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lunes, febrero 05, 2018

Pedro Salinas / De "Poema del Mío Cid puesto en romance vulgar y lenguaje moderno"
















[Fragmentos]


3
El Cid entra en Burgos

Ya por la ciudad de Burgos el Cid Ruy Díaz entró.
Sesenta pendones lleva detrás el Campeador.
Todos salían a verle, niño, mujer y varón,
a las ventanas de Burgos mucha gente se asomó.
¡Cuántos ojos que lloraban de grande que era el dolor!
Y de los labios de todos sale la misma razón:
“¡Qué buen vasallo sería si tuviese buen señor!”

4
Nadie hospeda al Cid.

  Sólo una niña le dirige la palabra para mandarle alejarse.
El Cid se ve obligado a acampar fuera de la población, en la glera.

De grado le albergarían, pero ninguno lo osaba,
que a Ruy Díaz de Vivar le tiene el rey mucha saña.
La noche pasada a Burgos llevaron una real carta
con severas prevenciones y fuertemente sellada
mandando que a Mío Cid nadie le diese posada,
que si alguno se la da sepa lo que le esperaba:
sus haberes perdería, más los ojos de la cara,
y además se perdería salvación de cuerpo y alma.
Gran dolor tienen en Burgos todas las gentes cristianas
de Mío Cid se escondían: no pueden decirle nada.
Se dirige Mío Cid adonde siempre paraba;
cuando a la puerta llegó se la encuentra bien cerrada.
Por miedo del rey Alfonso acordaron los de casa
que como el Cid no la rompa no se la abrirán por nada.
La gente de Mío Cid a grandes voces llamaba,
los de dentro no querían contestar una palabra.
Mío Cid picó el caballo, a la puerta se acercaba,
el pie sacó del estribo, y con él gran golpe daba,
pero no se abrió la puerta, que estaba muy bien cerrada.
La niña de nueve años muy cerca del Cid se para:
“Campeador que en bendita hora ceñiste la espada,
el rey lo ha vedado, anoche a Burgos llegó su carta,
con severas prevenciones y fuertemente sellada.
No nos atrevemos, Cid, a darte asilo por nada,
porque si no perderíamos los haberes y las casas,
perderíamos también los ojos de nuestras caras.
Cid, en el mal de nosotros vos no vais ganando nada.
Seguid y que os proteja Dios con sus virtudes santas.”
Esto le dijo la niña y se volvió hacia su casa.
Bien claro ha visto Ruy Díaz que del rey no espere gracia.
De allí se aparta, por Burgos a buen paso atravesaba,
a Santa María llega, del caballo descabalga,
las rodillas hinca en tierra y de corazón rogaba.
Cuando acabó su oración el Cid otra vez cabalga,
de las murallas salió, el río Arlanzón cruzaba.
Junto a Burgos, esa villa, en el arenal posaba,
las tiendas mandó plantar y del caballo se baja.
Mío Cid el de Vivar que en buen hora ciñó espada
en un arenal posó, que nadie le abre su casa.
Pero en torno suyo hay guerreros que le acompañan.
Así acampó Mío Cid cual si anduviera en montaña.
Prohibido tiene el rey que en Burgos le vendan nada
de todas aquellas cosas que le sirvan de vianda.
No se atreven a venderle ni la ración más menguada.

Pedro Salinas (Madrid, 1891-Boston, Estados Unidos, 1951), Poema de Mio Cid, puesto en romance vulgar y lenguaje moderno, Ed. Revista de Occidente, Madrid, [1926] 1965

Hathi Trust
https://catalog.hathitrust.org/Record/007129015
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes


3

Mio Çid Ruy Diaz | por Burgos entrava,
en su compaña | .lx. pendones levava.
Exien lo ver | mugieres e varones,
burgeses e burgesas | por las finiestras son,
plorando de los ojos | tanto avien el dolor.
De las sus bocas | todos dizian una razon:
«¡Dios, que buen vassalo! | ¡Si oviesse buen señor!»

4

Conbidar le ien de grado| mas ninguno non osava;
el rey don Alfonsso | tanto avie la grand saña,
antes de la noche | en Burgos del entro su carta
con grand recabdo | e fuerte mientre sellada,
que a mio Çid Ruy Diaz | que nadi nol diesse(n) posada,
e aquel que gela diesse | sopiesse - vera palabra -
que perderie los averes | e mas los ojos de la cara
e aun demas | los cuerpos e las almas.
Grande duelo avien | las yentes christianas;
asconden se de mio Çid | ca nol osan dezir nada.
El Campeador | adeliño a su posada;
asi commo lego a la puerta | falola bien çerrada
por miedo del rey Alfonsso | que assi lo avien parado
que si non la quebrantas por fuerça | que non gela abriese nadi.
Los de mio Çid | a altas vozes laman,
los de dentro | non les querien tornar palabra.
Aguijo mio Çid, | a la puerta se legava,
saco el pie del estribera, | una feridal dava;
non se abre la puerta | ca bien era çerrada.
Una niña de nuef años| a ojo se parava:
«¡Ya Campeador | en buen ora çinxiestes espada!
El rey lo ha vedado, | anoch del entro su carta
con grant recabdo | e fuerte mientre sellada.
Non vos osariemos abrir | nin coger por nada;
si non, perderiemos | los averes e las casas
e demas | los ojos de las caras.
Çid, en el nuestro mal | vos non ganades nada;
mas ¡el Criador vos vala | con todas sus vertudes santas!»
Esto la niña dixo | e tornos pora su casa.
Ya lo vee el Çid | que del rey non avie graçia.
Partios de la puerta, | por Burgos aguijava,
lego a Santa Maria, | luego descavalga,
finco los inojos, | de coraçon rogava.
La oraçion fecha | luego cavalgava;
salio por la puerta | e (en) Arlançon p[a]sava.
Cabo essa villa | en la glera posava,
fincava la tienda | e luego descavalgava.
Mio Çid Ruy Diaz | el que en buen ora çinxo espada
poso en la glera | quando nol coge nadi en casa,
derredor del | una buena conpaña.
Assi poso mio Çid | commo si fuesse en montaña.
Vedada l'an compra | dentro en Burgos la casa
de todas cosas | quantas son de vianda;
non le osarien vender | al menos dinarada.
 
