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viernes, agosto 21, 2020

Nicolás Olivari / La aventura de la pantalla


















¡Claro!, ahora no vale la pena recordar...
Ahora tengo un alma aviesa de malandrín
-medio comerciante, medio grumete-
pero a veces conviene rascar el violín
del verbo amar
en pasado ya, grácil midinette.
   Estoy en la ventana del recuerdo
-viejo lobo de mar-.
¿Qué añejo amargor enverdece el espejo
en la desolada taberna del arrabal?
Eran crepúsculos abiertos como heridas
que enconaba mi nostalgia de ver el mar
-yo fumaba un tabaco exótico de capitán-
y corría la aventura contigo por querida
por las huecas tabernas que a veces desfilan
en la solitaria sábana del cinema del arrabal...
La taberna, el mar y quizás tu carne eran de utilería-,
¿Y la melancolía?
¿Esa vieja provinciana,
beguina enana,
con la poesía pasadista por capuchón?
¿Y la embriaguez acre que agarré junto al depósito?
¡Cómo me emborrachaba el olor a pescado!
y te llevaba a propósito
por los muelles... por los muelles...
                                      Mi corazón
-vieja barcaza que hace agua-
rolaba por el borde de tu enagua
que a veces era blanca como la espuma del mar.
¿Quién como yo gozó en poesía de la sinecura
de fumar en la pipa de la real aventura?
Y en su humo, países, países en toda la oscura
sentina musgosa del cinema del arrabal...
Después vino la lógica del pan
nuestro de cada día,
vos te fuiste al hospital,  
yo iré algún día,
y mientras tanto
¿para qué el llanto
si me calafateo con la brea de la melancolía?
¡Ahora amo a las mujeres de ojos grises
como el acero que domina en la ciudad!
¡La ciudad!, ¡la ciudad!, la ciudad
tiene en sus calles a todos los países
de mi sensualidad.
Nicolás Olivari (Buenos Aires, 1900-1966), La musa de la mala pata, Editorial Martín Fierro, Buenos Aires, 1926


Foto: Nicolás Olivari en la portada de El hombre de la baraja y la puñalada y otros escritos sobre cine, Adriana Hidalgo, 2017

domingo, agosto 21, 2011

Nicolás Olivari / Presentación




Presentación

Bajo la montaña gris de la tarde,
escribo mi dolor a máquina.
¿Quién asirá el tentáculo de mi gran tristeza?
¿Mi resoplido de ansia?
¿Mi dolor a cadena perpetua?
Soy un gran romántico al revés
-esta es la confesión que más me duele-
partir de la colina del odio, hasta la frontera del aburrimiento
y saber que nadie entrará en el país de mi tristeza
Ni mi amigo, ni mi mujer, ni mi hijo... Acaso mi madre
Esta canción desolada y asmática
no se la hubiera dicho nunca a Ud., lector,
pero me la recito a viva voz,
cuando busco argumentos para mi suicidio:
Por eso me toca decir lo que muchos decir no saben,
ese suicidio diario que apresura
nuestra arterioesclerosis, nuestra frontera
a este país, nocherniego y boreal,
que no es el del buen rey Passoule.

Me gustaría tentar otro camino;
pero ya es tarde,
y estamos clausurados por la desdicha
y por la democracia.

Nicolás Olivari (Buenos Aires, 1900-1966), "El gato escaldado", 1929, Poesías 1920-1930, Ediciones El 8vo. Loco, Buenos Aires, 2008

Ilustración: Portada de la primera edición de El gato escaldado, Gleizer, 1929

martes, agosto 02, 2011

Oliverio Girondo / De "Veinte poemas..."




Paisaje bretón

Douarnenez,
en un golpe de cubilete,
empantana
entre sus casas como dados,
un pedazo de mar,
con un olor a sexo que desmaya.

¡Barcas heridas, en seco, con las alas plegadas!
¡Tabernas que cantan con una voz de orangután!

Sobre los muelles,
mercurizados por la pesca,
marineros se agarran de los brazos
para aprender a caminar,
y van a estrellarse
con un envión de ola
en las paredes;
mujeres salobres,
enyodadas,
de ojos acuáticos, de caballeras de alga,
que repasan las redes colgadas de los techos
como velos nupciales.

