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lunes, 28 de enero de 2013

Un final 'por si las moscas'

Cuando una serie cosecha unas audiencias justitas, todo showrunner tiene dos opciones: hacer como si no fuera con él y escribir un último episodio que nos deje con las tramas a medias y algún cliffhanger (de estos hay un montón y casi todos dolorosos), o las hay que prefieren preparar un capítulo que sirva como cierre definitivo por si acaso el canal decide no renovar. Diría que el caso más curioso es el de Chuck, cuyos responsables eran tan honrados que por regla general planteaban el último episodio de cada pedido de la cadena como si fuera el desenlace, lo que significaba que solíamos tener dos finales por temporada, tras el episodio 13 y en la season finale de turno.

Ahora, la serie que se ha acostumbrado a curarse en salud por si las moscas es Parenthood. Jason Katims, que ya tenía experiencia en el tema con Friday Night Lights, cuya tercera temporada se despidió por todo lo alto sin saber que DirecTV la rescataría, diseñó un cierre para la tercera temporada que olía a adiós y este año ha ejecutado la misma maniobra. Todavía no sabemos si el canal que la cobija, la NBC, le dará luz verde a un quinto volumen, pero como espectadores podemos darnos por satisfechos con la última impresión que nos han dejado todos los personajes. Y hablo en plural porque, contra todo pronóstico, este último tramo hasta me ha gustado.

A partir de aquí, spoilers de la temporada.

No es que ahora necesite a los Braverman en mi vida y vaya a mandar niños de centros de acogida al canal como medida de presión para que renueven la serie, pero los entresijos de esta familia se convirtieron en una especie de happy place en estos últimos episodios. Bueno, un lugar feliz donde aproximadamente no puedo ver la mitad de los personajes (suerte que los abuelos han estado desaparecidos). Primero fue el tumor de Kristina. Otras muchas veces hemos visto a mujeres tratándose un cáncer de mama en la pequeña pantalla, aunque el anuncio ante sus seres queridos tuvo un tacto que permitió que fuera uno de los highlights del año pasado. Después me aferré (por sorpresa) a Ray Romano. Abría menos la boca que Damian Lewis y su papel era el sujeto romántico de Lorelai, esa mujer a quien todo hombre ríe las gracias y que cada vez está más cascada. También lo pasé fenomenal odiando a la suegra de Crosby. Y, si soy sincero, el cierre de temporada me pareció muy bonito, aunque incluyera esa escena tan bochornosa en los juzgados. No me educaron para manifestar mis sentimientos de esa forma en público y esa clase de momentos suelen incomodarme.

Este último episodio, sin embargo, también ha despertado algunas críticas entre aquellos que siempre han defendido la serie a capa y espada, y no les falta razón. Si bien la felicidad de todos y cada uno de los miembros de la familia es una preciosa forma de cerrar su historia, las tramas se aceleraron y Katims confió demasiado en la bondad de todos los personajes. Julia tenía dudas sobre si se veía capaz de ejercer de madre de Victor y, de repente, no las tenía. Syd detestaba a su hermano-a-la-fuerza y, también de repente, le quería. Andrew acompañó a su novia a abortar y, por si acaso, le admiten en Berkeley para que nadie se acuerde del trauma. Crosby y su mujer descubren que serán padres por segunda vez y así todo el mal rollo con la suegra queda camuflado. De Sarah podemos olvidar que en algún momento tuvo aspiraciones en la vida aparte de ser la señora de alguien y, finalmente, Amber vuelve con el desequilibrado de su ex y a la primera semana ya miran anillos de compromiso.

Fue complaciente, inverosímil y tienen razón en Vulture cuando dicen que la esencia de Parenthood era que siempre había conflictos y a pesar de eso seguían adelante. Pero también un ejemplo de cómo Jason Katims sabe manipular las emocionas y escribir escenas llenas de ternura. Así que durante 45 minutos suspendí la incredulidad y disfruté de las declaraciones de amor de los Braverman. Claro que, me pilla en un mal día, y podría ser que este artículo tuviera una óptica diametralmente opuesta.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Los momentos de 2012

La lista de las mejores series de 2012 vino marcada por los resultados más o menos finales de dichos programas. Esto no quita que este año a punto de terminar no haya tenido muchos más highlights que estas obras y, como ha habido muchos apuntes por aquí y por allá, aquí viene otra lista. La de los momentos más impactantes, emotivos, divertidos o entrañables del año.

