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viernes, octubre 04, 2024

Jorge Teillier / De "Para un pueblo fantasma", 3



Un taxi más

           A los amigos dominicales de "La Fama"

Un taxi más. Vanidad de vanidades.
Un taxi más. Belvederes de espuma.
Sangre de narices y no hay gin fizz mañana,
El cielo se persigna. Palais Royal galopa.

Un taxi más. My love is far away.
El "Audax" ha cerrado. Ha perdido el Green Cross.
Un taxi más. No hay vagos en los parques
porque al sueño lo invaden las hierbas venenosas.

Un taxi más. Jolson sings again.
Gabin será mañana marítima ceniza.
Las dos de la tarde son triángulo de las Bermudas
pero es bueno pedir penúltimos pipeños.

Un taxi más. Antes de que en las comisarías
te sorprendan los rosados dedos de la aurora.
No has sido ni serás el joven de la película.
Plaza Egaña here I am, sin un techo amarillo.

                                  28 de diciembre de 1976

Bienes

                    Todo lo que he perdido 
                    volverá con las aves.
                                  Jorge Guillén

Un libro de Edgar Poe, un pasaje de tren,
un remolino, un llavero sin llaves, una manta
          araucana, un calendario, un jarro, un
          payaso de trapo,
un mapa de Cautín, el retrato de un gato,
          una maleta vieja, una peineta, una camisa
          negra,
un programa del Hípico, un poema inconcluso, una
          ficha de teléfono, un disco de Zarah
          Leander,
un puñado de cartas, la torre del Tarot, un alfil
          blanco, un revólver sin nuez, una manzana.

Jorge Teillier (Lautaro, Chile, 1935 - Viña del Mar, Chile, 1996), Para un pueblo fantasma, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso/Concejo Nacional del Libro y la Lectura, Valparaíso, 2004

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domingo, agosto 20, 2023

Jorge Teillier / Los dominios perdidos



                                          A Alain-Fournier

Estrellas rojas y blancas nacían de tus manos.
Eran en 189... en la Chapelle d'Anguillon,
eran las estrellas eternas
del cielo de la adolescencia.
En la noche apagaste las lámparas
para que halláramos los caminos perdidos
que nos llevan hacia un laúd roto y trajes de otra época,
hacia una caballeriza ruinosa y un granero de fiesta
en donde se reúnen muchachas y ancianas que lo perdonan todo.

Pues lo que importa no es la luz que encendemos día a día,
sino la que alguna vez apagamos
para guardar la memoria secreta de la luz.
Lo que importa no es la casa de todos los días
sino aquella oculta en un recodo de los sueños.
Lo que importa no es el carruaje
sino sus huellas descubiertas por azar en el barro.
Lo que importa no es la lluvia
sino su recuerdos tras los ventanales del pleno verano.

Te encontramos en la última calle de una aldea sureña.
Eras un vagabundo de barba crecida con una niña en brazos,
era tu sombra -la sombra del desaparecido en 1914-
que se detenía a mirar a los niños jugar a los bandidos,
o perseguir gansos bajo una desganada llovizna,
o ayudar a sus madres a desvainar arvejas
mientras las nubes pasaban como una desconocida,
la única que de verdad nos hubiese amado.

Anochece.
Y al tañido de una campana llamando a la fiesta
se rompe la dura corteza de las apariencias.
Aparecen la casa vigilada por glicinas, una muchacha
leyendo en la glorieta bajo el piar de gorriones,
el ruido de las ruedas de un barco lejano.

La realidad secreta brillaba como un fruto maduro.
Empezaron a encender las luces del pueblo.
Los niños entraron a sus casas. Oímos el silbido del titiritero que te llamaba.
Tú desapareciste diciéndonos: "No hay casa, ni padres, ni amor:
                                  sólo hay compañeros de juego".
Y apagaste todas las luces
para que encendiéramos
para siempre las estrellas de la adolescencia
que nacieron de tus manos en un atardecer de mil ochocientos
     noventa y tantos. 

Jorge Teillier (Lautaro, Chile, 1935 - Viña del Mar, Chile, 1996), Poemas del país de nunca jamás, Arancibia Hnos., Santiago de Chile, 1963

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viernes, enero 29, 2021

Jorge Teillier / ¿Qué historia es esta y cuál es su final?

















