piratas temerarios se acercaban, armas en ristre (cuchillos y trinchadores), y en la plancha que te correspondía preparaban la comida en tu misma cara. Hasta que un buen verano, en una de esas campañas de promoción veraniega, los chicos etarras decidieron que el lugar era idóneo para colocar una bomba. Una zona turística y masificada, que a pesar del empeño de todo quisqui en afear, conserva todavía cierto encanto. La bomba explotó. Cuando regresé al lugar, los piratas se habían marchado, supongo que a cocinar en parajes con menos sobresaltos y con la misma cantidad de ladrillos. Echo de menos aquel rincón. Era muy entretenido y curioso ver la manipulación, el corte y la preparación de lo que encargabas para comer en aquellas manos expertas. No sé por qué (o sí que lo sé y lo digo por mera figura de la retórica), pero esto del blog es un poco como esa forma de cocinar.
Veamos.
Un blog es un espacio óptimo para el diario, sea del tipo que sea. En un blog se puede contar, por ejemplo, ya que hemos empezado hablando de una manera curiosa de comer y de cocinar, que anoche estuve en una cena benéfica. Mi primera vez. En favor de una asociación que se ocupa de traer en verano niños bileorrusos afectados por la contaminación de Chernóbil. La comida fue lo de menos. Ya lo dijo un humorista invitado:
-¿Cómo habéis comido? ¡Bien! Me alegro, porque ¡pagar lo mismo por comer mal!
Un escritor metaboliza todo lo que come en argumento para escribir. En las fechas que se acercan habrá multitud de ocasiones para ello. Comidas y cenas en el trabajo, con familiares, con amigos. La ocasión nos la pintan calva para relatillos con la mesa como punto de flexión. ¿Inflexión? ¿Sí?
Anoche hubo, aparte de un documental sobre los niños bielorrusos y la asociación que los acoge, dos humoristas sobre el escenario. Uno de ellos llevaba 12 años sin actuar, 12. Y se le notaba. No por lo que dijo su presentador sin ningún empacho:
-Reíos aunque no os haga gracia. Que luego se ríe uno de cualquier cosa que no la tiene. Celestino lleva 12 años sin subirse a un escenario y esta noche está aquí por la asociación y por los niños.
¿Celestino al alba? Me pregunté mentalmente. Los escritores lo metabolizamos todo en la misma dirección.
A Celestino las dos décadas y pico fuera de la circulación se le notaban, porque, aunque tenía gracia (si como a mí, te gusta también la sal gorda), su humor era absolutamente incorrecto. Personajes como el borracho-gangoso, el gangoso-pedorretas, el mariquitasúcar, el cateto y Antonio Gala. Al final aplaudimos sin que mediara la compasión. El humorista estrella hizo de niño, otra figura con la que ya ha llovido sobre mojado, desde que Tony Leblanc le pusiera a los zagales voces de imbéciles.
Al final lo pasé mejor de lo que yo creía que una cena benéfica podía dar de sí. Supongo que la culpa se la podría echar a mi metabolismo, que empieza a conducir este blog como diario de mi vida social. Vale.
No obstante, no quiero que la cosa se quede sólo ahí. Un escritor quiere escribir siempre. O bien un escritor no quiere escribir nunca. Más o menos, más o menos, repito, sólo más o menos, viene a ser lo mismo. Así que este blog también puede ser como la cocinilla del escritor. Y ya que puede ser la cocinilla, me digo pensando, por qué no es la cocina. Es decir, por qué no hago en este blog lo que hacían aquellos piratas malayos con los trinchadores. Por qué no cocino un poco a la vista del público.
Y de ahí es de donde surge la idea del relato Fotos, del que ya he publicado aquí dos entregas.
Se trata de ir escribiendo, ir publicando e ir sabiendo lo mismo que los lectores y no tener posibilidad de dar marcha atrás para rectificaciones.
A lo dicho, pecho.
Pues eso, que además como crónica de mi exxxperiencia sólo me queda contar lo que he hecho esta mañana.
Mientras esperaba que mi mujer saliese de una obra de teatro infantil, a la que finalmente ha tenido que ir sola, porque Santiago (el mayor, 4 años recién cumplidos) la ha dejado colgada, yo he estado paseando con Pablo (el pequeño, 20 meses).
Nuestra suerte ha sido inmensa. La calle también estaba llena de teatro: actuaciones callejeras de música, estatuas humanas y el rosario de Nra. Sra. de los Remedios y del Stmo. Niño del Rosario.
Algunos de mis mejores amigos de vista iban en la procesión con un gran cirio encendido. Como amigos de vista me refiero a esos con los que quizás nunca he cruzado más de una palabra o dos, o ninguna, pero que por alguna razón me son especialmente simpáticos a fuerza de coincidir con ellos en mis vagabundeos, solo o con la troupe, con la que a veces hago las giras.
Allí iban, sin ningún tipo de prejucios, a la cabeza, velón en mano, disfrutando de la ciudad y de la oportunidad de ser contemplados por todos los mirones, el viejo que me vende los cigarrillos sueltos, el charlatán para sí mismo, el hombre de los abrigos superpuestos y la vieja de los collares.
Al otro lado de la acera, entre los curiosos, había una chica con el pelo negro muy corto y dos mechones largos de color rojo. Iba con un compañero de larga melena azabache. Los dos de luto, muy pálidos y entristecidos bajo la luz solar. Onda siniestra.
Ey, me dije, ahí está. Pensé que muy bien esa podría ser mi chica desaparecida en el relato Fotos.
Qué suerte no poder ir atrás para corregir, he pensado después. Porque lo mismo me hubiese dado por añadirle esas dos guedejas rojas a mi heroína. Y maldita la falta que le hace.
Como la cocina al público, la literatura a veces pide que se le muevan los ingredientes con cara de temerario. De pirata.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Este hescritor, el alcohol, el tabaco y la literatura.

