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lunes, 27 de octubre de 2014

Cualquier color puede ser neutro

El éxito de los canales de cable en Estados Unidos tuvo sus ventajas de cara a los espectadores. La oferta aumentó de forma considerable, los canales apostaron por contenidos propios y de una manera u otra el espectador podía encontrar programas destinados a él. Hay canales para mujeres blancas, para negras, para aficionados a los documentales, otros obsesionados con la lucha libre, canales en castellano y para jóvenes que sueñan con descarriarse.

Pero esta infinidad de parrillas con perfiles distintos también tuvo una contrapartida: dejó de existir la televisión para todos los públicos. Socialmente podías intercalar opiniones con tus mejores amigos pero, si tocaba hablar con desconocidos, era más complicado que compartierais referentes televisivos. La fragmentación de la audiencia contribuía a la fragmentación de la sociedad y las networks lo amplificaron. En lugar de arriesgar, de querer incluir los nichos, casi les rehuyeron. ¿Dónde estaban los príncipes de Bel Air? En ningún canal para todos, sólo en aquellos orientados al público negro o, como se le llama ahora, urban.

Este desprecio hacia las minorías, que sólo encontraban personajes parecidos a ellos en concursos como ‘The Voice’ o ‘American Idol’ o con algún secundario sin demasiada sustancia de alguna serie, parece estar dando un cambio de rumbo. Las audiencias de las networks son tan pequeñas en comparación con antaño que, por ejemplo, ABC está intentando atraerles otra vez. Ya no producen únicamente para los blancos o por lo menos han dejado de creer que el blanco es el color de piel universal. Me refiero a que Hollywood se considera que un blanco es un protagonista válido para todos los públicos y uno de otra raza no, a menos que seas Denzel Washington o Will Smith.

El game-changer probablemente fue Kerry Washington y su papel en ‘Scandal’, donde Shonda Rhimes arriesgó y eligió una mujer afroamericana para interpretar a Olivia Pope. Literalmente no habíamos visto una actriz negra en un protagonista absoluto desde hacía décadas. Así culminaba un sueño, el de la normalización que Shonda ya había tanteado en ‘Anatomía de Grey’, y este año remató la jugada con Viola Davis en ‘How to get away with murder’, la serie que produce con su empresa Shondaland. ¿Uno de los puntos más comentados? Que Davis, además de ser una actriz de prestigio, tiene un tono de piel muy oscuro a diferencia de Washington o Halle Berry, que este verano estaba en ‘Extant’ en la CBS.

Es un soplo de aire fresco ver como el canal ABC, que emite ‘Scandal’ y ‘HTGAWM’ (o, como prefiero llamarla, ‘Murder’), también ha abierto otros caminos. ‘Blackish’ es una comedia familiar donde todos sus personajes son negros y los viernes emite la comedia ‘Cristela’ sobre una familia latina. Cristela Alonzo, por cierto, es muy divertida aunque es una lástima que la serie no esté a su altura (y eso que se la escribe ella, así que culpa suya). Se nota que ABC se ha cansado que los espectadores se fuguen a BET, OWN o Univision y quiere reivindicar ese mercado.

Si bien es maravilloso que cada uno pueda configurarse su parrilla y encontrar canales a su imagen y semejanza, es fantástico ver contenidos que aspiran a atraer a todos los públicos sin asumir que el blanco es el color neutro, sobre todo en un país con tanta diversidad racial como Estados Unidos.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Problemas y soluciones

Cuando los canales americanos eligen los proyectos y deciden en qué franja los colocan la siguiente temporada, hay que ingeniárselas para acabar con las maldiciones y los huecos malditos. Cada canal tiene los suyos pero pocos son tan históricos como los de ABC: los martes a las 22h, la serie de detrás de ‘Modern Family’ y los jueves a las 20h. Y este año podría ser (y hablo en condicional) que hayan resuelto como mínimo un par. ¡Bingo!

Adelantar ‘Anatomía de Grey’ a los jueves a primera hora del primetime era una solución que se sabía que daría sus frutos. Cualquier cosa podía mejorar los números de ‘The Assets’, ‘OUAT in Wonderland’ y ‘My Generation’, y los médicos de Shonda Rhimes tienen unos seguidores fieles. Después de once temporadas, este movimiento supondrá un leve desgaste pero tampoco le queda una alta esperanza de vida, sobre todo si tenemos en cuenta lo costoso que es el reparto. Ya puestos que le quedan un par de temporadas, aprovechemos para meterla en la trinchera y, además, alegrar a su creadora. Que una mujer afro-americana tenga tres series colocadas en una misma noche, demuestra que es un monstruo (en el buen sentido).

‘Scandal’ marcó máximo histórico y ‘How to get away with murder’, que Rhimes sólo produce pero donde se nota su influencia, ha sido la novedad que mejores datos ha marcado en su estreno, teniendo más espectadores que Meredith Grey y Olivia Pope (14 millones y 3.9 en los demográficos). En ABC ya abren botellas de champán en honor a Shonda, supongo que conscientes que un buen estreno no significa necesariamente que vaya a tener un prolífico recorrido, pero es un primer paso indispensable.