(Adaptación de Sergéi Esenin)

¿Qué historia es ésta y cuál es su final? 
Ya no quiero ser más vendedor de palabras. 
Ya mi cabeza está demasiado aturdida 
y mi canción es sólo un montón de hojas muertas. 
Me da lo mismo la ciudad que el campo. 
Trataré de olvidar los poemas y los libros 
abrigaré mi cuello con una vieja bufanda 
y me echaré un pan en el bolsillo. 
Oleré a mal vino y suciedad 
enturbiando los limpios mediodías. 
Y me haré el tonto a propósito de todo. 
Y sin tener necesidad de triunfar o fracasar 
trataré que la escarcha cubra mi pasado 
porque no puedo sino hacer estupideces 
seguir caminando en estos tiempos.

Jorge Teillier (Lautaro, Chile, 1935-Viña del Mar, Chile, 1996), "Hotel nube", 1996, El árbol de la memoria. Antología poética, edición de Niall Binns, Signos, Huerga y Fierro Editores, Madrid, 2001
Envío de Jonio González

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Foto: Jorge Teillier por Daniel Osorio, 1995 El Desconcierto

viernes, noviembre 16, 2018

Jorge Teillier / De "Para un pueblo fantama", 2















Borsalino

Nada tengo que ver yo con ese mundo.
Apenas conozco la metralla de la Royal
Y la del viento atascado de hojas de eucalipto
En el paseo principal del pueblo.

Me levanto con dolor de cabeza
Frente al espejo elijo un nuevo rostro.
El rostro de alguien que se pasea por Marsella
Con un borsalino y una pistola nueva.

El final es siempre conocido:
Me despido del que fui frente a un espejo.
Elijo la camisa que menos me reprocha
Y salgo silbando sin prisa "Borsalino".


A Jack Kerouac

Jack,
a pesar de todo
pienso que temías
"la andrajosa melancolía de envejecer".
Me cuesta creer en los dioses,
en los elegidos de los dioses,
y en los vagabundos del Dharma
y por eso me hubiese gustado estar en tu funeral
y que Sinatra hubiese cantado:
"No hay nada más que un corazón solitario".

Jorge Teillier (Lautaro, Chile, 1935 - Viña del Mar, Chile, 1996), Para un pueblo fantasma, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Consejo Nacional del Libro y la Lectura, 2003

Universidad de Chile - Memoria Chilena - Servicio Nacional del Patrimonio Cultural - A Media Voz - Ojo en Tinta
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Foto: Proyecto Patrimonio

domingo, septiembre 11, 2016

Jorge Teillier / Retrato de mi padre, militante comunista


En las tardes de invierno
cuando un sol equivocado busca a tientas
los aromos de primaveras perdidas,
va mi padre en su Dodge 30
por los caminos ripiados de la Frontera
hacia aldeas que parecen guijarros o perdices echadas.

O llega a través de barriales
a las reducciones de sus amigos mapuches
cuyas tierras se achican día a día,
para hablarles del tiempo en que la tierra
se multiplicará como los panes y los peces
y será de verdad para todos.

Desde hace treinta años
grita "Viva la Reforma Agraria"
o canta "La Internacional"
con voz desafinada
en planicies barridas por el puelche,
en sindicatos o locales clandestinos,
rodeado de campesinos y obreros,
maestros primarios y estudiantes,
apenas un puñado de semillas
para que crezcan los árboles de mundos nuevos.

Honrado como una manta de Castilla
lo recuerdo defendiendo al Partido y a la Revolución
sin esperar ninguna recompensa
así como Eddie Polo -su héroe de la infancia-
luchaba por Perla White.

Porque su esperanza ha sido hermosa
como los ciruelos florecidos para siempre
a orillas de un camino,
pido que llegue a vivir en el tiempo
que siempre ha esperado,
cuando las calles cambien de nombre
y se llamen Luis Emilio Recabarren o Elías Lafertte
(a quien conoció una lluviosa mañana de 1931 en Temuco,
cuando al Partido sólo entraban los héroes).

Que pueda cuidar siempre
los patos y las gallinas,
y vea crecer los manzanos
que ha destinado a sus nietos.

