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lunes, abril 14, 2025

Luis Rogelio Nogueras / Cesare Pavese




Supongamos que estoy escondido de antemano en
el armario
y que usted (tantas cosas que tiene en la cabeza)
No lo note.
Se acuesta,
toma las dieciséis pastillas del frasco,
hace las últimas llamadas: inútiles,
medita sobre las derrotas, las guerras, Turín (cruda en invierno).
Supongamos que usted deja
las gafas en la mesita de noche
y que luego escribe algo en su cuaderno
(letra rápida, pequeña).
Ahora imagine que salgo.
Que impido su suicidio.
Cinco, dos, veinticuatro veces
(como en el cine).
Supongamos que usted no muere,
supongamos que nos damos las manos
y que cometemos pequeñas historias, aventuras habladas
donde las mujeres aman desesperadamente a los poetas
y no hay estar solos, ni desastres, ni trenes aplastados.
Pero no.
Yo estoy en mi cuarto y usted está en el suyo.
No trato de impedir nada
y usted se toma las pastillas.
Yo dejo su libro en la mesita de noche y trato en vano de dormirme
y viene la muerte y tiene sus ojos.


Luis Rogelio Nogueras (Vedado, Cuba, 1944-La Habana, 1985) Nada del otro mundo , Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1988,
Envío de Jonio González

Más poemas de Luis Rogelio Nogueras en Otra Iglesia Es Imposible, Círculo dePoesía,Vuela Palabra, Altazor
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jueves, enero 23, 2025

Antón Arrufat / Dos poemas


Post scriptum

Tocan a la puerta
mientras escribo esta página:
me levanto y recojo
un pequeño patíbulo.
Regreso y sigo escribiendo.


Ellos

Un día vendrán a buscarme,
lo aseguro.
Dos hombres vestidos de hombre
subirán la escalera, que la vecina
ha terminado de limpiar.
Los espero sentado en mi sillón
de siempre: donde escribo.
Me llamarán, saben mi nombre.
Después seré expulsado
de los cursos
y de la historia.

Antón Arrufat (Santiago de Cuba, Cuba, 1935 - La Habana, 2023), La huella en la arena. Poemas reunidos, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1986
Envío de Jonio González
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martes, enero 14, 2025

Sergio Leandro / De "Sueño y vigilia del salmista"


Durante toda la mañana

Durante toda la mañana discurrieron en la luz,
“pequeñas gracias”
que en correspondencia acaso con las sombras
se hacían como de un milagro
sobre los sueños de los paseantes
entre las calles de la ciudad.

La música
que la noche inclina
descansa
llevada en aires por las “pequeñas gracias”
y en asomos de
delicadísimos instantes
inaugura sus tonos y encantos
y el salmista
que mirando al cielo pregunta
o discurre sus visiones al aire
mientras más abre su silencio
a que lo invada
en esa hora
una, algo así, precisión, se diría,
algo cierto tal vez hoy.

Llegan al redil
las “pequeñas gracias”
tocan liras de aire los ojos
cuando se destellan en la luz

y algo de lo que siempre ha sido
se revela en este tiempo hoy

y entre los intersticios
de la manera en que descansa y se recorta la luz
a lo largo del día
se arrojan de músicas
las “pequeñas gracias”
dispuestas…dispuestas.


Es de estas liras del aire

Es de estas liras del aire
o sobre ellas
o entre ellas
que discurre como en secreto
dulce melodía
y tenebrosa presencia, acaso…

Deslías
en qué posibles aciertos
o mudas ráfagas,
un ramillar de extrañas delicadezas

en la copa abierta del salmista
sobre su corazón herido de luz
del vértice mismo de la luz.

Es de estas liras del aire
que alcanzan las fibras
a dar tu melodía?

Es así que se desesperan, salmista,
tu mano y tu corazón
sobre la hoja a escribir?

acaso qué músicas?
acaso qué impresión de aire apenas
sobre el desliz del minuto?
acaso qué perdido amor de tan antiguo?

Ya vienen en el aire
aquellos lirios abiertos
a tu amor cristalino
a tu presencia

y sobre la luz

entre la luz

la más delicada de las ausencias

llena tu copa, salmista,
llénala de cada una de las presencias que se esfuman

en el correr de la luz
en el silencio.


Es en una oración de campanillas

Es en una oración de campanillas
o apenas luciérnagas en la noche
que se abre, diríamos así, se abre,
al silencio
el corazón del salmista
mientras hila
y de qué finísimas maneras hila
unas alusiones, unos indicios,
que se derraman silentes
sobre el sueño de todos aquí,
aquí,
donde la piedra es piedra
y el agua canto.

Se inclina al silencio el salmista
y si acaso fuera, a la hoja,
al blanco de la hoja
y se brindaran así como en un vértice
destellos del cielo o apenas recuerdos
que son nubes
lirios que abren sobre un sinfín de amaneceres.

Cruzan el cielo
las aves de mi sueño

y se figuran de espanto
ante la miseria y el horror

mas hilan,

y lo ves,
hilan desde allá

unas casi
delicadezas a decir aquí
y es un apremio
que al salmista recoge
en una zozobra
en una ilación transparente de músicas sobre su nombre

dando así
quién sabe qué figuras
o un corro de luces
mas
dando así
unos apuros
unas urgencias

de delicada acentuación
de ilusiones precisas
y amores que son
las dichas
que resplandecen
al correr lento de la tarde
y en el descanso también, sí,
del cielo
sobre los ojos del salmista
y tú
que aquí
abres su nombre
con tanto amor
que das, en brotes tan tiernos,
unos cariños ciertos
a decir…a decir.

Sergio Leandro (Cienfuegos, Cuba, 1981)

Sueño y vigilia del salmista,
Buenos Aires, 2025









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Foto: Sergio Leandro/Barnacle

domingo, febrero 04, 2024

Waldo Leyva / Tres poemas




La distancia y el tiempo

Tú estás en el portal, apenas has nacido
caminas hacia el mar y cuando llegas:
tienes el pelo blanco y la mirada torpe.

Desde la costa se ven las tejas rojas de la casa.

