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sábado, marzo 02, 2024

Santiago Sylvester / De "Tal vez llegue caminando"



(sobre el viaje inconcluso)

Si me cuesta dormir 
y si he aprendido a estar solo
es porque el viaje ha sido largo;
si a veces me desencuentro o trato de no estar
es porque el viaje ha sido largo.
No me quejo del frío en verano, del calor en invierno, 
ni de mis 37º de temperatura, que siendo idénticos ya no son los 
     mismos.

                       Cuando el viaje ha sido largo 
las verdades pasan como un bostezo de visita,
las historias viejas se repiten con actores nuevos;
lo que se ha ido quiere volver, y vuelve con recuerdos.
 
Con el viaje ya largo,
no me gustan el vino artesanal, la ostentación, las comidas de 
     mucha gente,
y en cambio me gusta la relectura: soy lector de detalles;
creo en la sintaxis, en las buenas maneras,
me aburren los milagros 
y estoy atento a los matices. 

                                  El viaje ha sido largo y su ganancia 
es la variedad: si se suman las partes
el resultado no es el mismo siempre.
Lo que en cambio no importa es el viaje concluido:
ya no varía, ya no tiene curiosidad


(la calle vacía)

Llegan risas, la arenga del predicador, la discusión en la taberna.
Los pasos son rápidos o lentos, pero no se sabe dónde están: 
hay huellas que esperan su momento, siempre a punto de  explicarse
y siempre sin explicación.

Las cosas 
tienen nombre para evitar la confusión, pero las palabras no
explican lo que dicen;
en alguna parte llueve
pero qué hacer con una lluvia que no moja;
alguien mira desde donde no hay nadie;
y si no se sabe quién habla ni quién contesta
es porque ignoramos demasiadas cosas.

La ciudad manda señales como un barco en apuro;
y yo voy tanteando la pared como un ciego,
rodeando el farol como la niebla,
pero todo lo que sucede
no sucede aquí.


(posible explicación de la tortuga)

Es un mapa que camina 
con el pasado escrito en su caparazón:
un territorio que se mueve;
                                                   trae noticias 
del que inventó el hacha, descubrió el fuego, el uso de los vientos:
mensajes anteriores a cualquier memoria.

                               Imperturbable y
con algo de ceremonia, como si fuese suyo todo lo que toca,
tiene la perseverancia del que camina sin mirar el horizonte: 
                               una pirca en movimiento
que atraviesa la historia del mundo, desde el caos originario, 
y llegará al futuro.

Con una lentitud que es enseñanza
medita sobre lo que no vemos 
y sigue caminando.


(mirando hacia fuera)

Ese pájaro que vuela contribuye al paisaje;
mira los cerros desde arriba, el cerco de tunas, 
los meandros del río que oigo desde aquí:
viaja entre dos árboles y sube con el viento;
                                                                 pero no sabe 
que yo escribo este poema en la cocina con vista a una morera:
no le interesa lo que hago ni quiere acompañarme.

Ningún resentimiento por esta falta de reciprocidad.

Santiago Sylvester (Salta, Argentina, 1942)

Tal vez llegue caminando
,
Barnacle,
Buenos Aires, 2024









Santiago Sylvester en Otra Iglesia Es Imposible

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Foto: Santiago Sylvester, Mendoza, 2013 Camila Toledo/El Desaguadero

sábado, diciembre 23, 2023

Encuesta lírica / Los libros de 2023, 34 (fin de la encuesta)


Santiago Sylvester *


Lamento no tener a mano la biblioteca que tengo en Buenos Aires, porque lógicamente allá tengo los libros que necesitaría ahora. Un libro que recuerdo, que me pareció notable, es Esa materia que se fuga, de Daniel Freidemberg. Fue publicado por la editorial Barnacle. Es un poema-libro, escrito desde un conocimiento indagador, por un poeta que conoce las claves de la poesía, sabe usarlas y, a la vez, busca algo que no está sabido del todo. Es cuando el lector se beneficia con ambas cosas: experiencia y sorpresa, algo que se transmite y obliga a la relectura.
Adjunto fragmentos de un comentario de Leonor Fleming:

(Salta, diciembre de 2023)


Con una estructura a modo de insistente letanía, un He visto… reiterado y seguido de
la visión correspondiente, va saltando de uno a otro asunto, desbrozando el camino,
organizando (es un decir) la materia y la forma de este poema-libro. En varias
ocasiones, la mirada se revierte sobre el propio poeta que se contempla a sí mismo
incluido en la escena. Esa letanía, resaltada con negrita en los títulos, y repetida al inicio
de distintos versos, según lo necesite el sentido y el ritmo, ofrece un diseño de libertad
en el que cabe un ir y venir desordenado por los más diversos asuntos, con un
denominador común de desánimo por una sociedad destartalada.

