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viernes, junio 07, 2024

Pablo de Rokha / Soy el hombre casado



Soy el hombre casado, soy el hombre casado que inventó el matrimonio;
varón antiguo y egregio, ceñido de catástrofes, lúgubre;
hace mil, mil años hace que no duermo cuidando los chiquillos y las 
     estrellas desveladas;
por eso arrastro mis carnes peludas de sueño
encima del país gutural de las chimeneas de ópalo.

Dromedario, polvoroso dromedario,
gran animal andariego y amarillo de verdades crepusculares,
voy trotando con mi montura de amores tristes...

Alta y ancha rebota la vida tremenda
sobre mi enorme lomo de toro ;
el pájaro con tongo de lo cuotidiano se sonríe de mis guitarras 
     tentaculares y absortas;
acostumbrado a criar hijos y cantos en la montaña,
degüello los sarcasmos del ave terrible con mis cuchillos inexistentes,
y continúo mis grandes estatuas de llanto;
los pueblos futuros aplauden la vieja chaqueta de verdugo de 
     mis tonadas.

Comparo mi corazón al preceptor de la escuela del barrio,
y papiroteo en las tumbas usadas
la canción oscura de aquel que tiene deberes y obligaciones 
     con lo infinito.
Además van, a orillas mías, los difuntos precipitados de ahora y sus 
     andróginos en aceite ;
los domino con la mirada muerta de mi corbata,
y mi actitud continúa encendiendo las lámparas despavoridas.

Cuando los perros mojados del invierno aúllan, desde la otra vida,
y, desde la otra vida, gotean las aguas,
yo estoy comiendo charqui asado en carbones rumorosos,
los vinos maduros cantan en mis bodegas espirituales ;
sueña la pequeña Winétt, acurrucada en su finura triste y herida,
ríen los niños y las brasas alabando la alegría del fuego,
y todos nos sentimos millonarios de felicidad, poderosos 
     de felicidad,
contentos de la buena pobreza,
y tranquilos,
seguros de la buena pobreza y la buena tristeza que nos torna 
     humildes y emancipados,
...entonces, cuando los perros mojados del invierno aúllan, desde la 
     otra vida...

"Bueno es que el hombre aguante", le digo,
así le digo al esqueleto cuando se me anda quedando atrás, 
     refunfuñando,
y le pego un puntapié en las costillas.

Frecuentemente voy a comprar avellanas o aceitunas al cementerio,
voy con todos los mocosos, bien alegre,
como un fabricante de enfermedades que se hiciese vendedor 
     de rosas;
a veces encuentro a la muerte meando detrás de la esquina,
o a una estrella virgen con todos los pechos desnudos.

Mis dolores cuarteladas
tienen un ardor tropical de orangutanes; poeta del Occidente,
tengo los nervios mugrientos de fábricas y de máquinas,
las dactilógrafas de la actividad me desparraman la cara trizada 
     de abatimiento,
y las ciudades enloquecieron mi tristeza
con la figura trepidante y estridente del automóvil:
civiles y municipales,
mis pantalones continúan la raya quebrada del siglo;
semejante a una inmensa oficina de notario,
poblada de aburrimiento,
la tinaja ciega de la voluntad llena de moscas.

Un muerto errante llora debajo de mis canciones deshabitadas.

Y un pájaro de pólvora
canta en mis manos tremendas y honorables, lo mismo que el 
     permanganato,
la vieja tonada de la gallina de los huevos azules.

U, 1926

Pablo de Rokha (Licantén, Chile, 1894 - Santiago de Chile, 1968), Mis grandes poemas, Editorial Nascimento, Santiago de Chile, 1969

Más poemas de Pablo de Rokha en Otra Iglesia Es Imposible
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Foto: Pablo de Rokha, Biblioteca Nacional de Chile

viernes, septiembre 20, 2019

Pablo de Rokha / de "Cosmogonía"













I
AUTORRETRATO DE ADOLESCENCIA

Entre serpientes verdes y verbenas,
mi condición de león domesticado
tiene un rumor lacustre de colmenas
y un ladrido de océano quemado.

Ceñido de fantasmas y cadenas,
soy religión podrida y rey tronchado,
o un castillo feudal cuyas almenas
alzan tu nombre como un pan dorado.

Torres de sangre en campos de batalla,
olor a sol heroico y a metralla,
a espada de nación despavorida.

Se escuchan en mi ser lleno de muertos
y heridos, de cenizas y desiertos,
en donde un gran poeta se suicida.


V
SURLANDIA MAR AFUERA

Puertos de barro triste y triste vino,
en donde el pobre es un manchón de herrumbre,
como la hembra preñada en el camino
o un pabellón entre la muchedumbre.

La Mar-Océano y su barco, el sino
canta del gran atleta y su costumbre
del beso colosal del potro andino
a quien no hay un volcán que lo deslumbre.

A cuchilla, a cebolla o a baraja
huele la faz marina y se desgaja
como una gran guitarra sollozando;

O enluta en llanto los campos mineros,
donde mordidos de hambre los obreros
son toda la nación que está acusando.


***

Mordido de canallas yo fui "el gran solitario
de las letras chilenas", guerrero mal herido,
arrastro un desgarrado corazón proletario
y la decisión épica de no caer vencido.

Sobre la patria arada de espanto, mi calvario
chorrea sangre humana y un sol despavorido
me va ciñendo el cuerpo de fuego extraordinario,
como un caballo de oro con el freno perdido.

Irreductible al látigo, salvaje e innumerable,
el instinto social me da el imponderable,
y descubro un subsuelo que el drama humano aprueba.

Con tu recuerdo, el hombro, mi rol específico,
y como andando solo, en ti me identifico,
fundo con tus cenizas una religión nueva.

Carlos Ignacio Díaz Loyola, Pablo de Rokha (Licantén, Chile, 1894 - Santiago de Chile, 1968), "Cosmogonía", 1927, Epopeya del fuego. Antología, selección de Naín Nómez, Editorial Universidad de Santiago de Chile, 1995

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Foto: Icarito