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jueves, octubre 24, 2013

Gerardo Gambolini / Dos poemas














Instantánea de una dama

No te reduzcas a simple sacerdotisa
el cielo no abriga en el invierno

No olvides, Miss Kenton,
los ríos terrenos debajo del escritorio


Elegidos

las cloacas del lenguaje


Demasiada materia, para ser maniqueos.
Demasiada permanencia.
No son muy gnósticos tampoco.
Un extraño reino de la luz, un vaticano privado
el de su bondad

El ojo entrenado que descifra
(¿un lujo cultural de no neutrales?)
el juicio que salva,
el alma a la altura de los sapos —

Oh hijos bitonales de la culpa,
agostos de mayo,
los vomitados de Zaratustra.
Sí, pensador, abraza los árboles...
No son maniqueos. Son emanaciones.

[inéditos]

Gerardo Gambolini (Buenos Aires, 1955)

jueves, junio 06, 2013

Poemas elegidos, 10


Gerardo Gambolini
(Buenos Aires, 1955)

Y la muerte no tendrá dominio, de Dylan Thomas
Lo elijo en la versión en que lo leí por primera vez, de Elizabeth Azcona Cranwell. En realidad, debería mencionar 3 poemas: "Yo canto el cuerpo eléctrico", de Walt Whitman; "Y la muerte no tendrá dominio" y "Prufrock", de T. S. Eliot, todos leídos entre los 15 y los 20 años, más o menos. Cada uno me marcó a su modo, por distintas razones. En el caso de Thomas, porque me encontré con posibilidades expresivas & de imaginación que hasta ese momento no conocía y que me emocionaban fuertemente, cosa que hasta hoy me parece central, por sobre la mera destreza descriptiva, la corrección formal, o la agudeza de pensamiento (que admiro, pero que busco en otro tipo de textos).
Thomas me significó una audacia que poco después encontré también en Vallejo, con quien internamente siempre lo conecté, aunque sin mucho fundamento.


Y la muerte no tendrá dominio

Y la muerte no tendrá dominio.
Los hombres desnudos han de ser uno solo
con el hombre en el viento y la luna poniente;
cuando sus huesos queden limpios y los limpios huesos se dispersen,
ellos tendrán estrellas en el codo y en el pie;
aunque se vuelvan locos serán cuerdos,
aunque se hundan en el mar de nuevo surgirán,
aunque se pierdan los amantes, no se perderá el amor;
y la muerte no tendrá dominio.

Y la muerte no tendrá dominio.
Los que hace tiempo yacen
bajo los dédalos del mar no han de morir entre los vientos,
retorcidos de angustia cuando los nervios cedan,
atados a una rueda no serán destrozados;
la fe, en sus manos, ha de partirse en dos,
y habrán de traspasarles los males unicornes;
rotos todos los cabos, ellos no estallarán.
Y la muerte no tendrá dominio.

Y la muerte no tendrá dominio.
Y las gaviotas no gritarán en los oídos
ni romperán las olas sonoras en las playas;
donde alentó una flor, otra flor tal vez nunca
levante su cabeza a los embates de la lluvia;
y aunque ellos estén locos y totalmente muertos
sus cabezas martillearán en las margaritas;
irrumpirán al sol hasta que el sol sucumba,
y la muerte no tendrá dominio.

Dylan Thomas (Swansea, Gales, 1914–Nueva York, 1953)
Versión de Elizabeth Azcona Cranwell

martes, abril 16, 2013

Gerardo Gambolini / Campanas mudas




Finalmente la isla, vacía, difusa bajo la luz:
calles de arena entre casas incompletas
jardines suspendidos en la tela del aire
columnas que no sostienen nada

Esta es la única
tierra sólida. Aquí, como un río,
un viento narcótico arrastra las mudas,
lejanas campanas del continente

las últimas pieles, que ya no redimen
y que devuelven de uno una imagen insuficiente
un módico horizonte de sola corrección, conformidad
metros cuadrados

Ahora párate en la costa regada de rocas y de huesos
y resiste la nostalgia de la proa
la estela detrás de las velas hinchadas
sabiendo que las sirenas están en el barco.

