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lunes, 26 de marzo de 2012

Esther García Llovet, 3



Este dibujo es de Pablo Gallo

8. Pues bien, ¿y cómo es que has seguido escribiendo después de cada uno de tus libros?

por qué sigo escribiendo: porque contrariamente al carácter irreal que parece que los lectores encuentran en lo que escribo escribir me ayuda a enfocar la realidad, a detenerla. como que la de-le-tre-o.

9. ¿Cómo y cuánto reescribes?

cuánto reescribo: escribo tantos borradores como editoriales rechazan el borrador enviado. me parece supersano, moderno, no sé. reescribir es como enviar al libro a correr una triatlón, cada vez más flaco, cada vez más lejos.


10.¿Podrías contar un poco cómo eliges los nombres de tus personajes? ¿No te parece muy arriesgado llamar al protagonista de Las crudas Esmiz?

los nombres de los personajes: los pillo en los títulos de crédito de las películas. cuanto más al final de los títulos, mejor; los técnicos suelen tener nombres fantásticos y poco creíbles. como de actor porno. esmiz es smith, tal como lo pronunciaría perica, la chica salvadoreña, aunque de hecho nunca llegue a decir su nombre (precisamente).

11. ¿Y un poco sobre los títulos, cómo los eliges, si pueden cambiar en el transcurso de la escritura y qué pistas quieres darle al lector con ellos?

los títulos. generalmente los trabajo muy al final, surgen un poco por sonoridad, por una palabra que me gusta o me llama la atención. entonces fuerzo algo en el texto para que cuele y ya está.

12. En tus novelas no se teoriza sobre ningún asunto. Como mucho los personajes sentencian brevemente desde su experiencia y asumen las consecuencias de sus actos o elecciones. ¿Cuánto de ética hay en ese mundo de híbridos y fronteras que te acompaña?

la ética: creo que es algo que debe practicarse en lo privado, si es que se practica. la discursiva ética o moral me interesa cero.

13. ¿Qué opinión tienes de internet, los blogs y las redes sociales en relación con la escritura, como espacios de creación y de promoción?

internet: están muy bien, los blogs, los twits, fb, las redes sociales, las kedadas. antes leía algún blog, ya no. si la pregunta es por qué no tengo blog, la respuesta: me resulta muy difícil contar cosas a gente que no conozco de nada.


14.¿Qué autores en lengua española que estén publicando en los últimos años te interesan?

autores que escriben en español: me gustaba el primer manuel vilas. félix romeo. sergio bizzio. ya dije saer. jon bilbao.

Muchas gracias, Esther, sé que lo que te voy a pedir no es de recibo, pero si tienes algún texto breve inédito, apunte o relato, y quieres facilitármelo, lo publicaré como colofón de la entrevista.
Muchísimas gracias de nuevo.

y gracias. no tengo ningún texto inédito, ni por aquí ni por allá. si fuera así te lo enviaría.
saludos!
e.




Las crudas es la última novela de Esther García Llovet, en Ediciones del Viento.

viernes, 23 de marzo de 2012

Esther García Llovet, 2



1. ¿Cómo y cuándo comienzas a escribir?

empecé a escribir hace unos quince años, cuando caí en la cuenta de que no quería dedicarme a la psicología clínica, que era para lo que había estudiado, y que aún así me llevó derechita a la literatura. recuerdo la cámara gessell, esas habitaciones con espejo unidireccional en las que veíamos a las familias al otro lado del espejo en las sesiones de terapia, con esa oscuridad rara como la del túnel del guadarrama, y pienso que no podía haber sido de otra manera. el primer libro que escribí era uno de relatos que se llamó "mirácoli", una cosa impublicable. la buena pregunta sería no cómo empecé a escribir si no cómo es que seguí haciéndolo.


2. En tus tres libros publicados hay una actitud semejante ante el material con el que trabajas: distancia, frialdad casi, cosificación de lo emocional, nula complacencia y destellos de una visión poética, con toques de malditismo, de eso que llamamos realidad. Escribes, pienso, para un no-lector, que no obstante ha de ser muy competente cuando se enfrenta a la lectura. ¿Con qué referentes has contado y cómo los has convertido en propios?

referentes: han ido cambiando. en el principio estaba bolaño y una vez que el verbo se hizo carne he ido encontrando otros, como por sorpresa. ahí están nicholson baker, william gaddis, juan josé saer, aira, gordon lish. hay unas "short fictions" de gordon lish que veo caer frente a mí como una liana que me lleva de un lado al otro de lo salvaje. como a tarzán.


3. ¿No se te ha acercado nadie del cine para llevar tus historias, o tus ambientes, a la pantalla? ¿Qué piensas sobre esa posibilidad?

no se me ha acercado nadie de cine. no diría que no. veo a christopher walken en todos mis libros, con una pistola en la mano, y soy feliz.


4. ¿Cuánto tiempo has tardado en escribir tus libros? ¿Cómo es tu rutina diaria cuando escribes?


tiempo que dedico: escribo todas las mañanas, pero muy poco tiempo, una hora o media hora más como mucho. me meto muchísima prisa en escribir entonces, porque tengo la creencia un poco simple de que si escribo rápido se lee rápido. en realidad creo que sería una estupenda enfermera de urgencias. no lo descarto.
en escribir un libro sin embargo me gusta tardar mucho, muchísimo, es una cosa muy rara y muy fascinante ver cómo va cambiando una historia. es como ver a un transformer, ahí, en tu casa. lo disfruto enormemente.



5. La geografía fronteriza, los paisajes desolados, el mestizaje, los ambientes cosmopolitas, el fetichismo, la distorsión, son elementos que manejas con una solvencia metafórica muy precisa. ¿Pero de qué? No son simples tópicos. Siempre consigues una vuelta de tuerca más, un deslizamiento que nos lleva a algo más impreciso. Queda esa ambigüedad. ¿Qué se nos está contando?

creo que si supera a ciencia cierta lo que quiero contar no lo estaría haciendo.


6. Las críticas de todos tus libros han sido excelentes. Personalmente creo que eres uno de esos pocos casos en los que el elogio crítico va parejo a la experiencia de la lectura. Vamos, que uno no sale decepcionado del libro. También es verdad que necesitas lectores dispuestos a asumir riesgos, a querer andar a tientas a veces, que no tienen necesidad de ser tutelados por el autor. Hiciste unas declaraciones para la revista Qué leer en las que muy valientemente diste un número muy menguado de cifras de ventas. ¿Ha cambiado en algo la situación? ¿En qué tesitura te ponen esos resultados?

ventas de "coda": 700 ejemplares. ventas de "submáquina": 500 ejemplares. ventas de "las crudas": 200 ejemplares.


7. ¿Cuál es tu próximo proyecto literario?

proyecto actual. "cake", una novela negra que acabo en un par de meses. calculo un año más en encontrar editor, así que para el 2014.


jueves, 22 de marzo de 2012

Esther García Llovet, 1



Aquí


He leído los libros que Esther García Llovet ha publicado hasta la fecha, que son Coda, Lengua de Trapo, 2003; Submáquina, Salto de Página, 2009; y Las crudas, Ediciones del Viento, 2009. Todos me han planteado dificultades de entrada. El estilo de esta escritora es frío y distante, y el mundo de sus historias, desarrolladas en territorios de frontera, ambiguos, imprecisos, sufre extrañamiento, cosificación e hipertrofia. Es como si uno hubiese ido a caer a cualquier parte, mejor, como si a uno lo hubiesen soltado en cualquier parte y le hubiesen dicho: ahora te buscas la vida. Leer a Esther García Llovet es un riesgo. Sus obras apenas llegan a las 150 páginas. Uno sale por ahí, pasa la noche con gente que apenas conoce y regresa a casa. Uno tiene la sensación de haber vivido cosas reales, pero también irreales. Uno se pregunta qué fue lo que ocurrió anoche. Eso se pregunta uno cuando termina de leer esos libros: algo me ha ocurrido, pero qué. El lector ha de tener ganas de aventurarse en un territorio desconocido, nuevo, poco iluminado. No se trata de la aventura tutelada y paternalista del escritor que se adentra en los grandes temas a través de los mismos tópicos de siempre. Las obras de Esther García Llovet fundan unos tópicos personales por medio de la hibridación geográfica, cultural y emocional desde referentes cinematográficos y literarios que desmitifica y desubica. He dicho más arriba que todos sus libros me han planteado dificultades de entrada. Porque eran fiestas en las que aparecía de pronto, cuando ya estaban empezadas. Al cabo de unas páginas, ya era imposible escaparse. A lo mejor la fiesta tenía momentos muy buenos, a lo mejor la fiesta decaía en lo insustancial, pero quién quiere perderse lo que sabe que va a ser una fiesta. Con toda su emoción, con toda su decepción. Las historias de Esther García Llovet no dan lecciones de nada, pero nos ofrecen el espejo, el relato del discurrir de vidas al filo de una realidad que es más extensa de lo que algunos piensan. Al contrario que la mayoría de los escritores de hoy Esther no tiene blog ni esa presencia diaria y machacona en las principales redes sociales para que nadie se olvide de ellos ni por un instante. Tenemos la oportunidad de hacerle algunas preguntas. Con ellas esperamos poder llamar la atención de aquellos lectores que todavía no se haya aproximado a su obra. A ver cómo se nos da.

martes, 17 de enero de 2012

Entrevista a Alberto Olmos, 2


La foto es de Wolf Mario

-¿Hasta qué punto la imaginación es necesaria para un escritor? ¿En qué medida la usas tú combinada con otros ingredientes como la experiencia?

Siempre he oído decir que los niños tienen mucha imaginación, o que el hijo de alguien, según ese alguien o la madre de ese alguien, tiene, sí, mucha imaginación. Mi experiencia es que cuando los niños se ponen a contar cosas, supuestamente inventadas y fabulosas y fruto de su desbordada imaginación, apenas van más allá de la película de moda que vieron hace unos días o de volar por los aires asidos a sus ositos de peluche. Esa es la imaginación de los niños (o, al menos, la que yo tengo vista). Pues en los escritores, si me permites, sucede igual; muchos de ellos son niños que creen tener mucha imaginación, que aborrecen el "realismo" y que entienden que las noticias del periódico ya cumplen una cierta función narrativa, por lo que hay que inventar otros mundos, alejados de nuestra realidad. Sin embargo, esos "mundos" son siempre el Medievo más o menos mágico, unos dragones o unos selenitas, cosa vistas desde hace décadas o, incluso, siglos. A lo que voy es a que la "imaginación" no es un factor literario, sino un cliché social. Entiendo que la propia experiencia, que es también la experiencia de los demás, es el marco fatal de cualquier historia, y que incluso los que creen inventar o crear mágicamente o estar dejando atrás el vagón del metro escriben siempre dentro de sus coordenadas.


-Quedaste finalista de un importante premio literario, el Herralde, a los veintitrés años, con la novela A bordo del naufragio. En ella un joven, como tú mismo entonces, monologaba, o mascullaba, durante toda una jornada sobre sus inseguridades, buscando quizás un hueco entre la existencia de los demás. ¿Cambia algo en uno o en el mundo con el paso de los años?

Es casi indiscutible que uno no cambia, que el carácter –ya dijo el otro- es tu destino. Quizá la edad nos matiza, y la vejez nos indulta a todos. En lo que a autoría se refiere, siempre he pensado que uno suelta lo que tiene que decir burdamente en sus primeras obras, y luego va tecnificando su quehacer artístico y repitiendo los mismos temas, hasta llegar a una perfección formal vacía de contenido. Véase Almodóvar. De ahí que, llegada cierta mediana edad, algunos escritores o cineastas o músicos vean conveniente embrutecerse y volver a hacerlo mal, regresar a lenguajes desaseados, a la cámara en mano o a la guitarra barata a la que se le rompe una cuerda a mitad de concierto, porque en esas roturas de la profesionalidad hay un nuevo comienzo.