- Wonderful, wonderful: Marc Cherry se pasó de ligero en la series finale de Mujeres Desesperadas, pero Johnny Mathis ilustró una escena preciosa, como tampoco olvidaré el último paseo de Susan por el vecindario y el divertido auto-homenaje final.

- Madeleine y el avión: La escena de Victoria Grayson subiendo en el avión con sus tacones de mujer fatal fueron una imagen tan potente como una posible señal de que Revenge estuviera saltando el tiburón. Todavía no sé si ha ocurrido.

- El bodorrio: Los habitantes del condado persiguieron el coche de Lady Mary y yo eché en falta tener una banderita para celebrarlo desde mi sofá.

- ¡Patrice!: Cada grito de Robin Scherbatsky demuestra que Cobie Smulders sigue siendo la mejor actriz de Cómo Conocí a Vuestra Madre.

- El episodio: El piloto de Smash puede que fuera el mejor capítulo del año. Aún recuerdo cómo se me pusieron los pelos de punto al escuchar Let Me Be Your Star.

- Bobby Cannavale: Quiso hacer la vida imposible a la enfermera Jackie pero le recordaremos este año por perseguir a unos matones en uno de los desnudos frontales más impactantes que haya visto. Bueno, desde Viggo Mortensen en Promesas del Este.

- Sorry... I’m not sorry”: Awkward en estado de gracia.

- Los nuevos chicos del coro: Jake bailó Everybody Talks de los Neon Trees y me reconcilié con Glee.

- Jennifer Lopez: Girls es post-pedante y lo demostró utilizando el On The Floor para abrir su mejor episodio.

- Excuse me, bitches: La parodia de las Real Housewives of New Jersey en The Neighbors casi hace que me tire por los suelos.

- Sigur Ros: Puso música a uno de los momentos más bonitos del año, el final de temporada de The Vampire Diaries. Vídeo no apto para alérgicos a los spoilers.

- La caída de los Pond: El episodio de despedida de Amy y Rory en Doctor Who pudo no satisfacer a todos, pero sí tiene varios momentos memorables. Compro.

- Los créditos de Partners: Nadie se acuerda de la serie tras su cancelación pero sus créditos nos descubrieron un temazo de Imagine Dragons.

- El arco: Por favor, quién me iba a decir que la segunda temporada de Teen Wolf sería tan entretenida. Como ese highlight semanal que es ver a Alison coger su arco en el opening.

- El pene de Chloë: Hit and Miss no se desmarcó lo suficiente de Shameless como para poder apreciarla entre lo mejor del año, sobre todo porque nunca acabé de comprar su química grupal, pero la primera ducha de la transexual mercenaria no se olvida.

- Thank yew: Brenda subió al ascensor, se cerraron las puertas y la serie de cable más vista hasta ese momento, The Closer, se despidió.

- La cara de Glenn Close: Damages tampoco tuvo una última temporada memorable pero sí será fácil recordar ese primer plano final.

- Blackwaters: ¿Pero esto se puede hacer en televisión?

- Carne quemada: Sons of Anarchy y su sed de violencia. Crueldad extrema.

- La familia unida: Se puede odiar la edulcorada ternura de Jason Katims en Parenthood pero si alguien no se emociona con el anuncio de cáncer de Christina es porque no tiene corazón.

¿Y cuáles añadiríais vosotros?

jueves, 1 de marzo de 2012

El reino de los randoms

Los secundarios, cuando están bien escritos, dan la vida. Como tienen menos minutos en pantalla, sus guionistas a veces se recrean más en sus caracteres y sus frases, y encima elevan la serie al tener una esfera más de interacciones, permitiéndole darle más matices y complejidad a la serie. Pero a veces también los hay que de muy random que no aportan absolutamente nada. Que podrían desaparecer de la faz de la televisión y nadie se daría cuenta; que los responsables no saben qué hacer con ellos y cuyos actores no tienen el suficiente carisma para sacarlos adelante. A todos ellos va este pequeño ránking al que se le podría dar la vuelta porque, al fin y al cabo, son todos igual de inútiles:


10 y 9. Javier Esposito y Kevin Ryan: Ni todas las bromas sudadas del mundo justificarían la existencia de estos dos tarugos que, además, no nos intentan vender como dos completos estropicios de la policía. Y es que, seamos realistas, es increíble pensar que ayudan a resolver crímenes de Castle cuando a ratos parece que vayan a quitarse garrapatas de la espalda el uno al otro.


