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domingo, agosto 13, 2023

Fabio Morábito / Ese poeta tenía el orgullo...



                       Busco un país inocente
                            Giuseppe Ungaretti

Ese poeta tenía el orgullo
de no haber odiado a nadie.
Buscaba un país inocente.
Yo busco un país sin ruido.

¿En qué mundo vivías, Giuseppe?
¿Oíste alguna vez cómo retumba 
un bajo eléctrico, cómo atraviesa 
las capas de cemento y de ladrillo?

No hay países que valgan la pena,
Giuseppe, desde que existe
la rueda del volumen
que dispara el jolgorio.

Un leve giro a la derecha
condena a la angustia
a diez familias, ocho gatos, 
cuatro perros y tres pericos.

Te estremecían en la trinchera
los cañonazos de la artillería enemiga.
A mí, que vivo en otra época,
el tum tum tum de las bocinas.

¡El momento en que al fin
sobreviene la calma 
y me quedo en suspenso, temiendo
que empiece todo otra vez

y me digo cobarde 
por no haber ido a partirle la madre
al amo y señor de mis paredes,
que son las paredes de ambos!

Siempre dejo, iluso de mí,
un resquicio de arreglo, 
creo que siempre es posible
encontrar al final

a un hermano, a un sujeto 
que puedo mirar a los ojos, 
porque el asunto en el fondo 
no es tanto el ruido 

sino el alma del otro, en saber 
si la tiene o si está desprovisto;             
no son los decibeles, 
sino el ser imbécil o no serlo.

Está el estupro entre las piernas
y está el estupro de los muros,
el bajo eléctrico que incide 
en el diafragma del estómago,

igual que se traspasa un himen.
Una mujer que violan, 
cuando al final del día se acuesta,
descubre una vez más

que la violaron en los párpados,
no en medio de las piernas,
y la dejaron como las estatuas,
sin poder cerrarlos,

y así se queda en vela preguntándose
si algo le queda de virginidad,
al menos en la piel y en la mirada,
en cómo se mueve y en cómo habla.

Perdemos la virginidad
todos los días, pero el estupro 
es otra cosa: se corta el hilo
que te unía a tu risa, 

tu risa se enrolla y se guarda
como alfombra en un sótano,
hundida en su misterio
como los párpados de las estatuas,

y para que sepas Giuseppe
por donde andamos,
te suelto esta: ya no hay trincheras,
esas donde nació tu poesía,

porque no hay donde guarecerse
ya, donde esconderse
y sólo queda correr y correr 
como un rebaño de cebras.

[inédito]

Fabio Morábito (Alejandría, Egipto, 1955)

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lunes, abril 10, 2023

Fabio Morábito / De "A cada cual su cielo"




Poder decir
los pies hermosos de las turcas.

Decirlo con el tono
de un viajero de otros siglos.

En una cena,
en la sobremesa,
sin que venga al caso,
como una verdad por todos sabida.

Pero ¿puede decirse algo así,
en medio del mantel más blanco?
¿Puede decirse algo que no viene al caso?

Todo viene el caso si estás vivo.
Todo.

¡Cómo quisieran regresar los muertos
de su estancia,
atravesar sus siglos bajo tierra
y, respirando,
asegurarnos que las turcas tienen pies hermosos!

*

Sobre una piedra, para romperla,
dejo caer una piedra más grande
y es la grande la que se parte a la mitad,
no la pequeña. Misterio de las piedras.
Busco una piedra todavía más grande
y la pequeña otra vez se resiste
y despedaza a la mayor.
Misterio de los choques.
Busco piedras cada vez más grandes
y todas se quiebran
contra la primera piedra.
Agotado por el esfuerzo de levantar tanta piedra
me siento en una silla
con la cabeza entre las manos.
Misterio de las cabezas.

Fabio Morábito (Alejandría, Egipto, 1955),  A cada cual su cielo, Ediciones Era, México, 2022. "La vida es escarbar y a cada cual su cielo", Periódico de Poesía, UNAM, 27 de marzo de 2023

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Foto: Periódico de Poesía

viernes, abril 05, 2019

Fabio Morábito / En el mar, sobre ciertas rocas macabras...