Si quieres regresar, ya no es posible;
a medida que avanzas se borran los caminos.

Tu camisa de niño aún está húmeda
y veleta de abril en el cordel
indica para siempre la dirección del viento.

Qué gastadas las uñas,
qué frágil la memoria,
qué viejo tu zapato por la arena.

octubre 1995


Big Bang

 I

En algún punto del espacio infinito
late el ruido inicial del universo.
La materia dispersa
se convirtió en sistemas estelares,
en planetas, en desiertos de sombras,
en mares recurrentes y seres como tú
o el ínfimo microbio,
                 la piedra,
                          la chispa
donde sigue, viva y esperando,
la próxima explosión. 

Nada desaparece, nada empieza.

 II

La utopía se alimenta del pasado remoto.

Nadie sabe si el hombre anticipa el futuro
o busca en su agonía,
el momento inapresable del origen
de cuya memoria sólo queda ese ruido
viajando en el espacio
tal vez hacia nosotros.


Definitivamente jueves

                                        Para Margarita, mi mujer

Quiero que el veintiuno de agosto
del año dos mil diez, a las seis de la tarde como es hoy,
pases desnuda atravesando el cuarto y preguntes por mí.
Si estoy, pregunta, y si no existo,
o me he extraviado en algún lugar de la casa,
de la ciudad, del mundo, pregunta igual, alguien responderá.
El primero de enero del año dos mil uno será lunes
pero el veintiuno de agosto de la fecha indicada
tiene que ser definitivamente jueves
y el calor, como hoy, agotará las ganas de vivir.
Las calles serán las mismas para entonces,
los flamboyanes de efe y trece seguirán floreciendo,
muchos amigos no estarán
y el tiempo habrá pasado por la historia de la casa,
de la ciudad, de mi país, del mundo.
Quiero que el veintiuno de agosto, al despertar,
prepares la piel
                 el corazón
                      las ganas de vivir. 

Waldo Leyva (Remates de Airosa, Cuba, 1943), Selección de poemas. Foja de poesía n° 015Círculo de Poesía, México, 2009

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jueves, enero 25, 2024

Legna Rodríguez Iglesias / Querida lluvia:




Soy hija de Engels.

También soy escritora. Escribo un libro de cuentos.
Quizá lo lea cualquier gente. La condición es que quiera.

El tío Marx tiene una máquina de escribir. Me
prometió que cuando se quitara la barba sería mía. Aunque el tío Marx
adora su
barba.

Papá tiene otra máquina de escribir. Pero está rota
y arreglarla cuesta al menos un montón de publicaciones.

(... )

Papá y mamá se están separando.

Antes, a mamá le gustaba que papá la llevara a ver
puestas de sol, y a papá le gustaba que mamá le comprara gel para el pelo.

Ahora papá ya no invita a mamá porque dice que es
invierno. Y mamá le responde que siempre ha existido el invierno y las puestas
de sol nunca se han terminado. Y papá continúa con eso de que este invierno es
auténticamente extraño. Entonces mamá resuelve no comprar más gel para el pelo.
En realidad mamá no
puede vivir sin las puestas de sol; y papá no puede vivir sin su gel;
por lo que yo no puedo vivir sin mamá y papá.

Han llegado juntas la noche y Tú.

Papá busca su paraguas. Mamá tiene ganas de llorar.
Papá también tiene ganas de hacerlo, aunque el paraguas le tape la cara.
Entonces mamá se arrepiente y se saca de la manga un gel para el pelo. Papá
guarda el gel en su bolsillo y sonríe asomando una puesta de sol.

Legna Rodríguez Iglesias (Camagüey, Cuba, 1984), Prometeo. Revista Latinoamericana de Poesía, n° 98-99, julio de 2014 /Festival de Poesía de Medellín, agosto de 2014

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miércoles, diciembre 06, 2023

Gastón Baquero / De "Palabras escritas en la arena por un inocente"



I

Yo no sé escribir y soy un inocente.
Nunca he sabido para qué sirve la escritura y soy un inocente.
No sé escribir, mi alma no sabe otra cosa que estar viva.
Va y viene entre los hombres respirando y existiendo.
Voy y vengo entre los hombres y represento seriamente el papel que ellos quieren:
Ignorante, orador, astrónomo, jardinero.

E ignoran que en verdad soy solamente un niño.
Un fragmento de polvo llevado y traído hacia la tierra por el peso de su corazón.
El niño olvidado por su padre en el parque.
De quien ignoran que ríe con todo su corazón, pero jamás con los ojos.
Mis ojos piensan y hablan y andan por su cuenta.
Pero yo represento seriamente mi papel y digo:
Buenos días, doctor, el mundo está a sus órdenes, la medida exacta de la tierra
es hoy de seis pies y una pulgada, ¿no es ésta la medida exacta de su cuerpo?
Pero el doctor me dice:
Yo no me llamo Protágoras, pero me llamo Anselmo.
Y usted es un inocente, un idiota inofensivo y útil.
Un niño que ignora totalmente el arte de escribir.
Vuelva a dormirse.

IX

Estamos en Ceylán a la sombra crujiente de los arrozales.
Hablamos invisiblemente la Emperatriz Faustina,
Juliano el Apóstata y yo.
Niño, dijeron, qué haces tan temprano en Ceylán,
Qué haces en Ceylán si no has muerto todavía.
Y aquí estamos para discutir las palabras del Patriarca Cirilo,
Y hablaremos hebreo, y tú no sabes hebreo?

El emperador Constantino sorbe ensimismado sus refrescos de fresa.
Y oye los vagidos victoriosos del niño occidente.
Desde Alejandría le llegan sueños y entrañas de aves tenebrosas como la herejía.
Pasan Paulino de Tiro y Petrófilo de Shitópolis.
Pasan Narciso de Neronias, Teodoto de Laodicea, el Patriarca Atanasio.
Y el Emperador Constantino acaricia los hombros de un faisán.
Escucha embelesado la ascensión de Occidente.
Y monta un caballo blanquísimo buscando a Arlés.
El primero de Agosto del año trescientos catorce de Cristo.
Sale el Emperador Constantino en busca de Arlés.
Lleva las bendiciones imperiales debajo de su toga,
Y el incienso y el agua en el filo de su espada.
Faustina me prestaba su copa de papel
Y yo bebía del vino que toman los muertos a la hora de dormir.
Pero no conseguían embriagarme
Y de cada palabra que decían sacaba una enseñanza.
El pez vencerá al Arquitecto,
Los hijos son consubstanciales con el padre.
Si descubren un nuevo planeta, habrá conflagraciones, y renunciará a existir el Sínodo de Antioquía.

