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jueves, agosto 29, 2024

Juan L. Ortiz / Los ángeles bailan entre la hierba



Los ángeles bailan entre la hierba.
Ondulan un frío que relampaguea
y que cortaría la tarde.
La tarde dura como un diamante
que desvalora de pronto una nube efímera.

Los ángeles de Cocteau sentados en las cornisas
miraban caer la tarde con ojos violeta.

Es dura la vida. La vida es triste.
Como un mar la muerte viene del sur y anda en el sol.

Los ángeles bailan entre la hierba
y sonríen con una sonrisa filosa,
un poco lúgubre ¿cierto?
Sí, lúgubre, y breve.

Juan L. Ortiz (Puerto Ruíz, Argentina, 1896-Paraná, Argentina, 1978), "El agua y la noche", 1924-|932, En el aura del sauceEditorial Biblioteca, Rosario, 1970 Ignoria, 6 de marzo de 2023

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Foto: s/d

domingo, noviembre 01, 2020

Juan L. Ortiz / De "Obra completa", 2020






















Rosa y dorada…

Rosa y dorada
la ribera.
La ribera rosa y dorada.

Febrero,
y ya estás,
belleza última, en el cielo y el agua.

Etérea,
pero ya estás,
vapor flotante de un sueño
que parece de flor y es de un lúcido pensamiento
que se busca
y se suspende
mientras el cielo es un ardor sensible.

Por los caminos pálidos, entre la hierba oscura,
el alma es un olvido hacia una orilla eterna.

El álamo y el viento, 1947 Op. Cit.


Ah, mis amigos, habláis de rimas...

Ah, mis amigos, habláis de rimas
y habláis finamente de los crecimientos libres...
en la seda fantástica que os dan las hadas de los leños
con sus suplicios de tísicas
sobresaltadas
de alas...

Pero habéis pensado
que el otro cuerpo de la poesía está también allá, en el Junio de crecida,
desnudo casi bajo las agujas del cielo?

Qué haríais vosotros, decid, sin ese cuerpo
del que el vuestro, si frágil y si herido, vive desde "la división",
despedido del "espíritu", él, que sostiene oscuramente sus juegos
con el pan que él amasa y que debe recibir a veces
en un insulto de piedra?

Habéis pensado, mis amigos,
que es una red de sangre la que os salva del vacío,
en el tejido de todos los días, bajo los metales del aire,
esas manos sin nada al fin como las ramas de Junio,
a no ser una escritura de vidrio?

Oh, yo sé que buscáis desde el principio el secreto de la tierra,
y que os arrojáis al fuego, muchas veces, para encontrar el secreto...
Y sé que a veces halláis la melodía más difícil
que duerme en aquellos que mueren de silencio,
corridos por el padre río, ahora, hacia las tiendas del viento...
Pero cuidado, mis amigos, con envolveros en la seda de la poesía
igual que en un capullo...
No olvidéis que la poesía,
si la pura sensitiva o la ineludible sensitiva,
es asimismo, o acaso sobre todo, la intemperie sin fin,
cruzada o crucificada, si queréis, por los llamados sin fin
y tendida humildemente, humildemente, para el invento del amor...

"De las raíces y del cielo", 1958. En el aura del sauce, 1970

Juan L. Ortiz (Puerto Ruíz, Argentina, 1896-Paraná, Argentina, 1978), Op. Cit., 27 de septiembre de 2020 


Obra completa. Edición ampliada y revisada
Universidad Nacional del Litoral y
Universidad Nacional de Entre Ríos, 2020 











Foto: Juan L. Ortiz, 1960 Op. Cit./UNL/ UNER 

miércoles, septiembre 28, 2011

Juan L. Ortiz / De "La orilla que se abisma", 2




















Canta la calandria...

   Canta la calandria... canta...
Toda criatura canta, no es cierto? canta para "ser" aún en el misterio
   en el extrañamiento de sí...


Canta la calandria, y de repente parece que halló
           la deidad del "silencio"...


Excedió el pajarillo, pues, el hálito
                  de las ocho,
  al no encontrar la respuesta
                       cerca,
y perdérsele en el gris las otras frases del minuto?


   Por qué calló entonces?
   Alguien sufre...


Nada asegura que la melodía
pasó a "ser", allá, allá, donde las perlas se disolverían y de donde, a la vez,
se desprenderían las perlas...


           Pero vuelve...
     y con qué dulzura vuelve... es la melancolía
           que vuelve?


            Oh amor de diciembre,
                     amor:
dale el eco de una rama de ahí, o, si lo prefieres, del confín,
             para que no "sea" en ese "allá"
antes de "ser" su "resonancia", en el intervalo de "aquí",
              aunque el aire deba sufrir, asimismo, porque nadie, nadie,
                      pueda herirlo así...
                      y quede en una suerte de molicie
                      que se ilumina
hasta arder en las cigarras y medir, intermitentemente, con ellas,
                  los espacios, ya, de un arcángel...


