Los protagonistas de esta serie de asesinatos son un grupo de investigadores aficionados que se dedican a ayudar a la policía intentando identificar las víctimas a las que ya no se pueden dedicar más recursos. Y la primera pregunta que se debe hacer el espectador es ¿qué pueden aportar ellos a la investigación? Pues, después de dos episodios, queda claro que nada. Siguen los métodos cotidianos y encima sin placa, lo que lleva a la conclusión que, o los agentes de policía son unos ineptos, o esto no se aguanta por ningún lado.
La idea, que no han sabido trasladar a un argumento sólido, sin embargo, era atrayente. Ciudadanos normales y corrientes haciéndose los detectives. Por la premisa podía parecer una versión aún más rocambolesca de la frustrada The Unusuals y una visión más mundana a las series de asesinatos. Pero nada más lejos de la realidad.
Aparte del hecho que los aficionados se reúnen en el comedor del hogar de uno de ellos, no queda nada. Y la pandilla encabezada por Christian Slater (extraña elección después de que le fulminaran My Own Worst Enemy) se queda en un trazo superficial que no da esa otra dimensión que la distinga de ser un genérico. Es, por decirlo de alguna manera, el intento desesperado de la ABC de atrapar al público de la CBS y reniega claramente de apuestas anteriores como El Club contra el Crimen o la contemporánea Castle.
Lo único que juega a su favor y a la vez en su contra es el estilo elegido, que en ciertos planos convierte Chicago en el paisaje idóneo para un cuento gótico. Y la voz de la víctima se oye por encima de la bruma y de una notable banda sonora. Pero esas confesiones de una alma errante a la espera de su nombre, al pecar a menudo de sensibleras y tópicas, convierten la melancolía que levita en el aire en algo banal, y obligan a aborrecer aún más The Forgotten, que debería no haber sido.