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lunes, septiembre 30, 2024

Emma Villazón Richter / De "Lumbre de ciervos"



Anuncio de ciervos

Ubica la hija el cuerno
lo tañe distribuye peces en tono alto
el grave es mudo se desbarranca de sus axilas
muerto por caparazón muy blando u opaco
Palmas hace y continúa angurria revuelve
tórax alza penacho y la expulsa a bambúes
al aire escaso donde esperaba allá más
del claustro allá más de virtud en techo
y no emergían ni sus ojales

Ubica la que amanece el cuervo
lo blande y en lumbre nace su espada
en caótico cauce para extremar ovejas
o furor que desmenuce lo plano
De aquí para allá a cortar empieza
paredes vasos umbilicales cordones
de hojas atadas a nombres con amor
no manso Nuevas formas ebria imagina
de procrear ciervos: que la madre duerma
sin croar ni quebrarse por años:
que los hijos colgados no sean
en cruz ni pedidos: que esa vieja trama
renazca más cerca de libélulas o barro

Ubica la rauda el trueno lo acoge
se dedica a raspar y raspar con él
en lo seco hasta que avizora
incendios emanaciones sin letra
flores dobles: un río alzado en la voz que no cesa


Parlamento

No se aleja quien nunca se va,
sale por la puerta real o irreal
y se despide en tono de lluvia ascendente o pájaro.
Nadie parte fácilmente y quizás nunca del todo
de instancias mayores, sobre todo
del lugar del origen, de esa torre ambigua
y amenazadora, siempre hambrienta de sueños idénticos.
No hay quien no requiera tiempo y fricción
para alcanzar la corrida en pos de su lengua.
El punto de tensión entonces
no reside en la cantidad de escenas y abrazos que aletean
o qué ciudad a mediodía se abandona, sino con qué
perfiles, llaves, piernas de sombra y cielos plegables
se parte, con qué
                 gigantes en sonrisas

                       —dijo aquella que se va
                                en la intersección del pájaro


Tu a y tu e

Cuando nace un ruido o pensamiento
no se desvanece el otro, el antiguo;
ambos se juntan en gimnasia oleosa,
se sostienen y fluctúan para darse cabida
en los días y hacer un vivo tiempo medio preso.
Botones los días tejen tu abrigo de pasado y mañana.

Así el niño con manos maternas jala al joven,
y veo de tantos seres estar llena tu boca,
una pecera con prolíficos trémulos estambres.
De tantas alegrías y ahogos bailar llena tu luz
y tu a tu e aperturantes en el poema desnudo
que vos, vos nunca podrías tener un Único nombre
                              ni alguien


Autopista de febrero

cada vez más lejos cada vez
más cerca, en la búsqueda,
asentían los ojos, jalando hacendosos
las velas de las nubes que huían

sobre metros de cemento cada vez más lejos
de cierto origen, más cerca, encandilaba la joven
morte, encrespada, precipitada
–el ansia de agarrar el cuerpo
con un dedal y soltarlo, fugaz–

cada vez desde más lejos, más
cerca danzaba el secreto obvio
en las humildes capillas del camino

cada vez, en ese paisaje, deslumbraba más
tu mano en el volante, hablaba, da-
ba un haz de posibles mar-
avillosos, una vasija
de pócima cósmica

—de tu mano cerca, íbamos a la lejanía

Emma Villazón Richter (Santa Cruz, Bolivia, 1983 - El Alto, Bolivia, 2015), Lumbre de ciervos, Grupo Editorial La Hoguera, Santa Cruz, Bolivia, 2013 / Ultramarinos, Barcelona, 2019

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lunes, febrero 12, 2024

Héctor Borda Leaño / Soneto a la serpiente




Lloró en la noche grande la serpiente
y lloraron los pájaros de arena
el agua temblorosa en su corriente
y la sombra vibrando en la falena.

Lloró en la noche grande la serpiente
como insuflando su dolor de quena,
quemando como fuego en el sufriente
corazón de la piedra y de la pena,

Lloró en la noche con dolor ajeno,
con voz de polvareda y de veneno,
con voz de soledad y de regreso.

Mas la piedra sonora en trizadura,
acomodó a la sierpe en la ternura
de su matriz cantora y de su hueso.

Héctor Borda Leaño (Oruro, Bolivia, 1927 – Malmö, Suecia, 2022), La challa, Papeles de Buenos Aires, 1974

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jueves, junio 15, 2023

Rodolfo Ortiz / Dos poemas




[donde un oscuro río pierde el nombre]*

la imagen del río es primero la imagen de los nombres del río
pero no bien atiendes a uno otros pasan sin ser nunca el mismo río.