EN EL MAR, sobre ciertas rocas macabras,
instalan faros para ahuyentar los buques.
Amarga luz que dice: aquí no hay nada, aléjate.
Luz que no alumbra,
que sólo señala la nada en que se asienta,
como un vientre de mujer hinchado
pero sin feto,
luz que no anuncia ni promete sólo indica
la oscuridad que la rodea, que la roe.

Fabio Morábito (Alejandría, Egipto, 1955), Delante de un prado una vaca, Ediciones Era, Ciudad de México, 2011

sábado, octubre 14, 2017

Fabio Morábito / Antártida













QUIERO VIVIR un invierno
en la Antártida,
entre vientos huracanados
y sin ver la luz en tres meses.

Cuando despegue
el último avión hacia el norte,
nos quedaremos mirándonos los pocos
que se mirarán largamente.

Jugaremos ajedrez
oyendo a Mozart y a Sinatra,
enloqueciendo un poco
bajo los focos iguales,

y escucharemos Neblina morada
de Jimy Hendrix
como se escucha
una canción romántica.

Como los pingüinos
que forman contra el frío una rueda
compacta que apenas se mueve,
sellaremos los pernos para que no entre la nieve.

Al cantar tendremos cuidado
de no separar las estrofas
y escribiremos poemas en prosa
para no exponer demasiado los versos.             

Y cuando el sol se oculte,
odiaremos los ojos de buey
que la noche ha vuelto
inútiles, perversos.

Desearemos como nunca que un oso
asome su hocico
y recordaremos que no hay osos en la Antártida,
y nos preguntaremos a qué vinimos,

qué nos atrajo de la Antártida,
sin osos polares
y sin un océano
abajo del hielo.

Se hundirá cada uno
en su propia neblina morada,
sin terapias costosas,
con sólo haber venido.

Sólo el reloj nos dirá
a qué hora ir a dormir
e iremos como cuando de niños
nos mandaban temprano a la cama,

apagaban las luces
y nos dejaban ojiabiertos
en lo oscuro, en el castigo
de una noche antártica.

Soñaremos, juntando los Polos
en un paraje equis,
la llegada de los osos,
que no soportarán el frío del sur.

Soñaremos con osos que no soportan el frío
y a la postre se mueren,
que es el sueño más triste que se tiene
en estas latitudes.

[inédito]

Fabio Morábito (Alejandría, Egipto, 1955)

Otra Iglesia Es Imposible - Letras Libres - El País - Literal
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Foto: s/d

jueves, mayo 18, 2017

Fabio Morábito / El viento, más...















El viento, más
que yo,
se fuma este cigarro
entre mis dedos,
dejándome el placer
de sólo tres o cuatro bocanadas,
y el mar expropia las palabras
que te digo,
porque, acostada, no me oyes.
El sol, el viento y la marea
te ensordecen
y cuando me levanto
para dar dos pasos,
viendo mis huellas que se imprimen
en la arena,
pienso que esas pisadas mienten,
que ya no piso así
desde hace no sé cuándo;
son huellas de otro
que sobrevive en mis pisadas, pues las mías
son mucho menos elocuentes.
Tú, en cambio, que me ves
completo e indivisible,
sabes mejor que nadie cómo soy mortal,
cómo mis huellas en la arena me describen
y cómo se plasma en ellas lo que soy,
sabes mejor que nadie cómo no escucharme.

Fabio Morábito (Alejandría, Egipto, 1955), Alguien de lava, Ediciones Era y Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), Ciudad de México, 2002
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Foto: Fabio Morábito por Jorge Fondebrider, Bogotá, 2017

