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lunes, septiembre 09, 2024

Ismael Gavilán / Tres poemas


Fabulaciones del aire de otros reynos, 2002:

Atardecer en Capri

El crepúsculo arde en su marea
atestiguando la finitud de las catástrofes.

Como garganta estocada por vientos de Tunicia
ninguna raíz crece más allá de todas estas ruinas.
Es que ninguna voz nos pertenece
cuando el humo de las ráfagas se inclina
ante los muros acechantes, ninguna voz
que sea símil creíble de la misericordia,
ninguna que pueda igualar la ebriedad
derramada en febriles noches de agosto.

El rumor del mundo se aleja como un perfume azul
pero en rara creencia a nuestro lado aún está la copa:
perlas, languidez, el pecho surcado en un vuelo mágico.
Desear y huir: curiosa conjunción que puede más
con nuestros párpados que la misma sed,
esa sed que después del sueño
va suave por la densidad de las columnas carcomidas.
Sí, ninguna raíz crece más allá de todas estas ruinas.

Con nosotros, Tiberio apura el vino,
rehuyendo la mirada de las náyades.


Constantino Céfalas redacta la Antología

                                       para Cristian Gómez

En el palacio vacío las palabras no bastan.
A veces un rumor llega lejano
y se agita entre pasillos:
dagas, incienso,
mantos púrpura, lanzas
con sangre fresca.
Casi ciego sabe que la bella violencia del mundo
sólo es un espejo de arquitectura demasiado frágil.
Sabe que un puñado de palabras
dibujan lo que se teme perder
y resisten la caída de cualquier imperio.


Vendramin, 2014:

Citerea

                               C’est lá que j’ai vécu dans les voluptes calmes
                                                                      Charles Baudelaire

Tal vez un día festivo, a fines de septiembre, al inicio de la cruel primavera
cuando lo que nos resta es un trato indiferente
que va más allá de un listado de cosas relevantes:
la ilusión de la ganancia, la fantasía igualitaria del trabajo bien hecho
o simplemente la felicidad doméstica de la borrachera semanal.
Entregados a una aparente estética del ocio
hemos doblado, según Lord Byron, los treinta y seis años
con su importuno, pero bello cielo arrasado.

Por eso, cuando vayas a dormir a solas y muy tarde,
la nostalgia sucederá a la envidia y el deseo.
Nostalgia de una edad del corazón y de otra edad del cuerpo,
para, de noche, imaginar playas, espejismos
o espaciosos pórticos que viejos soles marinos
iluminan con mil fuegos, balanceando una imagen celeste
que mezcla, gracias al vaivén de las olas,
una música solemne y casi mística.

De esa forma, la vida se filtra en la oscuridad
y los días requieren de nosotros una entrega más allá del fracaso,
una imago mundi por la cual autocerciorarnos de toda aprehensión
para desterrar de este privilegiado clima mediterráneo
esa mitad nuestra entregada al cadalso de lo indistinto.

Hoy, con la nave a punto de partir con su seductora monotonía,
los colores de un mar de ceniza advierten sobre la posible frontera
que ni un sueño de piedra pudo verificar más que como simple expectativa
teñida de decadence o dulce hastío decimonónico.

Ciertamente la veracidad de cualquier promesa
o lo verosímil de esa gallardía iconoclasta que en un lenguaje de décadas
inundó de contradicción toda posibilidad,
podría, quizás, deletrear la fantasía necesaria a este extraño silencio.
En definitiva, siempre ha habido muchas esperanzas,
aunque, al parecer, ninguna nos ha sido destinada:
basta cerrar el libro, entregarse a esos curiosos ritos bizantinos
y poner en el altavoz del jardín un melancólico lied de Hugo Wolf.
Por lo demás, ya estoy cansado de imaginar.

Ismael Gavilán (Valparaíso, Chile, 1973), Mundo visible. Poesía reunida 1995-2020, Ediciones Altazor, Viña del Mar, 2021

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Foto: Página web Ismael Gavilán 

jueves, agosto 31, 2023

Ismael Gavilán / De "Vendramin"


Apócrifo del Canzoniere

Mientras intento hacer un inventario
de las cosas útiles del día, mi cuerpo,
acostumbrado a vaivenes menos decorosos
y a los desfiladeros destructivos del deseo,
nombra otro nombre para olvidarse de sí mismo
en la ilusión que es la fuerza irreal de las palabras.