Y de todo salía una enseñanza.

Estamos en Ceylán a la sombra de los crujientes arrozales.
Mujeres doradas danzan al compás de sus amatistas.
Niños grabados en la flor de amapola danzan briznas de opio.
Y en todo el paraninfo de Ceylán las figuras del sueño testifican:
¿Quién es ese niño que nos escribe en palabra en la arena?
¿Qué sabe él quién lo desata y lanza?

Me prestaba su copa de papel.
El patriarca hablaba desde su estatua de mármol, con su barba natural y voz de adolescente:
Preparáos a morir. La hora está aquí. Vengan.
Continuaba bebiendo el vino de los muertos y fingía dormir.
El patriarca me ponía su manto para cuidarme del sueño.
Y oía su diálogo por debajo del vuelo, la voz enjoyada de Faustina, la voz de la estatua,
el vino de Ceylán, la canción de los pequeños sacrificados en la misa de Ceylán.

¿Quién es ese niño que nos escribe en palabras en la arena?
¿Qué sabe él quien lo desata y lanza?

Una voz contesta desde su garganta de mármol:
Dejadlo dormir, es inocente de todo cuanto hace,
Y sufre su sangre como el martirio de una herejía.
Dormir en la voz helena de Cirilo.
Con las soterradas manos de Faustina.
Dialogando interminablemente Juliano el Apóstata.


X

Echemos algunas gotas de horror sobre la dulzura del mundo.
Mira tu corazón frente a frente, piensa en la terrible belleza y renuncia.
Los ancianos ya tiemblan al soplo de la muerte.
Los ancianos que fueron también la belleza terrible,
Los que turbaron un día las débiles manos de un niño en la arena.
Ellos son los que tiemblan ya ahora al soplo de la muerte.
Piensa en su belleza y piensa en su fealdad.
Aún los seres más bellos conducen un fantasma.
Ellos son los que tiemblan ya ahora al soplo de la muerte.
Escapa, débil niño, a la verdad de tu inocencia.
Y a todos los que se imaginan que no son inocentes
Y adelantándose al proscenio dicen:
Yo sé.

Dejemos vivo para siempre a ese inocente niño.
Porque garabatea insensatamente palabras en la arena.
Y no sabe si sabe o si no sabe.
Y asiste al espectáculo de la belleza como al vivo cuerpo de Dios.
Y dice las palabras que lee sobre los cielos, las palabras que se le ocurren,
a sabiendas de que en Dios tienen sentido.
Y porque asiste al espectáculo de su vida afligidamente.
Porque está en las manos de Dios y no conoce sino el pecado.
Y porque sabe que Dios vendrá a recogerle un día detrás del laberinto.
Buscando al más pequeño de sus hijos perdido olvidado en el parque.
Y porque sabe que Dios es también el horror y el vacío del mundo.
Y la plenitud cristalina del mundo.
Y porque Dios está erguido en el cuerpo luminoso de la verdad como en el cuerpo sombrío de la mentira.
      Dejadlo vivo
      para siempre.

Y el niño de la arena contesta: ¡Gracias!
Y una voz le responde:

      Sea Pablo,
      Sea Cefas,
      sea el mundo,
      sea la vida,
      sea la muerte,
      sea lo presente,
      sea lo por venir,
      todo es vuestro:
      y vosotros de Cristo,
      y Cristo de Dios.

Vuelve a dormirte.

[1941]

Gastón Baquero (Banes, Cuba, 1914 - Madrid, 1997), Poesía completa (1935-1994), Fundación Central Hispano, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Alicante, 2004



Foto: Gastón Baquero, Salamanca, España, 1993 Alfredo Pérez Alencart/Cuba News

viernes, febrero 17, 2023

Damaris Calderón / Mi cabeza está en otra parte



Literalmente:
fuera del camino.
Como el herido
convaleciente que
no puede ser
llevado en hombros.
Monsieur Guillotin
inventó una máquina
para separar
la cabeza del cuerpo.

     (La cabeza cortada
     contempla las cosas tal como son,
     el Presente puro, sin ningún significado,
     sin arriba ni abajo,
     sin simetría, sin figuras.
     Sin desesperación.)

Rápida y eficaz
como el racionalismo.

Damaris Calderón (La Habana, 1967), "Sílabas. Ecce Homo", 2000  Mi cabeza está en otra parte, Alquimia, Chile, 2017


martes, enero 17, 2023

Víctor Rodríguez Núñez / Dos poemas




[La palabra cerrojo para salir del mundo]

 soy yo sin vos
 sin voz
 aquí yollando
             (Oliverio Girondo)

2

con tu aliento desempolvas los santos
predicas en iglesias que abandonan
tienes tu propia fe
está llena de nudos todavía la lijas

no le has dado barniz
con su resina se almizcla este sótano
otra frivolidad que reconforta
una por una besas las ansias esmaltadas

teólogo sin orden sin comulgar
crees lo que descreen
el haz de flores secas restituye la sed

y las sientes gotear en la razón
el apagón de vela desentume la tinta
la memoria del polvo puede hacerte toser

6

como lobos marinos apilados
en la silla lorquiana
afuera como siempre está nevando
se borran las orillas del canal

te falta el aire pero estás tranquila
disfrutas cada átomo
balbuceamos un himno
para llegar al cielo con los trabajadores

¿por que suena la alarma
me da de pronto sed quieres otro juguete?
¿por qué el viento confunde

las huellas de los pájaros?
¿por qué no nos quedamos
para siempre un instante?