Después, el miércoles detrás de ‘Modern Family’ colocaron ‘Blackish’, que está gustando a la crítica americana pero que personalmente me irritó bastante (veré un par más para descubrir si no entendí su sentido del humor). Sí, otras como ‘Super Fun Night’ y ‘Mixology’ comenzaron con datos parecidos pero los Dunphy ya no tienen el tirón de antes y, en cierto modo, creo que sus buenos datos se deben al público negro. ¿No es casualidad que ‘Blackish’ y ‘How to get away with murder’ arranquen tan bien con sus claros protagonistas negros? Parece mentira que tengamos que decir esto hoy en día pero este colectivo lleva mucho tiempo menospreciado y creo que, junto con otros targets, ha respondido a la oferta (11 millones, 3.3 en los demográficos).

Y, finalmente, un éxito que hay que coger con pinzas. ‘Forever’, sobre un médico forense inmortal que ayuda a la policía, está haciendo unos datos meramente correctos en la noche del martes pero hay un factor a tener en cuenta: se estrenó el lunes y emitió un segundo episodio el martes, donde se instala definitivamente, y consiguió mantener su audiencia. ¿Ya ha encontrado su nicho, de casi siete millones y 1.8 en los demográficos? Puede que sea flojo pero siempre es mejor este adjetivo que desastroso y las series de casos tienen mayor flexibilidad que los productos seriamente serializados como serían, por ejemplo, los dramas de Shonda.

Así, mientras en FOX se dan cabezazos contra la pared por el desgaste de ‘Sleepy Hollow’, las caídas libres de ‘New Girl’ y ‘The Mindy Project’, y los fracasos estrepitosos de ‘Red Band Society’ y ‘Utopia’, ellos pueden respirar mínimamente tranquilos. Podría ser peor, sobre todo ahora que la televisión americana generalista pierde espectadores año a año y ya es una cuestión de supervivencia y de caer menos que los rivales. Pero el público americano es bastante traidor y una semana te da una buena noticia y dos meses vista ya se ha olvidado de ti. Sea como sea, seguir las audiencias americanas es una afición tan divertida como exasperante. De momento, ¡go, Shonda, go!

miércoles, 14 de mayo de 2014

El sentido del deber

¿Por qué pierdo el tiempo viendo series que no me gustan? Cuando terminé la temporada de ‘Scandal’ y escribí una crítica destructiva en el blog (y antes había publicado otro texto sobre su nefasto reparto en otra web), un lector me dijo que no entendía porque dedicaba horas a ver series que despreciaba. Comprendo su punto de vista y hasta yo mismo me hago esta pregunta cuando leo según qué conductas en las redes sociales. ¿Por qué hay quienes malgastan el tiempo con algo que claramente no les satisface, habiendo tantas joyas por las televisiones de todo el mundo? Pero en mi caso tengo una excusa: el sentido del deber.

Escribo sobre televisión en este blog, en varios medios de comunicación y hablo de series en mi podcast. Por lo tanto, hay muchas series que no merecen la pena y soy consciente de ello, pero nunca sé cuándo tendré que hablar de ellas, sobre todo si se trata de apuestas populares. Por ejemplo, ‘The Walking Dead’ no es santo de mi devoción y probablemente la dejaría tan tranquilamente, pero siento el deber de volver a ella de vez en cuando para comprobar cómo evoluciona.

Es interés por la televisión, por algo que ven millones y millones de personas, y nunca está de más como periodista saber de qué hablas cuando te pones a ello. Lo mismo digo de ‘Dexter’, que jamás disfruté ni un segundo pero de la que vi varias temporadas para intentar entender el fenómeno y lo podría decir de ‘House of Cards’, que demostró con el tramo final de su segunda temporada que no es la buena serie que aspiraba ser (y que vendió tanto humo que hasta algunos críticos se lo creyeron durante un tiempo).

Puede que ‘Scandal’ no tuviera mucho éxito en Cuatro, ni tampoco tenga mucho éxito entre los aficionados a las series que se las descargan, pero en Estados Unidos fue un fenómeno y no quería perderme todos los artículos al respecto, ni que fuera para llevarme las manos a la cabeza mientras pensaba “¿¡por qué demonios le ven!?”. Es una cuestión de estar al día, como los periodistas de política que siguen las maniobras de todos los políticos independientemente de a quienes votan en las elecciones.

Pero sí, siempre hay alguna serie buena (y alguna mala como ‘Reign’) que se me queda en el tintero por culpa de los deberes que me impongo, porque a veces pierdo el tiempo con series que no valen mucho pero me entretienen demasiado (todavía me acuerdo de mi trash-obsesión por las primeras temporadas de ‘Make it or break it’). ¡También me gusta disfrutar de la televisión! Pero, por más que sienta la llamada del deber cuando oigo las palabras “EEUU” y “estreno”, no hay quien me haga perder el tiempo con las series españolas que no valen demasiado. Un episodio de ‘Velvet’ y uno de ‘El Príncipe’ y, aunque no estén mal, duran tantos minutos (y no me interesan lo suficiente) como para seguirlas durante semanas.