Al comenzar la lectura el libro desconcierta con estas y otras estrategias; puede hacer
pensar en un pseudo y curioso surrealismo, pero no tiene nada que ver con la creación
automática, sino más bien con un fluir caprichoso de la memoria, un vaivén insistente
sobre lo visto y oído, en el que los hechos hablan por sí solos, muestran la evidencia a
pesar de las incertidumbres del emisor, inmerso y a la vez ajeno, buscando las palabras
que aclaren la visión.

(...)

El testimonio aturdido por el permanente ruido de la calle va presentando las piezas de
un rompecabezas desarmado: la sombría imagen de nuestra sociedad; allí están la
corrupción, la miseria, la frivolidad, la injusticia, el fracaso de la política y las
religiones, la insaciable codicia, en suma, los flagelos de un tiempo “apaleado por todas
las ideologías” con palabras del poeta Joaquín Giannuzzi.

¿Una metáfora de la Argentina actual? El correlato sugerido podría ser Buenos Aires, la
metrópolis desestructurada, o cualquier otra megápolis de nuestro tiempo, pero es
mucho más: es una mirada cruda y objetiva sobre el mundo que construimos, en el que
estamos, y al que posiblemente vamos.

Leonor Fleming, revista La Guacha, septiembre de 2023


* Santiago Sylvester (Salta, 1942). Abogado. Poeta. Ensayista. Miembro de la Academia Argentina de Letras. Entre otros libros de poesía publicó La realidad provisoria, Café Bretaña, El punto más lejano, Calles, El reloj biológico, La palabra Y, El que vuelve a ver, Llaman a la puerta y Los casos particulares. Publicó los ensayos La identidad como problema, Sobre la forma poética y Estar de paso.

viernes, julio 15, 2022

Santiago Sylvester / De "Antología personal"

 

                                   (palabras con vida propia)

Hace años que no entro a un galpón,
pero la palabra galpón tiene olor a campo en la
   noche,
ropa de trabajo colgada de un clavo,
un pico y una pala que cavan como una idea fija,
conversaciones sobre mangas de langostas.
                                         De estas cosas
vienen silencios a la charla, viejos cuentos
ocultos en la palabra galpón:
                             ¿conoce la historia 
del que quiso despedirse al saber que se moría
y sus amigos oyeron que una guitarra tocaba una
   zamba,
la "7 de Abril"?
                Creencias sin pruebas,
eso es la fe,
y un relincho que crece más allá del alambrado,
   desatendido de la ley de gravedad.

                                La palabra galpón
tiene vida propia;
como la palabra perro, que cuando aparece
no hace falta que se ponga a ladrar.

*

                                                 (el alma en problemas)

El alma de ese viejo no necesita profecías: sabe que
   pronto quedará sin trabajo.
Falta poco para que no tenga qué hacer, a quien
   cuidar o vigilar;
y qué hará entonces
con su tendencia al monólogo interior,
con el dilema de las premoniciones,
con la paradoja de ser alma y vivir pendiente de 
   sudores, sexo, tejido adiposo, sistema
   hormonal.

             Pronto
quedará sin trabajo y pide un plazo: que ese viejo
siga con su fiesta de cumpleaños, su memoria en
   estado ambulatorio, sus paseos por la vereda
   del sol;
ella es joven todavía, vivaz y disoluta, y no tiene
   experiencia en ya no estar;
sabe que falta poco y se asusta,
sabe que un alma sirve para una sóla vez.