-En esa novela, A bordo del naufragio, aparecen algunas ideas que luego encontraremos en Ejército enemigo, relativas, por ejemplo,a la inamovilidad de las clases sociales, la pornografía como gratificación personal, los niños bien con conciencia social, etc. ¿Podríamos identificar al protagonista innominado de la primera con Santiago, el protagonista de la segunda, a los veinte años?

Podríamos como podríamos decir que todos los narradores de Javier Marías son el mismo narrador, y además Javier Marías. Sería una simplificación. También podríamos decir que el protagonista de La flaqueza del bolchevique es el protagonista de A bordo del naufragio, milagrosamente superviviente del final que le di y reintegrado en la sociedad en forma de consultor financiero. Creo que no son caminos de análisis muy perspicaces.


-En tus novelas tiene un papel muy destacado la mirada, mejor dicho el mirón, el espía. De hecho Tatami es la historia de uno, pero también la de una escucha, la de la joven que durante un vuelo atiende a lo que le cuentan. ¿Por qué en tus personajes los placeres casi siempre son solitarios?

Por un lado, tenemos tendencias creativas inexplicables: Rafael Azcona, por ejemplo, gustaba mucho, según decía, de juntar a más de cuatro o cinco personajes en una misma escena, cosa que a Hal Hartley no le salía, porque le bastaba con dos. Algunos escritores generan quinientas páginas para contar un entierro, y al final del libro ni siquiera se ve el entierro mismo. Otros, en cien páginas abarcan cienmil lances. Esto no es voluntario sino, como digo, una variable azarosa de la vocación. Por otro lado, creo que mi ánimo escritor se ve cautivado casi en exclusiva por lo que podríamos llamar -por pereza- zonas oscuras de la vida, situaciones retorcidas, dolores varios, sinsentidos. Obviamente he tenido grandes momentos de felicidad en mi vida, pero contarlos no me apetece nada. De hecho, tampoco me apetece leerlos. Cuando leo una novela en la que el personaje está encantado de sí mismo y nos narra sus éxitos, me aburro mucho y, en verdad, me parece una mala novela. Así las cosas, si uno es tan cándido de ver al autor en sus personajes, acaba pensando que Bret Easton Ellis sale por las noches a matar indigentes o que Fernando Vallejo es un tipo detestable; mi teoría es que si algún autor estuviera matando indigentes por la noche sería el que ha escrito una obra en la que "denuncia" la situación "intolerable" de los mendigos de su ciudad.


-¿Has imaginado en alguna ocasión tu carrera literaria en el futuro? Como mínimo supongo que habrás fantaseado con ella. ¿Qué perspectiva tienes de tu trabajo? ¿Te diriges a alguna parte?

He oído hablar de estas cosas, que me son completamente ajenas. Escribo una novela y consigo publicarla, y luego escribo otra. No tengo ni idea de lo que me espera del mismo modo que no sabía cuando empecé en Lengua de Trapo que algún día publicaría en Mondadori, y una novela llamada Ejército enemigo. Es la diferencia entre hacer un camino y hacer una carrera; también es la diferencia entre estar escribiendo y estar dándose importancia.


-¿Leer sirve para escribir? Da la impresión de que lees mucho, y con mucho vicio. ¿Le aprovecha a Alberto Olmos lo mismo que a Juan-malherido?

No estoy completamente seguro de que leer insaciablemente sea fundamental para escribir, ni mucho menos para seguir escribiendo. Seguramente muchos podríamos continuar haciendo novelas en la inercia de lo ya escrito, y con cuatro o cinco referentes insuperables que asumimos a los veinte años. Las novedades o los descubrimientos mantienen activa la máquina de pensar, y algunas veces de esas lecturas surgen ideas puntuales para una trama o un planteamiento técnico, pero en la mayoría de los casos, según acumulas años, la lectura no aporta nada a la escritura, salvo una cierta tonificación de la competencia verbal.


-¿Escribes alguna vez cuentos? ¿No te interesa el género desde el punto de vista creativo? Por la poesía no me atrevo a preguntarte.

No encuentro ninguna motivación para escribir cuentos. La idea de escribir un cuento perfecto, de 10 páginas por ejemplo, se me hace poca cosa, un logro que no colma mi egolatría. Esto, obviamente, no quiere decir que yo sea capaz de escribir un cuento perfecto, ni uno mediocre. Hablo sólo de puntos de partida, como esos empresarios que no aceptan proyectos por debajo de determinado presupuesto.


-¿Es el rencor un buen motor para la literatura? ¿Eres rencoroso desde un punto de vista intelectual?

Soy un rencor vivo.


-En tu primera novela ya se decía lo siguiente: “ahora hay mucho solidario, mucho concienciado, mucho francotirador de buenos sentimientos, y a la que te descuidas te montan el pollo social y reivindicativo.” (pág. 156). ¿Por qué cosas contribuirías tú a montar un pollo social y reivindicativo?

Hacer ruido se me antoja una pérdida de tiempo, aparte de una barrera de contención muy efectiva ante los cambios. "Montar un pollo" es inútil, aparte de una expresión trasnochada.


-¿Cuántos libros recibe Juan-malherido al mes?
¿Cómo son las invitaciones a su lectura y a una posible reseña?¿Qué hacéis con ellos?

No sé cuántos, pero no más de diez. El blog tuvo su momento receptor hace año y medio, y ahora son muchos menos los autores que me envían sus libros. Normalmente me escriben para pedirme una dirección postal y son muy amables; algunos, muy equivocadamente, me escriben usando el estilo de Mal-herido, lo que queda francamente grosero. "Eh, tío, lee esta mierda, cabrón", y así. No me gusta tener libros en casa, de modo que me deshago de muchos de ellos de una u otra manera.


-¿En qué empleas esa rutina de no escribir en que consiste tu rutina de escritura? ¿Cuándo te sientas ya va todo del tirón?

Para mí escribir es como dar conciertos o salir a escena: no puedes quedarte en blanco. Por eso doy el concierto o salgo a escena cuando siento -y no me preguntes cómo lo detecto- que voy a avanzar en el libro. Es una suma de serenidad, horas nocturas -porque el teléfono no suena, los coches no circulan, la gente no grita en la calle-, tensión creativa, desesperación porque llevas muchos días sin escribir, confianza en uno mismo, vitalidad, fe e inspiración.

Muchísimas gracias, Alberto, por tu tiempo y disposición.

jueves, 12 de enero de 2012

Entrevista a Alberto Olmos, 1



La fotografía de Olmos está hecha por Asís G. Ayerbe

Alberto Olmos (Segovia, 1975), que mantiene en la red el blog Hikikomori y con el alias de Juan Mal-herido Lector-malherido, ha publicado los siguientes libros:

* A bordo del naufragio (Editorial Anagrama,1998). Finalista del Premio Herralde.
* Así de loco te puedes volver (Tertulia de los martes, Caja de Ahorros de Segovia, 1999).
* Trenes hacia Tokio (Lengua de Trapo, 2006)
* El talento de los demás (Lengua de Trapo, 2007).
* Tatami - 畳 (Lengua de Trapo, 2008).
* El estatus (Lengua de Trapo, 2009).
* Ejército enemigo (Literatura Mondadori, 2011).


-¿Cómo te ganas la vida y en qué contribuye a ello tu actividad de escritor?

[me abstengo]

- ¿Has calculado alguna vez la cantidad de lectores con los que cuentas? Si es así en qué has basado esos cálculos.

En la Wikipedia. Dice que hay 500 millones de hispanohablantes en el mundo. Parto de ese mínimo cuando escribo. Si uno no escribiera pensando que el resultado puede ser compartido con, pongamos, “el género humano”, ¿para qué escribe? No he hecho nunca cálculos de mis lectores reales. El único documento que indica este dato son las liquidaciones que le envían a uno las editoriales a mediados de marzo, normalmente tras solicitárselas desde mediados de enero. Apenas las miro porque, como se murmura, las editoriales las adulteran. Pero no, como se murmura, para decirte que has vendido menos de lo que has vendido; sino, en realidad, para decirte que has vendido más, no sea que te deprimas y lo dejes.

-¿De dónde procede tu vocación literaria? ¿Tienes antecedentes familiares? ¿A qué se dedican o se han dedicado tus padres, tus familiares más directos?

En mi casa no había ningún libro, ningún compañero mío de facultad escribía, nunca hice una revista literaria en el campus, no conocí a un escritor famoso hasta los treinta, hoy en día apenas veo a tres o cuatro escritores de cierto prestigio... Mi vocación es, por tanto, inexplicable.

-¿Qué tipo de rutina de escritura tienes?

Mayormente la de no escribir. Si me sentara a escribir 8 horas al día escribiría mucho menos que ahora, que me pongo a escribir cuando me apetece. Muchos creen que la literatura es cuestión de esfuerzo, pero en realidad uno no se tiene que esforzar en escribir, a no ser que uno sea un escritor realmente malo. Miró no es esforzaba en pintar sus cuadros, seguramente los pintaba en veinte segundos; se esforzaba en llegar a pintar sus cuadros. Esta actitud, considero, es que la diferencia el arte de la artesanía.

-¿Podrías hacer una tipología sobre el impacto público de los libros que hasta la fecha has publicado?

El impacto en la sociedad de todos los libros publicados en España durante los últimos veinte años comparado con el de la implantación de Facebook en nuestro país es: ninguno. Y los míos están ahí, ensanchando la nada. Es muy deprimente pensar que no volverá a producirse un libro como Dublineses, un libro que, literalmente, toma una ciudad, la deforma y la convierte en literatura. Me encanta ir a Dublín y ver que Joyce está por todas partes, incluso a sabiendas de que la mayoría de los dublineses no han leído Dublineses ni el Ulises, abstenciones lectoras que es difícil no comprender, por otra parte. ¿Volverá algún escritor a crear un mito como Lolita, a merecer que su apellido de lugar a un adjetivo, kafkiano, proustiano, que sea usado aún sin haber leído a Kafka o Proust? Ojalá. La gran tragedia de las letras en nuestro tiempo es su fracaso en lo superficial.

-¿En qué momento y por qué Alberto Olmos se desdobla en Juan-malherido? ¿En qué ha perjudicado y en qué ha beneficiado Malherido a Olmos?

El blog Mal-herido formaba parte de mi maquiavélica estrategia para conquistar el mundo. Era obvio que si uno abría un blog en blogger, donde sólo hay 500 millones de blogs, llamaría enseguida la atención, sobre todo si escribía sobre libros. Y así fue. Beneficios del blog: creo que cuando recomiendo un libro, se vende más, lo cual me da una enorme satisfacción. Y cuando lo pongo mal, también se vende más. Así que no sé de qué se queja nadie.

-Me parece que tu última novela Ejército enemigo recibe la influencia fundamental del escritor francés Houellebecq, pero también la de la escritora española Belén Gopegui en El padre de Blancanieves.¿Estás de acuerdo?

Me pregunto qué hubiera pasado si en lugar de citar a Houellebecq en las entrevistas hubiera citado a Sófocles. ¿Verían los cibercríticos influencias claras de Sófocles en Ejército enemigo? Hay una larga y conocida lista de libros airados, de novelas violentas y de propuestas similares a Ejército enemigo a lo largo de toda la historia de la literatura. Me gustó, incluso marcó, por nombrar una no canónica, La flaqueza del bolchevique, de Lorenzo Silva, cuando la leí en los años 90. También Henry Miller. Y, en fin, un largo etcétera. (Realmente tenía que haber nombrado a Sófocles.)


-A estas alturas de la película en que el capitalismo consigue reciclar en beneficio propio cualquier movimiento alternativo de respuesta social o cultural, ¿dónde puede encontrar un escritor las referencias no sólo literarias, sino también éticas, sin caer en ese buenismo progre, que has criticado muy acertadamente, donde se confunden las buenas intenciones con la calidad de una obra?

Mi única referencia ética es, convocando al sesgo a Albert Camus, el hombre que dice no.


-Eres un gran conocedor de todo lo que sucede dentro de internet, incluida la pornografía. ¿En qué lugares van a transcurrir las historias del siglo XXI? ¿Cuáles serán los nuevos asuntos de que ocuparse? ¿Están los escritores tardando y le van por delante ya cineastas, dibujantes, etc?