Víctor Rodríguez Núñez (La Habana, 1955), Palabras de Poeta, año 7, n° 14, Córdoba, Argentina, noviembre 2022 

lunes, noviembre 28, 2022

Gastón Baquero / Nureyev




Coriolano mi perro leyó en el Times
la muerte de Nureyev. Como lleva tanto tiempo
viviendo con nosotros el bailarín -un poster
de su imagen encubre la astilladura 
de un cristal en la puerta del baño-
Coriolano se echó a llorar desconsoladamente.
Lloraba al estilo gentil de los perros bien educados:
lloraba hacia adentro, sin lágrimas, sin suspiros.
Para aquietarle el corazón acudí a llenar la casa
de bailetes melodiosos: El lago de los cisnes, El espectro
de la rosa, La valse de Ravel. Pero Coriolano
seguía petrificado a la puerta del baño, meditante,
tragándose en silencio su dolor sin gritos.
                                          Rebusqué
hasta pescar en los viejos libros la Receta Universal
de Tycho Brahe para curar penas del corazón y quebrantos del amor,
receta que hallé por pura serendipity. ¡Remedio santo!
¡mano de santo!, bálsamo de Fierabrás, ¡parche de copal
contra el dolor más fiero! Coriolano
apartó al fin sus ojos del bailarín y de su danza;
y pudimos esa mañana salir, como todas las mañanas,
en busca del sol, de los niños felices, de la engañosa vida.

                                                                                                        (1994)

Gastón Baquero (Banes, Cuba, 1914-Madrid, 1997), Periódico de Poesía n° 10, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), México, 1995


Foto: Gastón Baquero, Salamanca, 1992 Chema Guzón/Crear en Salamanca

sábado, octubre 15, 2022

Soleida Ríos / Dos poemas



Poema ofó

No contra el dolor, contra el sufrimiento
no contra la ceguera, contra la rabia
no contra la necesidad, contra el imperio del deseo
no contra el enemigo, contra la enemistad
no contra la pequeñez, contra la disminución
no contra la imaginación, contra el exceso de fantasía
no contra el poder, contra el abuso de poder.

Antes que la defensa, la protección.
Jamás golpea la muerte a una roca
y jamás corre un río hacia atrás.*

18 de junio, 2012

* De la poesía yoruba. Rogelio Martínez Furé, Poesía anónima africana.


Arcano

Abandono.
Detenimiento.
Suspensión.
Lo resistente es el árbol
(guásima, fresno, abedul)
las ramas que sostienen la cuerda
atada al pie
las verdes ramas.

Diríase que a ese muerto, sustraído
no lo soporta una estrategia
(mirar y mirar, ver, entrever
¿qué? desde arriba
caído y, no obstante, por encima
de las líneas de congestión).

Soberano detenimiento. Arde
lo que tiene que arder.
Arde y se apaga.

El que cuelga
puede no calcular
los polos de la frialdad
ni el golpe de una ventolera.
Resiste, pues su manera de hibernar
le da visión.
Ve pasar las carrozas deshilachadas
de los triunfadores.
Ve pasar hacia los blancos cementerios
la cadena de interminables
muertos vivos.

El que cuelga
como mira de frente, ajeno
invertirá los símbolos:
el agua: artificial, la ingravidez: perfecta.
Pero ¿qué es el qué
desde arriba y caído
y no obstante por encima
de las líneas de congestión?

Arde lo que tiene que arder.
Arde y se apaga.

Y en la distancia, confluyendo
en el detenimiento del deseo
la muerte
mas, nunca para reducir.

El que cuelga, cruzado de pies y manos
si despierta, podría beber de sí
podría desplegar desde sí su permanencia.

Pero lo resistente sería el árbol:
guásima, fresno, abedul.

29 de mayo, 1999

Soleida Ríos (Santiago de Cuba, Cuba, 1950), Festival Internacional de Poesía, Buenos Aires, 2022


Foto: Omar Sanz

sábado, marzo 05, 2022

Sergio Leandro / De "Hálito"




6

Hay días que llega hasta mi lecho
el perfume del rocío,
la finísima niebla que se alza
corrompida. 

¿Fue por estos mismos senderos
que marcharon los ejércitos? 

¿Fue aquí donde la caballería a galope
llevó en los ojos el miedo hecho piedra? 

¿Fue aquí que mostró su rostro la muerte? 

Corrió la sangre en este campo,
en el que ahora florecen
azaleas, canolas, dientes de león.

Observa cómo todo persiste unido: 

   Aquí vienen los amantes,
   a descansar bajo el sol y dar voz a sus promesas.

No hay nada nuevo en verdad,
que siga su curso el río. 


10

Antes de caminar y adentrarnos en este campo florido
donde antiguos cadáveres cantan
y hacen crecer espléndidas flores 

hemos de hacer reverencia al silencio
no sea que infrinjamos leyes que desconocemos 

y pretender así
que la belleza más terrible sea

sólo para nuestro deleite. 

Sergio Leandro (Cienfuegos, Cuba, 1981)

Hálito
,
Barnacle,
Buenos Aires, 2022









jueves, julio 29, 2021

Víctor Rodríguez Nuñez / De "La luna según Masao Vicente"

 



palma inclinada
se alebresta el sinsonte
que borda suncia

rompecabezas
kenji guarda las almas
en su almacén

después de muerto
a pedro ese revólver
quién se lo quita

*

en la madera
de mi viejo fusil
otro alfabeto

tiré a matar
bendita la torpeza
que me protege

en la montaña
pesa el triple la pólvora
la ideología

*

la luna aún
en este cielo donde
lorca la puso

sombra que espiga
vértigo de arrozal 
espantapájaros

un cielo cruento
hasta para morir
la luna es buena

*

ni la milicia
ni los bandidos quieren
la luna franca

cueva del diablo
el eco me responde
y con tu voz

dejen en paz
la luna entre los hechos
a nadie acusa  

Víctor Rodríguez Núñez (La Habana, 1955)

