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domingo, 4 de julio de 2010

Maldito duende


Venció seis veces.
Del epitafio de un gladiador

Esta guerra sin sangre no es la mía.
Quiero luz derramada a borbotones,
quiero morir después de seis victorias.

Frente al himno y la tierra prometida,
la inmaculada nada, virgen hueca,
y una vieja canción que no viene a los labios
-y no vendrá ya más-, y la sorpresa
del olvido de un nombre que ayer mismo
pronunciabas despacio. Si me niegas
la guerra y la palabra, yo no puedo
volver a imaginarte. Ya no quiero
que no seas verdad. Mi amor es cierto.

Hace un año:  Extra viam   Hace dos años: Mujeres sin corazón, De profundis, No me dejes caer, Jazmines sobre el marAgosto espera

8 de julio:  Diego Morales ha plantado una isla (de Caricias perplejas) en medio de su  "Errante fugacidad".  Gracias, Diego. 
9 de julio: Me encuentro una reseña de Andábata en A mí me gusta leerBreve y dulce como un bombón de licor de los que le gustan a la protagonista, sí;-)  No conocía la página pero me parece muy interesante y la visitaré a menudo.  Gracias a los administradores.
19 de julio: Andábata en la Red de Bibliotecas de Aragón (click sobre imagen)

martes, 8 de junio de 2010

Sólo palabras

Nos envuelven en sílabas y en voces
desde el instante mismo en que nacemos…
J.A. Labordeta, Palabras

La tarde se viste de tormenta; con ella, el parque, ese aliado de los padres para cansar a los niños, pierde espacio libre y se nos convierte en el pequeño refugio de una glorieta, una tarima elevada dispuesta para que un grupo de música inexistente (jamás lo he visto) dé algún bonito concierto en primavera. La gente se fue deprisa con las primeras gotas, en tres minutos el parque se ha quedado desierto. No tengo ganas de volver a casa y encerrar a estos dos salvajes entre cuatro paredes; mi santo rugbylari está de acuerdo: allí nos quedamos, viendo llover, con las piernas colgando hacia poniente. Así estoy bien, me hipnotiza la lluvia. Pero Adrián tiene ese incombustible espíritu juguetón de los cachorros de toda especie. “¡Vamos a jugar a las palabras!”, le digo, fingiendo un entusiasmo que estoy lejos de sentir. Ahora que se sabe todas las letras (“¡hasta la uve doble, mamá!” -lo cual es el colmo) y ya lee más deprisa que un notario, está empeñado en saberse también todas las palabras. Y cuántas le hacen gracia, madre mía: diente (de ajo), rompesuelas, pelagatos, triquitraque…

Su risa me anima y empiezo a soltarlas como me vienen: reminiscencia, arquitrabe, ababol y presidiaria, columbario, saxofón, transaminasas, Argentina e impúdica. Dios mío, hay miles: paleontólogo, inmersión, subsidiario, cuquera, latinajo, Toronto, circunspecto, arrabalero, incluso contubernio. El rugbylari agarra fuerte el balón, como las abuelas el bolso; eso es que está planeando una huida, le conozco como si (también) le hubiera parido. Yo pienso mientras hablo –sobreexposición, latinidad, Confucio, moaxaja, mayestático, Eclesiastés- y se me agolpa todo lo que Adrián tiene por estrenar: pantocrátor y abulia, discernimiento, usufructuario, Lucerna. Pronto me deslizo por mis fueros y va cayendo andábata, saxífraga, genuflexión, sáfico, coriambo, corazón (“de melón”, añade Víctor), perplejo y Xanadú.  Zahorí.  Aspidistra. Encrucijada. Cállate.

Víctor mira entonces a lo lejos y respira con aire de poeta: “Zinc”. Y nos quedamos saboreando su refulgencia y su sonido. Luego, visto el éxito, con unas maneras de hombrecito interesante cuyo espíritu gafapasta queda protegido por un físico imponente de atleta futuro, pronuncia: “Plasmodio”. Si llega a decir “Rosebud” le doy una colleja, por listo. Y por asustarme. Pienso en irradiación, paniquesa, embolicar, arrebol, transacción, glarimas negras, y en las inquietantes o negativas que empiezan por in: insurrección, inmarcesible, inflexión, inopinado… Intereconomía. Intento contagiarles la dulzura de negligencia, desabillé, luminaria, reminiscencia, amatorio –ese cuarto para amar- clemencia, clementina y mandarina.