En cambio, he hecho cosas como terminar la segunda temporada de ‘The Following’ ahora que sabía que llegaba a la recta final. Maratón de Joe Carroll y Ryan Hardy. Una serie absurda, mal escrita, con cero progresión dramática y unos defectos que se repiten una y otra vez. Esta vez reconozco que no sé si fue mi sentido del deber o puro masoquismo (y digo sentido del deber todo el rato sabiendo que no soy un superhéroe, que tumbarse al sofá a ver series es un placer). Pero también sé que, si no le hubiera destinado estos minutos, en ¡Vaya Tele! no habría crítica sobre el desenlace. Y hay que hacerla, claro que sí, que es suficientemente popular como para dedicarle unas líneas en una página sobre televisión.

domingo, 20 de abril de 2014

El fin de la loca, loca, loca historia de Shonda

Hay finales y finales y el de ‘Scandal’ de este año es infumable. Cuarenta mortales, veinte tirabuzones y se la pega en el asfalto, como una barbie suicida y dislocada. Es lo que tiene llamarse Shonda Rhimes, obsesionarse con escribir la serie más loca de la televisión (y creer que es buena televisión) y pasarte de largo (y de lista). Pero dará que hablar, claro que sí. Si algo hace bien Shonda es escribir televisión de la que hablar, por lo menos con Olivia Pope y sus secuaces.

Intentar describir qué es lo que no funciona del último episodio de ‘Scandal’ no tiene mucho sentido. Es más fácil procurar detectar lo que sí, porque no hay absolutamente nada. Es un despropósito calamitoso. ¿Hay giros? Sí, todos y cada uno de ellos más atropellados que el anterior. Jamás creí que podía morir un personaje tan importante y que resultara un simple trámite. Todo muy loco, por supuesto, pero también muy poco intenso. Llega el último minuto y no era capaz de asimilar tanta información. O no quería, mejor dicho, que el exceso también puede ser contraproducente.

En los comentarios en las noticias y resúmenes americanos sí he notado que hasta aquellos que adoran ‘Scandal’ creen que Shonda esta vez se ha pasado, como si hubiera hecho un salto del tiburón y la serie hubiera perdido toda credibilidad con la agencia de inteligencia que no recibe órdenes de nadie y todos los tejemanejes de la madre de Olivia. Curiosamente, no estoy de acuerdo. Si ‘Scandal’ era buena (mala, en mi opinión) en la segunda temporada y al principio de la tercera, tendría que seguir siéndolo (de mala). Es la misma bazofia, con los mismos insoportables flashes y los cristales que no están allí. Bueno, en este último aspecto puede que se superaran: hubo una escena donde Abby vociferaba y no pude entender nada de la conversación porque estaba demasiado alucinado con la cantidad de cristales que había entre la cámara y las actrices.

Probablemente lo que pueda indignar más del tramo final es cuan poco le importa la política a ‘Scandal’. Lo sabíamos, ya, pero ni tan siquiera se toman la molestia de fingir que hay cierto trabajo detrás de los guiones más allá del giro. Es una serie donde todos los personajes hacen cosas atroces porque Fitz es quien debe gobernar el país pero en ningún momento se toman la molestia de explicarte porqué él sería mejor presidente que sus rivales. Sólo apoyan esta idea poniéndole de rivales a psicópatas y asesinos (el ataque de risa de Olivia al ver que todos son una panda de asesinos fue el momento más brillante y auto-consciente de la temporada) y no le iría mal explicarse un poquito más. Una buena serie lo haría, claro que esta no lo es (miremos ‘The Good Wife’, que se supone que es un drama legal y las tramas políticas están todavía mejor escritas).

Pero hay algo positivo que decir de ‘Scandal’. Después del pelotazo que dio el año pasado, mejorando su audiencia semana a semana y convirtiéndose en un éxito destacable (la renovaron por respeto a Shonda y les salió redonda la jugada), creí que este año sería el que se la pegaría, que no conseguirían llenar la trama hasta el final de temporada y que el público se aburriría con tramas-relleno (y la dejaría). Pero no, el delirio duró hasta el final y no ha habido episodios de “no me han contado nada, no ha avanzado nada”. Esto es todo logro. Y, por lo que dejó a medias el final de temporada, Shonda tiene historia para rato. Una historia mal escrita, muy mal interpretada y mal rodada, pero por lo menos la guionista tiene cuerda para rato, que no todas las series pueden decir lo mismo.

jueves, 20 de febrero de 2014

'Scandal' se ve con el móvil en la mano

Los nuevos tiempos. Ver la televisión ahora no es lo mismo que hace veinte anos, ni tan siquiera dos. Los espectadores están cambiando sus hábitos a toda prisa, los canales se quedan obsoletos porque actúan demasiado tarde y aún no sabemos hacia dónde avanzará la industria, porque no sólo de Netflix se puede vivir (y aquí, conociendo la actitud de los consumidores, ni tan siquiera se consolidará: nadie paga por algo que puede bajarse gratis). Esto en Estados Unidos se nota muchísimo gracias a los mecanismos de grabación y las plataformas de contenidos. Pero hay alguien que es la reina de esta generación 2.0, que combina la televisión convencional con estos nuevos hábitos del espectador. Su nombre es Rhimes, Shonda Rhimes.

