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domingo, 31 de agosto de 2014

El debate del más mejor

La televisión es un medio antiguo para aquellos que ni tenemos treinta años, más que nada porque la vivimos ya en su esplendor, pero su ficción es una disciplina bastante joven. Sólo hay que comparar cuántos años tienen las grandes obras de la escultura, la literatura, la pintura y el cine, con el que tiene muchas similitudes. Entonces queda claro hasta qué punto la televisión dejó hace muy poco la fase embrionaria.

Podríamos decir que no maduró hasta este nuevo milenio. Por supuesto había conciencia que las series podían ser de calidad y los ejemplos van desde ‘Yo, Claudio’ hasta ‘El prisionero’, ‘La Ley de los Angeles’ o ‘El abogado’, pero no se contemplaba el medio como una plataforma artística. Era la hermana pequeña del cine y las películas ya las pasaban suficientemente canutas para conseguir la etiqueta de séptimo arte. Pero entonces llegaron las series que tenían como objetivo ser muy buenas y que iban más allá del público (gracias, HBO) y la percepción cambió. ¿Y a qué viene este rollo? Pues que hay una obsesión por ser grandilocuentes, una de la que yo mismo participo.

Recuerdo que, cuando se estrenó ‘Los Soprano’, pasó a ser de forma automática la mejor serie de la historia de la televisión. Podía comprenderse el razonamiento porque no se parecía a nada de lo que hubiéramos visto por su temática, su dirección, su complejidad y su ausencia de tabúes. Con el tiempo hasta cobró más sentido con su influencia, que crearía escuela en HBO (¿o esa escuela la había comenzado ‘Oz’?) y la obsesión por los antihéroes. Pero la televisión fue prolífica y pronto llegaron rivales.

Pensemos, por ejemplo, en ‘The Wire’. Mientras se emitía en HBO pasó desapercibida y, cuando ya estaba terminando, se la comenzó a reivindicar gracias al mercado doméstico. De ella decían que era hasta mejor que ‘Los Soprano’. ¿Y qué pasó con ‘Mad Men’ y su maravilloso arranque? ¿Estábamos ante el mejor drama de la historia? Eso argumentaban muchos críticos mientras ‘Breaking Bad’ se cocía a fuego lento en la misma programación de AMC, llegando a la cima estos dos últimos años y suscitando otra vez el debate. ¿Era Walter White el mejor? ¿Es ‘Ozymandias’ la mejor hora de televisión que ha ofrecido la breve historia televisiva?

Hay tan poca perspectiva que al final los términos absolutos se han convertido en relativos. La crítica cinematográfica suele tener la decencia de hablar de grandes películas actuales sin sentir la necesidad de decir si son mejores o peores que ‘Ciudadano Kane’, ‘Casablanca’ o ‘Annie Hall’. Pero en televisión, como los títulos tampoco están separados por tantos años, es demasiado fácil caer en la comparación. ‘Breaking Bad’, ‘Mad Men’, ‘The Wire’ y ‘Los Soprano’ guardan muchas similitudes y uno puede dejarse llevar por el recuerdo, por el furor del visionado actual, por las escenas de impacto o la importancia de anticiparse a la moda. Según como se mire, cada semana podríamos argumentar que es una serie distinta.

Todo esto, que conste, lo digo desde un punto de vista muy concreto, el de la crítica norteamericana. Porque, como ya sabéis, aquí siempre defiendo firmemente que ‘The Good Wife’ podría ser la mejor como también lo pueden ser todas estas. ¿Por qué tiene que perder puntos una serie por ser tan televisiva, por entender que una hora puede tener un esquema (los casos) y a la vez servirse de él para desarrollar los personajes y las demás tramas? Por esto ‘The Good Wife’ podría ser la mejor, independientemente de su ausencia en los Emmy (por esta regla de tres, la mejor sería ‘El Ala Oeste’ por delante de ‘Los Soprano’).

Y, sin embargo, si me hubierais encontrado hace cinco años, hubiese argumento que ‘Friday Night Lights’ merecía este honor. Tampoco me hubiera atrevido a llevar la contraria a quien dijera que la mejor era ‘The Wire’. Así que, si alguien me pregunta cuál es la mejor serie que he visto, prefiero decir estas tres de golpe. Por suerte tienen conceptos, estilos y mentalidades distintas y compararlas, aparte de doloroso, resulta injusto.

lunes, 9 de junio de 2014

Los prejuicios seriéfilos

Louis C.K. es un tipo vulgar pero muy inteligente que sabe entender la naturaleza del ser humano. Su humor a ratos puede ser un tanto obsceno, sobre todo cuando hace monólogos sobre la masturbación, pero tiene un toque antropológico. Como ya comentó Alberto Rey en su blog, probablemente el diálogo sobre las mujeres gordas es uno de los momentos más inspirados de este año.

