Mostrando las entradas con la etiqueta Enrique Lihn. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Enrique Lihn. Mostrar todas las entradas

jueves, septiembre 26, 2024

Enrique Lihn / De "Al bello aparecer de este lucero", 2



Carne de insomnio

Ruiseñor comí de tu carne y me hice adicto
al insomnio que ella contagia, por el cual
yo ya tenía una afición extraña
   Oigo venir tu canto mudo aún
anudando la noche y el deseo de verte
Y no duermo jamás, sólo las horas
que muerdo el pan de preso y bebo el agua
de su Leteo en el tazón de fierro
Quieren que sobreviva a esta locura
y responda a tu canto con mi grito
por eso duermo poco y muero mucho
ruiseñor, escuchándote
"ave parlera la que fue niña muda".

  Me parece la celda
no más la emanación de un lindo insomnio
y me parece frívolo compararla con otras
de tantas. Es la noche sin ti con el regusto
de tu carne que produce el insomnio, Filomela
y una adicción al canto con que ese pajarillo
virtuoso de mi oído, me desvela
-oh maravilla- y maravilla
porque es su canto mudo el que estoy escuchando
a la niña no al ave, ensangrentada en pájaro.


El bello pánico

Ya se sabe: la belleza
juvenil produce estragos en los hombres de mediana edad
efectos que pueden llegar a ser devastadores. Ellos creen
ser visitados por ángeles
emisarios de la Divina Prostitución Se suponen
acreedores del cielo que les devuelve, por fin, la mano
El bello pánico
asociado a la autocomplacencia Se hunden en la somnolencia
que les quita el sueño vegetal y les impone
la lúcida ensoñación de las intimidades del plancton
Alli se generan abstracciones imperceptibles
palacios perfectos radiolarios
Es un encanto de experiencia
desconsoladora en su temor de serlo
alimentada por el desconsuelo.


Yo, el libro

También el cuerpo se descompagina
porque lo hojeen distraídamente
Soy un imbroglio de maltratado papel
entre las manos de una lectora poco atenta
un magazine en un sala de espera
que irá a parar en unos días más
a la bolsa negra de polietileno
Antes de que esto ocurra, lee en mí
el último capítulo de nuestra historia en común
para que sepas.


Piedra sacificial

No me quiero hacer la víctima
A lo sumo estoy cómodamente tendido sobre la piedra
           de los sacrificios
y un tipo que se limpia las uñas con un cuchillo
me dice: ¿qué es de tu vida?
¿No te parece que sobra?

Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1929 - 1988), Al bello aparecer de este lucero [1983], LOM Ediciones, Santiago de Chile, 1997

---

viernes, julio 19, 2024

Enrique Lihn / El vaciadero




No se renueva el personal de esta calle: 
el elenco de la prostitución gasta su último centavo 
     en maquillaje  
bajo una luz polvorienta que se le pega a la cara. 
Una doble hilera de caries, dentadura de casas 
     desmoronadas 
es la escenografia de esta Danza Macabra 
trivial bailongo sabatino en la pústula de la ciudad. 

Es una cara conocida llena de costurones con lividas 
     cicatrices bajo unos centavos de polvo, y que 
     emerge de todas las grietas 
de la ciudad, en este barrio más antiguo que el Barrio de 
     los Alquimistas
como la cara sin cuerpo del caracol ofreciéndose en los 
     dos sexos de su cuello andrógino 
blandamente fálico y untado de baba vaginal 
el busto de un boxeador que muestra las tetas en el marco 
     de un socavón.

No avanza ni retrocede el rio en este tramo descolorido y 
     bullente alrededor de la compuerta 
El mecanismo de un reloj descompuesto cuelga como la 
     tripa de un pescado 
de la mesita de noche 
entre los rizos de una peluca rosada 
La fermentación de las aguas del tiempo que se enroscan 
     alrededor del detritus como el caracol en su concha
el éxtasis de lo que por fin se pudre para siempre. 

Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1929-1988), A partir de Manhattan, Ediciones Ganymedes, Valparaíso, 1979

Más poemas de Enrique Lihn en Otra Iglesia es Imposible
---

lunes, diciembre 19, 2022

Enrique Lihn / De "Poesía de paso"


Market place

Cirios inmensos para siempre encendidos,
surtidores de piedra, torres de esta ciudad
en la que, para siempre, estoy de paso
como la muerte misma: poeta y extranjero;
maravilloso barco de piedra en que atalayan
los reyes y las gárgolas mi oscura inexistencia.
Los viejos tejedores de Europa todos juntos
beben, cantan y bailan sólo para sí mismos.
La noche, únicamente, no cambia de lugar,
en el barco lo saben los vigías nocturnos
de rostros mutilados. Ni aun la piedra escapa
-igual en todas partes- al paso de la noche.

Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1929-1988) Vía Op. Cit.

Poesía de paso
[1966],
Ediciones Nebliplateada, 
Buenos Aires, 2022









---
Foto: Enrique Lihn en la portada de A partir de Manhattan [1979], UDP, Santiago de Chile, 2022

sábado, junio 13, 2020

Enrique Lihn / Dos sonetos















Los maniquíes son sinuosexuales

Los maniquíes son sinuosexuales
nunca ellos mismos ni igualmente otros
Los maniquíes son, no más, algotros
Cosa: ni vegetales ni animales.

En las vitrinas de las principales
calles del mundo viven de nosotros
mueren, si no los vemos, de nosotros
y al mirarlos ya somos sus vestales

y ellos las nuestras. Basta una mirada
que se tenga a sí misma por objeto
y se sirva del otro de sujeto

para que en esa escena entre la nada
haciendo del sujeto y del objeto
la misma vaina no identificada.


Paco, opa, copan, tango, paquito

Paco, opa, copan, tango, paquito
hay que bancarse aquí lo de tu muerte
y te la pintan de distinta suerte
-Viíz (z) te loco, los niños del distrito.

Buenos Aires y Malos, sos el grito
de coraje y terror que te convierte
pólvora y polvo en plomo de la muerte
en un poeta de la acción, maldito.

Dicen que estabas demasiado raro
cuando por un descuido voluntario
o casi, te quitaron el laburo

de vivir, que pagaste mío caro
un precio inmenso, absurdo, extraordinario
por hacerte el pesado, el muerto, el duro.

Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1929-1988), Mascaró, n° 5, Buenos Aires, mayo de 1986

Nota: Estos dos poemas de Enrique Lihn fueron publicados como inéditos hasta entonces, junto con poemas éditos y una breve entrevista firmada por Luis Eduardo Alonso

Envío de Eduardo Ainbinder

Otra Iglesia Es Imposible - Poeta Enrique Lihn - Memoria ChilenaGog y Magog - Op. Cit. - OverolDe Sibilas y Pitias - A Media Voz - La Caína - Eterna Cadencia - Vallejo & Co. - El Vuelo de la Lechuza
---
Foto: Claudia Donoso/Latin American Literature Today

viernes, noviembre 29, 2019

Enrique Lihn / Pena de extrañamiento














No me voy de esta ciudad con la resignación de los visitantes en tránsito
Me dejo atar, fascinado por ella
a los recuerdos del presente:
cosas que no tuvieron, por definición, un futuro
pero que, ciertamente, llegaron a envejecer, pues las dejo a sabiendas
de que son, tal vez, las últimas elaboraciones del deseo,
los caprichos lábiles que preanuncian la vejez.

En una barraca, cerca de Nueva York, el martillero liquidó el saldo de su negocio
—un stock de fotografías antiguas—
ofreciéndolas a gritos en medio de la risotada de todos:
“Antepasados instantáneos”, por unos centavos
Esos antepasados eran los míos, pues aunque los adquirí a vil precio
no tardaron, sin duda, en obligarme a la emoción
ante el puente de Brooklyn
como si Manhattan, que se enorgullece de volatilizar el pasado
conservándolo en el modo de la instigación a desafiarlo
fuera mi ciudad natal y yo el hijo de esos antiguos vecinos de los que la voz gutural
hace irrisión, y el martillo.

No me voy de esta ciudad sin haber amado aquí
a la mujer que conocí y no conocí ni haber agotado la vida conyugal
reflotando en el negocio de plantas o antigüedades.

La isla dispone de fantasmas artificiales
con que llenar los huecos de la contra-historia
Ellos ocupan en la memoria, con la naturalidad que ésta se permite en relación a la nada
el lugar de los verdaderos ausentes: caras que vi en las bouffoneries del Soho
directement angeliques: esas muchachas caídas de la luna a la nieve
vestidas de pierrot y sus acompañantes andróginos
fueron y no fueron mis amigos de juventud
Se congelan lágrimas que son de frío
pero que memorizan, asimismo, a John Lennon
Reconozco la nieve de antaño, que cae
sobre Blecker Street en este día acrónico
mientras se hace de noche a la velocidad simultánea del vuelo de un murciélago
y pasan películas de mi tiempo en mi barrio.

Como si me retuviera algún negocio en la ciudad
veo a Cary Grant e Irene Dunne
que acaban de morir en una vieja comedia
víctimas del capricho de uno de los primeros automóviles deportivos
(la máquina del glamour)
Sigo sus apariciones y desapariciones
—una cita de Meliès en la magia blanca y sonora de Hollywood—
la sorpresa de esta pareja en otro tiempo ideal
cuando el paisaje se espejea en ellos —los transparentes— por gracia del celuloide.

