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viernes, abril 26, 2024

Rainer Maria Rilke / Señor, da a cada quien su propia muerte



Señor, da a cada quien su propia muerte. 
El morir que de cada vida brota, 
donde él tuvo amor, sentido, apremio. 

Pues solo somos vaina y hoja. 
La gran muerte que todos llevan en sí, 
fruto en torno al cual todo gira. 

Por ella se alzan las muchachas 
y como un árbol salen de un laúd, 
y los muchachos aspiran a ser hombres; 
y en las mujeres los jóvenes confían 
ante miedos que nadie más asumiría. 
Y por ella sigue lo contemplado 
como eterno, aun cuando se marchó hace tiempo; 
y quien formaba y construía 
se hizo mundo por ese fruto, se heló y derritió, 
y se enredó con él y le dio luz. 
En él ha entrado todo calor 
del corazón y el blanco ardor de los cerebros. 
Pero tus ángeles pasan como bandadas 
y vieron que estaban verdes todos los frutos. 

Rainer Maria Rilke, (Praga, Imperio Austrohúngaro, 1875 - Val-Mont, Suiza, 1926), “Tercer libro: El libro de la pobreza y la muerte”, El libro de las horas, Amotape, Lima, 2019
Traducción de Renato Sandoval Bacigalupo

Más poemas de Rainer Maria Rilke en Otra Iglesia es Imposible


O Herr, gib jedem seinen eignen Tod.  
Das Sterben, das aus jenem Leben geht,  
darin er Liebe hatte, Sinn und Not. 

Denn wir sind nur die Schale und das Blatt.  
Der große Tod, den jeder in sich hat,  
das ist die Frucht, um die sich alles dreht. 

Um ihretwillen heben Mädchen an  
und kommen wie ein Baum aus einer Laute,  
und Knaben sehnen sich um sie zum Mann;  
und Frauen sind den Wachsenden Vertraute  
für Ängste, die sonst niemand nehmen kann.  
Um ihretwillen bleibt das Angeschaute  
wie Ewiges, auch wenn es lang verrann, — 
und jeder, welcher bildete und baute,  
ward Welt um diese Frucht, und fror und taute  
und windete ihr zu und schien sie an.  
In sie ist eingegangen alle Wärme  
der Herzen und der Hirne weißes Glühn —:  
Doch deine Engel ziehn wie Vogelschwärme,  
und sie erfanden alle Früchte grün.

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Foto: Rainer Maria Rilke con uniforme militar, 1916. Fotógrafo desconocido Colección privada /Fine Art Images /Heritage Images /Getty Images

miércoles, abril 19, 2023

Rainer Maria Rilke / De "Sonetos a Orfeo", 2




Manzana plena, plátano, grosella
y pera… Cada una habla la muerte
y la vida en la boca. Se presiente
en el rostro de un niño, cuando las saborea.

Esto viene de lejos. ¿No se hizo
inefable en la boca lentamente?
La que fuera palabras y ahora hallazgos
libera, pulpa y zumo sorprendido.

Atrévete a decir lo que llamas manzana.
Este dulzor primero que se adensa
para hacerse, una vez incorporado

al sabor, claro, vivo y transparente,
solar, ambiguo, a tierra y a presente:
¡oh experiencia, sentidos, dicha inmensa!

*

Nuestras hermanas –fruta, hoja de vid y flor–
no hablan sólo la lengua consabida del año.
Se alza de las tinieblas un pregón de color
¿y no va ella envuelta, cual barniz, la mirada

celosa de los muertos, los que nutren la tierra?
¿Conocemos su parte en todo esto?
Hace siglos que mezclan –es su modo– y que sellan
la arcilla nuestra con su libre médula.

Ahora preguntémonos: ¿lo hacen con agrado?
¿Pulsa este fruto prieto, obra de hoscos esclavos,
arriba hacia nosotros, legítimos señores?

¿O ellos son los señores que duermen en raíces
y que con su excedente nos obsequian
este híbrido de muda robustez y de besos?

*

¿Qué jardines felices, bien regados sus árboles,
qué cálices de flores de tierno deshojarse
maduran las extrañas, las exquisitas frutas
del consuelo, las pródigas, halladas en el pasto 

de tu propia indigencia? Año tras año,
te admira su sazón, la piel suave, su justa
medida, que por ti ha esquivado a las aves
volubles o, en el fondo, al celoso gusano. 

