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martes, marzo 30, 2021

Juan José Saer / La palabra también es visible





















La palabra también es visible, escrita en el cielo,
su forma es azul, y su textura la del aire.
El sol dorado habla en chispas de fuego real.
No busquen
símbolos, sino una simple letra de ramas tejidas,
presencia o ausencia, o en el agua, signos turbios.
Las tormentas no anuncian un dios oculto,
los besos reflejan una dulce tentación momentánea.
Donde miremos la sombra y la luz se abrazan de amor,
sobre nuestras cabezas, en lo alto del día, la letra permanece
desde la eternidad, aguardando su sentido.
No busquen
lo que no existe en lo que murmura de amor sin precio,
la tierra virgen, dada en totalidad, acepta nuestros largos abrazos,
piedra de sueño, o sueño de piedra,
sumisa sin embargo a un orden real.

Ya no veo en los árboles sino un llamado.

                                                                    21 de agosto de 1963

Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937-París, 2005), "Cuaderno `1810´ (1963-1978)", Papeles de trabajo. Borradores inéditos, Seix Barral, Buenos Aires, 2012

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Foto: Infobae s/d

martes, febrero 16, 2021

Juan José Saer / Elegía Pichón Garay
















Deberes,
y un cielo azul que se hunde
en el ramo de tardes
que atravieso
como quien se levanta, ciego,
desde una cama de ceniza.

Bienaventurados
los que están en la realidad
y no confunden
              sus fronteras.

Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937-París, 2005), El arte de narrar, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Argentina, 1988

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miércoles, enero 22, 2020

Juan José Saer / El arte de narrar



































Ahora escucho una voz que no es más que recuerdo. En la hoja
blanca, el ojo roza la red negra que brilla, por momentos,
como cabellos inmóviles contra la luz que resplandece, tensa,
al anochecer. Escucho el eco de una palabra que resonó
antes que la palpitación del oído golpeara, y se estremece
la caja roja del corazón simple como un cuchillo. ¿No hay
otra cosa que días atravesados de violencia sutil, detención
abierta hacia momentos más blancos que el fuego? Está el rumor
del recuerdo de todos que crece -el resonar de pasos
sobre caminos duros como planetas que se entrecruzan
                                                               / en regiones reales-
con el mismo rumor inaudible de los cuerpos que se abren
y de la lluvia verde que se abre imposible hacia un árbol glorioso. Nado
en un río incierto que dicen que me lleva del recuerdo a la voz.

Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937-París, 2005), El arte de narrar, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Argentina, 1988

Otra Iglesia Es ImposibleInfobae - La Nación - Télam - Multiversos - Vallejo & Co. - Mula Blanca - Revista Iberoamericana (PDF) - Festival Internacional de Poesía de Rosario / Marilyn Contardi / YouTube
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Foto: Juan José Saer en Serodino, Santa Fe, Argentina, 2003 David Fernández/Clarín

jueves, julio 25, 2019

Juan José Saer / Aldo

















La boca cumple un enorme papel: toma
el vino tinto, de a poco, a lo largo de la noche,
y devuelve, incansablemente, iluminándose, el verbo.
Y cuando está en silencio, los labios se mueven todavía,
se estiran, se entreabren porque los dientes, sin motivo,
sin ninguna pasión, por pura costumbre, se aprietan.
Es, se ve bien, un reflejo que viene desde el fondo, o mejor
dicho desde el principio. La calvicie
no alcanza más que la coronilla, la frente,
y en la nuca, y a los costados, el pelo grisáceo termina
humildemente, escarolado, insumiso.
En el conjunto, la cabeza vendría a ser
de un gris ceniza evanescente, la cara
rojiza, a causa quizás del vino, y los hombros,
cubiertos por el saco azul marino, resaltan,
como contra un infinito, contra el afiche amarillo pegado a la pared.
Está todo aureolado, si se quiere, de grafismos negros.
La mesa del bar, al lado de la vidriera, es, entre todos,
el mejor lugar; sobre la mesa
el vaso de vino, medio lleno, que la mano,
negligentemente, toca: de esas manos, se ha sabido decir
que, como las de Borges, son blandas, evasivas. Las ha ocultado
parece, a medias, desde siempre: ¿un complejo? Y a veces
sin embargo, pueden moverse, elegantes, en el aire,
diciendo un alegato mudo en favor, por ejemplo de Baudelaire,
y en ellas, entonces, todo lo qué le queda de pasión se concentra.
Pero no es, propiamente, una pasión:
son como unas señales, rápidas, que le llegan, de vez en cuando, desde
lejos, desde el fondo, probablemente, o desde el principio,
y alrededor de cuyo centelleo, todos sus días,
que él se dice vivir, inútilmente, en dispersión,
como un milagro austero, para el oyente, se reúnen.

Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937-París, 2005), El arte de narrar, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Argentina, 1988

Otra Iglesia Es Imposible - Revista de Lengua y Literatura - Otra Parte - Eterna Cadencia
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Foto: Ulf Andersen/AURIMAGES/AFP/Arcadia

viernes, octubre 27, 2017

Juan José Saer / Café y manzanas














La taza blanca, nítida, nos saluda,
corola, sobre la mesa, abierta en el
presente que, de nuevo, floreció. Y el gusto,
ácido, de la carne otoñal,
sin nosotros, mezclado al del café,
seguirá estando
prisionero en su forma:
vidas frágiles y solidarias. Minuto,
rico, cuyo vaivén
lleva y trae este mundo
en equilibrio sobre lo negro. Presente
rápido y sin fin que deposita,
en esta esquina del ser,
el ser entero hecho calor y delicia.

Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937-París, 2005), El arte de narrar, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Argentina, 1988
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Foto s/d

viernes, octubre 13, 2017

Juan José Saer / El Graal

















El mar destila incertidumbre,
la montaña perplejidad; y el propio
cuerpo no abandona, por nada
del mundo, su secreto. El viaje
se volvió errabundeo, y el aura
solidaria, retirándose,
nos transformó en manada.
En la llanura inmóvil,
el cansancio nos visita:
todo esto podía haber sido
de esta manera o de alguna otra,
el tiempo hubiese preferido
correr para adelante o para atrás,
y abstenerse de salir, indiferente,
la luna. Nos creeríamos perdidos,
si fuésemos capaces, todavía,
de distinguir un lugar.
La mirada rebota, espesa;
ni reconoce ni interroga.
Astillas turbias flotan
entre la sombra que amenza.
Confusos, vacilamos:
salimos a buscar no sabemos qué,
ya no nos acordamos bien cuándo.

Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937-París, 2005), El arte de narrar, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Argentina, 1988
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Foto: Juan José Saer, París, 1980 © Sophie Bassouls

martes, julio 18, 2017

Juan José Saer / Dos poemas


















A los pecados capitales

Por nuestra fantasía, nos liberan
de la materia pura, pero caemos en la red
de la esperanza. Pecados, vicios, y hasta
las débiles virtudes, nos separan
del cuerpo único del caos.
nos arrancan
de la madera y de los mares.
Guardianes en el umbral de la nada.


Para cantar

La tarde está limpia como una hoja vacía.
A veces, como una mano que escribe, la borronea el viento.
La carcome, como a una esperanza que se enfría
por ráfagas de remordimiento.
Tarde carcomida de octubre, desaforada luz del día.
No tengo paz y estoy contento.

Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937-París, 2005), El arte de narrar, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Argentina, 1988

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Foto: Juan José Saer s/d

domingo, junio 25, 2017

Juan José Saer / Akinari Monogatari II

















Akinari Monogatari
II / El invierno

No planten, en el jardín, el sauce, aunque
en agosto, antes que nada, impaciente, reverdezca.
En marzo, con la primera lluvia fría, tenue,
                                           amarilleará.
La helada azul, más tarde, no tendrá qué quemar.
No es la inconstancia
                    sino el insomnio
la ansiedad del que vigila
                         la vecindad del invierno
esa corona de ramas grises sobre la herrumbre del cielo
y el espesor de la niebla
                        transfigurado en transparencia
lo que desnuda
             en una noche crucial
                                 el pavor
el horror al horror
                  -sofisma de suicidas.
La invasión del miedo como un ejército cerrado
arrasando, en círculo y apretadamente, un país todavía limpio.
Más vale
       amarillear y declinar
que soportar la llamas de la helada
atravesando ciegos el invierno como a una noche
hacia jirones de octubre improbables
Decapitar
        diseminarse
                  decaer
No planten, en el jardín, el temblor amarillo
aunque en agosto, y antes que nadie, tienda su sombra
gentil
      porque más tarde, en la intemperie de junio,
ninguna savia arderá.

Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937-París, 2005), El arte de narrar, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Argentina, 1988

Ver Akinari Monogatari I
https://campodemaniobras.blogspot.com.ar/2008/10/lleg-de-este-modo-el-mes-del-deshielo.html
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Foto: El Esquiú

miércoles, abril 26, 2017

Juan José Saer / Octubre en Tostado













                                       a Hugo Padeletti

Leopardos en la luna, y esas cosas
(un hueso, ramas, una fotografía)
que no pueden nombrarse: el tiempo las ignora.
Horas breves de días breves en la corriente fugitiva.
La huella es liviana
sobre el sendero: la arena cambia
y oculta sin cesar los arabescos
fortuitos, las palabras escritas con huesos
y con ramas en la piel húmeda
estragada de ayeres, entre rosas
ardiendo sobre ceniza. Leopardos
en la luna, y cosas cuyo nombre
deslumbra o mata:
el tiempo las destruye.

Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937-París, 2005), El arte de narrar, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Argentina, 1988
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Foto: Télam

domingo, febrero 19, 2017

Juan José Saer / Por Clodia (Lesbia) en el cabaret














Sin embargo tus ojos ardían recientes bajo las drogas
fugaces y livianos como dos cirios en las sombras.
Acunabas un lobo por corazón, oh queridísima Clodia, oh Lesbia.
Abandonado elijo tu lado bueno: entre las luces
mínimas, las atroces, parecidas a un meteoro,
tu cabeza bailaba y expandía como con aspas verdes
la claridad. Abandonado elijo
tu lado triste: a veces, como Dios, no estás
en ningún lado; entonces cierras
los ojos, oh Lesbia, y tiemblas como esas
grandes hojas tropicales mojadas. Abandonado
elijo tu lado esencial: nunca vuelves,
eres como una muerta obstinada, tú,
la oscura patrona de haber sido. Abandonado
elijo tu lado vuelto hacia mí: algo de cuya cara
tu corazón es el reverso.

Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937-París, 2005), El arte de narrar, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Argentina, 1988
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Foto: Juan José Saer por Daniel Mordzinski, portada de El concepto de ficción, de Juan José Saer, Rayo Verde, Barcelona, 2016

lunes, octubre 17, 2016

Juan José Saer / Shadrak













Nabucodonosor
            como no hubo
forma de hacernos adorar
a sus ídolos
           en un acceso
de furia
       nos condenó
a la hoguera.
            Dábamos gracias
los tres
       al muy Alto por el honor
de ser
      por fin
             Su ceniza
Y ya en el horno ardiente
llegó un ángel
             a helar las llamas
                             a borrar todo
Nabucodonosor
            la hoguera
                     la lealtad
Así supimos
no que había
           para nosotros
                       otro mundo
sino que éste no era real

Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937-París, 2005), El arte de narrar, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Argentina, 1988
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Foto: Daniel Mordzinski/El País (detalle)

domingo, octubre 16, 2016

Juan José Saer / El vino

















Cataratas oscuras que llamean, y después
una arboleda negra, manchada
de luces altas. Voy caminando
lento, entre la sombra comida
de las hojas, lleno de vino,
la fosfórica
fluctuación de mi mente, y los vapores
de recuerdos patéticos golpeando
súbitos, llamando, de amplios días
borrosos, núcleos rápidos. Chispas
de fuego del vino. Y más allá
de los árboles, una calle plagada
de rumores que brilla:
corrupción por la luz.

Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937-París, 2005), El arte de narrar, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Argentina, 1988
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Foto: Clarín

sábado, marzo 07, 2015

Juan José Saer / Vecindad de Logroño












Anotar: en la siesta que arde
la noche voluntaria hace señas,
desde lejos, ubicua,
en la constancia amarilla. Anotar:
viñas verdes sobre tierra roja. Anotar que
la liebre, presa y escándalo,
desea al faro que la inmoviliza.
Anotar: abismos soleados
en días cuyo nombre es legión.

Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937-París, Francia, 2005), El arte de narrar, Universidad del Litoral, Santa Fe, 1988
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Foto: Cuentos completos, Seix Barral, Buenos Aires, 2001

sábado, mayo 31, 2014

Juan José Saer / Leche de la Underwood
















Por delicadas que sean, las mañanas
envilecen; lo destructible vacila
y lo que pareciera, frente a nosotros, perdurar,
no nos acoge, menos cruel que indiferente. Animal
anónimo, por más que grites, nadie escucha,
y ni por lejos la lengua es la que conviene.
Existe, tal vez, en alguna parte, un idioma,
nadie niega, pero habría que desandar,
salir, si fuese posible, del centro de la noche,
y empezar de nuevo con otra clase de balbuceo.
Tantas tardes que resbalan:
                                             ya no se sabe
en que mundo se está, y sobre todo si se está
en un mundo. Se muerde
un fantasma de manzana, mientras sigue merodeando,
como desde un principio, lo oscuro. Destellos
de un sol de invierno en la ciudad
transparente; brillos, rápidos o lentos,
que algunos blanden como pruebas
abandonándose, soñadores, a su tibieza. Entre tantas
estrellas, esperanzas: relentes
de un reino animal.

Juan José Saer (Serodino, 1937-París, 2005), El arte de narrar, Universidad del Litoral, Santa Fe, 1988
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Foto: El Litoral

jueves, julio 18, 2013

Poemas elegidos, 66


Walter Cassara
(Buenos Aires, 1971)

El arte de narrar, de Juan José Saer
Elijo este poema por su valor, ante todo, programático. Desde mis modestos medios y mis no tan modestos afanes, adhiero plenamente a lo que aquí se reivindica: sin pasión, sin esa lucha encarnizada de la subjetivad puesta en el espejo abisal de la lengua, sin la experiencia ni el conocimiento que supone ese pathos, no vale la pena escribir —ni mucho menos vivir.
Como afirmaba Montale, por muy lúdica o sencilla que se muestre en sus resultados, la poesía es un arduo proceso vital siempre coaccionado por la semántica. La lengua, la vivencia y el concepto de la lengua que intervienen en la obra de un poeta, en la labor cotidiana de un escritor (pero no, claro, de cualquier escritor), acaso sean atendibles sólo por eso: porque han sido moldeados en el fragor mismo de la batalla, en el anverso y en el reverso de las palabras, bregando entre el sentido y el no-sentido que conlleva toda postulación de la experiencia formulada a partir del lenguaje.



El arte de narrar
   
        Cada uno crea
de las astillas que recibe
   la lengua a su manera
con las reglas de su pasión
—y de eso, ni Emanuel Kant estaba exento.


Juan José Saer (Serodino, Santa Fe, 1937-París, 2005)


Foto: Walter Cassara en La Voz del Interior

sábado, enero 12, 2013

Juan José Saer / He weeps over Jim




He weeps over Jim

Lloremos todo lo que vivió. A su turno,
tranquilos, lentos, los huesos, lavados, caen
en la lluvia negra, bulbos estériles a medio
enterrar. Blancos, relumbran
mostrando en el espejo
de su lisa simplicidad
la rueda de la vida. Basta, por fin,
del dédalo de Dublin, del miedo
a los relámpagos: la pesadilla
de la historia, el grito en la calle
y la corriente que fluye adentro también
se acabaron.
            En ese género no se inventa
nada.
   Y ahora, uno
quisiera la inmortalidad
no para uno, ni para lo que ama,
nudos que centellean y cachorros que juegan en junio en la luz,
empujado hacia el círculo de oro de las cosas entre las que vacila,
a medio borrar
desde el mismísimo día en que pusieron un pie en este mundo;
no para eso, porque una herida nueva nos enseñó
que nos mueven terrores de criaturas y el deseo, sin esperanza,
de no ser como todos. Carlos, el cordero,
aspiraba a una inmortalidad en la que, en círculo,
pudiese conversar con sus amigos vaciando despacio una botella de vino
hasta que el sereno cayendo con la luz de la luna los hiciese tambalear.

