Mostrando las entradas con la etiqueta Graciela Cros. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Graciela Cros. Mostrar todas las entradas

jueves, marzo 23, 2017

Graciela Cros / Alegría de Nueva Guinea
















Fin de semana con muertos en la ciudad.
Accidentes de auto, choques, vuelcos,
grescas vecinales, ataques de pandillas,
crímenes pasionales, suicidios inesperados
y otros decesos inclasificables.

Y yo
compro una planta de flores rojas.

Alegría de Nueva Guinea,
me dice la vendedora, así se llama.

Entonces voy al mapa para ver
dónde queda exactamente ese lugar.

Lejos, al norte de Australia,
es la segunda isla más grande del mundo
y está dividida en mitades casi iguales.
Una es independiente y la otra Indonesia.

Pienso en cómo una Alegría de Nueva Guinea,
su extremo confín,
viene conmigo en este auto rumbo a casa,
una Alegría de Nueva Guinea
y el amor, ah el amor,
encabeza la lista de muertos
este fin de semana en la ciudad.

Graciela Cros (Carlos Casares, Argentina, 1945)


Pampa de Huenuleo,
Ediciones en Danza,
Buenos Aires, 2017










Foto: Graciela Cros en FB



miércoles, septiembre 23, 2015

Graciela Cros / El té















Cuando Marianne y su madre /Mrs. Moore/ conversan
a través del vapor que se alza de las tazas
algo liviano se instala en el cuadro
por momentos
doméstico

Hablan
como si lo que dicen
antes hubiera sido escrito

“Tendremos que salir bajo el paraguas de nuestro contagio” / propone la anciana
y Miss Moore la consiente
entre cortos suspiros

Mis hijas entran
y escucho sus voces
incorporándose a la escena:

“No te olvides que un hombre debe ser leído
Hay que leerlo / no sólo escucharlo
Su voz no siempre es su palabra”
responde una a la otra
y advierto que hablan
como si lo que dicen
antes
hubiera sido escrito.

Graciela Cros (Carlos Casares, Argentina, 1945; vive en Bariloche, Argentina), Libro de Boock, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2004
vía Una de poetas



martes, marzo 20, 2007

Sin lágrimas


Ojo seco


Algunas personas
no producen lágrimas suficientes
para conservar el ojo húmedo
y confortable.

Sensación de picazón,
de arenilla, de quemazón
o de rasguño
son los síntomas habituales.

Sorprende saber
que el mucho lagrimear
puede ser signo de
un ojo seco.

El exceso de lágrimas
sería la respuesta.

Así en lo desértico del ojo
se enmascaran la enfermedad,
el hueso roto, la arena endurecida,
la ceniza final.

Sin aritmética ni astucia
las lágrimas corren
y el parpadeo hace
que las superficies
se vuelvan lisas, claras.
Sin eso no sería posible
una buena visión.

Cuando hay exceso de lágrimas
nos enseñan a corregir
la situación.

Lo común es creer
que eso se halla afuera.

Lo común es buscar
al cuerpo extraño
para desalojarlo.

Lo común es pretender
que haya un vuelco,
algo, digamos, grande
y más allá de todo cálculo.

Graciela Cros (Carlos Casares, Buenos Aires, 1945), La Cuna de Newton, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2006