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martes, agosto 14, 2018

Laura Wittner / Dos poemas
















Hacen vibrar la voz a las 6

Incluso en la tormenta
incluso en este amanecer oscuro
los obreros de la construcción vecina
bromean a los gritos.
Hace dos años que son existencias
meramente sonoras. Ahora
el edificio que hicieron surgir
llega hasta mi balcón: a las risas
se les suman los cuerpos.
Ya sospechaba yo
que no podían ser puro sonido
quienes trenzaban semejante materia. 


Interrumpen la charla para hacer algo urgente

En la parte de arriba del mundo
están las amigas emigradas:
heroínas románticas
aventureras con gorro de piel
mujeres físicamente poderosas
que cuando llega navidad
mi cumpleaños, los actos escolares
en lugar de adormecerse de calor
salen a la puerta de sus casas
–el rostro agudo de la decisión
los puños prontos–
nada más y nada menos
que a palear nieve.

Laura Wittner (Buenos Aires, 1967), Periódico de Poesía, n° 109, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), mayo 2018

Ref.:
Op. Cit.
La Primera Piedra
Eterna Cadencia
Espacio Murena
Emma Gunst
Página 12

Foto: FB

lunes, diciembre 04, 2017

Laura Wittner / Dos poemas















Año

El viento abrió las puertas del balcón
y en un segundo hizo volar por el living
un río de escombros, todo lo que está suelto
todo lo apoyado en superficies:
cartas de Cars, peladuras de lápiz
expensas, papel crepé en bollitos
dibujos con y sin dedicatoria
un estíquer, un clip desenrollado.
Rugía, ese viento, traía lluvia frenética:
salimos a gritar al balcón
mis dos hijos y yo, porque fue un año duro
y pensé que nos lo merecíamos.


Exhibición de atrocidades

Alguien pescó, cortó y dejó
en la orilla esta cabeza de pescado
unida simplemente a su intestino.
La veo y siento mi propia cabeza
cómo se continúa en la garganta
y más allá. Con el mar hasta el culo
se besa la pareja enamorada.
La joven pareja enamorada.
También estuve ahí, sí, claro,
¿quién no? Una mujer sin pelo
entra al agua con determinación.
Apelmazado de sal un perro suelto
olisquea por sorpresa la entrepierna
de una chica en bikini: “¡Salí,
perro de mierda!” (cito textual). Si tres
granos de arena secos son capaces
sobre la roca, al viento, de variar
en dibujos infinitos, ¿cuán atroz
puede ser la variación de esta escultura
que en arena dura y húmeda sugiere
un castillo, un torso femenino,
unas montañas, un circo, una frontera?
¿Qué se arrasa por dentro de los moldes
y convulsiona y en lo químico muta
mientras una tan campante veranea?



Laura Wittner (Buenos Aires, 1967)
"La altura", 2016,
Lugares donde una no está - poemas 1996-2016,
Gog y Magog,
Buenos Aires, 2017






Foto: FB

viernes, agosto 22, 2014

Laura Wittner / La única forma de equilibrio








Poseída por la fotonovela
en blanco y negro, en grises azulados
sobre una pila de elementos inestables
bajo una capa de nubarrones sólidos.

No hay otra forma de calma sino ésta:
la de Trevelin, la de los nueve años,
la de la luz que debe ser: la no forzada
cercana siempre a la avalancha intrínseca.
Siempre sentada sobre una cima móvil.

Laura Wittner (Buenos Aires, 1967), inédito

Foto: Laura Wittner por Clara Muschietti

martes, junio 04, 2013

Poemas elegidos, 5


Laura Wittner
(Buenos Aires, 1967)

La casa de los aduaneros, de Eugenio Montale
Las cosas capaces de conservar para siempre un misterio son las que más me seducen y me incentivan a escribir. Claro que hay que ser manso y no afilar del todo la herramienta interpretativa para que algunos misterios puedan seguir encendidos, raros como la luz del petrolero. Me gusta mucho entender, pero todo tiene un límite. Me aferro al plano que no termina de definirse, como en algunas películas de Wong Kar Wai.
Cuando empezaba a escribir poesía, con mis amigos, nos pasábamos días y noches leyendo en voz alta, opinando, pensando, interpretando. “La casa de los aduaneros” se nos resistía. La extrañeza del paisaje portuario y oscuro, como oscura se va volviendo la memoria, la falta de memoria. Esa línea de luz que une a dos personas, y luego va apagándose sólo de un lado. “¿Il varco è qui?” (“¿Es éste el paso?”): ¿quién habla? ¿qué paso?. Sí: la versión de Horacio Armani da una explicación, pero ¿por qué querría creérmela? Estoy en contra de disecar poemas: podrían pulverizarse.
Tiene además, “La casa dei doganeri”, esa música adictiva que ya en el segundo verso nos hace trepar por territorio escabroso: “sul rialzo a strapiombo della scogliera”. Yo sabía poco italiano en esa época, pero el sonido de esa línea me compraba por completo.
En 1998, varios años después de esas eternas lecturas grupales, y en un  momento en que Montale me había quedado medio lejos, pasó que escribí un poema largo que terminaba casi igual que “La casa de los aduaneros”. Pero de esto acabo de darme cuenta. Ahora mismito. ¡Plop!