Santiago Sylvester (Salta, Argentina, 1942)

"Tal vez llegue caminando" (inédito), 
Antología personal (1974-2022)
Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2022









jueves, diciembre 10, 2020

Santiago Sylvester / Kitahara

















Kitahara, poeta japonés,
escribió un poema (hereje según su religión)
en el que invocaba a Jesucristo
como quien admite brujerías, supersticiones
o una posible falsedad.
Tal vez cansado de rezar lo mismo,
o harto de recibir de su Dios
una seguridad que detestaba, 
quiso aumentar las posibilidades del error
como una prueba más
de que la vida se escapa por los poros.
Tal vez buscaba lo contrario: aumentar la certeza,
renovar sus viejos folios
con otras variantes de la fe.
Cualquiera fuese su intención
¿qué haríamos nosotros en su caso,
tan ansiosos
y necesitados como él
de que todo camino sea el verdadero?
¿Invocaríamos a Buda, a Siva
o a la diosa Tamit?

Alabado sea Dios que puede
ser igualmente la verdad, el error
o una forma de ejercer la libertad,
por quien todavía es posible esperar de la vida
una última instancia, que tal vez la vida
no esté dispuesta a darnos.

Santiago Sylvester (Salta, Argentina, 1942), La realidad provisoria, Editorial Cuarto Poder, Buenos Aires, 1977


jueves, julio 16, 2020

Santiago Sylvester / De "Ciudad"
















                                                                        (el lector)


Buena guía la curiosidad: en una casa
suele llevarme a la biblioteca.
Entiendo que alguien prefiera la cocina, el dormitorio: no es mi
       caso;
me gusta estar rodeado de naufragios, crímenes, acechanzas,
culpas reales e imaginarias.

  Ahora
estoy en las Azores, agradecido de estar donde estoy; de las
       Azores
paso al simulacro de un tiempo que no es éste,
un marinero me saluda, un campesino lleva a su padre en
hombros,
alguien inventa un idioma,
y luego quedo en la mesa de un bar en México
beneficiado con esta suma: lectura y tormenta de verano.

A todo esto ¿qué opinión tendrá este libro de mí? Todo lector
quisiera saber qué piensa un libro de él;
y estos son algunos de sus pensamientos:
   este hombre
está atento, subraya, lo atrae el detalle, me hace decir lo que no
digo,
lee entre líneas, toma café, busca una cita y no la encuentra;
recuerda erróneamente un nombre, destaca una anécdota a costa
del argumento;
se propone un cambio y a veces lo consigue:
      le he tomado afecto,
debiera decirle que no siga, advertirle que esta historia termina
        mal,
que su entusiasmo no está bien orientado;
pero él no hará caso: lo sabe y no le importa,
es adicto hasta el final.

Santiago Sylvester (Salta, Argentina, 1942), Ciudad, publicará Pre-Textos, Valencia, España

Otra Iglesia Es Imposible - Academia Argentina de Letras - Eudeba - Analecta Literaria - Círculo de Poesía - Crear en Salamanca - Buenos Aires Poetry - La Ficción del Olvido - De Sibilas y Pitias

Foto: Gentileza del autor

martes, julio 23, 2019

Santiago Sylvester / De "Llaman a la puerta"















                                                  (la ley de los grandes números)

Un alivio la ley de los grandes números,
nos permite saber que hay una secuencia y también
este descubrimiento: lo que ocurre
no es universal ni simultáneo.

                             Por la ley de los grandes números
no morirán al mismo tiempo todos nuestros amigos,
no se secarán de golpe los ceibos del planeta;
no será éste el año de todos los incendios, los volcanes en
       erupción, los derrumbes de las cordilleras;
no nacerán sabios todos los niños, ni rubios, ni todos serán
       jugadores de fútbol;
no todos andaremos en bicicleta, ni escribiremos una marcha
       fúnebre, ni seremos abandonados en una isla;
no es cierto que todos los jóvenes estudiarán latín.

La proporción consiste en que las cosas no sucedan todas juntas,
hay gradación:
un precursor suele ser el que ha llegado antes de tiempo,
un plagiario el que ha llegado tarde;
la reiteración existe y por ella sabemos cómo es el mundo;
unas veces ocurre esto y otras lo contrario: es un alivio que no
       suceda en una hora
lo que corresponde a medio siglo.