¿Entonces es que hay árboles rondados por los ángeles,
cultivo de morosos y extraños jardineros?
¿Entonces nos dan fruto y no nos pertenecen? 

Nuestro obrar prematuro y al poco nuevamente
marchito, nuestro ser, que es un bosquejo,
¿perturbó alguna vez sus intactos veranos?

Rainer Maria Rilke, (Praga, Imperio Austro-Húngaro, 1875 - Val-Mont, Suiza, 1926)
Traducción de Juan Andrés García Román

Sonetos a Orfeo
Editorial Pre-Textos, 
Valencia, 2022











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Foto: Rainer Maria Rilke c.1913 Ullstein Bild/Getty Images

jueves, agosto 15, 2019

Rainer Maria Rilke / "Elegías de Duino", Tercera Elegía


















(Fragmento)

Mira, nos amamos sólo desde hace un año
como las flores. Cuando amamos
inmemorable savia remonta nuestros brazos. ¡Oh, muchacha!,
lo que amamos en nosotros no es un ser, no un futuro
sino lo innumerable que fermenta; no un hijo entre todos
sino, como ruinas de montañas, los antepasados
que reposan dentro de nosotros; el seco lecho del río
maternal, de antiguas madres; todo el paisaje
en silencio bajo el signo de un nebuloso
o puro destino-: todo esto ¡oh muchacha!,
se adelantó a ti.
Y tú misma, ¿qué sabes tú? Hiciste surgir
en el amante su prehistoria; hiciste que el pasado
ascendiese a su corazón. ¡Qué sentimientos
de seres desvanecidos lograron llegar hasta él!
¡Qué mujeres te odiaban desde entonces! ¡Qué hombres
sombríos despertaste en las venas del adolescente! Niños
muertos querían venir a ti... ¡Oh, dulce, dulcemente
ofrécele una amorosa empresa, una tarea cotidiana
en qué confiar! ¡Condúcele
cerca del jardín; bríndale la supremacía de la noche!...
¡Guárdale!

[1923]

Rainer Maria Rilke, (Praga, 1875-Val-Mont, Suiza, 1926), El surco y la brasa. Traductores mexicanos, selección y prólogo de Marco Antonio Monte de Oca, Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México, 1974   
Traducción de Ángela Selke y Bernardo Ortíz de Montellano

lunes, marzo 20, 2017

Rainer Maria Rilke / Torso arcaico de Apolo














No conocemos la legendaria cabeza
donde sus ojos maduraron como manzanas.
Pero su torso arde todavía igual que un candelabro
en el que la vista, aun deficiente,

persiste y brilla. De otro modo el torso curvo
no te deslumbraría ni por el sereno arco de las caderas
una sonrisa se deslizaría hasta el oscuro centro
donde la procreación llameaba.

De otro modo esta piedra parecería desfigurada
bajo la traslúcida cascada de los hombros
y no reluciría como la piel de una bestia salvaje

ni, de cada uno de sus bordes,
estallaría como una estrella: porque aquí no hay
un solo lugar que no te mire. Debes cambiar tu vida.

[1908]

Rainer Maria Rilke, (Praga, 1875-Val-Mont, Suiza, 1926), Sämtliche Werke, Insel, Fráncfort, 1955
Versión de Eduardo Conde
Vía Jonio González, Barcelona


ARCHAÏSCHER TORSO APOLLOS

Wir kannten nicht sein unerhörtes Haupt,
darin die Augeäpfel reiften. Aber
sein Torso glüht noch wie ein Kandelaber,
in dem sein Schauen, nur zurückgeschraubt,

sich hält und glänzt. Sonst könnte nicht der Bug
der Brust dich blenden, und im leisen Drehen
der Lenden könnte nicht ein Lächeln gehen
zu jener Mitte, die die Zeugung trug.

