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jueves, julio 28, 2022

Jacqueline Goldberg / De "Al otro lado del clima"




Climaterio

[2]

klimaktḗr
en griego escalera
barrote de escalera
punto crítico de la vida
 
de ahí climaterio
que es un poco descender de bruces
 
una mujer en el climaterio
-una mujer como yo en su climaterio-
nunca sabe
nunca sube
no se vuelve pájaro
no cría larvas
escribe
 
saber es cartografiar
estregarse
 
no me quejo
 
vivo mis mejores torpezas
mis más lúcidos heridos años
 

Angostura

al otro lado de Angostura
está Soledad

pueblo tristón
fundado en mil seiscientos y algo

mi suegro nos llevó
a tomar cerveza
a ver la piedra en medio del río
a ver su ciudad detrás del río

no fuimos a la plaza
no nos detuvimos en la iglesia

de regreso
mi esposo y su padre
recordaron tiempos aluviales
yo pensaba
en el gentilicio de por allá
-¿soledadenses?-

pensaba en lo arduo
de pertenecerle a la soledad
aceptar su credo
corroborar que nacimos
sin entender lo de antes
el agua
la soledad de todos

Jacqueline Goldberg (Maracaibo, Venezuela, 1966)

Al otro lado del clima
,
LP5 Editora,
Santiago de Chile, 2022











viernes, noviembre 04, 2016

Jacqueline Goldberg / Dos poemas













La piedad del mueblecillo

Acaso hay algo más importante
que reparar y lustrar un mueblecillo de madera.

La madera es importante,
el brillo es importante.

No todo aceite da lumbre.
Y no cualquier luminosa ficción
sirve al despropósito de alcanzar el miedo.

Están por acabar las vastas edades.
Dije covacha, no sutura.

Puede revertirse la saciedad,
incluso después de una cansina andanza.

Importan los duelos inclinados,
aquellos deberes grieta adentro.

Lijar, pintar, retroceder.
Admitir derribos y demoliciones.

Dicen que la madera recuperada
aleja hostilidades.

Lo rústico y lo sobrio
es ya parte de nuestra semblanza.

Deben observarse también
pisos, escaleras, barcos.
Todo alcanza en la jauría de las vetas.

El ruido nos ha hecho cautelosos.

La gracia acaece como antídoto
a la doble tristeza de los diluvios.

Es importante pues la madera, su brillo,
los pequeños muebles,
la pequeña piedad de las cosas.



Dublín
(Fragmento)

He comprado una guía turística de Dublín.
Habla de su centro histórico
y de sobrecogedores parajes alrededor de la bahía.
Cuenta de leyendas celtas, inviernos tranquilos,
siglos en un vistazo.

Se sabe, nunca iré a Dublín.

Tampoco habrá tiempo para volver a Viena,
al cementerio judío de Praga,
a la Villa Savoye, en Poissy.

Bram Stoker era de Dublín.
Oscar Wilde era de Dublín.
James Joyce era de Dublín.
Handel estrenó su Mesías en el Music Hall de Fishamble Street.
Samuel Beckett nació en el sur de Dublín.

Son imanes, aunque jamás comprenda Dublín.

No quedan aviones que partan desde mi cama.
La cárcel es el país.
El país lo incesante.

Llevo garganta de espinas,
manos sísmicas e incurables.

Ahora mismo escribo un libro sobre mi temblor.
La enfermedad es un género literario:
gustan tanto los padecimientos,
la transparencia de los jarabes amargos.

La guía habla de un paseo de noventa minutos
por el Dublín literario y georgiano.
Atraviesa plazas, recorre un tramo del Grand Canal.
No veo hospitales.

—Mauricio, ¿cuánto vale un pasaje a Irlanda?
—No sé, es engorroso averiguarlo hoy domingo.
—Déjalo. Nunca iré a Dublín.

No basta amanecer con un libro entre las piernas.
Mejor leerse en sólido.

El mediodía barre papeles en mi escritorio.
Acopio lo absurdo, lo templado, cierto ruido.

Alguien llora.
Quizá el niño con cáncer un piso más arriba.
Tal vez el pianista dos pisos más abajo.
Estamos en cautiverio,
cada quien en su naturaleza muerta.

«Todo de antes. Nada más jamás. Pero jamás tan fracasado. Peor
fracasado. Con cuidado jamás peor fracasado», escribe Samuel
Beckett en Rumbo a peor.

Detesto lo maravilloso que puede ser Beckett.
Yo merecía ser de su Dublín de castillos y faros,
pero nací en ciudad de tierra negra.

Tenue es la dicha.

Salgo, emprendo lo que puedo.
Luzco normal, tengo una muela fracturada.
Es tanto lo que no se sabe de mí.