martes, noviembre 11, 2014

Fabio Morábito / El justificante perfecto

Me fascina la anécdota de aquel hombre a quien su mujer le pidió que escribiera un justificante para su hijo que había faltado a la escuela. Mientras ella se apura en los preparativos para salir con el niño rumbo al colegio, el hombre lucha en la mesa del comedor con el justificante: quita una coma, vuelve a ponerla, tacha la frase y escribe una nueva, hasta que la mujer, que está esperando en la puerta, pierde la paciencia, le arranca la hoja de las manos y sin ni siquiera sentarse garabatea unas líneas, pone su firma y sale corriendo. Era sólo un justificante escolar, pero para el marido, que era un conocido escritor, no había textos inofensivos y aun el más intrascendente planteaba problemas de eficacia y de estilo. Quise escribir el justificante perfecto, confesó el hombre en una entrevista, y no me extraña, porque escritor es aquel que se enfrenta al fracaso de escribir y hace de ese fracaso, por decirlo así, su misión, mientras los demás sencillamente redactan. Podemos estirar esa anécdota e imaginar a alguien que, soga en mano, a punto de colgarse de una viga del techo, se dispone a redactar unas líneas de despedida, toma un lápiz y escribe la consabida frase de que no se culpe a nadie de su muerte. Hasta ahí va bien la cosa, pero decide añadir unas líneas para pedir disculpa a sus seres queridos y, como es un escritor, deja de redactar y se pone a escribir. Dos horas después lo encontramos sentado a la mesa, la soga olvidada sobre una silla, tachando adjetivos y corrigiendo una y otra vez la misma frase para dar con el tono justo. Cuando termina está agotado, tiene hambre y lo que menos desea es suicidarse. El estilo le ha salvado la vida, pero quizá fue por el estilo que quiso acabar con ella; tal vez uno de los resortes de su gesto fue la convicción de ser un escritor fallido y tal vez lo sea, como lo son todos aquellos que pretenden escribir el justificante perfecto, que son los únicos a quienes vale la pena leer. Escriben para justificar que escriben, la pluma en una mano y una soga en la otra.

Fabio Morábito (Alejandría, 1955, Egipto), El idioma materno, Gog y Magog, Buenos Aires, 2014
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Foto: s/d

viernes, enero 17, 2014

Fabio Morábito / No he amado bastante...












NO HE amado bastante
las sillas.
Les he dado siempre
la espalda
y apenas las distingo
o las recuerdo.
Limpio las de mi casa
sin fijarme
y solo con esfuerzo puedo
vislumbrar
algunas sillas de mi infancia,
normales sillas de madera
que estaban en la sala
y, cuando se renovó la sala,
fueron a dar a la cocina.
Normales sillas de madera,
aunque jamás
se llega a lo más simple
de una silla,
se puede empobrecer
la silla más modesta,
quitar siempre un ángulo,
una curva,
nunca se llega al arquetipo
de la silla.
No he amado bastante
casi nada,
para enterarme necesito
un trato asiduo,
nunca recojo nada al vuelo,
dejo pasar la encrespadura
del momento, me retiro,
solo si me sumerjo en algo existo
y a veces ya es inútil,
se ha ido la verdad al fondo
más prosaico.
He amortiguado el brillo
creyéndolo un ornato,
y cuando me he dejado seducir
por lo más simple,
mi amor a la profundidad
me ha entorpecido.

Fabio Morábito (Alejandría, 1955), "Alguien de lava", 2002, Ventanas encendidas. Antología poética, Visor, Madrid, 2012

domingo, junio 09, 2013

Poemas elegidos, 16


Fabio Morábito
(Alejandría, 1955)

Trotamundos, de Giuseppe Ungaretti
El traductor vincula dos idiomas, pero también los separa; los vincula y los separa con la misma pasión y, por lo mismo, el arte de la traducción se ejerce en un espacio exiguo, lo que hace del traductor una figura emblemática de nuestro tiempo, porque nuestro tiempo nos exige ser exiguos y las grandes ciudades son prueba de ellos. Se rigen por el principio del espacio exiguo pero suficiente.
En este poema de Ungaretti, el primer poeta a quien traduje en mi vida, no sólo encontré retratada una experiencia vital que pude entender porque era también la mía, sino, sobre todo, una manifestación de lo exigua que es la poesía. Como la traducción, la poesía se nutre de fragmentos mínimos, trozos duros de lenguaje que en el poema se reúnen, pero jamás se funden como en la prosa; siempre estarán a la vista en su soledad gracias al simple hecho de que el poema, gracias al verso, ha renunciado al optimismo del renglón seguido que es propio de la prosa.
Este poema de Ungaretti, del que ofrezco aquí una traducción, está hecho de fragmentos que parecen casi esquirlas de una explosión. El poeta, en lugar de fundirlos para ocultarlos, los exhibe con un candor infantil, como si nos dijera: un poema se hace recogiendo trozos duros del suelo; hay que inclinarse, mirar y recoger (o desechar) un trozo a la vez; y girar la cabeza lo menos posible, pero no olvidar hacerlo. Toda una lección de exigüidad que he tenido siempre presente al escribir poesía.