Sonst stünde dieser Stein entstellt und kurz
unter der Schultern durchsichtigem Sturz
und flimmerte nicht so wie Raubtierfelle;

und bräche nicht aus allen seinem Rändern
aus wie ein Stern: denn da ist keine Stelle,
die dich nicht sieht. Du musst dein Leben ändern.

viernes, enero 22, 2016

Rainer Maria Rilke / "Las elegías de Duino", Primera Elegía















(Propiedad de la princesa Marie von
Thurn und Taxis-Hohenlohe) (1)


La primera elegía

¿Quién, si yo gritara, me escucharía entre las órdenes
angélicas? Y aun si de repente algún ángel (2)
me apretara contra su corazón, me suprimiría
su existencia más fuerte. Pues la belleza no es nada
sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces
de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente
desdeña destrozarnos. Todo ángel es terrible.
Así que me contengo, y me ahogo el clamor de la garganta
tenebrosa. Ay, ¿quién de veras podría ayudarnos? No
los ángeles, no los hombres, y ya saben los astutos
animales que no nos sentimos muy seguros en casa,
dentro del mundo interpretado. Nos queda quizás
algún árbol en la loma, al cual mirar todos los días;
nos queda la calle de ayer y la demorada lealtad
de una costumbre, a la que le gustamos, y permaneció,
y no se fue. Oh, y la noche, y la noche, cuando el viento
lleno de espacio cósmico nos roe la cara:
¿Para quién no permanecería aquélla, la anhelada,
la tierna desengañadora, ahí, dolorosamente próxima
al corazón solitario? ¿Es más suave con los amantes?
Ay, ellos sólo se ocultan uno a otro su suerte.
¿Todavía no lo sabes? Arroja el espacio que abarquen
tus brazos hacia los espacios que respiramos; quizá
los pájaros sientan el aire ensanchado con un vuelo
más íntimo.

Sí, las primaveras de veras te necesitaban. Varias
estrellas te pedían que las rastrearas. Se alzaba
en el pasado una ola hacia ti, o cuando pasabas
por una ventana abierta, se te entregaba un violín.
Todo esto era una misión, ¿pero fuiste capaz de cumplirla?
¿No estabas siempre distraído por la esperanza, como
si todo ello te anunciara a una amada? (¿Dónde intentas
alojarla, si en ti los grandes pensamientos extraños
entran y salen, y con frecuencia se quedan durante la noche?).
Pero si sientes anhelos, canta pues a las amantes; no es,
en absoluto, suficientemente inmortal su famoso
sentimiento. Aquéllas que casi envidias, las abandonadas,
las encuentras mucho más amantes que las saciadas.
Empieza siempre de nuevo la alabanza siempre inalcanzable.
Piensa: el héroe sigue en pie, aun el ocaso fue para él
sólo un pretexto para ser: su último nacimiento.
Pero a las amantes la exhausta naturaleza las recoge
en su seno, como si no hubiera fuerzas para lograr esto
dos veces. ¿Has pensado lo suficiente en Gaspara Stampa, (3)
y lo que puede sentir cualquier chica a quien el amado
abandonó, frente a tan elevado ejemplo de mujer amante:
¿Llegaré a ser como ella? ¿Estos, los más antiguos
dolores, no deberán, por fin, darnos fruto? ¿No es
tiempo ya de que, al amar, nos liberemos del amado y,
temblorosos, resistamos, como la flecha resiste al arco,
para ser, unidos en el salto, algo más que la sola
flecha? Porque el permanecer está en ninguna parte.

Voces, voces. Corazón mío, escucha, como sólo los santos
escuchaban; la enorme llamada los alzaba del suelo;
pero ellos seguían de rodillas, de modo imposible,
sin darse cuenta: de tal manera escuchaban. No
que pudieras soportar la voz de Dios, lejos de eso, pero
escucha el soplo, la noticia incesante que se forma
del silencio. Murmura hasta ti desde aquellos que han
muerto jóvenes. ¿Acaso su destino no se dirigió siempre
tranquilamente a ti, en Roma y Nápoles, cuando entrabas
en alguna iglesia?¿ O una inscripción sublime se grababa
para ti, como hace poco la lápida de Santa María Formosa? (4)
¿Qué quieren de mí? Debo apartar en silencio
la apariencia de injusticia que a veces estorba un poco
el puro movimiento de sus espíritus.