El campanario de la iglesia,
en un escamoteo de prestidigitación,
saca de su campana
una bandada de palomas.

Mientras las viejecitas,
con sus gorritos de dormir,
entran a la nave
para emborracharse de oraciones,
y para que el silencio
deje de roer un instante
las narices de piedras de los santos.

Douarnenez, julio 1920

Oliverio Girondo (Buenos Aires, 1891-1967), Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, ilustrados por el autor, edición facsimilar, Tajamar Editores, Santiago de Chile, 2011

Ilustración: Del poema "Paisaje bretón", Oliverio Girondo, 1922, 2011

martes, agosto 10, 2010

Leopoldo Lugones / Salmo




Salmo pluvial

Tormenta

Érase una caverna de agua sombría el cielo;
el trueno, a la distancia, rodaba su peñón;
y una remota brisa de conturbado vuelo,
se acidulaba en tenue frescura de limón.

Como caliente polen exhaló el campo seco
un relente de trébol lo que empezó a llover.
Bajo la lenta sombra, colgada en denso fleco,
se vio el caudal con vívidos azules florecer.

Una fulmínea verga rompió el aire al soslayo;
sobre la tierra atónita cruzó un pavor mortal;
y el firmamento entero se derrumbó en un rayo,
como un inmenso techo de hierro y de cristal.

Lluvia

Y un mimbreral vibrante fue el chubasco resuelto
que plantaba sus líquidas varillas al trasluz,
o en pajonales de agua se espesaba revuelto,
descerrajando al paso su pródigo arcabuz.

Saltó la alegre lluvia por taludes y cauces,
descolgó del tejado sonoro caracol;
y luego, allá a lo lejos, se desnudó en los sauces,
transparente y dorada bajo un rayo de sol.

Calma

Delicia de los árboles que abrevó el aguacero.
Delicia de los gárrulos raudales en desliz.
Cristalina delicia del trino del jilguero.
Delicia serenísima de la tarde feliz.

Plenitud

El cerro azul estaba fragante de romero,
y en los profundos campos silbaba la perdiz.

Leopoldo Lugones (Villa María del Río Seco, 1874-Tigre, 1938), El libro de los paisajes, Otero y García, Editores, Buenos Aires, 1917

Ilustración: Atardecer con laguna, Ernesto Laroche

jueves, febrero 25, 2010

Raúl González Tuñón / Juguete














Un juguete roto en el basural

Un poema está en el sueño. También fuera del sueño.
A veces está allí donde el poeta mira.
Y nada más poético que ese juguete roto
-extraña flor brotada a la intemperie-
que junto a los residuos de los inquilinatos
grises y fraternales
y la hierba menuda del baldío
recatado en el bosque de cemento
piensa cuando jugaba con él un dulce niño
que después fue soldado.

Nunca vuelven.

Y un poema está allí, donde no está el poeta.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905-1974), Poemas para el atril de una pianola, 1965. Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1993.
---
Ilustración: Niños jugando (detalle), c.1778, Francisco de Goya

miércoles, febrero 24, 2010

Carlos de la Púa / Dos sonetos



Packard

Era una mina bien, era un gran coche,
era un packard placero, era una alhaja:
auto que siempre trabajó de noche
llevando siempre la bandera baja.

Pero un día la droga la hizo suya
y, en vez de cargar nafta, echó morfina
y cerrando el escape por la buya
se fajaba debute en cada esquina.

Ayer la vi pasar... Iba dopada
y me sentí, yo curda, un santo Asís
al ver que de su pinta abacanada

pinta que fuera de auto de parada,
sólo queda, cual resto de chocada,
con los cuatro fierritos del chasís.


El feite

Recuerdo de un amuro ranfañoso,
luce tajo de guapo, marca rea,
un feite refasí, meticuloso,
que un cacho de nariz le escolasea.

Beso maula de daga matadora,
no ha de borrarse nunca, hasta la muerte,
por más que el que lo lleve sea ahora
tayador ventajero con la suerte.

Por eso es que le digo cuando pasa
-engrupido debute, farolero,
de mucho cueyo y de corbata escasa-:

-Ya que aura sos bacán y el vento empacas,
y la rolás con púas, ¡pesebrero!,
no te sacas el feite, no te sacas.