El protagonista de ‘Louie’, una versión alterada del propio C.K, le decía a su cita que no estaba gorda y ella se ofendía. Con esa negación básicamente le daba a entender que efectivamente para él era un problema que ella fuera obesa y que tenía prejuicios. El alegato sobre lo que significa ser una mujer obesa que hizo ella, una Sarah Baker fantástica, fue tierno, crudo y sonó verosímil, y esta semana no pude evitar recordarlo al leer algo sobre una obra fantástica. Decían que ‘The Wire’ no era lento. ¡Menuda tontería!

Los primeros episodios de David Simon son un peaje descomunal. El guionista no opta en ningún momento por ponerle las cosas fáciles al espectador: todos los delincuentes tienen apodos, nombres reales y la policía ni se pone de acuerdo en quién es quién. Y, como Simon tiene una aproximación a la ficción muy realista, opta por un ritmo pausado, diálogos que reposan entre silencios y un sentido dramático que no viene marcado por los giros. Es una serie lenta, sí, y no pasa absolutamente nada.

Cuando alguien produce una ficción lenta, normalmente no espera tener un público masivo porque no es del gusto de todos los paladares. Series como ‘Juego de Tronos’ y ‘The Walking Dead’ retan esta norma aunque también contienen muchas trampas para satisfacer aquellos que no son fans de semejante ritmo. Pero la lentitud ni es buena por defecto (por más que algunos esnobs crean que sí) ni mala. Es una opción a la hora de contar una historia y también un reto por parte de los guionistas: es más fácil aburrir con una ficción lenta que otra más ligera. Y ‘The Wire’ era lenta de cojones pero no era en ningún caso aburrida, por lo menos una vez entrabas en ese submundo de Baltimore y pasaba a ser un vehículo tan estimulante.

Estos prejuicios son los que nos llevan a decir cosas como “es algo más que una serie de casos” al referirnos a ‘The Good Wife’. ¿Es cierto? Sí. ¿Pero hay igualmente casos en todos los episodios? También. ¿Y los casos hacen que una serie sea menos buena? Ni en broma. Puede que obliguen a plantearnos hasta qué punto queremos ver un esquema repetirse una y otra vez, puede que muchas se estanquen en las formas y resulten formulaicas pero también hay gratas sorpresas. ‘The Closer’ ofrecía unos contrastes entre drama y comedia que eran la sal de la vida en sus primeras temporadas, ‘The Good Wife’ es la mejor serie en antena y ‘Medium’ era inquietante, achuchable y original en cada episodio.

Y luego tenemos el enésimo prejuicio, uno que viene heredado de fuera de la televisión. ¿Por qué he tenido que leer que ‘Orange is the new black’ no es una serie para mujeres? ¡Y tanto que lo es! Es una serie con mujeres protagonistas, con una creadora femenina que escribe con una óptica muy femenina. Por favor, ¡si el corazón de la serie en la primera temporada es el triángulo amoroso! Que tenga que distanciarse de la etiqueta de series de/para mujeres para ganarse simpatías es simplemente vergonzoso, demuestra hasta qué punto algunos espectadores tienen unos prejuicios muy consolidados. Que yo sepa, ‘Breaking Bad’ era esencialmente masculina y nadie sintió la necesidad de excusarla.

Basta de pedir perdón y dar excusas (que no matices) por una condición que no es intrínsecamente negativa, que simplemente es. La buena televisión es buena televisión y lo es independientemente de las etiquetas. Por suerte para todos, puede haber muchas formas, estilos y perspectivas y todas ellas pueden ser válidas si se ejecutan bien.

P.D.Podcast: La periodicidad del podcast cada vez será más irregular, que cuando empieza el calor toca tomarse las cosas con tranquilidad. Aquí está el último programa de 'Yo disparé a J.R.' y el menú es el siguiente:
- 0': Introducció.
- 4': 'Undateable' y 'Jennifer Falls'.
- 13': 'Crossbones', una serie de piratas.
- 22': 'The Normal Heart', la película para HBO de Ryan Murphy.
- 39': El final de la quinta temporada de 'Modern Family'.
- 48': La despedida temporal de 'Mad Men' con spoilers.

sábado, 10 de marzo de 2012

La piel de los adolescentes

Hay la creencia entre el público adulto que las series consideradas teen son menores, un mero entretenimiento para un espectador aún en proceso de formación, tanto física como psicológicamente, y que por lo tanto no se puede tomar como un género serio. Al fin y al cabo, habla de la etapa más insoportable y difícil de la vida de toda persona y que, cuando crecemos, olvidamos.