El santo rugbylari nos mira con sorna: “¡Pilar Rubio, Pilar Rubio!, que es palabra compuesta”. “Sí, compuesta de tetas y ojos verdes”, le contesto con rencor, oscureciendo mi mirada de gitana sólo con la intención y sacando todo el pecho que tengo (pero cada vez me canso antes de la postura, ay).

Pongo mis esperanzas en Adrián, que está nervioso como ante un escaparate de pasteles, sin saber cuál elegir: “Pues yo digo, pues yo digo…¡¡¡gormitiiiiiiii!!!!”.

A casa.

Hace un año:  King George   
Hace dos años: El retrato de LucreciaDistinto amor

miércoles, 26 de mayo de 2010

Los perros y la nada (It's a heartache)



Siempre está junto a mí ese precipicio,
la carencia absoluta de tu ser.
Juan Eduardo Cirlot
Por encima de mí, de las palabras
y aquella luz –madrastra,
bella sin corazón, triste poesía-,
la luz sin Dios que alcé para nosotros,
yo creé un monstruo que miró y mataba.
Ya no estoy en peligro, ya no puedo
crearlo ni creerlo, ya no creo
que al fondo estén tus ojos acunándome,
malditos ojos ciegos que nunca vieron nada.

Si esa nada es mi cruz,
la que nadie pondrá sobre mis hombros;
si es siempre nadie, no, si nunca es nunca,
si no hay remedio al reino de la ausencia,
devolveré la luz de las palabras,
se la echaré a los perros
que merodean como yo las calles
donde hace tiempo, casi en otra vida,
las puertas fueron casas.
Ahora están solos, libres, diminutos,
inmensas sombras bajo las farolas,
los dientes apretados.

La luna y yo, los perros y la nada,
y la vida cayendo
como una absurda lluvia incomprensible;
helado el corazón, hueco el espíritu,
el que soporta el peso
de la luz y la noche y sus verdades;
de pie bajo esa lluvia,
calada hasta los huesos la piel de la memoria.

Olga Bernad 

Hace un año:   Noche oscura      Hace dos años:  Todo

Nota: Me encuentro hoy esta reseña de  Andábata en El placer de la lecturaGracias a los administradores de la página por incluirla entre sus placeres.   Y, hablando de lecturas,  este fin de semana comienza en Zaragoza la feria del libro.  Estaré firmando ejemplares de Andábata y Caricias perplejas, a las siete de la tarde, en la caseta de la Asociación Aragonesa de Escritores (domingo 30), en la de Los portadores de sueños (lunes 31) y en la de La casa del libro (martes 1) .   Nos vemos en el Paseo de la Independencia.

jueves, 4 de marzo de 2010

1 intrusa en 0,9 periódico

El poeta Javier Cubero, comenzó hace poco un nuevo proyecto llamado 0,9 periódico. Una curiosa cadena de nombres propios me llevó hasta allí:  Eduardo Moga, Sergio Gaspar, Juan Manuel Macías y… el resultado ha sido que algunos de los poemas de Caricias perplejas, acompañados de unos perros de noviembre y esta Intrusa, se han quedado a formar parte de su nº 003Mi colaboración completa pueden verla AQUÍ.

Pero en esta entrada quiero dejarles sólo este poema, el más reciente de todos los que he escrito.   Dedicado a la tristeza de sentirse intrusos, a la eficacia con la que pueden hacérnoslo sentir y a la perfección con la que sabemos hacer que otros lo sientan.

