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lunes, 5 de enero de 2026

SERENIDADES DE AGUSTÍN

 

AGUSTÍN EL SIRENISTA

 

Monsreal es poeta, cuentista, teatrero y puntillista. Recién galardonado con el premio más importante que concede el gobierno mexicano a un artista: el Premio Nacional de Artes y Literatura en su emisión del 2025. Autor de una cincuentena de libros, ¿o más?, maestro de generaciones de literatos, gran conversador, tallerista ilustre, único sobreviviente de la mesa de redacción que impulsó mes a mes El Cuento. Revista de Imaginación. Con seguridad, el único narrador mexicano a quien la novela le ha rehuido.

Maestro, enhorabuena. 

 



 

 

lunes, 3 de junio de 2024

LA SIRENA Y EL MAR

 Yuritzi J. Santiago Méndez 

Cuando era niña, mi mamá solía contarme cuentos sobre sirenas que vivían muy felices en el fondo del mar junto a los delfines, tortugas e incluso ballenas. Era pequeña, no tenía más de diez años, así que las sirenas se convirtieron en mi obsesión durante un rato. Diciembre arribó y con él la oportunidad de viajar a Acapulco. Mis papás conocían mi adoración por el mar, así que decidieron celebrar mi cumpleaños número siete en la playa. Recuerdo que hicimos bastantes compras, pero la única cosa que yo quería llevar a esas vacaciones era una sirena morada de juguete que mi mamá me había comprado en el mercado que se ponía a tres cuadras de mi casa. Mi sirena morada era la única cosa que yo creía importante llevar a ese viaje. 

Recuerdo que fue un viaje en autobús que nos llevó cinco horas completar, pero estábamos demasiado emocionados para darnos cuenta de que estuvimos tantas horas sentados, pues nuestro plan número uno al llegar ahí era ver el amanecer en la playa. Luego de que nos registráramos en el hotel, mis papás y yo corrimos hacia el mar y logramos disfrutar de un espectáculo inolvidable. Los colores más cálidos inundaron el cielo y el mar se veía más hermoso que nunca. Tal vez era mi primera vez viendo el mar, pero cuando mis ojos lo observaron, sentí un montón de emociones alegres y positivas que me llenaron el corazón. Al fin estaba frente al mar y los dibujos de él en mis libros de cuentos no se comparaban en nada al real. El mar brillaba como si sobre él hubiera diamantes invisibles y las olas bailaban tranquilamente soltando una brisa fresca que chocaba contra nuestras mejillas. A mi mamá siempre le dio miedo el agua del mar y aquella vez no fue la excepción, sin embargo, estaba igual de satisfecha y fascinada por la belleza única de aquella vista que disfrutábamos que incluso se acercó más allá de la orilla. 

Mis papás me tomaron de la mano fuertemente y cuando las olas me mojaron, no pude evitar gritar de la emoción por lo fría que estaba el agua. Mi sirena estaba conmigo en aquel momento, así que su cabello lila estaba empapado y a su cola morada se le había metido un poco de agua. Después de eso yo la enterré en la arena e incluso le construí un castillo. Tenía siete años, era mi cumpleaños y a mi parecer mi sirena morada estaba igual de feliz que yo por estar en el mar por primera vez. 







miércoles, 23 de diciembre de 2020

SANTO Y SIRENA

 ¿Mascarilla, cubrebocas o barbijo?  



miércoles, 8 de julio de 2020

SIRENAS DE CIRCO

Ramón Gómez de la Serna

A veces el circo abre su pista acuática y contrata unas bellas sirenas, sirenas de río, sirenas blanquísimas del sucio Sena. Cuando ese número existe en los programas, es el de su llegada el momento culminante y poético del espectáculo.
De pronto el circo comienza a hundirse. Todos parece que vamos a naufragar. El agua, escondida siempre debajo del mundo, aparece desnuda.
A los espectadores de primera fila les ponen el impermeable que también los simones tienen para cubrir las piernas en día de lluvia. Esas butacas con impermeable tienen algo de butacas marinas, butacas un poco metidas en una camilla.
El agua oscura se mueve ya con palpitación extraña. ¿Puede ser esta agua oscura la que bebemos en nuestros vasos claros? Sí es, desde luego, el agua que nosotros bebemos, el agua de los vasos.
¿Van a salir del fondo las sirenas? Del fondo debían salir, apareciendo primero la cresta de sus gorras de baño.
Pero no: las sirenas vienen de la calle, de gozar esa cosa de anfibias que tienen; probablemente del teatro.
Su modo de nadar es, además, humano, pues dan las boqueadas del que se ahoga. No ha aprendido todavía el nadador a sacar la cabeza con serenidad, no tiene quizás el cuello lo bastante largo.
Lo que yo encuentro es que estas sirenas necesitan la roca en que mostrarse, en que secarse al sol, en que sacudirse el agua, en que coletear, en que lanzar sonrisas mojadas al público.
Hay opiniones distintas sobre estas sirenas plásticas, escullantes y urbanas. Hay a quien no emocionan porque una mujer mojada le parece como una gallina sobre la que ha llovido; pero hay quienes las secan con las miradas y las disfrutan sin humedad. A mí me dan ganas de echarles miguitas de pan.
Desde luego, es un número limpio y ejemplar, que anticipa el verano. Sólo faltan los inquietos fotógrafos con sus kodaks de playa.
La que se llevó los grandes premios, la reina de las otras, escultural y submarina, vuelta sobre el espectáculo como pez volador, y es tan mórbida que sus hombros hacen un juego eurítmico con sus caderas.
Pero es demasiado rápida la exhibición de estas nadadoras, vestidas por el pundonor del agua, y que, cuando ya son relucientes estatuas de mármol, se van, dejando en el baño la huella de sus cuerpos, que algunos recalcitrantes se quedan contemplando largo rato, siéndoles difícil a los acomodadores echarles a la calle.
Dejan afeminada el agua y la han convertido en una especie de agua de Colonia pornográfica.