La paradoja de la situación es que este mismo público que menosprecia el género alguna vez también fue joven, sintió como tal y se rebeló a su manera ante las reglas establecidas por las anteriores generaciones. Pero esta conducta de mirar con condescendencia la etapa porque en algún momento las personas maduran y se transforman en adultos, justo es lo que lleva a los adolescentes a renegar de sus padres. Y puede que el ser humano no sea adolescente durante toda la vida, pero sí que la formación de su carácter depende sobre todo de esta fase.


No deja de ser gracioso que los padres, que un día olvidaron al igual que el Peter Pan de Spielberg lo que significaba ser joven (sustituyendo la infancia por la adolescencia), acaben sin comprender tanto esta clase de series como a sus propios hijos. Como algo ajeno con el que son incapaces de compartir nada. Es posible que entender y entrar en su idiosincrasia tampoco ayude a que conecten, que sea una etapa por la que todas las generaciones deban pasar (y en la que algún día me encontraré mirando algún retoño como si fuera una manzana caída del árbol), pero menospreciar esta forma de vivir la vida, al igual que juzgar estos productos audiovisuales, tampoco ayuda en absoluto.


Hay que reconocer que hay mucha morralla cuando toca hablar de este género, al igual que la hay en todos, pero siempre hay algunos ejemplos que escapan al simple estereotipo y que tienen un discurso y una forma de contar esa etapa de manera mucho más sólida. No sé hasta qué punto Friday Night Lights no era una serie adulta con protagonistas en el instituto y no voy a hablar de The Vampire Diaries porque su ambición no es reflexionar y conectar sino contar una historia dentro de ciertos parámetros del género, pero sí que encajaría en mi argumento la cuarta temporada de The Wire, teen la mitad del tiempo. Claro que ninguna ha sido tan catártica como Skins.


La obra británica nunca hizo concesiones y a partir de los excesos nos fue contando la mentalidad de una generación bastante desconcertada, desconectada de sus padres, perdida en la libertad y con un futuro que se antojaba poco luminoso. Daba igual que algunos conflictos se salieran de madre: en resumen expresaban bastante bien las emociones de las personas para quienes narra. Y, si bien su tercera generación (la quinta y la sexta temporada) jamás prendió porque perdió humanidad, cercanía y gracia, siempre será una obra que recomendar y tener en cuenta para la posteridad porque habló de una etapa y lo hizo sin emitir ninguna clase de juicio, demostrando a partir de la narración que sabía escuchar.


Por esto toca reivindicarla ahora que se sabe que esta tercera generación será la última y que sólo nos quedará una séptima temporada formada por tres películas que recuperarán unos cuantos personajes de las cuatro primeras temporadas. Puede que perdiera el don de renovarse y la emotividad, pero pocas series han sido más genuinas y han conectado mejor con su público como hizo ella en sus primeros años.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Chicago - Baltimore

The Wire fue un relato sobre cómo funcionaba el negocio de la droga en los bajos fondos de Baltimore y cómo afectaba a aquellos que la sufrían por sus calles, los que la distribuían y los que la perseguían. Pero, a partir de su segunda temporada, también vimos cómo de difícil era la batalla cuando los políticos tenían en su cabeza demasiada ambición y pocas ganas de combatirlo de manera fehaciente. Y es esta dimensión política la que me impide ver Boss como una propuesta genuina. Lo que veo, además de un Kelsey Grammer con muchas ansias de llevarse un Emmy en la categoría de drama, es la serie que intenta ser la nueva The Wire.


Desde que la hija pródiga de David Simon desapareció de la televisión, hay una corriente bastante generalizada de que podría haber sido la mejor serie que haya existido jamás (afirmación que nunca me atrevería y tampoco me gustaría hacer). Ese lento, rutinario y realista paseo por una de las ciudades más deprimidas de los Estados Unidos tenía una manera de ver la vida, por así decirlo. La intención de Simon era ir tejiendo una especie de colcha de patchwork con pedazos de realidad que, al terminar la serie, nos daban una visión bastante global de la problemática de una ciudad que siempre le interesó (Homicio y The Corner son la prueba de ello). Y, ya que la HBO parece darse por satisfecha con mantener Treme en su programación, que también es de Simon pero es menos oscura, Starz busca el hueco dejado por The Wire de forma totalmente directa y descubierta.