Trotamundos

En ninguna
parte
de la tierra
puedo
asentarme

En cada
nuevo
clima
que encuentro
descubro
con pena
que
alguna vez
me fue
conocido

Y me separo de él siempre
extranjero

Naciendo
de vuelta de épocas
demasiado vividas

Gozar un solo
minuto de vida
inicial

Busco un país
inocente

Giuseppe Ungaretti (Alejandría, 1888-Roma, 1970)

Foto: Fabio Morábito por Cristina Rodríguez en La Jornada, junio 2011

domingo, mayo 13, 2012

Fabio Morábito / Jirafa



Jirafa

                   A Nacho Helguera

Tú hablas de tú
a los árboles,
penetras con tu gran pregunta
entre las ramas,
no quieres nada de los pájaros,
no quieres nada de la hierba;
quieres solo lo que sabe
a verde sin tristezas,
quieres el verde más inalcanzable.

Eres la gran apasionada de las hojas,
la agran apasionada de lo intacto,
buscas el verde que no existe en esta tierra,
eres la gran platónica.

Fabio Morábito (Alejandría, 1955), "Lunes todo el año", 1992, Ventanas encendidas. Antología poética, Visor, Madrid, 2012
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Ilustración: Green on Green, 1938, Paul Klee

martes, febrero 14, 2012

Fabio Morábito / Piazza Gimma



Piazza Gimma

Espío en el edificio
que tengo más a mano
el movimiento que comienza en los balcones,
cómo reaflora
en las tareas primeras del amanecer
con gestos sin estilo aún, de repertorio,
la rutina,
y yo que me enamoro sólo en esta hora
en que la gente es más repetitiva,
más inconexa interiormente,
más llena de depósitos antiguos,
observo a la mujer que siempre sale en bata
en el octavo piso con su taza de café,
rubia matrona amante de la vida
que echa una ojeada al mundo mientras toma
dos o tres sorbos breves
y después, con gesto erótico,
sacude la tacita para remover
el fondo azucarado que le ofrece
el mejor sorbo, el último, el más dulce,
antes de despertar del todo.
Antes de despertar del todo
tú, rubia del amanecer,
te atienes a tu rito de degustación,
de intimidad contigo
y desde tu balcón,
salida ya del sueño,
entras de veras a tu casa
con tus gestos,
no con los que heredaste de los tuyos.

Fabio Morábito (Alejandría, 1955), Un náufrago jamás se seca, Ediciones Gog y Magog, Buenos Aires, 2011
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Ilustración: Donna al balcone, 1920, Carlo Carrà

martes, diciembre 20, 2011

Fabio Morábito / Mudanza


Mudanza

A fuerza de mudarme
he aprendido a no pegar
los muebles a los muros,
a no clavar muy hondo,
a atornillar sólo lo justo.
He aprendido a respetar las huellas
de los viejos inquilinos:
un clavo, una moldura,
una pequeña ménsula,
que dejo en su lugar
aunque me estorben.
Algunas manchas las heredo
sin limpiarlas,
entro en la nueva casa
tratando de entender,
es más,
viendo por dónde habré de irme.
Dejo que la mudanza
se disuelva como una fiebre,
como una costra que se cae,
no quiero hacer ruido.
Porque los viejos inquilinos
nunca mueren.
Cuando nos vamos,
cuando dejamos otra vez
los muros como los tuvimos,
siempre queda algún clavo de ellos
en un rincón
o un estropicio
que no supimos resolver.

Fabio Morábito (Alejandría, 1955), Un náufrago jamás se seca, Gog y Magog, Buenos Aires, 2011
---
Ilustración: Across the Room, c.1899, Edmund Charles Tarbell

jueves, julio 07, 2011

Fabio Morábito / ¿Qué es un jardín?