Así los improperios.

(…)

Jacqueline Goldberg (Maracaibo, Venezuela, 1966), Periódico de Poesía de la Universidad Autónoma de México, N° 91, julio-agosto 2016

 Foto: Alexandra Blanco/Ficción Breve

domingo, enero 02, 2011

Marguerite Duras / Poemas encubiertos




Dos ¿poemas? de Marguerite Duras


Traducción e introito de Jacqueline Goldberg


Lo que siguen son poemas de Marguerite Duras, aunque no sean poemas de Marguerite Duras. No fue ella quien los tanteó, los recobró. Ella quien fundó su último lugar. Pero son poemas de Duras. Lo decido yo, que soy su lectora. Su devota. Lo declaro yo, que la releo en la continuidad de su silencio. En los márgenes borrados incluso de sus novelas y textos más “narrativos”. Lo rubrico en la lealtad de una traducción consumada desde la piel, como una renuncia más al trecho bibliográfico de la autora.
Duras confesó haber adquirido una identidad esencial a través de una frase de Jacques Lacan: «No debe de saber que ha escrito lo que ha escrito. Porque se perdería. Y significaría la catástrofe». Así, sabemos, que cuando surge un lector, el autor desaparece, es apócrifo, escribe lo que uno cree que escribe. El lector transforma el libro. Lo destruye. Lo reconstruye. Es su vocación. De ahí que poco importe que Marguerite Duras haya o no vertido sus textos en un libro de poesía. Que haya dicho que ciertos textos suyos pueden verse como poemas. Lo digo yo. Con eso basta.
Laure Adler advierte en su obra biográfica Marguerite Duras (Anagrama, Barcelona, 2000) el hallazgo, tras la muerte de la autora, de un poema escrito en unas hojas sin fecha. El texto probablemente corresponda a la misma época de escritura de la novela Un dique contra el pacífico, donde la desesperanza es ofrenda familiar:

«Canto del cabo
Larga es la espera
Bajo el sol
Los hombres se arrastran por la carretera
Encadenados a la esperanza
Mucho esperé en la pista
Con los pies y el cuello encadenados
Y la cabeza al sol
El estómago vacío, el culo apaleado
Arroz de miseria
Sol de hierro

Mi hijos hambrientos

El hambre, el paludismo

Oh llanuras de mi país
Tan bienaventuradas de criaturas
Muertas de hambre
Oh sol de sal
Oh país mío, mi único destino».


Y hay otro poema inacabado, El Mar, de los días iniciales:

«Oh, mar, tantos besos sobre nuestras pobre miradas
tantas olas unidas,
y tanto anhelo
en este hostigamiento de desiertos hundidos.
Los hombres alrededor bañándose en tus espumas,
la voz de tus prisioneros
se apaga sobre sus cuerpos.
Oh, pueblo, siempre una mañana os priva del mar
vuestra voz y vuestras manos se tornan más desgarradoras
y en vuestros ojos ya
contra toda la tierra, hay recuerdos.»

Los textos de Duras que aparecen en sus novelas no son poemas porque lo parecen, por su estructura a veces versificada, su puntuación, sus vacíos. Son poemas por lo que niegan. Por esa incerteza que los delata. Por detenerse al margen, por acusar, desistir. Por dar cauce a vocablos impostergables. Por ser acontecimiento en sí mismo, asombro, silencio, síntesis.
Duras admitió que escribir es no hablar: «Es callarse. Es aullar sin ruido». Sus novelas son lugares de mudez. Pero aquellos fragmentos que osamos ver como poemas (en novelas y guiones cinematográficos como Hiroshima mon amour, El hombre en el pasillo, La enfermedad de la muerte, Es todo) se convierten en el íntimo lugar del habla, donde un libro secreto avanza y se vislumbra desde un extraviado alfabeto. Donde nada calumnia ni somete. Libro reabierto, donde dice Duras.

Cesarea, Cesarea es la memoria recuperada. Duras estuvo en el mítico lugar gracias a una invitación del Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel. Aquellas ruinas escarbaron en ella una cierta desazón ante la historia que grita entre piedras. El texto constituye una nueva versión de comentarios escritos a partir de planos no utilizados de su guión cinematográfico Le navire night (Le navire night. Cesarea Cesarea. Les mains negatives. Gallimard Editions, Colecttion Folio, París, 1992). Quizá es uno de los textos de Duras que más hablan de un aliento poético por su musicalidad y su jadeo constante. La banda sonora de la película Cesarea, Cesarea contiene la voz de la propia Duras. Partiendo de las imágenes del jardín de Las Tullerías, en París, evoca la ciudad mediterránea, cuyas ruinas han puesto al descubierto la olvidada grandeza de la ciudad en la época romana y de las Cruzadas.