Carlos Muñoz del Solar, Carlos de la Púa (La Plata, 1898-Buenos Aires, 1950), La crencha engrasada [1928], cuaderno sin mención de editor ni pie de de imprenta

Ilustración: De la Púa, por Hemenegildo Sábat, archivo del diario Clarín, Buenos Aires

jueves, octubre 22, 2009

Leopoldo Lugones / Anacreonte


La vejez de Anacreonte

A Ponciano Vivanco

La tarde coronábale de rosas.
Sus dulces versos, en divino coro,
Se iban flotando como polen de oro
Sobre las alas de invisibles mariposas.

Componían los mimos suaves glosas,
Mujía blandamente el mar sonoro,
Como si fuera un descornado toro
Uncido a la cuadriga de las diosas.

Y más rosas llovieron; y la frente
Del poeta inclinóse dulcemente,
Y un calor juvenil flotó en sus venas.

Sintió llenos de flores los cabellos,
Las temblorosas manos hundió en ellos...
Y en vez de rosas encontró azucenas.

Leopoldo Lugones (Villa María del Río Seco, 1874-Tigre, 1938), Los crepúsculos del jardín [1905], Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1980

De Lugones en este blog:
Segundo violín

Ver también:
Antología votada de la poesía argentina
Modernismo

Ilustración: Anacreonte, Baco y Amor, Jean Léon Gérôme, 1848

martes, septiembre 29, 2009

Raúl González Tuñón/ De "Todos bailan", 2



















Blues de Río Gallegos

Te amo a doce grados bajo cero
en un pueblo de soles indecisos, de gruesas lluvias
y de perros lentos,
frente al mar que trae disputas de brújulas y vientos.
Este es el auténtico corazón de la soledad
y la mañana se ha tirado en el puerto
contra barcos alcohólicos, dormidos, fatigados,
que vienen de los países de los mapas gastados,
los alevosos asesinatos, las suntuosas pieles,
los jugadores fulleros y los zorros colorados.
Este es el auténtico corazón de la soledad y de los desencuentros.
Sin embargo aquí encontré a un viejo amigo
sentado al piano con un tango antiguo
-“la vieja está en la cueva
los pajaritos cantan
bien puede ser que llueva
las nubes se levantan”.
Bien puede ser que con estas bellas cosas que te digo
escriba una canción, ahora, cuando nadie escribe canciones.
Aquí se vive de la lana y de los cazadores trashumantes.
aquí se muere, hija mía, y por la noche
mi espectro ha recorrido los prostíbulos,
mi gran alma canalla, ha conversado con mujeres torpes
de roncas voces y de ojos rasgados,
que conocieron a Sebastián Elcano.
La asamblea de los pingüinos prometía otras latitudes
desde el avión, muchacha.
Pero yo te envío mi amor a doce grados bajo cero
y la señorita del correo no sabe nada,
mientras los obreros,
ah, los obreros envejecen en los frigoríficos
y la veletas,
ah, las veletas en los tejados rojos enloquecen
y en la calle ancha,
ah, en la calle ancha debe estar esperando la muerte.

Patagonia 1932

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905-1974), Todos bailan, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1987

De Tuñón en este blog:
"Me moriré en París"
Los seis hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo / Blues de los pequeños deshollinadores
Escrito sobre una mesa en Montparnasse y Lluvia, Antología votada de poesía argentina
---
Ilustración: Paisaje frío, Rubén Bello Traverso, 2009 RBT

jueves, septiembre 03, 2009

Héctor Pedro Blomberg / Versos a María Kempenfeldt



















¿Quién eras, oh María, misteriosa María,
la dueña de este libro que he encontrado al partir?
En la primera página, en alemán, decía
con letra temblorosa: "te quiero hasta morir".

Dulce María Kempenfeldt, aquí en este navío
que te llevaba lejos, ¿soñaste como yo?
¿Tu corazón sangraba nostalgias, como el mío?
¿Tampoco tu quimera de amor se realizó?

"Ich liebe Dich, Maria..." ¿En qué brumoso puerto,
en qué tierra lejana dejaste el corazón
que gimió en estas páginas, en este libro abierto
y olvidado en un barco, su ensueño y su pasión?