En Boss, Grammer interpreta a un alcalde de Chicago, Tom Kane, que tiene los días contados como político desde que su médico le diagnostica una enfermedad neurodegenerativa que le borrará de la primera línea en menos de cinco años. Pero él ni planea hacerlo público ni quiere dejar de mover los hilos. Su intención es agarrarse al poder mientras le quede tiempo, no dejar de lado su sucia forma de hacer política y cobijar de una manera un tanto sospechosa al tesorero de Ilinois, Ben Zajac (Jeff Hephner), a quien quiere avalar para Gobernador del estado. Por lo tanto, Boss cambia Baltimore por Chicago, parcialmente su temática y también la coralidad por algo más egocéntrico, pues aquí el mundo gira entorno a Grammer, pero los objetivos son los mismos: hacer un retrato muy crudo de una ciudad.


Esto no significa, sin embargo, que me haya causado una mala impresión. Boss tiene un arranque tan lento como brutal y visceral y, desde el primer minuto y con Gus Van Sant detrás de las cámaras, quiere impactar con escenas muy potentes que se nos queden grabadas y penetren en los caparazones de los académicos de los Emmy. También tiene a un Grammer muy convincente, con un registro al que no estamos acostumbrados y que hace olvidar al instante que supuestamente se trata de un actor cómico (con tendencia a casarse con strippers). Y hasta despierta el interés de ver algo más y testimoniar cómo se van destapando las distintas capas de la vida del alcalde, incluyendo una esfera familiar que cuenta con Connie Nielsen como su esposa y una trama que me intriga bastante (hay esa hija que parece mudarse de vez en cuando a The Wire...).


Pero también es tanta la ambición del proyecto (y demasiado comparativa), que me siento obligado a tomármela con precauciones. No es que desconfíe de su responsable, Farhad Safinia (guionista de Apocalypto), pero su tono es tan solemne que temo que acabe agotándome. Esa era la ventaja de The Wire, que te hacía sentirte parte de las calles y te lo mostraba con naturalidad y sin excesos, en lugar de dejarte claro con cada plano que todo es muy, muy serio.


P.D.Podcastero: Sobre esta serie y otras discuto con Marina Such en el último programa del podcast Yo Disparé a J.R. que podéis encontrar también en la barra lateral del blog. Aquí tenéis la guía para el episodio:

- 0’: Boss.

- 16’: Grimm.

- 22’: La nueva etapa de Cómo Conocí a Vuestra Madre.

- 36’: The Vampire Diaries.

- 50’: The Secret Circle.

- 1h 2’: Ronda de respuestas con comentario sobre Downton Abbey.

viernes, 1 de abril de 2011

Silenciosa lucidez

Cuesta decir, a veces, porqué vemos depende de qué series y no lo digo para entrar en la eterna definición del placer culpable. Al contrario. Lo que cuesta definir son los motivos para ver lo que realmente es bueno, más allá de criterios estéticos y frases lapidarias. Esas series que hacen sufrir, o que deprimen, o que ponen a prueba nuestra paciencia con dilatados silencios o cuya densidad nos estruja el cerebro con multitud de datos que hasta el momento no conocíamos. Me gusta decir, porque soy así de americanista, que lo hago porque me resultan entretenidas.


El paraguas de la industria del entretenimiento que han creado los yanquis hace que esta palabra, que en realidad significa ‘distraer’ y ‘divertir’, pueda tener connotaciones más serias porque todos los frutos que dan ellos, sean de autor o mainstream, parten de allí. Otros, en cambio, buscan distintas expresiones. Según un profesor que tuve, las grandes series se distinguían por lo que él llamaba “instantes de lucidez”. Y creo que, aunque en ese momento no nos dábamos cuenta, los dos pensábamos conceptos parecidos pero con distintas palabras.


Si me entretengo con (en lugar de aguantar) ciertas series que intentan ir más allá es porque justamente se convierten en productos de consumo (más o menos) fácil, de entretenimiento, una vez has visto esos momentos de lucidez. Él hablaba de “la verdad” que te permitía entender ciertas series como The Wire. Yo, como soy mucho más sentimentaloide, soy más partidario del “sentir”, de ponerse en la piel de otro y experimentar unas sensaciones reales aunque nada tengan que ver con tu propia vida (o sí). Una vez he conseguido llegar a este punto, que en The Wire me vino de la mano de D’Angelo Barsdale y en Boardwalk Empire de la de Margaret Schroeder, no hay silencio que sobre y conversación superflua, porque todo ayuda a construir un mundo, formado por muchos pequeños detalles. Pasa a ‘entretener’.