[inédito]

Gerardo Gambolini (Buenos Aires, 1955)

___
Ilustración: Beating out to Sea, 1913, George Bellows

viernes, enero 27, 2012

Gerardo Gambolini / Acoyte y Rivadavia



Viciados vanamente por la belleza esteparia
regurgitando las cruces de la campiña devota
los cielos vikingos, la bruma calvinista
intoxicados de libros y de insomnio, de
puras categorías
una mañana de primavera
en que la gente se ve en gracia

cruzando la calle, hablando con el portero
una hermosa mañana de primavera
en que estamos a gusto con las cosas
y la ciudad parece otra y diferente, iluminada
no logramos, no tenemos la medida, la gimnasia,
no sabemos celebrar,
tomar un café sin leer la borra.

Gerardo Gambolini (Buenos Aires, 1955), Ruedas, inédito

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Ilustración: Naturaleza muerta frente a una ventana abierta: Place Ravignan, 1915, Juan Gris

viernes, abril 15, 2011

Gerardo Gambolini / Dos poemas



Animal Planet / History Channel

Acechar a la presa, tender la telaraña,
valerse de la garra, de la fauce,
la ponzoña, esperar que haya despojos,
marcar el territorio, organizar

la colonia, adaptarse, construir,
infestar la oscuridad,
escapar al predador, asolearse por
momentos, enseñar a la cría

siempre lo mismo, perpetuar el adn,
la consigna, la inflexible economía.


Thomas Huxley en su habitación

Y si la opción fuera el hombre de ciencia
que usara su retórica brillante
para aplastar la discusión religiosa,
preferiría descender de un sacerdote.

El arte, el mundo, la arquitectura
detrás de ti — ah, me importa un bledo
que existas o no existas.
Te rezo en tu calidad motora, imaginaria,

como la única prueba
verdaderamente humana.


Gerardo Gambolini (Buenos Aires, 1955), inéditos

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Ilustración: Tigre asustado por una serpiente, 1858, boceto de Eugène Delacroix

domingo, septiembre 05, 2010

Gerardo Gambolini / Distancia




Distancia de las cosas

Los poetas carecen de pudor respecto
de sus aventuras: las explotan.

—Nietszche


Ah, la luz se descompone
y todos los bosques de Trakl,
los bosques estúpidos de Trakl
vienen a mí.

Pero no es la noche
o la lluvia de Lima, o el lago de Albinoni,
los álamos de Brabante. Ah, en un punto,
el pesar sugerido

siempre es falso, cobarde,
inconmovible — el tenebroso
riesgo del arte, la emoción
por interpósita persona.

Otras luces más graves se apagan a diario
y no cambia la distancia de las cosas
ni los ruidos, la rebelión aprendida
o la gratitud.

La noche termina
en un comercio de la piedad —
la verdadera elegía
es otra.

Gerardo Gambolini (Buenos Aires, 1955)

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Ilustración: Paisaje con árbol (detalle), 1860, Camille Corot

martes, mayo 18, 2010

Gerardo Gambolini / Himno




Canto de loor

Quizás sea
que toda la vida cantamos
imprecisiones

Difícil asociar
la vejez del mandatario
al juramento de gloria

la del síndico obrero
a laureles conquistados —
difícil ver un acto de provincia,

la ropa, las manos
las caras del palco y la asistencia,
el canto a coro

sobre la noble igualdad —
la patria no demanda
apenas va soldando otras cadenas

el gran pueblo saludado
una mera enunciación
un antiguo esplendor inexistente.

Gerardo Gambolini (Buenos Aires, 1955 )
---
Ilustración: El palco, 1980, Carlos Gorriarena

viernes, diciembre 04, 2009

Gerardo Gambolini / Dos poemas


Afterglow
a S.


dios, los hados,
la corte de sátiros,
quienquiera que seas,

cuando la arena y la luz
comienzan a fugar
hacia el invierno

y cada palabra resuena
lejana como el mar
en una caracola,

¿ahora me envías
su voz, la vista de la gracia?
de acuerdo, pues

no seré yo quien la rechace,
no le daré más muerte
al gélido carro del Tiempo.