¿QUÉ es un jardín?
¿Esta hierba pareja?
¿Estas plantas reunidas por capricho
que la naturaleza no juntaría jamás?
¿Se ha dado algún jardín sin nuestras manos?
El viento, dispersando
las semillas,
¿hace jardines que no vemos?
Porque, si bien lo vemos, todo es jardín.
Un bosque es un mosaico de jardines
que se anudan de tan tenues,
igual que en lo más hondo de un jardín
se lucha palmo a palmo.
Porque, si bien lo vemos, todo es maleza,
confusión, oportunismo,
No es uno el que decide
la forma y la fortuna de los vecinazgos
o la prosperidad de las raíces,
sino el subsuelo que no sabe
de jardines ni de bosques.
Tú crees, mirando tu jardín,
que así como lo ves tiene el aspecto
que quisiste,
pero no lo querías así,
maleó tu gusto palmo a palmo
con cada nueva hoja
y cada nuevo tallo, con cada flor
y cada pájaro, y tu mente, a estas alturas,
no sabe de jardines ni de bosques
y no distingue la maleza de las flores.

Fabio Morábito (Alejandría, 1955), Delante de un prado una vaca, Ediciones Era, México D.F., 2011
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Ilustración: The Gardener, 1924, Frank Moss Bennett

martes, junio 14, 2011

Fabio Morábito / Dos poemas



YO, QUE he olvidado las palabras
de los rezos,
enciendo el purificador de aire
por la noche
y su zumbido
da un toque lírico a los muros de mi cuarto.
También quien reza,
me imagino,
reforma el aire de su cuarto con su rezo,
lo pasa por un filtro,
pero prefiero este zumbido neutro,
que es fe en estado puro,
a las palabras de los rezos,
que circunscriben una fe
y estrechan el espíritu.
Porque rezamos para recrear
la combustión del fuego
alrededor del cual nacieron
los primeros círculos
y las palabras con apenas un pretexto,
un vehículo.
Con el murmullo de los labios
regresa otro murmullo
que le dio forma a nuestro oído.
Nuestras plegarias son el eco
del trabajo de las llamas
que levantaban de la nada un muro,
un muro vivo, el único
capaz de hacer a nuestro alrededor un templo.
Enciendo el purificador de aire
con el mismo desamparo de esas noches,
de esas cuevas,
enciendo mi plegaria absurda, atea,
porque los labios ya no me responden.


BENDITAS puertas, creadoras
de la penumbra
y del habla en voz baja,
que fue la creadora a su vez
de la escritura.
Benditos goznes que nos separan
de las bestias.
Es fácil hoy decir malditas puertas,
malditos libros,
maldita la postura erguida.
Haber bajado de los árboles
fue la primera puerta que se abrió
y se nos olvidó cerrarla.
¿Fue una omisión o una genialidad
dejarla abierta por las dudas?
El bosque nos persigue
en nuestra prosa y nuestros versos,
y toda puerta que abrimos,
la abrimos todavía sobre un claro,
y cada puerta que cerramos,
aun la más inocua,
pergeña una penumbra y un secreto.
No terminamos de bajar al suelo,
nuestra mayor herida,
y a base de puertas lentamente
nos curamos.

Fabio Morábito (Alejandría, 1955), Delante de un prado una vaca, Ediciones Era, México D.F., 2011
---
Ilustración: La grotta azzurra, 1958, Emilio Pettoruti

lunes, agosto 18, 2008

Fabio Morábito / El abuelo


Mi abuelo expiró ante mí,
el más pequeño de los nietos
que pensó mirándolo morir:
¡cómo se parece a la tía Márgara!
La tía Márgara y las otras tías se encontraban
en otra habitación,
yo entré de puntas en el cuarto del abuelo
y ahí, sin decir nada, mirándome apenas
(pero tal vez fue sólo una impresión),
me hizo el regalo de su muerte,
a mí, el único de la familia
que no traía ningún rumor de afuera
y no contaba ningún chiste.
Ante el abuelo muerto,
mientras mis tías charlaban en el otro cuarto,
tenía por fin una noticia
y me guardé su muerte,
no descubrí mi juego
cuando fui al cuarto de mis tías
y me paré bajo el dintel
mirándolas tomar café, empequeñecidas,
tan miserables en su costumbre de ignorarme
y me di el lujo de volver con el abuelo
a ver una vez más su parecido con mi tía
y descubrir que en menos de un minuto
ya no era él sino un extraño
que no se parecía a ninguno de los míos.
Se me cayó mi juego de las manos,
volví bajo el dintel con otra cara
y Márgara, con verme, se dio cuenta.
Las cuatro se pararon con un grito.