Anoche salí con unos colegas. Hoy he estado todo el día perjudicado. Bebí bastante y fumé lo suficiente como para que las autoridades sanitarias puedan descontarme un mes o dos del tiempo de vida que me suponen estadísticamente. Antes de salir de casa yo ya sabía más o menos lo que iba a pasar. Estos amigos se han criado en bares de barrio y cuando estoy con ellos penetro por los corredores de vidas muy poco ejemplares o edificantes, pero reales. Les importa un carajo si tengo un blog o me quemo las pestañas escribiendo todas las tardes. Más bien les sirve para tomarme el pelo. Llamemos a uno de ellos X. A otro Y. Otro será W. Y también habrá uno Z.
X trabaja, cuando tiene trabajo, como cartero-motorista y antes fue fotógrafo de la BBC (bodas, bautizos, comuniones). Anoche me contó que esperaba la retirada del carnet durante ocho meses, porque lo habían pillado conduciendo como una cuba. Hacía unos días había perdido la cartera en un prostíbulo y estaba encantado con las putas. Se habían quedado con el dinero y la habían enviado a la oficina de objetos perdidos. Del último bar en el que estuvimos X se marchó incómodo, porque en alguna ocasión anterior lo habían echado a la calle y nada más llegar esta vez, un conocido le preguntó si venía bien como para quedarse. Pensé que se levantaba para ir al servicio, pero desapareció. X, como sabe de mi afición por la literatura, a veces me habla de la novela negra y de Chandler, del que creo que no habrá leído más allá de un par de capítulos de alguna de sus novelas. X tiene un largo y sedoso pelo que se recoge en una coleta, que dice que lleva, entre otras cosas, para suavizar la contundencia de unos mofletes que son como dos buenos mantecados en la cara.
W compagina su dilatada vida de estudiante más allá de los 35 con esporádicos trabajos de guardia y vigilancia. Tiene buena mano para las caricaturas y toda su vida amorosa se ha desarrolado gracias a las modernas tecnologías de la comunicación. Anoche se retiró pronto para chatear con su última cibernovia: una colombiana casada con un policía y madre de tres niños. W es una mezcla física de Maichel Caine y Tom Hanks. En estos momentos anda buscando a alguien que quiera viajar con él a Colombia, pero teniendo en cuenta la profesión a la que se dedica el marido de su novia y las noticias sobre la violencia que nos llegan de ese país, su proyecto nos ha impulsado a organizarle unos funerales como despedida, si finalmente se decidiera, esperemos que no, a hacer el viaje. W vive sus días en las bibliotecas públicas, preperando parciales que tarda en aprobar. Según confesión propia ha leído a Marx, cosa de la que ninguno de los demás podemos presumir.
Y es maestro y disfruta él solito de una clase de primero de primaria con 25 ejemplares de futuros ciudadanos. En la última semana uno de sus alumnos le robó el teléfono móvil y otro lo mandó a la mierda. Lo que más le gusta a Y es el fútbol, y como seguidor del Atlético de Madrid, vive con cierto aire estoico las derrotas y también las victorias, tanto de su equipo como personales. Físicamente Y es el doble de Faemino.
Z acaba de tener un hijo con una de las mujeres más feas y antipáticas que yo habré conocido en mi vida, pero que ha conseguido que él dejase las malas compañías y una afición desmedida por todo tipo de estupefacientes. Z es, sin duda, el tipo más divertido en una barra de bar de todos los que yo pueda llegar a conocer. Se sube la camisa, enseña la gran cicatriz que le cruza la barriga y te cuenta la gran cantidad de mujeres que se la han besado.
También estuvieron A y B, cogidos de la mano, la pareja del momento. A es teleoperador, aunque está licenciado en Filología Hispánica. Un romántico, que siempre ha hecho uso de los versos de Pedro Salinas para intentar conquistar, sin éxito final, a las mujeres que le han gustado, hasta que apareció B, con la que forma una pareja que recuerda esas historias de periquitos inseparables.
De un bar en otro anoche recorrí una vez más las callejones con sombras y claridades del barrio en el que crecí. Para llegar a su corazón sólo me fue necesaria la compañía de quienes os he presentado y las llaves que abren esas puertas del alma: cigarrillos y alcohol.