Olvidémonos de ‘Anatomía de Grey’. Marcó una época y diez temporadas en antena a base de emparejamientos en la sala de descanso de un hospital tiene mucho mérito (suerte que nadie se ha atrevido a examinar esos colchones con una luz ultravioleta). Pero lo importante es ‘Scandal’, una serie que podría haberse cancelado tras su corta primera temporada y que tuvo una segunda solamente porque Shonda tiene mucho poder en el canal ABC. ¿Y qué hizo? Tirar la casa por la ventana, saltar tiburones, soltarse la melena y liarla parda. Se dio la bienvenida a ella misma en la nueva era.

Cuando escribió el drama médico, había suficiente con encariñar al espectador con un par de personajes potentes y ofrecer instantes románticos en un ascensor (bueno, y esos guiones funcionaban a la perfección, era una delicia ver cómo compaginaban casos y culebrón). Pero en la nueva era tocaba ser mucho más adictivo, darle sensación de mono al espectador. Al fin y al cabo, los canales de cable básico como AMC ofrecen prácticamente las mismas condiciones que las networks, las generalistas, y bien que en ese frente hay fenómenos. ¿Pero cuál es la diferencia fundamental? Las series de network deben enganchar de septiembre a abril con múltiples pausas, mientras que las de cable permiten un pacto menos exigente. Unos trece capítulos de media sin casi interrupciones, no os vamos a monopolizar la vida televisiva y encima ya sabéis que os damos lo que queremos. Una fidelización de marca (o presunción de calidad) que las networks no tienen.

Por esto Shonda fue muy, muy sabia y creó una serie muy social. El reparto de ‘Scandal’ disfruta compartiendo por twitter sus impresiones (de hecho, hacen quedadas para comentarla en directo) y el público se une llamándose a sí mismo #gladiators. Vamos, que el mayor enemigo de la televisión, el móvil, se convierte en una herramienta más para entretenerse durante el visionado. Y, lo más importante, Shonda ofrece multitud de instantes para compartir en las redes sociales y no da tregua. Escena, impacto, escena, impacto. La serie es histérica, en mi opinión es ridícula, pero funciona. Hasta muchos críticos pasan por alto todos sus defectos porque consideran que semejante ritmo y locura es loable. Bill Clinton la sigue y Hollywood está coronando a Kerry Washington como la reina de ébano de la industria.

Aquellos que creyeran, además, que la serie no podía tener cuerda para rato estaban equivocados. La tercera temporada, que la semana que viene vuelve de un parón, es todavía más esperpéntica. Los diálogos son rápidos, no descansan nunca, pasemos a la siguiente escena que el espectador podría aburrirse. Pim, pam, pim, pam. ¿Que hay anuncios? Pues quedémonos ante la tele, que está el twitter para entretenernos de mientras y mañana tenemos que comentarlo con los compañeros de trabajo. El sueño de todo directivo televisivo en una época en la que resulta casi imposible mantener la atención del público, sobre todo los jóvenes y aquellos con perfil 2.0. Y es obra de Shonda, esa mujer que convirtió su fantasía sexual (enrollarse con el presidente de EE.UU.) en un fenómeno.

lunes, 11 de marzo de 2013

¿Hay que ver Scandal?

Estar a la última en televisión es un trabajo. Absorbe muchas horas y encima te deja con la frustración de que la semana que viene todo vuelve a empezar. Por más series que se jubilen, vayan de vacaciones y se guillotinen, siempre habrá otro estreno o regreso a la vuelta de la esquina. O, lo que es peor, de repente el mundo (o los medios de comunicación americanos) deciden que hay que ver una serie. Una que tú odias. Porque una cosa era que Revenge fuera la serie que había que ver el año pasado (ahora ya está pasada de moda) y otra que digan que Scandal da el subidón. Que lo da, sí, pero sigue siendo mala.

Por el sentido del deber (y estar en consonancia con las tendencias), la he retomado. La había dejado cuando, tras el lavado de cara, el estreno de la segunda temporada me pareció igual de malo. Y al ver seis episodios más puede que vea mejoras. De repente, más que una serie de casos, los clientes de Olivia Pope son excusas para ir desarrollando  las relaciones entre los trabajadores de la empresa, sus roces con el Presidente, el contacto con los senadores y alguna conspiración de fondo. Como si Shonda Rhimes se hubiera pegado un maratón de The Good Wife pero con tensiones sexuales ridículas, personajes irritantes y diálogos tan arrogantes como vergonzosos. Vamos, que Olivia es la gemela negra, fea y menos lista de Alicia Florrick, aunque ella se crea todo lo contrario.

Los cambios, no obstante, los veo. Todavía no sé si los compro. Hacen de Scandal algo mucho más entretenido y hasta complejo, pero sigo sin encontrar un solo personaje decente. Incluso la mujer del Presidente, esa pobre cuernuda, prefieren mostrarla como una bruja sin sentimientos y calculadora para que el affaire de Olivia sea lícito. Y Olivia habla de la dependencia de matar de uno de sus trabajadores como si fuera un pequeño vicio. Cero tacto. Pero seguiré con la misión.

