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martes, marzo 03, 2009

Horacio Rega Molina / Azul de mapa



















Azul de mapa. Desvaídos cielos.
Agua de océano esterilizado
en un plano geográfico rayado
de meridianos y de paralelos.

Barniz cerúleo que se resquebraja.
No hay nada más falible que el misterio
del hombre que ha pintado un planisferio
o el hombre que ha pintado una baraja.

Azul de mapa. El pájaro y la oruga.
Y Hércules con su trenza de serpientes
sosteniendo los cinco continentes.
Y el león, y la sirena, y la tortuga.

Azul de mapa. Escuálidas piltrafas
de tripulantes cuyo empaque aterra.
Que atracan con el plano de otra tierra
y una inscripción que dice: aquí hay jirafas.

Y Américus Vespucius, navegante
–nombre terrible como su destino–,
dibujado en un códice marino
con un compás de hierro y un sextante.

Reloj de arena. Rosa de los vientos,
que humillan bajo exacta vigilancia,
la eternidad del tiempo y la distancia
con invariables desmenuzamientos.

Y la luz submarina de un acuario.
Fauna y flora del mar. Falsas mareas.
Y las madréporas y las lampreas.
Y el pez delfín y el pulpo milenario.

Y la cruz de los puntos cardinales
y las cuádruples líneas de las rutas,
llenas de embarcaciones diminutas
con sus velámenes piramidales.

Y la emoción portuaria de esos bares
–barcas de costa firme, siempre ancladas–
adonde imita zonas no exploradas
el verde vegetal de los billares.

Todo eso causa un sideral arrobo.
Porque el azul de la cartografía
tiene una matiz de volatinería
como el azul elástico de un globo.

Horacio Rega Molina (San Nicolás de los Arroyos, 1899-Buenos Aires, 1957), Azul de mapa, Manuel Gleizer, Buenos Aires, 1931 

 Foto: Horacio Rega Molina, La Literatura Argentina, número 11, 1929 Wikimedia Commons