Les mains negatives (Las manos negativas) es, al igual que Cesarea, Cesarea, un fragmento del guión de Le navire night. Y es, asimismo, una reflexión sobre la memoria que nos convoca desde los inicios de la historia misma. Duras llama “manos negativas” a las pinturas halladas en las grutas magdalenianas de la Europa Sur Atlántica. Se detiene en su contorno, en sus heridas de piedra, sus colores inexplicables. El asombro ante la huella humana es aquí una excusa para recorrer el ansia que infunde el pasado, la realidad de ese pasado. «En Les mains negatives» señala Adler, «se dice a gritos que llevamos amando treinta mil años, y esos gritos de amor, esas alusiones a las cuevas prehistóricas, van acompañados de imágenes de hombres de piel oscura que recogen los cubos de basura de París al amanecer. No sale ni un hombre blanco, sólo negros. Esos gritos de amor parecen dirigidos a esa población negra, rechazada, despreciada, humillada, que se encarga de las tareas más indignas de nuestra sociedad blanca»

Cesarea

Cesarea
Cesarea
Así se llama el lugar
Cesarea

Cesarea

Sólo queda la memoria de la historia
y esa única palabra para nombrarla
Cesarea
La totalidad.
Sólo el lugar
Y la palabra.

El suelo.
Limpio.
De la polvareda de mármol
mezclada con la arena del mar.

Dolor.
El intolerable.
El dolor de su separación.

Cesarea.
Aún se llama el lugar.
Cesarea
Cesarea.

El lugar es llano
frente al mar
el mar está al final de su curso
golpea las ruinas
siempre fuertes
aquí, ahora, ya frente al otro continente.
Azules las columnas de mármol azul, arrojadas allí frente al puerto.

Todo destruido.
Todo ha sido destruido.

Cesarea

Cesarea.
Capturada.
Raptada.
Conducida al exilio sobre la nave romana,
reina de los Judíos,
señora reina de Samaria.
Por él.

Él.
El criminal.
El destructor del templo de Jerusalén.

Y después repudiada.

Aún se llama así el lugar
Cesarea
Cesarea.

El fin del mar
El mar que golpea contra los desiertos

No queda sino la historia
El todo.
Sólo este trozo de mármol bajo los pasos
Esta polvareda.
Y el azul de las columnas hundidas.

El mar ha triunfado sobre la tierra de Cesarea.
Las calles de Cesarea eran estrechas, oscuras.
Su frescura arrojada sobre el sol de las plazas,
Al arribo de los barcos
y la polvareda de los rebaños.
En ese polvo
se ve aún, se lee aún el pensamiento
de la gente de Cesarea
el trazado de las calles de los pobladores de Cesarea.

Ella, reina de los Judíos.
Regresa.
Repudiada.
Perseguida
Por razón de Estado
Repudiada por razón de Estado.
Vuelve a Cesarea.
El viaje por mar en la nave romana.
Fulminada por el intolerable dolor de haber sido abandonada,
por él, criminal del templo.

En el fondo el navío reposa entre las gasas blancas del duelo.
La noticia del dolor estalla y se derrama sobre el mundo.
La noticia recorre los mares, se derrama sobre el mundo.

El lugar se llama Cesarea.

Cesarea.

Al norte, el lago Tiberíades, los grandes patios de San Juan de Acre
Entre el lago y el mar, Judea, Galilea.
Alrededor, campos bananeros, maizales,
naranjales,
los trigales de Galilea.
Al sur, Jerusalén, hacia Oriente, Asia, los desiertos.

Era muy joven, dieciocho años, treinta años,
dos mil años.
Se la han llevado.
Repudiada por razón de Estado.
El Senado habló del peligro de un amor así.

Arrancada de él
De su deseo.
Muere.

En la mañana frente a la ciudad, la nave de Roma.
Muda, blanca como tiza, aparecida.
Sin pudor.

En el cielo de pronto el estallido de cenizas.
Sobre ciudades llamadas Pompeya, Herculano.

Muerta.
Lo destruye todo
Muere.

El lugar se llama Cesarea
Cesarea
No hay nada más que ver. Sino el todo.

Hay un pesado verano en París.
Frío. De bruma.