Es pronto y sé que quedan bastantes locuras propias de la Shonda que plantó un psicópata con un rifle en el vestíbulo del hospital de Anatomía de Grey o esa loca que secuestró a Violet, la ayudó a parir y a continuación le robó el bebé en Private Practice. Y, de hecho, entiendo que cause furor. Las tramas tienen potencial adictivo y la creadora no se anda con pequeñeces. Ella habla de un JFK contemporáneo con su Marilyn, su atractivo y sus detractores. Y habla de una mujer con más poder e inteligencia que la CIA entera. Pero la elegancia no es su fuerte, ni en los diálogos, ni el montaje, ni esos planos cubistas a través de cristales (aparecidos de la nada).

Sólo espero conectar con ella en algún nivel para disfrutarla más allá del hate-watching. Ver para criticar es divertido pero disfruto mucho más viendo con pasión. Pero dudo que llegue a ser buena en algún momento. Puede que sea tan entretenida y llena de momentos que me olvide de lo mala que es. O que, por lo menos, sea tan y tan mala que hasta parezca buena (el efecto True Blood en las últimas temporadas). Y, llegue a la conclusión que llegue (sobre todo cuando vea los giros que me quedan por ver), ya comentaré.

Dicen que hay que verla. A ver si yo también acabo por decirlo.

P.D.Podcast: Yo Disparé a J.R. vuelve con un programa variado, comentando algunos estrenos del midseason americanos, recomendando una serie nórdica, haciendo balance de Black Mirror y recordando una serie icónica como Battlestar Galactica (#winning). Aquí tenéis una guía:
- 0’: Presentación y Vikings, el Juego de Tronos del canal History.
- 16’: Golden Boy, la carrera policial del hombre que desvirgó a Lady Mary.
- 28’: Black Mirror, la polémica serie que fue de mejor a peor.
- 42’: Bron Broen, un asesinato sueco-danés muy notable.
- 59’: Battlestar Galactica, la niña de los ojos de Marina.

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lunes, 31 de diciembre de 2012

Lo peor de 2012

La televisión de este año no sólo tuvo buenos programas y momentos para la memoria. Para que estos existan, también tiene que haber mucha morralla fallida o de mal gusto entre la que destacar. Así que aquí tenemos la lista de la basura televisiva de la última cosecha. Lo peor del año.

El No-Do de Sorkin: Se creía que de la suma de la pluma de Aaron Sorkin y el canal HBO sólo podía salir una especie de Mesías que devolvería la fe en los medios de comunicación porque se había propuesto hablar del tratamiento de la información y como puede haber principios en las redacciones. Por mala suerte, The Newsroom dibujó unos personajes hiper-repelentes con tendencia a ser condescendientes (si son hombres) o histéricos (si son mujeres), sermoneó al público del canal y trató noticias pasadas dando por supuesto que él sería mejor director de informativos que cualquier profesional del sector. Un cero patatero.

Los estrenos de otoño: La crítica americana se agarró a Nashville como si no hubiera un mañana porque la televisión estaba huérfana de algún estreno decente. Arrow fue otra de las excepciones que confirmó la regla.

X Factor US: No, Simon Cowell, no hay forma de salvar este descalabro musical. Incluso la nefasta última edición británica, marcada por unas votaciones que se cargaron el programa (Melanie Mason, Ella Henderson), le dio mil vueltas al karaoke con Britney y Demi Lovato.

Los flashes de Shonda: Podríamos emborracharnos cada vez que alguien dice “leader of the free world” o “we’re gladiators in a suit” en Scandal, pero diría que lo que más recrimino a esta serie son las cortinillas. Un festín de innecesarios flashes que separan todas las escenas de lo nuevo de Shonda Rhimes, una serie que cree ser un drama político denso e inteligente y que se queda en mamarrachada.

El avión de Meredith: Otro ataque a Shonda. La creadora de Anatomía de Grey demostró que había perdido cualquier tacto y estrelló un avión para dar un giro dramático a su serie. ¿Por qué escribir tramas de personaje y hacerlas avanzar progresivamente hasta llegar a un clímax cuando puedes liarla parda de forma totalmente gratuita?

La esposa del ejército: Como Claudia Joy no había tenido suficiente mala pata después de perder una hija y sufrir diabetes, los guionistas de Army Wives la mandaron a diálisis porque sus riñones habían dejado de funcionar, recibió un trasplante de su mejor amiga, se quedó fiambre durante unos segundos durante la operación y, mientras se recuperaba en una casa en la playa, fue secuestrada por un violador-asesino al que mató junto a Denise. Esto último en un solo episodio. Puede que una parte de mí crea que es magistral que tengan semejantes agallas, pero no puedo negar que también está en el vergonzoso altar de lo peor del año.

¿Otra vez, Nucky?: Ese desagradecido momento en el que veo la presentación de Boardwalk Empire y me doy cuenta que por enésima vez tendré que ver un montón de episodios aburridos para llegar a un clímax final antológico. No, esta vez ya me niego.

