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domingo, agosto 18, 2019

Sebastián Bianchi / De todas las criaturas













De todas las criaturas que habitan en la tierra es el poeta
el más miserable, condenado a poner en palabras lo que pasa
por su cabeza o corazón, galardonado en los concursos,
espiado por los noticieros de TV y las revistas de chimentos,
y consultado por cuanto proyecto se arme en su nación de origen:
orientarse en el desierto, ubicar las aguadas, acordarse
de los himnos importantes.

Si se enferma la hija el poeta piensa en Baudelaire,
siente que la ciudad recrudece, los corazones bombean una
     sangre turquesa
a las arterias y todo el cuerpo del poetas es
violeta.

Suelen los poetas estar preocupados por la música,
buscar en su oquedad risueña y transparente, imbéciles como
niños afiebrados, quedándose allí en vela o respirando.
A veces un poeta visita la tumba de otro poeta famoso,
se pone de cuclillas, mueve unas rocas y se para;
se va del cementerio disconforme con sí mismo y cuando sale
     la luna
la confunde con un diente de ajo amarillento.

Quieren los poetas a las palabras más que a su propia madre,
dan la vida por las palabras y ellas son toda su compañía,
en cambio con la madre harían un bollo si fuera necesario. 

Es un día gris, pasa un avión por el cielo que tiene luces
que se prenden y se apagan -¡escondámoselo al paisaje
en una caja!- Si lo encuentra el poeta andará sonámbulo
toda la noche.

Cuando se hace de noche sobreviene el misterio
y el poeta a menudo duerme.

A menudo un poeta piensa sobre la podredumbre del dinero,
mañana sus canciones serán alcancías repletas de monedas,
un tesoro con el que viajó toda su pobreza.

Cuando a un poeta lo roza un seno pueden pasar varias cosas
—una campana de rubio oro, pero gomoso y suave—
que se sienta un bicho raro
que le dé por orinar.

A veces los poemas resultan cualquier cosa, ellos están hechos
de palabras que no suenan, y que no sueñan: los poetas suelen
soñar tonterías como nosotros, los poemas son los diferentes
y en esto un poeta puede ser un vecino cualquiera.

Existe la fantasía de pensar que los poetas son asesinos seriales,
que arrastran el fantasma de algún degollado
y que el ruido de sus zapatos da pavura porque suena a cadena.

Insanos, rebeldes, acomodaticios, demócratas, presbiterianos,
iconoclastas, achaparrados son de las tantas subespecies de
     poetas que hay.
Con una gomera un niño hace un arma y sale a cazar perros.
Con una gomera un poeta tañe un arpa amplificada con latas
     de conserva.
Shiva, Buda y Pachacuti fueron poetas.
Platón los odiaba y Goethe los confundía
con libélulas.

El papa Juan XXIII les decía hijos míos,
Napoleón tenía toda una retaguardia de poetas neoclásicos
en su tercer o cuarto libro,
en Albuquerque un general recitó a Manrique antes de morir,
para Zolá los poetas competían con los novelistas,
para Longfellow ser poeta era una cosa impresionante.

Qué hacer si a uno lo visita un poeta.
Evitar los momentos prolongados de silencio y tapar los
     recovecos de la casa:
es probable que allí busquen su nido provisorio, su nido de
     un instante,
en los rincones más húmedos y alejados.

Finalmente hay muchos poetas que están malditos
o enfermos de alguna herida pasajera,
se desnudan en lontananza, y nos traen el eco de la furia
ya rendida en sus bocas de lacio cabello.

Sebastián Bianchi (Buenos Aires, 1966)

Lalamatic y otros versos,
Caleta Olivia,
Buenos Aires, 2019









Ref.:

sábado, enero 16, 2016

Sebastián Bianchi / Dos poemas















Si el ferretero te dijera

Que Neptuno va rodeado de una espiral y faunos
y que sus playas no tienen el agua sino el perfume y los
                                                      sábados/
al mediodía, dudarías hasta de la solidez de los patos que flotan
en la laguna.

Afortunadamente todo parece por aquí más sencillo.

Caminás por las calles repitiendo una tonada de moda.
Tirando al aire una moneda, como quien se juega un imperio,
vas mirando a las ofertas y a los saldos,
contento con el ruido que hacen las palabras.


Si le pides a Júpiter que no se cristalicen los segundos

   En eso inacabado, los días, proponerse un librito de cantos.
También la corriente arrastra, lleva pausas con suspiros de
fragmentos a los afanes derrengados. Pero tan fugaces son las
dichas que parecen renacuajos en un click, ya mañana han
crecido como sapos que croan toda la amargura del hombre
con nicotina.

   Habrán pasado otros soles, otros desganos me encontrarán
con la boca a medio beso. Sin embargo el hoy se lleva todo:
ahora se acaba lo que es, en este instante, en cada nosotros.

Sebastián Bianchi (Buenos Aires, 1966)


Canciones,
Vox,
Bahía Blanca, 2015










Foto: Sebastián Bianchi por Laura Crespi