viernes, 16 de noviembre de 2007

El escritor y sus habichuelas

Desde que el otro día me referí a uno como escritor con h, debido a su naturaleza mitológica, me quedo con las ganas de seguir escribiendo hescritor, ya que la palabra con ese aspecto sale ganando en empaque e ironía, como el individuo que se atreviera a viajar en metro con ropa de calle y un reluciente bombín en la cabeza. No obstante, me voy a cortar un pelo. Se empieza por ahí y lo que sigue es quitarle la h a las habichuelas, por humildes. Un paso más allá empieza la ruina ortográfica. Cosa que, espero que quedase clara en la entrada anterior, no queremos.
Un inciso antes de seguir con lo que vamos.
¡Qué hermosa es la palabra ruina, ¡verdad? ¡Qué romántica! En cierta ocasión quise concertar por teléfono una cita para visitar unas ruinas romanas y al otro lado alguien se molestó. Yacimiento arqueológico, me dijo. En ese caso me hace usted dudar, le contesté. Tenía pensado hacerle el amor a mi novia entre ruinas. Pero la cosa cambiaba con un yacimiento. Dudé un instante y por fin me decidí. Probemos, pensé.
Igual que entre ruinas.
Ea, pero a lo que vamos. A lo del título.
Los escritores han de ganarse, hemos de ganarnos, las habichuelas para poder escribir. Como todo hijo de vecino. Hace unos día tuve noticias de un escritor que vive de una barbería en su pueblo. Qué envidia sentí, Dios mío. Una de esas envidias gratuitas y simplonas. Hay escriotres, supongo, que conducirán autobuses, otros serán médicos, taxistas, profesores, empleados de banca, ingenieros, funcionarios municipales. De todo habrá. En mi caso, quizás lo sepáis ya, me dedico a la enseñanza. También es corriente hallar escritores entre los periodistas. De todos estos, muy pocos llegarán a vivir alguna vez exclusivamente de la literatura. De los libros que escriban.
Supongo que esto de no poder vivir de la literatura no es tan malo. Y también supongo que será estupendo vivir únicamente de la literatura.
He observado que de un tiempo acá hay bastantes escritores que se dedican a la gestión cultural, a la edición o a actividades relacionadas con las políticas en torno a la escritura y la lectura. Han aparecido además fundaciones y becas que fomentan la creación literaria. Supongo que todos los caldos de cultivo para que surjan escritores van a ser siempre pocos. El modus vivendi es muchas veces la atalaya desde la que las personas se asoman y se relacionan con el mundo. Y creo que un escritor-médico será diferente de un escritor-empleado de una aseguradora o de un escritor-cabrero.
Nuestro actual ministro de cultura es escritor y escritora es la exdirectora de la Biblioteca Nacional a la que le robaron unos mapas.
Los escritores han de ganarse la vida. Como todo hijo de vecino.
También habrá escritores en el paro, ¡cómo no! Pero los oficios de los escritores, decía, les sirven de ventana al mundo. Más que nada porque ser escritor no es redactar pregones, sino mantener una postura en la vida. Yo soy muy pesadito con el punto de vista. Hoy día cuando queremos que alguien nos conozca, nos presentamos a través de nuestras actividades, intereses, profesiones, estado civil, o por el estilo. Pero a pocos se les ocurre decir aquellas cosas que prefieren no hacer, aquellos carguillos a los que no aspiran, aquellos ascensos que desprecian. El otro día un chacho de 83 tacos me confesó que había pensado sentarse a escribir, que más o menos ya estaba preparado. Qué hermosa obra por escribir, pensé. Pero supongo que él piensa lo contrario: Qué hermosa obra por dejar de escribir. No acaba de decidirse.Me picó la curiosidad y le pregunté a qué se había dedicado hasta su jubilación:
-Prefiero no tener que decírtelo, me dijo.
Y me pareció bien.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