8. Jackson Avery: Se podría entender como una versión masculina de Meredith Grey, un doctor al que le cuesta escapar de la sombra de su legendaria madre y con un plus: está bueno, bueno. Pero ni esos ojos azules podrían dar algo de personalidad a Jesse Williams, que no tiene ni química de romance ni de bromance. Un desperdicio de torso con cabeza, vamos.


7. Julia Braverman: Esta es un poquito la excepción de la lista, pues siempre ha gozado de tramas propias en Parenthood al formar parte de la familia más drama queen de la TV. Pero cada vez que aparece en pantalla es demasiado tentador fast-forwardear de mero aburrimiento: no es nadie. Sólo el atractivo manitas de Sam Jaeger puede salvar sus escenas, pero únicamente si lleva barba de cuatro días.


6. Carol Peletier: Le matan a su abusivo marido durante un apocalipsis zombie, le desaparece una hija y ni aún así despierta algo de empatía, compasión o tristeza. Tanto lloriqueo por paisajes desoladores (y un peinado tan poco favorecedor) es una de las razones que demuestran cuánto puede (y debe) mejorar The Walking Dead.


5. Harry Crane: Matthew Weiner defendió a uñas y dientes a sus personajes y actores cuando tuvo que negociar la renovación de Mad Men para una quinta temporada. Lo mejor es que nunca entendí a qué venía tanto alboroto cuando hay personajes tan randoms como Harry Crane paseándose por la agencia de publicidad. Gafas de pasta, cara de tonto y poco más. Que contraten a más secretarias, que siempre son más interesantes.


4. Astrid Farnsworth: Por más realidades alternativas que existan, la ayudante de Walter en Fringe siempre será una extra con frase. Incluso la vaca Gene ha tenido líneas más interesantes, ni que fuera quejándose ante los toqueteos varios del chiflado genio. Y lo peor es que siempre pensé que era un personaje con potencial, hasta que vi a Jasika Nicole fingiendo ser otra versión de ella misma en el universo rojo. Vergüenza ajena.


3. Mike Delfino: Otro que confirma que, por más que los guionistas sean quienes escriban sus frases, muchas veces la razón de su falta de identidad se debe a la ausencia de talento en los actores. Cuando James Denton dejó de tener un secreto en Mujeres Desesperadas (y de esto hace siete años), Mike Delfino perdió todo el interés. Sólo alguna escena sin camiseta nos puede recordar el maromo que un día fue pero ya no causa el mismo furor arreglando las tuberías por Wisteria Lane.


2. Nathaniel Archibald: Si los responsables de Gossip Girl hubieran sido inteligentes, hubieran mandado al personaje de Chace Crawford a las saunas gay más oscuras de todo Manhattan. Pero no. Se cerraron en banda y le mantuvieron como rompebragas y príncipe azul y Nate, que rezuma homosexualidad por todos los poros, no supo estar a la altura. Bueno, también porque no se puede ser menos expresivo, ni soltar las frases con menos gracia.


1. La china de Glee: Ni me pienso tomar la molestia en buscar el nombre del personaje. Ella es la reina de los randoms. Lleva tres temporadas siendo una de las caras visibles de Glee y de momento su único talento ha sido el de saber fundirse con el papel pintado de cualquier pared ante la que pase. Ella es invisible y sólo ha servido para mostrar su cara asiática en los tours promocionales de la serie por eso de la integración racial, uno de esos discursos que Ryan Murphy cree haber asimilado en su desequilibrada cabeza. Y cada vez que la han emparejado con alguien, sólo nos hemos acordado del otro. Primero le robó el protagonismo una silla de ruedas y después fue una camisa desabrochada. Seguramente no se puede ser más inútil, ni más random.

miércoles, 25 de enero de 2012

Los conflictos de los Braverman

Los críticos yanquis tienen una especie de obsesión que no logro entender: aman Parenthood. Cuando llega la temporada de premios, piden que se la tenga en cuenta en todas las categorías posibles; y cada vez que hay un pequeñito avance o alguna anécdota, loan el episodio como si la familia Braverman hubiera conseguido abrir una intrigante escotilla.