* Endecasílabo de Borges (manuscrito) /
             Arquiano (Purg. V, 94-99)


[Mano falsa]

cada vez que dices una palabra
detrás se esconde otra imagen
detrás de la palabra pizza -dice 
gander- se esconden 
los tendones de una mano
machucada -entonces-
detrás de un árbol
los tubos de un viejo urinario
y detrás de la espalda
el futuro anterior de tu fosa.
Pero cada vez que pronuncias una palabra
recuerda -pedazo de carne
algo habrá caído a un costado
y no necesariamente tu lengua
sino detrás del todo áspero
que habá venido en carroña
de un más atras
todavía peor.

Rodolfo Ortiz (La Paz, Bolivia, 1969), Antología del Festival Internacional de Poesía Bolivia 2022, Plural Editores, La Paz, 2022


martes, mayo 16, 2023

Marcelo Villena Alvarado / De "El arte de los pedales"



A

Beatrice tutta ne l'etterne rote
fissa con le occhi stava; e io in lei
le luci fissi, di là sù rimote.
                    (Paradiso, I, 64-66)


Uno

En la mitad del camino    sudaré
           i no tú
aduciré tino
            i no tú

Haré de mis manos tus dos frenos    tu mandril    tu pedal
Diré poco
         cumpliré

Dirás de uránicos barrancos
                   cumbres i atisbos   nubes    silos
                   ruedas i llanos

Fungiré cual perito
pondrás tú el asiento
                    i los manubrios al suelo
                    en curva

                    fin

                            (Donde Ruth va    me vi)

[...]


Marcelo Villena Alvarado (La Paz, 1965), El arte de los pedales, Editorial Prisa, La Paz, 2022


Foto: Instituto de Estudios Bolivianos

jueves, marzo 30, 2023

Benjamín Chávez / De "Para alguna vez cuando oscurece"




Hojeando un Atlas

Herodoto dice que vio tablillas de cobre
de lejos (porque los fenicios no quisieron enseñárselas) 
donde estaban todos los mares y todos los ríos.
Colecciones de mapas que
buscan el equilibrio de las esferas
-celeste y terrena-
y el tacto que se deleita en desplegarlos.

Cada uno es, se sabe
una urdimbre para transitar
prueba acometida en la labor lectio
el trazo de fuego robado en el Caúcaso.
Un sitio que se cree seguro desde fuera
pero asemeja -ya dentro 
un descampado en tierra casi enemiga.

Las certezas -un eterna búsqueda
de lupas y compases
a la luz de la lámpara junto al sillón
lomos (del viejo atlas o del gato) largamente acariciados
navegación en noches que amenazan tormenta
o todo el impulso traducido
en los pelos del animal
desparramados por la alfombra.
Formas misteriosas del habla del mundo
oscurecidas o iluminadas a mano.


“Puede decirse que la geografía ha preparado el terreno tanto para la gloria como para la felicidad y la comodidad de la vida humana. Si los reinos no estuvieran separados por ríos, cordilleras, estrechos, istmos o por el mar, ¿cómo tendrían final las guerras y fronteras los imperios? El príncipe que trata de llegar hasta las fronteras de su reino marcadas por los geógrafos, en lugar de las señaladas por su propia ambición –que suele ser lo habitual–, pone a prueba la última.” (Joan Blaeu, Atlas Maior, Ámsterdam, 1665).


Visión invernal en Dorpat

                                                                  A Jüri Talvet

He pasado la noche con la televisión sin volumen. 
Escucho el Da Pacem de Arvo Pärt. 
Miro la niebla del amanecer por la ventana y 
me quedo unos minutos en blanco. Al rato 
pasa chillando un ave que no alcanzo a reconocer. 
Las nubes finalizan y recomienzan 
su incansable labor gestáltica. Recuerdo  
una fotografía con un paisaje de playa rocosa: 
Dollarton, Columbia Británica. 
Allí vivió Lowry con Margerie Bonner su segunda esposa 
quien después de la muerte del escritor publicaría 
Selected poems of Malcom Lowry 
donde está el poema ‘Without the nighted wyvern’ 
(Sin el dragón nocturno) 
cuyo noveno verso, en traducción de Rafael Vargas dice: 
opúsculos sobre un país realmente mejor 
y luego: donde el hombre/ pueda beber, ah, un vino superior, 
no destilado/ que intoxique sutilmente sin dolor.

Ayer, en un pub muy animado
donde rubias meseras -jóvenes que hacen trabajos de medio tiempo
nos traían cervezas, canastitas con papas cocidas y mostaza rusa
conversé largamente con mi amigo Jüri.
Sin saberlo, o sabiéndolo, como todo o casi todo de esta tierra
que para mí es misteriosa y fría
(bosque plagado de osos antes del amanecer)
pronunció una palabra que me hizo viajar en el tiempo: Livonia.

Pronto brillará un poco sol en esta ciudad que ahora llaman Tartu.
Hay un abeto frente a mi ventana 
la nieve impide ver su punto de apoyo.