No conoció Samoa
pero amó a Tusitala
que le hablaba de islas y tesoros

Efi Cubero (Bifurcación de Jano)


Arrojada del mar, no rescatada.
Pupila azul que juzgas mi hermosura,
perdóname el temblor de la sonrisa,
perdona la tristeza de mis párpados árabes.
No sé si soy de aquí o del otro lado
-pues el mundo es confuso en los naufragios-
pero te ruego, hermano,
que no arropes con frío esta violencia
que aún recata el temor.
Yo no busco la playa bajo los adoquines,
sé que sólo las piedras mantienen su poder:
parten el alma blanca de los cristales sucios
y en los escaparates del arrabal nocturno
nacen raras estrellas llenas de un brillo roto.
Es la firma febril de la expulsada,
los dientes apretados del desprecio,
lo que creció en silencio entre esas olas.
La parte cercenada de mi alma transparente
se ha vuelto ancha y ajena, extraña al mundo
que tú creías tuyo.

Soy irrecuperable como mi corazón
y no siento nostalgia de eso que llaman patria.
He venido a quedarme, no te engañes.

Olga Bernad
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Hace un añoMuerta en combate,    La morena de la copla,    Rectas
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5 de marzo: Mariano Ibeas se hace eco en su blog de la publicación de Andábata y  María Teresa Gómez Puertas acompaña una de sus fotografías con algunos versos de  Caricias perplejas.  Gracias a ambos.
José María Cumbreño, Jesús Cotta, José María Jurado y Juan Antonio Glez. Romano anuncian también en sus respectivos blogs la salida del nº 1 de la revista Isla de Siltolá.   Reitero mi alegría por estar allí con ellos y con los demás autores, y mi satisfacción al ver esa portada navegando por la red.
8 de marzoAntón Castro  muestra un fragmento de Andábata en su blog. ¡Gracias!

lunes, 25 de enero de 2010

Rostros anteriores

I'm looking for the face I had
Before the world was made.

Yeats (The winding stair)


Me desconciertan esos griegos. Te quitan la inocencia. Te hacen comprender que la ilusión de escribir algo nuevo es un espejismo de analfabeto, una egocéntrica tentación imposible. No puede haber en el mundo una conversación nueva, ni un verso que no fuera entonces profetizado, ni un solo pensamiento que no sea eco de alguna intuición pretérita. No importa que, como yo, no los conozcas apenas: ellos supieron de ti desde su lejana perfección incomprensible.

Olga Bernad
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Hace un año: Al borde del invierno y la tristeza
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27 de enero: me avisan de que en la red de bibliotecas de Aragón se encuentran disponibles para préstamo y consulta algunos ejemplares de Caricias Perplejas. (Click para ampliar)

lunes, 21 de diciembre de 2009

Ars amandi


Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo…

César Vallejo


ARS AMANDI

Bajo la oscura piel de la armadura
llevo mi piel gastada de contiendas
donde el dolor, un pájaro dormido,
despierta de su siesta y me reclama
y sube hasta la voz de mi garganta.

Mi grito no es de odio ni de miedo:
es la conversación de las heridas
lo que queda flotando en la mañana.

Dentro de la batalla no hay silencio.
Los muertos aún parecen estar vivos,
su sangre se calienta en nuestras venas.
Hay momentos tan ciegamente cuerdos
que hasta en el corazón del enemigo
vivimos otra vida. Y otros sueños
cabalgan por el aire, otras miradas
levantan nuestros ojos hacia el cielo.
Pero ¿somos nosotros los del ruido?,
¿son ellos los que mueren y se matan?
Difícil distinguir entre la niebla
si los perros que ladran son los tuyos.

Sólo hay jinetes en la madrugada
-no veo lo demás o no me importa-
sobre cada caballo se sostiene
el nombre verdadero de un herido.

