En nuestro club también iremos dando cabida a algunos libros del siglo XIX, porque forman parte de la historia de la literatura que hallamos en las mesas de novedades más recientes. Si no leemos el pasado, podría ocurrir que valorásemos el acierto de meras copias como si se tratara de grandes obras originales. Aunque esto suena algo más grandilocuente de lo que es en realidad: nos interesa disfrutar de la lectura, no ser espadachines que hagan justicia.
Esta curiosidad nos llevó a cerrar el curso anterior con Orgullo y prejuicio, de Jane Austen. Aquí se produjo una división algo anticipada por Como agua para chocolate, pero más marcada aún: a casi todos los lectores varones que asistieron (el que esto escribe es la única excepción), les pareció un libro esencialmente aburrido y una traducción pesada. Por el contrario, a las lectoras del club, que por otro lado son mayoría, les dio para comentar y reír sin parar.
A mi juicio, Austen es sobre todo una maestra del retrato psicológico y la ironía, que selecciona muy bien su vocabulario para transmitir matices sobre la personalidad (algo que sin duda, no siempre se refleja bien en las traducciones). Junto con otras autoras, abrió una nueva esfera de atención para la novela, sin la cual probablemente no tendríamos la novela contemporánea tal como la conocemos. Existen varias adaptaciones cinematográficas de sus novelas, entre las que sobresale, quizá, Sentido y sensibilidad.
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