Juan L. Ortiz (Puerto Ruíz, 1896-Paraná, 1978), La orilla que se abisma, Editorial Losada, Buenos Aires, 2011 (primera edición: 1970, en En el aura del sauce)
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Ilustración: Landscape with clouds, c.1821-22, John Constable

miércoles, septiembre 14, 2011

Juan L. Ortiz / De "La orilla que se abisma"


El jacarandá

Ah, él pregunta, me pregunta...
y quiere como adelantar tímidamente,
una suerte de manecillas
hacia un secreto mío, o nuestro, que él desearía, al parecer,
               poner en pie
             y unirlo al suyo...

Por qué si no ese misterio de "helechos"
abriendo siempre su brisa
  contra el cristal, ay,
o tendiéndola en el vacío, enseguida, ya más íntimamente,
            pero apenas, oh, muy apenas...
            en el vacío
de una melancolía sin visillos?

-Si -me objetaríais-
el jacarandá se fuese arriba, más arriba, es cierto, de los pisos,
en busca de su cielo entre los paraísos,
y éstos, naturalmente, le asignaran a su respiración,
el lado de tu ventana:
qué mucho que sus "plumas" den en los vidrios, así,
y ensayen aún tu aire?

-Eso es una "verdad" -os susurraría-,
mas me permitiríais insistir en lo que invita hacia mi sueño?:
                  el jacarandá, de ese modo,
al nivel de otra transparencia que aspiraría a tocar,
tiende hacia ella, tal un ciego, unos escalofríos de ramillas,
                  para despertarla, acaso en su raíz:
el mismo anhelo, pues, sobre los azares del espacio,
                  de respirar el azul y los rocíos de la "celistia",
                       desde la memoria de los grillos?

Y qué haría, entonces, -os pediría me lo dijeseis-
                            qué haría esa nada
                         o esa ausencia que no sabe de sí,
y para la cual, él, alista continuamente sus palpillos
                             y una como fe...
qué haría esa nada al lado de él,
                        que así, de hojas,
                       sube y sube curvándola,
la fuente de la identidad
         en el surtidor de la música...
y vuelve verde, para danzar, todo de alas en la luz,
               al "hijo de la noche"
que es nuestro hermano, igualmente, de sombra,
               entre las napas del ser,
con su mismo sentimiento hacia las flautas?

Y qué haría la tristeza, o qué? luego,
llevando en su olvido, hasta cuándo? unos dedillos de jacarandá
   que lo llamarían a la melodía
o a las perlas de ese silencio que baja, melodiosamente también,
de las pestañas sin tiempo...?

Qué haría, sobre todo, ella, aparte
   -habrá de mirar, ay, pronto, de otra palidez-
o qué haría en los hilos ya, de las hierbas y los hálitos?

    O es que lo imposible de las voces
  -oiríais, desde aquí, el crecimiento de las margaritas?-
  se buscarían sufriendo, sufriendo todavía,
 en fuga de la soledad,
hasta la chispa y la enajenación, allá, para unos pétalos,
           sobre las líneas de los abismos?

Juan L. Ortiz (Puerto Ruíz, 1896-Paraná, 1978), La orilla que se abisma, Editorial Losada, Buenos Aires, 2011 (primera edición: 1970)
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Ilustración: Pescador en un lago invernal, 1195, Ma Yuan

martes, agosto 07, 2007

Juan L. Ortiz / De qué matiz...




















¿De qué matiz
abisal ya
la dulzura quieta, quieta
del crepúsculo?

Una dulce y extraña
alma submarina
flotante, o en las cosas como su íntima luz soñada...

Era dulce también estar en ella, ser parte de ella, ser ella...

La inseguridad oscura, los ranchos, el regreso.
La niña en el camino, triste, tras la vaca melancólica.

La vida que se agazapa, dura, e indiferente, sin culpas.
La vida cruel, la crueldad que debe imponerse en la lucha dura.
La crueldad, los gestos duros y sangrientos.

El alma del cielo se azulaba ahora
nocturnamente.

La crueldad. ¿Pero nos volveremos del lado del cielo
y deberemos perdernos en él por siempre
para no saber más de la crueldad?

Oh, no. No es del amor eso, y esperemos
sonrientes, por encima de todo, sonrientes
y prontos a la obra paciente, a la humilde obra paciente.
Seremos en la participación, en la "terrible participación".
Entre las desgarraduras y las llagas y la sangre inocente y las súplicas angustiosas,
traspasados pero atentos, con la honda fe libre aunque algunas veces ella nos duela.

Juan L. Ortiz (Puerto Ruíz, 1896-Paraná, 1978), "La mano infinita", 1951, En el aura del sauce, Editorial Biblioteca, Rosario, 1970
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Foto: s/d