Las renovaciones de contrato: No mencionaré qué series se han visto afectadas por respeto a aquellos que logran vivir al margen de la actualidad televisiva, pero ojalá ningún medio de comunicación cubriera las renovaciones de contrato. Quitó suspense (dos veces) a una de las series de aquí arriba y estos últimos días me han destruido un capítulo muy esperado.

Los trapos sucios de AMC: Primero fue la negociación de contrato con Matthew Weiner, después las discusiones con Vince Gilligan para tener una última temporada de Breaking Bad en condiciones, echaron a Frank Darabont de The Walking Dead y estamos acabando el año con Glen Mazzara y su sonado despido. AMC pudo atraer a la crítica y los premios de forma precoz, pero ahora está aprendiendo cómo funciona el negocio. Y le queda bastante. Le tocaría también una mención especial a la patada en el culo a Dan Harmon por parte de NBC y sus disputas públicas con Chevy Chase, igual de deplorables.

Sé que hay muchas más series o episodios que deberían estar aquí pero ahora no tengo tiempo para seguir con el repaso. Lo importante, que era meterse con Sorkin, ya está hecho. ¿Y vosotros a quién añadiríais?

viernes, 14 de diciembre de 2012

Esto es un escándalo, Shonda

Si hay alguna cosa que Shonda Rhimes haya aprendido a lo largo de estos años como todopoderosa televisiva es que un episodio-evento te devuelve parte de la audiencia. Algunos desencantados regresan y otros simplemente deciden ver el siguiente capítulo en directo con anuncios incluidos, para poder comentarlo al día siguiente y evitarse que le destripen lo ocurrido durante el café. El tiroteo en el Seattle Grace y el musical registraron las mejores audiencias en sus respectivas temporadas de Anatomía de Grey, la violación de un personaje le dio algo de vida a Private Practice y ahora en Scandal ha intentado despertar revuelo con cierto gancho muy patriótico. Y también le ha funcionado.

La serie batió récords de audiencia con 7,4 millones de espectadores y un 2.5 en los demográficos, una buena nota para la franja de las 22h de la ABC. Demostró, además, que posiblemente Scandal no era la mejor candidata para aprovechar el tirón de Anatomía de Grey, pues no comparten temática ni filosofía a pesar de tener la misma creadora, pero ha conseguido reunir una buena parroquia de fieles. Al fin y al cabo, sólo hizo medio punto menos que Meredith y compañía.

Lo divertido es ver como en Estados Unidos hay quienes se toman la serie como algo adulto, complejo e inteligente. La televisiva Retta, por ejemplo, no se cansa de avalar la obra y, aunque los críticos se la pasen de largo en los repasos de este año, también hay fuerzas oscuras (otros famosos shondistas) que quieren meterla en ese saco de “...y en la segunda temporada explosionó y se convirtió en una serie superior”. Por no hablar de los que, aprovechando el tirón de Kerry Washington gracias a su película con Quentin Tarantino, Django Unchained, predican que es la sexta nominada de todos los premios que se conceden. De hecho, cuando le encargaron anunciar las nominaciones a los Emmy por un segundo me temí lo peor.

En realidad, Scandal es la hermana fea y deforme de El Ala Oeste y The Good Wife. Pero muy, muy fea. De esas que rompen espejos. Las cortinillas compuestas por flashes parecen sacadas de una doppleganger de segunda de CSI y Washington está tan desbocada como Olivia Pope que a ratos creo que se le caerá la dentadura al suelo mientras suelta algún sermón o pone en su sitio a cualquier persona que se interponga en su camino. Bueno, a cualquier persona menos al líder del mundo libre, que cuando se trata del Presidente de los Estados Unidos pierde toda personalidad y autocontrol.

La percepción al verla, sin embargo, es que Shonda Rhimes está convencida de estar escribiendo algo mucho mejor. Algo con cara y ojos, que diríamos en Catalunya. Habla de política, cae en el mismo error que Sorkin en The Newsroom y finge que el Presidente es republicano cuando a todas luces es demócrata, sus personajes hablan a la velocidad de la luz durante cuarenta minutos, confundiendo rapidez con inteligencia, y cree estar tejiendo un tupido tapiz sobre el funcionamiento de la capital de los Estados Unidos y las aristas y responsabilidades del poder. Hasta ha metido con calzador a un sucedáneo de Dexter que ayuda a Olivia Pope a conseguir sus propósitos, lo que es demencial. Y, aunque suena a festival del absurdo, es tan mala y solemne que ni puedo subirme al carro con un buen hate-watch con pipas en la mano. Sobre todo por cuestiones de salud, que en cualquier momento se me podría atragantar una cáscara con esas tracas de flashes y quedarme tieso en el sofá. No existe idea más triste que morir viendo Scandal.