Poema del Mío Cid h.1140 Biblioteca Agustana

domingo, agosto 07, 2016

Pedro Salinas / La forma de querer tú...











[Versos 1385 a 1406]

La forma de querer tú
es dejarme que te quiera.
El sí con que te me rindes
es el silencio. Tus besos
son ofrecerme los labios
para que los bese yo.
Jamás palabras, abrazos,
me dirán que tú existías,
que me quisiste: jamás.
Me lo dicen hojas blancas,
mapas, augurios, teléfonos;
tú, no.
Y estoy abrazado a ti
sin preguntarte, de miedo
a que no sea verdad
que tú vives y me quieres.
Y estoy abrazado a ti
sin mirar y sin tocarte.
No vaya a ser que descubra
con preguntas, con caricias,
esa soledad inmensa
de quererte sólo yo.

Pedro Salinas (Madrid, 1891-Boston, Estados Unidos, 1951), "La voz a ti debida" [1933], La felicidad inminente, Biblioteca de El Mundo, Madrid, 1998

martes, julio 30, 2013

Poemas elegidos, 91


Flora Vronsky
(Buenos Aires, 1978)

La voz a ti debida, de Pedro Salinas
Encontré a Salinas justo en el momento en que me había convencido de que la poesía debía ser amarga y oscura. Las incipientes escaramuzas con el desamor y la lectura obsesiva de algunos poetas franceses habían contribuido a patinar una adolescencia que acababa con dramatismo, sí, pero también con un deseo abyecto de tormentos que me acercaran a 'lo poético' real. Quería sufrir. Quería que me doliera todo. Como decía Gil de Biedma, creía que quería ser poeta pero en el fondo quería ser poema.
La voz a ti debida, esa obra monumental de Pedro Salinas, me impactó en lo más profundo del cuerpo -porque la palabra es física- devolviéndome una luz que me resistía a ver. Entablamos entonces una lucha sin fusiles pero plena de heridas que hoy dan cuenta de esa dialéctica constante entre el hacer y el padecer, entre la posibilidad de la existencia de la luz y la certeza de la oscuridad que es, siempre. Ese match fue un punto de inflexión en mi formación poética y en mi proceso creativo. Nada volvió a ser igual.
En esas lides heracliteanas comencé a comprender el funcionamiento de lo que María Zambrano llama razón poética, esa noción que años después se volvería tan capital para mí. Salinas abrió una puerta lírica, potente, que se convirtió con el tiempo en un viaducto de fuerzas y vectores por el cual mi pretensión poética se canaliza hoy. Y este fragmento particular fue la cachetada de posibilidad que reacomodó mis tormentos juveniles en un movimiento tanto de respeto como de ruptura.
Algún día escribiré una oda a Salinas, lo sé. Pero también sé que vuelvo a él cada vez que en ese viaducto se manifiesta algún piquete que resiste, algún corte que detiene el fluir de esas fuerzas y que reactualiza la lucha con la que todo comenzó.




La voz a ti debida
(Versos 702 a 739)

¡Sí, todo con exceso:
la luz, la vida, el mar!
Plural todo, plural,
luces, vidas y mares.
A subir, a ascender
de docenas a cientos,
de cientos a millar,
en una jubilosa
repetición sin fin,
de tu amor, unidad.
Tablas, plumas y máquinas,
todo a multiplicar,
caricia por caricia,
abrazo por volcán.
Hay que cansar los números.
Que cuenten sin parar,
que se embriaguen contando,
y que no sepan ya
cuál de ellos será el último:
¡qué vivir sin final!
Que un gran tropel de ceros
asalte nuestras dichas
esbeltas, al pasar,
y las lleve a su cima.
Que se rompan las cifras,
sin poder calcular
ni el tiempo ni los besos.
Y al otro lado ya
de cómputos, de sinos,
entregamos a ciegas
—¡exceso, qué penúltimo!—
a un gran fondo azaroso
que irresistiblemente
está
cantándonos a gritos
fúlgidos de futuro:
«Eso no es nada, aún.
Buscaos bien, hay más».

Pedro Salinas (Madrid, 1891-Boston, 1951)


Foto: Flora Vronsky en FB