Mostrando las entradas con la etiqueta Juan Meneguín. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Juan Meneguín. Mostrar todas las entradas

miércoles, septiembre 06, 2023

Juan Meneguín / De "Astronomías para nictálopes"




Astronomía para nictálopes


          Todos los mundos nacen de ti
              Svatasvatara Upanisad, 4-4


1.

La doble hélice del cometa brilla al crepúsculo,
pronto habrá consumido últimas moléculas de lejano hielo
cuando acaricie la corona solar
y serán solo fragmentos de sueños encendidos
toda su vida de hiperbólico viaje.
Sentado aquí, al borde del Acantilado de Kuiper,
al término de una meseta de cien unidades astronómicas
donde la luz de la estrella llega ya oblicua,
con las piernas colgando a un vacío de treinta mil años luz
donde alguna vez nacieran los cometas visitantes del borde,
veo en mi mente la luz esplendorosa de algún atardecer de la Tierra,
el punto de fuga de todo un misterio, con
la infancia al verano en sus cielos claros
cuando nos acostábamos en las terrazas de la noche
para contar meteoritos en épocas de gemínidas o cuadrántidas
mientas nos íbamos quedando dormidos
y dentro de los párpados,
brillando todavía tanta luz,
la compañera roja de Mimosa y la gigante doble en el río oscuro de Carina.
¿Por qué la luz y no la respiración 
de ese carburante que nos da la vida y también la quita?
¿Por qué la luz, pálido viento solar que llega 
hasta estas piernas que descansan al filo del precipicio? 
Pálido viento de un Sol que llega ya curvado ya menguante
la luz del Sol del tercer planeta, 
coalescente brisa de fotones últimos entre las piernas, 
brillo póstumo de una estrella tan eterna tan efímera
en las viejas noches de un pueblo de provincia
mientras se encendían las calderas de los trenes
que habrían de partir hacia la oscuridad,
cuando ya callaran las criaturas nocturnas
y se inauguraban otros sonidos,
propios del trabajo del hombre y sus rutinas
-- una fragua crepitando en sus rojos carbones,
un martillo que cae al fierro y lo moldea,
una limpia campana de taller --
Veo un mundo que despierta al frío
en aquel barrio al sur,
con la abrigada niñez de lanas por varias capas;
escucho un mundo que renace cada día 
anterior a la escarcha y los fríos de junio, 
y el sonido es anterior a la luz,
anterior al día que habrá de venir con la luz, 
disipando la niebla y las ventanas empañadas,
como empañadas vías de tren ahí cerca, y un monte de aromitos
floreciendo, envueltos en una telaraña de rocío, cada gota un prisma,
cada gota un mundo donde la luz se descompone en su espectro visible, 
como si fuera la tarde la mañana el día primero, 
y aquel niño era dueño de todas las cosas creadas
y todos los mundos que nacían de las cosas creadas --
Una mañana descubro un duraznero en flor 
y otra mañana sus primeros frutos de avanzada primavera,
y las flores del aromito ya son recuerdo
aunque su aroma todavía permanece en un patio de casa italiana
donde sobrevuelan las criaturas y más allá más arriba
aún era digno llamar «aeroplano» a los Pipper de aeroclub
con sus alas enteladas y su ronroneo lento a tres mil pies --

2.

Pero el hombre que se acuesta tarde 
y ve los sirirís que vuelan altos en la noche,
sabe que mañana va a llover. Sabe 
que esa formación en ala delta
avanzará al oeste sin sextante ni satélites,
saludando la altura sobre un pueblo,
donde en sus orillas maduran los maizales,
y los paisanos curtidos de chacras y viejos tractores
buscan en las nubes un código escrito de lluvias previstas e imprevistas,
y escuchan ese saludo como un mensaje, porque
huelen la baja presión de un cielo cargado de iones
y sienten la humedad del aire en sus huesos,
y hay nubes de verano en sus ojos vencidos...
Busco un punto de luz en la mirada lateral, un rojo particular
que no admite iguales en el fondo de estrellas al Sur,
un color que va naciendo con la noche,
que no podemos ver de frente porque otros mundos encandilan 
y enceguecen las magnitudes límites del telescopio.
Pupila abierta a la oscuridad: otras tierras nacen 
y se forman delicadas en las células bastón del ojo, incendiado 
por la luz de las estrellas que cantan, y más allá de todo,
más allá del límite del cielo, donde hay siquiera 
imágenes fragmentarias de un azul tercer planeta--
Cien millones de soles en el telescopio, el corazón
de Omega Centauri late un enjambre de luciérnagas al sur del Trópico
y al rocío de la madrugada; la fresca noche declina
como hacia el cuerpo de una mujer hermosa y desnuda 
durmiente aún bajo las estrellas últimas y el rocío último
donde cada gota es un espejo convexo que refleja un sol diferente,
que la brisa diluye y difunde hacia aquellos árboles,
entrevistos apenas bajo la luz de Sirio, y el azahar
que regresa ayer de un horizonte de colinas y de una mañana fragante,
mientras caminara yo entre frutales y fresca arena
donde la luz toda fuese de iridio y topacio, 
nacida de espejos cósmicos esas gotas de rocío,
aire nuevo y claro cielo a la hora del equilibrio --

3.