P.D: Y no, no voy a comentar las nominaciones a los Globos de Oro. Una cosa es que ignoren The Good Wife como Mejor Drama y otra muy distinta que metan a The Newsroom. Ahora que lo pienso, quizá sería más patético morir mientras Will McAvoy me informa. Fingiré que estos premios no existen aunque el domingo me tocará comentarlos en Yo Disparé a J.R.

lunes, 1 de octubre de 2012

Shonda, los gladiadores y el líder del mundo libre

Scandal renovó para una segunda temporada porque era de Shonda Rhimes, ABC quería mantener las buenas relaciones con ella y porque confiaban que, con un poquito de tiempo y el verano de por medio, el boca oreja haría que aprovechase mejor el espacio que deja tras de sí Anatomía de Grey cada jueves. No está siendo el caso, viendo las audiencias de la semana pasada en Estados Unidos (ojo con Meredith, que en la novena temporada aún mantiene el primer puesto entre los dramas). Pero lo que es más preocupante es comprobar que la creadora se ama demasiado a sí misma y no comprendió que esta fantasía erótica suya nunca tuvo unos cimientos sólidos.

Supuestamente, la ventaja de una primera temporada muy corta es que permite tocar unos cuantos palos y decidir con qué carta quieres jugar. Así puedes arrancar el siguiente año habiendo aprendido de los errores pasados, pues a veces no sabes qué va a funcionar y qué no hasta que no lo tienes en pantalla y ves las reacciones del público (mirad lo que hizo Parks and Recreation entre su temporada de presentación y la confirmación). Scandal, en cambio, comete unos cuantos fallos que demuestran que la señora Rhimes es incorregible y reafirma, otra vez, que los líos médicos del Seattle Grace  fueron un golpe de suerte.

Por ejemplo, se tarda un minuto y medio en emplear el sobrenombre “líder del mundo libre” para referirse al Presidente de los Estados Unidos. A los seis minutos, ya se ha usado dos veces. Y la expresión “gladiators in a suit” aparece en la segunda mitad del episodio, sólo para repetirse pocos segundos después. No hay autocrítica. No es una broma autoconsciente para reírse de la línea más desafortunada del piloto. Es Shonda poniéndose guerrera y creyendo que es más ocurrente que Confucio.

Tampoco entiendo que, dejándonos con un (mal) cliffhanger la anterior temporada, abran el chiringuito con el Presidente y su mujer. A la responsable le queda demasiado grande toda la trama política y el tratamiento de la vida privada del mandatario. Sobre todo cuando se supone que ella escribe y ellos dicen cosas muy trascendentes y suena totalmente inverosímil. Sólo hace falta ver la escena de la familia presidencial recibiendo las noticias de si esperan niño o niña en una entrevista en primetime y la manipulación político-emocional de ella (Bellamy Young, además, cree estar fantástica). Una cosa es que el espectador se dé cuenta de lo fría y calculadora que es ella porque la vemos en más situaciones que delante de las cámaras y otra que sea tan poco sutil y el público ficticio no se dé cuenta.

Y, finalmente, respondieron al misterio que rodeaba cierto personaje con una explicación en principio poco satisfactoria pero que se supone que sólo es la punta del iceberg. Sin embargo, tuvieron siete episodios para dar color a todos los miembros del bufete de Olivia Pope, con lo que deberíamos implicarnos, y no ocurre. ¿Por qué? Pues porque de momento no hay ni un personaje que despierte cierto cariño. Sólo son seres testarudos, repelentes, sobrados y con complejos de superioridad que configuran un universo social apático. Y nada en Scandal es simpático. En especial Kerry Washington. Así que, como no hay ganas de mejorar, no hay redención posible.