Olga Bernad

Para estos días que vienen, en los cuales tan fácil nos resulta querer a los que queremos, refugiarnos en los nuestros y añorar a los que nos faltan, tal vez el reto sería intentar comprender a los que nunca pensamos amar y todavía están aquí.
Feliz Navidad a todos.

martes, 15 de septiembre de 2009

Nostalgia armada

Ahora, Señor, acuérdate de mí, vuelve tus ojos hacia mí.
Tobías 3,3

Te miro caminar serenamente
por una calle en la que nunca estuve.
Háblame de las cosas que no veo,
vuelve tus ojos hacia mí, y perdona.
Mi corazón no tuvo más remedio:
te inventé porque el mundo me sabe a hambre atrasada,
y porque el tiempo es poco
y hubiese sido absurdo
medirlo con simpleza de usurero,
encerrarlo en relojes,
dilapidar mi esfuerzo y tu cordura
o el dulce remolino que baila con mi espíritu
si alguna vez te pienso y te presiento.
Quiero que algún pequeño
espacio del misterio que nos lleva
dirija el calendario hacia lo incomprensible.
Un día de abril por ti,
el tiempo de la espera en la mirada
y un vals oscuro y lento
(sus violentos cuchillos de ternura
volando en cada vuelta
y mi nostalgia armada hasta los dientes
recostada en la almena de tu alma)
deslizándose a ciegas por mi sueño,
como si muy despacio me fuese desangrando
y la vida escapase entre mis dedos
diciendo adiós, adiós;
diciendo ya me he ido,
diciendo nunca estuve,
nunca estuve contigo en esas calles.

Olga Bernad
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Hace un año: Apuesta, Ejercicio literario nº 29
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lunes, 23 de marzo de 2009

Sedeisken

Honrar a los que murieron
tal vez porque nunca me podrán
juzgar por el hambre que siento ahora.

Agustín Calvo Galán, Magisterio (Poemas en el entreacto)



Hoy he estado en Azaila. Sentada sobre una piedra del yacimiento íbero, desde la elevación que te permite, como si fueses un soldado vigilante aburrido por la ausencia de enemigos, vislumbrar treinta kilómetros de llano imperturbable, he pensado esta entrada. Tantas cosas pensaba que no sé cómo empezar a contárselas.

Tal vez por el principio: lo que roza la mano que luego excavará, porque excavar es preguntarse y encontrar lo que fuimos mirando hacia nosotros, dar permiso a lo escondido para que aparezca, ponerlo delante de nuestros ojos y dejar que nos los abra. Mis dedos tocan la muesca en la piedra dura. Una inscripción de la guerra. 1937. “Viva la C.N.T.” Veo tropas republicanas oteando la misma tierra que tengo junto a mí. El frente del Ebro y su carga de angustia. Nunca he podido pensar en Belchite con tranquilidad. Esa manera de pelear las guerras, que siempre son derrotas, casa por casa, habitación por habitación, vida por vida, donde se mezclan en un caldo oscuro el heroísmo y la crueldad hasta límites insospechados. Me asusta llevarlo dentro, es el fundido en negro que a veces intuyo en mi propio corazón, contra el que muchas veces vivo. Esa imaginaria de mi propia oscuridad me lleva hacia la otra ciudad, la destruida por segunda vez y para siempre sobre el año 75 antes de Cristo, porque la tropa que labró esa piedra estaba ya instalada sobre ruinas que dominaban un paisaje y sólo repetían la historia sin cesar.

La Hispania Citerior fue testigo en aquel tiempo de las guerras civiles romanas. Sertorio fue nombrado gobernador por el senado de Roma, pero se rebeló contra ella. Casi todo el Valle del Ebro tomó partido por Sertorio, y la ira terrible de la madre romana cayó sobre sus pueblos. Esta ciudad no pensaba rendirse. Fortificada alrededor de su muro y su foso, alta como una torre sobre el llano, resistió un primer asalto. Pero a los que resisten no sólo se les vence, se les destruye por completo. Y Roma trajo toda su tormenta, la palabra que designa -tan poéticamente- la maquinaria romana de guerra usada en los asedios: las catapultas inventadas por los cartagineses y perfeccionadas por los macedonios; y también ballistas, scorpios, onagros, arietes, torres de asalto.

El foso y la muralla eran seguros; la fuerza romana, sin embargo, no sólo residía en sus armas. Numerosos soldados levantaron una lengua de tierra, la arquitectura de la rampa de asalto que después fue encontrada por las excavaciones. Muy cerca, se halló también el hueco en la muralla derrumbada, el resquicio por el que entraría la segura derrota.