Las opiniones que he leído al respecto de este drama familiar es que narra la relación entre padres, hijos y hermanos con mucho aprecio, dejando claro en cada plano que el amor les une a todos ellos, y presenta unos conflictos creíbles y verosímiles. Desde el diagnóstico de autismo de Max, a la idiosincrasia entre hermanos o lo complicado que es ser madre soltera. Sea lo que sea, los Braverman nos lo narran de la mano de Jason Katims, que ya demostró en Friday Night Lights que las historias cotidianas se le daban bien. Por lo menos según estos críticos y muchos espectadores, claro.


La ventaja que yo le veía a la finalizada serie deportiva es que contaba conflictos realistas, un tanto crudos, y lo hacía con el exceso emocional de la filosofía adolescente. Cada oportunidad era un sueño, cada error era un drama y todos ellos iban madurando con cada una de estas experiencias. Bueno, y hay que reconocer que se permitía ciertas licencias para beneficiar el dramatismo de la historia, ya que entendía que se trataba de ficción y, cuando se aparece en televisión, debe haber unas dosis mínimas de espectáculo o drama (mientras que los Taylor eran la constante que ayudaban a preservar el tono realista).


Parenthood, en cambio, optó desde el primer momento por una imagen cotidiana y una filosofía tirando a optimista. Hay obstáculos, enfrentamientos, pero en todo momento dan a entender al espectador que hay solución si existe amor. Y esto, además de provocar unos momentos muy ñoños, también impide que disfrute del drama y que acabe creyendo que todos son unos maridramas con nada mejor que hacer. Puede que sean verosímiles (y muy americanos, que la mayoría de las familias europeas no están ni la mitad de unidas ni se predican el amor diariamente), pero no creo que este factor alimente a la serie como tal. La distingue, es verdad, pero no la hace mejor.


Todos tenemos problemas, pero asumamos que muchas veces desde fuera se ven como tonterías (de aquí que sean insoportables) y muchas veces nos las vemos venir (de aquí que sus tramas sean completamente predecibles), pero esto no significa que seamos material para una serie. Por lo menos, si no añadimos algo de dramatismo o comicidad (la grandeza de Sexo en Nueva York es que era como una reunión de amigas sexualmente activas pero más agudas). Y por esta razón Parenthood bien podría no existir: porque para miserias triviales y predecibles, ya existen los cafés con las amigas y las tarifas planas telefónicas. Y seguramente las amigas serán menos irritantes que esta familia de moralistas.


P.D.Podcastero: Esta semana en Yo Disparé a J.R. tenemos un menú que nada tiene que ver con esta entrada. Comentamos el estreno de Smash, de Are You There Chelsea y tenemos a Montsinya de ByTheWay para hablar de Alcatraz. Bueno, además de comentar las evoluciones de Justified, que ha regresado con una tercera temporada, y de The Good Wife que tanto queremos. Aquí tenéis la guía y podéis descargar el programa en la barra lateral:

- 0: Presentación y Are You There Chelsea.

- 7': Smash, la revelación musical.

- 18': Alcatraz de JJ Abrams.

- 44': Justified, el estreno de la 3ª temporada.

- 55': The Good Wife con spoilers hasta el 3x13.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Los Walker, los Braverman y las familias cansinas

Los dramas familiares tienen un límite de problemas que me pueden importar y/o emocionar. Bueno, no sé si esto es el paradigma de los dramas del género o sencillamente el resultado de la ineptitud y el no saber llevar las cosas, algo que acaba sucediendo de un momento a otro y que empieza con un mal fichaje, un despido o la falta de ideas (o de cómo exponerlas) por parte de los guionistas. Sea como sea, Brothers & Sisters está de capa caída y en la última temporada, la quinta, los Walker parecen pedir a gritos la eutanasia, dejar de sufrir, porque ha llegado ese momento en el que recuperarse parece una ilusión cada vez más lejana.


Lo más divertido de la serie, más que los lagrimones que querían hacernos saltar en su primera temporada, siempre fueron las interacciones entre los personajes. El esquema siempre era el mismo: todo comenzaba con una llamada a dos o tres bandas, un secreto, un bocazas y una comida donde todos estallaban en recriminaciones. Pero será porque primero se largó Tommy (que a veces aparece pero ya no es el mismo), después Rebecca y su madre (que podía ser una enchufada pero ofrecía buenas confrontaciones) y encima Kitty dejó de participar en todos los episodios, que la magia desapareció. Las situaciones dejaron de tener la chispa de antaño, seguramente perjudicadas por unos arcos individuales y colectivos que hace tiempo que no lucen, aunque los asuntos de paternidad se supone que siempre dan mucho juego.