Invisible Mercurio, extraño tu incandescencia al ocaso;
invisible Marte, extraño fuego errante. Ya Saturno en Tauro, 
otra vez el cielo de las Pleyades en las noches de verano,
inalcanzables ya aquellas moradas, vaporizadas en la luz del pasado,
cuando no es este centro de gravedad, mi centro de gravedad,
ni aquel mi horizonte, horizonte de eventos. ¿Cuánto demoraré
en llegar a mi centro? ¿Cuánto tiempo más en mi tiempo?
No hay colores ni sonidos ni tiene formas este cielo,
sólo radiación, ruido blanco de como piedras triturándose
en la absoluta sombra; la creación que no fue,
el reloj detenido un terasegundo antes; el día domingo que no comenzó, 
la casa a la que estoy regresando y jamás llegaré.
En la luz del telescopio es ahora el horizonte 
donde el viento solar ya descansa; estas tierras grises 
y estos arbustos sobrevivientes. Es aquí 
donde el ojo recibe las impresiones más primitivas
y exceden la capacidad del alma para entender,
el no espacio y el no presente, y el mañana que fue ayer.
Sentado al borde del Cinturón de Kuiper, con los pies
colgando al vacío como en un acantilado
a treinta mil años luz del corazón, el Brazo de Orión
se alarga hacia el Gran Silencio
y me arroja lejos, lejos de todos estos mundos.

Juan Meneguín (Concordia, Argentina, 1958)

Astronomías para nictálopes.
Selección de Poesía 1997-2022,
Ediciones El Suri Porfiado,
Buenos Aires, 2023










lunes, octubre 15, 2012

Juan Meneguín / Puentes de alma calada



Puentes de alma calada

Busco algunos puentes que ya no existen,
de piedra y de madera, puentes de fierro.
Grandes naves quietas en la espesura de los montes
mientras abajo corren las aguas frías.
Busco algunos caminos que los años perdieron en mapas amarillentos.
Caminos sepultados por las arenas y luego por los pastizales
a donde volverían cérvidos de altas cornamentas.
En sueños veo aquellos arenales
surcados por arroyos de aguas claras y verdes
y remolinos de peces en los remolinos.


: Verano 1971

Veo puentes de hierro ferrocarrilero sobre un monte en brumas.
Veo la noche en aquellos puentes atravesados por el claro de luna.
Veo un puente rojo que una tormenta de tarariras y sarandices
descalzó una noche y cayó finalmente
descabezando un camino que nadie usaba ya
porque era un camino sin cereales y sin camiones.
Los pilares hundidos en las arenas, los arbotantes
enterrados en una espesura de campanillas y enredaderas sin nombre.
Pero veo también un puente de madera, un puente hermosamente vacío
y colgado del cielo por obenques de repollitos de agua
y abajo y adentro un agua con sabor a cedrón y carqueja.
un agua de berros y culantrillos entre las piedras,
cuando de solera y capelina, una recién casada
sale del frío de lo verde y ríe con algodón mojado transparente
que copia la levitación de sus pechos,
y entre las vigas de quebracho de un puente de madera
alguna vez tuve doce años, y con un mediomundo
me sumergí en la sombra de un remolino
habitado por sabalitos y chanchitas, dientudos y mojarras,
ardiendo por culpa del verano y el sol de las primeras eróticas.


: Invierno 1941

Puentes de alma calada, rendidos ante una tormenta subfluvial,
una noche en que desaparecía un ejército de zapadores
bajo las olas turbias de las grandes crecientes,
ahogados soldaditos por el peso de los fusiles, mochilas, campamentos,
mientras arriba cruzaba el último carguero,
ciego entre relámpagos, hipoacúsico en el espanto,
como un redoble de tambores en doble fila sobre los rieles,
la síncopa de sus pistones empujando un cronómetro lejano.

¿Dónde quedan esas imágenes? ¿Quién
registró la lenta historia de aquellos puentes entrerrianos?
¿En qué oficinas con fantasmas siguen muriendo
reglas de cálculo y medidas inglesas
para aquellas ingenierías sin sistema métrico decimal
en cuyas crónicas de planos cruzaban los convoyes de áridos?
Sobre ondas de trigales, bajo el viento y la llovizna
pasaban las últimas locomotoras
y entraban a los puentes perdidos en tajamares y lagunas,
porque hubieron puentes sin doseles ni barandas
para que los cormoranes de agua dulce,
y desde un lento mirador de fierro con remaches,
escrutaran mejor el fondo de aguas verdes.


: Otoño 1983

Pero un puente blanco cruza sobre buques contenedores
y el río se detiene en camalotes.
Amanece y hay niebla allá abajo, y entre la niebla
viejas embarcaciones buscan una isla, y un amarradero.
El río es un viajero silencioso cuando se va en la niebla;
los sauces en la orilla son filigranas de niebla,
los sarandices en la orilla son las ramas y las hojas de la niebla
y hay culebras en los grandes embalsados,
hay una garza de ojos colorados que mira
y el río apenas marcha con sus barcos extranjeros
mientras un lento carguero, allá arriba,
cruza como levitando por un monte de olores de rocío.
Y es una fina escarcha de verdes traslúcidos la mañana.


: Primavera 2009

Tres motocicletas cruzan un puente blanco:
las máquinas quietas como en paradoja cuántica,
porque cuando hay un arroyo de aguas oscuras
siempre es un puente blanco lo que viaja, y cruza.

Juan Meneguín (Concordia, 1958), Cuando mi padre comía flores y otros poemas, Ediciones Río de los Pájaros, Concordia, Entre Ríos, 2012

Foto: Juan Meneguín en Autores de Concordia