Que siga por muchos años
cantando la Marsellesa el 14 de julio
en homenaje a sus padres que llegaron de Burdeos.

Que sus días lleguen a ser tranquilos
como una laguna cuando no hay viento,
y se pueda reunir siempre con sus amigos
de cuyas bromas reía más que nadie,
a jugar tejo, y comer asado al palo
en el silencio interminable de los campos.

En las tardes de invierno
cuando un sol convaleciente
se asoma entre el humo de la ciudad
veo a mi padre que va por los caminos ripiados de la Frontera
a hablar de la Revolución y el paraíso sobre la tierra
en pueblos que parecen guijarros o perdices echadas.

Jorge Teillier (Lautaro, Chile, 1935 - Viña del Mar, Chile, 1996), "Muertes y maravillas" (1971), Crónicas del forastero, Colihue, Buenos Aires, 1999
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Foto: Jorge Teillier por Julia Toro Un Sin Sentido

martes, octubre 13, 2015

Jorge Teillier / El pasajero del Hotel Usher

















Las escaleras se disuelven
como el humo de las tazas de té.
El pasajero sueña con Annabel,
en las oscuras riberas
de ríos donde nunca estuvo.
El llamado del teléfono
es el perforante guijarro
de las garzas en la laguna
el oleaje de los autos
acuna sus pesadillas.

El cuarto está lleno de gaviotas
que en vano intentan revivir sobre un césped,
que en vano se estrellan contra vidrios empañados.
Sus alas serán cortadas,
sometidas a la misma condena
a la que se somete el pasajero.

Los pantanos de la memoria
absorben al Hotel,
absorben al pasajero
que no se levanta del lecho,
no recorre las galerías
donde las arañas tejen sus mensajes,
no mira las mesas del comedor
donde dialogan, para no morir de tedio,
las alcuzas con el mantel de hule.
No contempla las desteñidas reproducciones de Doré en los muros.
No ve el polvillo de las demoliciones en los primeros rayos matutinos.
Ya se fue Ariadna de la ciudad
y el laberinto de los pasadizos
sólo lleva a invencibles Minotauros.

El pasajero despierta
con el zumbido de las aspiradoras.
Ve caer del techo
la perezosa nevazón de la pintura,
viaja solo
a orillas de un río donde nunca el viento moverá una nube,
sabe que jamás responderá al teléfono.

En los pantanos de la memoria
ya empiezan a acecharlo
las sombras de quienes alguna vez lo amaron
y el oleaje de los autos pasando frente a las demoliciones
anuncia indiferente
la caída del pasajero y del Hotel Usher.

Jorge Teillier (Lautaro, Chile, 1935 - Viña del Mar, Chile, 1996), "Hotel Nube" [1996], Hotel Nube. En el mudo corazón del bosque, Tajamar Editores, Santiago de Chile, 2014
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lunes, agosto 29, 2011

Jorge Teillier / Despedida


















el caso no ofrece
ningún adorno para la diadema de las Musas
                                                      Ezra Pound

Me despido de mi mano
que pudo mostrar el paso del rayo
o la quietud de las piedras
bajo las nieves de antaño.

Para que vuelvan a ser bosques y arenas
me despido del papel blanco y de la tinta azul
de donde surgían ríos perezosos,
cerdos en las calles, molinos vacíos.

Me despido de los amigos
en quienes más he confiado:
los conejos y las polillas,
las nubes harapientas del verano,
mi sombra que solía hablarme en voz baja.

Me despido de las virtudes y de las gracias del planeta:
los fracasados, las cajas de música,
los murciélagos que al atardecer se deshojan
de los bosques de casas de madera.

Me despido de los amigos silenciosos
a los que sólo les importa saber
dónde se puede beber algo de vino
y para los cuales todos los días
no son sino un pretexto
para entonar canciones pasadas de moda.

Me despido de una muchacha
que sin preguntarme si la amaba o no la amaba
caminó conmigo y se acostó conmigo
cualquiera tarde de esas en que las calles se llenan
de humaredas de hojas quemándose en las acequias.
Me despido de una muchacha
cuya cara suelo ver en sueños
iluminada por la triste mirada de linternas
de trenes que parten bajo la lluvia.