En el primer capítulo de la novela de Julio Verne Un drama en Livonia, una escalera salva de los lobos al protagonista fugitivo. Malcom Lowry, en su poema ‘El Pasado’ compara una escalera con su conciencia: Seems my conscience. Salvación como posibilidad ante el pesimismo y la resignación del poema de Lowry: la escalera flota en el agua sin nada en que apoyarse. En Verne: La niebla impedía ver su punto de apoyo.


Meditación en el pueblo de Juli

Cuando las ruinas empezaron a ser ruinas
y sus rocas desparramadas por los campos
se desparramaron más
sólo unas cuantas torres contra horizontes nuevos
abandonadas en un
damero de planicies y colinas sembradas
-chullpas entre campos de papa y habas-
observan de lejos a los monjes silenciosos.
Ellos hacen ademanes finos con las manos
llaman a trasponer las puertas de los mundos
copian con pluma y tinta 
(una forma de la memoria) y abren nuevas rutas
del comercio entre las gentes.
Sopar cálamos en el tintero y respar superficies
es todo un destino 
distrae del viento de la puna
del negro cielo que oculta montañas blancas
y lo transcrito
habla de eso y de Dios y de los hombres
(cómo se entienden o se desentienden)
cosas que pronto habrán de probar
los frailes que prediquen llevando bajo el brazo
“algunas anotaciones para saberse aprovechar”
por las riberas del lago Titicaca 
mojándose en las aguas del siglo XVII.


Un joven recién ordenado sacerdote llega al colegio jesuita de Juli, a orillas del lago Titicaca, en 1615. Allí conoce a un cura 25 años mayor con quien sostiene conversaciones sobre “cosas de indios”. El viejo ha publicado su obra más importante hace cuatro años y está aquejado de varias enfermedades. El joven elaborará también una gran obra que culminará en 1653, pero no la verá publicada en vida. Ambos frailes conversan varias veces. El viejo tiene gota y guarda un poco de chicha en una vasija para su uso exclusivo, porque es sabido en estas tierras que esa bebida no afecta a tal dolencia. Rememora su viaje por el Mediterráneo donde casi naufraga, su viaje a Potosí y tantas otras cosas. El joven anota y recuerda. Él también conocerá Potosí, Cochabamba, La Paz... El viejo ha publicado el Vocabulario de la lengua aymara con algunas anotaciones para saberse aprovechar en la labor evangelizadora. El joven, escribirá la Historia del Nuevo Mundo. Son Ludovico Bertonio y Bernabé Cobo. Dos amigos.

Benjamín Chávez (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 1971)

Para alguna vez cuando oscurece
,
Editorial La Mariposa Mundial
y Plural Ediciones
La Paz, 2022










Foto: Alma Tunante

viernes, marzo 24, 2023

Omar Alarcón / Dos poemas




Sin señal

Desde que soy un agujero negro dejé de encriptar mi vida
en los mensajes de texto.
En mis manos el silencio ya no es una llamada perdida
y en los buzones solo recibo gaviotas
que suelto inmediatamente entre los árboles.

Ahora entiendo por qué los recién nacidos
llegan a este mundo sin un nombre.
Solo un desconocido puede:
fundar un desierto,
reescribir una nube,
vaciar la lluvia.

¿Quién teje una red para atrapar el aire?
Tarde o temprano el celular volverá a clasificar
mis pasos en "verdadero" o "falso"
y cada clic revelará mi posición exacta en el tablero,
Volveré a ser un hombre eficiente y ubicable.
Habré olvidado la importancia de lo inútil,
la fortaleza de no servir para nada,
igual que el árbol torcido
del que no se puede sacar ni una tabla recta
y que permanece en la montaña
sin que nadie lo corte.


Antes del cero

Antes de las matemáticas, los pueblos de la Mesopotamia
representaban el infinito con un círculo
   --El círculo -decían- es el origen del tiempo.

Entre los mayas el cero podía ser:
el dibujo de un hombre con la cabeza al revés,
una flor, media flor, o un jagurar devorando la mañana.

Bajo un árbol, Siddharta Gautama supo que el vacío
era el lugar donde nacía la respiración.
El origen de Todo era la Nada.
Y la Nada podía ser un estornudo, la flor de loto, el
silencio, o su mirada.

Siglos más tarde el matemático indio Brahmagupta
dibujó por primera vez el cero como una serpiente infinita
mordiéndose la cola,
Ese dibujo es el que usamos todavía "0".

Los árabes lo trajeron a occidente
después que Al-Khwarizmi descubriera el álgebra
y pasara la humanidad entera por el ojo de una guja.

La invención del cero abrió un espiral entre los
números, una puerta giratoria cada cifra.
Los bits de las computadoras, los algoritmos, los chats,
el código de barras, las URL, los cracks, la mecánica
cuántica: son el bostezo de la serpiente infinita,
un carrusel girando en la nada.