Creo que la literatura siempre ha transcurrido en el mismo lugar: el lenguaje. No hay que estar especialmente obsesionado con llevar a los libros las novedades tecnológicas de tu tiempo; pero también es verdad que un escritor sólo merece la pena cuando traza el retrato de su época, así sea ese retrato desfigurador o, incluso, desacertado; y para hacer ese retrato, naturalmente, uno tiene que salir a la calle de vez en cuando, o poner la tele, y no considerar que las sopitas que le preparaba su mamá son de interés para el conjunto de la especie humana.

-Europa se va al garete y con ella los tópicos culturales que arrastraba consigo. ¿Cómo se posiciona Juan-malherido frente a la catástrofe? ¿Y Alberto Olmos?

Con un insondable cinismo, para serte sincero.


-¿Qué es mejor para la creatividad de un escritor español al que no le son indiferentes las cuestiones políticas, ser gobernado por Zapatero o por Rajoy?

Tener la foto de un presidente del gobierno sobre la mesa donde escribes debe inspirar muy escasamente, la verdad.


-¿Qué gustos cinematográficos, musicales o interés por otras disciplinas del conocimiento tienes? ¿Y a qué aportaciones externas a la literatura has dado cabida en tus novelas?

Creo que la única influencia real sobre mis novelas procede del cine, específicamente en la composición de los argumentos. Mis gustos musicales o cinematográficos considero que carecen de interés, salvo la extravagancia de que me gusta mucho el rap, tanto el original, en inglés, como el español. Creo que el rap es la poesía social de nuestro tiempo desde mediados de los noventa.


-Has respondido a las críticas desfavorables que ha recibido Ejército enemigo, lo que quizás te deja en evidencia ante algunos lectores que pueden pensar que se trata de rabietas infantiles. ¿Por qué lo has hecho?

Me apetecía, obviamente. Siempre he escrito y publicado on line lo que me pedía el cuerpo. No voy a cifrar en tacos lo que me importa la reacción de los demás ante mis textos. Me he quedado tan a gusto, escribiendo El patatús. Me parece que eso ya invalida cualquier objeción.


-¿Qué opinión te merece la reciente supresión de la dirección general del libro por el gobierno de Rajoy? ¿Piensas que servía de algo cuando existía?

No sabía que existía la Dirección General del Libro. Hay tantas Direcciones y Secretarías y Oficinas de que uno pierde la cuenta. No soy tan hipócrita como para lamentar públicamente la desaparición de algo que apenas conocía.

-¿Qué tiene que hacer un escritor español que no sea un best-seller para sacar cabeza entre esa oferta continuamente renovada que se le presenta al lector en las mesas de las librerías?

Cuando volví a publicar, en 2005, conocí a un escritor que no paraba de promocionarse, ir a cócteles, comadrear y visitar a escritores importantes, todo enormemente rastrero. Sin embargo, le iba bastante mal. Eso me relajó mucho, porque uno no se veía dotado para seguir ese camino de baboseo y camarillas. Un escritor destaca cuando escribe un libro interesante, de modo que en realidad es cuestión de suerte. Luego los demás escritores –yo incluido- querrán ver en el éxito ajeno toda una concatenación de factores deleznables para aplacar la propia envidia. Creo que no hay que hacer nada especial para destacar, en el sentido en el que me lo preguntas; sólo hay que escribir con honestidad los libros que a ti te interesan, y cruzar los dedos.

viernes, 3 de junio de 2011

Entrevista a Julio Jurado sobre su libro de relatos Andar por el aire



Fotografía de Sofía Méndez, Julio Jurado en el centro de la imagen, acompañado por Ángel Zapata y Victor García Antón

En muchas de tus historias se come; en una piscina una bestia abre sus hambrientos y peludos labios y se traga un dedo amputado; en una ciénaga unos muchachos hambrientos sumergen a un constructor a la hora de la cena; una sirena sirve para alimentar a una familia con raciones de carne y pescado; desde una sopera unos ojos vigilan a los comensales de una cena romántica; unos amigos, medio vivos o medio muertos, se pasean por Madrid de taberna en taberna, comiendo y bebiendo; en un jardín un manzano da tomates en rama, que convierten a aquellos que los prueban en “animales ardientes”; las manitas a zampar conservan sus cinco deditos. ¿A qué se debe y con qué intención usas el gusto por la gastronomía antropófaga, la dieta a base de mollejas o los placeres del paladar, y en general, de los sentidos en tus cuentos, como ese generoso pellizco en el culo de la mujer?

Vaya pregunta para empezar la entrevista, Antonio. Visto así, con una enumeración que recorre bastantes cuentos del libro, resulta algo terrorífico e intimida un poco. Es evidente que no te equivocas, y que la gastronomía antropófaga, como tú la llamas, recorre mi escritura en gran medida. Y es intencionada, no lo dudes.
La intención o por lo menos lo que he pretendido, a veces muy cerca del inconsciente, es provocar una cierta perversión: de carnalidad, de sangre, de dolor; que mueva a los personajes por el camino del desamparo; que sientan esa fragilidad donde lo cotidiano casi siempre se nos revela en situaciones que nos llevan a la pérdida de algo. Esta pérdida pretende ser emocional, erótica en algunos casos, y muchas veces la ironía anda muy cerca, con el anhelo de ser incomodo aunque produzca cierto rechazo o incomprensión en los lectores. Qué mejor que un pellizco en el culo (como en el cuento “Una historia romántica”) para ser odiado o querido por los demás. El tacto, el gusto, los olores… Son muy importantes y muchas veces los olvidamos cuando nos ponemos a escribir. La vista y sus acólitos telepixelados, nos tienen un poco descerebrados.



Otra característica más que evidente de esas historias es el humor, sazonado con ciertas dosis de una crueldad más o menos estética; mientras un personaje prepara en la cocina la carne para una barbacoa contempla en el televisor un edificio en llamas y varios cadáveres carbonizados, hay quien acude al veterinario para que le cosan un dedo amputado, un ingeniero va a recibir una medalla en compañía de su mujer a la que acaba de matar, alguien recién asesinado declara que se encuentra un poco aburrido, hay quien pregunta por los barrenderos, que nunca están cuando se les necesita. ¿De dónde procede tu imaginario humorístico y qué misión tiene en tus cuentos?

Cuando me pongo a escribir me gusta ser consciente del mundo en el que vivimos. Hoy abunda la literatura que se limita a reproducir lo más chabacano (y políticamente correcto) de la realidad, porque funciona, tiene muchos lectores y las editoriales se encuentran ahí muy cómodas, jugando con la normalidad social, deseando lo que desea el otro (consumo productivo), en vez de desear desde nosotros mismos, sin reflejos externos. Lo imaginario, lo utópico, la pasión, el erotismo, el silencio, la reflexión, el entretenimiento lúdico (nada de marcianitos siderales en pantalla plana) son conductas olvidadas por una gran mayoría. Por eso utilizo esas informaciones, peripecias, giros, que completan los cuentos, pero desde situaciones a veces imposibles, absurdas en su contemplación cuando el que mira no busca esa otra lectura que yo pretendo: denuncia de lo que nos rodea, más que evidente, yo creo, en algunos de los cuentos que mencionas (“La medalla”, “El destino”, “Los principios de la lógica”). Y también en otros, como “Futuro imperfecto”. La verdad es que no escribo para gustar a los lectores, más bien lo hago por exorcizarme a mí mismo. Una terapia, al fin y al cabo, para no sentirme dentro de la norma y alienado. Creo que fue Chesterton quien dijo: si encuentras en el mundo a un hombre totalmente cuerdo habría que encerrarlo. Si no he errado mucho en la cita, reconozco que prefiero sentirme algo “excéntrico” en mi literatura, así como en todos esos escritores a los que admiro.


En el cuento que da título al libro Andar por el aire escribes: “Al salir de la nada, fuimos atrapados en un todo irracional donde nos dio el alto una pareja de etíopes, armados de piernas y brazos.” (pág.163) ¿Es esa tu visión de la realidad, el paso de la nada al todo irracional?

Lo cierto es que no lo sé con seguridad porque no tengo muy claro qué es “la realidad” o qué es lo verdadero de nuestra existencia. En el cuento Andar por el aire, “la nada” podría ser esa realidad contra la que me rebelo. Por el contrario, el “todo irracional” actúa en mi imaginario como una puerta de escape, como ese al otro lado del espejo donde arte y vida o vida y arte se confunden, se transfiguran en algo mágico, en una grieta en nuestra conciencia, que nos permite soñar con esa idea que yo defiendo a ultranza de que “otra narrativa es necesaria”, a semejanza de ese “otro mundo es posible” y que estos días estamos viendo y viviendo en las plazas y calles de muchas ciudades de numerosos países, porque hay una inmensa mayoría a la que no les gusta aquello que se nos ofrece, que no es otra cosa que “nada”. Reconozco que este relato genera en los lectores mucha confusión porque no tiene una estructura y trama demasiado clásica. Sí es un viaje, pero por un mundo absurdo donde el deseo y la imaginación es capaz de transformar el camino. Se transforma porque los personajes desean otra cosa que no encuentran en la vida real, pero que si te lo propones puedes acabar bailando subido encima de las estrellas.


Fotografía de Julio Jurado de una serie titulada Seres imaginarios

En tus cuentos son muy importantes también la amistad, la lectura, las fantasías, la ciudad; de ellos se desprende vitalidad y alegría de vivir, una alegría que hay que buscar fuera de las normas sociales y de los márgenes de la más chata realidad. Tus historias no tienen que ver con las tradiciones realistas rusa y norteamericana del cuento literario. Perteneciste al grupo “La llave de los campos”, cuyo primer dogma decía “Prohibido escribir historias basadas en hechos reales”. Háblanos de estos asuntos.

La primera parte de la pregunta la has contestado de una forma intuitiva tú mismo en su planteamiento y estoy completamente de acuerdo. La amistad, la lectura, la fantasía, y la ciudad. Nadie había hecho un mejor resumen de las cosas que verdaderamente necesito; y soy muy urbanita, es cierto. Solo una pequeña matización. Los vínculos es una de las cosas más importantes que yo necesito como persona. Me resulta indispensable el contacto con los demás. Pero soy un defensor de la soledad; si no fuera capaz de disfrutar con la soledad no podría luego “amar” a mis amigos. Ese amar, muchas veces, es un amor ponzoñoso (eso me dicen) porque siempre estoy cuestionando y cuestionándome todo. Soy un ser (im)perfecto, claro, y prefiero que sea así.
Sobre mis influencias literarias. Es verdad que no ando en las cercanías de las tradiciones realistas, pero de ninguna parte, aunque son el cultivo de mis cuentos muchas veces. Sí parto de lo cotidiano, es evidente, pero como autor prefiero que ese realismo se mueva en los márgenes, que la escritura esté llena de símbolos que agiten esa cotidianidad aparente. La fantasía, el humor, el absurdo, lo surreal… son las maneras que encuentro hoy por hoy para hacerlo, y con las que intento emocionar al lector o que se cabree conmigo.
La llave de los campos fue una experiencia preciosa, viva, subversiva, que me hizo como escritor. El contacto con magníficos maestros y escritores en el grupo, que coincidió con mi proceso de aprendizaje literario, ha sido una de las cosas de las que nunca me voy a arrepentir. En cuanto a los dogmas, yo creo que todavía no se ha entendido muy bien qué era lo que pretendíamos con ellos. La palabra “dogma” ya produce rechazo, pero no parece que lo haga de la misma forma toda esa literatura fácil que reproducen los mensajes capitalistas, porque en ellos se encuentra uno muy cómodo, deseando mucho más agradar y entretener al mercado (editores, lectores) que cuestionar con la palabra una sociedad ( y una escritura) sin compromisos claros. “En arte es nula toda repetición”, dijo Ortega. Yo necesito entender la literatura como un compromiso capaz de transformar nuestra vida, con la convicción de que no todo vale en este mundo tan infantilizado. Los dogmas son lo que son, una forma de denunciar todo esto, exagerados o ciertos, que cada uno se aplique en el lado que más le apetezca.