Pero sin hablar de estos instantes cuesta explicar, por ejemplo, porqué SouthLAnd es una muy buena serie. En la rutina de estos agentes, que es muy realista y se toma muy en serio no meter fuegos artificiales porque sí, hay parte de esa verdad que nosotros no experimentamos en nuestra vida diaria. No es cuestión de si existe ese submundo o no, sino que escenas como la de un agente abatido por un tiro con los pandilleros rondando alrededor, como si se tratara de hienas aprovechando la debilidad de una animal herido, dando patadas cuando pueden (en las costillas, la cabeza) mientras su compañero intenta ahuyentarlos con la pistola (recordando a un humano ahuyentando los animales con una antorcha), transmiten un desolador retrato de parte del alma humana o por lo menos de algunos de los seres de nuestra especie.


Esto, sin embargo, no siempre tiene que ver con la dureza y los bajos fondos. Puede ser la frustración desbocada de Betty Draper apuntando a los pájaros con una escopeta, el viaje liberador de Barb de Big Love en el Mini descapotable con sus dos sister wives o la inquietante naturaleza de los cylon en Battlestar Galactica. Y, como tampoco está solamente en el cable, también se puede tratar del dilema de la buena esposa para hacer lo correcto, la desesperación de Bree Van de Kamp y el dolor de Matt Saracen.


Estas sensaciones y sentimientos que transmiten, más un mundo verosímil y unas formas impecables, es lo que permiten estos momentos de lucidez. Diría que Platón lo describió a la perfección con la teoría de la reminiscencia y el acto de reconocer esas verdades que existen en el perfecto mundo de las ideas. Claro que él no era muy partidario de las sensaciones, que para mí lo son casi todo, así que mejor no sigo por este camino.

lunes, 28 de junio de 2010

Inocencia interrumpida

Como sigo The Wire a ritmo DVD, esta es una reflexión acerca de las cuatro primeras temporadas. Así que os encontraréis spoilers, aunque justamente no de la 4ª temporada.


David Simon fue más chulo que nadie cuando creó The Wire. En lugar de buscar un punto intermedio con el espectador, darle algo a lo que agarrarse para adentrarse a los bajos fondos de Baltimore (o sumarse al bando policial, que debería ser más asequible), prefirió dinamitar todos los puentes para que aquellos que no estuvieran dispuestos a seguirlo a pies juntillas se dieran de baja antes de empezar. Eran demasiados personajes, muchos frentes poco interconectados y unos modales de socialización que, a primeras, fueron incomprensibles. ¿Hubiera podido poner las cosas más fáciles? Seguramente sí (y sin rebajar el concepto, ni traicionando la esencia, sencillamente enfocando con claridad algún bando y dejando la complejidad para cuando domináramos un poco la jerga). Pero, como las barriadas de Baltimore, él también tenía sus reglas.


Esas reglas, llegado cierto punto, rindieron sus frutos al ver la meta que había trazado Simon. Había una unidad especial de policías y una familia mafiosa que derrocar (con grandes personajes como DiAngelo o el malogrado Wallace) y después tocó evitar que las drogas llegaran a buen puerto de manos de los desesperados descendientes de polacos. Es la ventaja de maniobrar con temporadas de 12 o 13 episodios, que permiten crear arcos argumentales más o menos compactos sin necesidad de cabriolas y rellenos. Pero esa paciencia personal que tanto obstaculizó la inmersión también provocó que llegara una tercera temporada dispersa y sin norte. Bueno, el norte era volcar las piezas del juego para comenzar otra vez la partida desde otro ángulo, aunque la cohesión demostrada con las anteriores temporadas se perdió.


Los personajes estaban allí pero la cuadrilla se desintegró, se añadió una dimensión política al tinglado, Bubbles se limpió, entró la figura del boxeador y la normativa monarquía de los Barksdale (que por lo menos seguía unos patrones) cayó en favor de la violenta dictadura del inquietante Marlow y su psicópata soldado. La transición fue lenta y hasta cierto punto dolorosa, al ser incapaz de discernir qué quedaría después de tantos cambios. Y con la nueva partida llegaron la nueva generación, la de aquellos que aún estaban a tiempo de decidir en qué bando jugarían. Y The Wire, por más que nunca se hable de ello, se convirtió en un drama de adolescentes (para que luego digan que sólo los productos frívolos entran en esta categoría).