Me despido de la memoria
y me despido de la nostalgia
-la sal y el agua
de mis días sin objeto-

y me despido de estos poemas:
palabras, palabras -un poco de aire
movido por los labios- palabras
para ocultar quizás lo único verdadero:
que respiramos y dejamos de respirar.

Jorge Teillier (Lautaro, Chile, 1935 - Viña del Mar, Chile, 1996), "El árbol de la memoria", 1961, El árbol de la memoria. Antología poética, edición de Niall Binns, Signos, Huerga y Fierro Editores, Madrid, 2001
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Foto: Crónica Digital

sábado, febrero 28, 2009

Tres poemas de Jorge Teillier
















Luces de linternas rotas

Luces de linternas rotas
pueden brillar sobre olvidados rostros,
hacer moverse como antorchas al viento
la sombra de potrillos muertos,
guiar la ciega marcha de las nuevas raíces.

Una débil columna de humo a mediodía
puede durar más que las noches de mil años,
la luz de una linterna rota
ha brillado más que el sol en el oeste.

Una mano sobre las aguas
encuentra las mañanas que perdimos.
En las pupilas de un niño
de nuevo se reflejarán los pescadores
devorados por las viejas mareas.

Alguien escuchará nuestros pasos
cuando nuestros pies sean terrones deformes,
alguien soñará con nosotros
cuando seamos menos que un sueño,
y en el agua en la cual pusimos nuestras manos
siempre habrá una mano
descubriendo la mañana que perdimos.

El cielo cae con las hojas, 1958


Adiós al Führer

Adiós al Führer, adiós a todo Führer 
habido o por haber.
Adiós a todo Führer verdadero o falso, 
buenas noches, le digo, buenas noches 
con una íntima tristeza reaccionaria.

Adiós al Führer que engullía tortas de selva negra 
mientras sus tanques se alimentaban de caminos de Europa. 
Adiós a todo Führer que ame a Wagner o la Giovinezza 
ya sea lampiño, barbudo o bigotudo.

Adiós al Führer que en submarino huyó a Buenos Aires 
tras matar a Eva y a Blondi, su fiel perro.
Desde los hielos lo oye llamar Miguel Serrano 
mas ni por mar ni por tierra podrán encontrarlo. 
Adiós a todo Führer que nos ordene sepultarnos con él 
tras contemplar cómo arden las ruinas de su Imperio, 
y entretanto no deja a nadie dormir tranquilo 
aunque no hayamos violado, ni robado, ni asesinado.

Adiós a todo Führer que obligue a los poetas 
a censurar sus manuscritos o mantenerlos secretos 
bajo pena de mandarlos a su Isla o Archipiélago 
o a cortar caña bajo el sol de la Utopía.

Adiós al Führer de la Antipoesía
aunque a veces predique mejor que el Cristo de Elqui.
Es mejor no enseñar dogma alguno, aunque sea ecológico, 
cuando ya no se puede partir a Chillán en bicicleta.

Adiós al Chico Molina, cruel Führer de Lo Gallardo 
donde escribió El Lobo Estepario antes que Hermann Hesse, 
aunque N.S. Jesucristo murió por él según lo dice Anguita, 
y adiós por quienes desean que demos el sí cuando amamos el no.

Adiós a todo Führer a quien no le importa 
perder cuarenta o cuarenta mil hombres 
con tal de invadir islas pobladas por ovejas, 
y tras la derrota se acoge a general jubilación 
a oír Silencio en la noche ya todo está en calma.

Adiós a quien un tiempo fuera nuestro secreto Führer 
y nos recomendaba abstinencia botella de whiski en mano, 
y con desprecio abandonó su Bunker frente al cerro 
para conquistar Venezuela como sus antepasados.

Adiós al pícaro que pretendía ser Martín Bormann: 
Enrique Lafourcade, conde de la Fourchette. 
Lo verán pasear un ridículo perrito 
sin poder alcanzar ni al Parque Forestal.

Lo verán alimentarse, fantasma rubicundo, 
de pálidas y frágiles palomitas nocturnas. 
Lo verán recorrer los más perdidos pueblos 
buscando firmar autógrafos a Alcaldes y parvularias.

