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viernes, 29 de octubre de 2010

La paranoia de los viernes

Las quejas sobre el conservadurismo de la CBS a la hora de encargar proyectos nada tienen que ver con su visión de mercado. Su objetivo no solamente es conseguir cierto nivel de beneficios al terminar la temporada; ellos pretenden derribar a las demás cadenas con una programación extraordinariamente competitiva. No se trata de valorar sus productos por los ingresos que generan, sino que bajo la premisa del coste de oportunidad los juzgan según lo que deberían aportar. Pero esto es muy relativo. La franja de las diez de la noche, por ejemplo, desde hace algún tiempo no tiene el mismo potencial que el de las nueve. Pero ellos se niegan a contemplarlo y, con su visión ofensiva, están provocando lo que a partir de ahora llamaré “la paranoia de los viernes”.


Podría decirse que todo empezó con la decadencia de la franquicia de CSI. Los costes subían, Las Vegas se quedaba a un punto en los ratings de Anatomía de Grey y Nueva York había dejado de soñar con llegar a los tres puntos en la última hora del primetime. Entonces, en lugar de oírse rumores sobre la cancelación, se instaló una idea en las webs de análisis de audiencias: ¿podría ser que alguna de las dos series fuera desterrada a los viernes para gastar los cartuchos en la que seguramente supondría su última temporada y, de paso, masacrar a la competencia con productos que por otra parte seguían siendo fuertes? Por lo que se ha podido comprobar a partir de la mudanza de Gary Sinise a la noche de los viejos: sí.


Pero los viernes no son un día cualquiera. Son el vestigio de otros tiempos mejores en que la falta de competencia por parte del cable permitían que existiera ficción ambiciosa y además rentable. Ahora mismo, en cambio, solamente la CBS se atreve a programar propuestas más o menos sólidas (como Blue Bloods) que mientras aplasten a la competencia ya cumplen con su cometido (Outlaw de la NBC ya se ha despedido por la puerta de atrás y la ABC ni tan siquiera se ha atrevido a estrenar Body of Proof).


El destierro de CSI: Nueva York, sin embargo, ha abierto la veda a transferir a los viernes aquellas series que no llegan a los estándares marcados por los directivos, amenaza de la que puede ser víctima cualquiera de los programas de las diez de la noche. Esta franja, antes fructífera, ahora difícilmente puede cosechar tres puntos en los ratings. Pero la CBS no lo ve así y The Defenders (con un 2.4), The Good Wife (con un 2.4/2.5), Hawaii Five-O (con un 2.8) y CSI: Miami (con un 2.7) se han estancado en unas cifras nada satisfactorias. Asimismo, la decisión de acortar a 13 los episodios la temporada de Medium, ha ayudado a alimentar la hipótesis de que una de las series citadas será trasladada al cementerio de elefantes para dejar espacio al spin-off de Mentes Criminales, que no puede quedarse eternamente en el purgatorio.


The Good Wife fue la primera en sonar en las apuestas, pero el panorama rápidamente ha cambiado. Alicia Florrick y su bufete, además de estar en boca de los críticos (algo que le importa muy poco a la CBS si no se traduce en ganancias), han conseguido afianzarse un público que no les traiciona y darles prestigio en la noche de los martes. Hawaii Five-O, de momento, se libra del debate por los pelos y CSI: Miami se ganó un poco de paciencia por parte de los directivos al haberse movido de los lunes a los domingos. Así, por descarte, The Defenders tiene todos los números de encabezar la mudanza, algo que no parece tan terrible. ¿Pero qué pasará en junio cuando la CBS empiece a plantearse qué otra serie puede desterrar a los viernes? Os advierto desde ya mismo que la paranoia de los viernes se os instalará en el subconsciente y os rasgaréis las vestiduras ante el posible duelo entre Alicia Florrick y Horatio Cane.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Smits, Morrow, Belushi y asociados

La ficción televisiva norteamericana se sostiene gracias a tres pilares: están la jerga policial y los cadáveres decorativos, los pasillos de hospital llenos de doctores atractivos (aunque esta pata últimamente cojea) y luego están los abogados de sueldos irrisorios. En una sociedad como la americana, donde las demandas llegan a las casas al mismo ritmo que los periódicos y las botellas de leche, es normal que el sistema despierte cierta fascinación. Si a esto se le suma que los profesionales pueden llegar a ganar inmensas sumas de dinero por cada hora de papeleo (cuando oigo las cifras me repito a mí mismo que es ficción), que su fama es de desalmados y que encima los jurados están formados por gente como tú y como yo (que ya me dirás si está mal la justicia), se entiende aún más que cada año nos lleguen varias ópticas distintas sobre la misma profesión. Por mala suerte, no todas pueden ser sorpresas tan gratas como la excelente, inteligente, sutil y divina The Good Wife.


La primera que subió al ring esta temporada fue Outlaw. ¿Qué la diferencia? Su protagonista es un juez del Tribunal Supremo, adicto al juego y a las mujeres, que deja de creer en el sistema y decide luchar desde el otro lado, como un abogado común. Pero ni tan siquiera la interpretación de Jimmy Smits puede sacar adelante una serie sin personalidad que evidencia porqué ha sido desterrada a los viernes. No puede haber una investigadora que, a diferencia de Kalinda, suelte más comentarios sexuales que una prostituta del distrito rojo de Amsterdam. Ni puede haber unos secundarios tan insulsos e infantiles. Ni una sentencia de muerte se puede revocar tan fácilmente (ni a Clint Eastwood se lo pasé en Ejecución Inminente). Vaya, que Smits está a una sola serie de convertirse en un series killer profesional (¿os acordáis de su primera víctima, la fallecida Cane?). Pero por suerte para él, su nombre aún no puede medirse con el de Jerry Bruckheimer que este año ha vuelto a hacer de las suyas.


El que se supone un maestro de las ganancias en la industria del cine, sólo hace que patinar como si fuera un abuelete senil. Es pura kryptonita catódica y no hay nada mejor que poner su último engendro para probarlo. The Whole Truth, que cuenta los casos primero desde el punto de vista de la fiscalía y a continuación de la defensa, tiene los mismos defectos que algunas de sus últimas obras: confunde entretener con tener una realización ajetreada y tiene unos flashbacks completamente inútiles. ¿De verdad cree necesario recordarnos las palabras de los testimonios cuando les hemos visto hablar cinco minutos antes?


Quizá este montaje hubiera funcionado a principios de la década pasada, cuando todos hacíamos “Ooohh...” cada vez que se rompía el eje temporal, pero ahora huele a naftalina y a collage de su también fallida Justicia. Tampoco ayuda que el cretino del abogado defensor discuta con sus socios mientras juega a básquet en su despacho (y encima sea Rob Morrow). Otra que no sobrevivirá y que difícilmente alguien echará de menos (¿ha habido alguna campaña para The Forgotten o Dark Blue? Pues tampoco la habrá para The Whole Truth).


Y la última, a la espera del midseason y Harry’s Law con Kathy Bates, tampoco se salva. Ni que sea por la manía que le tengo a Jerry O’Connell, no veré The Defenders. Y basándome sólo en mis prejuicios, me atrevo a decir que es mala. ¿Qué importa que esté por allí James Belushi? O’Connell, ese terrorista de series como Las Vegas o Crossing Jordan, hace de palurdo con americana. ¿Hacen falta más motivos para evitarla?