Con ellos, además, The Wire recuperó el brillo de otros tiempos. El de aquellos en que Bodie eligió ser un asesino y Wallace no ser escoria (para pasar a ser un cadáver). Esa inocencia interrumpida nos recordó la gran diatriba interior que en su día protagonizó Di y que centró el punto de partida de la serie: las dobleces del ser humano y la situación social como puerta para decidir (o no). Cómo la bondad y la maldad en algún momento convergían en un mismo cuerpo. Y es que al final resulta que toda gran obra siempre acaba girando alrededor del amor, o de la muerte o de la naturaleza del ser humano. Y por más que Simon siempre se enfurruñe en recordarnos que el mundo, como el ser humano, es cualquier cosa menos justo, me alegró que despidiera este magnífico tomo con una pequeña nota positiva. Sí, esos 80 minutos fueron puro dolor y desesperanza, pero tuvo 20 segundos de compasión como apunte final.

lunes, 26 de abril de 2010

Cabeceras con estilo (I)

Ya no hay canciones originales o no las suficientes para que siga existiendo la categoría de mejor canción en los Emmy. No culpo a los organizadores. Cada vez hay menos títulos de crédito con canciones escritas expresamente para el producto que representan. De hecho, cada vez hay menos cabeceras en general.


Sólo se tiene que echar un vistazo a las Mujeres Desesperadas, por ejemplo, que decidieron jubilar la larga sintonía de Danny Elfman para convertirla en una simple cortinilla. Ahora la moda es montar algo escueto, al estilo LOST (que me parece un sublime e inquietante). ¿Quiénes quedan, entonces? Básicamente, las series de pago, bastantes de cable y alguna rara avis en los canales generalistas.


En esta categoría, la HBO, haciendo honor a su reputación, es la que le presta más atención a los openings. No sólo son los más largos, sino que hay algunos que cambian con los años. Si The Wire cada temporada tuvo una versión distinta de “Way Down in the Hole” (de las que me quedo con la de Tom Waits), ahora es Big Love que se ha hecho un lavado de cara. Antes tenía el magnífico “God Only Knows” de los Beach Boys con unas imágenes preciosas y ahora tiene “Home” de Engineers, que también capta la esencia de la serie y sus personajes. Eso sí: aún no sé con cual me quedo. Ambas me parecen preciosas.





No obstante, no siempre me han entusiasmado las elecciones de esta cadena, sobre todo porque algunas me parecen excesivas a pesar de que duren un minuto y medio como la de Big Love, la de The Wire o esa mítica de Los Soprano. Esto tiene más que ver con las elecciones musicales y me refiero a True Blood y Treme. ¿No se os hacen eternas? Pero si algo debo reconocer es que ambas hacen un gran trabajo a la hora de ambientarnos en el episodio que veremos: en el caso de Treme nos recuerda la catástrofe que vivió Nueva Orleans y en el caso de True Blood ayuda a crear ese halo de falso trascendencia que rodea el producto (comparar el estatus de los vampiros con el de los negros, como si fuera una metáfora elaborada, es una broma). Aquí la de lo nuevo de David Simon, que por cierto no veré hasta que pueda hacerlo en modo maratón, y que tiene potencial para crecer. Tiene ritmillo.





Las aperturas de sus series cortas, en cambio, siempre me parecen más acertadas. Ya sea la de Entourage con el “Superhero” de Jane’s Addiction o How To Make It in America con “I Need a Dollar” de Aloe Blacc (¿hay alguien que aún no se haya rendido ya a la grandeza de estos créditos?).


miércoles, 30 de diciembre de 2009

De la A a la Z, que toca hacer repaso del 2009 (I)

A de ABC: La operación de la cadena norteamericana de relanzar su programación al estilo 2004/05 (Mujeres Desesperadas, Perdidos y Anatomía de Grey) se ha quedado en un quiero y no puedo: el bodrio de Eastwick ha sufrido un siniestro total, FlashForward se hunde como el Titanic y V aún tiene mucho que demostrar en términos de audiencia.

B de Baltimore: Tantos años hablando de Los Soprano y resulta que tres cuartas partes del público habían obviado la existencia de The Wire. Este año, sin embargo, el lanzamiento en DVD de la serie ha puesto esta obra maestra en su sitio. Las alusiones en los medios de comunicación y el boca a boca deben haber ayudado, porque de sopetón han sacado la tercera y cuarta temporada este otoño. O quizá haya sido el amor que públicamente profesa Obama a Omar. Quién sabe.

C de Charlie Crews: Supongo que desde este Estado, que tan bien lo acogió, no se puede entender porqué en Estados Unidos marginaron este detective que supo diferenciarse dentro del género policíaco. Pues básicamente por nacer en el lugar equivocado: si Life hubiera ido acompañada de un CSI en la CBS, seguramente seguiría con nosotros. Pero la creó la NBC y ya se sabe que todo lo que toca esta cadena se hunde. Aunque para el protagonista Damian Lewis se cerró una puerta y se abrió una ventana: ahora está en los escenarios de Londres interpretando El Misántropo de Molière con Keyra Knightley. Afortunado.

