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lunes, 9 de diciembre de 2013

Entrar en el universo 'Babylon'

“Tendré un verano entretenido y a ver si animo a alguien más a subirse al carro de la estación espacial Babylon 5”.
Pere Solà Gimferrer, 3 de julio de 2012.

Más de un año y todavía no había terminado la primera temporada. Es algo que me suele ocurrir cuando veo una serie por curiosidad televisiva y no porque me pique la curiosidad como espectador. Si encima me pilla el otoño a media operación, entonces todo el plan se va al garete. Así que no seguí con ‘Babylon 5’ porque nunca le encontraba el momento y no ayudaron esos comentarios que me adelantaban que lo mejor no llegaba hasta más adelante. Por suerte, al final el sentido del deber pudo conmigo, recuperé la temporada y la terminé. Bien.

Si la dejé, que conste, no era sólo por una cuestión de tiempo. Probablemente he visto pocas series peor interpretadas, ya sea porque Michael ‘Sinclair’ O’Hare estaba fuera de lugar (y encima desarrolló brotes paranoides durante el rodaje), los secundarios tampoco eran precisamente actores de carácter y encima los fichajes episódicos parecían sacados de un basurero interpretativo. También resultaba pesado invertir tiempo en unos casos a veces muy evidentes en sus intenciones morales, a veces irrelevantes y mal escritos. Pero lo que sí consiguió ‘Babylon 5’ durante sus primeros episodios fue grabarme a fuego el universo que presentaban. Más de un año después todavía recordaba el misterio corpóreo de los Vorlon, qué tipo de organización es el Cuerpo Telépata y los rasgos más básicos de las especies más influyentes del espacio.

Con estos conocimientos, algo hizo ‘click’ en mi cabeza y pude apreciar los episodios que quedaban para terminar la primera temporada. No solamente desde un punto de vista analítico (de reconocer aquello que pudo hacerla única en su momento) sino de vivir la experiencia Babylon. Los episodios, mejores o peores, eran conscientes de su intención y cada uno de ellos ofrecían algún detalle del universo diseñado por J. Michael Staczynski. Se agradece que, puestos a investigar algún tipo de caso en cada capítulo, siempre hubiera algún detalle que sirviera para enriquecer los personajes, el contexto histórico o las relaciones, ya fuera la división de los Minbari en dos castas diferenciadas (los religiosos y los guerreros), el judaísmo y la trágica infancia de Ivanova, los argumentos a favor de los Narn o esas alusiones a una mitología más extensa como la rendición Minbari cuando tenían asegurada la victoria ante los humanos.

Estas aportaciones permiten que a ‘Babylon 5’ se le pueda aplicar el cuento de que las ideas son poderosas y que jamás hay que menospreciarlas. La compleja visión de Straczynski permite que sea una obra apreciable o que, por lo menos, sea respetable a pesar de todas las limitaciones que significaba su presupuesto. Me sorprendió, por ejemplo, que el final de la primera temporada estuviera tan trufado de contenido, que fuera tan y tan ambicioso, al igual que cierta paradoja temporal que aparece también en el último tramo y que hubiera hecho aplaudir al mismísimo Steven Moffat. Y los constantes y numerosos ladrillos que colocan los episodios en la construcción del universo hacen que sea una experiencia apreciable, incluso antes de que llegue “lo bueno”.

Los maquillajes son los que son, casi todas las especies interplanetarias tienen cinco dedos en cada mano y hay que aguantar episodios muy flojos para entenderla en su totalidad. Pero presentar múltiples razas, creencias, profecías, castas, jerarquías y bagajes históricos no se puede hacer de un día para otro y hay que pagar un precio para disfrutar del universo. Y, como he visto los dos primeros episodios de la segunda temporada, ya sé que va por el buen camino. No solamente ponen remedio a uno de los mayores lastres, también tienen más prisa en desarrollar toda esa mitología que siempre mencionan. Antes la veía por curiosidad televisiva, ahora por fin he pasado a vivirla.