Todo empezó con la llegada de Ryan, que desapareció por arte de magia, y siguió con situaciones tan absurdas como la novia de Tommy (ese esperpento cuya única función era entrometerse en el árbol genealógico), la enésima putada del patriarca Walker desde la tumba, la inexcusable e innecesaria gravedad de Holly y, no lo olvidemos, esas tonterías crípticas para encontrar la reserva de agua del año pasado. Supongo que cuando se pierde la imaginación y el talento en algo en concreto también significa que habrá repercusiones en otros ámbitos. Ahora no tenemos ni un drama familiar decente, ni unas interacciones ingeniosas (y Beau Bridges, por más que pase el tiempo, es de los actores más olvidables que han pasado por Hollywood).


Siempre es mejor, sin embargo, haber sido sujeto de la inspiración alguna vez que quedarse siempre como un producto sin gracia, que es el caso de Parenthood. Y es que si los Walker han conseguido que acabemos aborreciendo a la mitad de sus personajes (y sobre todo a Olivia), en el caso de los Braverman no hay quien se salve. Supongo que la palma se la lleva Adam solamente porque se comporta como un estúpido en todas las facetas de su vida, desde su relación con sus hijos, a con sus hermanos y en el trabajo, y encima va de rectitud moral en persona.


Pero lo que no entiendo de Parenthood es cómo hay quienes predican que es de las mejores series adultas de la televisión. Su razonamiento es que son problemas reales y contados de una forma real, pero no creo que sea cierto. Más bien diría que son problemas ordinarios, contados sin maña y demasiado almíbar, y encima desarrollados de forma ilógica. Sólo para poner un par de ejemplos recientes, la madre soltera sin estudios pasa de un día para otro a convertirse en autora teatral cuando lo más elaborado que había escrito en su vida era un trabajo de instituto; el niño autista cada vez se comporta de una forma más antisocial y tras medio año en un colegio especial (y sin haber presenciado mejoras) ya recomiendan que vuelva a la escuela convencional (y Adam obsesionado con que sí); y Amber llegó a la serie hace un año siendo una oveja descarriada que no sabía escribir y que debía repetir curso, y ahora todos se extrañan de que no haya entrado en una de las universidades más prestigiosas del país (¿alguien creía que tenía posibilidades? ¿Y qué sociópata la poseyó en los últimos episodios?). En serio, esta serie es de úlcera.

martes, 23 de noviembre de 2010

Los Braverman y el vaso de agua

No hay que confundir la filosofía de disfrutar de las pequeñas cosas con la de martirizarse por pequeñeces. Los Braverman, sin embargo, no ven la diferencia. Ellos consiguen quedar atrapados en tonterías como si fueran conflictos de Estado. Y los guionistas, que probablemente al igual que los adultos deberían acudir a un psicólogo infantil, son incapaces de reírse un poco de ellos mismos y desconocen conceptos como la ironía y la relatividad, o con qué deben reírse y con qué dramatizar. Y es que si pusiéramos a los Braverman y al equipo de escritores en una misma habitación con un vaso de agua encima de la mesa, me pregunto quién sería el primero en ahogarse.


Candidatos en Parenthood hay unos cuantos, pero algo me dice que Joe sería el primero. Este hombre florero, que tiene menos personalidad que su hija de cinco años pero algo más que su esposa, puede tener dudas a la hora de tener otra criatura porque no quiera seguir siendo amo de casa. Esto es comprensible. Pero de aquí a argumentar que “la política de las guarderías” no le deja vivir, y que encima nosotros debamos angustiarnos por él, ya es una exageración. Como también lo es vivir una crisis existencial “porque no tiene un hobby que enseñar en la clase de su hija de siete años”. Por lo menos las Desesperadas cuando entraban en estos derroteros lo hacían buscando cobijo en la comedia. Esto no es material para un drama, sobre todo cuando viven en una mansión de diseño y nadie pierde la custodia de sus hijos por contratar una niñera.