El hescritor, su ortografía y la de los demás


Supongo que la mayoría de los escritores sin h poseemos un discreto y encantador cofre, que contiene el tesoro de un collar de cuentas, fabricado por una serie de faltas de ortografía, que nos acompañan con doméstica singularidad. Eufemísticamente les damos el nombre de erratas. O lapsus. O descuidos. En mi caso, para no tener que ir a casa del vecino, me hago un lío con rallar y rayar. Tampoco sé exactamente si lo que hago con el periódico es ojearlo, hojearlo, ambas cosas, o delito mayor. Y no digamos de ciertas tildes que me hacen zozobrar y salir corriendo al diccionario. Invariablemente yerro. Invariablemete acierto, pero dudo. Qué más da.

El caso es que la ortografía es un animal de hermoso pelaje, no obstante híspido. En cuanto te sale la ternura y le acaricias el lomo, te arañas la punta de los dedos. No otra cosa le ocurrió a ese monstruo que se llama García Márquez, al que podríamos llamar escritor con h, por esa naturaleza de fábula que posee. En el año 1997, en el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española, en Zacatecas, hizo un discurso muy hermoso, muy vivo, titulado “Botella al mar para el dios de las palabras”, y en él se atrevió a proponer una simplificación y humanización de la gramática. Más tarde, en vista de las reacciones, de los nervios, declaró en una entrevista: “Además, mi ortografía me la corrigen los correctores de pruebas (...) Si cometo pocos errores gramaticales es porque he aprendido a escribir leyendo al derecho y al revés a los autores que inventaron la literatura española y a los que siguen inventándola porque aprendieron con aquellos”. Y añade: “El deber de los escritores no es conservar el lenguaje sino abrirle camino en la historia. Los gramáticos revientan de ira con nuestros desatinos pero los del siglo siguiente los recogen como genialidades de la lengua. De modo que tranquilos: no hay pleito. Nos vemos en el tercer milenio”.

Tercer milenio. Aquí y ahora.
Cada día es más corriente ver faltas de ortografía en periódicos, en libros de editoriales muy prestigiosas, en portales de internet dedicados a la literatura y a la edición, en manuales de cualquier tipo. Para los que nos dedicamos a la enseñanza es increíble comprobar cómo nuestros alumnos todavía nos sorprenden con una inventiva del error a prueba de cañonazos. Si además uno es escritor, ha de sufrir en carnes propias el dicho, en casa del herrero cuchillo de palo. ¿Quién está libre de la falta ortográfica, de ese estigma? Si hay alguien, que me arroje su diccionario a la frente.

Los puristas de la lengua, los vigilantes, los apocalípticos, se llevan las manos a la cabeza y luego las levantan al cielo. Vivimos en una época de decadencia cultural. En sus tiempos esas cosas no ocurrían. De modo que se agarran a la ortografía como si fuera una cachiporra para asustar a los niños y humillar a los adultos. Aquel que, habiendo pasado por la escuela sin hacerle caso a la ortografía, sentirá, cuando sea mayor y tenga que hacer un escrito, como si llevase las manos sucias en un convite, y no se atreverá a sacarlas de los bolsillos.