D de Depredadora: Samantha de Sexo en Nueva York marcó tendencia (como siempre ha hecho la pandilla de Carrie Bradshaw): puso de moda a las maduritas depredadoras de jóvenes. Y este año la tendencia ha explosionado: Courteney Cox se pasa el día a cien mirándose los chavales en Cougar Town, que me ha seducido; Jenna Elfman se ha quedao preñada de uno en Accidentally on Purpose, un yogurín que se pasa el día enseñando abdominales (y quizá por eso la sigo); e incluso ha habido un reality basura, The Cougar, en que unos chicos de veintitantos debieron luchar para conseguir el amor de una madre soltera.

E de Embarazo: Lexie Grey se dio a la comida para superar la ansiedad, mientras las mesas del hospital la ayudaban a ocultar la barriga. Lilly Van der Woodsen y Robin Scherbatsky, en cambio, optaron por tumbarse en el sofá durante múltiples episodios. Meredith Grey regaló un riñón y se pasó el postoperatorio postrada en la cama, y la detective Reese fue enviada directamente al FBI. Pero la palma, ya lo sabéis todos, se la lleva Allyson Hannigan: los de Cómo Conocí a Vuestra Madre aprovecharon el handicap para reírse un rato con los espectadores.

F de Fey, Tina Fey: El 2008 la coronaron musa de la comedia, pese a que desde Chicas Malas ya había dejado bastante claro todo su potencial (como guionista, porque su personaje era bochornoso). Pero este año ha llegado la resaca y su tan vanagloriado Rockefeller Plaza se queda a medio gas. No recuerdo la última vez que vi un episodio redondo. En la tercera temporada quizá vi un par.

G de Gatillazo: Ironías de la vida, Hung de la HBO no levantó cabeza. Puede estar renovada para otra temporada, pero la crítica la perdonó sin mucho entusiasmo por ser hija del Mesías televisiva. Y ahora que no está en antena, no hay nadie que hable de ella o que se acuerde. Suerte tuvo de tener de lead-in a True Blood (léase la V de Vampiro).

H de Hospital: Urgencias se despidió ante una audiencia mediocre por lo que hubo sido y con ella se fue otro estandarte de la NBC y de su época dorada (a la que sólo le quedan los Ley y Orden). Pero ha habido series médicas noveles para dar y traficar: Hawthorne, Mercy, Three Rivers, Trauma y, la única que se salva, Nurse Jackie. A día de hoy, sin embargo, los chicos del Seattle Grace siguen siendo mis niños mimados: la quinta temporada de Anatomía de Grey fue un soplo de aire fresco y la sexta es aún más deliciosa.

jueves, 24 de diciembre de 2009

El top 10 de la década: De lo bueno lo mejor (II)

5.- Mujeres Desesperadas


Cuando Mary Alice se pegó un tiro en la cabeza no sólo salpicó la pared y el suelo de su impoluto hogar, sino a toda una sociedad de raíces patriarcales bastante reticente a valorar el concepto de ama de casa. Las Mujeres Desesperadas demostraron con su cinismo que los cuchicheos en el patio trasero podían acarrear trágicas consecuencias. Algunos seguirán en sus trece que se trata del enésimo producto machista, pero esta serie si algo demuestra es que la mujer es capaz de desempeñar cualquier rol sin tener que abandonar a su familia. Por algo las amas de casa norteamericanas se obsesionaron con ellas y las eligieron abanderadas de su causa, y el desenlace de la primera temporada se convirtió en uno de los acontecimientos de la década.

4.- True Blood


Después de A Dos Metros Bajo Tierra dudo que alguien esperara que Alan Ball se diera a los psicotrópicos y a la literatura barata. Pero lo hizo, adaptando una saga de Charlaine Harris, y convirtiendo True Blood en la serie más controvertida de los últimos años. Hay quienes ven en ella basura sin sentido y otros que le quieren buscar metáforas para excusarse. Pero no. Este descalabro argumental, interpretativo, lleno de excesos, que pasa del drama a la comedia, con toques de gore y desnudos gratuitos, es la tomadura de pelo más inteligente de este arte no numerado. Y en cierto modo simboliza el pasotismo y hedonismo de esta era posmoderna en la que está la sociedad y de la que tampoco escapa la televisión.

