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martes, noviembre 19, 2019

Luis Franco / De "Los trabajos y los días"


La cocina

El gato, hecho un ovillo, dormita contra la olla:
El gato runrunea y la olla borbolla.

La vieja sopla el fuego brujo. El humo se escapa,
Duendecito, a las varas más negras que morcillas.
La pava para el mate hace bailar la tapa,
Y en sí misma se fríe la tira de costillas.
Y el ají y el vinagre ensangrietan ya un plato.

Alzando el lomo al techo se despereza el gato.


Nieve

El fuego-Dios alegra la cocina de quincha.

El viejo reanuda los hilos de una cincha
Y los chicos calientan un pichón entumido.
Mientras bailan los husos que van echando panza
Como niños glotones y brindando a la holganza,
Se abre el maíz que tuestan como un peral florido.
La blancura chiquita de esas flores se suma
A la blancura enorme de la nevada, espuma
De jabón que en silencio sonríe la limpieza
Sin mancha, como un ángel, de la Naturaleza.

La nieve es la pureza cristalina del frío.
Es el lirio inodoro de tus inviernos, tierra.
Con su blancura de hostia, con su silencio pío,
Quién sabe qué misterio de comunión encierra.

Es tan simple su gracia de blancura que el suelo
Ahora no es indigno del celeste del cielo.

Luis Franco (Belén, Catamarca, Argentina, 1898-Ciudadela, provincia de Buenos Aires, Argentina, 1988), Los trabajos y los días (geórgicas), segunda edición, Babel, Buenos Aires, 1929
Luis Franco/Issuu 2014