Pero los tercos habitantes de esta tierra no se preparaban para rendirse: se dispusieron a la lucha sin cuartel. Levantaron las piedras de su propia calzada, eso explica los campos de lajas hincadas bajo esa rampa de asalto, en un intento por entorpecer las maniobras del enemigo; eso explica la catapulta de torsión en el interior del templo, ya no enfocando el llano, sino la puerta de su propia ciudad; explica los restos de barricadas en sus calles, cada vez más interiores y más desesperadas, explica por qué fueron salvajemente aniquilados, tanto, que una ciudad que había tenido vida casi ininterrumpida durante más de mil años no volvió a habitarse nunca más, a pesar de su perfecto emplazamiento.

Inútiles para siempre se volvieron su dos torres cuadradas, el molino, el templo in antis de cuyas figuras principales sólo los pies quedaron anclados al suelo, los pies del hombre y los cascos del caballo. La hermosa victoria que lo coronaba voló en mil pedazos, su orgullosa cabeza apareció entre los restos del naufragio, destronada por la historia y envilecida por la caliza del beso largo y lento del suelo y la derrota. Inútil el foro y el único túmulo que llegó hasta nosotros; inútil el arrabal, las termas más antiguas de la península y el gran aljibe; inútiles las perfectas calles empedradas donde aún pueden notarse las obstinadas entallas de las rodadas de sus carros.

Dos mil años después la ciudad fue rescatada por la arqueología, y desde ella avistaron este paisaje los republicanos que labraron sobre la piedra del templo la inscripción a la que me refería al principio. Todo eso explica también mi escalofrío, explica las palabras de Pompeyo al senado de Roma en el año 74 antes de Cristo: “La Hispania Citerior que no está en poder del enemigo, o nosotros o Sertorio la hemos devastado hasta el exterminio”.

Pero tenemos que excavar un poco más, ésta no es toda la historia. Aquella ciudad romana y rebelde ya se había asentado sobre otra destrucción de la que casi nada queda. El poblado tuvo su origen en el siglo IX antes de Cristo, en la Edad del Bronce final, y no parece caber duda de que fueron íberos, con su misterio lingüístico y tenaz que pervive en alguna parte de nosotros mezclado con una amable música celta y otras muchas aportaciones de la aventura del devenir. Posiblemente se llamó Sedeisken y estuvo habitada por sedetanos, pueblo ibérico también presente en otras localidades del Valle Medio del Ebro: Damaniu, Lakine o ese Alaun ahora convertido en nuestro Alagón cercano.

Lo íbero mantiene su secreto, cerrado y contundente, pero de sus usos y costumbres sociales nos ha llegado lo que se llama el culto al jefe, una manera de ser que cartagineses y romanos aprovecharon en su beneficio. Los romanos lo nombraron con el término devotio, y con ello intentaban atrapar en una palabra la fidelidad de vida y muerte al líder. Sus hombres vivían por él y morían por él y con él. Si llegaba el caso, se inmolaban. Es una constancia en la lealtad que roza la demencia. Y tal vez una decisión tomada por su sangre: la de no querer contemplar nunca la derrota desde el lugar del esclavo.

La bella, tosca y antigua Sedeisken acabó quedando en zona cartaginesa, cuando Cartago y Roma usaron el Ebro como frontera para intentar repartirse una paz que jamás pensó ser cierta. La margen izquierda, influencia romana; la derecha, para Cartago. Ese tratado se firmó en el 226 antes de Cristo y nació muerto. Durante la segunda guerra púnica, Roma se apropió de la ciudad, pero para eso tuvo que devastar aquel primer pueblo misterioso que estaba en ese momento bajo influencia cartaginesa y del que apenas quedan restos que nos sirvan de testigos. Tan sólo una necrópolis cercana, situada a favor del viento dominante, ese Cierzo que se empeña en llevarse lejos hasta el olor a muerte; un cementerio que el tiempo humilló partiéndolo por la mitad con una carretera. Quedan noventa y un túmulos, un campo de urnas que la cultura hallstática sembró de ceniza y huesos y ajuares funerarios.