Una humildad, por lo menos, me has enseñado,
la de buscar algo eterno fuera de mí: el momento
en que atravesabas los puentes de Trieste en compañía de Svevo,
los momentos en que tu mano, ardua, escribía What are
Dublin and Galway compared with our memories,
o alguna otra permanencia concerniente a tu persona,
las florcitas indestructibles de Quinet sobreviviendo al hundimiento de los imperios,
el momento de la fotografía de C. P. Curran
(I was wondering would be lend me five shillings...)
con las macetas y una de las dos hojas del ventanal abierta atrás,
o el momento en que esa foto, de golpe, amarilleó,
algo, un fragmento de alguna de las piedras o de alguno de los árboles,
de alguno de los ríos o de alguno de los rostros sin expresión,
de alguna de las noches o de alguno de los granos de arena
que se empastan en la textura de este mundo.
Porque también nuestras palabras se borrarán.
                                           Me has enseñado,
a mi edad, cuando menos me lo esperaba, entre mis sueños atroces
y mis días, llamaradas de fuego negro,
la humildad de desear, contra mí mismo y contra todas
las cosas ya perdidas y descartadas de mi amor,
la eternidad para tu memoria antes que para las yemas de mis dedos,
para tus llagas y no para mis revelaciones,
para el más turbio de tus días más que para mis chorros de gracia,
movido a refutar tu locura, tu ceguera, el despilfarro
aterido de los pobres años de tu vida
macerada simulando, maligno, arduamente,
que algo de este delirio cada vez más poblado de caras inútiles
es inmortal.

Juan José Saer (Serodino, 1937-París, 2005), El arte de narrar, Universidad del Litoral, Santa Fe, 1988
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Ilustración: Avemaría, 1914, Marianne von Werefkin

lunes, junio 25, 2012

Juan José Saer / La palabra también es visible...



La palabra también es visible...

La palabra también es visible, escrita en el cielo,
su forma es azul, y su textura, la del aire.
El sol dorado habla con chispas de fuego real.
No busquen
símbolos, sino una simple letra de ramas tejidas,
presencia o ausencia, o en el agua, signos turbios.
Las tormentas no anuncian un dios oculto,
los besos reflejan una dulce tentación momentánea.
Donde miremos la sombra y la luz se abrazan de amor,
sobre nuestas cabezas, en lo alto del día, la letra permanece
desde la eternidad, aguardando su sentido.
No busquen
lo que no existe en lo que murmura de amor sin precio,
la tierra virgen, dada en totalidad, acepta nuestros largos abrazos,
piedra de sueño, o sueño de piedra,
sumisa sin embargo a un orden real.

Yo no veo en los árboles sino un llamado.

                                          21 de agosto de 1963

Juan José Saer (Serodino, 1937-París, 2005), "Cuaderno '1810'(1963-1978)", Papeles de trabajo. Borradores inéditos, Seix Barral, Buenos Aires, 2012
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Ilustración: Paisaje de invierno, 1909, Vassily Kandinsky

domingo, junio 03, 2012

Juan José Saer / A una persona en el extranjero



A una persona en el extranjero

Meses enteros no duran más
que los tensos relámpagos que anteceden,
en esta noche, a una lluvia indecisa. Ramas
desnudas, recortándose en una luz sulfurosa,
contra un cielo negro: el tiempo corre para atrás,
y hacia lo hondo, como los árboles
que entrevemos, fugaces,
desde las ventanillas de un tren. Nuestra
pasión está ahora en la sala de espera de una estación,
nuestra mirada fija en un reloj detenido
en la hora real de un día futuro. Porque meses enteros
no duran más que los relámpagos
y las horas cruciales avanzan para estallar en nuestros ojos
como lágrimas.