Realmente es extraño ya no habitar la tierra,
ya no ejercitar las costumbres apenas aprendidas;
a las rosas, y a otras cosas particularmente promisorias,
ya no darles el significado del futuro humano; ya no ser
aquél que uno fue en interminables manos angustiadas
y hasta hacer a un lado el propio nombre, como un juguete
roto. Extraño, ya no seguir deseando los deseos. Extraño,
ver todo lo que tenía sus propias relaciones, aletear
tan suelto en el espacio. Y estar muerto es doloroso,
y lleno de recuperación, de modo que uno rastree
lentamente un poco de eternidad. Pero todos los vivos
cometen el mismo error de diferenciar demasiado
tajantemente. Los ángeles (se dice) con frecuencia no
sabrían si andan entre los vivos o entre los muertos.
La corriente eterna arrastra siempre consigo todas
las edades a través de las dos zonas y atruena sobre ambas.

Finalmente ya no nos necesitan, los que partieron
temprano, uno se desteta dulcemente de lo terrestre, como
uno se emancipa con ternura de los senos de la madre.
Pero nosotros, que necesitamos tan grandes secretos,
nosotros que tan frecuentemente obtenemos del duelo
progresos dichosos, ¿podríamos existir sin ellos?
¿Es inútil el mito de que, en la antigüedad, durante
las lamentaciones fúnebres por Linos, (5)
una atrevida música primitiva se abrió paso en la árida materia
inerte; y entonces, por primera vez, en el espacio
sobresaltado, en el que un muchacho casi divino de pronto
se perdió para siempre, el vacío produjo esa vibración
que ahora nos entusiasma y nos consuela y ayuda?

[1923]

Rainer Maria Rilke, (Praga, 1875-Val-Mont, Suiza, 1926), Las elegías de Duino, versión y notas de José Joaquín Blanco, literatura-us, via Las elegias de Duino (blog del traductor), 2008

Notas del traductor:

 (1) Propietaria del castillo de Duino, sobre un acantilado del mar Adriático, cercano a Trieste (en esa época, parte del imperio austriaco), donde el poeta austríaco Rainer María Rilke [n. Praga, 1875, y m. Valmont, Suiza, 1926] empezó sus elegías en 1912.
Las elegías de Duino tardaron diez años en escribirse, en diversos sitios, y se publicaron en 1923. El castillo de Duino fue destruido en la primera guerra mundial. Cf. Hans Egon Holthusen, Rainer María Rilke, Madrid, Alianza Editorial, 1968
Aunque difíciles de conseguir en el mercado, hay varias traducciones castellanas de la poesía de Rilke; entre otras, las de Gerardo Diego, Gabriel Celaya, Carlos Barral, José María Valverde, Luis Felipe Vivanco y Gonzalo Torrente Ballester; aparecieron en México las de Eduardo García Máynez, Juan José Domenchina, Horacio Quiñones y Juan Carvajal. La más asequible, la de Eustaquio Barjau (Madrid, Cátedra, 1990).
Entre los estudiosos de Rilke en lengua española, están Luis Cernuda, José Bergamín, Antonio Marichalar, Guillermo de Torre y Jaime Ferreiro Alemparte.
Aprovecho la traducción, la introducción y los comentarios de J. B. Leishmann a la versión inglesa que hizo junto con Stephen Spender: The Duino Elegies, Londres, The Hogarth Press, 1939 y 1948, y las notas y comentarios de Barjau a su versión castellana (1993).

(2) "El 'ángel' de las Elegías, escribió el propio Rilke en carta a Witold Hulewicz en 1925, no tiene nada que ver con el ángel del cielo cristiano (antes más bien con las representaciones angélicas del Islam)".
Tampoco es una figura meramente estética o erótica, a la manera de muchos motivos angélicos-efébicos del arte moderno, como los de Cocteau. Rilke se imagina ángeles viriles y con barba, no púberes ni andróginos; dice en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge: "Si es cierto que los ángeles son machos, se puede decir que tenía un acento macho en la voz: una virilidad resplandeciente".

(3) Amante veneciana del Renacimiento, poetisa del amor trágico [1523-1554]; una de esas "amantes inauditas", como la Monja Portuguesa, que "crecían y se elevaban en su amor... hasta que su tortura se había cambiado en un esplendor amargo, helado, que ya nadie podía detener", de las que se habla detenidamente en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge.

(4) En 1911 Rilke vio en esa iglesia de Venecia un altivo epitafio desengañado de un tal Hermann Wilhelm o Hermanus Gulielmus, de 1593; entre otras cosas dice: "En vida viví para los demás; ahora, después de la muerte, no he perecido, sino que vivo en mármol frío para mí mismo".