Declive de aspiraciones

Entender el arjé,
las vías de la ascensión
refutar a Protágoras
abarcar las herejías
el mundo de lo visible
y lo invisible

Discernir
los rostros de la Odisea
los mares y las sagas y los infiernos
libros de los cinco continentes
todos los excesos
de la belleza

Tocar Voodoo Child
amar como Casanova
cantar Acalanto, Don Gayferos
Romaria
oír música de cámara
sin aburrirme

Tener plata
ver a mis hijos contentos
recordar
olvidar
saber qué negocio van a abrir
en el local de la esquina


Gerardo Gambolini (Buenos Aires, 1955)

Ilustración: La caída de los Titanes, Pedro Pablo Rubens, 1638

De Gambolini en este blog:
Citación
Deriva
Omnes iuncti vincemus

viernes, junio 05, 2009

Gerardo Gambolini / Citación




Los peregrinos en la cubierta,
rezando al rayo del sol en el Mar Rojo.
Y entonces una frase: las noches caían sobre el Patna
como una bendición.

O el tiempo de Petrarca,
tanto más veloz y leve
cuanto más se acerca al día final.
O el comienzo más perfecto: Llámenme Ismael.

Frases subrayadas en los libros,
1978, 1980, 1973.
Aunque debe haber forma de saberlo,
no lo sé. Pero una vida

puede sostenerse de algún modo
en frases sueltas.
Quienquiera que yo sea
me encomiendo.

El curso, la marea, el color blanco.
O cuando alguien escribe
que él también es apariencia,
que lo está soñando otro.

Gerardo Gambolini (Buenos Aires, 1955)

Ilustración: El paso 3 Consuelo Mariño

De Gambolini en este blog:

Deriva

Omnes iuncti vincemus

sábado, mayo 09, 2009

Gerardo Gambolini / Deriva


Estás en Cadaqués, recién huérfano
entre cuerpos de gin y de cerveza
boreales, enrojecidos
y vas a Châtelet
y ponés la leche y la manteca
en el alféizar de Stalingrad
y te rendís ante Anouk, cuyo nombre
es imponente
y cruzás el frío de Hamburgo
y el frío inútil de Oslo

Estás en el Parque Centenario
acumulando libros
golpeando una bolsa delante de un espejo
mudándote a Flores, a Núñez
al frente abismal
de una familia
el concierto de liturgias
y de planes, el póker de amigos
las cenas en el tiempo
acantilado contra las noches

Estás en la aldea de provincia
comprás una sierra, una tupí
hacés la mesa, la escalera
las ventanas de tu casa y traducís
escritores de una isla
cuando los chicos duermen
juntás las ramas secas
de pino y de acacia para el fuego
para el invierno que corta
al caer la tarde

Estás en el Parque de los Patricios
los días se encadenan repetidos
solamente lo efímero
es variado, les cocinás cuando vienen
limpiás el departamento
buscás compañía en ocasiones
y en algún momento
vas a morir
haciendo lo mismo
simulando una dirección.

Gerardo Gambolini (Buenos Aires, 1955)

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Otro poema de Gambolini en este blog

Omnes iuncti vincemus

viernes, abril 03, 2009

Gerardo Gambolini / Omnes iuncti vincemus



Dieciocho siglos después,
leemos de Diocleciano, persecutor.
De su ejército inflacionario,
la burocracia, los duces, la servidumbre.
Del editum de pretiis maximis
y el fatal mercado negro.
La tetrarquía aceitada, las termas,

el palacio de Spalatum...
Con todo, mató con mano propia,
al menos, y cumplió su dimisión.
¿Qué leeremos, dentro de veinte siglos,
de nuestros propios gusanos
si acaso la historia no los borra
violenta, irreparable, piadosamente?

Gerardo Gambolini (Buenos Aires, 1955)

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Ilustración: "El paisaje inicial de la mirada IX", Javier Fernández de Molina Ciudad de la Pintura

lunes, abril 09, 2007

Gerardo Gambolini / Puerto Stanley


Dos veces advirtió Cuchulain a Etarcomal,
perdonándole la vida.
"No me iré hasta que mi espada
no enrojezca de tu sangre
-dijo sin embargo Etarcomal-
o tu espada no enrojezca de mi sangre".
"Si es ésa tu voluntad, ésta es tu hora",
le respondió Cuchulain, e hizo honor a su palabra.

Diverso fue el juicio de sus pares:
Etarcomal el Valiente, Etarcomal el Breve,
o Etarcomal el Idiota.

Una fama menos perdurable,
pero una vida más larga
eligieron, por ejemplo, Iollan el Galgo
o Menéndez el Argentino.


Gerardo Gambolini, Arañas, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 2007