"Ich liebe Dich, María..." Yo guardo el libro, y leo
el verso que ha veinte años escribió en alemán
un hombre que te amaba, y en mis sueños veo
tu rostro rubio y triste, y los barcos se van...

Héctor Pedro Blomberg (Buenos Aires, 1889-1955), El pastor de estrellas, Editorial Tor, Buenos Aires, 1928

De Blomberg en este blog:
Las dos irlandesas
---
Ilustración: Joven rubia de ojos azules, Édouard Manet, 1878

miércoles, mayo 27, 2009

Tuñón / Vallejo


"Me moriré en París"

(César Vallejo)


Me presentaron en París al Cholo
-en el París que amamos, el hondo el popular-
en un día de invierno como tantos
de la larga aventura de su hambre.

Algunas veces fui a su casa,
pequeña, gris, de sol escaso,
en el bulevar Garibaldi*;
puentes, chimeneas, bistrots,
nuestra juventud, todavía,
("le coeur de l'homme n'as pas d'âge").

En sus ojos había sombra
y sus maneras eran suaves.
Lo estoy viendo.
La incomprensión, los alquileres
sin pagar, las penas, ¡los palos!
y aquel empeño (discutible)
de morir en París, un jueves,
no pudieron matar al poeta,
pero al fin voltearon al hombre.

Lo voltearon.

Era mejor que algunos otros
que después subieron, treparon.
(Le pagaban un café-creme
y le daban un golpecito
en la espalda, que tantas lluvias
habían encorvado un poco).

Murió de pobre, es un decir...
La verdad, señores, que quema.
Y la Embajada del Perú
pagó un entierro de primera.

¡Qué rabia habrá tenido el Cholo
en la soledad de sus huesos!

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905-1974),  A la sombra de los barrios amados, Editorial Lautaro, Buenos Aires, 1957

* César Vallejo vivió con su mujer, Georgette Philippart, en un hotel en el Boulevard Garibaldi, cerca de Montparnasse, desde 1933 a 1936 (Medio siglo con Vallejo, André Coyné, Pontificia Universidad Católica del Perú, 1999)
---
Foto: Vallejo, con su novia Henriette Maisse y su compatriota Carlos More en un café parisino, en 1926 Letras peruanas y universales

domingo, mayo 03, 2009

No está el Amado en el Amante



Del amor navegante

Porque no está el Amado en el Amante
Ni el Amante reposa en el Amado,
Tiende amor su velamen castigado
Y afronta el ceño de la mar tonante.

Llora el Amor en su navío errante
Y la tormenta libra su cuidado,
Porque son dos: Amante desterrado
Y Amado con perfil de navegante.

Si fuesen uno, Amor no existiría
Ni llanto ni bajel ni lejanía,
Sino la beatitud de la azucena.

¡Oh amor sin remo, en la Unidad gozosa!
¡Oh círculo apretado de la rosa!
Con el número Dos nace la pena.

Leopoldo Marechal (Buenos Aires, 1900-1970), "Sonetos a Sophia", 1940. Antología poética, Espasa-Calpe, Colección Austral, Buenos Aires, 1950

Nota: Este poema fue seleccionado para una antología de diez décadas de poesía argentina a cargo de diez poetas contemporáneos, a razón de diez poemas por década, que editorial Bajo la Luna publicará el año próximo, coordinada por Jorge Fondebrider. Al editor de este blog le tocó la década de los '40.

Foto: Marechal, c.1960. Archivo personal

De Marechal en este blog:
A un domador de caballos

martes, abril 14, 2009

Héctor Pedro Blomberg / Las dos irlandesas























Aquí estoy con los chinos y las dos irlandesas
que llegaron a bordo del Jamaica Marú;
Maggie, la mayor, tiene ojos como turquesas
y bebe gin en este viejo bar del Dock Sur.

Nancy, la menor de ellas, parece una gitana,
pero nació en el barrio más pobre de Dublín;
arde en sus ojos negros una pasión lejana
y en su pálida frente hay una cicatriz.

De dónde las trajeron los chinos taciturnos
Maggie me habló al oído: “los conocí en Shangai...”
(En el bar se morían los murmullos nocturnos
y en los labios de Nancy se apagaba un cantar...)