(5) Mito griego semejante en unos aspectos al de Adonis, y en otros al de Orfeo, pero relativo a la música fúnebre. Linos es el semidiós de la lamentación, la música y la elegía fúnebres. Murió de muerte terrible -asesinado por Apolo o por Hércules, o destrozado por perros, según varias leyendas-; al morir, su terrible lamentación dio nacimiento a la música; o bien, la naturaleza entera, al llorar su muerte, creó la música (Iliada, xviii, 570).

miércoles, enero 23, 2013

Rainer Maria Rilke / Gata negra




Gata negra

Un fantasma, aunque invisible, es aún un espacio
donde tu vista puede golpear, resonando; pero aquí
entre este espeso pelaje negro, tu más dura mirada
será absorbida y desaparecerá completamente:

como si fuera un loco delirante, cuando nada ya
puede aliviarlo, que acomete contra la noche oscura
aullando, golpea la pared acolchada, y siente
la ira amainando hasta calmarse.

Ella parece esconder dentro de sí todas las miradas
que le han posado, para poder observarlas
como a un público, amenazante y taciturna
y enrollarse a dormir con ellas. Pero casi de pronto

ella mueve su cara hacia la tuya, como si despertara;
y sobresaltado, te ves pequeño,
dentro del ámbar de sus órbitas
suspendido, como un insecto de una especie extinguida.

Rainer Maria Rilke, (Praga, 1875-Val-Mont, Suiza, 1926)
Versión: Marina Kohon y Andrés Rimondi


Schwarze Katze

Ein Gespenst ist noch wie eine Stelle, 
dran dein Blick mit einem Klange stößt; 
aber da, an diesem schwarzen Felle 
wird dein stärkstes Schauen aufgelöst:

wie ein Tobender, wenn er in vollster 
Raserei ins Schwarze stampft, 
jählings am benehmenden Gepolster 
einer Zelle aufhört und verdampft.

Alle Blicke, die sie jemals trafen, 
scheint sie also an sich zu verhehlen, 
um darüber drohend und verdrossen 
zuzuschauern und damit zu schlafen. 
Doch auf einmal kehrt sie, wie geweckt, 
ihr Gesicht und mitten in das deine: 
und da triffst du deinen Blick im geelen 
Amber ihrer runden Augensteine 
unerwartet wieder: eingeschlossen 
wie ein ausgestorbenes Insekt.

Rainer Maria Rilke, sommer 1908, París. Der neuen Gedichte anderer Teil, Insel Verlag, 1935

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Ilustración: Vigil, 1948, Adolph Gottlieb

miércoles, junio 06, 2012

Rainer Maria Rilke / de "Sonetos a Orfeo"



Sonetos a Orfeo

III

Un dios lo puede. Pero, ¿cómo, dime,
un hombre ha de seguirle por la angosta lira?
Su significación es desacuerdo. En la bifurcación
del corazón no hay templo para Apolo.

El canto tal como lo enseñas no son ansias
ni súplicas por algo alcanzable al cabo.
El canto es la existencia. Algo bien fácil para el dios.
Mas, ¿cuándo somos? ¿Y cuándo devuelve él

a nuestro ser la tierra y las estrellas?
Esto no es, oh joven, para que lo ames, aunque
la voz fuerce tu boca luego, aprende

a olvidar lo que cantaste. Esto transcurre.
Pues en verdad cantar es hálito distinto.
Un hálito por nada. Soplo en el dios. Un viento.

Rainer Maria Rilke, (Praga, 1875-Val-Mont, Suiza, 1926), Elegías de Duino. Sonetos a Orfeo, traducción de Rodolfo Modern, Torres Agüero Editor, Buenos Aires, 1985


3.

Ein Gott vermags. Wie aber, sag mir, soll
ein Mann ihm folgen durch die schmale Leier?
Sein Sinn ist Zwiespalt. An der Kreuzung zweier
Herzwege steht kein Tempel für Apoll.

