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jueves, diciembre 14, 2017

Elvio Romero / Señales















Mis señales: la cáscara
arrojada en el naranjal; una baraja
aparecida en la ventana, un cigarrillo en el umbral
y al filo del amanecer; el relincho de un potro
al borde del maizal; algo que se presienta en el aire
como la avecinación de la lluvia
o el paso de un felino aproximándose.

Serán así mis señales.

Y mi mensaje: una hoguera
en el descampado, en la quietud de la noche,
una llama ardorosa permanentemente prendida
en esas lomas, con su costumbre de atraerte
centelleando a tu lado, besándote los pies, el muslo inquieto,
hoguera terrible con la muerte y la vida en sus fulgores.

Por donde mires
la señal será tuya; por donde vayas
tendrás la huella del hombre, el halo de su poncho de estrellas,
el olor que ha dejado a su paso, el beso
que abrió el portón yendo a tus fondos; por donde busques
hallarás mi presencia, mi sombrero mojado en el
sereno, porque te habré dejado mitad de mi
fragancia, mitad de mi aflicción y mi aventura,
mitad del alborozo y del recato
de ese instante en que juntos arrojamos un eco en el silencio,
carbón al horno ardiente.

Elvio Romero (Yegros, Paraguay, 1926-Buenos Aires, 2004), El viejo fuego, Losada, 1977

Otra Iglesia Es Imposible - La Nación  - ABC - La Izquierda Diario - Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes 
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miércoles, noviembre 02, 2011

Jacobo Rauskin / Dos poemas





Coro de militantes traicionados por el partido

La plaza nos ofrece el último sol de la tarde.

Hay flores de segunda clase.
Hay ciudadanos de tercera.
Hay, como siempre, enamorados
fuera de un plan inmobiliario.

Que no se demore, que venga,
que venga la noche a nosotros
con la verde verdad de los sapos.

Que venga con los sapos, las cigarras, los grillos.
Que venga con la sombra que habla con su dueño.
Que no se demore, que venga
la noche con la calesita, tema prohibido
por tantos y tan fatuos brahamanes literarios.

Que venga, que no se demore,
que venga la noche a nosotros.

Que nos traiga confianza.
Que nos deje, con una promesa creíble,
su luna humanizante y su estrella de yapa.


Un hotel cien estrellas en la costa

Cuando se pierde un barco allá lejos,
no olvides pedir un refresco en la terraza.
Además, el otoño es aquí un huésped.
Y las hojas no caen, yo diría que naufragan.

Jacobo Rauskin (Villarrica, Paraguay, 1941), El arte de la sombra, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2011


Foto: Rauskin La Estafeta del Viento, Casa de América

domingo, marzo 20, 2011

Elvio Romero / Muerte de Perurimá













Muerte de Perurimá, cuentero,
enredado en su lengua


... Y entonces se fue yendo,
y se fue yéndosele se le fue
el párpado cayendo,
y se le fue la boca,
y se le fue yendo el habla,
yéndose en sombras, yéndosele
los pasos fuésele yendo el tiempo
y yéndosele
se le fue el silencio.

¡Las viejas cuentan
cosas increíbles!

Que trampero y tramposo,
Perurimá acababa
enredado en su lengua,
con la ojera en la oreja,
la oreja por la ojera,
chueco en el recoveco
de su lengua cuentera;
que su voz se enredaba
dicharachero, ojoso,
menguante que no mengua,
el cuerpo de mandioca
contorsionado, seco,
el ojo como arveja
que mira el labio mudo,
demudado el saludo
que fritaba en la boca.

... Y se engullía el aire,
frotando con su voz el aire, trotando
el eco con su voz, trotándosele
y frotando la lengua herida y rota,
rota al trotarle por la boca
la lengua, trotándosele la lengua
rota sobre la boca,
engulléndose el eco
al frotársele el aire sobre la boca
trotando sobre la lengua.

... tragaba la fatiga,
rasguñádose las pestañas,
destiñéndose el habla hablando,
virando el ojo al ajo,
en lodo el lado
resabio de su labio,
tragándose la voz, atragantándosele
el habla en la garganta
(lampiña lengua luna)
tragándose la luna, fatigándosele
la voz se fatigaba,
y se le fue yendo el habla,
fuésele yendo el tiempo,
y se le fue yéndosele se le fue
el párpado cayendo
y se le fue cayendo hasta el silencio...

¡Las viejas cuentan
cosas increíbles!

Elvio Romero (Yegros, Paraguay, 1926-Buenos Aires, 2004), "Los innombrables" (1959-1973), Sus mejores poemas, Editorial El Lector, Asunción, 1996
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martes, marzo 15, 2011

Elvio Romero / Siempre que me visitan

Siempre que me visitan

Siempre que alguien me visita
(viniendo de allá), miro sus huellas
por si todavía chisporrotean, por si algún resto del verano
atravesó las fronteras, o verja deteriorada
por la inmovilidad; miro sus ojos
vidriados por la atmósfera seca, indago en ellos
si hay miedo o solamente las frescuras del alba;
cuando alguien me visita (de allá)
trato de penetrar en cada gesto, abarco
cada gesto, averiguo
-mirando de soslayo- si todavía se estrecha
fuertemente una mano, si todavía
se canta una serenata pobrísima en mi pueblo,
si el zanjón crece para el raudal
o para los muertos, y de repente olvido
que averiguan también si yo averiguo, si todavía
me abrasa el sopor hondo
de esa atmósfera seca, si estoy entre los vivos o los muertos.

Elvio Romero (Yegros, Paraguay, 1926-Buenos Aires, 2004), "Destierro y atardecer" (1962-1975), Sus mejores poemas, Editorial El Lector, Asunción, 1996
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Foto: Elvio Romero s/d