Omar Alarcón (Sucre, Bolivia, 1986)

 
Antología del Festival Internacional 
de Poesía Bolivia 2022
Plural Editores, 
La Paz, 2022









martes, marzo 14, 2023

Pedro Shimose / Dos poemas


La doliente quimera

Vuelvo el rostro y veo
                      la dimensión del odio.
No he venido a decirte
                      que todo es tarde para mí.
He vuelto a tu crueldad,
a sucumbir junto a la
piedra.

Veo mis ruinas en tus ojos
                          hermosos todavía.
Veo tus manos
             todavía perfectas
y emerjo
       de las brumas violentas
del pasado
          cada vez más
solo.

Vuelvo a contemplarme y todo es triste.
Todo:
     mi soledad:
                mi fuerza:
                         la montaña.
Te miro
en la mentira de mis sueños
          y te arrojo a mis
abismos.

Si me llego a encontrar con aquel
que huye de mí
volveré a tu ternura
          y empezaré a decir
lo que nunca
hubiera dicho.


Maquiavelo y las mujeres

          Si deseáis escribirme algo a propósito de las
          damas, no dejéis de hacerlo. En cuanto a los
          asuntos serios, hablad con aquellos a quienes les
          gustan o comprenden mejor que yo. Nunca me
          causaron más que contrariedades, en tanto que
          aquellas me hacer experimentar sólo dicha y placer.

          Maquiavelo: Carta a Francesco Vettori, 3-8-1514


Le gustaba la pachanga
como a cualquier hijo de vecino.

Los asuntos serios lo aburrían.

Las ñatitas, en cambio,
le dieron la felicidad que nunca
conocerán 
los poderosos.

Pedro Shimose (Riberalta, Bolivia, 1940), Antología de poesía hispanoamericana (1915-1980), Selecciones Austral Espasa-Calpe, Madrid, 1984


sábado, noviembre 05, 2022

Pedro Shimose / Barranca colorada




En la alta
ribera
un hombre espera
volver a Riberalta.
En su tierra colorada
todo es alborada.
No hace falta
la melancolía
de la tarde
en el barranco.
El cielo arde
y el amor fermenta
su melaza.
Junto a un banco
en la plaza
el totaí cuenta
lo que hicimos
y el bibosi lamenta
lo que no fuimos.
Érase que era...
En la alta
ribera
flamea la palmera.
En Riberalta
el tiempo se eterniza,
se resisten al olvido
la ceniza
y el beso estremecido.
Los ríos pasan
con sus prisas y sus muertos,
y los fuegos arrasan
jardines y huertos.
Sólo tú prevaleces,
ribera alta,
en forma de alegría.
A veces,
te llamas Riberalta:
otra, Poesía.

Pedro Shimose (Riberalta, Bolivia, 1940), Periódico de Poesía, Nueva Época número 10, Universidad Nacional Autónoma de México, verano de 1995


Foto: Babelio

lunes, octubre 31, 2022

Gabriel Chávez Casazola / Dos poemas




Se busca   

Si alguien hubiera encontrado
un libro de los Cantos de Ezra Pound color verde
eléctrico, extraviado en la carretera antigua entre el valle
central y el altiplano
una noche de julio de 1992. 

Si alguien tuviera ese ejemplar
con poemas preciosamente traducidos
como aquél en que habla de los dedos de una mujer
que parecían una servilleta japonesa de papel o aquel otro
de Rihaku sobre la vieja esposa del mercader del río. 

-Tú viniste con zancos de madera jugando a los caballos,
caminaste junto a mi asiento, jugando con ciruelas azules… 

Si estuviera en la biblioteca de alguna persona
ese volumen con una fotografía de Ezra
con todas las arrugas, comisuras, todas las cicatrices
de la incomprensión
cuyo reverso es la locura. 

Si lo tuvieras tú, jamás lo hubieras abierto y al leer esto
decidieras hacerlo y encontraras adentro,
entre dos páginas,
tal vez marcando Portrait d’une femme,
que me recordaba a una novia de entonces,
una ingenua estampa de la Virgen niña con su Niño
en monocromo azul cerúleo
con una oración al dorso
que repetía cuando era feliz o estaba triste
en la edad de la alegría verdadera
y de la vera tristeza. 

Si encontraras ese libro habrías hallado
el muñón de un alma,
algo que se me extravió. 

No sabes lo que vale para mí ese ejemplar de los Cantos.
Si lo encuentras puedes quedártelo. Pero la estampa
-si aún está ahí-
remítemela, por favor. 

Los libros se extravían y se encuentran
pero el asombro (o la fe, que es lo mismo)
se pierden para siempre. 

-Hubo una hora iluminada por el sol, y los más altos dioses
no pueden jactarse de nada mejor
que de haber contemplado su paso a esa hora.
 
En esta u otras vidas tendrás tu recompensa.
 
 
El trabajo en lo echado a perder 

Veo el rostro de mi padre
-llamémoslo así-
figurado en una moneda

china, de esas de tirar el I King. 

