Nos envuelven en sílabas y en voces
desde el instante mismo en que nacemos…
J.A. Labordeta, Palabras
La tarde se viste de tormenta; con ella, el parque, ese aliado de los padres para cansar a los niños, pierde espacio libre y se nos convierte en el pequeño refugio de una glorieta, una tarima elevada dispuesta para que un grupo de música inexistente (jamás lo he visto) dé algún bonito concierto en primavera. La gente se fue deprisa con las primeras gotas, en tres minutos el parque se ha quedado desierto. No tengo ganas de volver a casa y encerrar a estos dos salvajes entre cuatro paredes; mi santo rugbylari está de acuerdo: allí nos quedamos, viendo llover, con las piernas colgando hacia poniente. Así estoy bien, me hipnotiza la lluvia. Pero Adrián tiene ese incombustible espíritu juguetón de los cachorros de toda especie. “¡Vamos a jugar a las palabras!”, le digo, fingiendo un entusiasmo que estoy lejos de sentir. Ahora que se sabe todas las letras (“¡hasta la uve doble, mamá!” -lo cual es el colmo) y ya lee más deprisa que un notario, está empeñado en saberse también todas las palabras. Y cuántas le hacen gracia, madre mía: diente (de ajo), rompesuelas, pelagatos, triquitraque…
Su risa me anima y empiezo a soltarlas como me vienen: reminiscencia, arquitrabe, ababol y presidiaria, columbario, saxofón, transaminasas, Argentina e impúdica. Dios mío, hay miles: paleontólogo, inmersión, subsidiario, cuquera, latinajo, Toronto, circunspecto, arrabalero, incluso contubernio. El rugbylari agarra fuerte el balón, como las abuelas el bolso; eso es que está planeando una huida, le conozco como si (también) le hubiera parido. Yo pienso mientras hablo –sobreexposición, latinidad, Confucio, moaxaja, mayestático, Eclesiastés- y se me agolpa todo lo que Adrián tiene por estrenar: pantocrátor y abulia, discernimiento, usufructuario, Lucerna. Pronto me deslizo por mis fueros y va cayendo andábata, saxífraga, genuflexión, sáfico, coriambo, corazón (“de melón”, añade Víctor), perplejo y Xanadú. Zahorí. Aspidistra. Encrucijada. Cállate.
Víctor mira entonces a lo lejos y respira con aire de poeta: “Zinc”. Y nos quedamos saboreando su refulgencia y su sonido. Luego, visto el éxito, con unas maneras de hombrecito interesante cuyo espíritu gafapasta queda protegido por un físico imponente de atleta futuro, pronuncia: “Plasmodio”. Si llega a decir “Rosebud” le doy una colleja, por listo. Y por asustarme. Pienso en irradiación, paniquesa, embolicar, arrebol, transacción, glarimas negras, y en las inquietantes o negativas que empiezan por in: insurrección, inmarcesible, inflexión, inopinado… Intereconomía. Intento contagiarles la dulzura de negligencia, desabillé, luminaria, reminiscencia, amatorio –ese cuarto para amar- clemencia, clementina y mandarina.
El santo rugbylari nos mira con sorna: “¡Pilar Rubio, Pilar Rubio!, que es palabra compuesta”. “Sí, compuesta de tetas y ojos verdes”, le contesto con rencor, oscureciendo mi mirada de gitana sólo con la intención y sacando todo el pecho que tengo (pero cada vez me canso antes de la postura, ay).
Pongo mis esperanzas en Adrián, que está nervioso como ante un escaparate de pasteles, sin saber cuál elegir: “Pues yo digo, pues yo digo…¡¡¡gormitiiiiiiii!!!!”.
A casa.