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jueves, junio 25, 2020

Vanina Colagiovanni / De "Una no elige cuándo caerse"

















Lugares donde dormí

Una cama es solo una cama, me dijo.
También puede ser algo más.
Un tendal de sueños blandos, una colección
de elasticos para distintos puntos
del tallo vertebral, un pozo,
un nido donde empollar algo
que tal vez respire, un pantano,
un hilo filoso
que corta lo viejo de lo nuevo, una estepa
donde el viento diseñe remolinos en mi pelo
y con sus brazos, un lugar de buenos momentos, creo.
Una cama es su cama o la mía, no es nuestra, ya no.
Si cierro los ojos estamos ahí juntos
y rechina.
Si los abro duermo sola y el vacío
me atrae. Como las mandíbulas abiertas de los tiburones
saliendo del mar.


Bordado

Entre manos de mujeres que bordan
mi vestido
acostada, me quedo inmóvil, para ser la tela
cosida, algodón suave con hilo plateado,
Ellas decoran con figuras, son brillantes
y los hilos recorren mi piel.
Soy el centro de esa ronda
me dejo crear
por las manos tibias que dibujan palabras
en mi superficie.

Vanina Colagiovanni (Buenos Aires, 1976)

Una no elige cuándo caerse,
Caleta Olivia,
Buenos Aires, 2020










Otra Iglesia Es Imposible - Gog y Magog - Caleta Olivia - La Infancia del Procedimiento - Eterna Cadencia - Anfibia - Letras y Celuloide - Página 12 - La Nación

Foto: Vanina Colagiovanni por Mario Varela Vanina Colagiovanni/Facebook

viernes, julio 26, 2013

Poemas elegidos, 82


Vanina Colagiovanni
(Buenos Aires, 1976)

En la sala de espera, de Elizabeth Bishop
Es uno de esos poemas que no se olvidan. O por lo menos yo nunca me lo olvidé desde el día (allá por mis 19 años) en que empecé a leer más y más poesía, me pasaron una antología y lo "descubrí" como una pepita de oro en un río caudaloso. Porque en general todos los poemas de Bishop me gustan y me interesa su voz potente, pero tanto este como "The Moose" directamente me capturaron. Me pregunto muchas veces cuáles pueden ser las razones. Quizá es que son poemas largos que cuando son logrados tienen una gran capacidad de fluir y llevarnos con la corriente; o tal vez es porque tienen una cadencia narrativa, ya que en ambos se cuentan historias, aparentemente autobiográficas. Seguro tiene que ver, en este caso, con la mirada de una nena de 7 años y el extrañamiento con la especie humana, en el que rápidamente me reconocí. "Pero sentí: vos sos un yo, /sos una Elizabeth, /sos una de ellos." Son versos muy potentes que expresaban algo que había sentido a una edad similar pero que no había podido poner en palabras.
Varios años después escribí un poema (y un libro) que se llama Sala de espera en clara referencia a este poema de Bishop que tanto admiro y donde también menciono a una especie de tía y a una revista con imágenes de corredores. Y puedo decir que una búsqueda de mi escritura parte de este poema y se relaciona con alcanzar algo de esta mirada extrañada y a la vez familiar.


En la sala de espera

En Worcester, Massachusetts
acompañé a la tía Consuelo
a su cita con el dentista
y me senté para esperarla
en la sala de espera.
Era invierno. Oscureció
temprano. La sala de espera
estaba llena de gente grande,
botas impermeables y sobretodos,
lámparas y revistas.
Mi tía estuvo adentro,
me pareció, mucho tiempo,
y mientras esperaba leía
una Nacional Geographic
(sabía leer) y cuidadosamente
estudiaba las fotos:
el interior de un volcán,
negro, lleno de cenizas;
que luego se desbordaba
en arroyos de fuego.
Osa y Martin Johnson
vestidos con pantalones de montar,
botas con cordones y cascos.
Un hombre muerto colgando de un poste
–“Cerdo largo”, decía el epígrafe.
Bebés con cabezas puntiagudas
envueltas con cuerdas;
mujeres negras y desnudas de cuellos
enroscados con alambre
como los cuellos de las bombitas de luz.
Sus tetas eran horribles.
La leí entera. Era muy tímida
como para detenerme.
Y después miré la tapa:
los márgenes amarillos, la fecha.
De repente, desde adentro,
escuché un ay! de dolor
–la voz de tía Consuelo–
no muy fuerte ni muy largo.
No me sorprendió para nada;
ya sabía que era una mujer
tímida y tonta.
Podría haberme sentido avergonzada,
pero no fue así. Lo que sí me sorprendió
fue que en realidad era yo:
mi voz, mi boca.
Casi sin pensarlo
yo era mi tía boba,
yo –las dos– estábamos cayendo, cayendo,
nuestros ojos pegados a la tapa
de la National Geographic,
Febrero, 1918.
Me dije a mí misma: en tres días
vas a tener siete años.
Lo decía para detener
la sensación de estar cayendo
del mundo redondo y girando
en un espacio frío y negro azulado.
Pero sentí: vos sos un yo,
sos una Elizabeth,
sos una de ellos.
¿Por qué tendrías que ser una también?
Apenas me atreví a mirar
para ver qué era lo que yo era.
Eché una ojeada
–no podía mirar más arriba–
a las rodillas grises,
pantalones, camisas y botas
y diferentes pares de manos
que estaban bajo las lámparas.
Sabía que nada más extraño
me había pasado nunca, que nada
más raro iba a sucederme jamás.
¿Por qué yo sería mi tía
o yo, o cualquier otro?
¿Qué similitudes
botas, manos, la voz familiar
que sentí en la garganta, o incluso
la Nacional Geographic
y esas horribles tetas colgantes,
nos sostenían unidos
o hacían de nosotros sólo uno?
Qué –no sabía ninguna palabra
para expresarlo– qué “absurdo”…
¿Cómo es que yo estaba acá,
como ellos, y escuché
ese grito de dolor que podría haber sido
más fuerte y peor pero no lo fue?
La sala de espera estaba muy iluminada
y hacía mucho calor. Se deslizaba
bajo una ola enorme y negra,
otra y otra más.
Después volví al mismo lugar.
Estábamos en guerra. Afuera,
en Worcester, Massachusetts,
era de noche, había nieve derretida y hacía frío
y todavía era el cinco
de febrero de 1918.

Elizabeth Bishop (Worcester, 1911-Boston, 1979)
Versión de Laura Crespi

Foto: Vanina Colagiovanni en FB

lunes, febrero 13, 2012

Vanina Colagiovanni / Azul pálido




Azul pálido

es el color del oxígeno en estado sólido

y el de un día de duelo que comienza cuando el sol
enceguece, apuntando directo a los ojos
y la caravana de pensamientos sobre el pasado
arruga el ceño

no va del presente al pasado la memoria
es al revés
siempre que se llega al día de hoy
es porque se atravesó una bruma de días
que resuenan en un pasillo vacío
antes de que los objetos traigan otra acústica

mudarse es cambiar de sonidos

habito otro espacio
después de haber recorrido una hilera de recuerdos
que no tienen sentido
pero que de un modo u otro
llegan hasta hoy

a este azul
irrespirable.

Vanina Colagiovanni (Buenos Aires, 1976), Lo último que se esfuma, Ediciones Gog y Magog, Buenos Aires, 2011

Foto: Vanina Colagiovanni Ciudad Emergente