La luna según Masao Vicente
,
Espacio Hudson,
Buenos Aires, 2021










sábado, abril 24, 2021

Víctor Rodríguez Núñez / Dos poemas
















drama de marco polo

                      para Margaret Randall

algo he visto del mundo
las tormentas de polvo de managua
la nieve ya desnuda
en los pinares del camino a smolyan
y cómo discuten las banderas en la torre
de la universidad de puerto rico

algo he visto del mundo
las piedras encantadas de palenque
la bahía de miel
que olvidó el verano en ponta delgada
y aquella plaza roja
pintada por kandinsky

algo he visto del mundo
y eso ahonda mi pena
                           nada me pertenece

Los poemas de nadie y otros poemas, Tecnológico de Antioquia, Medellín, 1992


malecón

el ruso con arpón y la santera
pisan fuerte sobre la savia de flamboyán
no hay sentido común
                  solo hollar la belleza

él ensartará su cubera de oro
coleando en el agua enjabonada
ella se casará con su turista
encantado con la asimetría de los pechos

todo en la misma tarde
en que el sol decidió quedarse fijo
sin embargo la lluvia se apersona

se filtra entre las ruinas
cuando la noche vuelva encontrará
desilusión en sal

despegue, Visor, Madrid, 2016

Víctor Rodríguez Núñez (La Habana, 1955)


jueves, octubre 15, 2020

José Lezama Lima / Sobre un grabado de alquimia china

















Debajo de la mesa
se ven como tres puertas
de pequeños hornos,
donde se ven piedras y varas ardiendo,
por donde asoma el enano
que masca semillas para el sueño.
Encima de la mesa
se ven tres cojines grises y azules,
en dos de ellos hay como figuras geométricas
hechas con huevos irrompibles.
Al lado un jarrón sin ornamento.
Pedazos de leña por el suelo.
Un hombre curvado con una balanza
pesa una cesta de almendras.
La varilla de ébano
alcanza de inmediato el fiel.
El hombre que vende
teme a los tres pequeños hornos
que se esconden debajo de la mesa.
Por allí deben salir
las figuras esperadas
que vendrán cuando el pesador
logre el centro de la canasta.
A su derecha el hombre que contempla
absorto al pesador,
juega con unos pájaros.

Junio de 1975

José Lezama Lima (La Habana, 1912-1976), Fragmentos a su imán, Arte y Literatura, La Habana, 1977


miércoles, septiembre 23, 2020

Virgilio Piñera / Dos poemas

























Naturalmente en 1930

Como un pájaro ciego
que vuela en la luminosidad de la imagen
mecido por la noche del poeta,
una cualquiera entre tantas insondables,
vi a Casal
arañar un cuerpo liso, bruñido.
Arañándolo con tal vehemencia
que sus uñas se rompían,
y a mi pregunta ansiosa respondió
que adentro estaba el poema.
 
Una broma colosal, 1988


Poema para la poesía

Avanza el mar y quiere el blondo pez ensimismarse lentamente,
ensimismarse sin la menor espuma en medio de estos peces agrupados
junto a una estatua combatida ferozmente por la única ola
que viene de noche a morder su rostro impasible.
No, yo no quiero entrar por esa puerta:
pequeñas conchas y fúnebres caballos haciendo la vida,
sin la menor ondulación, sin el menor simulacro de mascarada,
todo claramente como si un sueño fuera a producirse.

Así vamos en la deteriorada vértebra a salir al mar,
notablemente arrugado sin mi amoroso deseo,
sin los castillos donde lame un perro.
Estos animales venían de muy lejos,
sin traer en sus patas el postrer deseo de las damas.
Entra el cartero y me entrega la carta recibida en el sueño,
esas tarjetas con la pálida Rosamunda parada sobre sus senos.
Imposible pensar la vida a través de una lluvia matemática.


Leves pisadas en el fango espeso de la copa del gigante.
No me detengo, no me asombro,
la sorpresa llega en el vientre de un pez.
Tu paz y las desesperadas llamadas del amor,
violar las túnicas dejando el cuerpo intacto.
Dioses, dioses, palabras siempre yacentes
para que nadie interrumpa su alta majestad.
Estoy impulsando este poema y esto puede matarme.

Perro, ven perro, perro sin un ladrido, desoladamente canino.
Qué flores arrojar o qué gavetas.
Todo va a comenzar. Tengo una cáscara.

Los pergaminos, los rollos y las indefinibles técnicas del hombre,
como si envolver, plegar fuera el objeto de esa garra.
No salen por la ventana las llamas y el humo no indica
que el Papa se llamará Impiedad.

Las mujeres avanzan con un pie en la boca,
mi caracol resonador revienta la cabeza de la comedianta.
Todo el mundo ha olvidado su papel:
¡Qué alegría no representar esta noche!
El público protesta y comienza el coito de las sirenas.

Este seno… qué indescriptible viaje me ha contado,
era algo así como si un caballo y la creación poética se reuniesen en un jardín.
¡Oh qué furia!, yerbas pisoteadas, y la mejor flor interrumpiendo su perfume.

¡Qué furia, qué dolor! Estas espumas y el punzante recuerdo
de aquellos pies cercenados en lo mejor de la danza.
Un viaje indescriptible de la soledad de los danzantes,
con la soledad y la melodía extraviada de una orquesta.
Puedo perecer y encontrar un amigo.

Esta cabeza, sus llamas, sus cabellos empapados de melancolía,
las primeras venas y el hueso donde llamo para distraerme.
El pantano del espíritu…
No, yo no quiero, no quiero.

¡Oh, perro mío, orina más y más con tu pata levantada!
El frío mortal de estos países cálidos:
usted llama, nadie responde,
las bocas apretadas, la sangre en la planta de los pies
y el corazón como un antiguo salón abandonado.
Necesito el amor, las toallas, los monumentos.
Vanas lamentaciones. Un pulpo suelta su tinta y se pone a llorar.
No, yo no quiero entrar,
y el mundo me basta.
¿Para qué todo ese vano aparato? ¿Para qué ese juez?
No, yo no quiero entrar,
tejo las últimas guirnaldas y tiendo la vista al horizonte.
¿Y si de pronto me quedo muerto en medio de la calle?
¿Y si de pronto comprendo el amor?
¿Y si súbitamente me dibujo?
¡Oh, no, qué hiriente melodía, qué ladrido!
¿Concretamente puedo enumerarme?

