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viernes, marzo 22, 2019

Soledad Castresana / La noche en que se nos inundó la casa















Decorando la casa que yo no quería que fuera nuestra casa,
pinchamos con el taladro un tubo de agua. El chorro
nos golpeó con la fuerza de una yegua. Era de noche,
sábado y afuera también llovía.

Hasta que encontramos la llave, se inundaron
los cuartos, los placares, el pasillo.
Hacía frío. Empezábamos a hundirnos. La pintura
de los muros se rajaba. Se curvaban las tablas en el piso.

Enseguida, el marido empuñó la escoba:
era una especie de caballero con su lanza.
Quién sabe cuáles monstruos despiadados
enfrentaba en el cuerpo de esas aguas.

También estaba la hija. Seria. Empapada.
Iba de un lado al otro llevando zapatos
y lápices y cajas hasta arriba de las camas.
Parecía un gigante tratando de salvar el mundo.

Yo me hubiera dejado ahogar ahí mismo.
Habrían quedado tres libros, unas pocas fotos
y un montón de notas sueltas. Suficiente
para alimentar el mito de la poeta joven que se fue
justo antes de empezar a escribir sobre sus muertos.

Soledad Castresana (General Pico, Argentina, 1979)

Que sangre,
Caleta Olivia,
Buenos Aires, 2019









Op. Cit. - Pájaros Lanzallamas - Vallejo & Co. - Eterna Cadencia
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Foto: FB

sábado, septiembre 15, 2018

Soledad Castresana / La Virgen en el mercado













Adherida a la columna, una lámina
en papel satinado de la Virgen
con su raro disfraz de Guadalupe.
Quien imprimió esta imagen le agregó
un poco de su fe, de su alegría.
Los colores se alejan del gris santo,
alzan vuelo y se encienden y compiten
con las piñatas que cuelgan rabiosas
del techo del mercado en Coyoacán.
Y porque tal vez la acumulación
funciona en ciertos casos, le pusieron
un marco de un millón de rosas rojas
y un diluvio universal de purpurina.
Pero es curioso observar que nada
le ha cambiado en el gesto a la señora:
sigue quieta, los ojos hacia abajo
y las manos unidas sobre el pecho.
¡Qué poca vanidad!, me digo y miro
mi perfil de reojo en la vitrina
sucia de un puestito de tostadas.
Cualquier diosa, yo misma, si tuviera
tales brillos y flores, alzaría
la vista sonriendo. Aunque en el fondo
supiera que no soy más que otra mosca
sobre la carne cruda y las guayabas.

Soledad Castresana (General Pico, Argentina, 1979), Que sangre, publicará Caleta Olivia, Buenos Aires Op. Cit., 3 de agosto de 2018

Editorial Municipal de Rosario - Ping Pong - Zona Cero - Claroscuro
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Foto: FB

lunes, abril 25, 2016

Soledad Castresana / GnR en CDMX














(o divertimento poético fallido donde se retoma el tempus fugit)

Ay, tal vez no fui, querido Axl,
porque no quería verte así:
gordo y sentado: rey vencido.
Habiendo perdonado a tu enemigo,
O fue tal vez porque no quise
que me vieras a mí, así: tan bien
casada, madre, adaptadita,
ama de casa, aburguesada.

¿A dónde fueron a parar, querido Axl,
la bandana roja y negra que ceñía mi muñeca,
las remeras, los posters, los collares de cadena?
Los aros los conservo. Guardados.
No queda bien una señora que en la oreja
lleva una bala, un colmillo, un esqueleto.

Hoy, heme aquí, a cincuenta en Insurgentes
escuchando por la radio emocionada
la crónica de anoche, del concierto,
(parece que llovía, yo dormía, Greta
va a la escuela –privada, por supuesto-
a la mañana).

¡Ay, Axl! Debería haberte visto entonces
cuando tocaron en Baires, cuando todas
éramos jóvenes y bellas, en la gloria,
en la década más rara de la historia.

Vivía en La Pampa todavía y me negaron
el dinero, el permiso. ¡¿Por qué a mí?!
¡No es justo! ¡No me entienden! Pataleaba,
lloraba, como ahora.

El tiempo huye, Axl, de nosotros.
Ya no podemos mezclar armas con rosas
(ni vino con cerveza u otras cosas).


       A las amigas de entonces: Leonela, Ana, Jesica, Laura, Clari, Paz
       A Maricela, por su Beatus

Soledad Castresana (General Pico, Argentina, 1979), Vía Facebook

miércoles, diciembre 09, 2015

Soledad Castresana / Dos poemas













El vértigo

La noche ha construido un equilibrio simple. Cualquier mínimo
cambio en el ritmo del aire o de la sangre retumba en el orden
de las cosas.
Abro los ojos, cae una piedra.


No es un juego

Es como si cada pulso de la materia hubiera encontrado su sonido,
la cuerda única que vibra con la sombra del aire.
Es la madera que cruje, me decían cuando era hija. Pero ahora sé que
hay más entre el ruido y lo que escucho. Me aferro a este trance. Ya no
voy a dormir hasta encontrar las correspondencias.


Soledad Castresana (General Pico, Argentina, 1979)




Contra la locura,
El Ángel Editor,
Quito, 2015





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Foto: Soledad Castresana en FB