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miércoles, octubre 26, 2022

Paulina Vinderman / De "Puerto Ausencia"



2

Todo ocurre ahora al mismo tiempo,
igual que en el poema: el pasado, el futuro
y el imposible presente.
* "Se marcharon, los dioses, el día
de la extraña marea".
¿Quién se atreve a decir que es demasiado?
Que la luna nada diga es irreparable.
Que el sol se adueñe del amor
con majestad, mientras las cosas mueren,
es irreparable.
La madrugada canta
una canción que no conozco.
No hay nada aquí, salvo mi pequeña vida:
llorar las muertes, aprender
lo que no sé.


* John Banville.


4

¿Qué vuela ahora en el jardín que no tuve?
Ese lugar donde escribo.
Vuela un viento blanco
contra un cielo enfermo de transparencia.
El jardín está en ruinas,
hay una estatua rota, que por eso
es más bella, y un grupo de cactus
entre los escombros.
El lenguaje absorbe la luna
de las piedras
y habla por fin de lo improbable.
El poema se parece a un guerrero
encendiendo la espada
para sobrevivir.

Paulina Vinderman (Buenos Aires, 1944), Op. Cit. 28 de agosto de 2022


Puerto Ausencia
Alción Editora, 
Córdoba, Argentina, 2022











Foto: Paulina Vinderman, Casa de la Lectura, Buenos Aires, 2010

jueves, febrero 17, 2022

Paulina Vinderman / De "Adelaida"



22

Me quedaré junto al tamarindo
hasta que se ponga el sol.
El árbol me dará las palabras, eso si
los pájaros no lo confunden con sus voces azules.
Azules como los hematomas de este silencio desatado.
Cuando cierro los ojos sueño que
es invierno y las estrellas fosforecen de frío
como espejos.


27

La tarde se une a mi cansancio.
En Adelaida está hecha de seda. 
Espera la noche como si fuera una caja
de memoria, un vislumbre de cielos
o de patios.
El tamarindo se reclina obediente a mi fábula.
Diosa fragilidad, debo cantarle.
Aquí, donde islote y pluma son la misma cosa.
Un museo de nubes que mis ojos fotografían
como hogueras.

La muerte se hamaca en la plaza, muy cerca,
donde empieza mi orilla.


41

Esta tierra no es la tierra de mis muertos.
¿Me conmovió acaso su nombre de ciudad australiana?
¿Su pequeñez que parece vulnerable?
El recuerdo de guerras, su alma desahuciada
como parte de la mía.
No hay tambores de entendimiento
ni diálogos de filosofía.

Si muero antes de regresar, no me repatrien,
que mis huesitos se empapen de esta tierra hosca y dulce.
Todo está quieto y duerme en el corazón del fruto.


42

Dije (dijo Blanca Varela), hay un árbol talado en esta historia.
Hubo 30.000 más en mi bosque país.
Quedó un claro con pequeñas margaritas
de dolor tapizándolo todo.
Imaginé para él un girasol, se dobló en reverencia.
Imaginé una violeta, se murió de belleza,
Intenté contarlo y hablé de frasquitos
color caramelo, no de pájaros helados
ni de los inmensos lavaderos del sueño.
Estoy cerca, amor oscuro, 
y duermo en las letras de mi bosque
apagando los fósforos con los dedos.

Paulina Vinderman (Buenos Aires, 1944)

Adelaida
,
Aguacero Ediciones,
Buenos Aires, 2020










viernes, junio 19, 2020

Paulina Vinderman / Dos poemas



















7

El sargento cojo reparte las mantas
como medallas al valor.
Recorro con él el pabellón y me cuenta
su historia, amarga (almendra amarga sin cianuro).
Padre mira con asombro su manta anaranjada
que resplandece como alguna vez su vida,
como alguna vez el pelo de mi muñeca
en su bolsillo enorme.
Da vuelta la cabeza, se va a su rincón sombrío
sin que pueda seguirlo,
yo quedo tratando de hurgar entre los hilos
de la vieja cobija alguna letra de un idioma
perdido.
Soy una epigrafista.
Y creo en mi dolor.