Como mis propios fantasmas, esos figurines inverosímiles
evocan, de manera en sí misma realista, alguna época acrónica de lo imaginario
Son los antepasados instantáneos de los deseos que provocan
en la inocencia total de sus reencarnaciones o desplazamientos
desde su absoluta lejanía en blanco y negro
El beso final no ocurre en la pantalla
sino entre la pantalla y la media luz de la sala
un corte insubsanable en que se juntan y se besan el presente y el pasado: labios incompatibles
que ninguna comedia puede reunir.

Lo que me ata a la ciudad es todavía más irreal que ese beso
blanco, que connota glamour, escrito en la luz centelleante
(el placer del ojo en el paraíso de la visión artificial)
haciendo el reconocimiento de cómo es lo que no es
hic et nunc, en el Blecker Cinema
Esta ciudad no existe para mí y yo no existo para ella
allí, en ese punto en que los tiempos convergen
bajo la especie de la Duración
Existe para mí, en cambio, en la medida en que logro destemporizarla
desalojarla, por unos contrasegundos, de la convención que marca el reloj
con sus pasitos de gato en la rutina del living
Trabajo que Hércules no se soñaba
en franca competencia con la Meditación Trascendental
Si yo lo consiguiera, sentiría apoyarse desaprensivamente en mi brazo
(el de Cary Grant) la mano enguantada
pronta a desaparecer, de una muerta: Irene Dunne
—Frisson Nouveau— y entre la pantalla y la media luz de la sala
(borrado ya del tiempo el día de mi partida:
dos de enero de mil novecientos ochenta y uno)
Se tocarían (no) como para cualesquiera de los espectadores
—gatos descongelados en el invierno de Nueva York—
pasado, presente y futuro
en una unidad de medida que reúna esos tiempos incompatibles
para ellos y para mí, pero no para ellos: los veros vecinos de Washington Square.
A diferencia mía ellos permanecerán, de hecho, en la ciudad, con el aval de sus antepasados
a quienes, a lo mejor, pusieron en subasta
por unos centavos
y que yo mismo adquirí en una barraca.

De una memoria de la que mi memoria se hace cargo
en la borrada fecha del dos de enero, mi cuerpo tomará el avión
para hacer, en los meros hechos, de algunas calles cuyos nombres ya no recuerdo
y de ciertos rincones que nadie volverá a ver
recuerdos sin objeto ni sujeto
Eso en lo que concierne a mi cuerpo, mientras el invisible ciudadano de esos rincones y esas calles
tan innotorio como lo son, al fin y al cabo, entre sí
diez millones de habitantes
seguirá aquí, delegado por la memoria
que llega a la aberración y toma entonces
no sólo la forma de mi sombra:
mi existencia hecha de algo que se le parezca
Ese doble abrirá en mí un hueco que yo mismo no podría llenar
con las anotaciones de mi diario de viajes
No me proporcionará los estímulos a los que necesite responder
cuando me pregunten en mi pueblo por la Megalópolis
Vivirá en mí de ella, simplemente, como el huésped del mesonero
coadyuvando a que mi vida sea
una versión del discours sur le peu de realité
Porque la realidad estará allí donde ese parásito del ser se pasee gozando de su inanidad
en tanto miseria sonora de estos versos y más allá del lenguaje
y de la vida que me sustraiga mañana cuando como un cuerpo sin la mitad de su alma
despojado del terror que fascina, habite
en cualesquiera de esas medio-ciudades, defectuosas copias de Manhattan
y, por lo tanto, ruinas —nuestros nidos—
antes, después y durante su construcción
algunos de mis puntos de destino
cuando me vaya y no me vaya de aquí.

Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1929-1988), "Pena de extrañamiento", 1986, Sólo sé que seremos destruidos. Antología poética, selección de José Villa, Gog y Magog, Buenos Aires, 2019

Gog y Magog/Facebook - Otra Iglesia Es Imposible
---
Foto: Luis Poirot/La Tercera

jueves, noviembre 14, 2019

Enrique Lihn / Este no querer ser lo que se es

















Este no querer ser lo que se es
este rechinamiento,
y el gusto, en todas partes, de lo que uno se pierde miserablemente:
el sabor del agua con que culmina la sed,
el momento feliz con que culmina, en su noche feroz, el manicomio.
Mujeres de otro mundo ya, por las que me rebano de los buenos sueños
amores dulces como lágrimas de cordero degollado
seres que me distancian del amor resolviéndose por lo intocable
Familias tardes en el campo
Vida en la exacta acepción de la palabra como algo puesto al fuego
                                                                                         / lento del sol
mi infancia a pesar de todo digna de unos recuerdos este poema mismo
todas son partes ahora de una noche incolora
de una mutilación.

Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1929-1988)

"La musiquilla de las pobres esferas", 1969
Sólo sé que seremos destruidos.
Antología poética,
selección de José Villa,
Gog y Magog,
Buenos Aires, 2019







Gog y Magog/Facebook - Op. Cit.
---
Foto: Enrique Lihn. Portada de esta antología, detalle

sábado, noviembre 03, 2018

Enrique Lihn / De "La pieza oscura", 4

















Gallo

Este gallo que viene de tan lejos en su canto,
iluminado por el primero de los rayos del sol;
este rey que se plasma en mi ventana con su corona viva, odiosamente,
no pregunta ni responde, grita en la Sala del Banquete
como si no existieran sus invitados, las gárgolas
y estuviera más solo que su grito.

Grita de piedra, de antigüedad, de nada,
lucha contra mi sueño pero ignora su lucha;
sus esposas no cuentan para él ni el maíz que en la tarde lo hará besar el polvo.
Se limita a aullar como un hereje en la hoguera de sus plumas.
Y es el cuerno gigante
que sopla la negrura al caer al infierno.

Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1929-1988), La pieza oscura, 1963, Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2007

Santiago - Universidad Diego Portales
---
Foto: Enrique Lihn, 1983. Marcelo Montecino

lunes, septiembre 18, 2017

Enrique Lihn / Barco viejo














A imagen de los vientos crecieron estos árboles
que imprecan hacia el mar donde los cuatro palos
de un velero inservible se excusan de los vientos.
“Andalucía” duerme, bella cárcel flotante
encarcelada como en una botella
en su vejez dejada de mano de las olas,
tan pura, que el bochinche de la marinería
será como si fuera cosa propia del sueño:
música de fonógrafo que casi no se escucha.

Estoy en Punta Arenas.
La nieve llega al corazón y el viento
toca hasta lo que escribo y lo dispersa.
Mi poesía apenas da unos pasos en falso:
aún el árbol verde del pensamiento abstracto
tendrá aquí que seguir el dictado del viento
que tuerce el árbol de oro, transformándolo en piedra.
Me haría falta oír toda la vida
lo que, por estos lados, dicen hombres y bestias;
pero aún más: entrar en el secreto.
De modo que la piedra horadada me hablara
por boca del silencio de lo que fue en el aire
antes del día de su aventamiento:
gritos que el roble sabe
de cuando el indio hizo su amor como agoniza
el petrel en la noche de los vientos,
de cuando sangre y nieve jugaron a encontrarse
y una ciudad se alzó donde cayeron hombres.

Nada habla por mi boca aquí, pero está bien
sentir que uno podría envejecer noblemente
mirando un barco viejo que termina de hundirse.

Punta Arenas, 1960

Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1919-1988), Poetas, voladores de luces, Overol, Santiago de Chile, 2017

domingo, marzo 23, 2014

Enrique Lihn / De "Estación de los desamparados", 4













No cambiaré para nada esa mínima venganza
escandalosa.
Si me llamaras por teléfono
yo, tu inseguro servidor, simularía una voz distinta a la que hiciste temblar.
Mi conversación te remontará, poco a poco, a otros días
hasta que comprendas: hablaré
de ti con otra y de otra contigo
igual que Manzanero.

Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1919-1988), Estación de los desamparados, Premia Editora, Libros del Bicho 29, Ciudad de México, 1982
---
Foto: Poirot / La Tercera

viernes, febrero 28, 2014

Enrique Lihn / De "La pieza oscura", 3




















Fin de semana

"Volveremos a la vida", nos prometieron las flores
por boca de su hermana mayor. Me parece estar viéndola. De pie frente a la mesa
     ofreciéndonos el canastillo
donde las frutas confirmaban a las flores. "Sí. Sí. Como nosotras".
Está claro que el sol entra también por los oídos; sucede cuando uno cree
     escuchar visiones,
porque, de veras, las flores dijeron por su boca, en un momento de ansiedad:
     "Volveremos a la vida".

O bien: "¿Vendrán Uds. el año que viene?" Y algo así como: "Entonces, los conejos..."

La tentación es el primer recurso de la mujer y el último.
En esa aldea tan próxima al cielo lo natural era que la serpiente jugara un pequeño papel
como antes de entrar al paraíso, cuando éste era un pueblo entre otros, el tosco letrero
    de madera borrado por el polvo de la gran ruta.