Pensemos un segundo: ¿Cómo reaccionamos ante la detección de una falta de ortografía?
A mi modo de entender muy pocas veces bien y muchas veces mal. He sido testigo de ambos procederes:
Alumnos que corrigen a sus compañeros con sorna: Hala, sin h, ha puesto hombre sin h. A los pocos minutos cometen ellos su propio y garrafal fallo.
Profesores que hacen un inventario jocoso de burradas: Mira, mira éste, ha escrito “inbierno”. Siempre le encuentro la gracia al disparate y nunca me mueve a mofa.
Ayer mismito fui testigo de cómo un miembro asiduo a los tribunales de oposiciones se jactaba de que bajo su criterio corrector no aprobaba nadie con faltas de ortografía. Es decir, el tipo está orgulloso de ejercer el control social en el acceso a un puesto de trabajo, no a través de los conocimentos de la disciplina en cuestión, sino a través de la ortografía. Pobre García Márquez si para ser escritor hubiese opositado.
Aprendices de escritores a los que se les señala la oportunidad de cuidar la ortografía y la desprecian olímpicamente.

Decididamente mal. Muy mal.

Veamos el recto proceder:
En estos años de escritura internáutica en más de una ocasión algún lector me ha señalado sin aspavientos una falta ortográfica o gramatical. La he corregido.
Conozco asimismo profesores que actúan del mismo modo con sus alumnos, con aséptica escrupulosidad. Los pupilos rectifican.

Sin embargo: ¿Por qué el campo ortográfico es un territorio de rencores y humillaciones?

Sin retórica: porque la puñetera ortografía es el varapalo contra el débil y el ignorante. Contra aquel que social o intelectualmente es percibido como inferior. La ortografía es, ha sido, las uñas sucias del trabajo manual y la escasa o nula preparación académica. ¿Por qué, si no, sentimos vergüenza ajena, cuando detectamos en otro un error ortográfico y las circunstancias no nos permiten actuar como correctores, más o menos bienintencionados?

La ortografía española se fijó en el siglo 19 y ya en 1843 un grupo de maestros madrileños quiso simplificar sus reglas y suprimir la h, la v y la q entre otras. Reformas semejantes a las que había propuesto el americano Andrés Bello, que insistía en el uso de una letra para cada sonido. Como bien sabemos nada de esto prosperó.
A la postre, la ortografía y la gramática fueron ciencias de muy poca exactitud y mucha complejidad.

Siglo 21. Tercer milenio. Aquí y ahora.
Los errores ortográficos van en aumento. Los lapsus. Las erratas. Las barabaridades. Lo que ustedes quieran considerar.
Los jóvenes aprenden códigos expresivos llenos de creatividad lingüística ajenos a la ortografía, a través del uso de cachivaches tecnológicos, que los sesudos gramáticos ven como armas de Lucifer. Yo mismo me veo anclado a la conservadora ortografía. Pero habrá que soltar las amarras. A lo mejor reivindicar una escritura más razonable, más humana, menos etimológica.
Además, la publicidad utiliza el reclamo de los deslices, de las innovaciones y excentricidades ortográficas. Las palabras se convierten también en iconos: Obsessión, Poezía, Exxxperiencias.
Sobreviene lo que algunos llaman caos. Surgen las teorías apocalípticas. Esto es el acabose ¿o el acabóse? Las manos se levantan al cielo.

Pero a mí me surge una duda: ¿Por qué nos paramos tanto en la ortografía, por qué no le pedimos un sentido al discurso, un sentido diferente a lo manido, a lo consabido, al modo de expresarlo, al punto de vista? ¿Por qué esa obsesión por lo correcto? ¿No será que le damos más importancia a las formas que a la calidad del serrín que nos rellena la mollera?
Por supuesto, si alguien detecta alguna falta ortográfica en lo escrito hará bien en comunicármelo, se lo agradeceré. Sin más. Según mi exxxperiencia.