¿Qué tipo de libros y autores lees? ¿Qué es lo que no te interesa en absoluto en ese terreno?

Seguro que se me van a olvidar muchos, pero no importa. Lo que más leo son clásicos y principalmente autores del XIX y del XX. Me falta tiempo para recuperar todo ese tiempo perdido (siglos), la magdalena es muy grande y yo no soy ningún genio. Eso, sí, espero con el tiempo llegar más lejos. Aunque en una respuesta anterior te decía que el realismo ruso entre otros no influía demasiado en mi narrativa, tengo que reconocer que autores como Dostoievski me vuelven loco. “Crimen y castigo” es un culebrón admirable y, al igual que “Apuntes del subsuelo” son todo un descubrimiento de la condición humana donde ya se ven reflejos del mundo psicoanalítico que nos vino después a invadir y clarificar, de alguna manera, nuestra existencia. Y tiene algunos relatos que son muy próximos a mi forma de ver la literatura como son “Cocodrilo”, “Bobok” y “La mujer de otro hombre…”, relatos con mucho humor que ha recuperado recientemente la editorial Nevski Prospects y que os recomiendo a todos.
Leo y releo, todo lo que el tiempo me deja, a autores como Bernhard, Beckett, Ionesco, Gombrowicz, así como autores que han sido fundamentales para mi formación: Cortázar, Chejov, Kafka, Henry Miller, Tobías Wolf, y muchos que se me olvidan o que no es necesario mencionar porque están ahí, como Octave Mirbeau y más franceses y alemanes y americanos que han logrado apasionarme. Si la cantidad de papel que estoy adquiriendo en la Feria del libro de Madrid me deja algo de espacio, quiero leer este verano un poco mejor a Hugo, a Dickens, a Chesterton.
Como ves un gran batiburrillo de escritores que de alguna forma van dejando una huella, a veces indeleble, en mi forma de contar. Y no he mencionado a ningún español y hay muchos, claro, aunque voy a ser más conciso . A Larra y “sus artículos” lo recomiendo siempre. Jardiel, Gómez de la Serna, y ya vivos y sobretodo cuentistas: Quim Monzó, Medardo Fraile, Victor García Antón, Ángel Zapata, Hipólito G. Navarro, son de lo mejor que hay hoy en día en el género del relato breve. Hay alguno más, como Juan Carlos Márquez, Matías Candeira, Muñoz Rangel, Eloy Tizón e Inés Mendoza (venezolana de nacimiento), que escriben de maravilla y me hacen sentir cierta esperanza por el futuro del relato breve.
Tengo que reconocer que me faltan muchas lecturas, que tengo muchas lagunas; aunque siempre he leído, no siempre lo he hecho con buen criterio. Ahora, tampoco sé si lo hago.
Lo que no me interesa. Yo creo que no hace falta que te responda. Pásate por cualquier librería y compra como un lector disciplinado el ochenta por ciento de los libros que se exhiben en las mesas; yo se los daría a Montag para que hiciera una bellísima barbacoa.


Has empezado a escribir y a publicar a una edad tardía en este mundo de valores juveniles. ¿Cuál es el motivo?

Siempre había querido hacerlo, pero mi formación “académica” fue tan desangelada que no me atrevía a acercarme. Una crisis existencial al cumplir los cuarenta y una mujer excepcional, que no me abandonó nunca, y que insistió en que ya era el momento de sacar todas esas historias con las que la abrumaba muy a menudo… Estos fueron los disparadores que necesité para hacerlo. Y, claro, la suerte que tuve de dar con magníficas personas que me enseñaron el oficio. Luego, con esfuerzo y trabajo…
Me gustaría hacer, si no te importa, una reflexión sobre “este mundo de valores juveniles” que mencionas en tu pregunta y a la vez comentar ese afán que se tiene en las últimas antologías de cuentos aparecidas en el mercado, de unificar a los escritores que aparecen en ellas, por la edad o por haber publicado algún que otro libro o muchos, o la arbitrariedad o desconocimiento, de más autores, del antólogo (estoy convencido de que esto último es algo muy difícil de conseguir), en vez de usar criterios éticos y estéticos. Para mí, una antología que recoge por igual relatos que descubren un lenguaje, que aportan un estilo novedoso y una cierta estética vital, junto a otros que repiten formulas (no estoy hablando de la tradición artística), o que se han acercado al cuento ocasionalmente, sin ningún pudor o criterio (ejercicio de verano), o que no tienen absolutamente nada que ver (literariamente) unos con otros, me parece, por no decir otra cosa, un error mayúsculo. La verdadera fecha de nacimiento que se debería tener en cuenta no es la que nos trajo a este mundo, sino la de ese momento en que el autor aparece en escena, tenga la edad que tenga, y ese contacto vital (social), de vida en común que rodea a su arte. Citando otra vez a Ortega: “Todos somos contemporáneos, vivimos en el mismo tiempo y atmósfera ─en el mismo mundo─ pero contribuimos a formarlo de modo diferente”. Si alguien piensa que esto es una venganza por ser un autor que ha publicado con cincuenta y dos años, que no lo piense porque cuando aparecieron esas antologías yo no había publicado ningún libro individual, condición indispensable y necesaria, claro, para ser antologado en esos libros.





¿Qué proyectos tienes entre manos en la actualidad?

Estoy preparando un segundo libro de relatos. Debe de andar por los dos tercios si no escondo todavía algunos de esos relatos. No tengo ninguna prisa, no tengo ese afán que demuestran algunos de mis contemporáneos en publicar lo antes posible y sin hacer “examen de conciencia”. Luego uno se encuentra con libros muy descompensados y que afean bastante el producto final. Con esto no digo que “Andar por el aire” sea un libro perfecto. Seguro que no lo es, pero es un libro meditado y que muestra lo que yo quería decir, encuentre o no a sus lectores.
Últimamente, otras cuestiones me tienen ocupado y absorben mucho de ese tiempo que me gustaría dedicar a la lectura y la escritura. No soy muy organizado y me agobio mucho con algunos proyectos que me rondan por la cabeza.


Muchas Gracias, Julio.

Gracias a ti, Antonio, por ofrecerme esta entrevista y que el libro tenga cierta visibilidad. No es fácil para un novel, y viejo además, encontrar algún medio de difusión que haga más fácil ese camino tortuoso por el averno literario.

martes, 28 de diciembre de 2010

Entrevista a Antonio Jiménez Morato sobre Lima y Limón



Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) publicó hace unos meses en Editora Regional de Extremadura, dentro de la Colección La Gaveta, un librito (70 páginas) titulado Lima y Limón. Como su lectura nos resultó muy interesante y a su hilo nos surgieron una serie de preguntas, nos pusimos en contacto con él, que amablemente aceptó aclarárnoslas.

Estas son las cuestiones que le planteamos:

¿Por qué el título de Lima y Limón? ¿Manejaste otros? ¿Lo pusiste antes de tener escrita la historia o después?
El título apareció cuando había comenzado a escribir la historia. De una manera casual, casi anecdótica, un amigo editor y escritor acaba de recomendar a otra amiga editora dos colores para el lanzamiento de dos libros de una colección nueva. Uno con la cubierta color verde lima y el otro amarillo limón. Y esa idea se me quedó en la cabeza. Estábamos pasando unos días de vacaciones en Hervás los dos. De día leíamos y escribíamos, de noche comíamos y bebíamos. Todo muy relajante, unas vacaciones ideales. Nos leíamos algunos fragmentos de los libros que andaba escribiendo cada uno. Lo que comprendí luego es que quizás el título tiene mucho más que ver con una de las canciones que escuchaba repetidamente en mi infancia. En mi familia se escuchaba mucha copla, y doña Concha Piquer era lo más parecido a una diva que había en esas tardes calurosas del verano. Recordé una canción, “A la lima y al limón”, que habla de eso, de desamor, del deseo de amar y ser amado, de todas esas cosas. Quizás todo eso estaba ahí latente desde que era un niño, y fue escucharlo de boca de mi amigo, mientras en la cabeza tenía el libro, que estaba comenzando a tomar forma y… Bueno, todo se reunió así. Muchos amigos me decían que no les convencía el título pero yo, desde el principio, supe que debía ser ese. En fin, hay cosas que se imponen, no las decide uno.


¿Estamos ante un cuento o ante una nouvelle?
A mí me gusta llamarlo novelita. Como hace César Aira, que llama novelitas a sus libros. Yo no me he planteado, nunca, lo que debía ser Lima y limón. Sé lo que finalmente ha resultado. Además, esta cuestión genérica es, siempre, delicada por un lado y banal por otro. Delicada porque surge de una necesidad de clasificar que tiene poco o nada que ver con la literatura, sino con cuestiones críticas o comerciales. Y banal porque un texto, cuando funciona, lo hace porque marca sus propias fronteras genéricas. No hay un solo libro que no las dicte de modo singular y único, más todavía si el libro es bueno. Además, siempre pongo el mismo ejemplo a este respecto: La casa de las bellas durmientes de Kawabata puede ser, perfectamente, un cuento, pese a sus cien páginas, y Kafka de vacaciones, de Damián Tabarovsky es más bien una novela pese a que son tan sólo veinticinco páginas de generosa tipografía lo que ocupa el libro. No me interesa demasiado saber a qué género pertenece Lima y limón, la verdad, no creo que eso sea lo determinante del libro.

Muy pronto declaras, como narrador, que tienes miedo a hacer literatura. Sin embargo, imaginas a la protagonista innominada de tu historia como salida de un cuento infantil, “tal y como ven los adultos los cuentos infantiles”. ¿Exactamente de qué tipo de literatura has querido huir?
De la literatura, de lo que hoy se considera literatura. El otro día lo comentaba con un amigo editor. Tengo la suerte de tener amigos que se dedican a esto y con los que puede uno reflexionar con un café o una caña de por medio, incluso a veces con la mesa de su despacho de testigo, como fue en este caso. Hoy en día se escribe bajo presupuestos que no me interesan, es más, se escribe bajo presupuesto, como si se tratase de un arreglo de albañilería. Para hacer “literatura”, que es lo que espera el crítico, el editor, los lectores. Y todos tan contentos de conocernos sabiendo que nos movemos en terreno ya transitado. Pero en realidad, esa idea de repetir una vez y otra lo mismo es algo que le gusta mucho a un niño, por ejemplo, que siempre quiere las mismas historias, contadas del mismo modo, y que se enoja cuando algo no concuerda con el modelo que él tenía en la cabeza. No me interesa la literatura vista de ese modo, cada día menos, y no creo que solo la literatura comercial se pueda ceñir, por ejemplo, a esta descripción. Hace años que no leo a Vargas Llosa, las nuevas novelas de Vargas Llosa, porque sé qué me voy a encontrar: literatura y nada más. No hay vida, no hay nada ahí que no sea literatura. Recuerdo, por ejemplo, El paraíso en la otra esquina, que me pareció una novela vergonzosa, vergonzante incluso, escrita por un estudiante de bachillerato, con la idea que tiene un estudiante de lo que debe ser la literatura, y pericia sintáctica y léxica, que es lo mínimo que se le puede exigir a un autor que con treinta y cinco años ya había escrito las novelas que le han valido el premio Nobel, novelas en las que él retorcía la misma idea de lo que debía ser la literatura. Pero es que, además, ese mismo año, algunos críticos, críticos que supondremos serios y profesionales y que están legitimados por los grandes medios nacionales donde publican, eligieron esa novela como una de las mejores del año. Se queda uno sin palabras ante ese despropósito constante. Me interesa más un libro cuando la literatura queda desbordada, cuando hay más cosas en un libro que mera literatura. No es habitual poder encontrarlo, pero a veces sí se da. Y sí, huyo de la literatura escribiéndola, así de idiota es uno.

Armas la historia por medio del intento de su reconstrucción através de la escritura con la expresa renuncia de embellecerla en su relato. ¿Hasta qué punto eso es posible, según tu opinión?