Mi cuerpo -un cuerpo o su representación-
entrelazado a esa densidad metálica que atraviesa,
sin reticencia, el cuarto, los estantes,
los fragmentos de una historia personal compleja
y con la curiosidad por indagar acerca de sí mismo
como motivo burlesco para una imagen de Francis Bacon;
aún hace legible el modo en que el placer no es indiferente:
caída donde prevalece lo que hacemos y llamamos amor,
el sonido de nuestro nombre pronunciado en el abrevadero
de la noche y esas cortinas sucias
que convierten la complicidad de las sensaciones tibias
en una necesidad metafísica de buscar lo invisible en lo visible
como asimismo hacer del engaño verdad
y de la concupiscencia, exploración del vacío y su sorpresa.

En la tristeza de vivir el fin de toda experiencia,
la simplicidad incomprensible de unos labios
delatan el sabor incestuoso del atardecer,
el espasmo a que todo discurso llega
cuando su referente es desdibujado,
volviendo indolente esa humedad que desdeña palabras
y que hace del movimiento un arma exquisita:
ese ahogo transparente, donde el quejido mutuo
y el sudor de las nalgas fulminan toda percepción,
la habitual monotonía en gris mayor -Darío dixit-
y cualquier posibilidad de entendimiento
representado en alguna paráfrasis que la tradición racional
designa como conciencia, gnosis o cosa semejante.

Después de todo, al final del día,
cualquier inventario entra en contradicción
con el comportamiento ritual y sus exigencias terrestres.
Así, el gesto en que se paraliza el instante
es reflejo de aquel espacio blanco de donde volvemos
con una oscuridad fecunda, ajena al lenguaje:
una rutina que se ha vuelto el mal montaje de una película
donde lo que queremos decir y lo que decimos realmente
se halla prescrito en el abismo abierto entre deseo y realidad.

Ismael Gavilán (Valparaíso, Chile, 1973), "Vendramin", 2014, Mundo visible. Poesía reunida 1995-2020, Ediciones Altazor, Viña del Mar, 2021

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Foto: LP5

martes, febrero 05, 2013

Ismael Gavilán / Das Tod Venedig



Das Tod Venedig

No la belleza, sino su representación:
lo que el ángel permite conocer como intensidad
o como ofrecimiento, tal vez como experiencia
de una niñez a la deriva en un mar tenebroso.
De todos modos, para Visconti
lo primordial es la representación, no la belleza en sí misma,
no la intensidad angélica que promete destrucción,
sino el abstracto devaneo para regocijo de los sentidos.

En esto tal vez consiste el arte
o en el talento de sir Dirk Bogarde -timidez,valentía,
el justo equilibrio entre sí mismo y su personae- o esas palabras
dirigidas a Schiller por parte de Goethe
que condenaban a la soledad más profunda al desequilibrado
y joven autor de Patmos. Ajuste sin duda entre lo que se es
y lo que se necesita ser, lo que probablemente Thomas Mann
sospechó desde que adquirió conciencia de su propio valer como escritor,
jurando no caer en el extravío que prescribía su propia escritura -el contorno,
la contención clásica a través del estilo, siendo el estilo, la frialdad necesaria
para establecer una frontera con la vida-

Pero a Visconti
Tadzio, más que un problema de sexualidad decadente,
le plantea la curiosa necesidad de ver a Platón
                                     representado como imagen cinematográfica:
platonismo, neoplatonismo, idealismo, pureza,
ideal estético, decadencia, serenidad, proporción:
nombres, palabras, efímero festín que acusa para nosotros la fidelidad
hacia la autodestrucción siempre anhelada.

Por ello, sólo el Adagietto
puede ser el heraldo angélico de la representación o de su artificio.
Verdad y mentira, unidos e indistintos,
                                     Venecia y la enfermedad
y la agonía de un niño solitario que en su cuarto
piensa en lo imposible que es verse amado.
Lo que el ángel permite conocer como intensidad
es solamente el ventanal azul de un país que nunca podremos conocer,
la mirada de Apolo frente al mar mientras nuestro cuerpo es consumido por la peste.

Ismael Gavilán (Valparaíso, 1973), revista El Navegante, de la Universidad del Desarrollo, Santiago de Chile, diciembre de 2012
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Foto: Ismael Gavilán en Crónica a la distancia