P.D.Podcast: Cuando veo algo, tengo que aprovecharlo y con Marina Such también hablo de ‘Babylon 5’ en el último podcast de Yo disparé a J.R. Un programa que está marcado por los parones invernales de las mayorías de las series, que toca analizar hasta que regresen el próximo año. Aquí una breve guía:
- 0’: Introducción.
- 5’: ¿Qué tienen ‘Treme’, ‘Nashville’ y ‘Smash’ en común?
- 17’: ‘Babylon 5’.
- 30’: ‘The Blacklist’ hasta el 1x10.
- 40’: ‘The Walking Dead’ se despide hasta febrero (4x08).
- 50’: La fiesta de Navidad de Alicia Florrick en ‘The Good Wife’.

martes, 3 de julio de 2012

La estación Babylon 5

Era el amanecer de la Tercera Era de la Humanidad, quince años después de la guerra entre la Tierra y el imperio Minbari. El proyecto Babilonia era un sueño que había cobrado forma. ¿Su objetivo? Prevenir otra guerra creando un lugar donde humanos y alienígenas viviesen en paz. Es un puerto de encuentro, un hogar lejos del hogar para diplomáticos, vividores, empresarios y viajeros de cien mundos. Humanos y alienígenas envueltos en dos millones quinientas mil toneladas de acero en rotación, solos en la noche. Puede ser un sitio peligroso, pero es nuestra última y única esperanza de paz. Esta la historia de la última de las estaciones Babylon. El año es el 2259. El nombre del lugar: Babylon 5.
Cuando se habla de las épocas de oro de la televisión, a veces se tiende a pensar que nunca habían existido series tan estimulantes en su momento como las que tenemos ahora o que, incluso asimilando que eran otros tiempos, se asume que eran inferiores. Hay una corriente de críticos, sin embargo, que opinan que la diferencia entre una etapa y otra de la televisión sobre todo se diferencia en la cantidad de series de calidad. Antes había muy pocas en antena y ahora son muchas las que llaman la atención por distintas razones. Pero la cuestión es que ya las había y, si evaluáramos cuáles estaban muy por encima de la media en su momento, seguro que deberíamos hacer hincapié en un producto tan marciano como Babylon 5.
No podré hacer un minucioso análisis de esta serie porque todavía estoy en los inicios, aprovechando el letargo veraniego, pero sí que entiendo automáticamente qué la hace apreciable desde un punto de vista retrospectivo. Su creador, J. Michael Straczynski, se planteó el medio televisivo como una plataforma para contar un gran relato y lo estructuró en cinco temporadas. Una historia que, además, era tan original como compleja. Una space opera sobre la vida en una estación espacial donde se urdían conspiraciones y cada día era un reto diplomático. Donde todas las razas del universo intentaban vivir en armonía mientras sus pueblos estaban diametralmente opuestos, enemistados por siglos de guerras, esclavitudes y diferencias irreconciliables. Un concepto extraordinariamente ambicioso.
Hay que entender, no obstante, que es un producto de su época y que prácticamente debió salir a flote con un presupuesto de cinco dólares por episodio. Los planos de las naves en el espacio son bastante irrisorios, algunas razas tienen unos estilismos francamente lamentables (los centauri parecen una broma que les debía salir muy barata) y no tiene el mejor plantel de actores de la televisión. Michael O’Hare no da la talla como el comandante Sinclair aunque, por suerte, en su doblaje al castellano tenía la misma voz que el comandante Adama, con mucha autoridad. Pero lo más interesante es el mundo que propone.
He leído por allí y me han avisado por twitter que la primera temporada justamente es la más floja y que posiblemente es la menos densa de todas las emitidas, que son cinco. Sin embargo, de momento la experiencia está siendo muy gratificante porque, aunque tenga una estructura bastante simple (cada día hay un problema en la nave y los terrícolas deben salvar los muebles para que no haya una catástrofe diplomática), sirve como excusa para ir sembrando el universo, entendiendo las rencillas históricas que dividen algunas civilizaciones y qué carácter tiende a tener cada raza.
Disfruto, por ejemplo, cada vez que aparece el belicista representante de Narn, siempre boicoteando los intentos de paz, y sobre todo la embajadora minbari. Me inquieta mucho la idea de que, como describe el comandante Sinclair, que luchó contra esta raza, los minbari sean individuos muy honrosos a pesar de haber sido sus rivales, pero que éstos se retiraran de la batalla contra los terrícolas justo cuando tenían ganada la guerra. Despierta mi curiosidad y alimenta mis ganas de saber más de todos ellos, de la relación entre los Narn y los Centauri, y de la agenda oculta de los Minbari. Vamos, que tendré un verano entretenido y a ver si animo a alguien más a subirse al carro de la estación espacial.