Precisamente, del mismo modo que desde el inicio del libro se sabe que la historia de amor fracasará, el lector atento debe darse cuenta de que lo de escribir sobre el amor sin embellecerlo es una quimera. Ahora, no está de más intentarlo. En realidad, la idea del libro era contar una historia de amor que pudiese firmar cualquier tipo de mi generación, que no cayera en lo cursi, que no fuera demasiado seca, etc. Intentar hablar del amor tal y como lo vivimos. De un modo muy humilde y cotidiano, pero aún así ilusionante. Y, para eso, no hace falta embellecer nada. Además, del mismo modo que huyo de la literatura, como ya he dicho, huyo de la retórica. Si se puede decir más sencillo, busco la manera de decirlo de modo más sencillo todavía. Que lo haya logrado o no es algo que, me temo, no debo responder yo. Y, bueno, lo de si es posible o no es algo que se soluciona fracasando y acertando. A mí me gusta más el fracaso que el éxito, la victoria es casi fascista, y la derrota admite la corrección, la mejora. No creo que sea casual que casi todas las fiestas nacionales y nacionalistas conmemoren derrotas. Y, como te he dicho ya, este libro es una derrota, pero una derrota que da ganas de seguir batallando.

No entiendo la siguiente frase según lo que quiere decir la subordinada: “Siempre me ha costado mucho ser claro y decir lo que pienso aunque pueda molestar a quien le toque escucharlo”, pero lo declarado en la proposición principal es inquietante como afirmación que procede del narrador. ¿Se trata del punto de vista de Lima y Limón?
Quizás sí. Me obligas a pensarlo, a pensar cuál es el punto de vista del narrador del libro. Desde luego, el narrador quiere ser claro y decir lo que piensa, y sabe que puede molestar por ello. Parte del problema de Lima y limón, para mí, es que está hecho con materiales autobiográficos. O sea, todo lo que se cuenta ahí es verdad, ha sucedido. Pero no del modo en que aparece, finalmente, tal y como se lee montado en el libro. Una cosa es mi vida, mis recuerdos, mis memorias, pero al escribir el libro, y sobre todo al montarlo, al decidir qué se queda dentro y qué iba afuera y cómo se ordenaban esos fragmentos, lo he ficcionalizado todo. He construido una historia con los recurdos de varias, así que no se puede hacer una lectura autobiográfia del libro, me temo. Pero, por otro lado, las reacciones de las personas que aparecen ahí ha sido muy curiosa. Hay gente que me ha dicho que le ha incomodado verse allí, y otros estaban encantados, los hay que no se han reconocido y los hay que, sin ser ellos, se han visto reflejados en algunos de los personajes que aparecen en el libro. Y creo que todo eso se debe a que el narrador del libro está muy pegado a mí, es casi yo sin serlo del todo, pero está muy cercano, y eso despliega esa visión personalista. Quizás sí, quizás esa frase la he escrito yo y habla de esa pulsión constante que tengo de no cerrar la boca cuando debería hacerlo, de pensar que es más importante expresar mi opinión que respetar los sentimientos ajenos. Todo esto deberé reflexionarlo con más detenimiento y, me temo, con la ayuda de un terapeuta. Por otro lado, el narrador no necesita conocer y tener claro qué cuenta. Muchas veces un narrador cuenta porque quiere saber, porque necesita clarificar esos materiales y la escritura, la narración, le sirve como herramienta para hacerlo. Eso es algo que me interesa mucho también, y sobre lo que pienso a menudo.

Pienso que hay quienes graban en sus recuerdos determinados diálogos con más o menos verosimilitud y quienes recuerdan, podríamos decir, en estilo indirecto. ¿Es esa la razón por la que en tu libro no hay diálogos?
En realidad sí hay algún diálogo y en determinados momentos aparece alguna cosa en estilo directo, y muchas en indirecto libre. Pero en este caso sí que hubo una decisión consciente de evitar el artificio del diálogo. Porque, además, no se trata ya de que uno recuerde mejor o peor lo sucedido y pueda reflejar los diálogos mantenidos, sino de en qué medida los recreamos cuando nos inventamos el pasado. Lo más curioso es que, partiendo de esa idea, muchos de los referentes reales de los personajes me han dicho que recurdan los hechos tal y como yo los he narrado, lo que me resultó un tanto turbador en su momento. Pero lo de evitar los diálogos es, sobre todo, una cuestión de verosimilitud, de honestidad para con el lector, sí. Y, al mismo tiempo, un reto narrativo, contarlo todo de ese modo indirecto, que es muy aburrido y reiterado porque es plano, y hacerlo de modo dinámico para el lector. Finalmente, creo que ese reto forzó esa decisión estilística.

En la página 21 el narrador hace, haces, una declaración fundamental: “Con ella aprendí la diferencia entre no recordar algo y haberlo olvidado”. ¿Es la esencia narrativa la gestión, más o menos acertada, de una memoria falible?
Depende de la narrativa a la que te refieras. No creo que eso sea aplicable a la narrativa en general. Quizás la de cierto tipo de narrativa sí, una narrativa que a mí me interesa muchísimo, y que tiene que ver con el modo en que se trabaja con la autobiografía propia y la memoria, de la que hay que sospechar pero que es, al mismo tiempo, la única fuente de conocimiento que tenemos en muchos casos. Durante mucho tiempo me interesaban mucho los diarios de Trapiello como ejemplo de narrativa que se construye partiendo de materiales autobiográficos. Lo que ocurre es que cada vez más, esos diarios se están convirtiendo en una ficción con una máscara autobiográfica. Lo que los vuelve muy interesantes por otro lado, al anular la lectura ingenua que suele hacerse de ellos, pero que desplaza el centro de la obra a otro lugar que a mí no me interesa tanto ahora. Me interesa mucho más, en ese sentido, el modo en que Félix Romeo escribe Amarillo, cómo Marcos Giralt-Torrente decide lanzarse a la escitura de Tiempo de vida, el modo en que a José Luis Peixoto le salva la escritura de Morreste-me (Te me moriste), etc. Ojo, no las huellas autobiográficas sobre las que escribe, por ejemplo, Vargas Llosa en ese opúsculo interesantísimo que es Historia secreta de una novela. No, el modo en que uno necesita, se ve obligado a, quiere (usa el verbo que quieras) a trasladar parte de su vida a la literatura. Y los porqués. Eso me interesa más, y en esa labor sí puede tener un hueco tu afirmación. Puede ser que ahí el autor se enfrente al complicado trabajo de sospechar de la única fuente que posee. No me parece mal, en todo caso, porque debemos sospechar de casi todo, y más cuando escribimos.

“Era todo tan azaroso que tan sólo podía ser cierto, porque la realidad insiste en imitar a las malas novelas”. ¿Qué relación personal tienes con la mala literatura?
Tengo una relación doble. Por un lado agradecida, porque la existencia de esa “mala literatura” permite que se aprecie la calidad de la buena, y porque, además, yo me gano la vida, en parte, escribiendo libros por encargo que, no sé si son mala literatura, pero seguro que entra dentro del concepto mental que se dibuja en tu cabeza cuando me haces la pregunta. Sí, ahora juego a ser adivino, perdóname. Y, por otro lado, tengo una relación similar a la que tengo con la mala música o las malas películas, intento no sufrirlas demasiado. No creo que sea muy original en ese sentido. Además, no soy muy pop en el sentido de que no coloco todo en un mismo plano. Warhol era un genio haciendo eso, relativizándolo todo y colocando todas las referencias a un mismo nivel, pero yo todavía soy un poco decimonónico, se conoce, y me revienta ver que alguien sitúa en el mismo plano cosas de una calidad tan dispar. Me preocupa, incluso, pero sólo a veces. Normalmente soy más normal. De todos modos, un fanático de Aira como es uno tiene que cuestionar esa misma idea de lo que es mala y buena literatura, sobre todo porque a lo que la gente llama “buena literatura” es esa literatura que me desagrada y aburre, que intento evitar, de la que hablamos antes.

Me interesan mucho esos programas televisivos de pornografía sentimental. Creo que para un escritor son didácticos y para cualquier espectador, entretenidos. En uno de preguntas comprometidas vi cómo una concursante declaraba que era verdad que le había hecho unas fotos a las sábanas en las que había perdido la virginidad. En tu relato el narrador destaca la ocasión en la que quedó en las sábanas una enorme mancha con forma de corazón que proyecta fotografiar y titular “La huella del amor”. Ni lo hace ni conserva ninguna foto en la que aparezcan los dos enamorados. ¿Cuál es a tu juicio la delgada o gruesa línea que separa la vulgaridad de la poesía?
Afiladísima pregunta. Bueno, lo primero que quiero decir es que no estoy de acuerdo con lo de la pornografía sentimental. Creo que sería más honesto hablar de obscenidad y no de pornografía, pero, bueno, supongo que serán modos de verlo. Por otro lado a mí no me parecen especialmente didácticos ni entretenidos, pero puede ser un problema mío. En todo caso hay que diferenciar lo que hizo la concursante, hacer una foto a las sábanas en las que se había desvirgado, con lo de hacer la foto a una feliz casualidad, que es la forma de la mancha que queda en las sábanas después de un encuentro sexual. La concursante, que podría haber conservado las sábanas sin lavarlas, y que seguirá teniendo las sábanas, hace una fotografía de lo que piensa que debe ser un hito vital: la pérdida de la virginidad. Retrata aquello, como debe retratar todo, pensando que de ese modo le entrega una importancia y desviando la finalidad del recuerdo –pasajero y siempre cambiante- al fetiche –estable y ajeno. Mi narrador cuenta que quiere hacer eso pero, finalmente, no lo hace. Prefiere el recuerdo, o al menos eso es lo que queda, y por azar, no guarda foto alguna que testimonie esa relación. Hay una diferencia evidente. Pero es que, en realidad, esa idea de La huella del amor, aunque no aparezca en el libro, se extendió bastante más. Por un lado ideé una exposición donde hubiera no sólo esa hipotética foto, sino muchas fotos más donde hay huellas del amor. Desde fotos de viudas, de preservativos, de camas usadas hasta fotos de contusiones, de muertas y de fotos partidas. Incluso grabar videos de casa ocupadas por parejas cuando ellos se han ido al trabajo. O sea, retratar lo que queda de nuestras vidas y nuestras relaciones cuando nosotros no estamos. E, incluso, eso ha ido más allá y un amigo usó una idea cercana para un formato televisivo y otro incorporó la experiencia de contemplar la vida cotidiana de una pareja en un proyecto de investigación teatral. O sea, que la idea es más fecunda de lo que en principio pueda parecer.
Y, respondiendo directamente a tu pregunta final, te diré que no lo sé. No sé, ni siquiera, si no hay poesía en la vulgaridad o si no es vulgar la poesía. Creo que sí, que todo es vulgar o tremendamente lírico dependiendo del enfoque. Y hay poesía hecha con mimbres vulgares que es bellísima, y al mismo tiempo hay vulgaridades que se concibieron desde posiciones que se suponían altamente poéticas. Así que no creo que haya mucha separación entre vulgaridad y poesía, seguramente tienen zonas comunes. No creo mucho en las fronteras, en todo caso, sean delgadas o gruesas. Y menos dentro de la literatura.



No tienes prejuicios con adjetivos como “simpático” o “precioso” en formulaciones estereotipadas: “el anochecer me pareció precioso”, “era una estampa muy simpática”, buscas el modo de contar más sencillo posible, las anécdotas transitan la cotidianeidad. ¿Es esa tu fórmula personal de acceder al meollo de “la verdad” de lo que quieres contarnos? ¿Cómo hablar del amor sin resultar falso? Dentro del episodio de las tres negaciones mutuas de los futuros amantes, me parece todo un acierto esta manera de expresar la intensidad de las emociones: “Si hubiese escuchado el canto de un gallo, un ejemplar imposible que viviese en el centro de la ciudad, no me habría parecido lo más fantástico de todo lo vivido aquella noche”.
No deja de ser curioso, precisamente, que te haya gustado lo del gallo. Una amiga me lo cuestionó. De todos modos, es muy difícil hablar del amor sin sonar a algo ya escuchado, sin ponerse estupendo y campanudo. Quizás eso es lo que necesitaba ser modulado con más cuidado. Y sí, en algunos casos eso pasaba por usar materiales muy gastados, que sonaran a café con churros de bar de diario. Como esas expresiones estereotipadas. Porque Lima y limón cuenta un amor de diario, de tardes de supermercado y fines de semana en bares de barrio. O sea, algo muy común, muy cotidiano. Porque lo más electrizante del amor es que brota en ese entorno y se desarrolla en ese ambiente, pero consigue trascenderlos. Nos hace trascendentes de un modo curioso. Eso se tenía que ver en momentos como lo del gallo. Todos hemos vivido alguna noche de esas como algo mágico e inexplicable. Yo también, y eso había que transportarlo al libro.