Gracias a las variantes aleatorias esta noche
unos dormirán
otros tendremos insomnio:
ambas cosas según el promedio.



                                                  (el sitio donde vivimos)


Un verano con 40ºC a la sombra
y alguien muere de frío en algún lugar:
consecuencias de vivir en un planeta en construcción.

El que tenga hambre
y el que esté saciado,
el que vea, el que no quiera ver;
el que habla o calla para siempre;
tienen un sitio en este planeta en construcción;

viajar o no viajar,
los estados intermedios: claroscuro, entreacto, mientras tanto:
pruebas de un planeta en construcción;
madrugar o anochecer son variantes del mismo verbo en un
       planeta en construcción.

Nosotros: nuestro paso rápido, nuestro intento de tener un
       porvenir; los recuerdos que amamos, los que
       sobrellevamos, los sentimientos que no debiéramos tener;
la utopía del éxito, el prestigio del fracaso,
la aceptación de lo que venga,
la propensión por el engaño:
                              no alcanza la sabiduría del mundo
para que éste deje de ser un planeta en construcción.

Los que hablan por teléfono, consultan su correo, y siempre
       quieren estar en otra parte;
los que gastan un presupuesto en avisos fúnebres;
¿y la magia? ¿el ocultismo? ¿los trasmundos de este mundo?

                     Los lugares
cambian de lugar, nosotros con ellos,
y aquí terminan las constataciones
que podrían seguir:
más pruebas de que estamos en un planeta en construcción.

Santiago Sylvester (Salta, Argentina, 1942)

Llaman a la puerta,
Ediciones del Dock,
Buenos Aires, 2019









Bibliografía
Academia Argentina de Letras

Poemas
Otra Iglesia Es Imposible
Buenos Aires Poetry
Círculo de Poesía

Reportajes
Los Andes
El Faro
---
Foto: Francisco Manzano/El Vendedor de Tierra

miércoles, marzo 28, 2018

Santiago Sylvester / El Código de Hammurabi...

     













       (manuscrito verdadero o falso encontrado en el umbral)

El Código de Hammurabi,
las Tablas de la Ley,
los barcos de la Ilíada enfilados hacia Troya,
miran todos en la misma dirección:

el Templo del Sol en la península de Yucatán,
la Niña, la Pinta y la Santa María,
los caballos de Atila y los gansos del Capitolio,
miran en la misma dirección:

las matanzas que no han cesado en el tercer planeta
     del sistema solar,
los que apuestan a que el alma existe y los que apuestan
     a lo contrario,
la caravana que vuelve a Buenos Aires después de
     las vacaciones:
                    agota
toda esa gente que invoca a dioses tan distintos: tal vez
no vayan juntos ni hacia el mismo sitio: cada uno con
     su propia muchedumbre,
con sus necesidades a la vista,
pero todos miran en la misma dirección:
Bach, de quien se dijo que es una prueba de la existencia
     de Dios, la atracción del suicidio, las cuatro estaciones:
las tablillas de Persia, los quipus incaicos, el arte de callar:

da risa y llanto este mundo terrible, y no hay otro: aquí
o nada:
y en la misma dirección.

Santiago Sylvester (Salta, Argentina, 1942), "El que vuelve a ver" (2016), La conversación. Antología, Visor, Madrid, 2017

sábado, mayo 27, 2017

Santiago Sylvester / De "Cristo pisando uvas en la Iglesia de la Viña en Salta"
















III

El paisaje muestra la Cruz del Sur,
un bosque de algarrobos, un arrabal de adobe,
y perros y
más perros
con el ojo hambriento.
Entre el latín y el quechua
iba cuajando un español poblado de palabras
     austeras: charqui,
pirca, pasacana, tusca;
un idioma enredado en otro
hasta dar con el punto de cocción: ése
del que alguien dijo
"aunque rabie Garcilaso".

                       Están
los sobrantes de la fiesta: un locro popular
y la aloja fermentada,
aunque ahí, como en todas partes,
la muerte quiere quedarse con todo.
Pero el paisaje también muestra que la muerte
no es para tanto: nada del otro mundo;
y en ese Cristo fabricante de vino patero
se ve el orgullo del artista
por no haber sido dócil
ni obediente, sino
por haber mostrado lo mismo,
pero por cuenta propia.