Lo verán sollozar pensando en sus Días sin Dieta 
con patitas de chancho en Los Buenos Muchachos. 
Lo verán derramar una furtiva y valetudinaria lágrima 
mientras canta Yo soy el Rey creyéndose Pedro Vargas.

Y ya no habrá nadie de la Generación del 50 
para entonar a coro Yo tenía un camarada. 
Adiós a todo Führer que nos dé duro con un palo 
y también con una soga 
creyendo que como él somos apenas sensitivos. 
Y buenas noches, amigos, buenas noches, 
hasta que un día nos volvamos a encontrar
en la hora soberbia y enloquecida de los esqueletos.

Cartas para reinas de otras primaveras, 1985


Días de ocio en la Ciudad que Fue

Nadie me entiende sino el Gato Pedro
Le daré una botas para que llegue a la Ciudad que Fue
y deje de dormir frente a la chimenea 
que en el Molino encienden en pleno verano
En el Sur Profundo tendá que cazar ratones
Y vivir con colores propios
Mientras yo voy al cementerio
Del brazo de la hija del capitán del Puerto
Donde hace cuarenta años que no pasa ninguna nave
El tontito del pueblo me pregunta si yo soy poeta
Y yo le recito "Asteroides" de Pedro Antonio González
Todos creen que yo lo escribí
Y firmo autógrafos para los hijos de los parroquianos
Ya no hay barcos
Ya no hay trenes
Los diarios de la Capital llegan al día siguiente de su aparición
Le regalé al Cura Párroco
"La Mente Drogada. Cómo Librarse de las Dependencias"
De los doctores Hudgson y Miller
Mientras un niño echa anilina a la pila del agua bendita
Que Nuestro Señor me libre del trabajo
Sólo quiero que se abran para mí las puertas de marfil del ocio
Y yo quiero que esto no sea un poema
Sino una página en blanco.

En el mudo corazón del bosque, 1997

Jorge Teillier (Lautaro,1935 - Viña del Mar,1996)
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Foto: Jorge Teillier, Navidad de 1995 letras s5

Teillier en este blog:

martes, julio 31, 2007

Jorge Teillier / De "Para un pueblo fantasma"

39
Si el mismo camino que sube
es el que baja
lo mejor es mirarlo
inmóvil desde una ventana.

40
Los charcos
abren ojos aterrados
al oír a los patos.

41
Mientras no cesan los golpes de los dados
tres bicicletas relucientes y frías
esperan pacientes y cabizbajas
afirmadas en la pared de la cantina.

42
Fuego bajo las cenizas.
Y en el muro
la sombra de los amigos muertos.

Jorge Teillier (Lautaro, Chile, 1935 -Viña del Mar, Chile, 1996), Para un pueblo fantasma, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso-Concejo Nacional del Libro y la Lectura.
Salesianos, sin dirección del impresor, Chile, 2003.
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Foto: Teillier con su hija, Carolina. La Ligua, 1993. Universidad de Chile

jueves, julio 26, 2007

Astracanada





El tercer recuerdo que tengo presente, en apariencia propio de una astracanada, nació como resultado de un embrollo sentimental que enfrentó al poeta con otro poeta, Jorge Teillier (N. de R.: Lautaro, 1935-Viña del Mar, 1996), una de las voces importantes de la generación del cincuenta. El hecho es que, a pesar de estar lejos del entuerto, me vi una tarde en la obligación moral de acompañar a Jorge a la Quinta Normal, en cuyas calles, pobladas de acacias y de nogales, había pactado con Enrique (N. de R.: Lihn, Santiago de Chile, 1929-1988)) batirse a duelo de pistolas. No niego que, a pesar de las aprensiones, tenía cierta curiosidad en observar qué ocurriría en el lance. Como diría el insidioso Gerardo de Pompier, el destino supo guiar los pasos de los contendientes y, a medida que oscurecía la tarde de noviembre en los jardines del antiguo parque, cada cual se fue alejando del otro hasta que, llegado un instante, plena noche ya, las partes optaron por una honrosa retirada ante la ausencia del otro duelista.

Germán Marín en el prólogo a El circo en llamas, de Enrique Lihn, Lom Ediciones, Santiago de Chile, 1997
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Fotos: Teillier y Lihn s/d