El Marú había partido con rumbo a Yokohama.
Maggie me amó en las noches siniestras del Dock Sur;
Me hablaba de su vida errante, y una llama
de pasión palpitaba en su mirada azul.

Nancy, junto a nosotros, cantaba dulcemente
canciones misteriosas de la China y del mar.
(Quién las llevó de Irlanda al infierno de Oriente,
y por qué las trajeron los chinos de Shangai).

Pero yo amaba a Nancy, la irlandesa morena;
los chinos, silenciosos, miraban a las dos;
las casuchas dormían bajo la luna llena
y en los negros navíos temblaba un resplandor.

¡Nancy! ¡Nancy! Una noche su canción quedó trunca;
los chinos dormitaban borrachos de chandú...
¡Pobre Maggie! Esa noche bebió más gin que nunca
y se arrojó a las aguas oscuras del Dock Sur.

A la deriva: canciones de los puertos, de las tierras y de los mares, 1920

Héctor Pedro Blomberg (Buenos Aires, 1889-1955), "Diez poemas de la década de 1910. Seleccionados por Santiago Sylvester", Otro río que pasa. Un siglo de poesía argentina contemporánea, Bajo la Luna, Buenos Aires, 2010
---
Foto: Historia de la literatura argentina, Centro Editor de América Latina, 1968 Wikimedia Commons

domingo, marzo 29, 2009

La felicidad


Felices de vosotros

Felices de vosotros, los imbéciles,
los que nada pensáis ni sentís nada,
huecos de corazón y de cerebro,
espíritus sin luz, almas sin almas.

Felices, sí, felices los que sólo
alimentáis famélicos la panza.
Y flotáis en los mares de la vida
como flota lo fofo sobre el agua.

¡Quién pudiera matar el pensamiento,
aniquilar el corazón y el alma,
y vivir en las sombras sumergido,
sin conciencia, sin luz, sin sol, sin ansias!

Alberto Ghiraldo (Buenos Aires, 1874 ó '75-Santiago de Chile, 1946), Los mejores poemas de la poesía argentina, Corregidor, Buenos Aires, 1974

Foto: Ghiraldo, en Historia Argentina, de Diego Abad de Santillán, Tipográfica Editora Argentina, Buenos Aires, 1971 Wikipedia

viernes, marzo 27, 2009

La luna de Lugones


Segundo violín

La luna te desampara
y hunde en el confín remoto
su punto de huevo roto
que vierte en el mar su clara.

Medianoche van a dar,
y al gemido de la ola
te angustias, trémula y sola,
entre mi alma y el mar.

de "A ti, única (Quinteto de la Luna y del Mar)" 

Leopoldo Lugones (Villa María del Río Seco, 1874-Tigre, 1938), El libro de los paisajes, Otero y García Editores, Buenos Aires, 1917


Ilustración: Caricatura de Lugones, revista Martín Fierro, julio de 1924 Canal Encuentro

jueves, marzo 26, 2009

Lo futuro al ayer arraigado


Dicha

Dichoso aquel que vive en mansión heredada,
oye cantar los tordos que escuchó cuando niño;
ve llegar los inviernos entre lluvia y nevada
y siente el mismo acento de familiar cariño.

En la noche, en sosiego, a media luz, en torno
a la mesa o la lumbre, se conversa, en voz tierna,
de un viaje, de un recuerdo, de una ida sin retorno
-hace ya veintiocho años- a la mansión eterna.

Triste lágrima asómase y ocúltase, medrosa,
recuérdase la historia de la aldea, el pasado
tiempo de la familia, la niñez bulliciosa,
y se ve lo futuro al ayer arraigado.

Se lee el viejo libro con reposo, alguna hoja
anotaciones lleva del padre o del abuelo;
a veces una lágrima casual el texto moja
y se encuentra en las dulces páginas el consuelo.

El antiguo reloj de la pared aún suena;
vienen los largos días del estío, o el invierno;
son las noches oscuras o ya de luna llena;
aunque los años vuelen todo parece eterno.

Feliz aquel que vive en mansión heredada
con fontanares y árboles al pie de una colina,
y del otoño lánguido en la tarde nublada
ve rodar por los campos la lluvia y la neblina.