Santiago Sylvester (Salta, Argentina, 1942), "Cristo pisando uvas" en la Iglesia de La Viña en Salta, Summa Poética-Vinciguerra, Buenos Aires, 2016

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Foto: Camila Toledo

jueves, marzo 09, 2017

Santiago Sylvester / Una dosis de inexactitud parece necesaria


                         














                                (a qué hora exacta fue escrito este poema)

Una dosis de inexactitud parece necesaria:
en el ladrido del perro, en la lluvia, en la cebolla del caldo,
     en el cuidador del parque.
No todo tiene importancia o justificación: hay alivio
en que algo tenga que fallar.

Un balazo puede ser exacto si mata;
un pedazo de carne, si calma el hambre;
pero hay demasiada cosa inexacta como para ponderarlo; la
     estadística apuesta a lo impreciso;
cuándo ocurrió el nacimiento, el tornado; la salida del tren,
la muerte del anciano.

Que no haya prisa ni tardanza, ¿es exactitud? ¿que el
     desenlace sea cuando tiene que llegar?

Pura falacia.
Inexacto el tiempo, la distancia, el fenómeno meteorológico:
     lo que llega
actúa y sigue
con la única necesidad de suceder.

Santiago Sylvester (Salta, Argentina, 1942), El que vuelve a ver, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2016

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Foto: Lexia

martes, noviembre 22, 2016

La lira argentina, ¿cómo suena?, 5


Santiago Sylvester

Si se habla de sonido, suena disonante. No es crítica, es descripción: la lira argentina ha hecho de la disonancia su telón de fondo, y lo que más se oye suelen ser tropezones deliberados, rupturas, crispaciones. Esto no me disgusta; lo difícil es tener algo que decir, y no abunda. Tal vez ese sonido, que integra ruido, chirrido y silencio, sea el de la contemporaneidad.





Santiago Sylvester (Salta, 1942). Poeta, cuentista, ensayista, periodista y abogado. Enntre sus principales libros de poesía se cuentan Café Bretaña (Visor, Madrid, 1994), escrito en el exilio; El reloj biológico (2007), Los casos particulares (2014) y El que vuelve a ver (2016), en Ediciones del Dock, editorial donde dirige la colección de poesía Pez Náufrago. Ha realizado diversas compilaciones de poesía argentina. Fue Tercer Premio Nacional de Poesía en 1997 y Premio Muncipal de Poesía de la Ciudad de Buenos Aires en 2008. Integra la Academia Argentina de Letras.

domingo, noviembre 20, 2016

Santiago Sylvester / La lluvia, el fuego

     
     
                               







                                   


                                                       (buenos conversadores)

La lluvia, el fuego de la estufa, el río de montaña: no exigen
que uno les conteste,
no dan consejos, no tienen una causa a defender, salvo la
genérica de la naturaleza
que es revelación y evolución:
la eternidad de visita en este mundo.

El viento, en cambio,
es impaciente: pone en guardia al que lo oye;
las diferencias están a la vista: se puede tomar un whisky
junto al fuego pero no en el viento: el viento
tiene un discurso embrollado, confía en la potencia
más que en su argumento.

El río tiene un orden, sabe a dónde va: confía en la sintaxis;
no quiere ganar por amor a la victoria como un mal educado;
no tiene la solución de los problemas
ni la última palabra.

Santiago Sylvester (Salta, Argentina, 1942)

El que vuelve a ver,
Ediciones del Dock,
Buenos Aires, 2016







martes, julio 14, 2015

Santiago Sylvester / En este cuarto leo a Yeats

 








                                                 


                                                                        (lectura de Yeats)

En este cuarto leo a Yeats
y no pienso en Irlanda sino en este lugar donde estoy: los poemas
hablan para el lugar donde estoy
o no hablan en ninguna parte.

No sé por qué
llega hasta aquí una palabra que no está en el poema: hay
palabras que acompañan aunque no estén:
viven en estos alrededores
donde también estoy yo.

Sopla viento frío: en toda escritura
hay una post data, también en el poema de Yeats: ocultos
y elaborados lugares, no-lugares,
por donde se pasea nuestra suerte.
Una sentencia que nos condena o absuelve: sucede en un poema
y parece bastante.