Su rostro está delimitado por el perímetro de la
moneda, su cabello se
confunde con los trazos y arabescos
-¿o chinescos?-
de la parte superior, su bigote
con las volutas de la parte inferior. 

Dicen que lo fundamental en estas monedas,
su valor,
está en el centro
hueco como en la rueda del Tao,
donde lo importante no son los radios sino el vacío del eje
que permite a la rueda girar. 

En eso también esta moneda se parece a mi padre
-sigamos llamándolo así-
o al rostro de mi padre.

Gabriel Chávez Casazola (Sucre, Bolivia, 1972), Multiplicación del sol, Los Torreones, Bogotá, 2017 Vía Círculo de Poesía


jueves, octubre 06, 2022

Vilma Tapia Anaya / La pregunta por el mal se aligera en la sangre de mi memoria



Ha aparecido un arcoíris 
nubes de cristal
muy bajas
tocan las hendiduras de la cordillera

desde Buenos Aires Susana me escribe
ve que las mujeres que fueron víctimas de la violencia 
hoy se unieron y que el mundo cambiará

Yo sigo a las nubes

deshilachándose descargan su leve peso sobre la tierra
la pregunta por el mal se aligera en la sangre de mi memoria
dos canarios encendidos se posan en un cable
envuelta con mis inmemoriales vestidos 
predigo un jardín 


Vilma Tapia Anaya (La Paz, 1960),  Festival Internacional de Poesía (FIP ), Buenos Aires, 2022


viernes, julio 09, 2021

Cé Mendizábal / Dos poemas




Tiwanaku

No digas que no hablas con estas piedras
con el silencio desmesurado
en la abierta coagulación de los ojos
piedras no sólo piedras
con las alas abiertas
para no cruzar
la lacónica potestad del cielo
si tu mano está ausente
si tu mano cuánto hace que menguó en polvo
sobre los cuatro rincones de Akapana
-la vieja página si quieres-
dejándote como espera de la espera


Rosa de los vientos

Después que el trolebús hubo pasado,
todavía en el aire la fricción
de su vieja pero confiada osamenta,
la avenida de copiosos árboles
convergió en calles de ladrillo y erizado hierro.
Ladrillo rojo, hierro negro
tantas veces enumerado.

A la manera de un calamar profuso de brazos
y desmantelada cabeza,
las vías convergen en un solo centro:
Harvard Square.
Gente que mira a la gente y se mira en la gente:
espejos delante de los espejos,
un rostro persiguiéndose detrás de los rostros
palabras ciegas conjurando el silencio
sin decir nada las palabras
aunque lavadas en orín y deseo
porque el enemigo más temido es, de nuevo,
uno mismo.
Pero las mesas están animadas a despecho
de esta metafísica.
Secos y cargados de lamentos,
los mapas versan sobre las maneras del extravío:
ayer por Abisinia,
hoy por la Jericho Turnpike.

Las camareras corren con el agua mineral
y la cuenta.
Al oeste, el sol es un eunuco desesperado
tratando de prender fuego a la terraza del horizonte,
el perdido harén de Alláh.
La memoria, un bulto ciego pero con la boca entreabierta.
Morderá a quien se le arrime.

Lentos, como hojas que desechan los árboles,
los pasos se acumulan en Bacon Hill.
Una minúscula flora amarilla
recibe como una seca nevada de primavera.
Viejos faroles insomnes,
que en el alba atizaban sus camisones nocturnos,
queman en esta hora la estela de los fantasmas:
turistas inventariando cada rasgo,
viajeros inventándose a sí mismos
historias a la medida de nuestras carabelas
con mortajas a manera de velámenes,
con volúmenes en lugar de mareas
agua escondida entre tus aguas
la negra yegua de la realidad
huyendo ante la carga de los elefantes.

Pero el día ha corrido lejos
y el crepúsculo es una rubia
que chasquea sus dedos sobre la mesa.

Uno tras otro, los ejércitos del cielo
arrastran el ocre de sus vendas
semejantes, hacia el sur, a los ríos que en sus crecidas
dan lugar a las ciénagas,
a las ciénagas que se conduelen sin moverse
como un recuerdo indeseado
al dar vuelta a la página.

Al norte, el viento pule las aguas.
Las pule y las consuela.
El Charles River es también el Ganges
pero nadie frunce aquí la seda densa de sus aguas
para los desvaríos del cuerpo.
En Boston, el Charles River discurre solo.

Atrás quedaron las guerras púnicas.
No sé si en algún lugar se reagrupan los cartagineses.
Aníbal es solo un nombre, no una estratagema
y otra eternidad es el nuevo itinerario,
una nueva Rosa de los Vientos,
en el largo camino a Roma.