Sí, se asiste al nacimiento del mundo en las aldeas que visitamos sólo una vez
cuyo camino extraviaríamos si se nos ocurriera rehacerlo.
El agua se distingue apenas de la luz, la tierra abraza en los rincones, la tierra
     color fuego que, de repente, fluye,
los elementos no responden sino al eco de su nombre.

Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1929-1988), La pieza oscura, 1963, Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2007

viernes, diciembre 27, 2013

Enrique Lihn / De "La pieza oscura", 2




















Barro

I
Barro, rencor inagotable. Toda otra fuente termina por ceder
a la presión de esta material original.
Los días del agua están contados, pero no así los días del barro
que sustituye al agua cuando ciegan el pozo.
No así los días del barro que nos remontan al séptimo día.
De niños jugábamos con él, nada tiene de extraño que juegue con nosotros,
los creados a imagen y semejanza suya.

II
Dios padre, Dios hijo, Dios espíritu santo:
tierra y agua; luego el barro que en el principio era.
Un solo sentimiento en el origen de todos:
este rencor inagotable.

III
Tarde o temprano volveremos a ser razonables.
Está en el orden de las cosas, nada se sabe de ellas mientras no
     las tomamos con relativa calma,
como si nada hubiera sucedido.

IV
No hay más extraño que uno. Es la apariencia de otro quien terminó
     por frecuentarnos,
por aceptar finalmente una invitación reiterada.
Me pareció ver a mi sombra cuando le abrí la puerta, justo en el momento
     en que íbamos a salir.
La función había comenzado. "Adelante. Adelante".
"Te estábamos esperando", dije yo y ella dijo: "No reconozco a los ingratos"
con un curioso temblor en la voz.

Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1929-1988), La pieza oscura, 1963, Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2007
---
Foto: Wikimedia Commons

viernes, noviembre 29, 2013

Enrique Lihn / De "La pieza oscura"
















Jonás

Todo lo podría condenar igualmente, no se me pregunte en nombre de qué.
En nombre de Isaías, el profeta, pero con el grotesco gesto inconcluso de su
          colega Jonás
que nunca llegó a cumplir su pequeña comisión sujeto a los altos y bajos
del bien y del mal, a las variables circunstancias históricas
que lo hundieron en la incertidumbre de un vientre de ballena.
Como Jonás, el bufón del cielo, siempre obstinado en cumplir su pequeña
          comisión, el porta-documentos incendiario bajo la axila sudorosa, el
          paraguas raído a modo de pararrayos.
Y la incertidumbre de Jehová sobre él, indeciso entre el perdón y la cólera,
          tomándolo y arrojándolo, a ese viejo instrumento de utilidad dudosa
caído, por fin, en definitivo desuso.

Yo también terminaré mis días bajo un árbol
pero como esos viejos vagabundos ebrios que abominan de todo por igual,
          no me pregunten
nada, yo sólo sé que seremos destruidos.
Veo a ciegas la mano del señor cuyo nombre no recuerdo,
los frágiles dedos torpemente crispados. Otra cosa, de nuevo, que nada
          tiene que ver. Recuerdo algo así como...
no, no era más que eso. Una ocurrencia, lo mismo da. Ya no sé a dónde voy
          otra vez.
Asísteme señor en tu abandono.

Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1919-1988), La pieza oscura,1963, Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2007

martes, julio 23, 2013

Poemas elegidos, 77


Nurit Kasztelan
(Buenos Aires, 1982)


La pieza oscura, de Enrique Lihn
Si bien la lectura de Enrique Lihn no pertenece estrictamente a mi formación inicial como poeta, es un poeta que redescubrí en 2008 cuando fui de viaje a un festival de poesía en Chile y me partió la cabeza. En mi forma de leer poesía y de entenderla. Creo que este poema, que da título a uno de sus libros más importantes, condensa todos los temas que después su poética irá ampliando: el erotismo, la infancia, los fantasmas y la memoria. Me interesa el equilibro entre el lirismo y la forma narrativa en el poema y la radicalidad del uso del lenguaje (comenzar con La mixtura del aire ya da cuenta de ello). Esos versos finales (Soy en parte ese niño que cae de rodillas… y no he cumplido aún toda mi edad/ ni llegaré a cumplirla como él/ de una sola vez y para siempre) condensan quizá el misterio que encierra la poesía para mí: cierta discontinuidad en los tiempos verbales y en las situaciones vividas, (como el verso ¿Qué será de los niños que fuimos?). Se trata, quizá, de reconstituir, y a la vez que se reconstituye, de transfigurar, las escenas de la niñez y adolescencia para arrastrar a la memoria hacia el fantasma de lo real, hacia allí donde la experiencia y la expresión se gestan en una misma dirección.