Hospital de veteranos (2006)


[Quise dormir…]

Quise dormir en la vieja cama del arte
para encontrar consuelo.
Es un viejo sueño, me dice el arqueólogo.
Un sueño desde las cuevas del paleolítico,
sólo se necesita coraje al despertar.
La realidad semeja un eco de migraciones,
una llanura seca donde buscamos un árbol de mango
para hundirnos en su sombra.

Lo real siempre está diciéndonos adiós.

inédito

Paulina Vinderman (Buenos Aires, 1944), Op. Cit., junio 5, 2020

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Foto: Antonio Nava

jueves, octubre 13, 2016

Paulina Vinderman / A la luz de la antorcha...















A la luz de la antorcha que Ohme sostiene,
el bisonte resplandece.
Me he esforzado en sus patas y en hacer oír
la sombra de su rojo sangre.

Un poco más, un poco más, y será una presencia,
así dicen.

Mi cansancio es triste
cuando suelto la espátula de hueso.
Ohme es feliz porque ha aprendido el sonido
del color.
¿Soy sólo yo?
¿Sólo yo siento en mi estómago la ausencia?

Me he convertido en un pintor de ausencias.
No soy el animal, el animal no es.
Vivo para esta hecatombe:
buscar el lugar anterior al mundo,
como perro lobo que aúlla en la noche.

                         a los pintores del Paleolítico

Paulina Vinderman (Buenos Aires, 1944), Cuaderno de dibujo
Publicará Alción Editora, Córdoba, Argentina

sábado, junio 22, 2013

Poemas elegidos, 42


Paulina Vinderman 
(Buenos Aires, 1944)

Algunos dicen buenas noches, de Emily Dickinson
Emily: una lírica exquisita, metafísica, inteligente, un prodigio de brevedad.
Despoja de nombre a nuestras certezas, busca otra manera de ver casi en la oscuridad.














Algunos dicen buenas noches —por la noche—
Yo digo buenas noches de día—
Adiós— dice el que pasa—
Buenas noches, contesto sin embargo—

Porque partir, eso es la noche,
Y la presencia, simplemente amanecer—
En sí misma, la púrpura en lo alto
denominada la mañana.

Emily Dickinson (Amherst, 1830-1886)
Versión de Paulina Vinderman

viernes, junio 11, 2010

Paulina Vinderman / El poema cruza...




27

El poema cruza el desierto como un camello
dentro de una visión, un espejismo de consuelo.
Lo cruza como si cruzara la soledad de la vida,
la soledad de la batalla en la retaguardia.

"No tengo más que ofrecerte", parecía decir,
"nada más que dejarte; te queda el cielo,
te quedan las palabras a mitad de camino".

Cuando llegue la lluvia los borrará:
al poema y al camello, a los días oscuros
que siempre alabé, a los acordes del violín
ensanchando el silencio.

(¿en qué se parece la lluvia a la muerte?
¿en qué, el júbilo a su noche?)

Un grito secreto lo interrumpe todo, el grito
de una criatura herida en la torre negra de Yeats,
en la mitad del poema, junto a todas las cosas
calladas de este mundo.

Paulina Vinderman (Buenos Aires, 1944), Bote negro, Alción Editora, Córdoba, 2010

Ilustración: The Lonely Tower, 1879, Samuel Palmer

sábado, septiembre 22, 2007

Un hotel ruinoso


2

He llegado a un hotel tan ruinoso como mi alma
antes del viaje.
Suelen llamar café al brebaje que preparan por la mañana
y no existen cerraduras en las puertas.
La felicidad debe parecerse bastante
a este estado de exposición a los detalles
y a una oscura revancha sobre "los elementos del desastre".

El tarareo del mar llega hasta mi hamaca
y el salitre hasta la máscara
de mi pobre memoria.
La soledad tiene patas de ángel en este lugar;
no escribirá nada, no puede escribir nada,
pero acribillará a preguntas mi pasión por lo astroso.

Desde acá, las ciudades
son arcaicas esculturas de asfalto y de vidrio
iluminadas por las matemáticas,
como lo son los durazneros por la estructura musical
del viento al anochecer.

Paulina Vinderman (Buenos Aires, 1944), Hospital de veteranos. Alción Editora, Córdoba, 2006