Santiago Sylvester (Salta, Argentina, 1942), Los casos particulares, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2014

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lunes, septiembre 01, 2014

Santiago Sylvester / Ansiedad migratoria

                                                                          








                                                           


                                                                    (la lección del pato)


Ansiedad migratoria: la excitación del pato cuando llega el
     momento del viaje:
       primero
una inquietud imperceptible, casi un cosquilleo: luego
idas y vueltas alrededor de un centro imaginario, un aleteo
que se torna insoportable: el punto de presión ya no da más
y sucede el desplazamiento: no hay retorno
ni ideas contrapuestas: la obligación de estar definitivamente en
     tránsito.

Ése soy yo,
mi estado natural: ansiedad migratoria cuando desayuno,
ansiedad migratoria mientras leo el diario, mientras me afeito,
cuando camino o estoy hundido en un sillón: a veces
se entromete en la charla y me obliga a dar por terminado el
      diálogo:
siempre la impaciencia, hasta que levanto vuelo y no hay regreso: que me
      desplace o no
ése es otro problema,
que acierte el rumbo, que haya
o no haya decepción.
Habrá que averiguar qué leña arde en ese fuego.

Santiago Sylvester (Salta, 1942)

Los casos particulares,
Ediciones del Dock,
Buenos Aires, 2014








sábado, agosto 02, 2014

Santiago Sylvester / Peripecia del cuerpo












El cuerpo es exigente: reclama, ofrece prestaciones, y ahora
me doy cuenta de que elige sólo a medias:
sin embargo,
en él está lo que gano y pierdo: vértigo de lo que llega,
descarte de lo que sobra y
perpetuamente sobrará.
La memoria
forma parte del cuerpo: no difieren naturaleza y cultura: todo
en este caso es todo, pero no con el fastidio ontológico sino
con la contundencia del verbo estar.
La voz, el entusiasmo,
forman parte del cuerpo como la mirada forma parte del
ojo: no hay separación que valga.
Un cuerpo sano o enfermo es igualmente el cuerpo, incluso
la cicatriz;
la caída de un diente, un moretón, son tan cuerpo como la
punta de los dedos:
hasta lo que puede ser cortado, uña, pelo o pellejo, que es
donde más se esmera porque ahí
puede desaparecer.
El enigma que circula por el cerebro, lo intenso del tendón
y resueltamente el sexo: cada tarea
pregunta qué vino mi cuerpo a decir de mí, cuál es la
justificación que me rodea:
el cuerpo, el exigente.
Con él
me siento en confianza, no sé si en calma:
un ojo cerrado, el otro abierto,
como el animal que se tiende al lado de su dueño y se duerme,
y sospecha que por ahora todo está bien.

Santiago Sylvester (Salta, 1942), Los casos particulares, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2014

lunes, junio 10, 2013

Poemas elegidos, 18


Santiago Sylvester
(Salta, 1942)

Los bufones, de Rubén Darío
No es necesario (creo)  justificar la importancia de Rubén Darío en la poesía de la lengua, y sobre todo en la modernidad de Latinoamérica. Por razones paradojales, se lo suele considerar demasiado pendiente de cisnes, de qué tendrá la princesa, y de la marquesa que ríe, ríe y ríe.
El soneto que elijo es lo contrario: un resumen denso de la América profunda, que nunca descuidó. Es un poema que obliga a situar a este poeta como testigo implacable, desde dentro, del tejido americano. Y es curioso cómo, siendo uno de los más contundentes del autor, casi no ha encontrado cabida en las antologías que se le han dedicado: tengo varias y en ninguna está.


Los bufones

Recuerdo, allá en la casa familiar, dos enanos
como los de Velázquez. El uno varón era
llamado “el Capitán”. Su vieja compañera
era su madre. Y ambos parecían hermanos.

Tenían de peleles, de espectros, de gusanos;
él cojeaba, era bizco, ponía cara fiera;
fabricaba muñecos y figuras de cera
con sus chicas, horribles y regordetas manos.

También fingía ser obispo y bendecía,
predicaba sermones de endemoniado enredo
y rezaba contrito Pater y Ave María.

