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domingo, octubre 23, 2016

Xiao Kaiyu / Mao Zedong













El gran hombre que elimina la parafernalia del color
y reduce al mínimo el protocolo de las formas
para concentrarse en el contenido preciso
ama el gris plateado –el color de las nubes- y el azul- el color del océano-,
el aspecto ordenado
de lo grandioso. Le gusta un país así,

con el sol igual que una condecoración
en la frente, suspendido sobre la multitud.
La vasta realidad recién salida del horno
tejiendo lo infinito en lo finito de una plaza borrosa
construida alrededor de los palacios dorados,
que son en realidad de simple arcilla.

Los periódicos aclaman la victoria del ideal
y la marea sube y sube fuera de control.
Un huracán hecho de millones ahonda el pozo de las banderas.
Un oleaje de velámenes arrastra el agua hacia el cielo,
dejando detrás el lecho seco del mar y esqueletos de barcos.

Duerme en un pileta llena de viejos libros,
en un taller reformado, contemplando el aire,
repitiendo sentencias breves y cortantes,
de un sentido perdido para siempre bajo las espinas de su lenguaje.
El lenguaje del guerrero proviene de una batalla invisible,
¿y quién sería capaz de entenderlo?

[1987]

Xiao Kaiyu (Zhongjiang, Sichuan, China, 1960) en Miguel Angel Petrecca
Versión de Miguel Angel Petrecca

Ref.:
Revista Ñ 31-1-2013: Una entrevista en Shangai



毛澤東
削減顏色和式樣的一切繁文縟節
使內容準確的大人物
偏愛銀灰──雲層的顏色──和靛藍──海洋的顏色
──宏大事物的
整齊外觀。他喜愛這樣的國家
太阳像徽章挂在額際,
懸於人的海洋。
煉鋼出爐的浩瀚現實
把以無限交錯有限的飄渺廣場
建築在紫金 實使陶士的城樓周圍。
報刊歡呼理想勝利
潮水不規矩地上漲
億萬心底的颶風推動旗幟的凹陷幅度
船帆的波濤率領海水上升,
海只有船骸和海底。
他睡在滿是舊籍的游泳池
改建的工作間,望着空氣
說着晦澀的短句子,
無法破解的意思藏匿在堅挺的語音芒刺中,
戰士的語言來自看不見的戰場,有誰懂得?

martes, octubre 27, 2009

Xiao Kaiyu / Sábado






Sábado a la noche.


Entro corriendo a un restorán y pido fideos,
como deprisa y concentrado, sin atender
al gato que maúlla sin parar desde el piso.
Sólo dos personas en el local: el dueño y yo.
Apoyado contra el mostrador sonríe hacia el matamoscas,
sin ningún interés por mi impaciencia,
aprobando al parecer la insipidez de la tarde.
Mientras él busca seriamente el cambio,
yo siento que tener algo que hacer es de verdad importante.

Así que salgo a la calle, compro el diario
y me subo al primer colectivo que llega.
El aire acá arriba está demasiado frío
y me hace temblar, me repliego en el asiento.
Por todas partes hay plástico y astillas,
y un extraño olor a pintura. Pocas personas, lluvia,
¿quién quiere salir, si no es para volver a casa,
o movido por un impulso traicionero?
¿Quién quiere gastar cuatro boletos y atravesar
cabeceando, medio dormido, la avenida Nanjing?

Una hora después al despertarme
me apuro a bajar. “Qué suerte de mierda”,
exclama uno al que se le pasó la parada
mientras limpiaba sus anteojos. Me doy vuelta:
el colectivo oscilando avanza en la oscuridad
hecha de un cielo nocturno lluvioso y luces de neón.
Conozco al muchacho en la entrada del banco,
es la persona que vengo a ver; bajito, sin cuello,
se llama a sí mismo ladrón; por supuesto,
ya ha hecho lo imposible para demacrar su apariencia.

Hablamos un rato afuera de pie
antes de entrar al bar. Sentados junto la ventana
pedimos bebidas frías y empezamos a tratar
de algunos conocidos, de su dolor
yendo y viniendo por las universidades,
acostumbrados a un cinismo cómodo
y a burlarse de sus propios órganos. Llevados a eso,
y a toda forma de aburrimiento planeado.
Después, mira hacia la calle por la ventana,
comparando calles y ciudades en su cabeza.

Como al pasar menciona el funeral de su madre:
muchos parientes, petardos y niños desconocidos,
pero muy poco tiempo concreto pasado
alrededor del cuerpo, intercambiando dolor.
Piensa que su muerte dio término a una discusión.
Ahora ya ni recuerdo quién y quién
decidió poner la medicina en su pan: un mes
tomándola de esa forma, después su sonrisa final.
Nos quedamos en silencio un rato, como corresponde,
y viendo que ya hemos estirado el tiempo lo suficiente
nos paramos para despedirnos: “Hasta la próxima”.

Al salir, él se esfuma. No es tarde aún,
no estaría de más dar unas vueltas
antes de volver. De nuevo este traicionero
impulso que me atrapa, me acelera el corazón.
Fumo un cigarrillo. Incluso voy a un cine para ver
la cartelera; pero es como si ya hubiera visto todas las películas:
una acerca del opio, una acerca del divorcio, otra
acerca de uno de nosotros que doblegó la emoción.
La respuesta que obtuve a los diez año está aún
burlando mi propia pregunta: yo pertenezco a nosotros.

Así, la buena señal del día es: un paseo, un baño,
para emitir con lentitud irritante algún sinsentido
usando la primera del singular. ¿Qué
significa? Algunas calles, algunas bandas
tocan el himno y música marcial. Las puertas abiertas
de un negocio expulsan una racha de aire frío;
adentro dos chicas se prueban bikinis. Ahora
quiero irme a casa. Es eso o, bajo el viaducto,
con un maestro de Qi, estudiar el uso de los pies
para rascarse la espalda, pelear, o caminar con las manos.

Los empleados bostezan, con sus laptops a cuestas,
deslizándose en los taxis; luces de edificios altos y bajos
empiezan a parpadear. Desde un bar en un callejón
viene el aplauso al final de un tema. Después de todo,
tanto ruido en el momento en que la mayoría duerme,
es como si la semana llegara al fin a su clímax.
De hecho, llega el colectivo rápido a la parada.
La noche ahora es profunda pero gris, no tinta oscura.
Y al volver a la escuela, en el bosque al lado del camino
veo incluso a dos chicos caminar abrazados.

Xiao Kaiyu (Sichuan, 1960)
Versión de Miguel Angel Petrecca

Foto: Xiao Kaiyu DianMo, Leipzig