La pieza oscura

La mixtura del aire en la pieza oscura, como si el cielorraso hubiera amenazado
una vaga llovizna sangrienta.
De ese licor inhalamos, la nariz sucia, símbolo de inocencia y de precocidad
juntos para reanudar nuestra lucha en secreto, por no sabíamos no ignorábamos qué causa;
juegos de manos y de pies, dos veces villanos, pero igualmente dulces
que una primera pérdida de sangre vengada a dientes y uñas o, para una muchacha
dulces como una primera efusión de su sangre.

Y así empezó a girar la vieja rueda —símbolo de la vida— la rueda que se atasca como si no volara,
entre una y otra generación, en un abrir de ojos brillantes y un cerrar de ojos opacos
con un imperceptible sonido musgoso.
Centrándose en su eje, a imitación de los niños que rodábamos de dos en dos, con las orejas rojas
—símbolos del pudor que saborea su ofensa— rabiosamente tiernos, la rueda dio unas vueltas en falso como en una edad anterior a la invención de la rueda
en el sentido de las manecillas del reloj y en su contrasentido.
Por un momento reinó la confusión en el tiempo. Y yo mordí largamente en el cuello a mi prima Isabel,
en un abrir y cerrar del ojo del que todo lo ve, como en una edad anterior al pecado
pues simulábamos luchar en la creencia de que esto hacíamos; creencia rayana en la fe como el juego en la verdad
y los hechos se aventuraban apenas a desmentirnos
con las orejas rojas.

Dejamos de girar por el suelo, mi primo Ángel vencedor de Paulina, mi hermana; yo de Isabel, envueltas ambas
ninfas en un capullo de frazadas que las hacía estornudar —olor a naftalina en la pelusa del fruto—.
Esas eran nuestras armas victoriosas y las suyas vencidas confundiéndose unas con otras a modo de nidos como celdas, de celdas como abrazos, de abrazos como grillos en los pies y en las manos.
Dejamos de girar con una rara sensación de vergüenza, sin conseguir formularnos otro reproche
que el de haber postulado a un éxito tan fácil.
La rueda daba ya unas vueltas perfectas, como en la época de su aparición en el mito, como en su edad de madera recién carpintereada
con un ruido de canto de gorriones medievales;
el tiempo volaba en la buena dirección. Se lo podía oír avanzar hacia nosotros
mucho más rápido que el reloj del comedor cuyo tic-tac se enardecía por romper tanto silencio.
El tiempo volaba como para arrollarnos con un ruido de aguas espumosas más rápidas en la proximidad de la rueda del molino, con alas de gorriones —símbolos del salvaje orden libre— con todo él por único objeto desbordante
y la vida —símbolo de la rueda— se adelantaba a pasar tempestuosamente haciendo girar la rueda a velocidad acelerada, como en una molienda de tiempo, tempestuosa.
Yo solté a mi cautiva y caí de rodillas, como si hubiera envejecido de golpe, presa de dulce, de empalagoso pánico
como si hubiera conocido, más allá del amor en la flor de su edad, la crueldad del corazón en el fruto del amor, la corrupción del fruto y luego... el carozo sangriento, afiebrado y seco.

¿Qué será de los niños que fuimos? Alguien se precipitó a encender la luz, más rápido que el pensamiento de las personas mayores.
Se nos buscaba ya en el interior de la casa, en las inmediaciones del molino: la pieza oscura como el claro de un bosque.
Pero siempre hubo tiempo para ganárselo a los sempiternos cazadores de niños. Cuando ellos entraron al comedor, allí estábamos los ángeles sentados a la mesa
ojeando nuestras revistas ilustradas —los hombres a un extremo, las mujeres al otro—
en un orden perfecto, anterior a la sangre.

En el contrasentido de las manecillas del reloj se desatascó la rueda antes de girar y ni siquiera nosotros pudimos encontrarnos a la vuelta del vértigo, cuando entramos en el tiempo
como en aguas mansas, serenamente veloces;
en ellas nos dispersamos para siempre, al igual que los restos de un mismo naufragio.
Pero una parte de mí no ha girado a compás de la rueda, a favor de la corriente.
Nada es bastante real para un fantasma. Soy en parte ese niño que cae de rodillas
dulcemente abrumado de imposibles presagios
y no he cumplido aún toda mi edad
ni llegaré a cumplirla como él
de una sola vez y para siempre.

Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1929-1988)

domingo, mayo 05, 2013

Enrique Lihn / Del mar espero...



Del mar espero barcos, peces, olas...

Del mar espero barcos, peces, olas
del cielo nada más que sol y viento,
la lluvia, el arco iris y el aliento;
de la tierra no verme en ella a solas.

Espero de la tierra no hacer colas
ni así hormiguear buscando mi sustento;
quiero en todo ganar el mil por ciento
y pasármelo todo por las bolas.