Hoy, con la calma de un sol tibio sobre la frente y las risas y las quejas de mis hijos, tan sinceramente dispuestos a aburrirse pronto de piedras y pensamientos, he sentido que el sumario de la historia suele ser simple y cíclico igual que mi tristeza. No me he hecho preguntas que ya están contestadas: “Aquí pasó lo de siempre. Han muerto cuatro romanos y cinco cartagineses”. Pero, a pesar de todo, el sentimiento que he encontrado al final de mi conciencia, de pie sobre esta tierra, se parecía al amor.

No quiero excavar más.


Zaragoza, 21 de marzo de 2009.

Olga Bernad

Nota:
La Villa de Azaila se encuentra a unos cincuenta kilómetros de Zaragoza, en la margen derecha del río Aguasvivas y dentro de la Comarca del Bajo Martín. Pertenece a la provincia de Teruel. Los primeros asentamientos se localizan en el Cabezo de Alcalá, junto al río Aguasvivas y en dirección a Vinaceite.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Rectas

Contigo solo estaba,
en ti sola creyendo;
pensar tu nombre ahora
envenena mis sueños.

Luis Cernuda


Sólo tú, nadie más, nadie me mira.
Solamente tu nombre me envenena.

Las rectas que imagino se parecen
a los días en los que pienso en ti:
encrucijada de crucifixiones
y delirio de dudas y destinos.
Algo como un dolor de despedida
y un fiero amor; navajas de juguete
en la espina dorsal de los caminos.

La vida es un enorme precipicio,
lo que queda delante de la vista.
Sólo la fe dibuja líneas rectas
y busca rectos versos en sus filos.

Olga Bernad

lunes, 19 de enero de 2009

Perfección sentimental

Fabrícate, en secreto, una ciudad sagrada,
y equilibra en su centro la rosa primitiva.

Efraín Huerta, La rosa primitiva


Muchas veces me pregunto dónde reside la magia de lo exacto, o al menos su razón, de aquello a lo que no le cambiaríamos ni una coma, de esas palabras que leemos y hacemos nuestras y siempre son de otros. Sospechamos que nuestro propio espíritu confuso debió intuirlas una vez en algún breve momento de claridad que más tarde olvidamos como un sueño o como un capítulo más del desconcierto.

No es algo al alcance del artesano ni del que ha interiorizado simplemente, aun con honestidad y dedicación, las normas de una lengua, afiladas a través de los siglos por la inteligencia, el material sensible, el sentido común y ese enfrentamiento con la realidad que supone hablar todos los días. Es eso y algo más que eso, es recoger toda la herencia que arrastran las palabras, resumirla y hacerla crecer, elegir las adecuadas, expresar algo que nace de nosotros y va más allá de cada uno. El pensamiento certero que da en el blanco de otras memorias.

Lo genial. Concebir y mostrar de una forma precisa su delicado equilibrio, su rara perfección sentimental.

Olga Bernad

viernes, 28 de noviembre de 2008

El Cierzo y el suicida


Le oíste trabajar toda la noche

salmodiando razones extrañísimas


Juan Manuel Macías, Interludio en Marte (Azul de enero)


El viento tiene muchos nombres bonitos: el isleño Gregal y los Alisios, el cálido Levante, el Xaloc y el Lebeche cargado de desierto, la Galerna que azota las costas del Cantábrico, el Simún y el Siroco, el Mediodía. A mí todos me suenan a lamento y en todos ellos respira la locura, aunque alguno es tan dulce como la niña eterna de las cantigas llenas de saudade, la morriña de lejos, la tristura del mar azul del norte.

Pero el Cierzo que yo oigo es la voz sin amabilidades, un viento de Mistral, un desbaratador de pensamientos, el frío y seco, el fuerte. Jamás escucha a nadie, revolvedor de hojas, barrendero del mundo; el insensato, el que limpia la cara del cielo en días luminosos e imposibles, el que arrastra las nubes hacia el Este. Con su zarpazo invisible, curte la cara de los hombres que amo, les cierra la mirada, es responsable de arrugas y suicidios.