Cé Mendizábal (Oruro, Bolivia, 1956), "Poemas", Inmediaciones, 21 de febrero de 2021


Foto: Cé Mendizábal, c.2012 Página Siete

sábado, octubre 03, 2020

Jaime Sáenz / De "Recorrer esta distancia"





















XI

   Una distancia recorrida, una ciudad deshabitada. En una 
ciudad perdida,
   una ciudad habitada - nunca hubo tiempo.
   El reflejo de la lluvia, una lluvia.
   Un saludo, una seña - te saludan y se van.
   Una música escuchada, un olvido - un olvido y no sé qué,
   un trance de inconsciencia,
   un olor,
   una mirada
   - qué recuerdo no se hunde, qué recuerdo no refluye.
   Y eso es todo.
   Nada ni nadie se queda; es uno mismo.
   Todo se queda con uno, y nada se queda
   - la substancia, la tierra. Lo que no se toca, lo que se toca,
   lo que no hay,
   todo es y se queda,
   Lo que ha sido, lo que es, lo que ha de ser, no hay tiempo
   - no hay nada - todo es.


                 No te duelas
                 - no te duelas nada.
                Nunca hubo un tiempo; nunca ha sido nada; el
      humano todo lo tiene
                 - cosa grave es la esperanza.
                 Decir adiós y volverse adiós,
                 es lo que cabe.

[1973]

Jaime Sáenz (La Paz, 1921-1986), "Recorrer esta distancia", Recorrer esta distancia. Bruckner. Las tinieblas, Carlos Cociña ed., Ediciones Intemperie, Santiago de Chile, 1996

Otra Iglesia Es Imposible - Jaime Sáenz - Ediciones IntemperieBuenos Aires Poetry - Ginebra MagnoliaBolivia Com - Poemas del Alma - Inmediaciones - Eterna Cadencia - El Boomerang - Plaza Catorce - Dos Disparos -Correo del Sur - Poetry Society of America

Foto: Jaime Sáenz

miércoles, junio 12, 2019

Jaime Sáenz / De "Las tinieblas"

 

















4.

   La oscuridad es menos pesada que el aire; el aire es más pesado que la transparencia.
   En la sequedad se encuentra el secreto de las tinieblas; en la falta de agua.
   - en la inmovilidad del movimiento;
   en la falta de espacio - pues en la misma medida en que la amplitud crece, el espacio decrece.
   Así se explica que el hombre, para avanzar cuatro pasos en las tinieblas, debe caminar durante muchos años;
   pues un día de tinieblas, vale más que mil años de transparencia.
   Por eso los hombres amantes del alba, los hombres afectos a la alegría,
   comen de todo y no saben nada.
   Prematuramente se les arruga la cara, y se les achica los ojos;
   cambian y vuelven a cambiar de la noche a la mañana; y cuando resplandecen de alegría,
   hacen un gesto.
   Por eso los que aman las flores, los que aman la jardinería, los que aman el espectáculo ameno de la naturaleza en general,
   carecen de fuerza y no tienen idea de la energía, se vuelven locos y no saben qué hacer,
   y, como son incapaces de dominar el dolor,
   en realidad no aman por amar sino porque tienen miedo,
   cuando creen amar al mundo y cuando no lo aman en absoluto,
   y cuando el mundo no los ama y los rechaza y no quiere ni mirarlos.

   5.

   Por eso los hombres afectos a las tinieblas, los hombres que a nadie aman,
   son los que aman.
   Y por eso no aman al mundo; por lo mismo que lo aman
   - pues no lo aman.
   La apariencia del mundo les infunde recelo.
   Sólo viven para mirar la imagen desnuda del mundo.
   Con el ojo puesto en los pedruscos - con el ojo puesto en la sustancia de los pedruscos.
   Con el oído atento al fragor del polvo que se calcina - con el oído atento al fragor de la tierra que se consume
   - estos hombres secos, flacos, callados, en mucha parte, son los causantes de muchas cosas
   El mundo que se destruye quién sabe cómo, por inmisericordes fuerzas que vienen no sé de dónde;
   y los esfuerzos del hombre obstinado, que vanamente se empeña en recoger los escombros
   - eso les interesa.
   Las tormentas, los terremotos, las epidemias - y por eso están aquí.
   El socavamiento de ciudades y murallas, de grandes obras y de colosales trabajos,
   por ejércitos de hormigas que se cuentan como arenas en el mar.
   las víboras, los alacranes y los moscardones que infestan la faz de la tierra, siempre amenazada por espesos miasmas
   - un mundo despiadado, invisible y temible,
   que no cejará hasta no haber aniquilado al género humano
   - eso les interesa a los hombres amantes de las tinieblas;
   los frutos silvestres que, asumiendo hermosa apariencia, atraen al hombre ávido y lo matan;
   las trampas mortales que el mundo, en lo oculto, utiliza para atrapar al hombre.
   Las hambrunas y los maleficios y las calamidades.
   Los azotes y los flagelos que hacen despertar al hombre.
   Eso les interesa, y por eso están aquí.

