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jueves, mayo 23, 2024

Santiago Venturini / De "En la colonia agrícola"



6.

Nunca más volví a ver
tantas luciérnagas juntas.
Nos gustaba agarrarlas
para mirar su luz fosforescente
dentro del puño.
En el campo
donde las cazábamos
se instaló una vez
un campamento gitano.
A la tardecita,
las gitanas venían en patota
a leer las manos de las mujeres
que cuidaban las casas.
Mi mamá se hizo leer la suya
en el portón del patio.
No me acuerdo qué le dijo
esa gitana,
pero después de darle un billete
nos metió a todos adentro
y se sentó a fumar.
Tal vez pensó
en lo que había escuchado
y tuvo miedo del futuro,
tal vez solamente pensaba
en lo que iba a cocinar
antes de que sus hijos termitas
atacaran la mesa o las sillas.



14.

Los habitantes
de la colonia agrícola
viven rodeados de campos
aunque a veces se olvidan.
Hasta que un domingo
ven desde la ruta
la forma verdadera de la tierra:
una extensión dividida
con postes de alambrado
que tienen dueño.
Acelerando sobre el asfalto
que pusieron otros colonos
pegan los ojos al horizonte,
aprenden la lección del paisaje.
El campo parece
demasiado elemental
pero esconde cosas.
A doscientos metros
alguien que levanta un brazo
no se ve.
De noche
lucecitas de autos ocupados
por dos personas
se hunden en la oscuridad.
Una vez
te internaste en los campos
con alguien.
Cuando terminaron
y te acomodabas la ropa
viste la ciudad desde lejos.
Era una masa naranja
hecha con la energía
de luces públicas,
brillando en el medio de lo negro.
Como si una nave nodriza
con la tripulación de todas
las caras que conocías
acabara de aterrizar
sobre la superficie nueva
de un planeta.

 
25.

En la mutación de la adolescencia
los fresnos de la colonia agrícola
nos parecían más verdes.
Algunos no pasaron de esa edad,
peleaban contra sí mismos
en el cuadrilátero de sus cabezas
y perdieron.
Como Natalia
mi compañera de escuela.
En la calle Chacabuco
está la ventana ovalada
de la pieza en la que se colgó.
No fue la única.
Pienso en el chico lindo
que todos vimos ese sábado
en la discoteca.
Cuando salió ya era de día
y se fue derecho a cazar
con su papá y unos amigos.
Cargó su rifle con resaca
y mientras los cazadores
avanzaban por el campo
se voló la cabeza.
A la hora en que se escuchó
el disparo
algunos dormíamos borrachos,
tres mujeres caminaban
con ropa deportiva,
una chica se sacaba el maquillaje
en el espejo del baño.
 
Santiago Venturini (Esperanza, Argentina, 1981), En la colonia agrícola, Iván Rosado, Rosario, 2016; Liliputienses, España, 2022
Op. Cit. octubre 18 de 2017

Más poemas de Santiago Venturini en Otra Iglesia Es Imposible

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Foto: Zenda 

miércoles, diciembre 04, 2019

Santiago Venturini / Kurt Vonnegut













El sol de un parque con hamacas
me hizo cerrar los ojos
y cuando los abrí tenía
treinta años.
Estoy y me voy,
así todo el tiempo.
¿Les sirvo un poco más?
pregunta mamá en la mesa
de un año indeterminado.
Sí, le digo,
y con su voz que se borró
responde:
¿no ves que no hay platos?
En esta mesa nadie come
porque ya todos comimos.

Me despierto en una pieza
que no es mía
y se me mezclan
las de las épocas,
las marcas de televisores,
las caras de los hermanos.
Esta semana
en la pista de una tienda
llena de medias y bombachas
empecé a mover los hombros
al ritmo de la música que escuché
en un Fiat del 92.
Salí bailando de la tienda
bajé bailando del auto,
el aire libre ordenó mi sinapsis
y me paré a mirar a esos chicos
que pavean en las peatonales.
Los vi a la vez
jóvenes y viejos
mutando como experimentos
genéticos:
un día con dientes de leche
otro día masturbándose en sus camas
otro día abrazando a sus novias
de pueblo.
Y los vi más lejos todavía.
Una noche en el salón
de una fiesta.
Tienen panza y piensan
que ya saben todo.
Entonces aparezco yo,
un mozo viejo que les alcanza
un vasito
y les dice:
tómense otro trago, chicos,
porque esto va a ser largo.

Santiago Venturini (Esperanza, Argentina, 1981)

Un año sentimental,
Caleta Olivia,
Buenos Aires, 2019










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Foto: La Canción del País