Luego enano y enana se retiraban quedo;
y en tanto que la gente hacendada reía,
yo, silencioso en un rincón, tenía miedo.

Félix Rubén García Sarmiento, Rubén Darío (Metapa, hoy Ciudad Darío, 1867-León, Nicaragua, 1916)

Foto: Santiago Sylvester en el programa televisivo Dar de Nuevo

viernes, junio 03, 2011

Santiago Sylvester / Dos poemas de "Café Bretaña"





La muerte es provisoria, pero la vida está definitivamente aquí,
aunque todo indique lo contrario:

en el gusto que el café deja en la boca,
en la brasa que se consume sobre el cenicero,
en el rugido de los automóviles, más allá de la ventana,
y también en la memoria que gira en sentido contrario a las agujas del reloj,
/contradice a las aves migratorias, sube escalera abajo/
y se salva de la destrucción.




Pero el misterio es éste: lo que se rompe tiende a recomponerse,
lo disperso a juntarse
y a unirse lo que nunca ha tenido relación.

No se trata ya de la unidad,
sino de quién pega los pedazos:
como está la cicatriz en el centro de la herida,
el remiendo en el secreto de la tela,
o el sentido de este café, que no está en ninguna mesa
/sino en el camarero que, al desplazarse, integra.

El misterio de la dispersión
consiste en que no hay dispersión:
cada uno, aún a su pesar, termina estando en su sitio.

Santiago Sylvester (Salta, 1942), Café Bretaña, Visor Libros, Madrid, 1994

Ilustración: El café de Arlés, 1888, Paul Gauguin

sábado, abril 16, 2011

Santiago Sylvester / Dos poemas



(la conversación)

Los años no entran todos por la misma puerta
aunque terminen juntos,
siempre en trance de irse hacia otra parte: el problema
es adónde

Tampoco vienen del mismo lugar: cada uno con su avío;
y si terminan comiendo de la misma sopa, reflejados
en el mismo espejo,
no muestran siempre una cara triunfante sino
esta pregunta que cae por su propio peso: ¿hay años que ya no vendrán?
Y no hay una respuesta: hay
principios generales que terminan en desilusión: un secreto
que sólo muy pocos no conocen.

Aunque no entran todos por la misma puerta,
tienen el diálogo de los que están resignados a juntarse
y esa conversación,
lo que se dice en ella,
es lo único que no deja de existir
cuando de pronto un reloj se detiene para todos.


(caminata)

La senda lleva hacia donde no se sabe: detrás del alambrado
empieza la loma suspendida contra la ley de gravedad:
se expande en círculos, en caranchos allá arriba, en la agitación
de los pilpintos;
y a ras de tierra la menta, algunas tunas y más atrás el ceibo:
la masa verde lava el abuso de civilización: el hormiguero
surge como una protuberancia del infierno: la senda
atraviesa el cerco, los helechos...

...y reaparece en el pinar: no me gustan los pinos: en el pinar
no hay pájaros: hay silencio: en el corazón del pinar la soledad
es absoluta. La respiración contenida, el oído
en guardia: el ojo no deja de mirar: no puede
no mirar: hay
una falsa paz.

Santiago Sylvester (Salta, 1942), La palabra y, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2011


Ilustración: Pino cerca de Aix, 1890, Paul Cézanne

lunes, octubre 18, 2010

Santiago Sylvester / Anoche, a eso de las doce...




(el eclipse)


Anoche, a eso de las doce,
un espectáculo crujiente metió a la luna en ese ceibo
y comenzó el eclipse: el primero del milenio, ahora
que todo se menciona así.
El
primer eclipse para verlo con cautela y premonición: así
ha empezado este año y nada dice que cambiará.
Cautela
para mirar la luna y olvidar que no es sino una piedra seca
dando vueltas por pura obstinación: cautela
que tiene algo de cauterio, ya que el año a olvidar dejó sus heridas
y ya ha empezado el ritual de lamerlas largamente para que se vayan
por la cicatriz.
Premonición
porque todo es premonitorio en el tiempo en que estoy: el
viento en las tejas, la llamada urgente a medianoche, el
saludo en la calle,
esa luna que se esconde: premonición
en cara y contracara,
desde los años que llevo contados hasta
los que faltan por contar
que una vez sumados serán todos.