Arturo Marasso (Chilecito, 1890-Buenos Aires, 1970), Los mejores poemas de la poesía argentina, Corregidor, Buenos Aires, 1974

Foto: Marasso, Wikipedia. Fuente: Diego Abad de Santillán, Historia argentina, Tipográfica Editora Argentina, 1971

sábado, marzo 21, 2009

César Fernández Moreno / De "Conversaciones con el viejo"

Viejo café Tortoni

A pesar de la lluvia yo he salido
a tomar un café. Estoy sentado
bajo el toldo tirante y empapado
de este viejo Tortoni conocido.

¡Cuántas veces, oh padre, habrás venido
de tus graves negocios fatigado,
a fumar un habano perfumado
y a jugar al tresillo consabido!

Melancólico, pobre, descubierto,
tu hijo te repite, padre muerto.
Suena la lluvia, núblanse mis ojos

sale del subterráneo alguna gente,
pregona diarios una voz doliente,
ruedan los grandes autobuses rojos.

Baldomero, 1925


Viejo café de Flore

A pesar de la lluvia yo he salido
a tomar un café. Y estoy sentado
tras el cristal vibrante y empañado
de este café a poetas ofrecido.

¡Pero tú nunca, padre, habrás venido
de tu vida a trasmano fatigado
a fumar un Gauloise bien apretado
en tu París leído y releído!

Meláncólico, acaso más abierto,
tu hijo te trae ahora, padre muerto.
Vuelves a mí, te alejas, te me pierdes,

la lluvia insiste, núblanse mis ojos.
Pasa un clochard sobándose los piojos,
ruedan los grandes autobuses verdes.

César, 1975

Baldomero Fernández Moreno (Buenos Aires, 1866-1950) - César Fernández Moreno, (Buenos Aires, 1919-París, 1985), "Conversaciones con el viejo", César Fernández Moreno, Obra poética, edición de J. Fondebrider, Perfil Libros, Buenos Aires, 1999

Otras conversaciones con el viejo:
La cuna / Nunca te volveré a tomar el pulso?
Contra Fernández Moreno, el Viejo
---
Ilustración: Hombre en un café, Juan Gris, 1912 Museo de Arte de Filadelfia

martes, marzo 03, 2009

Horacio Rega Molina / Azul de mapa



















Azul de mapa. Desvaídos cielos.
Agua de océano esterilizado
en un plano geográfico rayado
de meridianos y de paralelos.

Barniz cerúleo que se resquebraja.
No hay nada más falible que el misterio
del hombre que ha pintado un planisferio
o el hombre que ha pintado una baraja.

Azul de mapa. El pájaro y la oruga.
Y Hércules con su trenza de serpientes
sosteniendo los cinco continentes.
Y el león, y la sirena, y la tortuga.

Azul de mapa. Escuálidas piltrafas
de tripulantes cuyo empaque aterra.
Que atracan con el plano de otra tierra
y una inscripción que dice: aquí hay jirafas.

Y Américus Vespucius, navegante
–nombre terrible como su destino–,
dibujado en un códice marino
con un compás de hierro y un sextante.

Reloj de arena. Rosa de los vientos,
que humillan bajo exacta vigilancia,
la eternidad del tiempo y la distancia
con invariables desmenuzamientos.

Y la luz submarina de un acuario.
Fauna y flora del mar. Falsas mareas.
Y las madréporas y las lampreas.
Y el pez delfín y el pulpo milenario.

Y la cruz de los puntos cardinales
y las cuádruples líneas de las rutas,
llenas de embarcaciones diminutas
con sus velámenes piramidales.

Y la emoción portuaria de esos bares
–barcas de costa firme, siempre ancladas–
adonde imita zonas no exploradas
el verde vegetal de los billares.

Todo eso causa un sideral arrobo.
Porque el azul de la cartografía
tiene una matiz de volatinería
como el azul elástico de un globo.

Horacio Rega Molina (San Nicolás de los Arroyos, 1899-Buenos Aires, 1957), Azul de mapa, Manuel Gleizer, Buenos Aires, 1931 

 Foto: Horacio Rega Molina, La Literatura Argentina, número 11, 1929 Wikimedia Commons

miércoles, febrero 18, 2009

Ricardo Güiraldes/ Luna




Luna que hace ulular a los perros y a los poetas.
Faro de tiza
Astro en camisa.

