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miércoles, 28 de junio de 2023

El diluvio

 

Bajo la lluvia frenética, se puso a llorar. Al principio sus lágrimas apenas rozaban el diluvio. Pero su llanto se intensificó de tal forma que pronto le pareció más fácil que cejase la lluvia antes que sus lágrimas. En efecto, la lluvia se detuvo en pocos minutos; la pena continuaba secándole el corazón.




viernes, 2 de noviembre de 2018

Sueños de escritor

Su vida no era un sueño, ni soñaba la vida, ni cumplía sus sueños. Pero estos se convirtieron en su trabajo y en su sustento. La primera vez que tuvo un sueño literario era un joven preocupado por el futuro. Al despertarse recordaba hasta el más ínfimo detalle de las aventuras de Adolfo el Roncador, un personaje cuyos ronquidos agrietaban las barreras del tiempo y lo trasladaban a una nueva dimensión. La historia lo había emocionado tanto que no pudo resistir el impulso de escribirla nada más levantarse de la cama, antes de que se le olvidaran los detalles. 

Pocos años después, la novela de Adolfo el Roncador ganó un premio literario y alcanzó enorme popularidad. Concedió numerosas entrevistas, pero jamás reveló su secreto. Hablaba de una inspiración misteriosa que le susurraba en los momentos más imprevistos. Insistía en la importancia del trabajo diario y la lectura voraz. Nunca pensó en otorgarle mérito alguno a sus ensoñaciones. Al fin y al cabo le pertenecían; podía explotarlas hasta la extenuación. 

Al principio los sueños no protestaron. Siguieron emergiendo de ellos personajes e historias capaces de fascinar al lector. En la editorial se frotaban las manos con el éxito que tendría la saga de Adolfo el Roncador, e incluso una productora se interesó en llevar su obra a la gran pantalla. El joven escribía unas horas por la mañana y consagraba el resto del día al ocio. 

Pero, justo cuando su nuevo libro llegaba al clímax, notó que los sueños se volvían cada vez más difusos. Le costaba mucho recordarlos, olvidaba escenas decisivas y confundía el papel de los personajes. El estrés lo agarrotó y el insomnio se convirtió en su tortura. Dormía poco y no soñaba nada. 


Por fin había despertado. 



Lee los demás relatos de mi nuevo libro Entrecuentos aquí

martes, 12 de julio de 2016

La condena de la sonrisa



La sonrisa era la más triste de todas las expresiones. Carecía de libertad, no era más que una mueca. El hombre dueño de aquella sonrisa abusaba de ella, utilizándola en cualquier momento y circunstancia. La usaba para disimular, para engañar, para burlarse y despreciar a sus innumerables enemigos. La sonrisa no tenía más remedio que cumplir su función y camuflar sus verdaderos sentimientos, que la habrían empujado a llorar de pena y rabia. 

No había nadie en el mundo cuya desgracia fuese comparable a la de la sonrisa, con la excepción de su dueño. Un hombre con la mentira impresa en su rostro, incapaz de sentir verdadera alegría. 

Cuando el hombre murió, abandonado por todos, la sonrisa comprendió que su venganza sería eterna. Por primera vez, sonrió con sinceridad absoluta.



viernes, 24 de octubre de 2014

Libro al fuego


Ayer quemé un libro. No sé por qué lo hice. Creo que por el escaso gusto de la portada. ¿Qué pretendía representar? Parecía un nuevo animal mitológico enteramente horrible. Como una mezcla entre un cocodrilo y un tiburón o una motosierra y una pala o dos hombres desfigurados, no lo tengo claro. Inquietante. Ni una palabra necesité leer para rechazar de inmediato su mera existencia. Solo una mente depravada podía haberlo concebido. Encendí la chimenea, calenté la lumbre y arrojé el libro al fuego.
 
Lo más extraño fue esto: a medida que sus páginas se consumían en las llamas, sentí un dolor agudo en mis adentros, como si yo también estuviera abrasándome.  
 

martes, 8 de enero de 2013

La vergüenza

Una noche iba caminando por un callejón oscuro, solo, rodeado por paredes estrechas que las farolas no alcanzaban a iluminar. Hacía frío y me dolía el estómago. Había bebido demasiado o demasiado poco. Un sabor extraño me picaba en los labios. De repente, noté que un peso se desprendía de mí, rebotaba contra el suelo y se introducía en un cubo de basura. No volví a saber de ella.

lunes, 23 de mayo de 2011

Intensidad


La palidez de su piel le asustaba. Un temblor recorría sus brazos y sus piernas. Sus pies casi resbalaban por el terreno inconsistente. Logró, venciendo todos sus miedos y dificultades, introducirse en el origen de la tormenta. Primero un pie, luego el otro, con infinito cuidado para no romperse el cráneo. Un maremoto vino del cielo. No sabía si su cuerpo podría resistir semejante furia de tempestades, o si sus orejas no se cerrarían para siempre ante aquel estruendo. Al principio, creyó que las aguas gélidas y arrolladoras se lo llevarían por los aires. Cada día las precipitaciones arrecian con más fuerza, pensó mientras resistía los chorros que laceraban sus carnes. Y lo peor era el espacio, o mejor, su ausencia. Le cercaban dos paredes, blancas e insuperables, a la altura de los talones. Fuera de ahí, la suciedad, la peste, la podredumbre. No tenía sitio para moverse. Si lo hacía, multiplicaba el riesgo de perder el equilibrio. Debía soportar como un mártir encadenado aquellos padecimientos, día tras día. No había forma de escapar.

Sin embargo, poco a poco, fue habituándose. El agua perdía hielo, transformándose primero en una sensación soportable y después en una caricia templada. Superados los segundos agónicos, comprendió que aquello no era tan terrible. Cerró los ojos, respiró y buscó el jabón. La ducha podía comenzar.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Gotas


La ventanilla del tren está sujeta a un torrente de vida. Se deslizan gotas de agua que se atropellan en el contorno de los cristales. Tratan de adelantarse, por la izquierda, por la derecha, pero lo hacen sin mesura. Chocan las unas con las otras y forman hileras de agua más largas. Algunas componen cordilleras líquidas que se deshacen en menos de un segundo. Fluctúan en veloces movimientos; nadie sabe qué es de ellas cuando llegan al otro lado de la ventanilla. Se diría que les espera algo muy bueno, por la prisa que se dan en alcanzarlo.

El tren va cada vez más rápido, está tomando su velocidad de crucero. Y las gotas sufren, porque cuanta más velocidad coge el tren, más se les acorta el espacio. Ahora no tienen tiempo ni de embestirse ni de atravesarse. Corren desesperadas, suicidas. Tratan de resolver al vuelo sus asuntos pendientes. El tren ya va demasiado rápido para ellas.

Un minuto más tarde ha salido el sol y no queda ni una sola gota de agua en el cristal.

miércoles, 20 de abril de 2011

Un reparto desigual








Ya ha pasado un año desde que se divorciaron. Fue una separación rápida, consensuada con ese tipo de consenso que no satisface por igual a las dos partes. Ella quería un divorcio pacífico y él estaba demasiado triste como para levantar la voz.


Acordaron enseguida el reparto de los bienes materiales. Para ella, el coche y la casa; para él, los antidepresivos. El juez consideró que todo se hallaba en orden y firmó el divorcio, con los mismos ademanes que habría empleado para rematar un recibo o una sentencia de muerte.


Cuando llegó a casa de sus padres, se sintió muy en deuda con su ex mujer: él se había quedado con todos los recuerdos.