Gesang, wie du ihn lehrst, ist nicht Begehr,
nicht Werbung um ein endlich noch Erreichtes;
Gesang ist Dasein. Für den Gott ein Leichtes.
Wann aber sind wir? Und wann wendet er

an unser Sein die Erde und die Sterne?
Dies ists nicht, Jüngling, daß du liebst, wenn auch
die Stimme dann den Mund dir aufstößt, – lerne

vergessen, daß du aufsangst. Das verrinnt.
In Wahrheit singen, ist ein andrer Hauch.
Ein Hauch um nichts. Ein Wehn im Gott. Ein Wind.


Die Sonette an Orpheus, Château de Muzot im Februar 1922
Zeno.org Meine Bibliothek

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Ilustración: Ignudo, Capilla Sixtina, Vaticano, 1508-1512, Michelangelo Buonarroti

lunes, abril 20, 2009

Rainer Maria Rilke / "Elegías de Duino", Octava Elegía


















Octava elegía

Con todos sus ojos la criatura
ve lo abierto. Sólo nuestros ojos
están como al revés y alrededor,
trampas al acecho de la salida.
Lo que está fuera nos alcanza
solo a través del animal; al niño
de tierna edad lo apartamos
para obligarlo a mirar atrás,
al mundo de la forma, no a lo abierto
que la faz del animal tan hondo
trasluce, libre de la muerte.
Nuestra mirada solo a ella ve.

El animal, libre, tiene siempre
su ocaso tras de sí, y delante
a Dios; cuando camina, penetra
en la eternidad como en la fuente.
Pero nosotros, ni siquiera un día,
tenemos por delante el espacio puro
donde la flor al infinito se abre.
En torno subsiste el mundo
y nunca aquello que nada limita,
lo puro, sin retención, que se respira
y se sabe infinito y no se ansía.

A veces alguien, un niño, se extravía
en su seno, estremecido, hasta que es arrancado.
Otro perece, y es. Porque cerca de la muerte,
ésta ya no se ve, y los ojos quedan fijos
en la lejanía, con la visión profunda del animal.
Cerca están los amantes, asombrados,
pero entre sí se atajan las miradas.
Como al descuido se les revela
lo que está por detrás, pero ninguno
logra avanzar hacia el otro y al instante
otra vez se configura el mundo para ambos.
Vueltos siempre hacia la creación,
de ella no vemos más que el reflejo
de lo libre, oscurecido
por nosotros. O acontece que un animal,
criatura muda, levanta la cabeza y en calma
nos atraviesa la mirada.
¿Qué es el destino sino lo que siempre está delante
y nada más que delante?
Si el manso animal que se acerca fuese consciente
como el humano, nos arrastraría a seguir
su paso. Pero su ser es para él
infinito, sin borde ni juicio
sobre su estado, puro como su mirada.
Y donde no vemos más que futuro,
él lo ve todo y en todo él se ve
y está a salvo para siempre.

Sin embargo sobre el animal cálido y alerta
gravita la inquietud de una gran melancolía.
Porque también padece del apego
a eso que al humano subyuga: el recuerdo
—como si aquello a lo que tendemos
con insistencia ya hubiese estado,
alguna vez, más próximo y leal, y el enlace
fuese dulzura infinita.

Aquí todo es distancia. Allá, todo era
respiración. Después del primer hogar,
el segundo aparece híbrido, azotado por los vientos.
Oh felicidad incomparable de la pequeña criatura
que en el seno que lo gestara permanece.
Oh la dicha del mosquito
que interiormente salta todavía
hasta en sus bodas: todo es seno materno.
Y la seguridad un tanto incierta del pájaro
que por su origen participa de lo ambiguo,
como si fuese el alma de un etrusco
al salir del muerto a quien el espacio recibe,
pero con la figura inmóvil como efigie.

Qué turbación la de quien debe volar
y procede de un regazo. Surca los aires
como si se agrietara una taza. Así la huella
del murciélago raya la porcelana de la tarde.
Y nosotros, espectadores, dondequiera
y en todo tiempo vueltos hacia todo
pero sin mirar la lejanía.
Las cosas nos abruman. Las ordenamos
y caen. Otra vez las ordenamos
y entonces también
nos despeñamos.

¿Quién nos ha hecho girar así, de modo
que hagamos lo que hagamos, siempre
quedamos en actitud de partir?
Como aquel que desde la última colina
contempla el valle por entero,
y una vez más se vuelve, se detiene,
se demora,
así vivimos: en despedida.