miércoles, 9 de mayo de 2012

La naturaleza del midseason

Septiembre es un mes feroz para estrenar las series. Todas los canales van a por todas, se gastan millones de dólares en la promoción de casi todas sus series y, en menos de un mes, ya han caído algunas de las grandes apuestas. Sin embargo, el midseason es un mundo aparte porque, para empezar, parece haber menos probabilidades de supervivencia que en esos Juego del Hambre de otoño, sobre todo porque en primavera se consume menos televisión y por lo tanto cuesta aún más fidelizar al espectador con un producto nuevo. Bueno, y encima hay que tener en cuenta que los canales siempre tienen sus razones para aplazar esos estrenos para marzo o abril.
Por un lado están aquellas series que se presentan al público tardíamente porque la cadena no sabía qué hacer con ellas. Las típicas series que sobre el papel podían tener potencial y que, después de ver los pilotos, se dieron cuenta que necesitaban tener un golpe de suerte para que les sobrevivieran. Es el caso de Scandal (y de Missing, igual de bochornosa). Una cosa era soportar los inútiles monólogos de Meredith Grey sobre la vida y la muerte y otra ver al presidente de los Estados Unidos decir semana sí y semana también que es “el líder del mundo libre”. No es de extrañar, por lo tanto, que haya habido tanta gente por las redes sociales que dice habérsela quedado de lo involuntariamente cómica que llega a ser. Y Kerry Washington, por cierto, es para darle de comer aparte junto con Shonda Rhimes por sus extrañas muecas y por creer que tiene un buen papel entre manos (y que lo suyo es una interpretación seria).
Awake, en cambio, pertenecía a otro grupo, el de los experimentos (en el que también entraría The River, por ser un experimento). La NBC sabía muy bien que en septiembre semejante serie no sobreviviría porque con la crisis que tenía el canal costaría que la gente se fijara en ella y encima tenía un concepto que no sabían cómo vender: una serie de policías sobre un hombre que vive en dos realidades paralelas. Por eso confiaron en los críticos, que se pasaron muchos meses esperándola como agua de mayo, y la estrenaron en marzo. No les funcionó, por supuesto, pero no porque no valiera la pena y seguramente acabará su primera temporada y no la volveremos a ver.
Y después están esas series para las que sí había grandes expectativas como Smash y Touch, que se reservaron para más adelante. Smash porque querían que The Voice fuera su lead-in, porque tenía mucha audiencia y encima era de temática musical, y Touch porque literalmente la FOX no tenía suficiente espacio en la programación para emitir todas sus grandes apuestas en septiembre. Hay que entender que, a diferencia de las otras networks, FOX no tiene la franja de las diez de la noche y por eso siempre tienen alguna fuerte apuesta en la recámara, ni que sea porque Kiefer Sutherland es icono desde 24 y encima le habían dejado el espacio de después de American Idol para que se luciera. Claro que, semejantes casualidades babélicas y sentimentaloides, tampoco han cuajado del todo. Tuvo la mejor promoción, el mejor estreno pero poco a poco se ha ido deshinchando.
Por lo tanto, y en resumen, este año tampoco ha habido otra gran revelación como Anatomía de Grey, que en su momento sorprendió a todos dando una sonada campanada con veintitantos millones de espectadores. Esto no quita que, ni que sea porque la televisión norteamericana tampoco tiene muchas alegrías estos días, algunas de estas regresarán en primavera. Touch, por ejemplo, ha decepcionado pero sigue en mejor forma que Alcatraz, en la que confiaron muy poco, y Scandal está consiguiendo unas cifras aceptables sobre todo porque comparte público con Anatomía de Grey. Eso sí, juega en una liga muy inferior, la de las ridiculeces que jamás debieron ver la luz del día.

jueves, 12 de abril de 2012

Shonda y el presidente

Shonda Rhimes es esa mujer que una vez dijo llorar mientras escribía la peor season finale de Anatomía de Grey. Esa en la que Meredith y Derek acababan rodeados por su futura casa hecha con velas (que aún está en construcción, por cierto) y que provocó subidones de azúcar a todos los diabéticos que aún seguían con la serie. Por eso, cuando la creadora televisiva decidió utilizar su talento para hablar de política y de los tejemanejes de Washington D.C., cualquiera pudo pensar que la profecía de los mayas podía no andar tan desencaminada.


Scandal, el nuevo proyecto de esta señora, es de esas series que, sólo viendo el piloto, se puede saber que no valdrá ni un duro incluso a largo plazo porque todas sus bases fallan. Estamos bastante curtidos en televisión como para saber que lo importante no es únicamente tener una buena idea, sino sobre todo importa saber ejecutarla. The Good Wife podría ser otra serie de abogados, Mujeres Desesperadas podría ser un placer culpable y Mad Men podría ser algo parecido a Trust Me, esa serie publicitaria de Eric McCormack que jamás llegó a ninguna parte, pero no lo son. Son más que eso y Scandal, sin embargo, jamás será algo destacable, por lo menos en el buen sentido.


Este drama que la ABC se reservó para el midseason porque sabían que la competencia la destrozaría (y también sabían que era morralla) gira alrededor de un personaje femenino supuestamente fuerte como Olivia Pope y su particular no-bufete de abogados (son “gladiators in a suit”, según ellos mismos, y jamás van a los tribunales). Esta mujer, que nos cuentan que es la más influyente de la capital, resuelve las crisis de imagen de los personajes públicos antes de que los escándalos salgan a la luz. Incluso los del Presidente, si hace falta. Y sí, hay que echarse a temblar cuando Shonda se remanga y decide humanizar a un ficticio presidente cuál médico cachondo del Seattle Grace. Horror.


Pero más allá de que en esencia es la enésima fantasía de esta señora (esta vez es la ex amante del “líder del mundo libre”), Scandal falla a todos los niveles. Su estética parece salida de la factoría Bruckheimer ya un poco caduca (especialmente de Justice, otro proyecto fallido con la que comparte también arrogancia). Peca de querer contar demasiado en muy poco tiempo, sin tacto y sin tener un sólo personaje firme y tiene demasiados errores de cásting, empezando por Henry Ian Cusick y pasando por Kerry Washington, de quien todos los medios hablan como si fuera alguien.


La Shonda de Scandal no es la que escribía las primeras temporadas de Anatomía de Grey, sino la que arrancó ese malísimo spin-off llamado Private Practice, donde todos los personajes conseguían no caer bien desde el primer minuto, sin cualidades que los redimieran. Como ya ha demostrado otras veces, confunde ser inteligente con ser arrogante, tener seguridad con ser imbécil y tener ideales con ser panfletista (el desenlace del piloto es bochornoso, al igual que cualquier dilema moral de Addison Montgommery en los últimos cinco años). Y lo peor es que todos estos defectos, que en Grey se racionan con bastantes virtudes, aquí se amontonan en cuarenta minutos de vergüenza ajena y diálogos tan irritantes como un gato rasgando sus zarpas contra una pizarra. Imperdonable.