Pero de súbito me quedo sin los símbolos:
sabe usted, un mundo enteramente inerte:
me presentan un cuadro. Nada.
Me entregan a la música. Nada.
Me leen un poema. Nada.
¿Quién irá a perecer?

¡Oh, piedras, muchas piedras, rocas, cubridme!
Un dedo en el agua puede comunicar el frío a todo el cuerpo.
Sería inútil saber que Filemón y Baucis…
Inútilmente llegas a decirme que Leonardo…
No –te digo–, y casi me sonrío.
¡Qué miseria!: pájaro, oiseau, bird, uccello…
Es para golpearse la cabeza,
es para no existir.
Babel, Babel, Babel, pero nadie responde.

El viento acompaña esta amarga costumbre que es hablar,
su médula corriendo enloquecida por las cámaras de la flauta
como si la última palabra fuera a ser pronunciada
o como si el gato frente a mí dijera:
«Hoy hará un hermoso día…».
Usted se inclina, yo me inclino, no hablamos media palabra,
usted me clava un puñal, yo robo un reloj de oro.
No, no hay juez,
el pelotón de fusilamiento ofrece al reo una merienda.
El mundo como hechos sin calificativos.
¿Y aquella frase?
«Un corcho en medio de las hirvientes aguas»…
No queda una sola fotografía del Partenón ni tampoco del Vaticano,
nada queda sino el Amor.
¡Oh, perro, perro mío, aúlla,
ofréceme un poema de aullidos, concédeme esta gracia extrema,
tú mismo lo leerás,
mientras yo quemo los demás poemas!

1944 

La vida entera, 1968

Virgilio Piñera (Cárdenas, Cuba, 1912-La Habana, 1979), La isla en peso. Obra poética, Tusquets Editores, Barcelona, 2000


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Foto: Virgilio Piñera por Ida Kar, 1964 National Portrait Gallery; London

sábado, diciembre 28, 2019

Virgilio Piñera / Pequeño poema de Navidad

       

                                           Para Graciela Peyrou

¿Naciste ya, Señor?
¿O esperas la señal
del dolor para venir al mundo?
Tu cuerpo, sin mundo todavía,
¿se estremece y se dobla como el dolor del hombre?

¿Naciste ya, Señor?
¿Eres humano y triste?

Tú, Señor, jadeante y perruno
chocas las paredes
del templo de tu padre.
Y tú, Señor, también
a tu padre le pides
la venida a la tierra de un salvador del mundo.

                                             24 de diciembre de 1953

Virgilio Piñera (Cárdenas, Cuba, 1912-La Habana, 1979), "Poemas desaparecidos" *, La Isla en peso. Obra poética, Tusquets, Barcelona, 2000

* Se trata, según explica el prólogo de este libro, de poemas que Piñera afirmaba había perdido casual o intencionalmente. De ellos conservaba, sin embargo, algunos para "la voracidad" de los biógrafos. Piñera ordenó sus libros y los dejó listos para la imprenta antes de su muerte, incluida la muestra de los poemas "desaparecidos" (Nota del Administrador)


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miércoles, septiembre 25, 2019

José Lezama Lima / Una oscura pradera me convida




















Una oscura pradera me convida,
sus manteles estables y ceñidos,
giran en mí, en mi balcón se aduermen.
Dominan su extensión, su indefinida
cúpula de alabastro se recrea.
Sobre las aguas del espejo,
breve la voz en mitad de cien caminos,
mi memoria prepara su sorpresa:
gamo en el cielo, rocío, llamarada.

Sin sentir que me llaman
penetro en la pradera despacioso,
ufano en nuevo laberinto derretido.

Allí se ven, ilustres restos,
cien cabezas, cornetas, mil funciones
abren su cielo, su girasol callando.

Extraña la sorpresa en este cielo,
donde sin querer vuelven pisadas
y suenan las voces en su centro henchido.

Una oscura pradera va pasando.
Entre los dos, viento o fino papel,
el viento, herido viento de esta muerte
mágica, una y despedida.
Un pájaro y otro ya no tiemblan.

[de Enemigo rumor, 1941]

José Lezama Lima (La Habana, 1912–1976), Antología de la poesía cubana, selección de José Miguel Oviedo, Ediciones Paradiso, Lima, 1968
Envío de Jonio González

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes - Diario de Cuba (audio) - La Soledad de la Página en Blanco - 
A Media Voz - Otra Iglesia Es Imposible

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Foto: Lezama Lima, 1970 Iván Cañas/France Press/El País

lunes, julio 29, 2019

Severo Sarduy / Morandi















Una lámpara. Un vaso. Una botella.
Sin más utilidad ni pertinencia
que estar ahí, que dar a la consciencia
un soporte casual. Mas no la huella
del hombre que la enciende o que los usa
para beber: todo ha sido blanqueado
o cubierto de cal y nada acusa
abandono, descuido ni cuidado.
Sólo la luz es familiar y escueta
el relieve eficaz; la sombra neta
se alarga en el mantel. El día quedo
sigue el paso del tiempo con su vaga
irrealidad. La tarde ya se apaga.
Los objetos se abrazan: tienen miedo.

Severo Sarduy (Camagüey, Cuba, 1937-París, 1993), Un testigo fugaz y disfrazado, Hiperión, Madrid, 1993
Envío de Jonio González

Escritores - A Media Voz - Círculo de Poesía - Revue Noire - La Silla Prestada - Otra Iglesia Es Imposible
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Foto: Revue Noire

sábado, junio 15, 2019

Reina María Rodríguez / El éxito

















De todo lo que ha pasado
la explicación es lo peor que ha pasado.
Una madre no es un día
para ir a la tienda.
Una madre tose,
se resfría
y pregunta cosas que nunca
responderás.
Es así esta cadena
desleal.