Rainer Maria Rilke, (Praga, 1875 - Val-Mont, Suiza, 1926), Elegías de Duino, Buenos Aires, Leviatán, Colección Poesía Mayor, 1997
Versión de Ferenc Ovary

Die achte Elegie
Rudolf Kassner zugeeignet

Mit allen Augen sieht die Kreatur/ das Offene. Nur unsre Augen sind/ wie umgekehrt/ und ganz um sie gestellt/ als Fallen, rings um ihren freien Ausgang./ Was draußen ist, wir wissensaus des Tiers/ Antlitz allein; denn schon das frühe Kind/ wenden wir um und zwingens,/ daß es rückwärts/ Gestaltung sehe, nicht das Offne, das/ im Tiergesicht so tief ist. Frei von Tod./ Ihn sehen wir allein; das freie Tier/ hat seinen Untergang stets hinter sich/ und vor sich Gott, und wenn es geht, so gehts/ in Ewigkeit, so wie die Brunnen gehen.// Wir haben/ nie, nicht einen einzigen Tag,/ den reinen Raum vor uns, in den die Blumen/ unendlichaufgehn. Immer ist es Welt/ und niemals Nirgends ohne Nicht: das Reine,/ Unüberwachte, das man atmet und/ unendlich weiß und nicht begehrt. Als Kind/ verliert sich eins im Stilln an dies und wird gerüttelt. Oder jener stirbt und ists./ Denn nah am Tod sieht man den Tod nicht mehr/ und starrt hinaus, vielleicht mit großem Tierblick./ Liebende, wäre nicht der andre, der/ die Sicht verstellt, sind nah daran und staunen.../ Wie aus Versehn ist ihnen/ aufgetan hinter dem andern... Aber über ihn/ kommt keiner fort, und wieder wird ihm Welt./ Der Schöpfung immer zugewendet, sehn/ wir nur auf ihr/ die Spiegelung des Frein,/ von uns verdunkelt. Oder daß ein Tier,/ ein stummes, aufschaut,/ ruhig durch uns durch./ Dieses heißt Schicksal: gegenüber sein/ und nichts als das/ und immer gegenüber.// Wäre Bewußtheit unsrer Art in dem/sicheren Tier, das uns entgegenzieht/in anderer Richtung –, riß es uns herum/ mit seinem Wandel. Doch sein Sein ist ihm/ unendlich, ungefaßt und ohne Blick/ auf seinen Zustand, rein, so wie sein Ausblick./ Und wo wir Zukunft sehn, dort sieht es Alles/ und sich in Allem und geheilt für immer.// Und doch ist in dem wachsam warmen Tier/ Gewicht und Sorge einer großen Schwermut./ Denn ihm auch haftet immer an, was uns/ oft überwältigt, – die Erinnerung,/ als sei schon einmal das, wonach man drängt,/ näher gewesen, treuer und sein Anschluß/ unendlich zärtlich. Hier ist alles Abstand,/ und dort wars Atem. Nach der ersten Heimat/ ist ihm die zweite zwitterig und windig.// O Seligkeit der kleinen Kreatur,/ die immer bleibt im Schooße, der sie austrug;/ o Glück der Mücke, die noch innen hüpft,/ selbst wenn sie Hochzeit hat: denn Schooß ist Alles./ Und sieh die halbe Sicherheit des Vogels,/ der beinah beides weiß aus seinem Ursprung,/ als wär er eine Seele der Etrusker, / aus einem Toten, den ein Raum empfing,/ doch mit der ruhenden Figur als Deckel./ Und wie bestürzt ist eins, das fliegen muß/ und stammt aus einem Schooß. Wie vor sich selbst/ erschreckt, durchzuckts die Luft, wie wenn ein Sprung/ durch eine Tasse geht. So reißt die Spur/der Fledermaus durchs Porzellan des Abends./ Und wir: Zuschauer, immer, überall, dem allen zugewandt und nie hinaus!/ Uns überfüllts. Wir ordnens. Es zerfällt./ Wir ordnens wieder und zerfallen selbst./ Wer hat uns also umgedreht, daß wir,/ was wir auch tun, in jener Haltung sind/ von einem, welcher fortgeht? Wie er auf/ dem letzten Hügel, der ihm ganz sein Tal/ noch einmal zeigt, sich wendet, anhält, weilt –,/ so leben wir und nehmen immer Abschied.
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