El narrador dice, dices: “Todo esto no terminará con ese gesto simbólico de desatornillar el cartel del buzón para poner un pedazo de papel con mi nombre. Sería un buen final, un final lógico y acorde con los elementos puestos en juego en la narración. El final cerrado y concluyente que mis alumnos me piden que les venda cada semana. Pero no creo que sea ese el final que le corresponde a esta historia”. No obstante, al cabo tienes que matizar: “Mientras escribía estas páginas tuve que cambiar el papel del buzón y en el nuevo aparece mi nombre y el de la casera (...) No es el final de esta historia y seguramente no tiene nada que ver con ella, pero si uno está intentando al contarla ser lo más honesto posible he pensado que debería mencionarlo.” ¿No nos dejan las ramas ver el bosque? Esto es, ¿la literatura de efectos tapa más de lo que desvela?
Bueno, quizás esa referencia sea un modo de narrar, de introducir en el libro lo que te he dicho de la literatura. Si yo hubiera querido hacer literatura podría haber usado el buzón como símbolo del cambio. Ya sabes, al principio no hay nombre en el buzón, algo tan simbólico como un nombre y un buzón, y al final el tipo se encuentra, el he llegado el mensaje, etc. Así que pone su nombre en el buzón. Es un símbolo muy bueno, sin duda. Pero no, no quiero usarlo. Y eso lo dice el narrador de modo explícito. Pero, curiosamente, al final sí tengo que ponerlo. El nombre está en el buzón. Porque la vida se impone, la vida es mucho mejor guionista que uno, sabe hacer unos argumentos que te tiran de espaldas. Y, al mismo tiempo, es un toque de atención al lector sobre el hecho de que quiero que vea este libro más lleno de vida que de literatura. Curiosamente, desde que el libro se editó han cambiado muchas cosas en mi vida. Ya no vivo en aquella casa, ahora mi buzón, el de mi nueva casa, tampoco tiene mi nombre. La vida se impone.


Me cuesta creer que sea el narrador el que provoca la ruptura. Afirmas: “Algo estaba yendo mal, muy mal”, pero no se aclara qué. La relación, ya lo sabíamos por una tirada del Tarot, servirá para que el narrador se libere y renazca en la comprensión de lo que significa el amor. ¿Qué tiene ella de mujer mágica? ¿Hay, después de todo, lugar para la fábula en lo contado?

Bueno, el narrador no la provoca. El narrador es el que toma la decisión de verbalizarla. Hablas de una mujer mágia, que lo es, en diversos modos. No, en realidad, si recuerdas el episodio de la tirada, tanto ella como su amiga le dicen al narrador que tiene capacidad para ver las tiradas, que él, también, podría leerlas. Quizás él vislumbra lo que sucede, lo lee, y toma la decisión que ella no puede tomar. Y ese es el inicio de la liberación de él. Él comienza a ver, por así decirlo. Ella le ha enseñado, le ha servido de maestra. Creo que detrás de Lima y limón no hay sólo unas historias personales y una narración más o menos autobiográfica, sino una fábula, si quieres verlo así, sobre el amor, sobre lo que significa amar. Siempre me ha obsesionado la figura de Quirón, el centauro herido que es el padre de la cirugía, alguien que puede curar porque convive perpetuamente con el sufrimiento. No sé, me interesa como metáfora de muchas cosas, pero más del amor. Quizás sea esa la fábula que hay detrás de Lima y limón. En buena medida, ese loco liberado soy yo. Y el modo de liberarme ha sido escribir este libro y comprender muchas cosas a través de él.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Unas preguntas a Antonio Jiménez Morato sobre su libro Lima y Limón


Antonio Jiménez Morato (Madrid, 1976) publicó hace unos meses en Editora Regional de Extremadura, dentro de la Colección La Gaveta, un librito (70 páginas) titulado Lima y Limón. Como su lectura nos resultó muy interesante y a su hilo nos surgieron una serie de preguntas, nos pusimos en contacto con él, que amablemente aceptó aclarárnoslas.

Estas son las cuestiones que le planteamos:

¿Por qué el título de Lima y Limón? ¿Manejaste otros? ¿Lo pusiste antes de tener escrita la historia o después?


¿Estamos ante un relato o ante una nouvelle?


Muy pronto declaras, como narrador, que tienes miedo a hacer literatura. Sin embargo, imaginas a la protagonista innominada de tu historia como salida de un cuento infantil, “tal y como ven los adultos los cuentos infantiles”. ¿Exactamente de qué tipo de literatura has querido huir?


Armas la historia por medio del intento de su reconstrucción através de la escritura con la expresa renuncia de embellecerla en su relato. ¿Hasta qué punto eso es posible, según tu opinión?


No entiendo la siguiente frase según lo que quiere decir la subordinada: “Siempre me ha costado mucho ser claro y decir lo que pienso aunque pueda molestar a quien le toque escucharlo”, pero lo declarado en la proposición principal es inquietante como afirmación que procede del narrador. ¿Se trata del punto de vista de Lima y Limón?


Pienso que hay quienes graban en sus recuerdos determinados diálogos con más o menos verosimilitud y quienes recuerdan, podríamos decir, en estilo indirecto. ¿Es esa la razón por la que en tu libro no hay diálogos?


En la página 21 el narrador hace, haces, una declaración fundamental: “Con ella aprendí la diferencia entre no recordar algo y haberlo olvidado”. ¿Es la esencia narrativa la gestión, más o menos acertada, de una memoria falible?



“Era todo tan azaroso que tan sólo podía ser cierto, porque la realidad insiste en imitar a las malas novelas”. ¿Qué relación personal tienes con la mala literatura?


Me interesan mucho esos programas televisivos de pornografía sentimental. Creo que para un escritor son didácticos y para cualquier espectador, entretenidos. En uno de preguntas comprometidas vi cómo una concursante declaraba que era verdad que le había hecho unas fotos a las sábanas en las que había perdido la virginidad. En tu relato el narrador destaca la ocasión en la que quedó en las sábanas una enorme mancha con forma de corazón que proyecta fotografiar y titular “La huella del amor”. Ni lo hace ni conserva ninguna foto en la que aparezcan los dos enamorados. ¿Cuál es a tu juicio la delgada o gruesa línea que separa la vulgaridad de la poesía?



No tienes prejuicios con adjetivos como “simpático” o “precioso” en formulaciones estereotipadas: “el anochecer me pareció precioso”, “era una estampa muy simpática”, buscas el modo de contar más sencillo posible, las anécdotas transitan la cotidianeidad. ¿Es esa tu fórmula personal de acceder al meollo de “la verdad” de lo que quieres contarnos? ¿Cómo hablar del amor sin resultar falso? Dentro del episodio de las tres negaciones mutuas de los futuros amantes, me parece todo un acierto esta manera de expresar la intensidad de las emociones: “Si hubiese escuchado el canto de un gallo, un ejemplar imposible que viviese en el centro de la ciudad, no me habría parecido lo más fantástico de todo lo vivido aquella noche”.



El narrador dice, dices: “Todo esto no terminará con ese gesto simbólico de desatornillar el cartel del buzón para poner un pedazo de papel con mi nombre. Sería un buen final, un final lógico y acorde con los elementos puestos en juego en la narración. El final cerrado y concluyente que mis alumnos me piden que les venda cada semana. Pero no creo que sea ese el final que le corresponde a esta historia”. No obstante, al cabo tienes que matizar: “Mientras escribía estas páginas tuve que cambiar el papel del buzón y en el nuevo aparece mi nombre y el de la casera (...) No es el final de esta historia y seguramente no tiene nada que ver con ella, pero si uno está intentando al contarla ser lo más honesto posible he pensado que debería mencionarlo.” ¿No nos dejan las ramas ver el bosque? Esto es, ¿la literatura de efectos tapa más de lo que desvela?


Me cuesta creer que sea el narrador el que provoca la ruptura. Afirmas: “Algo estaba yendo mal, muy mal”, pero no se aclara qué. La relación, ya lo sabíamos por una tirada del Tarot, servirá para que el narrador se libere y renazca en la comprensión de lo que significa el amor. ¿Qué tiene ella de mujer mágica? ¿Hay, después de todo, lugar para la fábula en lo contado?


Ahora lo único que falta son sus respuestas, que colocaremos en su lugar próximamente.

martes, 26 de mayo de 2009

Entrevista a Miguel Ángel Muñoz


Fotografía: Mark Parascandola

Miguel Ángel Muñoz (Almería, 1970) acaba de publicar un nuevo libro en la editorial centrada en el cuento Páginas de Espuma, que ha titulado Quédate donde estás. La disposición de los 13 relatos de que consta se basa a simple vista en la longitud del texto, con alternancia de uno corto seguido de otro más extenso. Empieza con “Quiero ser Salinger”, que ocupa apenas dos carillas, y como decía Pepe Cervera en su reseña del libro, el lector-escritor quien quisiera ser de verdad es Miguel Ángel Muñoz. Desde el inicio uno de los rasgos de esta colección de historias es quizás una amable ironía, con la que el narrador se autorretrata indirectamente. En concreto en esa parábola sobre Salinger o en el último texto, también muy breve, titulado “Banda ancha”. Uno de los argumentos que más juego da en el libro es la historia de escritores. En “Vaivén” aparecen Carver y Richard Ford, en “Las dos hermanas”, Onetti. Y Kafka en “Hacer feliz a Franz”.

1.¿Hasta qué punto es importante para tí la mitología de esas figuras? No pareces un iconoclasta, que sería algo más moderno. Quieres asumirlas, diría yo que cariñosamente, para desde ahí forjarte un modo particular de mostrarte al mundo como escritor. Es como el peso de la familia propia. Hay una herencia a la que uno no puede renunciar. ¿Qué tipo de escritor quieres ser?

Es interesante lo que comentas sobre la forja cariñosa de una condición familiar, porque creo que el equipaje de un escritor siempre es particular, y en él se acumulan los libros y los autores más impensados. Cuando uno decide tomar a alguno de esos autores para que sean referencia de un relato, lo fácil es pensar que ese escritor es tu preferido, parte de tu mundo, por supuesto uno de los que más te han influido. No tiene por qué ser así. Cuando un escritor se convierte en personaje es eso, un personaje. Si escribo sobre Carver, no tengo que ser carveriano, pero lo fácil es decir que lo soy. En este libro hay autores que me han influido mucho, y otros que no. En realidad no soy nada mitómano, y mucho menos con los escritores, a los que veo siempre a ras de tierra y llenos de defectos. Me recuerda aquella frase magnífica de Amadeus: “Puedo ser vulgar, pero mi música no lo es”. Pues eso, los escritores son seres vulgares y maravillosos –como todo ser humano, vamos-, pero su música, a veces, no lo es.

2. No obstante, esta colección de cuentos tiene la virtud de no quedarse en el mundo de la escritura. “Ropa de verano” incluye referencias muy claras a asuntos como el cobro de comisiones ilegales, los sobornos entre políticos y constructores, etc. ¿En qué medida la literatura sirve para dar una imagen del mundo actual y sus problemas más inmediatos? Supongo que aquí Crematorio, de Rafael Chirbes habrá sido una referencia muy especial.