Ref.:
Todo Argentina
Aromito
Voces que no Olvidamos
Generación Abierta

Foto: Luis Franco c. 1959 Wikipedia/Archivo General de la Nación Argentina

lunes, noviembre 18, 2019

Luis Franco / Oda a León Trotsky























Una certeza fortalecida en la gimnasia de todas las dudas
hasta dominar el vértigo de abismos y sepulcros
y una serenidad más ancha que el ademán de las banderas y
  /los sembradores
tú, cuya biografía comienza a ser levadura del mundo
y cuyo nombre imanta lo que hay de fierro en nosotros.
Domicilio de honor te fue la cárcel,
como ya es el destierro tu patria de adopción
(Te recuerdo en Nicolaiev custodiado por los piojos,
tú, dandy de ademanes perfectos; recuerdo tu casi astronómica fuga
  /desde un arrabal del polo
a través de la nieve sin ribera como la sombra;
casi oigo el resuello cansado de los remos incansables)
te recuerdo en Alma Ata, mazmorra de cristal,
con fríos que buscaban coparte esa alma que descongela los miedos.
Pero qué pobre cosa estas patrias para diplomáticos y pedicuros,
ellas que así tiritan de tu sola vecindad, ahora.
Amigo profundo de los hombres,
eres como un recién venido de la mar
entre mediterráneos que nunca oyeron hablar de ella
con tu saber de sol que hace fluir las verdades heladas,
con tu pasión que hace trampolín de cada obstáculo.
Donde tú entras los relojes que apresuran la marcha.
Se quemaron las naves del pasado sobre las playas vírgenes del alba
cuando amaneció Octubre para siempre,
y el sol descendía a través de todos los cerrojos.
Una vasta esperanza comenzaba ya a colonizar el futuro.
Al fin una preñez dolorosamente larga
las masas daban a luz una época nueva.
Natchalo! Naovaia Jizn! Natchalo!
Y tus jornadas eran de veinticuatro horas cabales, Lev Davidovich.
Contra toda la herrumbre y el fierro de Europa
sobre catorce frentes se combatió después,
y un tren fantasma que aventó doscientos mil kilómetros
era tu ferrado caballo de pelea,
capitán.
Pero la vida es breve y la guerra es larga.
Sabes que somos un vaivén en marcha
entre la conservación y la invención;
sabes de la sirena llamada Costumbre
cuyo encanto es la muerte de la audacia y el mañana.
La vida no es remanso
sino río en marcha.
El único dios que no abdicó aún se nombra Comienzo.
Por eso tu ciencia y tu voluntad se llaman revolución.
Es verdad,
como un árbol primaveral se conmueve la humanidad sufrida.
(Todos los siglos podridos son su abono).
Los pueblos van a colgar sus recuerdos inservibles,
y echar a la basura como zapatos rotos
sus creencias de ayer y de anteayer.
El filo del alba está segando todos los sueños del miedo.
Los pueblos van a mudar todas sus plumas viejas.
Inútil el cordón sanitario de los gritos de alerta
o de amenaza;
la revolución no conoce fronteras al igual que la brisa.
La razón no es el jardín de invierno,
sino el intenso verano del hombre.
Están los días blancos con sus terribles yemas.
Razón, claro silbido de ayuda
en el cruce del oscuro callejón del ser.
¡Qué nocturno es el hombre! Pero su amanecer definitivo se acerca.
De las iglesias a los códigos,
todos los becerros de oro y estiércol,
todos los dioses panzudos e hipócritas se irán.
Serán los servidores del hombre o tendrán que irse.
No lo creen los que engordan con la sanies llamada provecho
ni los que suponen a la vida coronada de adormideras.
Con el perro dinero el perro hambre será desterrado.
Las fábricas no serán los templos
donde obesos sacrificadores alimentan con carne y espíritu de hombre
  /el Ídolo máquina.
La propiedad no expropiará al hombre.
La higiene abolirá un día
esos holocaustos malolientes que son las guerras
las que dejan sin pulso o sin figura a los mozos de veinte años
para hacer del mundo un hospital cuidado por viejos.
Pero tú sabes, adelantado de todo lo nuestro,
que lo moribundo debe morir,
que lo muerto debe ser enterrado.
¿No inocula el futuro gérmenes en el flanco de todas las muertes?
Que las guerras morirán en la guerra creadora, la nuestra,
la que desuncirá las manos y las mentes,
Libertador.
Pero es sabiduría vedada
ésa que tu acrisolas y vives, como ninguno aún,
hombre vertical entre todos,
con el coraje del amanecer,
y el más arduo, el de media noche, que espanta a los fantasmas.
Y por ello no hay tierra firme, para ti, navegante,
por ello eres el varón más solitario del mundo,
tú, viento que alza el amargo oleaje de las ansias en vela.
Todo lo que es oblicuo te odia,
todo lo que huele a cucarachas y moho,
y los que viven entre su corbata y su reloj,
y los que arrodillan el espíritu, como el camello, para el fardo:
mientras tú, contemporáneo de lo que nacerá un día,
dices adiós al pasado con una mano
e inauguras con la diestra el porvenir hasta lo más distante.
Tú, el ferviente, confías en que podrán ser redimidas en la luz las herencias
 /de lo subterráneo. Tienes fe en el que ha de suceder por fin
a los dioses que sacara de sus costados un día:
el hombre hecho de profundidad terrible y sal de permanencia como
  /el océano.
Domesticador del mundo ya,
el hijo de la mujer es todavía
la fiera del circo de sí mismo.
Más la economía, esfinge del mal de ojo,
será entendida al fin;
la Necesidad entreabrirá como un capullo sus puños de piedra,
y para el nuevo crecimiento del hombre,
una matinal armonía será descubierta.
Esa es tu fe y la mía, camarada.

[1940]

Luis Franco (Belén, Catamarca, Argentina, 1898-Ciudadela, provincia de Buenos Aires, Argentina, 1988), La Izquierda Diario, 20 de agosto de 2017

Eterna Cadencia - La Poesía Alcanza para Todos - El Ancasti - La Izquierda Diario - Letralia - Los trabajos y los días, 1929/Issuu
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Imagen: Luis Franco por Hermenegildo Sábat s/d