Las manos negativas

Ante el océano
bajo el acantilado
en el muro de granito

esas manos

abiertas

Azules
Y negras

Del azul del agua
Del negro de la noche

El hombre ha venido solo a la gruta
de cara al océano
Todas las manos poseen la misma dimensión
estaba solo

El hombre solo en la gruta ha mirado
en el ruido
en el ruido del mar
la inmensidad de las cosas

Y ha gritado

A ti, elegida, dotada de identidad, te amo

Esas manos
del azul del agua
del negro del cielo

Anodinas

Desmembradas sobre el granito gris

Para que se vean

Soy quien llama
Soy aquel que llamaba, que gritaba hace treinta mil años

Te amo

Grito que quiero amarte, te amo

Amaría a quien me escuchase gritar

En la tierra vacía permanecerán esas manos, en la pared de granito
frente al estruendo del océano

Insoportable

Ya nadie escuchará

Ni verá

Treinta mil años
Esas manos, negras

El reflejo de la luz sobre el mar hace temblar
la pared de piedra

Soy alguien soy aquel que llamaba que gritaba en aquella luz blanca

El deseo
la palabra no ha sido aún inventada

Miró la inmensidad de las cosas en el estruendo de las olas,
la inmensidad de su fuerza

y después gritó

Bajo sus pies los bosques de Europa,
sin fin

Se yergue él en el centro de piedra
de corredores
rutas de piedra
de todas partes

A tí, elegida, dotada de identidad,
te amo en un amor indefinido.

Había que descender el acantilado
vencer el miedo
El viento sopla desde el continente empuja
el océano
Las olas luchan contra el viento
Avanzan
contenidas por su fuerza
y pacientemente llegan
a la pared

Todo se destruye

Te amo más allá de tí
Amaría a quien escuchase que grito que te amo

Treinta mil años

Llamo

Llamo a quien me escuche

Deseo amarte te amo

Hace treinta mil años que grito ante al espectro blanco del mar

Soy aquel que gritaba que te amaba, a ti


Marguerite Duras (Saigón, 1914 - París, 1996)


Foto: Duras s/d

domingo, agosto 15, 2010

Jacqueline Goldberg / De "La salud"



LA FAMILIA ESPERA EN LA CUERDA FLOJA
el veredicto hematológico
la anchura respiratoria
el conteo de las esperanzas


EL CLAN NO DIFERENCIA
entre parturientas y condenados

a todos conducen
a todos encierran

nunca se sabe
quién merece la plegaria
quién partirá de improviso


LA FAMILIA ESPERA EN LA CUERDA FLOJA
avanza y se retracta
celebra y luego tienta

la bitácora médica
es tan desquiciante como la policial

siempre hay un homicida inatrapable
una bacteria misteriosa
un maldito recodo de la sangre

Jacqueline Goldberg (Maracaibo, 1966) "La salud", 2002, Verbos predadores. Poesía reunida 2006-1986, Editorial Equinoccio, Caracas, 2007


Ilustración: Los juegos terribles, 1925, Giorgio de Chirico

miércoles, abril 29, 2009

Jacqueline Goldberg / Poética (2)

Poética *

La nieve que sortearon mis ancestros,
reliquia desdichada, poco me estremece.

No hay nostalgia
que cumpla la tiniebla
de alegar sitio en mi vestimenta.

Me relato –si es que punta y vértigo son verdad–
en el glosario escarpado de una distancia.

El paisaje
–esa maldición inmaterial
llamada paisaje–
cuece el torso con dulzonas corazas.
Y la nieve, que debería remolcarme al ensueño,
me acusa desde su claridad insuficiente,
como si fuese obligante palidecer,
admirar todo viscoso horizonte,
ser la duración, la represalia.

Jacqueline Goldberg (Maracaibo, 1966)

* Segunda versión del poema de igual título, publicado en este blog, y que originó una serie de encontradas opiniones, las que la autora agradeció con este envío. Ver poema y comentarios

Foto: Goldberg blog de poesía de Jacqueline Goldberg

jueves, abril 16, 2009

Jacqueline Goldberg / Poética

La nieve que sortearon mis ancestros
es reliquia desdichada que no me estremece.

No hay paisaje entreabierto ni nostalgia
que cumplan la tiniebla
de alegar un sitio en mi vestimenta,
mi desorden, mi fetidez.

Nada de cumbres, penínsulas,
pantanos, arenales traicioneros.
Ni siquiera un pájaro en el estupor abisal.

No hay espina ni montículo que acorralen.

Me relato –si es que punta y vértigo son verdad–
en el glosario escarpado de una distancia.

El paisaje
–esa maldición inmaterial
que llaman paisaje–
es ausencia que zanja venas en las manos,
que cuece el torso con dulzonas corazas.

Y la nieve, que debería remolcarme al ensueño,
me acusa desde su claridad insuficiente,
como si fuese obligante palidecer,
admirar todo viscoso horizonte,
ser la duración, la represalia.

Jacqueline Goldberg (Maracaibo, 1966), Verbos predadores, Ediciones Equinoccio de la Universidad Simón Bolívar y Editorial Boker, 2007
Jacqueline Goldberg Poesía
---
Foto: Goldberg, Fernando Bracho Trama.org