A continuación en la cola de los potenciales suicidas seguramente le seguiría Kristina. No sé la responsabilidad que comporta tener un hijo autista, pero de aquí a inaugurar una crisis matrimonial porque “te dijeron que los padres de autistas tenían más probabilidades de divorciarse” lo que hay no es estrés, sino puro aburrimiento. Claro que, cuando no tiene con qué agobiarse, también sabe convertir la candidatura de su hija a presidenta del colegio en otra brecha familiar que amenaza con tragarse la casa entera. Y por mí como si la tierra se la traga a ella, a Peter Krause (candidato a peor actor del mundo) y al hijo. Que una cosa es que se vistiera de pirata y no tuviera amigos, y la otra es que de la noche a la mañana fuera incapaz de tener contacto visual y desde entonces se alimente a base de cromos (¿y es necesario un corte de pelo tan decadente y antisocial como el suyo?).


Y ya para terminar, todo el resto también podría hacer un favor a la humanidad y tirarse de cabeza al vaso de agua. Sarah por ser Lorelai, el abuelo también por su peinado (y porque tiene menos simpatía y empatía que su nieto), la nueva Rory porque es una vieja molona en el cuerpo de una rebelde, la abuela porque se aprovecha de las infidelidades de su marido para convertirse en una diva caprichosa, Cosby porque empieza a cansar con su proceso de maduración, la nietísima por querer ser Miss (putón de) California, Adam por ser Peter Krause (candidato a peor actor de la televisión) y Billy Baldwin por pasar por allí (y por haber pasado del guapo de Sliver a la aceleración facial actual). Si es que allí sólo se salva el achuchable de Jabbar y Drew, y éste último sólo porque después del brainstorming del piloto se olvidaron de que era algo más que un mueble.

martes, 16 de marzo de 2010

La suerte de los Braverman

Hay actores que al cambiar de registro se metamorfosean y otros que, con o sin talento, se traen los personajes a su terreno. Lauren Graham, por lo que se puede comprobar en Parenthood, es de este segundo grupo. ¿Quién diría a partir de su actuación que el papel reservado a Maura Tierney, que nada tiene que ver con ella desde un punto de vista interpretativo? Su rápida locución y sus sonrisas nerviosas nos han transportado sin disimulo a sus días en Stars Hollow, aunque esta vez con dos hijos rebeldes, un montón de hermanos y una inseguridad menos infantil.


Pero de la misma forma que ella nos ha recordado a Lorelai y Peter Krause, con su condescendencia, a él mismo (y esto no es una alabanza), Parenthood no puede permitirse el lujo de parecerse a alguna otra serie coetánea, sobre todo después de que todo el mundo la vendiera como la Cinco Hermanos de la NBC (y no hay nada peor que ser la réplica a una serie en emisión).


¿La buena noticia?

Bebe tanto de los Walker como ellos de cualquier dramedia familiar (así que no cuenta) y en dos episodios hemos podido ver que no apesta a serie de segunda como Mercy (que sí que era un sucedáneo de Anatomía de Grey). Además, como ya ha comentado MacGuffin en su blog, a su favor tiene la sensibilidad con la que se está tratando el autismo del hijo de Krause y como afecta a los padres, y se merecen una oportunidad por su confección, correcta en todos los niveles.


¿Y la mala?

Que de momento no tiene ningún elemento diferenciador o destacable, y sus deberes son el doble de arduos porque encima tienen que hacernos olvidar los antiguos personajes de sus protagonistas. Los Braverman debe encontrar urgentemente su identidad, con una interacción y una química propias, algo que los Walker resolvieron en un abrir y cerrar de ojos gracias a sus llamadas y catastróficas cenas (aunque tardaran cierto tiempo en encontrar su tono). Y deben evitar confundir los conceptos ‘entrañable’ e ‘irritante’ como a menudo ocurre en estos amables productos corales (algo de lo que se aqueja seriamente Life Unexpected, por ejemplo), ya que tanto el patriarca como el hermano peterpanesco son un tanto odiosos.


Sin embargo, el verdadero obstáculo que tiene Parenthood para triunfar es haber nacido en la NBC, justo en su mayor crisis y en la peor franja para la ficción en general, la de las diez de la noche. Claro que ahora mismo todo lo que toca esta cadena se hunde, así que argumentar la mejor hora para programarla es inútil: no tienen ningún hueco que no esté maldito y más para esta serie cuya producción ya empezó con mal pie, con una baja por cáncer y una muerta en el plató. ¿Será posible cambiar su suerte?