Crematorio me parece una obra maestra, y lo que la hace maestra no es el tema que trata, sino los temas que son analizados al tratar ese tema. Es un modelo para cualquier escritor, claro, porque al análisis social se superpone un trabajo de lenguaje, de ritmo, que parte de Bernhard y se apoya en muchos territorios literarios para crear un mundo espeso. Lo social por sí solo, como cualquier argumento por sí solo, se agota fácilmente, pero sí me interesa muchísimo la realidad como objeto literario. De ahí partimos, de esa realidad, y yo me considero un autor de modos realistas, aunque aspiro a que la plasmación de ese trabajo sea un realismo enriquecido. Detesto la literatura simplemente sentimental, enclaustrada en una burbuja que no mira fuera de ella.
Respecto de ese relato concreto, te diré que fue el primero que escribí tras acabar El síndrome Chéjov, tiene bastantes años, y por lo tanto no pudo beneficiarse de tan buenos influjos. De todos modos, no había que ser muy imaginativo para saber qué escondían determinadas corrupciones cotidianas y evidentes, que además son viejas en este país.


3.En “El reino químico” hay una historia sobrecogedora de un nieto y su abuelo, que nos traslada a los años ochenta, en la Costa Brava, donde se localiza geográfica y temporalmente uno de esos puntos de expansión de la epidemia de crisis que nos azota en estos días. La historia del abuelo, el hijo y el nieto es una metáfora de distintos modos de enfrentarse al mundo con sus consecuencias. ¿Consideras que es éste un relato político?

Sí, a su manera sí. Quizás más que político, de intenciones muy morales. Admiro esa literatura de Sciascia o Camus que habla de dilemas morales y a la vez es muy atractiva de leer, y quería enfrentar a los personajes, de tres generaciones distintas, a tres modos muy distintos de actuar ante la realidad. Que el cuento se desarrolle en los años ochenta, relativiza, creo, el origen de cierta podredumbre que viene de antiguo. Que es política, pero también humana. El relato quiere hablar de España, en concreto, pero también de la condición de unos personajes comunes a cualquier lugar. Me interesaba mucho que el tono del cuento fuera elegíaco, porque al fin y al cabo es un relato de formación, sobre una infancia ya desaparecida, y por eso el estilo es el más clásico de la colección. Pensaba que el cuento tenía que tener una cadencia distinta al de otros, más acelerados. A la vez recuperar una época, la de los ochenta, con la obsesión de la guerra nuclear de fondo, y que tanto nos influyó cuando niños.

4.Hay dos cuentos que discurren por los terrenos de lo fantástico.
Por un lado, “Los niños hundidos”, que tiene un aire magnético al estilo de aquellas películas como El pueblo de los malditos (1960) o ¿Quién puede matar a un niño? (1976). De un planteamiento realista se llega a una deriva misteriosa, de difícil explicación.
Por otro lado, “Vitruvio”, es una fábula humorística, que echa mano de elementos de la ciencia ficción.
Empecemos por “Vitruvio”.
Este relato ya aparecía en Ficción Sur. Me parece curioso que lo repitas en dos publicaciones. ¿Por qué? ¿No es mejor para un cuentista dar a conocer cuantos más textos pueda, ya que el panorama de publicación está tan difícil?
Y otra cosa, ¿por qué cifras los párrafos del texto por medio de letras?

Las letras marcan la vida del protagonista y quería que también marcaran el del relato. Una historia sobre la obsesión hacia la literatura tenía que estar marcada por las letras. Además, aportaba un poco más de extrañeza irreal al cuento. Del mismo modo, el último capítulo del cuento se titula “En lo oscuro” como una indicación de un posible relato dentro de un cuento sobre la manía sobre escribir historias.
Respecto de la publicación en Ficción Sur, no se trata de una repetición. Es un cuento que pertenece a esta colección ahora publicada, pero al ser invitado a participar en Ficción Sur, me pareció más interesante dar a conocer un trabajo inédito de un próximo libro que optar por un cuento ya publicado o escribir un pequeño texto de compromiso.


5.“Los niños hundidos” me lleva a pensar en un periodo histórico que no está demasiado lejos. La guerra fría, quizás por la asociación con las películas que mencioné arriba. Esto es, con la parte más metafísica de nuestra historia, personal y social. No sé si me explico bien. La fantasía que nos asfixia también forma parte del mundo que hay que compartir con escritores de la tradición y con mangantes de tres al cuarto. ¿Es esa la realidad que quiere retratar tu colección de historias?

Sobre todo me gustó en ese cuento beber de la tradición narrativa del fantástico. Un género que me interesa mucho y que pienso, como tú indicas en tu pregunta, que puede dar más cumplida respuesta de muchas pesadillas contemporáneas que el realismo puro y duro. Jugar con la mezcla de géneros es un género en sí mismo. El fantástico, una vez Cortázar le abrió las puertas del cotidiano, sigue planteando fascinantes desafíos para el escritor. ¿Qué cuentos fantásticos y cotidianos al tiempo se pueden escribir hoy? ¿Cuáles son nuestras pesadillas? Creo que una de ellas es la pérdida de los hijos, la infancia como origen de los miedos y los tabúes actuales.

6.“Quédate donde estás”, el relato que le da título al libro se aproxima al lector por la sencillez y eficacia de la historia que cuenta. ¿Qué papel desempeña en la estructura o planteamiento global de la colección? Ya sé que para tí los libros de relatos no tienen por qué tener unidad. Pero en tu libro creo que los textos se abren como en un abanico para que toquen diversas parcelas del mundo en el que vivimos.

Es verdad que cuando preparaba el libro para la edición veía que había bastantes puntos de contacto más o menos ocultos entre los cuentos. Saltos de uno a otro. Relaciones insospechadas. Esa unidad siempre acaba existiendo en los libros de cuentos. Su clima particular es la unidad misma. Lo que no entiendo es que la obsesión por la unidad condicione la valoración o la lectura de un libro de cuentos, y que si no se encuentra o no es evidente vaya en contra de la visión que tengamos del mismo, porque es un tipo de crítica claramente novelística. El relato que da título al volumen me parece un pivote entre los dos polos del libro: el realismo y el fantástico. Nada hay más fantástico y pesadillesco que una enfermedad en alguien joven. Los miedos están aquí, de este lado de la realidad, pero son terrores tan fuertes como el miedo a la guerra nuclear, o la pérdida de los hijos, o el miedo a no ser capaz de escribir lo que uno quiere. Además, en esa historia está presente uno de los temas de ese abanico al que te refieres: el miedo a tomar decisiones, lo difícil que es hacerlo, y las consecuencias imprevistas que esto trae.

7.¿Cuál es el relato que más trabajo te ha dado y por qué?

En este libro hay relatos de muy distinta extensión. Microrrelatos de una página y relatos de cuarenta. Siquiera porque conforme un relato se alarga va generando una serie de problemas que hay que ir resolviendo, sin duda “Vitruvio” y “El reino químico”, cada uno a su manera, son los más complejos, pero ambos los escribí con sensaciones placenteras, aunque muy distintas entre sí. Si “El reino químico” lo escribí con la sensación que provoca el deleite en recrearse en una época vivida y sobre todo en una narración con muchos detalles y referencias personales, que no autobiográficas, en “Vitruvio” me lancé sin paracaidas en una aventura que disfruté mucho, con la sensación en cada página de que estaba a punto de estrellarme. Técnicamente era el más complicado por la mezcla de tonos entre el humor, el disparate, el surrealismo y cierta sátira fantástica. También “Quédate donde estás” era, en cuanto a ejecución y estilo, bastante complicado, porque el tono tenía que buscar la emoción, sin caer en lo sentimental, algo terrible para un cuento.

8.¿Cuál es el que te ha salido de una manera más fácil o fluida?

En este libro he descubierto el microrrelato, que espero cultivar cada vez más. Son explosivos, rápidos, divertidos de hacer, pequeños desafíos que me han hecho disfrutar mucho. Es difícil encontrar el motivo inspirador de cada relato pero una vez hecho la ejecución suele ser fluida.

9.¿Qué diferencias de planteamiento hay entre este libro y el anterior, El síndrome Chéjov?

Creo que este es un libro más maduro, más reflexivo, y menos disperso que el primero. Aunque en ambos trabajé mucho la estructura y la ordenación de los cuentos, me parece que la estructura de “Quédate donde estás” es más sólida.

10.Háblanos un poco de tus rutinas como escritor.

La rutina es la tumba del matrimonio pero la cuna del trabajo literario, en mi opinión. Eso es a lo que aspiro: a tener rutinas como escritor. Creo mucho en la rutina como una forma de disciplina necesaria para escribir, pero las circunstancias hacen que, demasiadas veces, uno escriba a golpe de riñón, a pedalada de cuento, con menos continuidad de lo que uno querría. De todos modos, puedo proyectar un cuento durante mucho tiempo, pero cuando comienzo a escribirlo lo hago a diario, con una cadencia continua hasta que lo acabo.

11.¿Y en qué estas ahora?

Disfrutando de la promoción de este libro. Como cada vez soy más supersticioso con los proyectos que uno comienza, apenas puedo contar mucho más.

Muchísimas gracias, Miguel Ángel.

Gracias a ti, Antonio, por la entrevista y la atenta lectura del libro.

lunes, 11 de mayo de 2009

Entrevista a Elvira Navarro


Foto: Antonio Jiménez Morato.


Elvira Navarro (Huelva, 1978) publicó en el 2007 un libro con cuatro historias protagonizadas por un mismo personaje, Clara, en distintos momentos de su vida, del que se podría decir que es un híbrido entre la novela y el cuento, titulado La ciudad en invierno, con el que consiguió una muy buena aceptación y valoración crítica, y comercial, puesto que fue Nuevo Talento Fnac de Literatura, y el libro se ha reeditado en 2008 en DeBolsillo.

No sé si puedo decir que "Expiación" es un cuento de terror en el que una niña desobediente, Clara, consigue que su tía, a cuyo cargo está, pierda los nervios, dejando en evidencia todas las carencias y humillaciones de que está compuesta su vida. La historia se desarrolla en la piscina y el chalet de una zona residencial en plena canícula veraniega. La atmósfera es afilada y sofocante. “Eres mala y me vas a matar. Pero fíjate en lo que te digo: no te vas a ir de aquí como llegaste.” (Pág. 17) La niña siente la culpa, pero desde la rebeldía es dueña de una desafiante seguridad. Al final los adultos se conforman con que finja su voluntad quebrada: “Igualita a mí cuando me metían miedo. La niña es tan sensible como yo.” (Pág. 24)

Alejandro Gándara ha sido el crítico menos rendido a tu libro y le ha achacado algún defecto, como la insistencia en hacer equivalentes la sensibilidad y la culpabilidad, al tiempo que dejaba claro que “sin defectos no puede escribirse narrativa, que es el género del defecto mismo”.

Varias preguntas:

1. ¿Dónde encontraste, o cómo te surgió, el germen para escribir estos relatos?

El germen lo encontré en mi vida, aunque hubo una lectura esencial, que funcionó a modo de chispa: los cuentos de Clarice Lispector.

2. ¿Corresponde cronológicamente la escritura de las cuatro historias con su disposición en el libro?

Sólo el primer cuento, “Expiación”. Luego escribí el último, y a continuación el segundo y el tercero.

3. Se han señalado tributos del libro a Clarice Lispector y tú misma has reseñado y recomendado Cuentos reunidos de la ucraniana-brasileña. ¿Cuáles crees que son los autores con los que se puede identificar tu modo de afrontar la escritura?

El tributo está sobre todo en “Expiación”, y un poco en “Amor”. Los cuentos de Lispector me permitieron acceder a un modo de contar propio. Antes de leer esos cuentos, estaba demasiado atenta de escribir “bien”. Trataba de no salirme de lo que mis escritores favoritos establecían. Error.

Para La ciudad en invierno mis referencias fueron, aparte de Lispector, Escapada de Alice Munro, Historia del ojo de Bataille, Mulholland Drive de David Lynch y Prisión perpetua de Ricardo Piglia. Las tres primeras creo que son evidentes. Lynch y Piglia me ayudaron a solucionar la estructura.