Toqué sus dedos tan delgados
despidiéndome,
pero en mi cabeza aún sigues joven
bañándote en el mar con la trusa
negra y amarilla
llenita de flores rojas sobre el vientre.
Lo peor de todo es explicar lo que dimos
o lo que no pudimos dar,
lo que está inhabitado
y se protege
sin más explicación.

II

Siento su voz
llamándome
cuando desde la ventanilla
la veo jugar entre olas
que pronto no volverán
-aunque la resaca la traiga
con el plato de sopa a la escalera-,
o el dinerito de un vuelto
que me presta
y nunca devolveré
con el mapa de un retazo que sobró
aunque no alcance esta vez
al estirarlo más
para que la blusa caiga
ranglán
sobre la necesidad del hombro,
sus botones cosidos
unos encima de otros
reafirmando
con hilo naranja
lo que no puede ver.

III

Alguien está tocando el piano
y alguien se detiene junto a él
es ella, la que cosió vestidos
interminables como teclas
sobre acordes
finitos.
Soy yo, la que hice poemas
que no son suficientes
para dar una explicación
que no sea baratija:
un vestido, un color, un botón,
el rastro (el trapi)
“Rojo, blanco y azul”
que nosotras llamábamos:
“El éxito”
y no le decíamos a nadie
dónde quedaba
para ser cómplices
y dueñas del misterio.

IV

Un beso ladeado
se resbala de la mejilla,
sale a la carretera
y se dispersa
hacia el retrovisor que marca
la inocencia,
del tiempo de una vida
donde nos creíamos inteligentes.
Esos fueron nuestros viajes
y nuestras desavenencias.
Voy a morirme sin ti
-como ella morirá sin mí.
Está escrito en el sueño
con zapatos viejos.
Es el destino
una repetición
de la mano abierta
con sus finas líneas
controversiales.

Si volviera a nacer
a tener una hija y una madre
pediría que fueran ustedes.
Les diría lo que no está explicado
en la explicación
frente a la puerta de salida
donde uno no sabe ni dice
cuánto puede dar
ni merecer.

[Inédito]

Reina María Rodríguez (La Habana, 1952), Festival Internacional de Poesía de Buenos Aires, 2019
:
Radio Televisión Martí - Diario de Cuba - El País - LL Journal - Vallejo & Co.
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Foto: José Pérez Gómez

sábado, junio 08, 2019

José Lezama Lima / Pensamientos en La Habana















Porque habito un susurro como un velamen,
una tierra donde el hielo es una reminiscencia,
el fuego no puede izar un pájaro
y quemarlo en una conversación de estilo calmo.
Aunque ese estilo no me dicte un sollozo
y un brinco tenue me deje vivir malhumorado,
no he de reconocer la inútil marcha
de una máscara flotando donde yo no pueda,
donde yo no pueda transportar el picapedrero o el picaporte
a los museos donde se empapelan asesinatos
mientras los visitadores señalan la ardilla
que con el rabo se ajusta las medias.
Si un estilo anterior sacude el árbol,
decide el sollozo de dos cabellos y exclama:
my soul is not in an ashtray.

Cualquier recuerdo que sea transportado,
recibido como una galantina de los obesos embajadores de antaño,
no nos hará vivir como la silla rota
de la existencia solitaria que anota la marea
y estornuda en otoño.
Y el tamaño de una carcajada,
rota por decir que sus recuerdos están recordados,
y sus estilos los fragmentos de una serpiente
que queremos soldar
sin preocuparnos de la intensidad de sus ojos.
Si alguien nos recuerda que nuestros estilos
están ya recordados;
que por nuestras narices no excogita un aire sutil,
sino que el Eolo de las fuentes elaboradas
por las que decidieron que el ser
habitase en el hombre,
sin que ninguno de nosotros
dejase caer la saliva de una decisión bailable,
aunque presumimos como las demás hombres
que nuestras narices lanzan un aire sutil.
Como sueñan humillarnos,
repitiendo día y noche con el ritmo de la tortuga
que oculta el tiempo en su espaldar:
ustedes no decidieron que el ser habitase en el hombre;
vuestro Dios es la luna
contemplando como una balaustrada
al ser entrando en el hombre.
Como quieren humillarnos, le decimos
the chief of the tribe descended the staircase.

Ellos tienen unas vitrinas y usan unos zapatos.
En esas vitrinas alternan el maniquí con el quebrantahuesos disecado,
y todo lo que ha pasado por la frente del hastío
del búfalo solitario.
Si no miramos la vitrinas charlan
de nuestra insuficiente desnudez que no vale una estatuilla de Nápoles.

Si la atravesamos y no rompemos los cristales,
no subrayan con gracia que nuestro hastío puede quebrar el fuego
y nos hablan del modelo viviente y de la parábola del quebrantahuesos.
Ellos que cargan con sus maniquíes a todos los puertos
y que hunden en sus baúles un chirriar
de vultúridos disecados.
Ellos no quieren saber que trepamos por las raíces húmedas del helecho
-donde hay dos hombres frente a una mesa; a la derecha, la jarra
y el pan acariciado-,
y que aunque mastiquemos su estilo,
we don't choose our shoes in a show-window.

El caballo relincha cuando hay un bulto
que se interpone como un buey de peluche,
que impide que el río le pegue en el costado
y se bese con las espuelas regaladas
por una sonrosada adúltera neoyorquina.
El caballo no relincha de noche;
los cristales que exhala por su nariz,
una escarcha tibia, de papel;
la digestión de las espuelas
después de recorrer sus músculos encristalados
por un sudor de sartén.
El buey de peluche y el caballo
oyen el violín, pero el fruto no cae
reventado en su lomo frotado
con un almíbar que no es nunca el alquitrán.
El caballo resbala por el musgo donde hay una mesa que exhibe las espuelas,
pero la oreja erizada de la bestia no descifra.