Jaime Sáenz (La Paz, 1921-1986), "Las tinieblas", Recorrer esta distancia. Bruckner. Las tinieblas, Carlos Cociña ed., Ediciones Intemperie, Santiago de Chile, 1996

Ref.:
Ediciones Intemperie
Poetas del Fin del Mundo
Buenos Aires Poetry
Bolivia Com
Eterna Cadencia
Poemas del Alma
Página 7
El Boomerang

Foto: Jaime Sáenz a mediados de los 70 Alfonso Gumucio Dagrón/La Razón

viernes, julio 01, 2016

Gabriel Chávez Casazola / Dos poemas














La Odisea, libro XVII

Ese mendigo que, estopa en crisma ves llegar,
ese despojo
que Atenea ha vestido
y a quien nadie conoce, ya cerca de casa,
al final del camino iniciado
veinte años ha,
es, sin embargo,
(lo has descubierto con un temblor de tus orejas)
el mismo apuesto doncel que te enseñara
a cazar ciervos y liebres por el monte
en aquellas tardes de libertad
cuando eras raudo y tu cuerpo elástico
y no esta
cosa
que yace hoy sobre el estiércol
(estopa en pelo, despojo también tú).
Mas, sin embargo,
-con la certeza instintiva que da la amistad
que profesan los de tu especie, no los de la nuestra-
en este alto mediodía eres el solo capaz de reconocer
(ni Eumeo ni Filetio ni tan siquiera Telémaco)
al astroso que llega y menearle el rabo
en penúltima señal de alegría
(veinte años ha el camino)
justo antes de ser a tu vez reconocido,
esbelto galgo de ayer,
por Ulises que retorna a habitar lo que es suyo
y atravesar de parte a parte a los traidores
pretendientes
que te dejaban morir en el estiércol
porque les recordabas
al amigo incómodo que se llevaron (pero no para siempre, lo intuías)
los mares,
y al que creían ya morador definitivo
de esotra orilla
donde seguramente nos reencontraremos contigo,
Argos,
en alguna de tus formas y tus nombres
de invariable aunque múltiple
complicidad
con nosotros, pobres hombres,
que no te merecemos.



Ya nada queda por descubrir a lo largo y ancho de esta tierra, todos
los cabos, las bahías, las penínsulas, los istmos,
los volcanes encendidos y los volcanes apagados,
los mares, los océanos,
incluso las corrientes submarinas y
hasta la última isla otrora ignota
todos
los puntos de la geografía y todas las geografías
han
perdido
su misterio.

Tienen
nombre
–es el problema–
y ahora que nada queda por nombrar, tampoco
quedan héroes, pioneros, descubridores, adelantados,
y ni siquiera
viajeros de aventuras.

Sólo
restan
los libros
y la
remota y siempre tentadora
posibilidad de un asalto a los transbordadores.

Gabriel Chávez Casazola (Sucre, Bolivia, 1972), Cámara de niebla, Plural Editores, La Paz, 2015

viernes, junio 10, 2016

Benjamín Chávez / La débil música de las suaves cosas













En la alta noche
la débil música de las suaves cosas.
Mientras el sueño consuma la quietud
las torres callan
los motivos de su altura.
Cada instante se estremece
y lo quedo nos habla con una voz más íntima.
No son las cosas que no tendremos nunca
son las que están
las que estuvieron siempre
y hoy
-complicidad contenida-
nos susurran
una familiaridad irresuelta.

Benjamín Chávez (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 1971), "Pequeña librería de viejo", 2007, Arte menor. Antología poética, Ediciones Caletita, Monterrey, México, 2014

Foto: © Timo Berger

lunes, mayo 25, 2015

Paura Rodríguez Leytón / Albricias




                                              







                                               

a Lucía

Como un don o como la retribución de un don
cual una fruta presentada en un ritual simplísimo
la niña ha entrado a la casa, lo ha
visto todo con su escuchar,
todo lo ha oído con su ver y así
tan atenta al universo
que acababa de crear
el primer día
            (en el principio era la tiniebla
                        y el espíritu de Dios flotaba
             dulcemente, en posición fetal,
                        bajo la faz de las aguas)
hágase la luz
ha dicho
sin apelación a ningún significante

y Nos hemos comenzado otra vez a existir
briznas de su costilla,

depuesta la flamígera
la desnudez desnuda,
su greda fresca, el jardín
recién regado.

Paura Rodríguez Leytón (La Paz, 1973), La Guacha. Revista de Poesía, año 14, n° 36, Buenos Aires, septiembre de 2011

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Foto: Paura Rodríguez Leyton Revista Altazor

martes, agosto 26, 2014

Humberto Quino Márquez / Poema para ser cantado por un papanatas











No alcanzaré el frágil reposo.

Ni la sombra rosa crecerá en mi sexo.

La cabellera de una lápida
El son de mi muerte toca.

Y
El sonreír es agrio
En medio de las cenizas.

Sin embargo
Llegamos al sitio
Donde la intemperie cubre mi cráneo
La fosa común donde sobrevive el muerto.