Es el enloquecido Cierzo de las capitanas sorprendentes y molestas que se estrellan de pronto contra los parabrisas de los coches barceloneses, el creador de brujas a lo lejos, brujas que danzan unos minutos como peonzas de polvo en movimiento sobre la línea rasa del horizonte que parece llamarnos con su esperanza de tierras siempre misteriosas y extremas llenas de mares, tramontanas y gaviotas.

Es tan seco e implacable, tan frío y testarudo, que su empecinamiento parece guardar una rectitud rara, la misma que mantienen los que no se dan tregua ni a sí mismos.

A veces me pregunto si la tristeza sin contemplaciones y el pudoroso desconsuelo que observo en mis paisanos y que siento tan claro y tan adentro, el que convive con la afabilidad cierta y comprobable de la que hacemos gala, con nuestra franqueza y a veces con nuestra alegría, nos lo ha traído el Cierzo o si, precisamente, eso es lo que ha dejado después de llevarse las nubes y el aliento hacia otra parte, soplando sin cesar desde la noche de los tiempos. Porque el día que sopla, no recuerdas que luego va a pararse.

Pienso en la imagen repetida de un hombre encorvado sobre sus propias manos, encendiendo un cigarro sabiamente, guardando el fuego con gesto de caricia; pienso ahora en un hombre mucho más antiguo, refugiado en su desierta soledad de masovero, con la mirada fija en el brillo asustado de la lumbre, en el frágil calor amenazado por el rumor del Cierzo, aturdido por el frío y los vaivenes insistentes de la ventolera, desalentado por la pregunta inmensa que supone la vida por delante. Y el Cierzo que no para. Y entiendo su cansancio por un viento que zoa hasta acabarte, las ganas de dejarse llevar por sus palabras: que no florezca mayo en los jardines ni octubre preocupe a los suicidas. Y me oigo a mí misma disculparle como en sueños: “le oíste trabajar toda la noche, salmodiando razones extrañísimas…”

Olga Bernad

La foto, cortesía de Fernando González Seral

viernes, 21 de noviembre de 2008

Ver para creer

Adiós, dulces amantes invisibles,
Siento no haber dormido en vuestros brazos.
Vine por esos besos solamente;
Guardad los labios por si vuelvo.

Luis Cernuda , He venido para ver (Los placeres prohibidos)


Yo también vine para ver, vine por esos besos solamente y, como tú has visto, me quedé más de lo esperado entre caricias (ah, las hambrientas y aladas) que sólo se transmiten por la fe. No soy digna de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. Alguna vez he querido entender lo que sentía; otras, despedazarlo contra tu rostro cierto de miserable amante, el que está al mando de todo lo visible y lo invisible; otras, salir corriendo y, sin embargo, me quedaré a esperar una vez más porque esperarte es permanecer quieta entre tus brazos, los más imaginados, los únicos que tengo cuando escribo, los que abrazan de esa forma invisible las diez letras de un nombre como el mío.

Olga Bernad

miércoles, 29 de octubre de 2008

Escrito está


Escrito ‘stá en mi alma vuestro gesto
y cuanto yo escribir de vos deseo



Para bien o para mal, hay gestos que se quedan escritos en el alma. En el amor como en la guerra. Me gusta que las palabras se claven en el corazón.

Hoy he vuelto a estos dos versos de Garcilaso porque estoy harta de aleteos vanos, superficiales intimidades que no arriesgan nada, evocaciones a las que no les basta con ser recuerdos, libros de texto y babas sobre palabras que aún guardan algún tesoro. Hasta de mayo con sus flores estoy harta. Saliva envenenada al pasar la lengua por la dulzura frágil de las mejores líneas.

Vuelve pronto noviembre y yo también regreso a los cuatro renglones que se quedaron escritos en mi alma. Vuelvo a mi casa y clavo tacón y lanza. Me gusta estar de pie junto a la puerta.

