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domingo, diciembre 22, 2019

Pablo Chacón / Tres poemas




















el grano del invierno

En la rama más alta se encorva un pájaro negro.
Por la mañana está ahí,
y el frío del final del día parece volverlo más negro.
La casa está vacía. Se amontonan las cajas en uno de los cuartos.
Por las ventanas clausuradas entra la luz del invierno.
El pájaro está quieto.
Yo me voy,
y espero poder olvidarlo.

[El grano del invierno, 1994]


Tuvo dos, tres amantes,
y supo decir: «como dos, tres Vietnam»:
después se amancebó.
¿Fue presa de la teoría del foco o del reformismo?
   Sus chicas lo vieron digno,
sin ceder a las enseñanzas de Don Juan.

[El espía, 1997]


El sonido es como un alegre mutis por el foro
que hicieran mil mujeres.
La ruta se extiende recta entre cadenas de montañas:
más lejos está el olvido, el simulacro del olvido…
¿Quién puede olvidar?
Los muertos pasan: son piedras que aplastan a los vivos
y retornan, sin horario, muertos están,
dejados a un lado, se levantan como la piel quemada
y caminan por una ruta entre cadenas de montañas.
El frío neutro se los lleva de la escena,
quebradizos juncos de luz.

[Calor quieto, 2000]

Pablo Chacón (Mar del Plata, Argentina, 1960-2018), Op. Cit., diciembre 21, 2019

Ref.:
La Capital
Otra Iglesia Es Imposible
Poetas Siglo XXI
Pájaro Rojo
Página 12
Edhasa

Foto: Poetas Siglo XXI

lunes, junio 17, 2019

Pablo Chacón / Mar del Plata


En la avenida Luro, al final, hay un muelle de madera y cemento.
Era el muelle favorito de Repetto y de Bronzini,
   socialistas ilustrados en el Jockey Club,
   rosa de los vientos que un día amaneció muerta,
piedra sobre piedra,
   bajo un paño gris ceniza,
todo humo y escarnio.
   Esa noche sonó la sirena y otra, mucho después,
abierta al golpe que partió la proa de un barco perdido
   y sin rastros de la tripulación.

Esperamos en la colina. Esperamos mudos.
El muelle de madera y cemento es un dibujo iluminado
   y la playa plana, a los costados,
un espacio vacío, visitado por los resplandores lunáticos.
   Ni una sombra, nada, relámpagos,
arriba
   y a la distancia, un silencio enorme como el miedo.
El resto es desprecio.
   El desprecio se cultiva.
   El desprecio es la única planta que se traga al miedo.
Pero consideremos, por respeto, al humor del comensal;
   las escaras del muelle, chatas,
infladas de parásitos, de lombrices, de larvas encerradas
   que apolillan la materia y los bajíos,
   los revoques de urgencia,
la prosperidad de temporada,
y los caprichos de la gravedad: marea alta y bandazos,
   oleadas y bandazos
que el comensal apunta, y suma a los escapes de un gas
   que pica en los ojos, la nariz,
arruina el aliento...
   ¿es un pozo, un osario?

   Al borde del muelle,
entre los cascotes derrumbados y las gaviotas muertas,
   a unos doscientos metros de la costa
crece un tumor.
   Es la carta robada.
Los pescadores todavía silban una martingala afantasmada,
compuesta
   para intimidar suicidas.

El cartel de neón chisporrotea GAN A,   CIA,
o GANCIA eventualmente:
   sobre la trayectoria estacional de la arena
se acumulan intensidades y un falso punto de vista.
   El mar es mi casa: los muertos no están muertos.
Los años pasaron desde entonces.
   La ciudad está ahí.
Los restoranes cierran a las ocho. El casino no cierra.
   Hay negocios vacíos y otros clausurados.
Hay autos abandonados y calles vacías.
   Hay vías de tren abandonadas
solares quemados por el frío, y al sur, entre el puerto y el faro,
   bajando desde Alem, una ruta brumosa se estira,
camino al chaparral que algunos, exagerando,
llaman infierno.
Es necesario acelerar, ajustar las luces altas,
   cambiar de ángulo y foco.
En el infierno flamea la bandera roja.
   Pero como el marinero polaco,
yo no quiero ahogarme, sino nadar hasta hundirme.
Sobrevivir a nuestras catástrofes es una prueba de canalla.

   ¿Quién lo duda?
¿Los viejos?
   Para un viejo nada es contemporáneo.
   Y acá, en el balneario, no hay más que viejos
convertidos
   a la utopía de un verano eterno.

Pablo Chacón (Mar del Plata, Argentina, 1960-2018), Calor quieto, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 2000

Ref.:
Pájaro Rojo (1)
Pájaro Rojo (2)
La Capital
Página 12
Noticias Urbanas
Letras Libres

Foto: s/d

martes, agosto 29, 2006

Sordos y solos

Ludwig van Beethoven tenía 26 años cuando empezó a quedarse sordo; se presentaba en público cada vez con mayor dificultad; esto fue hasta 1814; en 1816 empezó a utilizar una trompetilla; la sordera lo alteró, lo transformó (escribe uno de sus biógrafos): irascible, de trato difícil, desconfiado, había que gritar para que escuchara.
Era un hombre solo.
El otro sordo ilustre fue Francisco de Goya: nacido en 1742, en 1796, después de conocer las mieles del éxito y el reconocimiento, una extraña enfermedad lo dejó sin escucha. Entre 1820 y 1823 decoró las paredes de su casa, la Quinta del Sordo, con las pinturas negras, imágenes tan tétricas que según ciertos especialistas mostraban al verdadero Goya. "Todo me falta, sólo me sobra voluntad", decía.
En un libro dedicado al dios Saturno, el novelista André Malraux escribió sobre Goya: "Para permitir que se manifestara su genio era necesario que se atreviera a dejar de querer complacer. Aislado de todo el mundo, descubrió la vulnerabilidad del espectador, se dio cuenta de que el pintor sólo tiene que luchar consigo mismo para convertirse, más pronto que tarde, en el conquistador de todo".

Pablo Chacón. "Los invertebrados", Los otros. Una arqueología de la soledad, Edhasa, 2006