                                              (1968)

Juan José Saer (Serodino, 1937-París, 2005), "Cuaderno 'Fragata': poemas, ensayos, traducciones (1967-1984)", Papeles de trabajo. Borradores inéditos, Seix Barral, Buenos Aires, 2012
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Ilustración: Tempesta (detalle); c.1505, Giorgione

lunes, mayo 28, 2012

Juan José Saer / Tres borradores inéditos



Hai-ku

El otoño es de oro y fuego
y un viento limpio viene del sur.
No hay sin embargo para mí
una estación propicia

Hai-ku

El olor de las flores húmedas
carga de luz azul el viento de marzo.
La belleza es la sombra de algo entrevisto y desconocido.

Cuaderno 'Avon': cuentos y varios (1964-1965)


El gusto por narrar

Subió hasta mí, por mis párpados,
el sagrado rumor, y la entrañable
presencia relumbró nítida; amplio exterminio
hizo fuego sobre mi piel única, y ahora
en lenta locura tiendo a diagramar un llameante
destello. El gusto por narrar,
reducir parrales y ríos a largas voces mudas,
me ha promovido, oh lector, y lucho
contra él, cada noche. Nunca, haciendo
de mí la transparencia más ardiente,
el mundo combatió tanto la pasión inclinada
a soportar su extraño aliento. ¡Que amanezcan *
el verbo, su material, en mi noche negra, y el fogonazo
perdure como una mañana única, perfecta!

Pero nuestros trabajos, también las llamas,
los ordena el infierno.

                                               1967

* palabra de lectura dudosa en el manuscrito

Cuaderno 'Fragata': poemas, ensayos, traducciones (1967-1984)

Juan José Saer (Serodino, 1937-París, 2005), Papeles de trabajo. Borradores inéditos, Seix Barral, Buenos Aires, 2012
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Ilustración: Autunno al mare (detalle), 1927, Carlo Carrà

jueves, diciembre 16, 2010

Juan José Saer / Dante




Dante

I / En memoria de Bice Portinari

Empujaste a un hombre a la locura. Una
mañana, caminando bajo el sol florentino
te vio destellar nítida, contra el tejido
de los sueños amargos de su última noche.
Inclinaste gentil
la grávida cabeza
y en la creciente de los años el ademán
tranquilo se incrustó como un diamante sobre el cielo
feroz y vago de sus días. Y en plena juventud,
después, moriste, casada con un hombre común
que te quería desconociéndote. Oh, Bice
Portinari, así son las mañanas de este mundo:
despertamos de un sueño amargo
y andamos como fantasmas
hasta que recogemos, del sol de nuestras ciudades,
un núcleo de claridad, o más bien una joya
férrea que veneramos, gastada y turbia,
en algún sucio anochecer.
´

II / El paso por el fuego

El que fue más que un padre para mí
iba delante, y detrás iba el padre de la argéntea
frase que repetía: Hic plura pones vocibus et modis
passo solutis
. Yo avanzaba en el medio,
ascendiendo hacia el llano plagado de flores en que vería,
otra vez, por fin, la claridad de mi infancia. Me golpeaban,
de a ráfagas, unos recuerdos rotos, el manchón
púrpura a la mañana y la blancura tardía
incitadora de un sueño de paz. Pero ese fuego seco
me cegaba, flamante,
distinto al de este mundo, y en un momento dado
mi mente vaciló y mi horror
fue tan grande, que no pude ni siquiera
gritar.


III / El regreso

Fui real entre aquellos simulacros
y mi sombra, para gran maravilla de las sombras
que vagaban por esas cimas de redención,
volvía todavía más rojas a las llamas. Ahora
la gran fiesta final se ha disipado y camino
hacia las piedras borrosas de una ciudad
en la que nunca, de nuevo,
resonarán los pasos de la hija de Folco.

Ahora soy yo la sombra entre estos cuerpos reales.

Juan José Saer (Serodino, 1937-París, 2005), El arte de narrar, Universidad del Litoral, Santa Fe, 1988
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Ilustración: La sombra, 1981, Andy Warhol