Disco, casco y guadaña, colgada del hombro de la noche, representación de la muerte.
Impotente
intermitente.

Parásito luminoso del sol, chinchorro giratorio de nuestra barca sideral.
Ronda vejiga
pálida miga.

Surtidora de falsas purezas. Frígido ovillo.
Pulcro botón de calzoncillo.

Nadie te teme; todos te quieren. Inofensivo bollo de harina sin importancia.
Blanca jactancia.

Sudario de azoteas. Velador de noctámbulos.
Orgullo hinchado
de trasnochado.

Luna, muerte, maleficio,
gorda madama del precipicio.

Ojalá se ahogue dentro de un charco
tu ojo zarco.

Angel caído en frialdad, per-in-eternum.
Mundo maldito,
me importa un pito.

Ricardo Güiraldes (Buenos Aires, 1886-París, 1927), Juan Carlos Martini Real, Los mejores poemas de la poesía argentina, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1974
---
Foto: Ricardo Güiraldes. Onmibiography.com

Enrique Larreta / Ni mirlo, ni calandria, ni jilguero



A Fernández Moreno

Ni mirlo, ni calandria, ni jilguero.
Ni ruiseñor, ni alondra. Claro está.
Tu canto suena acá, suena acullá,
junto al mar o debajo del ropero.

Es canto señoril, sin duda; pero
canto rural municipal que da
su poquitín de campo a la ciudá,
poquitín de ciudad al campo entero.

Sueño de yerbas tristes, amarillo,
con silencios de sol y recoletos,
en la noche, rimados pulsos quietos.

Reloj de vida, en fin, el más sencillo
y el más cerca de Dios y sus secretos.
Eres más que el zorzal, eres el grillo.

Enrique Larreta (Buenos Aires,1875-1961), Juan Carlos Martini Real, Los mejores poemas de la poesía argentina, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1974

Ilustración: Larreta por Daniel Vázquez Díaz, c.1910-1912. Grafito, lápiz graso, aguada y difumino, en papel. Colección de la Fundación Mapfre

martes, febrero 17, 2009

El primer puente de Constitución



Mateo XXV, 30 *

El primer puente de Constitución y a mis pies
Fragor de trenes que tejían laberintos de hierro.
Humo y silbidos escalaban la noche,
Que de golpe fue el Juicio Universal. Desde el invisible horizonte
Y desde el centro de mi ser, una voz infinita
Dijo estas cosas (estas cosas, no estas palabras,
Que son mi pobre traducción temporal de una sola palabra):
- Estrellas, pan, bibliotecas orientales y occidentales,
Naipes, tableros de ajedrez, galerías, claraboyas y sótanos,
Un cuerpo humano para andar por la tierra,
Uñas que crecen en la noche, en la muerte,
Sombra que olvida, atareados espejos que multiplican,
Declives de la música, la más dócil de las formas del tiempo,
Fronteras del Brasil y del Uruguay, caballos y mañanas,
Una pesa de bronce y un ejemplar de la Saga de Grettir,
Algebra y fuego, la carga de Junín en tu sangre,
Días más populosos que Balzac, el olor de la madreselva,
Amor y víspera de amor y recuerdos intolerables,
El sueño como un tesoro enterrado, el dadivoso azar
Y la memoria, que el hombre no mira sin vértigo,
Todo eso te fue dado, y también
El antiguo alimento de los héroes:
La falsía, la derrota, la humillación.
En vano te hemos prodigado el océano,
En vano el sol, que vieron los maravillados ojos de Whitman;
Has gastado los años y te han gastado,
Y todavía no has escrito el poema.

1953


* "Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes", Mateo 25, 30, La Biblia, Ediciones Paulinas, Madrid. (Nota del Administrador)

Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1999.Ginebra, 1986), "El otro, el mismo", Obra poética, Emecé, 1969

Texto confrontado con la edición de Obra completa I. Edición crítica, Emecé, Buenos Aires, 1989 [N. del Ad. 2015]

Foto: Borges, c.1965 Populars Persons
Abajo: Vista desde el "primer puente de Constitución" Plaza Constitución