En cuanto a mis referencias fundamentales, Dostoievski y Marguerite Duras son mis dos autores de cabecera. Los que me ponen en el camino de lo que quiero. También citaría a Thomas Bernhard, Agota Kristof, Carson McCullers, Cortázar y César Aira.


4. ¿Crees que los niños nos ponen a prueba? ¿Qué recuerdos tienes de tu propia infancia en ese sentido?

Creo que todo nos pone a prueba. También los niños, y ahí la prueba es muy delicada, pues hay que procurar no dañarlos. Los niños son una amenaza para la autoridad de los adultos. El adulto es el que sabe las normas, los límites, mientras que un niño es el desenfreno. En el proceso de enseñarles, el adulto puede caer en el autoritarismo o la manipulación Por manipulación entiendo el tratar de conducir al niño a través del miedo, o del chantaje sentimental, o desde cualquier otro sitio que suponga inocular un virus, una distorsión, en la relación del niño con el mundo. Si se le enseña a tener miedo de todo, el niño crecerá percibiendo, o construyendo, la realidad como una amenaza, y seguramente vivirá cuando crezca con un miedo patológico, pues ése habrá sido su aprendizaje. Mi infancia no ha estado a salvo de esto que digo, aunque en general fue bastante feliz. Mis padres lo hicieron bien.

5. Tu narrador dice: “y se sabe infinitamente pequeña ante la tía, por cuyo amor siente verdadero asco.” (p. 18) ¿Es ese un indicio de su culpa? ¿Produce el amor asco?

No es un indicio de su culpa. La niña se sabe pequeña porque lo es. Aunque desobedezca a la tía, es ésta quien tiene el poder. La niña puede sacar a la tía de quicio a ratos, pero también digo que “enseguida se olvida”, pues ella está atenta de otras cosas. Es Adela quien permanentemente llama su atención para imponer una autoridad que no sabe manejar. Ante la niña, la tía se desborda. Y de ahí el chantaje, el tratar de imponerse mediante la culpabilidad. En consecuencia, la niña siente asco ante el amor de la pobre mujer, porque es un amor viciado, enfermo.

6. ¿Con qué defectos, si es que estás de acuerdo con la afirmación de arriba, crees que cuentas para seguir escribiendo narrativa?

Creo que el defecto que, al menos en La ciudad en invierno, he sabido elevar a virtud, es la insuficiencia de la que también habló Gándara. La narrativa está llena de largos desarrollos y de bisagras. No soy capaz de desarrollar demasiado largamente, ni de poner bisagras (ambas cosas me aburren, al menos por el momento), así que, donde se requieren desarrollos largos, procuro jugar con la intensidad, y las bisagras me las salto. Trato de que funcione buscando fórmulas que suplan esas carencias.

7. ¿Sensibilidad y culpabilidad pueden llegar a ser equivalentes?

Yo puedo percibir a alguien de manera culpable si ese alguien me ha chantajeado lo suficiente. O puedo sentirme culpable de lo que hago si me han educado en la creencia de que en mis actos hay siempre algo que está mal, y por lo que he de castigarme.


"Cabeza de huevo" nos lleva a una Clara con 12 años, que en compañía de una amiga se inicia en un perverso juego de llamadas telefónicas a hombres para ponerlos cachondos, hasta que se citan con uno de ellos, ciego, con el que llegan a un desenlace terrible. No sé si puedo decir que el relato es un guión perfecto para un corto de terror. Clara es, de las dos amigas, la valiente, y posee una frialdad que nos desarma. Su juego es en el fondo una investigación, que parte de una inocencia inicial, en la que el adulto y las niñas mismas son enfrentadas a su miserable verdad (“¿Era tan corto el amor?” Pág. 32), y luego pasa por los descubrimientos de las niñas sobre si mismas (“ni Clara ni Vanesa se confesaban que a veces, a solas, habían comenzado realmente a tocarse”) para desembocar en una sensación de asco que provoca el deseo de la destrucción (“Deseaba herir a aquel cretino, herirlo con la misma rabia con que en otro tiempo había estrellado huevos en las cabezas de las viejas desde su azotea” pág. 38).

Varias preguntas:

8. ¿Qué influencia crees que tiene en tu trabajo el cine y qué películas han sido decisivas en tu formación como escritora?

Uf, me lo pones difícil con esta pregunta. No tengo ni idea de si el cine ha sido decisivo. Guardo un recuerdo muy intenso de Twin Peaks (bueno, es una serie, pero creo que vale para contestar), y hay una película que siempre tengo en la cabeza: Léolo, de Jean-Claude Lauzon. Me han servido de espejo las películas de Lucrecia Martel, pero a posteriori. Mercedes Cebrián me dijo que lo que yo hacía se parecía a lo que contaba esta directora en La ciénaga y La niña santa, y tiene razón. Es un universo muy parecido al mío.

9. Clara y su amiga Vanesa se sienten al final del episodio como en una película de espías. ¿Son conscientes de estar protagonizando un relato? ¿El hecho de que incluso se compren unos cordones nuevos para los patines, ya que los viejos los han usado para atar al ciego, nos indica que estamos en un mundo en el que todos nos empeñamos en hacer el mejor papel posible como personajes de una fábula tenebrosa?

Bueno, yo no iría tan lejos, aunque es cierto que al escribir recreo la sensación que tenía durante mi niñez de que la vida era tan fácil como una película. También recuerdo que, cuando empezaron los problemas, yo veía las películas buscando la ligereza con la que los protagonistas solucionan las cosas, incluso las más tremebundas. Creía que ahí había una clave que me estaba vedada.

10. ¿Es el desenlace un homenaje deliberado?

No es un homenaje. Es ponerse en esa ligereza con la que todo ocurre en el cine (o en la mayor parte del cine) para sentirse bien.

11. ¿Qué tiene Clara de Lolita o de anti-Lolita?

No tiene nada, o nada más allá del deseo que una preadolescente sabe que despierta. Digo “sabe”, pero no es la palabra adecuada. Además, estoy generalizando, así que voy a decirlo de otra manera: cuando yo era una preadolescente, notaba de qué manera me miraban algunos hombres; cómo me cortejaban con la mirada o con cierta solicitud, y eso me daba un poder turbio, falso, porque en verdad yo no sabía del todo qué había detrás de eso.

La ciudad en invierno es el siguiente relato dividido en dos partes: “El invierno”, y “La ciudad”, introducido por una cita de Ricardo Piglia sobre las dos alternativas para descifrar un enigma. La primera parte es cronológicamente posterior a la segunda. En “El invierno”, ya con 14 años, Clara se nos muestra en una cabaña en mitad de un bosque en compañía de sus padres. Ha ocurrido algo y vuelve a aparecer la culpa. Una culpa creciente por haber llevado una doble vida. Hay indicios, datos, como dice Piglia: un cuaderno de dibujo, un secreto guardado, que es el enigma que nos inquieta, una madre extraña, coqueta e impredecible y cierto malestar de fondo. El bosque tiene ruidos inquietantes que le hacen sentir miedo.
En el bosque hay otro habitante al que Clara espía en el interior de su casa. Cuando llega la noche y la hora de dormir, en la cama le asalta el deseo y el reciente trauma de un reconocimiento ginecológico.

Las preguntas:

12. ¿Te planteaste en algún momento que la protagonista de las historias no fuese siempre Clara? ¿Crees que de haber habido una protagonista diferente para cada historia el sentido último se habría modificado?

Escribí las historias con Clara como protagonista y luego, puesto que el personaje no tenía memoria y parecía retomarse de cero cada vez, les cambié el nombre para llevar los cuentos a la editorial. Constantino Bértolo me dijo que la protagonista era la misma, y que unificara el nombre, lo que habla muy bien de su instinto.
No creo que, de haber puesto una protagonista distinta, la cosa hubiera cambiado sustancialmente, puesto que el paisaje moral es el mismo.


13. ¿Qué importancia crees que tiene en tu imaginario la tradición del cuento folclórico popular tipo Caperucita, Pulgarcito, incluso Frankenstein, etc.?

Conscientemente, ninguna. Tienen importancia los libros de la colección Barco de Vapor y las historias de Los Cinco, que yo devoraba. Aún hay días en los que pienso en exiliarme a la isla de Kirrin con unas cuantas cervezas de jengibre y un pastel de carne.

En “La ciudad” es una reconstrucción de aire policiaco de lo que le ha ocurrido a Clara, que se siente agobiada por la expectación que ha provocado su percance. Al parecer hay una laguna en su memoria que le impide reconstruir para los demás lo que ginecológicamente parece que se puede probar. Pero antes de eso cayó de un puente al río. Los datos que se nos van facilitando avanzan en una dirección que lleva zigzags inquietantes entre la culpa, la responsabilidad, la conciencia y la radicalidad de la rebeldía de no querer rendir cuentas.

Las preguntas:

14. La respuesta a la pregunta de Clara a su violador de por qué la ha violado es otra pregunta, que nos desconcierta terriblemente: “¿Por qué quieres saber los motivos?” (Pág. 90) ¿Es este el verdadero punto de expiación de Clara?

No lo sé. Lo he pensado, pero no creo que saber los motivos le lleve a expiar la culpa. Tiendo a suponer que lo que hay debajo de la petición de Clara es un por qué a mí. Leo la realidad viendo las causas y los efectos, y cuando me pasa algo malo gratuitamente, dejo de entender, o peor: me vuelvo pesimista y meto en la agresión injustificada el pensamiento de que la realidad es mala y me destruye. También me pasa a la inversa. En cualquier caso, trato de volver a colocar una causa, aunque sea destructiva, para no aceptar que hay males que son gratuitos. Yo no creo en la gratuidad de casi nada, pero a veces se estrella un avión. Clara no acepta que el avión se ha estrellado.

15. ¿Por qué ese motivo recurrente a lo que Clara ve desde fuera en el interior de las casas?

Trataba de hacer un paralelismo entre dos situaciones similares en las que la identidad de la protagonista estaba en juego. En una, sabe lo que le ha ocurrido; en la otra, se ha olvidado. Eso hace, o tal era mi intención, que las escenas, aparentemente iguales, tuvieran significados distintos.

16. El paisaje que rodea a Clara en cada momento es determinante, tanto si es la desolada urbanización en verano, el bosque o los arrabales. Su importancia va más allá del decorado. En tu relato París Phériphérie esas avenidas que uno no sabe si son ya la autovía adquieren una dimensión metafórica crucial. ¿Qué es para ti la ciudad frente al campo?

No los manejo como una oposición. El campo y la ciudad, en el libro, funcionan como metáfora de lo que busca la protagonista.


"Amor" presenta a Clara en la persecución del amor y en el deseo de ser perseguida. La ciudad es el tablero de un juego con idas y venidas, en el que de nuevo la decepción, el asco, el secreto y el odio se mueven como fichas que la hacen avanzar o retroceder.

17. La última frase del relato dice: “Cuando al fin se gira, él ya no está.” ¿Qué hay de juego de fantasmas en estas historias?

El fantasma es la ausencia ficticia. Creemos que alguien nos acompaña, y es una invención de la que no nos gusta responsabilizarnos. No quiero decir que toda compañía sea inventada, porque no es cierto, pero en el amor platónico, que al fin y al cabo es de lo que trata esta historia, se proyectan expectativas casi fantásticas sobre la otra persona. Luego pasa que “cuando al fin se gira, él ya no está”.

18. ¿En qué estás trabajando en estos momentos?

En dos novelitas o nouvelles. Están casi acabadas.

19. ¿Qué opinión tienes de internet, los blogs y las redes sociales en relación con la escritura?

Supongo que son una manera más de seguir escribiendo y comunicándonos, aunque con un formato distinto donde lo que prima es la inmediatez y la sensación de que hay un canal permanentemente abierto hacia el mundo y los otros. Estamos menos aislados, o eso parece, aunque la virtualidad es, por definición, engañosa.

20. ¿Podrías contar algo de tus rutinas como escritora?

Procuro escribir todos los días cuando tengo algo entre manos. Soy muy hormiguita. Mis únicas rutinas son beber té y tener el estómago lleno. No puedo escribir con hambre.

Muchas gracias, Elvira.