Olga Bernad

lunes, 29 de septiembre de 2008

La terrible virtud de ser inolvidable



Noches hubo en que me creí tan seguro de poder olvidarla

que voluntariamente la recordaba. Lo cierto es que abusé

de esos ratos; darles principio resultaba más sencillo que

darles fin.

Jorge Luis Borges, El Zahir


Moneda o ser amado, poema o canción, tigre rayado o sable poderoso, el sujeto que atrapa nuestro pensamiento juega con nosotros. Somos su presa y nuestra mente el lago azul o negro en que su imagen, su concepto, su voz o sus palabras se repiten y doblan, se reflejan como si fueran ciertos mil veces, vuelven a ser y siguen siendo hasta convertirse en obsesiones. La cordura, los horarios, las frases hechas y la filosofía, todo lo razonable, sólo son piedras lanzadas inútilmente contra la superficie del lago, intentos infantiles de hacer desaparecer la imagen impresa en el deseo o en el alma. Sólo es cuestión de tiempo que el agua lisa vuelva a reflejar lo que quiere y sepa ser espejo de nuestros pensamientos.


A veces el camino es perderse en ellos, zambullirse desnuda en el estanque ciego, repetir un nombre hasta que no signifique nada. Gastar el Zahir a fuerza de pensarlo, decía el maestro. Pero el Zahir es lo inolvidable, y lo inolvidable puede enloquecer. Detrás de cada ser inolvidable (el notorio, el visible) Borges intuía la existencia de Dios, quizá para consolarse. Por eso al decir “Zahir” pronunciamos uno de sus noventa y nueve nombres.


Cada obsesión es un trozo de amor destartalado, el reflejo imperfecto y tenaz de una arquitectura que sabemos perfecta, un barco que se hunde para siempre, una caricia o un zarpazo de inmensidad que no cabe en la cabeza. Pero es un poco de inmensidad, la sombra de la rosa.


Olga Bernad

Nota: La imagen es cortesía de Mª Teresa Gómez Puertas, fotógrafa zaragozana integrante del Circulo Fotográfico de Aragón . Fue publicada en su blog el 15 de junio de 2008 con el título Reflejo de la Casa Mateus (Portugal)

domingo, 15 de junio de 2008

A la noche


Noche, fabricadora de embelecos,
loca, imaginativa, quimerista

Quién no se ha parado a soñar alguna noche. Soñar en soledad o en compañía y dejarse llevar por una voz que habla despacio para embelesarte y te guía por caminos que, en el fondo, tú le has mostrado. Si los acontecimientos de la jornada nacen con más esclavitud que independencia, la noche en la ventana y en tus sueños es un espacio en el que se puede gobernar y se puede danzar sobre lo ingobernable. Mezclar la indisciplina y la distancia con el deber cumplido, mezclar la soledad con el amor y cambiar unas caricias por otras. El tiempo más silencioso se habita de razones para seguir aquí, se multiplican los síntomas de nuestros deseos, adormecidos durante muchas horas por la sensatez a la que nos lleva el día y sus cuidados; se multiplican también las soledades y a veces ella es ella, loca, imaginativa, quimerista, la que conocía Lope y nos engaña, la habitadora de cerebros huecos, la que nos regala hermosos momentos de amor, recuerdos de lo que no hemos vivido. Y qué más da, también el amor que vivimos debe ser inventado pues, de lo contrario, no es del todo amor.

Olga Bernad

miércoles, 21 de mayo de 2008

Deudas

Buscas en Roma a Roma, ¡oh, peregrino!,
y en Roma misma a Roma no la hallas.


Me encantaron estos versos antes de saber nada sobre Quevedo ni su intensa poesía, casi nada sobre Roma, salvo que allí pasaban grandiosas películas de amor y guerra; antes de buscar: me gustan desde la primera vez que los oí. No los leí, me los dijeron, y esa persona me transmitió tal vez un poco de lo que él sabía y acercó a mis oídos el no sé qué que quedan balbuciendo.

He olvidado lecciones bien aprendidas y he dejado de aprender otras, pero recuerdo ese extraño placer doloroso, oh, peregrino, y esa Roma que no acabas de encontrar.


Olga Bernad