No quiero nada más que lo imposible
yo que, modestia aparte, lleno el mundo:
el pez más grande y menos comestible:

hacer en paz la guerra a medio mundo
y a la otra mitad. Indestructible,
plaga del pobre, horror del vagabundo.

Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1919-1988), París, situación irregular, 1977, Ediciones de la Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2013
---
Ilustración: Hombre corriendo, 1932, Kazimir Malevich

sábado, abril 23, 2011

Enrique Lihn / De "Estación de los desamparados", 3



Llovieron querubines para todo servicio...

Llovieron querubines para todo servicio.
Acá desplazan una pesada corona y la suspenden
justo en el punto en que aplastaría a la Virgen.
Con algunas de sus propias plumas entre los dedos pintones
hicieron relucir los métodos de un santo
escribiendo con oro el desgaire del aire.
Sus cabecitas iban y venían
atentas a embocarse en los vacíos simétricos
de la vieja pintura que se apoyaba en ellos
incapaz de elevar una oración real
pero plagada de esos lapsus con alas.

El Arcángel del Arcabuz.
Una muchacha.
Un hermafrodita con las alas pintadas.

Santo Tomás de Aquino
fulminaba a los demonios con su pluma.
La Suma Teológica
nunca lo supo: era literatura.

Virgen arcángeles apóstoles querubines y gente de la familia:
los donantes multiplicados por sus sillas en una sala de espera.
Sesión de Directorio de la Santísima Trinidad.
Todo esto chorrea de bordados de oro
de la presencia del oro, del oro que trajo la muerte al Incanato
y por el cual la vieja España de dientes careados
impuso a Dios a sangre y fuego.

Vírgenes necias en su exceso de flores,
jóvenes estofadas con un muñeco en las manos
que, se presume, tiene el mundo en las suyas.
Sospecho que Dios pasó por ellas sólo para cumplir
un pesado compromiso familiar.


El pueblo adoptará sus propias decisiones...

El pueblo adoptará sus propias decisiones.
Nunca he creído -le contestaron- en la espontaneidad de las masas.
Por el contrario -dijo- sin esa espontaneidad estaríamos perdidos.
¿Cómo dice? -le dijeron- ¿Cómo dice? Aló, aló, aló.
Nada. Corte -dijo una voz desconocida-. Su teléfono está malo.


Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1919-1988), Estación de los desamparados, Premia Editora, México DF, 1982
---
Ilustración: Santiago Matamoros (detalle), Cuzco, Perú, siglo XVII

martes, marzo 22, 2011

Enrique Lihn / De "Una nota estridente", 4
















Caballeros chilenos


Digamos que el país es para quien lo trabaja
por mucho que trabajen
los grandes propietarios seremos nosotros.
Hablemos de la patria.
la Patria sí que puede repartirse entre todos,
ella no tiene partes iguales o desiguales
ni peso ni medida, envolvámonos
en la bandera chilena para el próximo baile.
Digamos que el país es la bandera chilena
saludemos en nosotros a los padres de la patria.

Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1919-1988), Una nota estridente (1968-1972), Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2005
---
Foto: Bitacora y Archivo de Enrique Lihn

lunes, marzo 14, 2011

Enrique Lihn / De "Estación de los desamparados", 2


Despierten de una vez personas imaginarias...

Despierten de una vez personas imaginarias.
La insuficiencia de lo real es notoria y la mía real.
Alguien tendría que venir que ocupara mi lugar y el de todos los otros
pautando con una voz absolutamente desconocida
y una sola palabra este diálogo de sordos.

A lo menos envíeme alguno de sus pequeños agentes.
Sepa que necesito de una ayuda impensable
mezclada a todo, como es natural.

Despiérteme en el lugar donde no existe la única Paulina
capaz de hacerme ver la verdadera idiotez
de las palabras y la irrealidad de quien en ellas se apoye
mientras le dicte yo, por fin, el murmullo de todo
lo que perdí, disipado por la reconciliación.

Llame a la puerta de una y otra casa quien desenrede este nudo
/sin tocarlo ni manos
pues todas ellas estrangulan
hasta las más amables cuando se desestrechan.

Trátese de un fantasma o de un objeto mágico. Nadie ni nada
sorprenderá a un sujeto que cree en el horóscopo.
Luz del atardecer que ojalá no duplicara
esta lámpara bajo la cual el papel es de arena
y mi llamado el viento que respiro y lo borra.

Despierte ese nombre imposible de escuchar y no se hable de dios ni de nadie
/entre nosotros.
Lo recibiré en estado de ebriedad
como en los tiempos de siempre, con toda vulgaridad.