La casa de los aduaneros

Tú no recuerdas la casa de los aduaneros
sobre la elevación inclinada sobre la escollera:
desolada te espera desde la noche
en que entró en ella el enjambre de tus pensamientos
y se detuvo inquieto.

La marejada azota hace años la vieja muralla
y el sonido de tu risa ya no es alegre:
la brújula gira loca a la ventura
y el cálculo de los dados no regresa.
Tú no recuerdas; otro tiempo trastorna
tu memoria; un hilo se devana.

Tengo todavía la punta; pero se aleja
la casa y sobre el techo la ennegrecida
veleta gira sin piedad.
Tengo la punta; pero tú estás sola
casi ni respiras en la oscuridad.

Oh el horizonte en fuga donde se enciende
rara la luz del petrolero.
¿Es este el paso? (Pulula todavía el oleaje
sobre el acantilado que se desploma).
Tú no recuerdas la casa de esta
noche mía. Y yo no sé quién va y quién queda.

Eugenio Montale (Génova, 1896-Milán, 1981)
Versión J. Aulicino


Foto: Laura Wittner por Estela Fares

miércoles, diciembre 14, 2011

Laura Wittner / La fiesta






La fiesta

Levantaron la compuerta del baúl
y salimos arando hacia el fondo del cielo.
Carreras, equilibrios y verticales-puente
en ámbitos que se levantaban y caían
a nuestro paso, según nuestra voluntad:
galerías con arcos y columnas,
infinitos gimnasios con pisos de madera,
tinglados ásperos con reverberaciones,
y así...

Figuras finas y flexibles, fuimos, en esa tela inmensa
donde el mayor esfuerzo del pintor había estado en la luz:
llegar al tipo exacto de luz con el óleo
y de paso atrapar la blandura del aire;
el punto exacto, en óleo, de esa consistencia.

A los grandes los volvimos a ver
dos o tres veces a lo largo del día.
Por el momento no eran más que una idea
o varios pares de sombras demarcantes:
esto es centro, esto es suburbio y lo del medio es no-terreno,
sin saber que tragábamos aire casi ilegalmente
de y en cada una de esas franjas
siempre a punto de pasar a ser otros.

Todo cambió cuando corrieron el toldo con la noche.

Sin la velocidad de los espacios abiertos
nos subsumimos en zonas apretadas,
pozos a compartir con las luciérnagas.

Tanta luciérnaga en los ojos,
tanta humedad y reflejos estelares–
como el confeti o el rocío de sal,
o ese humo abrillantado de las grandes explosiones–
funden los cinco sentidos en un sexto.
Pispeamos desde ahí a nuestros padres en sombras:
y resultó que se habían puesto a administrar
una fluida intimidad en la que cada recoveco
servía de altarcito para un símbolo.

Tierna es la noche, parece, nos dijimos.
O qué nos podemos haber dicho.

Salvo que sí, hay una subcorriente
nocturna, como en cualquier día de playa
bajo la sólida costa, por las venas iodadas
transcurre lo decapitado en general.

Laura Wittner (Buenos Aires, 1967), Balbuceos en una misma dirección, Gog y Magog, Buenos Aires, 2011

Ilustración: Carretera nocturna, 1873, Maksymilian Gierymski

lunes, julio 27, 2009

Laura Witner / Lluvias


Paseo
Buscando recuperar el estado de flotación
que existió una, dos veces como mucho
en cada relación o actividad
la persona sale de su casa,
testea el aire, elige la postura y se lanza hacia delante
para un rato después encontrarse circulando
entre escenarios de los que espera demasiado:
muy verdes hojas de hiedra sobrecrecida
como trapos colgando de un alambrado de uno treinta,
luces amarillas de un fulgor desconcertante
que en su disposición son molde
de lo que se llama planetario,
graffitis modernos con pintura plateada
y el tren que justo entonces pasa por encima,
en fin,
todo tipo de cosas sugerentes
que algo tendrían que entregar
si el cable de este razonamiento
no se hubiera cortado en algún punto.


Respondiéndole a Carver diez años después

El cuerpo no pesa lo suficiente sobre el colchón
y el deseo de dormir se diluye
en el deseo de todo. Este hartazgo
no se puede glosar.
Ni siquiera es hartazgo.
Para que el cuerpo logre algún reposo
la mente tiene que salir al aire gélido
en estampida, pero estampida silenciosa
como todo lo iluminado por la luna.

Laura Wittner (Buenos Aires, 1967), Lluvias, Editorial Bajo la Luna, Buenos Aires, 2009

Foto: XVII Festival Internacional de Poesía Rosario

miércoles, marzo 25, 2009

Las nubes deciden


Cambios de luz

Las nubes deciden lo que nos hace esta penumbra, parece
que toda una familia de nubes migra
en una sola noche y por eso se apuran
una tras otra en esa línea de vapor mutante
que por fortuna atraviesa la luna
y es el apuro lo que las hace ir cayéndose, desprenderse
de cualquier forma en un instante, metiéndonos ideas
en la cabeza a vos y a mí que musitamos la palabra
de lo que vemos y en la segunda sílaba callamos
porque no es eso, está siendo otra cosa y así
no hay diccionario que resista.

Laura Wittner (Buenos Aires, 1967), La tomadora de café, Ediciones Vox, Bahía Blanca, 2005

Foto: Wittner, por Daniel Grad (El Aleph / 1999) Revagliatti