La calma con música traspiés
y ebrios caballos de circo enrevesados,
donde la aguja muerde porque no hay un leopardo
y la crecida del acordeón
elabora una malla de tafetán gastado.
Aunque el hombre no salte, suenan
bultos divididos en cada estación indivisible,
porque el violín salta como un ojo.
Las inmóviles jarras remueven un eco cartilaginoso:
el vientre azul del pastor
se muestra en una bandeja de ostiones.
En ese eco del hueso y de la carne, brotan unos bufidos
cubiertos por un disfraz de telaraña,
para el deleite al que se le abre una boca,
como la flauta de bambú elaborada
por los garzones pedigüeños.
Piden una cóncava oscuridad
donde dormir, rajando insensibles
el estilo del vientre de su madre.
Pero mientras afilan un suspiro de telaraña
dentro de una jarra de mano en mano,
el rasguño en la tiorba no descifra.

Indicaba unas molduras
que mi carne prefiere a las almendras.
Unas molduras ricas y agujereadas
por la mano que las envuelve
y le riega los insectos que la han de acompañar.
Y esa espera, esperada en la madera
por su absorción que no detiene al jinete,
mientras no unas máscaras, los hachazos
que no llegan a las molduras,
que no esperan como un hacha, o una máscara,
sino como el hombre que espera en una casa de hojas.
Pero al trazar las grietas de la moldura
y al perejil y al canario haciendo gloria,
l'etranger nous demande le garçon maudit.

El mismo almizclero conocía la entrada,
el hilo de tres secretos
se continuaba hasta llegar a la terraza
sin ver el incendio del palacio grotesco.
¿Una puerta se derrumba porque el ebrio
sin las botas puestas le abandona su sueño?
Un sudor fangoso caía de los fustes
y las columnas se deshacían en un suspiro
que rodaba sus piedras hasta el arroyo.
Las azoteas y las barcazas
resguardan el líquido calmo y el aire escogido;
las azoteas amigas de los trompos
y las barcazas que anclan en un monte truncado,
ruedan confundidas por una galantería disecada que sorprende
a la hilandería y al reverso del ojo enmascarados tiritando juntos.

Pensar que unos ballesteros
disparan a una urna cineraria
y que de la urna saltan
unos pálidos cantando,
porque nuestros recuerdos están ya recordados
y rumiamos con una dignidad muy atolondrada
unas molduras salidas de la siesta picoteada del cazador.
Para saber si la canción es nuestra o de la noche,
quieren darnos un hacha elaborada en las fuentes de Eolo.
Quieren que saltemos de esa urna
y quieren también vernos desnudos.
Quieren que esa muerte que nos han regalado
sea la fuente de nuestro nacimiento,
y que nuestro oscuro tejer y deshacerse
esté recordado por el hilo de la pretendida.
Sabemos que el canario y el perejil hacen gloria
y que la primera flauta se hizo de una rama robada.

Nos recorremos
y ya detenidos señalamos la urna y a las palomas
grabadas en el aire escogido.
Nos recorremos
y la nueva sorpresa nos da los amigos
y el nacimiento de una dialéctica:
mientras dos diedros giran mordisqueándose,
el agua paseando por los canales de los huesos
lleva nuestro cuerpo hacia el flujo calmoso
de la tierra que no está navegada,
donde un alga despierta digiere incansablemente a un pájaro dormido.
Nos da los amigos que una luz redescubre
y la plaza donde conversan sin ser despertados.
De aquella urna maliciosamente donada,
saltaban parejas, contrastes y la fiebre
injertada en los cuerpos de imán
del paje loco sutilizando el suplicio lamido.
Mi vergüenza, los cuernos de imán untados de luna fría,
pero el desprecio paría una cifra
y ya sin conciencia columpiaba una rama.
Pero después de ofrecer sus respetos,
cuando bicéfalos, mañosos correctos
golpean con martillos algosos el androide tenorino,
el jefe de la tribu descendió la escalinata.

Los abalorios que nos han regalado
han fortalecido nuestra propia miseria,
pero como nos sabemos desnudos
el ser se posará en nuestros pasos cruzados.
Y mientras nos pintarrajeaban
para que saltásemos de la urna cineraria,
sabíamos que como siempre el viento rizaba las aguas
y unos pasos seguían con fruición nuestra propia miseria.
Los pasos huían con las primeras preguntas del sueño.
Pero el perro mordido por luz y por sombra,
por rabo y cabeza;
de luz tenebrosa que no logra grabarlo
y de sombra apestosa; la luz no lo afina
ni lo nutre la sombra; y así muerde
la luz y el fruto, la madera y la sombra,
la mansión y el hijo, rompiendo el zumbido
cuando los pasos se alejan y él toca en el pórtico.
Pobre río bobo que no encuentra salida,
ni las puertas y hojas hinchando su música.
Escogió, doble contra sencillo, los terrones malditos,
pero yo no escojo mis zapatos en una vitrina.

Al perderse el contorno en la hoja
el gusano revisaba oliscón su vieja morada;
al morder las aguas llegadas al río definido,
el colibrí tocaba las viejas molduras.
El violín de hielo amortajado en la reminiscencia.
El pájaro mosca destrenza una música y ata una música.
Nuestros bosques no obligan el hombre a perderse,
el bosque es para nosotros una serafina en la reminiscencia.
Cada hombre desnudo que viene por el río,
en la corriente o el huevo hialino,
nada en el aire si suspende el aliento
y extiende indefinidamente las piernas.
La boca de la carne de nuestras maderas
quema las gotas rizadas.
El aire escogido es como un hacha
para la carne de nuestras maderas,
y el colibrí las traspasa.
Mi espalda se irrita surcada por las orugas
que mastican un mimbre trocado en pez centurión,
pero yo continúo trabajando la madera,
como una uña despierta,
como una serafina que ata y destrenza en la reminiscencia.
El bosque soplado
desprende el colibrí del instante
y las viejas molduras.
Nuestra madera es un buey de peluche;
el estado ciudad es hoy el estado y un bosque pequeño.
El huésped sopla el caballo y las lluvias también.
El caballo pasa su belfo y su cola por la serafina del bosque;
el hombre desnudo entona su propia miseria,
el pájaro mosca lo mancha y traspasa.
Mi alma no está en un cenicero.

[Revista Orígenes n° 3, 1944, La Habana]

José Lezama Lima (La Habana, 1912–1976). La Jiribilla, año XII, n° 774, La Habana, abril de 2016
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Foto: Leedor