Tenga a bien ser del sexo femenino, que me sepa
enfermo de cuidado,
animal de cuidado
y que conozca el camino, si lo hay, de acceso al punto X
donde coincidirían este mundo y el otro.
Se lo suplico.

Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1919-1988), Estación de los desamparados, Premia Editora, México DF, 1982
---
Ilustración: La recompensa del adivino, 1913, Giorgio de Chirico

viernes, febrero 12, 2010

Enrique Lihn / De "El Paseo Ahumada"



PREHISTORIA FUTURA DE CHILE

Desde que nacimos peatones regulares a la vía pública
nos concentramos en el Café
y ahí nos descentramos del Ahumada que hierve de gente al mediodía
y a la hora nona
Nos reconocemos, aunque sólo sea vagamente, como los habitantes esporádicos
/del mismo oasis
al que llegamos a rompernos sin morir a la manera de olas
beduinas
La impaciencia se deja atrás en la calle como si nos cambiáramos la ropa
de la callejera impaciencia por la camiseta del Café
verdinegra
y hacemos colas no para enfurecernos sino para abanicarnos
turno para relevarnos ante el mesón volado
una especie de cinta de Moebius
el mínimo foso que separa a las estrellas del público, Huríes diría yo
las heroínas de ese trabajo que vienen y van sobre el estrado con
/sonrisas estroboscópicas
y tacitas humeantes, belleza que se nos permite
sin necesidad de entrar al Teatro Opera
Desde que nos concentramos en el Café hemos viajado en el tiempo como
/en una nave espacial
sólo que siempre en una misma dirección y la nave misma ha cambiado
para no decir nada nuestras pobres hostesses ecos unas de otras
pero sólo ahora aterrizados en la planeta Ahumada
no mañana sino ayer, en la prehistoria futura de Chile.

Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1919-1988), El Paseo Ahumada, 1983, Ediciones Universidad Diego Portales, 2006
---
Ilustración: Danza de las huríes, 1895, Henri de Toulouse-Lautrec

lunes, diciembre 21, 2009

Enrique Lihn / De "Una nota estridente", 3


Epoca del dato

Nadie le niega a la poesía el derecho de creerse la muerte o la naturaleza
/o el amor
única depositaria de los temas eternos.
Lo que yo me atrevo a pensar es que no queremos ser engañados
por esas informaciones alevosamente incompletas
pues si los ángeles existieran
otras serían sus reglas del juego
y no dejarían huellas de amor en la escritura
que es siempre señal de insatisfacción
y el módico resultado de una búsqueda
que en el mejor de los casos empieza con ella,
pero la muerte también es un dato
en la Epoca del Dato algo tan concreto
como inaccesible para quien la sondea
una hipótesis de trabajo y la información hace falta.

Por otra parte somos la naturalza
poetizarla es incurrir en un error de perspectiva
algo así como ver doble bajo los efectos del alcohol.
Finalmente no somos poetas religiosos
ni amamos la palabra por sus significados ocultos
frente a los cuales la palabra
resulta por definición impotente.
En lugar de unir, separamos.
La separación y la información se confunden
y el dato es todo lo contrario de Dios.

Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1919-1988), Una nota estridente (1968-1972), Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2005
---
Ilustración: Physys (Gravitación). Papel con tinta y cortes, 1997, Eduardo Chillidas Revista de la Universidad de México

sábado, diciembre 19, 2009

Enrique Lihn / De "Una nota estridente", 2


A los poetas norteamericanos de mi generación

A diferencia de ellos la rima trabajosa
no me ha dado qué hacer, ni tampoco el suicidio
ni la locura que frecuenta sus versos
más de lo estrictamente necesario
rigurosa como el whisky y la retórica:
el trago amargo de la poesía anglosajona.
Cuido de una cabeza angular sobre hombros frágiles y el pudor
/de lo que ellos llaman corazón
no figura en la lista de sus enfermedades, tampoco
el miedo a la oscuridad o a la elocuencia
Son poetas de mi tiempo, allá;
tenemos en común nuestra mutua ignorancia
pero algo más sin duda: nuestro oficio es el mismo
en el vacío hablamos de casi nada, a nadie


Esta belleza con que el cielo y el mar hacen horrores

Esta belleza con que el cielo y el mar hacen horrores
a la caída del sol envuelto en su espectáculo,
en realidad irreprochable.
Esto que es como el fin de todos los siglos: la belleza
-y yo me aflojo en su honor el nudo de la corbata-
viene a poner en el corazón música de ésa, sublime.
No, un silencio rayano en el gran poema
un disco rayado
que por iguales partes es dolor y es somnífero.

Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1919-1988), Una nota estridente (1968-1972), Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2005
---
Ilustración: Skin with O’Hara Poem, 1963/1965, Jaspers Johns