3.- Perdidos



Un drama de personajes con toques fantásticos que se pasó al terreno de la ciencia ficción pura y dura. Un juego entre el presente y el pasado, que pasó del presente al futuro, para ir dando literalmente tumbos por el túnel del tiempo. Desde que Perdidos llegó a la programación, el concepto ‘jugar con el espectador’ ha alcanzado otro nivel y los espectadores, en lugar de revolucionarnos y castigar la serie, hemos pedido más y más. Ya lo dije en su día que éramos una panda de masoquistas. Pero el relato intertextual, los guiños a la literatura, las continuas referencias a ella misma, sus trampas y engaños, y la intrincada realidad paralela que ha establecido en la red, han creado un entramado tan complejo como revelador. Logró salir de la televisión para convertirse en una enigma de proporciones reales.

2.- The Wire



Podría estar en el primer puesto pero no lo está, porque los vínculos que establece con el espectador no llegan al mismo grado de emotividad que otras series. Sin embargo, por lo que es, The Wire es una genialidad de nuestra época, comparada con el resto de la televisión y también con el cine. El guión de cada una de sus temporadas es la fantasía sexual que Martín Scorsese soñó con cumplir algún día, y el grado de complejidad es tal que no podría haber sido reducida a 150 minutos. Es coral y elegir para ella un protagonista es complicado. Y su mérito consiste en plagar de claroscuros todos sus personajes y dejar claro que en los dos bandos existentes, la policía y la mafia, hay quienes hay por simple casualidad. En realidad dependió del lado de Baltimore en el que nacieron, y los camellos lo hicieron en el equivocado.

Y mañana tocará colgar la que considero que es la mejor serie de la década. No ha sido una elección fácil y mucho menos obvia. ¿Apuestas?

domingo, 16 de agosto de 2009

Claroscuros en Baltimore

La crítica la amó desde el principio. The Wire, con sus intrincadas historias sobre el narcotráfico, sedujo a los especialistas acostumbrados a las perlas de la HBO. Los premios, sin embargo, la ignoraron, seguramente porque los niggers (como se denominan ellos) de los bajos fondos de Baltimore no gozaban del mito de los clanes mafiosos italianos como el de Tony Soprano y el público mayoritario tampoco la echaría de menos. Sobrevivió cinco temporadas a la sombra de Los Soprano y con unas audiencias finales que se intuyeron por los suelos (las cadenas de pago, con sus reposiciones, tv-on-demand y demás, saben camuflar algunos resultados y confundir al espectador).

Con la muerte del producto y después de un par de años en que los medios españoles han hecho énfasis en su calidad, The Wire de David Simon estrenó su primera temporada en DVD (seguida de la segunda y a la espera de una tercera que se hace la remilgona). Y con la calma del sofá y la tranquilidad que da tener todos los episodios de la primera temporada de antemano, disfrutar ahora de ella no es tanto un placer televisivo como literario. Y de altísimos vuelos.

La división de la narración en episodios responde mucho más a la estructura por capítulos de una novela que al concepto televisivo. Se aleja de los arcos aislados a favor de una historia progresiva y de ardua introducción que abarca la temporada entera. Y, una vez superada la barrera de los camellos de estética rapera y los yonquis que apestan a través de la pantalla, es cocaína sin cortar. Dura y adictiva (pero sin palmarla a la primera raya).

Tampoco teme al factor humano, frágil a la hora de captar información en el medio audiovisual. Se sobreponen las historias y se construye un caso con nombres, apellidos y motes. Y si no se logra relacionar la cara con el mote a la primera, pues ningún problema: hay trece episodios para ir jugando al quién es quién. Pero a diferencia del juego de mesa, en The Wire la descripción no termina con el color de ojos o si lleva gafas o bigote.

Hay blancos, negros y claroscuros, y ninguno de los peones (que es lo que son, como se expone a partir de una partida de ajedrez) se queda sin su nota de color, casi nunca evidente y siempre con matices (a menos que sea el hijo de puta del comandante Rawles). Y si bien al principio es mucho más digerible el bando policial, pues es mil veces conocido, a mitad del relato uno queda prendado de la pirámide criminal, formada en su mayoría por gente maleducada e inculta (que no sabe resolver problemas de matemáticas a no ser que ponga bolsitas de cocaína de ejemplo), pero con una organización que ni planeada por un empresario con un MBA.

La única pega que se le puede recriminar a la serie es que obliga a coincidir con la crítica más pedante, esa que pone en un altar diferenciado todo aquello que produce la HBO (aunque tengan sus razones, a diferencia de los showtimistas) y que tienen colocada The Wire justo por delante de Los Soprano, A Dos Metros Bajo Tierra y El Ala Oeste (que puede no ser de la cadena, pero que también es de esas que debes adorar, pese a que yo le tengo tirria).

Pero, como ellos, la recomiendo encarecidamente pues, además de ser una gran serie, es una obra maestra que traspasa la pequeña pantalla para erigirse simplemente en una de las mejores muestras de arte en su género y temática.