sábado, 3 de noviembre de 2007

La vida y sus moralejas a un euro


Anoche dejamos a los niños con mis padres y mi mujer y yo fuimos al cine. Vimos una película de miedo, luego buscamos donde cenar algo y después nos tomamos una cerveza en un pub, que me gusta porque le han pasado treinta años , así como a su dueño, y no ha perecido con ninguna moda. Las ha soportado todas. También su dueño. Su pelo encanece más rápidamente que el mío. Lógico, ya que me lleva los años suficientes para que no sea de otra forma.
Un tipo se me acercó y me dijo:
-¿Antonio?
Lo reconocí enseguida, pero no recordaba su nombre.
-Sí, perdona, ¿cómo te llamabas?, le dije, al tiempo que le estrechaba la mano. Nos alegrábamos de vernos, podía apreciarse en nuestros rostros sonrientes.
-Claro, son tantas caras.
-Te dí clase en Campanillas, le dije, para que se diese cuenta de que realmente me acordaba de él, pero hace ya muchos años que me fuí de allí, apostillé.
-Victor. Victor Serrano, me dijo.
Antes de que me diese su nombre, un flash me iluminó la mente al recordar con exactitud su caso. Doce años atrás se había presentado a los exámenes de Setiembre acompañado por su madre, que me pidió que, aunque su hijo no iba a hacer gran cosa, lo aprobase para que se pudiese presentar a las pruebas de acceso a la policía municipal. En este tiempo había perdido pelo. Comparé mentalmente mi pelambrera con la suya y me alegró advertir que lo que en mi caso era un ligero avance de las entradas, en el suyo era un notorio clareo en el cartón. De hecho en la época en la que fuimos pupilo y profesor, él llevaba melena larga a lo Gun&Roses, y yo greñas, esa madeja residual de los estudiantes de letras, de la que me deshice con el tiempo por un corte algo romano.
-Estás igual, me dijo. Siempre se alegra uno a partir de cierta edad de estar igual, o al menos de que los demás se lo digan a uno. A ver hasta cuándo dura.
-Aunque noto, dijo, mirando a mi mujer con cierto aire de complicidad, una mano femenina. Siempre ibas a clase con las camisas arrugadas y por fuera.
El caso es que en ese momento mi camisa seguía yendo por fuera del pantalón y lo que conservaba de su planchado no se lo debía a mi mujer, sino a Toñi, a la que me niego llamar asistenta o por el estilo.
-Tú sí que vas elegante, le dije. Cosa que era absolutamente incierta. Llevaba dos pendientes brillantes y cuadrados en las orejas, una camisa gris de brillo muy ajustada al cuerpo, una corbata relumbrante como la camisa con el nudo flojo, los pelos ralos de pincho y unas muñequeras de imitación de uno de esos diseñadores horteras y muy caros.
-Tú te querías ir a la policía, ¿no?, le pregunté.
-Me fuí a la guardia civil, me dijo.
Recordé en ese momento, no obstante, que, en aquella época en la que fue mi alumno, se empeñaba en que lo llamase Axel, como el cantante de Gun´s and Roses. Seguía siendo un pirado. Era a todas luces evidente el rastro que las drogas habían dejado en sus ojos, en sus maneras y, sobre todo en sus explicaciones:
-Yo aprobé por los pelos y me mandaron a Tenerife, dijo. Y añadió:
-Allí dí con un sargento que estaba loco y o yo le pegaba un tiro a él o él me lo pegaba a mí.
En ese instante se me hizo presente que como alumno mío estuvo un año más en el instituto con mi asignatura sola colgada, ya que la intercesión de la madre no fue eficaz. Pensé que a mí también habría tenido motivos para odiarme. O para pegarme un tiro.
Desde la puerta su amigo empezó a meterle prisa.
-Para no buscarme una ruina, me dí de baja, baja total, con el sueldo completo. Estoy jubilado.
-Coño, el sargento no se llamaría Vega, le dije, sin otro propósito que establecer una alianza de comprensión con aquel hombre que había tenido que soportar semejante paquete.
-No. Así que tengo 32 años y llevo jubilado desde los 28.
Desde la puerta el otro lo apremiaba, así que levantando la mano dijo estas últimas palabras de camino hacia la salida y nos dejó a mi mujer y a mí con dos alforjas repletas de dudas, que intentamos resolver con suposiciones mientras volvíamos a casa en coche.
Al despertar esta mañana e ir al cuarto de baño no ha sido esta la primera historia que se me ha venido a la cabeza. Había un corte de luz. Como casi todos los domingos por la mañana últimamente, provocado por las obras del metro. No he sido capaz de entrar a oscuras y he abierto la puerta con la vana esperanza de que la claridad de fuera lo iluminase. Tampoco había agua, claro. Como la necesidad de entrar era perentoria, he tenido que vencer mi prevención de encontrarme con un fantasma allí. Y puesto que mi mujer seguía en la cama me he sentado en mi trono de rey auténtico con la puerta de par en par. Ahí he pensado en Victor Serrano: he repasado sus palabras, su atuendo y sobre todo el dato de su jubilación. En estos doce años alguna vez me había acordado de él, más en concreto de su caso. Por primera vez en mi vida he sentido una solidaridad inquebrantable con un sargento de la guardia civil.