Y aquí queda este apunte del veintidós de enero, sin tiempo
para el arrepentimiento,
cuando de tanta emoción con espectáculo incluido solo queda
un milenio por delante
y estas pocas palabras que, entre tanto, irán llenando el agujero.


Santiago Sylvester (Salta, 1942), El reloj biológico, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2007

Ilustración: Negro y violeta, 1923, Vassily Kandinsky

domingo, octubre 17, 2010

Santiago Sylvester / Dos poemas




(perseverancia del halcón)

Tiene nombre ilustre
y lo protege la serenidad: vuela sin inmutarse por el espanto
de esos pequeños alborotadores que resguardan huevos y pichones:
él
con alzada majestuosa
y ojo directo
busca comida.

Por estas quebradas
pasó la historia: él
vio todo: gente a manotazos, escapando o persiguiendo: el
murmullo de muertos que se escucha promediando
enero: una partida de gauchos al acecho, la cabalgata
heroica de pobre gente
obligada al heroísmo:
y vio también el merodeo, el desplazamiento: los restos de una
civilización que ha prescrito: piedras y cantos con alguna
ceremonia:
él
vio todo desde su vuelo impertérrito: no juzga, no invoca,
no confía: tiene
hambre.

Vuela, aterra, y todas las tardes
organiza ese escándalo; desde aquí
lo veo, sabio, sin prisas, esperando
que todos nos volvamos comida: historia, huesos, animales,
persona.


(como la niebla alrededor de un aeropuerto)

Una mujer, joven y demacrada, como era y
por lo tanto como siempre ha sido, me dice sin sonreír, sin
ninguna carga de emoción: sí, soy yo.
El amigo que se mató
salta por encima de los treinta años
y también me dice que está aquí.
La casa al borde del
río espeso del verano, con la higuera
y las chirimoyas que siguen dando sombra,
me hace saber que es inmortal.
El
perro que me mordió
me sigue mordiendo: y
¿quién es el que trae los libros de mi padre, los apila sobre el
escritorio, y abre la ventana hacia la calle para que
charlemos en paz? ¿quién se lanza temporal abajo y sigue
llegando con el pelo en desorden, sin nombrarme pero
intensamente reclamando por mí? ¿quién se distrae un
instante y luego deja que pasen los años para recordarme
que los años han pasado?

Restos de memoria: materia intangible con se arma y desarma
como la niebla alrededor de un aeropuerto: unas veces
para dar consistencia a una cara, otras para saber
algo más de lo que ya sabía.
Y sin embargo
no es esto lo que quiero decir: siempre hay algo de vida propia,
algo
de vida que no es nuestra; y ya no se sabe qué es recuerdo,
engaño de la memoria o
como se llame el agua removida que se junta cuando
conocemos demasiadas cosas
con las que no sabemos qué hacer.

Santiago Sylvester (Salta, 1942), El reloj biológico, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2007

Ilustración: El Neva con neblina, Félix Vallotton

lunes, octubre 15, 2007

Santiago Sylvester / De "El reloj biológico"





















                                                                                    (nada es incalculable)


Siempre se puede saber cuántas nubes, cuántos nogales, cuántos pájaros
se necesita para que exista esta abertura
donde machos y hembras multiplican todo lo que se ve.

Hay
conexiones: la curiosidad que une a los contrarios, la tentación inacabable,
y en medio de eso
la naturaleza con sus plazos: un buen pagador que respeta acuerdos;
porque incluso en lo que tiene de atolondrada
cumple su palabra torrencial: la que desborda ríos, atruena o incendia con hipérbole.

Y en este juego, cada uno
para el otro
es el mundo exterior: la trama problemática que comenzó en el
agua nos hizo reptar unos cuantos milenios, hasta que
levantamos la cerviz y ya nunca volvimos al origen: un
hombre se ha hecho para caminar, para nacer y morir en
todas partes con el trenzado del ADN: ramificaciones y
sorpresas.

Todo cabe y resiste
en esta corriente que no termina,
este largo viaje en el que plantas, días nublados, palomas
y fracasos
cantan a coro:

vos con tu suave armonía,
yo con mi voz desigual.


Santiago Sylvester (Salta, 1942), El reloj biológico. Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2007

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