 

Ramón Gómez de la Serna, “Sirenas de circo”, en El circo, Madrid, Espasa-Calpe, 1968, pp. 85-86.

sábado, 16 de mayo de 2020

YO NO CANTO… EN GENTE DE POCAS PALABRAS

Primera parte:

                                       

miércoles, 22 de enero de 2020

LA SIRENA DE HENESTROSA


Andrés Henestrosa

La sirena del mar

La noche del 24 de diciembre es noche providencial, milagrosa. Cuando niño —porque hay niñez allí donde reinan los cuentos—, salía a caballo a recorrer la playa para ver salir a la media noche a la sirena del mar, para escuchar su canto, revuelto con los tumbos y retumbos de las olas. Tal vez por la canción del mar; acaso porque nos faltara virtud; o porque algunos de los ritos no se cumplían debidamente, nunca la vimos ni oímos su cantar. Sólo la canción del mar, sólo el cabeceo de las olas, su solo cabrilleo. Yo la vi y oí una vez, pero se me ha olvidado…

Andrés Henestrosa, “La sirena del mar”, en Los hombres que dispersó la danza, prólogo de Luis Cardoza y Aragón, México, Cámara de Diputados LX Legislatura-Miguel Ángel Porrúa, 2009, p. 7.

lunes, 14 de octubre de 2019

SIRENALIA





Javier Perucho, Sirenalia, 2ª edición, liminar de Laura Elisa Vizcaíno, ilustraciones de Vanessa Salas Orduño, Ciudad de México, La Tinta del Silencio, 2019, 45 pp. (Bocanada, 10)

lunes, 7 de octubre de 2019

SIRENA DE RAMOS



Raymundo Ramos


Ars combinatoria

Las tradicionales divas de las islas se están extinguiendo. Cada vez se oye menos el chapoteo de sus cuerpos fusiformes (con aleta caudal natatoria no transversa) arrojándose desde las peñas ferruginosas. En algunos pedregales resbalosos de musgo, la pestilencia a marisco en descomposición es insoportable; pudrideros de materia orgánica llegan ahora, en rachas olfativas, a la pituitaria de los navegantes, como otrora la miel de sus cantatas al sentido infundibuliforme de los héroes homéricos. 
La razón de su merma biológica es sencilla, son especímenes híbridos y, por lo tanto, estériles: fornican con los grandes peces y desovan un lodo espermático degenerado, que después de unas horas de vibración ciliar en los caldos de los esteros se aquieta y muere. Los manoseos sensuales con náufragos —de las costillas flotantes para arriba— son, evidentemente, lubricidades infecundas; extranjeros de tez comida por la barba y ojos desorbitados dan testimonio de haber succionado el calostro dulzaino de senos ebúrneos, aunque cerebros extraviados por el sol calcinante y la locura de la sal marina hacen increíble el recuerdo de esas glotonerías orales. En cuanto a la voz, ha habido de todo. Infortunadamente resulta imposible precisar las excelencias de sus registros sonoros, como en el caso de algunas virtuosas operáticas anteriores a las grabaciones en acetato: digamos, la Malibrán, pero es indudable que —mitologías aparte— debió haber entre las sirenas tonadilleras y baladistas de pésima cuadratura y vocecillas insignificantes.
El Jardín de las Delicias del Bosco es otra cosa. En él todo acto fornicatorio es posible y deseable, a condición de que se soporten los besos deslenguados y las miradas en eterna vigilia a través de las membranas nictitantes, amén de las mejillas erisipélicas y el jadear asmático de las branquias, como de pez fuera del agua. Aquí tampoco la relación es fecunda, a Dios gracias, y si en el caso anterior resultan cuestionables las facultades vocales de las Ristori o las Patti del archipiélago, en el espacio pictórico de las más audibles lujurias lo único que pudiera ser comprobable para el ojo que escucha es el peditrompeteo de flores que les revienta en el jarrón del ano a los habitantes de la pradera pecaminosa.



Raymundo Ramos, Alta infidelidad y los espejos cóncavos, México, cnca, 1997, p. 20. 

sábado, 24 de agosto de 2019

MELODÍAS DE SIRENA


Javier Perucho (prologuillo, espiga y documentación), La música de las sirenas, Toluca (Estado de México), Fondo Editorial del Estado de México, 2019, 166 pp. (Letras. Narrativa)