Mudanza de oficio, La Paz, 1983

Humberto Quino Márquez (La Paz, 1960), Unidad variable. Bolivia-Argentina. Poesía actual, La Hoguera, Santa Cruz de la Sierra, 2011

viernes, agosto 01, 2014

Gabriel Chávez Casazola / De su estancia












De su estancia en vaya a saberse cuáles ciudades de la confusión
conservaba,
apenas a salvo de la humedad y el calor propio a esa hacienda
estacada en el centro del verano,
unas cuantas revistas que en el cuarto de baño daban cuenta
de un pasado mejor, de unos años
de bullente actividad intelectual,
de grupos activistas, de talleres de cuento, de seminarios
  lacanianos,
de círculos de discusión de la Escuela de Frankfurt
y otros misterios reservados para los iniciados en
el buen sexo y los porros de aquella época y de aquellas ciudades de la
  confusión
en las que esa mujer altiva y lúcida aprendió a preparar un par
  de buenos platos
-por ejemplo, pollo al mole-
que hoy junto a las revistas son todo el patrimonio que perdura
de aquellos años dorados, esplendentes,
en que todos querían cambiar el mundo a fuerza
de bullente actividad intelectual y porros y Gramsci y hasta Louis Althusser.
hasta que Louis Althusser estranguló a su mujer e ingresó al manicomio
y murió babeando su impotencia y su ira en un camino
lodoso, del color del mole del pollo al mole,
botando sangre como rojos un cuadro de Frida Kahlo,
esa lugar común ahora, por entonces un descubrimiento
en una de las tapas de aquellas revistas estacadas
en medio del baño de aquella hacienda,
estacada a su vez
en el centro de esa mujer altiva y lúcida, tan digna
en su derrota
como la golondrina de Wilde cuando decía
despreciar el verano.

Gabriel Chávez Casazola (Sucre, 1972), Revista de Humanidades El Navegante n° 5, Universidad del Desarrollo, Santiago de Chile, 2013

martes, julio 01, 2014

Juan Carlos Ramiro Quiroga / Animal Planet











No sé a qué sabrá un mono
pero en la alta espesura de su memoria
trepa a un árbol
caza un mono y se lo devora

hace cuánto tiempo ha olvidado esa ceremonia
qué ha hecho para convertirse en "esto"
un ser inmóvil pegado a la pantalla
emocionado con la caza de gorilas en otra parte

sangre aquí y allá

en Animal Planet
un grupo de negros corona su fuerza con una estupidez

los valientes viven un poco
y los cautelosos toda la vida

alguna vez comió iguana a la vera de los duraznillos
una bandada de loros alertaba de su presencia
su pecho cantaba al sol de la mañana
se rascaba la panza
y seguía teniendo hambre
millones de mariposas se mudaban en los pantanales

estas imágenes vuelven cuando no aparta los ojos del cable
(estoy a miles de kilómetros de la selva
tal vez a millones
pero mi memoria me traiciona a cada instante

en vez de cazar monos
ahora cazo palabras
una a una
de los hilos dentales de la muerte
el pensamiento salvaje del que no puedo escapar jamás)

                                           Martes 16 de septiembre de 2008.

Juan Carlos Ramiro Quiroga (La Paz, 1962), Unidad variable. Bolivia-Argentina. Poesía actual, Grupo Editorial La Hoguera, Santa Cruz de la Sierra, 2011

martes, junio 11, 2013

Poemas elegidos, 19

Emma Villazón Richter
(Santa Cruz, Bolivia, 1983-El Alto, Bolivia, 2015)

Poema del fin, de Marina Tsvetáyeva
Marina Tsvetáyeva escribe una música de fuego. Uno de mis encuentros más poderosos con la poesía ha sido a través de sus poemas. Su voz me habla así como el mar de Pushkin le hablaba a ella. Este poema forma parte de un texto más largo que se llama “Poema del fin”. Esta versión extraordinaria, por el compromiso que expresa con la musicalidad particular de Tsvetáyeva, es de Severo Sarduy.


En las afueras: ¡afuera!
Más allá de las barreras.
La vida es inhabitable:
un barrio ju—dío…

Dignos, como los judíos.
Cien veces: dignos y errantes.
Para quien no es canalla,
matanza de ju—díos es la vida.

Vivir entre conversos,
¡los judas de la fe!
A las islas leprosas,
¡al diablo de una vez!

Vida para el converso,
¡Ovejas para el verdugo!
Permiso de residencia:
¡lo pisoteo!

El escudo de David
venga los cuerpos revueltos.
¿O no quisieron vivir
entre los otros, los muertos?

El gueto es muro y es foso,
donde piedad no se espera.
En el mundo cristianísimo,
¡los poetas son judíos!

Marina Tsvetáyeva (Moscú, 1892-Yelábuga, 1941)
Versión de Severo Sarduy