Jamás me preguntaron nada,
pero una envidia, aunada a cierto miedo,
les impedía el desdén de antes.
El viejo había escogido al más pequeño,
le había ofrecido a él su última cara
y era la mía la que lo despidió del mundo.
Mi cara estaba en algún lado entre los muertos,
le oí decir un día a Márgara.
Nunca le dije que era la suya
la que el abuelo se llevó consigo.

[inédito]

Fabio Morábito (Alejandría, Egipto, 1955)

lunes, septiembre 10, 2007

Fabio Morábito / Sobre la poesía de Montale



"Tal vez en ese largo y acidioso lapso de inacción juvenil, con su probable sentimiento de inutilidad y hasta de culpa, surge el futuro male di vivere de Montale, que determinará el tono introspectivo y desolado de su poesía. También debió sellarse entonces, en esos paseos divagantes por la Génova laboriosa de principios de siglo, muy pronto nimbados por "indefinidas vocaciones extra-comerciales", es decir, la filosofía y la literatura, la importancia del mar en la percepción montaliana de la realidad. Quien conozca Liguria, reconocerá en los poemas de Huesos de sepia, el primer libro de Montale, una auscultación casi encarnizada de su paisaje marino, en especial la parte que va desde Génova hasta Cinque Terre, donde la familia de Montale tenía una casa de veraneo en la localidad de Monterosso; un paisaje escabroso, en el que la violencia del oleaje, el viento, los rociones de espuma y la vegetación aferrada a la roca se constituyen en emblemas de una radical dificultad de vivir, de una indecisión crónica, que tiene su objetivación más acabada en la luz del mediodía, esa luz paralizante y a menudo espectral que ha tenido en Montale, tal vez, a su cantor más profundo.

(...) 

"Si acaso, el concepto cristiano que más atrae a Montale es el de gracia, que él entiende, laicamente, como un regalo, esto es, como una virtud de la que gozan aquellos que no hicieron el menor esfuerzo por ganársela. La idea de esfuerzo no tiene casi cabida en el mundo de Montale, donde sólo un milagro, una coincidencia, un afortunado golpe de dados pueden resquebrajar la rigurosa trama de eventos que nos oprimen.

"Así, para Montale, la dignidad estriba, más que en esforzarse por ser mejores, en resistir, sobrellevando el propio papel, sin quejas. ¿En qué consiste el papel del poeta? Consiste, dicho metafóricamente, en atenuar el impacto del mar sobre la costa, reproduciendo en su propia poesía el lenguaje marino, con la secreta esperanza de hallar la brecha, el pasadizo, que el mar busca en cada una de sus arremetidas.

"... y le otorga, por ese carácter que tiene el encabalgamiento de eludir la escansión esperada de los versos y relativizar de esa manera el cauce señalado por los mismos, un carácter de rápida anotación periodística, de apunte in situ. El resultado es una cadencia movediza, casi arisca, que aspira, con las herramientas de la poesía, a sonar como prosa. Por ello, no es de sorprender que la renuncia a una musicalidad plena y sin fisuras lleve a Montale a revalorizar esas zonas grises del poema en el que éste muestra inevitablemente sus costuras y sus remiendos."

Fabio Morábito, en el "Prólogo" de Poesías completas de Eugenio Montale, Galaxia Gutenberg, Barcelona-Navarra, 2006

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Foto: s/d

martes, julio 17, 2007

Fabio Morábito / A lo mejor todos nacimos en Alejandría


Yo vine al mundo
en la ciudad más prostituida,
más circular,
más envidiada,
todo se deteriora
al acercarse a ella,
todo trabaja en su favor
para dejarla inalcanzable.
A lo mejor se nace siempre así,
a lo mejor todos nacimos en Alejandría.
Jamás he de volver a verla
porque mi edad, mis versos
(¿no son lo mismo?)
se han hecho
de esta lejanía
no de otra cosa.
Mi verdadero lujo
es éste: haber nacido
donde no he de volver jamás,
casi no haber nacido.
Cuando me muera,
si he de morir,
me moriré más lejos que ninguno.

Fabio Morábito (Alejandría, 1955), Alguien de lava, Ediciones Era y Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Ciudad de México, 2002